Título: DE PARTO!



De parto




DE PARTO



Avísame si cambia la frecuencia ? le dijo él con el cronómetro en la mano y la voz dormida .

Paloma se quedó sola, con sus angustias y sus miedos?? y con su ilusión.
Era su primer hijo, lo había deseado mucho y ahora ya estaba allí, llamando a la puerta de sus entrañas, que se le desgarraban cada tres minutos, con insidiosa puntualidad.
Miró a su marido dormido a su lado. Roncaba suavemente . Se fijó en sus pestañas tan largas ,SUS LABIOS ENTREABIERTOS, EN SU PECHO FUERTE Y VELLUDO. .
Le gustaba mucho recostarse en la suave almohada de su vello, mientras él le acariciaba la cabeza con ternura. Se sentía tan segura y protegida en esos momentos?

Pero ahora se había quedado dormido. Ella tenía miedo , le dolía mucho ?. Y estaba sola. Pensó que su madre tenía razón.
Los hijos son de las madres ? le había dicho en una ocasión.

Paloma no lo entendió , le pareció injusto y cruel, uno de esos pensamientos propios de una generación marchita.

Pero ahora sabía que estaba en lo cierto. Ya empezó a darse cuenta un día en el cine. Estaba de cinco meses y sintió , por primera vez, a su bebé vivo dentro de ella Se emocionó hasta las lágrimas y pensó que a él le sucedería lo mismo. .

Mira, se mueve el niño.

Él le puso la mano distraídamente , mientras miraba la película. Claro, él no podía sentir lo mismo, porque no llevaba un bebé en sus entrañas.
Siempre había querido ser madre. Soñaba con ese momento y con compartirlo con su amor.
El momento había llegado y su amor no estaba con ella. Tampoco estuvo en las clases de preparación al parto. Siempre tenía algo más importante que hacer.
Trató de entender, de entenderle, como siempre, como casi siempre.
- El no puede sentir lo mismo que yo, porque no está pariendo ? pensaba, mientras le invadía de nuevo el dolor.
Parir, ése era su privilegio?. Y su REVANCHA.

Había sido la menor de tres hermanos y la única niña. Siempre envidió las ventajas de los varones de su familia. Ellos no tenían que ayudar en casa, ni coser, ni estar pendientes en la mesa de los menores deseos de los hombres. Cuando era adolescente, su progenitora solía decirle que tuviera mucho cuidado con perder la virginidad porque, según ella, cuando una mujer perdía eso lo había perdido todo.

A Paloma le parecía que esta aseveración reducía al sexo femenino a un rol miserable. Por eso se aseguró de no llegar virgen al matrimonio.
Éstas y otras sutiles humillaciones, un entorno rural en los años cincuenta, su condición de miope, le hicieron crecer sintiéndose infravalorada.. También con Carlos era así. Le admiraba profundamente, le parecía tan inteligente, tan comprometido, y ella era tan poquita cosa?.
Pero ahora la que no valía nada estaba trayendo al mundo un bebé.. Un bebé para ella.

Llegó una nueva contracción que le cortó el resuello.
Se preguntó si deberían ir ya al hospital. El intervalo entre los dolores no había cambiado de forma perceptible, pero ya llevaba así cinco o seis horas.
Sabía que , muchas veces, a las primerizas las hacían volver a casa porque no estaban de parto. A su prima le había pasado. Claro, que Isabel era un poco histérica. Daba gritos de loca diciendo que se quería morir porque no aguantaba el dolor. A ella no le iba a suceder lo mismo.
Por otra parte, ya habían pasado muchas horas y quizás ya era tiempo. Además, quería que él se implicara y no siguiera durmiendo tan tranquilo mientras ella lo estaba pasando tan mal.
Decidió despertarle para que llamara a sus padres y les llevaran a la clínica en el coche.

Mientras los esperaban, se vistió con dificultad. Se puso la blusa de terciopelo con florecitas azules que tanto le gustaba y que había terminado odiando de tanto usarla y se recogió el pelo en dos trenzas.
Cuando llegaron, su madre la miró con preocupación y solidaridad femenina. . No supo qué cara tenía su padre, porque un extraño pudor le impedía mirarle.


La clínica era un chalet rodeado por un hermoso jardín . La habitación le pareció pequeña y confortable. Había una cama en el centro con un mástil para el gotero en uno de los extremos.. Al otro lado, una puerta daba al cuarto del acompañante. Debajo de una amplia ventana, con cortinas de flores alegres, había una mesita y dos silloncitos de mimbre. Los recibió una enfermera de bata blanca y sonrisa profesional. Cuando le informaron de que las contracciones se presentaban cada tres minutos, decidió llamar a la comadrona.
Mientras la esperaban, Paloma se desnudó y se puso el camisón , abierto para dar el pecho, que le había hecho su madre.
La partera se llamaba Ángela. Era una mujer de mediana edad, menuda y enérgica. La reconoció y confirmó que sí que era parto, pero que aún no había empezado a dilatar, que tendría el bebé hacia el medio día.

Eran apenas las cuatro de la mañana. Se sintió desfallecer.
Pero no, tenia que seguir adelante tranquila. Sabía que, si perdía los nervios, sería peor para el niño y para ella.
Eres más valiente que tu madre ? le dijo su padre. Y se fue a dormir.

