Título: MI PERRITA START

Hola amigos:
Con un cierto pudor, os pego un relato que he escrito sobre mi perra-guía. Es la primera vez que un texto mío sale del círculo de mis amigos más cercanos; debido a la insistencia de nuestra querida María Jesús Cañamares, que me lo ha corregido y me ha amenazado con mandarlo ella si no lo hacía yo. ...........................................

STAR Miles de hormigas de colores recorren cada una de las células de mi cuerpo y no me dejan estar quieta. Noto mi respiración agitada. No me llega el aire a los pulmones porque mi pecho está ocupado por una gran burbuja de ilusión. Hoy es el gran día, el que he estado esperando desde que me quedé ciega. Hoy, ahora, en unos minutos, me van a dar a mi perro-guía.
Llevamos dos jornadas en la escuela, aprendiendo las órdenes y entrenando con el arnés y la correa y un perro imaginario. Nos han dicho que, después de la comida, todos debemos ir a nuestra habitación y esperar sentados en la cama. La instructora irá llamando de puerta en puerta para recoger la correa, al tiempo que nos dice el nombre de nuestro compañero. Aún no sabemos ni la raza, ni el sexo.
Estoy muy nerviosa. Me asusta la responsabilidad, el no saber educarle, cuidarle…. Siempre he sido muy blanda y nos han enseñado que, con estos animales, debemos ser firmes, porque son muy inteligentes y los perros están muy jerarquizados.
- Hay que demostrarles que el amo eres tú, porque, si no, no te obedecen y puedes poner en peligro tu vida.

- ¡Uf, qué difícil! Yo no sé si seré capaz. Pero lo deseo tanto….

- Toc, Toc –llaman a la puerta.

Doy un brinco de la cama. Becky, la instructora, una típica americana rubia y delgada, de aspecto deportivo, me sonríe con su boca grande:
- Se llama Star –me dice, tomando la correa que le entrego– y es una labradora de diecisiete meses, de color amarillo, casi blanco.
Y se va a buscarla, dejándome peor que antes.

Acaricio las dos galletitas que debo dar a mi perrita nada más entrar para empezar a ganármela. Mi imaginación se dispara. ¡Una labradora blanca! Una hembra, lo que yo quería, y, además, labradora. Mi excitación se enreda con los latidos de mi corazón.

Oigo un tintineo por el pasillo. ¡Ya vienen!. Abro la puerta antes de que llamen, contraviniendo las órdenes.

Ahí están. Becky me cuenta que nació el cinco de abril de 2001, que es hija de Maxi y de Búster y no sé cuántas cosas más, al tiempo que me entrega su documentación. Pero ya no la escucho. Sólo tengo ojos para mi perrita.

Con el mínimo resto visual que me queda, alcanzo a ver su preciosa carita, que me contempla con curiosidad desde unos enormes ojos negros..

- ¡Qué bonita es¡ -acierto a decir– Se parece a la perrita de Scottex.

La instructora se va, cerrando la puerta tras de sí. Star corre tras ella, quedándose tumbada, lloriqueando. No quiere las galletas. Yo me tumbo a su lado, acariciándola, susurrándole palabras dulces, procurando tranquilizarla con mi voz.
Pero ella quiere irse con Becky. ¿Por qué quiere irse? Yo la quiero, la he esperado mucho, pero ella prefiere estar con otra persona.

Siento rabia contra esa rubia estúpida, que, hasta ese momento, me había caído tan bien. Pero sé que es normal. Nos han preparado para esto. Los perros–guía, cuando llegan al ciego que será su compañero definitivo, ya han pasado por varias separaciones. A los dos meses, tienen que dejar a su madre y hermanitos y son entregados a una familia adoptiva, que los cría hasta el año. Después, han de cambiar de nuevo para ir a la escuela donde deben acostumbrarse al instructor que les adiestrará para su papel de guías. Cuando ya le han tomado cariño y se sienten seguros, tienen que separarse otra vez...

Siento su piel cálida bajo mi mano. Me mira con recelo, como preguntándose quién soy yo y por qué está allí encerrada. Continúo allí tumbada, a su lado, mimándola, acariciándola. Poco a poco se va tranquilizando. Ya no llora, su respiración se va haciendo normal.
…………………………………………………..

