CÓMO ENCONTRAR EL CAMINO EN LA MONTAÑA SIN  VER

 

 

El 20 de mayo de 1998 Emilia Piedra Miranda descorre el velo de sus

recuerdos para mostrarnos la situación que las personas ciegas y deficientes

visuales experimentan en las zonas rurales, donde las condiciones y

pensamientos difieren de las zonas urbanas.

 

Emilia:

Yo soy de Ciudad Quesada, de San Carlos, pero mi niñez la pasé en la

comunidad de Venecia, a 30 kilómetros al este de Ciudad Quesada.

 

Roberto:

¿Cuáles facilidades y dificultades ofrecía la región a las personas ciegas y

deficientes visuales?

 

Emilia:

Facilidades no había, era una calle de 700 metros con unas variables que

usted no se puede imaginar, inclusive para salir al Centro de Venecia las

carretas se pegaban. En invierno ni las botas Colibrí servían.

 

Roberto:

 -¿Vos utilizaste ese tipo de calzado?

 

Emilia:

¡Claro que sí!, muchos años nosotros andábamos por los cafetales y

paredones, los resbaladeros eran ¡increíbles! Imagínese que la casa más

cercana a la de nosotros estaba como a 600 metros. El resto eran ¡puros

potreros!

 

Roberto:

¿Y cómo hacían ustedes para sobrevivir a estos peligros?

 

Emilia:

Allá ser ciego era "muerte súbita", las familias optaban por encerrarnos en

las casas, al menos así pasó con nosotros que fuimos el primer caso de

Venecia. Si acaso salíamos. Eran caídas sobre caídas, si no agarrados de

mamá o papá, de lo contrario no pasábamos del patio de la casa.

 

Roberto:

¿Siendo una niña, cómo te entretenías?

 

Emilia:

Nosotras somos cuatro con el mismo problema, sin embargo yo, como siempre he

sido tan "pelotera" (participativa), jugaba "jacses" con mis compañeras,

brincaba suiza a uno y dos mecates, trataba de llevar una vida normal.

¡Claro!, me caía mucho y fíjese que yo no sé si la gente de ese tiempo era

más consciente o ¿quién sabe por qué, los chiquitos nos huían? No jugaban

con nosotros. No sé si porque se lo prohibían o porque ellos nos veían como

seres extraños, como "monstruos".

 

Cuando iba a la escuela tenía que pasar por una calle con una "quebradita",

que de puente usaba un "empalado" que llaman y en el puro centro de ese

puentecito, había un hueco que iba a dar a la quebrada. Entonces mis vecinos

me cogían de un brazo cada uno, me suspendían en el aire y me decían que me

iban a soltar, y yo "¡Podía ver el agua de cerca!", porque tenía un residuo

visual dos o tres veces mayor al que tengo ahora.

 

Roberto:

¿Y en el centro educativo específicamente, no te hacían bromas?

 

Emilia:

A mí me quitaban las sillas o le ponían borradores, chinches y otras cosas

para que yo me sentara. Lo que pasa es que los maestros eran muy estrictos y

si se daban cuenta de esas bromas, muchas veces los arrestaban, los metían

en la Dirección, en una parte oscura, donde ponían un muñeco como una

calavera y a los niños les daba mucho miedo. Entonces preferían cuidarse de

hacérmelas. Además, que los padres los "quebraban a garrote".

 

Roberto:

¡Bueno!, eso nos suena como del siglo pasado, pero, ¿de cuántos años atrás

nos estás hablando?

 

Emilia:

Eso fue hace unos 30 años, lo que pasa es que en las áreas rurales las cosas

van atrasadas, por lo menos unos 100 añitos.

 

Roberto:

Hay situaciones que nos pasaron  de pequeños, que cuando las recordamos nos

dan risa. ¿ Existe algún pasaje jocoso en su infancia?

 

Emilia:

Yo le ayudaba a mi abuelita a arreglar la cocina y lavar trastes y nada más,

entonces para entretenerme en algo lavé bien la ropa que usé el día anterior

y me fui a "tenderla" en el patio, yo tenía calculado dónde estaba el

alambre y tiré la ropa como de costumbre para que cayera en el alambre,

cuando oigo a mis primos que "pataleaban", gritaban y se reían. Entonces yo

me volví y les dije: " ¿Qué diablos les pasa a ustedes?". Ellos seguían

muertos de risa y me dijeron: "¡Es que vamos para arriba, trajimos la yegua,

la ensillamos y la amarramos debajo del alambre y usted está tendiendo la

ropa encima de ella y la bestia ni siquiera se movió!".

