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Primero .. CUANDO SE ESFUMA EL BASTÓN BLANCO

 

Nació en 5 Esquinas de Tibás, pero a los cuatro años su familia se trasladó

a Santa Ana donde viven desde entonces.

 

Johnny Bonilla Valverde recuerda que gran parte de su niñez la pasó

internado en el Centro de Educación Especial "Fernando Centeno Güell", pero

este 26 de mayo de 1998 compartió recuerdos de niño, joven y adulto que se

entienden únicamente cuando el lector conoce de su patología visual.

Johnny:

Pasé tanto tiempo internado en la escuela que las únicas anécdotas que

recuerdo de  Santa Ana son que yo corría mucho por las calles del barrio y

una vez me atropelló una bicicleta.

 

Roberto:

Para correr por tu comunidad tenías que conocerla muy bien o tener algún

remanente visual.

 

Johnny:

Yo no veo nada, porque tengo Microstalmia, o sea, una deficiencia en el

crecimiento de los nervios ópticos y el ojo.

 

Roberto:

Correr por un lugar sin referencias muy claras supone además, de una gran

orientación, un riesgo latente en caso de calcular incorrectamente los

puntos de referencia.

 

Johnny:

Sí, una vez iba corriendo y me pasé un poquitito de la casa, y al querer

entrar me fui en un hueco de alcantarilla, pero no me  pasó mucho, gracias a

Dios.

 

Roberto:

La infancia de Johnny la consignamos en el libro Policromía de la Ceguera

Infantil, ahora nos avocaremos a conocer algunas pinceladas de su

adolescencia y experiencias de adulto joven.

 

Johnny:

La adolescencia la pasé en Santa Ana, mi hermana me enseñó a manejar

bicicleta; andaba por el barrio y en una ocasión un amigo me persiguió en el

carro, era una vagoneta.  Como no sabía que era él me asusté; al final pude

frenar frente a  su  casa, porque si seguía recto me iba a un potrero,

después se bajó y conversamos.

 

Roberto:

El concepto de broma que manejan algunas personas puede, fácilmente,

provocar un accidente o por lo menos crear momentos de tensión innecesarios.

Recuerdo una anécdota que me contó Dagoberto Martínez cuando trabajó en una

empresa constructora en Moravia, según nos manifestó, él transportaba los

carretillos con mezcla y tenía que pasar por una tabla que servía de puente;

grande era el esfuerzo que tenía que hacer Dagoberto para no caer en la

zanja con el material; sin embargo, uno de los conductores del tractor que

prestaba servicios a la empresa constructora esperaba que nuestro amigo

estuviera cerca de la tabla para perseguirlo con la máquina, hasta que él

renunció para no exponerse a un accidente.

 

Johnny:

Un día se me olvidó que estaba manejando la bicicleta y atropellé a una

muchacha, claro me trataron de irresponsable. Mi familia quiso llevarla al

médico, pero ella no estuvo de acuerdo, después entendieron que la culpa no

fue mía, porque ella estaba hablando en medía calle y yo andaba

correctamente por donde me correspondía.

 

Roberto:

Ya nos estamos enterando que las bicicletas le generaron diversas

situaciones, ¿nunca sufrió un desperfecto mecánico mientras se desplazaba?

 

Johnny:

Claro, me quedé sin frenos. Resulta que pedí una "choper" prestada y no me

percaté que la llanta de adelante estaba lisa y los frenos de atrás no

servían, cuando iba en cuesta no tuve problemas, pero al devolverme tuve que

tirarme en una iglesia evangélica; el Pastor y los que estaban predicando

salieron a ver qué había pasado mientras yo, disimuladamente, cogí la

bicicleta y seguí bajando, pero con más cuidado, poniendo el zapato en la

rueda trasera para frenar.

 

Roberto:

A mí me pasó algo parecido, tenía una bicicleta y en una ocasión monté en la

barra a un compañero no vidente; cuando íbamos bajando una cuesta metí el

freno para disminuir la velocidad, con tan mala suerte que este se reventó y

tuvimos que meternos en la primera calle que nos encontramos, con tanta

fortuna que no nos caímos, y era una cuesta.  Después continuamos la ruta y

en una parte transitada de Goicoechea prefería que nos bajáramos y pasar a

pie los 200 metros donde, por mi deficiencia visual, no vi un tirante de un

poste que estaba justo en dirección a mi compañero que se golpeó la frente.

 

Roberto:

El uso del bastón blanco es una parte importante en la vida de toda persona

no vidente que desee desplazarse con independencia, ¿cómo fue ese encuentro

entre Johnny y quien, desde ese momento, se convertiría en su amigo

inseparable?