Cuando vamos entrenando, vuelve con frecuencia su cabecita para mirarme. Siento que me quiere decir:
- ¿Estás bien?
Me está protegiendo.¡Ay, mi niña, qué lista es!

Se lo comento a Becky y me dice que lo hace porque nota algo extraño en la forma de sujetar el arnés, algo a lo que no está acostumbrada, y mira para ver quién es. Definitivamente esta rubia tonta no entiende nada. Lo que pasa es que está celosa porque mi niña cada vez está mejor conmigo.

Bueno, una parte de mí sabe que lleva razón, pero no me importa.

Star sigue queriendo marcharse con ella cada vez que la ve, y la instructora se echa para atrás, evitando cualquier contacto, favoreciendo el que la perra se desprenda de ella y se habitúe a mi.

Puede que no sea tan estúpida esta chica después de todo.

Yo creo que Star ya me va queriendo un poquito.

Continúan los entrenamientos, mientras crece nuestro cariño mutuo y mi confianza en que sabré cómo tratarla.
Ya me voy acostumbrando a la rutina cuartelaria de la escuela. A las seis y cuarto nos despiertan . Debemos salir inmediatamente para llevar a nuestros perros a hacer sus necesidades. Abro los ojos con ilusión. Me he dormido mirándola y su imagen es lo primero que intuyo al despertar. No importa que no la vean mis ojos. Mi corazón sabe cómo es: tamaño mediano, de piel sedosa y blanca, con un hociquito siempre húmedo y tierno, con sus orejas de terciopelo caídas. Está atada a una argolla en la pared por una cadena. Así es como debemos tenerlos, nos han dicho. Me da mucha rabia.

- No te preocupes, mi amor –le susurro– eso se va a acabar en cuanto lleguemos a casa.
Ella me mira y me comprende. Lo sé muy bien, me lame las manos.

En el pasillo hay veinticuatro ciegos con sus perros formando en fila para salir. Los americanos llaman number one y nomber two a sus necesidades. A mí me parece una estupidez, pero, en la escuela, debo seguir las reglas.

A las siete y media, el desayuno y, después a entrenar. Cuando volvemos, otra vez a poner a nuestros amigos a hacer number one y number two.

A las doce y media, la comida y luego, otra vez a entrenar. Y OTRA VEZ LAS MATEMÁTICAS, NUMBER ONE Y NUMBER TWO. A las cinco, hora de dar de comer a nuestros perritos. Siempre soy la primera de la cola, porque mi niña es muy tragona. A LAS CINCO Y MEDIA, LA CENA. Después, lección teórica y otra vez las matemáticas. Por fin, quedamos libres para disfrutar de nuestros compañeros humanos y caninos.

Hasta la comida ya me va sabiendo mejor. ……………………………………

Mañana nos volvemos a casa. Tengo la cabeza llena de reglas, de lo que se debe y no se debe hacer con nuestros perros, y el corazón repleto de ilusiones…. Y mucho miedo. Miedo a estropear el duro entrenamiento y el trabajo, miedo a que engorde demasiado,
a que no me obedezca, a perder el control, a ser demasiado blanda…

- No puedes dejarle pasar ni una –me dicen– porque estos animales son muy inteligentes y va a intentar dominarte. Tiene que saber que el ama eres tú.

Los primeros tiempos son muy difíciles, siempre en tensión, siempre atenta a que no haga algo que se salga de las reglas que he aprendido. Se salta un bordillo, tira ón rápido de la correa -es la forma de corregirla –y vuelta a repetirlo, hasta que lo haga bien. Ladra cuando lo hacen otros perros en la calle, tirón de la correa y vuelta a pasar por el mismo lado, aunque la pobrecilla vaya temblando. Cruza en diagonal, tirón de la correa, etc. Va más deprisa de lo que yo quiero, tirón otra vez…. No consigo ir relajada, la angustia de no hacerlo bien, de estropear el entrenamiento, de perder el control me obsesiona.
Poco a poco, nos vamos adaptando, al tiempo que crece mi confianza en mí y en ella y mi convencimiento de que, si a veces no hace lo que le digo, no es por pretender dominarme, sino porque no se lo he sabido transmitir. Sé que me quiere y por esa razón hará lo que pueda para que yo esté contenta, si logra saber qué es. La culpa es mía.
……………………………………..