 

A mí me han pasado muchos "chiles", recuerdo que antes los postes que

lindaban las propiedades estaban pintados de negro con el "copete blanco",

y yo pensando que era un señor le decía: "¿Por aquí queda tal parte?", o,

"¿Dónde está tal lugar?"- y nada que me contestaba. Eso me enojaba mucho,

hasta que me acercaba y tocaba el poste.

 

Roberto:

El remanente visual le ayudaba mucho, pero imagino que también la hacía

confundir personas.

 

Emilia:

 ¡Uuuuuu sí!, a cada rato. Yo vía alguien parecido al que yo conocía y le

decía: "¡Julanita, mirá tal cosa!", y se volvía, no muy amable, para

decirme: " Perdoná,  yo no soy "julana" de tal".

 

Roberto:

Emilia,  ya conocemos un poquito de su niñez.  Ahora, ¿qué le parece si nos

cuenta algunos pasajes de la adolescencia y juventud?

 

Emilia:

Después de los 14 años nos fuimos a vivir a Sarapiquí seis años. Ese lugar

era pura montaña.

 

Roberto:

¿Cómo se llama la población?

 

Emilia:

La "Tirimbina",  que fue un centro penal, hace ya muchos años. Ahí había

sembrado arroz, chan, un pasto que se llama Rotana y muchas otras cosas,

pero lo que yo hacía era meterme al río todo el día para lavar ropa, porque

éramos 7 hijos, mamá, papá y diez comensales (personas a quien se les vendía

comida y se les lavaba las prendas de vestir). A veces estaba tranquila

golpeando la ropa contra la piedra,  cuando oía un ruido encima de mí y

¡salía soplada!,  a lo que me daban las fuerzas. Y yo que llegaba a la

última grada cuando pasaba la cabeza de agua. Y  tal vez estaba el tiempo

¡lo más lindo!, pero el jabón, el cepillo y la ropa se perdían,  lo

importante era "salvarse una".

 

Roberto:

Siendo Sarapiquí una región rural, ¿no tuviste problemas o sustos con

animales propios de la zona y de crianza?

 

Emilia:

Ahí me llevé ¡tantos sustos!,  que de hecho quedé  nerviosa, era usual

escuchar al león, al tigre, al oso-caballo y un montón de ruidos extraños de

la selva. A mí me tocaba "apartar" las vacas a diferentes potreros y a veces

se nos venía un toro bravo, que lo tenía que burlar tirándome por debajo de

los alambres,  eso si no teníamos que pasar por una viga que servía de

puente,  cuando sentía era que estaba ¡bien acostada! al otro lado por que

uno no podía ver bien,  caía en un ¡barrialón! que salía "negro, negro" y de

ahí,  directamente al río.

 

Otras veces me perdía en la montaña, con mi hermana que ve un poquito más,

entonces buscábamos las partes claras y tal vez nos encontrábamos algún

vecino o los chiquitos que venían de la escuela y nos llamaban, o papá

mandaba a mi hermano para que nos fuera a topar o era papá que venía de

trabajar y nos encontraba. Si no,  nos íbamos de "cuatro patas" para

encontrar la parte limpia que formaba el "trillo", hasta que nos guiábamos.

 

Roberto:

En otra oportunidad me contaste que fuiste al colegio, ¿cómo hiciste?

 

Emilia:

Yo me fui a cuidar a mi abuelita y aproveché para matricularme, mi papá

decía que el peor castigo que  le podía llegar era tener un hijo en el

colegio.  Es que antes la idea que existía con respecto a los estudiantes

era que la mujer que estudiaba se hacía "prostituta" y los hombres,

homosexuales, orgullosos, vagos, y un montón de cosas más.

 

Cuando cumplí 20 años, me puse a pensar que yo quería estudiar, porque los

ciegos de esos lugares sólo servían para "poner la mano", yo recuerdo que

recorría las casas del pueblo pidiendo trabajo y en ningún lado me dieron.

Bueno,  en la única parte que me dieron  fue en la casa cural, ayudándole a

la muchacha a limpiar, a hacer mandados y lavar trastes. Ahí me ganaba 50

colones por semana,  30 colones  los ocupaba para pagar el comedor del

colegio donde almorzaba. La plata no me alcanzaba, entonces me ponía a tejer

y agarraba la calle a hacer rifas de manteles y sábanas y así tenía bastante

dinero para comprar el uniforme y los útiles.

 

Roberto:

¿Cómo fue la situación en el colegio,  una vez superadas las limitaciones

económicas?

 

Emilia:

 Yo entré con la autoestima muy, muy, muy baja. Llegué al colmo de decirle

al director: "Don Francisco,  si el colegio se rebaja con recibirme,

dígamelo para no matricularme".