La muchacha se esponjó por dentro. Eso era mucho. Estaba feliz. Más valiente que su prima, bueno, no era difícil. Pero más valiente que su madre..?.
Claro que, cuando Paloma nació, estuvo dos noches y un día de parto. Su marido no había permanecido a su lado. Subió al pueblo de arriba a avisar al médico y se entretuvo con unos amigos en un bar del camino.
- No hagas caso a las mujeres- le dijeron. No es para tanto. Quédate a tomar una cerveza.
Llegó antes su abuela, corriendo, a sus sesenta años, los tres kilómetros que separaban ambos pueblos. Claro que ella era una mujer y entendía lo que pasaba.


Muchos años después, se dio cuenta de que, puesto que nació en la casa familiar y tras un alumbramiento tan prolongado, su padre sí que debería haber estado con ellas, porque el bar cerraría por las noches. Pero eso nunca se lo dijeron y guardó durante todo el tiempo ese amargo recuerdo muy dentro.
Muy dentro, donde ahora sentía ese intenso dolor que le anunciaba que su bebé quería venir al mundo.

Su madre, intermediaria de los afectos, siempre manipuló las relaciones entre los miembros de su familia. Y todos se dejaron hacer.
Pero allí estaba, valiente y solícita, junto a ella. Al otro lado, su marido, su amor, pendiente de cada uno de sus gestos. Su papá durmiendo en la otra habitación. O quizás no dormía, quizás se sentía excluido y desubicado, sin saber cómo participar en lo que estaba ocurriendo a pocos metros de él y prefirió aislarse, guardándose sus sentimientos, como siempre.

Vino la partera otra vez.
Ya tienes cincuenta pesetas ? le dijo después de reconocerla.

Era curiosa esa costumbre de designar el grado de dilatación por el tamaño de las monedas en uso. No era mucho, pero el proceso iba bien.

En el minuto escaso que mediaba entre el fin de una contracción y el comienzo de la siguiente, Paloma soñaba con su bebé.
-¿Será un niño o una niña? ? le preguntaba a su madre, mientras se veía amamantándolo.

Hacía calor, estaba agotada, pero pensaba que, si otras mujeres pueden hacerlo, e incluso repiten, ella también podría.
Dentro de unas horas tendremos a nuestro hijo- Decía volviéndose hacia Carlos.

Pasaban los minutos eternos.

En su tercera visita, la comadrona no sintió la respiración del bebé. Sucedía algo malo. Paloma se asustó. Le rompió la bolsa de aguas y estaba todo negro. Había leído que eso significaba que el niño no tenía bastante oxígeno.
- Nos la vamos a llevar al paritorio. Hay que acelerar el parto ? anunció. Preparativos, alboroto a su alrededor. La parturienta estaba a punto de perder los nervios. Algo iba muy mal. Su bebé? Empezó a temblar, las lágrimas se le agolpaban en la garganta, ahogándola.
Desde muy lejos oyó a Carlos, que, con una voz muy tranquila, consiguió serenarla, tragándose su propia angustia. Ella no entendió lo que le decía, pero funcionó.

Carlos la acompañó hasta el paritorio, preguntando tímidamente si podía entrar. Demasiado tímidamente. Ella siempre había soñado con tener su primer hijo en compañía de su pareja. Pero él estaba demasiado asustado.
Ahora ya no importaba. Había que salvar al bebé. La colocaron en la mesa de partos. Una monja delgada se sentó encima de su tripa, empujándola hacia abajo. La comadrona, del otro lado, le hizo la episiotomía .
- Empuja, ahora - le animaba.
Ella la obedecía, jadeando, como le habían enseñado en las clases de preparación al parto.
- Empuja, que la vida de tu hijo depende de ti.

Tenía que hacerlo. Empujaba, jadeaba, empujaba?
- Vamos, ánimo, que ya está aquí la cabeza.
Un empujón más, un ultimo empujón, que la vida de tu hijo depende de ti ? le repetía.
Y por fin Salio.

- Es una niña. Y cuánto pelo tiene ? le dijo Ángela.

Escuchó el llanto de un bebé, de su hija. Pero no sintió nada especial, sólo un inmenso alivio de que ya todo hubiera terminado.

Tantas veces había soñado este momento, pero no fue como en sus ensoñaciones. Sólo quería descansar y dejar de sufrir. Lo demás, la dicha, la unión simbiótica, ese amor incondicional sin límites llegaría más tarde.

La habitación estaba iluminada por la suave luz que se filtraba a través de las flores de las cortinas. Todo era paz y silencio.
Los hombres habían salido a arreglar papeles. Estaban solas.
Trajeron un espléndido ramo de flores .No había tarjeta, pero sabía de quién eran. Carlos solía regalar flores y a ella siempre le encantó esta costumbre.
Pero eso era antes.
Miró a su niña, que dormía tranquila a su lado, y luego a su mamá, que contemplaba al bebé con una sonrisa extasiada.
Levantó lacabeza y sus almas de madre se encontraron a través de sus ojos.
Y se quedaron contemplando a SU HIJA.



Autor: Puri Sánchez.

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