Está siempre cerca de mí. Me encanta cepillarla, mimarla, sentir cómo se echa sobre su espalda para que le acaricie la barriga.
Pienso con frecuencia que, si algún genio maravilloso me ofreciera devolverme la vista, le diría que no, que prefiero seguir ciega para poder disfrutar de mi guía.…………………
Si está lloviendo, no la saco, porque me da pena que se moje. En el verano, no salgo en las horas de más calor, para que no se queme las patitas.

- La mimas demasiado –me dicen– no es una mascota, es una herramienta de trabajo y debes tratarla como tal.
Pero yo no sé cómo se hace eso, ni quiero aprender.
Duerme en un colchoncito en mi habitación. Estoy teniendo una pesadilla. Me despierta lamiéndome las manos.. Me dispongo a levantarme porque creo que quiere salir a hacer pis, pero, enseguida se vuelve a su colchón. Me la como a besos:
Me había despertado porque notaba que lo estaba pasando mal.

Mi pecho se llena de orgullo y de cariño y en mi interior crece el convencimiento de que tengo una compañera muy especial.

- Esa perra no va bien, tienes que llevarla a la escuela para que la reciclen –me dice un señor bien-intencionado bien-informado, al que nadie le pidió su opinión.
Y yo intento explicarle que no es su culpa, que yo no sé transmitirle las órdenes, tragándome la rabia y las ganas de mandarle a la mierda. Pero, claro, él no sabe lo de la otra noche. Es que no conoce a mi niña. …………………………

- ¿Dónde están las lasañas que había puesto a descongelar? –le pregunto a mi marido.
- No sé, ahí sólo está el plato.
No lo puedo creer. Se las ha comido Star. Congeladas y todo.

Mis otros dos perros nunca cogieron nada, pero con ella tuvimos que aprender, tarde, a guardar muy bien la comida. Se zam´pó , en distintos momentos: una bolsa llena de galletas, cinco croissants, un cuarto de queso, varias chuletas, etc… En unos meses, engordó diez kilos. Aumentó su peso y también mi obsesiónh.

Cuando ya las cosas iban bastante bien, perdí el escaso resto visual que tenía, quedando totalmente ciega y me tuve que enfrentar a un problema con el que no había contado: la desorientación.
Mi percepción del tiempo y del espacio se ha modificado. Me pierdo hasta en los recorridos más habituales. –Parece que ya llevo demasiado tiempo caminando por esta calle. Ya deberíía llegar a la esquina para volver –pienso– seguro que me he equivocado de camino.

Me giro y doy la orden a Star de seguir derecho.
- Pero no, no es por aquí –me choco con la pared. Me giro a la derecha, al tiempo que le indico:
- - Right.
Un coche me pasa muy cerca.

- ¿Estaré caminando por la calzada? Me vuelvo
- Left –digo a mi perra.
No, no, tampoco esto me suena. ¿Dónde estoy? ¡Si este camino lo he hecho miles de veces cuando veía!.

Miro a todos los lados como si pudiera ver, mientras un puño de hierro me oprime las entrañas. Oigo los coches, pero no sé dónde están. Intento tranquilizarme, tengo que pensar.

- - Debe de ser por ahí –me digo tomando una nueva dirección y dando la orden a la perra.

Tampoco, no reconozco el pavimento, los ruidos me son extraños, algo, no sé qué, es diferente. Un nuevo pensamiento irrumpe con fuerza:
- La estoy confundiendo. Estoy estropeando el entrenamiento. Tengo que ser coherente con ella.
Y crece mi angustia. Por fin le digo, en español:
- Vamos a casa.

Mi perrita se sienta y me mira. Bosteza.
- El bostezo es signo de stress en los perros –me había dicho la instructora.
- ¡Ay, por Dios, qué mal lo estoy haciendo! . ¡Qué difícil es todo!.
No sé qué hacer. No puedo pensar. Me siento pequeña, vulnerable, quiero llorar, quiero gritar, quiero acurrucarme en los brazos de mi mamá.
Pero mi madre murió hace años y yo soy una mujer adulta. Respiro hondo, intentando aclarar mi mente.