 

Entré en una situación depresiva y en los segundos recreos me ponía a

llorar. Como no conocía el colegio me brincaba las gradas y los estudiantes

soltaban la risa de verme que me quería caer. Entonces llegó una compañerita

que se llama Rocío, me agarró de la mano y anduvo conmigo por todo el

colegio durante 15 días hasta que dominé las instalaciones. Eso no fue

suficiente,  en el colegio estaban unas primas y una de ellas me decía:

"Pero usted, ¿por qué se pone a hacer gastos, si aquí no va a durar ni 15

días?". -Yo no sé como hice para seguir, pero puedo enseñarle mis notas,

donde hasta tercer año no tuve  ni una nota "roja".

 

En cuarto año me lancé a la presidencia estudiantil y perdí solo por tres

votos y fue con una prima,  pero mi programa de gobierno era muy bueno.

 

Como se dará cuenta,  yo era ¡muy independiente! y por eso me pasaban más

"chiles" que a mis hermanas, porque ellas eran ¡muy caseras!. Recuerdo que

un día mi papá trajo del mercado muchas frutas y verduras, pero lo que llamó

la atención fueron unos plátanos muy ricos. Fue tanta la "bulla"  que les

hicieron, que me fui a tocarlos,  estiré la mano y le agarré la pura nariz a

un muchacho que estaba sentado y empezaron a burlarse de mí. Me dio ¡tanta

vergüenza!, que me metí como dos horas debajo de la cama para que no me

vieran.

 

Antes de irnos para San José no conocíamos nada de rehabilitación,  por eso

yo andaba sin bastón y algunas veces chocaba tan duro contra un poste, que

rebotaba y  ¡pum!, al caño. Una vez iba caminando por la calle para evitar

accidentes, cuando me tropecé con un ternero que estaba echado en la calle y

del susto ¡se levantó! y ¡allá fui a caer yo! y no me podía levantar. Del

susto, no sabía lo que estaba pasando. También majé muchos perros y me

mordían cada rato, hasta que algunos animales que tienen un cierto instinto

sabían que yo no "vía" y se quitaban.

 

A los gansos de mi vecina les tenía miedo y como eran de un color oscuro,

nada más los sentía cuando me picaban,  entonces salía corriendo por la

calle,  que era de puras piedras sueltas y ¡pum!, me caía y ponía de

parachoques la grabadora con la que estudiaba. ¡La pobre estaba toda

quebrada y remendada! Dos años estuvo conmigo en buen estado,  más bien me

duró ¡muchísimo!

 

Así era la vida en San Carlos. Voy a contarle una anécdota que me da mucha

vergüenza, pero la verdad es que me pasó: Me fui a "Aguas Zarcas", un

pueblito vecino,  necesitábamos hablar por teléfono, yo no sabía marcar,

pero mi hermana sí, estábamos en la cabina y quedamos "talladas". Después de

conversar,  le di campo a mi hermana y salí para atrás,  cuando sentí en el

zapato el borde de la puerta, perdí el equilibrio y me agarré de lo primero

que pude, que fueron las "partes nobles" de un muchacho que estaba haciendo

fila para llamar. ¡Me puse roja, blanca, amarilla verde, de todos colores! y

con ese muchacho estaba otro ¡qué se reía! : "Jua, jua, jua", pero eran

risas escandalosas. ¡Era una pena tan grande ... !  Cuando íbamos como a los

50 metros todavía se oía el compañero,  en cambio el del accidente estaba

serio,  como si estuviera enojado conmigo. Nosotras también explotamos de

risa.

 

En la casa teníamos problemas, fíjese que cuando metíamos la mano debajo de

la cama para alcanzar los zapatos sentíamos algo que nos pasaba por entre

las manos,  eran las culebras. Hay unas culebritas pequeñas que se llaman

"Bécquer" y cuando metíamos las manos nos chupaban los dedos o se los

tragaban. Como ya sabíamos que nos podíamos llevar un susto, cogíamos los

zapatos y metíamos la mano,  a mi hermana y a mí nos "trabaron" los

alacranes.

 

La vida era difícil, una vez comiendo, seguro calló un animalillo sin que me

diera cuenta, cuando mastiqué seguro prensé al "bicho" y me picó la encía,

duré como medía hora pegando gritos, ¡nunca supe que fue lo qué pasó!

 

Roberto:

Ustedes son tres hermanas y un hermano con deficiencias visuales que se

vinieron para San José. La ciudad presenta otras barreras actitudinales y

arquitectónicas. ¿Cómo fue el cambio?

 

Emilia:

A pesar de los huecos, los carros, los postes, nosotros sentimos que

habíamos salido del "infierno" para llegar a "la gloria".