 

Johnny:

Empecé a utilizar el bastón a los 12 ó 13 años, precisamente cuando empecé a

viajar de la Centeno Güell a mi casa, la primera vez que viajé solo existían

dos servicios de buses, uno a Ciudad Colón y el otro a Santa Ana.  Yo

viajaba hasta Escazú en una microbús especial y después la muchacha

encargada me montó en un bus de Ciudad Colón.  Cuando llegué al centro de

Santa Ana me bajé en un lugar que no conocía, entonces me asusté, pero una

muchacha le pidió al hermano que me llevara a la casa.

 

Otro día me fui hasta la última parada, en Piedades y no tenía plata para

devolverme, entonces fui honesto y le dije al chofer que no tenía plata y él

me dio el pasaje para que me devolviera.

 

Roberto:

Johnny concluye sus estudios primarios y se prepara para asumir los retos

que la secundaria, presenta a los alumnos con limitaciones visuales, cabe

recordar que el Patronato Nacional de Ciegos contaba, y cuenta, con

biblioteca en sistema Braille y además becas para los estudiantes, por lo

que es tradicional que los estudiantes visiten sus instalaciones.

 

Johnny:

Una vez andaba con el uniforme de colegio por el Patronato, que quedaba en

calle 7, en los altos de Hogarama, cerca de la Caja (Caja Costarricense de

Seguro Social).  Mi mamá estaba en el hospital y me dio una dirección, pero

mi hermano me dio otra, la cosa es que me perdí, entonces le pregunté a un

funcionario de la Quinta Comisaría y como el policía no sabía la dirección

del Patronato, me llevó a las instalaciones de ellos y le dijo al capitán:

"Capitán, aquí le traigo un estudiante muerto de hambre", yo me sentí tan

mal cuando dijo eso que no quise comer nada, después me quisieron mandar en

una radiopatrulla, con unos chiquitos del Patronato Nacional de la Infancia,

pero les dije que no, que con esos chiquitos no me iba, porque iban a pensar

que yo era de los mismos; entonces decidieron mandarme en una patrulla a mi

casa, pero yo les pedí que me dejaran en la estación la Coca Cola, por

último resolvieron mandarme en patrulla donde yo escogiera, y me fui a Santa

Ana centro, donde un amigo, porque no quería que me vieran en el barrio

bajándome de una radiopatrulla.

 

Roberto:

Yo tuve una situación muy incómoda, estaba en la escuela y Gerardo Morales,

un compañero que vivía en Heredia, nos dijo a mi hermano Juan José y a mí

que nos fuéramos a su casa en el bus especial de la Centeno Güell y que

después una hermana nos iba a dejar a la parada de Moravia.  Estuvimos toda

la tarde y cuando quisimos irnos, la hermana de Gerardo no conocía dónde

tenía que llevarnos, por lo que se dirigió a una radiopatrulla y le explicó

al capitán que nosotros no podíamos ver y que no sabíamos llegar a la casa.

 

Cuando nos dijeron que viajaríamos en una unidad de ese tipo nos negamos,

pero al final nos convencieron sólo que, cuando estábamos a 500 metros de la

casa, le pedimos que nos dejaran en ese lugar, pero no quisieron y tuvimos

que soportar la regañada de mi mamá que, además, de molestarse por la

situación, estaba preocupada por no saber dónde estábamos nosotros.

 

Algunos autobuses presentan inconvenientes como trompos, asientos en mal

estado y otras condiciones que nos hacen incurrir en situaciones no tan

confortables, ¿recuerda algún pasaje de este tipo?

 

Johnny:

En la estación de la Coca Cola paraban los buses de Santa Ana y los de San

Carlos.  Ese día cambiaron la posición usual y me monté en el de San Carlos;

un rato después el bus se detuvo y decían:  "San Carlos, San Carlos",

entonces pregunté dónde estaba y me dijeron que en el aeropuerto Juan

Santamaría, claro que me bajé disimuladamente y me devolví para San José.

Precisamente, en Alajuela una compañera, un compañero y yo abordamos el

autobús para San José y cuando unos minutos después pasó el cobrador,

escuchamos a una señora que le pidió le avisara cuando llegara a un lugar de

Grecia, por lo que procedimos a bajarnos y también devolvernos.

 

En cuanto a los trompos, quiero aclarar que presenté un recurso de amparo en

contra de ellos, basándome en una ley que rige los trompos en los

microbuses, aunque yo no tengo problemas ni con los trompos ni con los

asientos.

 

Pocas veces escuchamos a una persona con discapacidad referirse, tan

favorablemente, al estado de nuestros buses que, prácticamente, Johnny

constituye la excepción.

 

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