Saco el móvil para llamar a casa. Me detengo a medio marcar. No sé dónde estoy, no puedo explicar en qué momento me he perdido. No recuerdo hacia dónde he girado ni cuánto he caminado.
Tengo que preguntar a alguien. Pero, ¿habrá alguien? Miro a mi alrededor con desesperación. Escucho. Hay muchos ruidos. Antes no me había dado cuenta de la cantidad de ruidos que hay en la calle.

- Eso parecen pasos –escucho con atención.
- Oiga, por favor, ¿me puede ayudar? –lanzo al aire, asustada y humillada por sentirme tan dependiente.
- Sí, señora, dígame –una voz femenina, amable, tranquilizadora, que me explica dónde estoy y me ayuda a llegar a un sitio conocido, mientras me siento como una estúpida, colgada de su brazo, con la garganta inundada de lágrimas y aparentando un desenfado que me permita salvar la dignidad.

Se suceden las situaciones en que me pierdo. Me siento muy insegura. Ya casi no quiero salir de mi casa. Aquí no me puede pasar nada malo.
- ¿Pero la perra no te guía)? . –quiere saber mi amiga Elena, con tono indignado.
Otra vez están dudando de ella –pienso con rabia, mientras le explico que soy yo la que debo saber el camino.
Tengo miedo de salir a la calle, de perderme, de sentirme como una inútil. Y también me asusta el dejarme llevar por ella. Al fin y al cabo es un animal. Hasta hace poco, yo veía lo suficiente como para saber dónde había un obstáculo, pero ahora puedo caerme en cualquier momento.

- Quizás lleven razón los que dicen que la perra no va bien –me convenzo para no salir de casa.

Pero no puede ser. Una voz dentro de mí me anima a seguir adelante.
- No me gusto así, estoy bloqueada, acobardada, tengo que seguir.
Cada día, una nueva frustración y un nuevo empuje para superar el reto. ………….

Pido ayuda a mis amigos ciegos. Me hacen notar que la ceguera total es un estado muy diferente a ver algo. La vista es un sentido muy cómodo, que da una información global. Ahora tengo que aprender a diferenciar sonidos, olores, el aire, el sol, etc.
Se ha cerrado un mundo para mí y se me abre otro totalmente nuevo. Pero hay que empezar casi desde cero, poco a poco.

Me llega otra gran ayuda. Pido a mi amiga Rocío que salga con nosotras para aprender caminos.
Ella va detrás, mientras Star y yo seguimos la ruta habitual.
Cuando mi perrita hace un pequeño desvío, rápidamente pienso en corregirla y decirle:
- NO, STRAIGHT.
Cuando escucho la voz de Rocío:
- Síguela, está rodeando un árbol.
Si creo que se ha desviado, la oigo de nuevo:
- De luho –con su acento sevillano– lo está haciendo de luho.

Así, día a día, poco a poco, voy aprendiendo a ser ciega y recuperando la confianza en mi perrita.

Salgo sola con ella, aprendiendo a reconocer el camino, los sonidos, los olores, entendiendo su manera de evitarme los obstáculos, conociendo cuándo va trabajando bien y cuándo está distraída, escuchando cómo alguien dice,al vernos pasar:
¡Qué preciosidad! –
Y mi gordita se pone más derecha y atenta y yo me esponjo por dentro.

Hoy vamos a dar un paseo a la playa. Tomamos una de las entradas, pero, enseguida me doy cuenta de que no es la correcta, porque hay demasiadas piedras en la arena. Le doy la orden para volver, indicando el camino por donde debe seguir, pero ella tira para otro lado.

- No, por aquí –insisto, ya no le hablo en inglés.
Y ella, sigue tirando para otro lado.
Me alarmo. Me vienen a la cabeza todas las recomendaciones de que no me deje dominar, de que yo soy el ama, de que no debo dejarle pasar ni una.
Una y otra vez le doy tirones de la correa, como me han enseñado para corregirla, al tiempo que la insisto, con creciente irritación:
- No, por aquí., dando un paso hacia delante.
Ella me bloquea el camino cruzándose delante de mí. Alargo la mano, con una repentina intuición, para tocar una piedra enorme, justo ante nosotras.

Me siento en la arena y me abrazo a su cuello cubriéndola de besos, con el corazón brincándome en el pecho de orgullo y de culpa por haber sido tan injusta con ella. Mueve su cola, contenta, y me lame la cara, tranquilizándome con su cariño, mostrándome que está todo bien.

