La foto
La foto estuvo siempre encima de la cómoda en el dormitorio de mis padres. Ella, con su melena negra, convenientemente rizada, y un vestido floreado de
manga corta. Él, muy elegante de traje y corbata, con el pelo engominado, a la moda de los años cuarenta. Los dos posando muy serios. Entre ellos, mi hermano
con cara de enfadado, un precioso niño de dos o tres años con un jersey blanco y pantalones cortos negros.
De pequeña me parecía que eran actores de cine. Mi madre me explicaba que se hicieron la foto cuando estaban desterrados en un pueblecito del Pirineo catalán.
Mi Padre se alistó voluntario, al inicio de la guerra civil, para defender la República, porque creía en los ideales que ésta pregonaba . Mi madre, con apenas diecisiete años, tuvo que ser evacuada al sur de España, ya que el frente se estabilizó muy cerca de mi pueblo, cayendo éste en zona republicana.
Crecí en el horror a la guerra. Aún estaban muy recientes sus secuelas. Atemorizada y aturdida, no entendía que, como decían mis padres, se mataban los hermanos entre ellos, o vecinos y ?amigos? denunciaban a otro para que le dieran el ?paseíllo? porque le debían dinero.
Contemplo la foto, mientras tomo una taza de café al calor de la chimenea. Conserva aún el marco plateado que tuvo siempre. Mi gata se sube a mi regazo ronroneando, buscando caricias.
Recuerdo aquella tarde en que, sentada al lado de mi madre, mientras pretendía inútilmente enseñarme a coser, me contaba cómo tenía que ir a la ciudad, para mirar si mi padre estaba entre los muertos o heridos que volvían del frente. Mi mente infantil se poblaba de imagénes de filas interminables de cadáveres, apenas cubiertos con una manta sucia. Entre ellos, una muchacha muy joven, consumida por el miedo y el hambre, con sus alpargatas y su toquilla y el corazón saltándole en el pecho retiraba una a una las cubiertas, deseando no encontrarle.
La foto en blanco y negro, ahora es de color sepia. Han pasado tantos años?
Mi padre sobrevivió a la masacre, pero perdió la guerra.
De vuelta en su pueblo natal, un vecino ahora franquista y antes republicano, le denunció y fue encarcelado. Mi hermanito nació seis meses después. Aún se me encoge el corazón cuando recuerdo a mi madre relatando cómo tuvo que mostrar a su marido a su primer hijo a través de una reja, en una fría mañana de enero cubierta de nieve. Puedo imaginar la rabia e impotencia que sintió mi padre por no haber sido capaz de defenderlos de tanta miseria.
Fueron tiempos muy duros. Ella trabajaba cargando grandes haces de leña para venderla luego por poco beneficio. Pasaba mucha hambre.
El fuego de la chimenea se está consumiendo. Me levanto para avivarlo y la gata da un brinco para ir a acurrucarse en otro sofá.
Cuando partieron para el destierro, tres años después, la situación mejoró algo. Mi padre encontró trabajo en una mina. Ella hacía pequeños encargos de
costura.
Eran muy queridos en el pueblecito pirenaico esa pareja de castellanos. Les ayudaron mucho y ellos siempre guardaron un recuerdo muy cálido de los catalanes.
Con su primer sueldo, él la regaló un retal de tela azul, con pequeñas flores blancas, para que se hiciera un vestido. Para su aniversario de boda, mi madre, luciendo su nuevo atuendo y mi padre, con un traje prestado, fueron con mi hermano, en un carro tirado por bueyes, al pueblo vecino donde trabajaba el único fotógrafo de la comarca.
Al finalizar el destierro, tres años después, regresaron a su pueblo y pudieron organizar su vida. Él empezó a trabajar de cantero, como todos los hombres
allí .
Progresivamente, gracias a su espíritu emprendedor, la situación económica mejoró y pudimos disfrutar de una vida confortable.
Más tarde vendría el traslado a Madrid y varios cambios de domicilio.
Pero la foto estuvo siempre sobre la cómoda de mis padres, mudo testimonio de una juventud perdida.
De: Puri Sánchez.