 

Roberto:

¿Cómo se adaptaron?

 

Emilia:

Al principio botaba cristales en el "Más por Menos" y "dejé la cabeza" en un

teléfono público de concha,  hasta que quedaba !out! del bombazo que me

llevaba.

 

Le estoy hablando de los tres meses que vivimos en Guadalupe, en la escuela.

Después regresamos al pueblo, pero yo no me sentía bien,  era como salir de

las tinieblas a la luz y luego, otra vez a las tinieblas. Empecé a usar el

bastón y la gente nos "vía" como un ser extra terrestre y las preguntas

eran:  si nos habían enseñado a comer, o a mudarnos, o a bañarnos. Sólo

cosas ilógicas nos preguntaban.

 

Roberto:

¿Cuánto tiempo pasó en San Carlos?

 

Emilia:

Dos años, después me vine para donde Romelia Gutiérrez  (ex maestra de la

Centeno Güell), con ella aprendí  muchas cosas.  Después me casé y quiero

que sepa que todo lo que me ha pasado ha valido la pena. Ahora sé que soy un

ser humano como todos, son sueños y metas, desde atender el hogar hasta

trabajar y ser una profesional.

 

Roberto:

Alguna vez me dijiste que nuestro cuerpo era un Centro de Información muy

valioso, ¿cómo ponerlo al servicio de los quehaceres del hogar?

 

Emilia:

Yo antes limpiaba descalza.

 

Roberto:

¿Con qué propósito?

 

Emilia:

 ¡Bueno!,  limpiaba descalza para sentir cuando el piso estaba limpio. Eso

fue cuando no tenía casi rehabilitación y lo importante era tener mecanismos

que nos ayudaran a salir adelante con los oficios.

 

Roberto:

En la casa es medianamente fácil tener bajo control la situación, los seres

que conviven con nosotros entienden que las cosas deben tener un lugar

específico para nuestra facilidad,  sin embargo,  fuera de ella la cosa

cambia, ¿cómo adaptó las condiciones externas a tus posibilidades?

 

Emilia:

Cuándo salía con  mi bastón, alguna gente se enredaba y se caía, ¡claro!,  a

  me daba pena y a veces risa. También recuerdo que cuando venían muchos

decían: "¡Uy,  julana!,  vea  ¡el palo!, ¡el palo!", o  "mire,  quítese,

que le van a meter el palo"y cosas así, porque mucha gente no les llama

bastón sino bordón o simplemente palo o palito.

 

Las primeras veces me perdí cuando venía del correo a la "parada de Purral".

Cuando llegaba a la fila la gente se montaba y yo no me daba cuenta hasta

que empecé a poner la mano a cierta distancia para sentir el calor de las

personas y así saber cuándo avanzaban. En el "bus" me quedaba dormida y me

pasaba, ¡claro!,  en San Carlos yo conocía bien , pero aquí tuve que empezar

a buscar puntos de referencia.

 

Sin duda la vida de una persona ciega está llena de experiencias,  algunas

dulces y otras amargas,  pero todas forman parte de ese ser humano que tiene

el mismo derecho a vivir plenamente sin importar su situación visual.

 

Roberto:

Emilia, ¿qué consejo le darías a los lectores para reducir los sinsabores

que a veces se presentan por desconocimiento del público?

 

Emilia:

Yo les diría que situaciones incómodas les suceden a las personas que ven y

las que no ven, entonces debemos respetarnos sin estar cuestionándose cómo

caminamos, comemos, nos mudamos, nos casamos; no sé me gustaría que respeten

el bastón, que no los cojan o lo quiebren sin si quiera disculparse como me

ha pasado en dos ocasiones. Yo presencié un caso terrible,  resulta que

Pedro López venía por el Auto Mercado y justamente, en la entrada de carros,

una rueda le quebró el bastón y el chofer ¡ni cuenta se dio!

 

Roberto:

¿Y qué hizo Pedro?

 

Emilia:

Agarró el pedazo más grande y cuando lo oímos Romelia y yo preguntamos que

quién iba ahí y nos dijo: "Pedro", iba de "4 patas" con el pedacito de

bastón para coger el bus de la casa.

 

Eso crea mucha inseguridad, por eso le recomiendo a la gente que no se

detenga en las pequeñeces y valoren el esfuerzo que realizamos.

 

En mi trabajo como masajista muchos clientes me dicen que si yo, que no veo,

he logrado tanto por qué no  lo van a hacer ellos.

Bueno tampoco es tan fácil, no vasta ver bien para superarse, también hay

que tener metas y estar dispuestos a luchar por lo que queremos.

 

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