Tiene una memoria fantástica. Se aprende los recorridos con un par de veces que los hagamos. Cuando pasamos por la farmacia, se para y vuelve su cabecita como preguntándome si quiero entrar. ………………………………………….

- ¿Por qué no me dejas a Star para que la saque también de paseo? –me pregunta Rocío, que sale con mis otros dos perros a jugar todos los días.

Tengo miedo de que le pueda pasar algo, pero quiero que disfrute y que se mueva. Cuando está conmigo, trabaja, o permanece tumbada. Cuando vamos a clase, me vengo deprisa para que pueda salir a jugar.
Y se va tan contenta.

Si hubiera sabido lo que iba a pasar, nunca lo habría consentido….
……..
La noto muy inquieta. No para de moverse, se refugia detrás de mí, echa mucha saliva por la boca. Me alarmo, algo pasa.
Han venido de su paseo muy contentos, como todos los días y han cenado bien.

Elena está conmigo.

- Tienes que llamar al veterinario –me dice.
La obedezco pensando que no será nada serio.

Es una calurosa noche de un domingo de julio. Elena me habla continuamente, mientras esperamos. Yo la escucho, a medias, con el corazón encogido, mirando sin ver a mi perrita, escuchando sus inquietos cambios de postura, tocándola y sintiendo cómo tiembla su cuerpo….

Pasa el tiempo lento, muy lento.
Me acerco a acariciarla, para tranquilizarla, y noto un chorro húmedo y viscoso que me mancha el vestido. Huele mal. Ella sale corriendo a hacer caca al jardín.

Crece mi angustia. Llamo de nuevo al veterinario, que está en otra ciudad, atendiendo a un perro.

Ya parece más tranquilita. Un coche se detiene en la puerta. Por fin,….

- Ya te vas a poner buena, mi amor –le susurro al oído.

- Es una intoxicación –diagnostica el veterinario– debo ir a la clínica para traer suero.

Los perros comen muchas porquerías por la calle y no pasa nada. Se va a arreglar todo, ya verás, intenta tranquilizarme una voz en mi interior.

Elena me habla continuamente, mientras esperamos su vuelta, pero yo no la escucho. Algo oscuro, pesado, muy denso, me ocupa por dentro.

Me vienen a la cabeza imágenes de mi vida con ella. Vuelve a estar inquieta.

Tarda mucho este hombre. Otra vez. No sé qué hacer. Busco el teléfono de otra clínica, cuando llaman al timbre.

Después del suero, se queda muy tranquila. Está dormida. Ya ha pasado lo peor.
Seguimos a su lado, escuchando la interminable charla de mi amiga. Sé que lo hace para acompañarme, para distraerme, y se lo agradezco.

- ¡Uy, la perra está vomitando! –el ruido me alarma.
Es una cantidad enorme de algo que parece queso.

- ¡Menos mal! –pienso– tiene razón el veterinario, es una intoxicación. Quiero tranquilizarme pensando que ya, sin nada en el estómago, se va a poner bien.

Pasan las horas lentas, muy lentas. Mi gordita está dormida, tranquila por fin.
Me voy a la cama, pero apenas puedo descansar, pendiente de ella.
Al día siguiente, la llevamos a la clínica. Tiene más de cuarenta de fiebre, pero el veterinario insiste en que es una intoxicación. Le pone unas inyecciones y nos manda a casa.
Pasa el resto del día tranquila, pero no quiere comer nada, ni beber agua. Rocío se queda a dormir para que yo pueda descansar.
Me despierta llorando.
- Star está vomitando mucho.

No puede ser, si ya no tenía nada en el estómago. Pero, bueno –mi eterna voz– ahora sí que se va a curar.

Me vuelvo a la cama con este pensamiento y mucha angustia.

Otra vez, Rocío llorando:

- A Star le ha dado un ataque epiléptico.
Me levanto de un salto, odiando a Rocío por no haber tenido cuidado con ella, por no hacerse cargo, por no quitarme esta angustia.
Le toco la frente, las orejitas, los ojitos cerrados. Parece tranquila. Un pensamiento irrumpe en mi cabeza desde mis tripas:
- ¿Estará en coma?

No puedo verla, quiero ver, quiero saber, … He dicho a Rocío que se vaya a la cama, prefiero no tenerla cerca.

Me siento al lado de mi niña, poniendo mi cabeza en su pecho. Se mueve un poco. Respiro aliviada…. A medias.

Recuerdo cómo el perro guía de un amigo mío, tuvo que ser sacrificado después de tener varios ataques epilépticos, porque era un tumor cerebral.

No, esto no es igual –mi voz interior, cada vez más débil– es una intoxicación, lo ha dicho el veterinario.

No puedo separarme de su lado. Cada minuto, toco su cuello, sus orejas, le pongo pañitos empapados en agua ….

La llevamos a la clínica de nuevo para que le pongan suero. Teníamos que recogerla por la tarde, porque no trabajaban.

Se pone muy contenta cuando nos ve e intenta venir hacia nosotras moviendo la cola. Se le doblan las patas traseras, mientras el veterinario insiste en que está mejor.

Elena me dice: Es como hacían las vacas locas, explicándomelo.
Siento que se me hunde el techo de la clínica y un revoltijo de angustia y de rabia me ahoga y me inunda los ojos.

Decidimos llevarla a otra clínica. No puede bajar del coche. Parece dormida y tranquila. Es aún temprano. Saldremos en media hora. Dejamos el coche a la sombmra. Hace un calor terrible.
Quiero quedarme con ella, pero Elena me convence de que vaya a su casa a tomar una tila, de que estará bien.

¿Por qué la hice caso? Quería seguir negando la evidencia, quería creeer que todo pasaría, quería escuchar a mi amiga cuando me tranquilizaba diciéndome que estaba dormida, que no le iba a arreglar nada el que yo estuviera allí.
Y se quedó sola en el coche. Me arrepiento cada momento desde entonces, pensando cuánta angustia pasaría mi gordita.

Cuando regresamos,, se había despertado y respiraba con dificultad..

No quiero escucharla, mi mente se niega a admitir lo que mi corazón ya sabe. Mi voz interior, cada vez más apagada, continúa diciéndome que ya va a pasar, que el nuevo veterinario sí que la va a curar, que todo está bien. Me siento delante, mientras Rocío va detrás, a su lado. ¿Por qué no estuve con ella, abrazándola cada segundo, tranquilizándola, mimándola.? Preferí negar la evidencia, aferrándome a una esperanza sin sentido.

Tienen que ingresarla entre dos personas, porque no puede moverse. Mis sensaciones están embotadas, mis entrañas son de corcho, ..

- Es un envenenamiento por algún tóxico químico, posiblemente matarratas –la voz del nuevo veterinario es lejana, ajena. ¿Se refiere a mi niña?

La ponen en una camilla, conectada al suero. Ella se queda allí con su soledad y yo me voy con mi angustia.

Parece dormida…… o inconsciente.
………………..…………………………

Suena el teléfono.
- La perrita ha muerto –me llega de lejos la voz del veterinario, que continúa explicándome cómo sucedió. -
- Pero no le comprendo, no reconozco las palabras, la voz, las sensaciones, la habitación…. No entiendo qué pasa, no puede ser, no es cierto. -
- No lloro, estoy aturdida, es un sueño, una pesadilla. -

- Cuando pude reaccionar, si que lloré. Lloré toda mi amargura, me permití llorar todo lo que no había expresado antes con la muerte de mis seres queridos. Los .lloré a todos en mi gordita. - -

- Ella confiaba en mí y yo no he sabido cuidarla. No he sido capaz de retenerla a mi lado ni siquiera tres años. Ese pensamiento me tortura. - ………………………

Me llaman de la O.N.C.E. , ofreciéndome otro perro. Siento mucha pena al decirles que no, que aún no estoy preparada.

En los tres meses que han pasado desde la muerte de Star, he aprendido, mediante entrenamiento, a sentirme independiente y libre con el bastón. Además, no quiero que nadie sustituya a mi gordita.

Ella sigue a mi lado, junto a mi corazón, protegiéndome, cruzando su cuerpo delante de mí cuando hay un peligro, despertándome cuando tengo una pesadilla, volviendo su cabecita para preguntarme:

¿Estás bien?
¡Ay, mi niña, ¡qué lista es!

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