Hablemos a calzón quitado

 

 

El 7 de septiembre de 1998, dos excompañeros de la escuela y amigos de

siempre, dedicaron varias horas para entregarme un material lleno de

anécdotas, descritas con un lenguaje típico de aquellas personas que

comparten con el público que transita nuestras aceras para ir a sus trabajos

o conseguir un número de lotería, de esos que Álvaro Vega Vega y Margarita

Artavia Cubero tienen para sus clientes.

 

Por unos minutos pensé en la mejor forma de redactar estas páginas para

obviar alguna lisura o expresión que pudiera herir la susceptibilidad de

algún lector,  después llegué a la conclusión de que editar la versatilidad

lingüística de mis amigos era restarles autenticidad y por ello someto a

ustedes el producto de la experiencia cotidiana de Álvaro y Margarita.

 

Margarita:

Les vamos a contar algunas anécdotas y chiles que nos pasan, para que los

compañeros no videntes y público en general las disfruten y que, gracias a

Dios, en lugar de sentirnos frustrados o tristes, vacilamos con las cosas

que nos pasan.  Cualquier cosa nos perdona el vocabulario, pero así como

pasaron las cosas se las contamos.

 

Un día de estos tenía visitas en la casa, eran Olman Azofeifa, que es no

vidente y el hermano, Edwin.  Me fui a hacer unas compras a Palí y el

hermano de Olman me ofreció acompañarme, cuando estaba adentro, usted sabe

que como uno no ve anda estirando las manos para tocar lo que hay en los

estantes; cuando salí el hermano de Olman estaba muerto de risa, porque dice

que mientras yo estiraba las manos un hombre iba para atrás, porque casi le

agarro la " jareta ".

 

Una vez Álvaro me invitó a Sardinal, donde unas amistades, para que fuéramos

a pasear.  Como tenían caballos nos dieron ganas de montarnos, a ver cómo

era la cosa.  Álvaro se montó de primero, todo buchón y cuando le va a

buscar la rienda al caballo, para caminarlo, lo que le tocó fue el rabo, ¡se

había montado al revés!

Álvaro:

Cuando vivía en el Hogar Montserrat, la Pozuelo regalaba galletas y esa vez

los carajillos estaban planeando cómo robarse algunas cajas y como yo soy

chiquitillo, y en ese tiempo era muy flaco, me ayudaron a meterme a la

bodega.

 

El plan era que yo les pasaba las galletas por una ventanilla; al rato los

chiquillos salieron escuechados y alguien siguió apañando las galletas.

Cuando terminé,  nadie me ayudó a salir y entonces me dejé ir desde arriba y

caí en las patas de la Madre Superiora, que se había levantado y me dijo:

-Anda hijo a dormir, mañana hablamos.

 

Margarita:

"Pobrecitos los cieguitos, se suben al bus a buscar campo solitos".  Se sube

Álvaro, toca con el bastoncillo el campo vacío se "manda riquísimo" y sólo

estaba la armazón de hierro, quedó con el "culo" en el suelo, las patas para

arriba y muerto de risa", entonces un señor trataba de ayudarlo y nada que

podía y más risa le daba, por fin tuvo que encoger los pies y salir por

debajo, como un "gatillo".

 

Álvaro:

Las vacaciones pasadas fuimos a la playa, con mi mujer y los "chamaquillos".

El mar estaba más o menos bravillo, las olas lo revolcaban a uno y la doña,

como es media "miedosilla" se metía conmigo,  ¡imagínese en lo que confiaba!

Llegó una ola y nos hizo revolcados, pero había bastantilla gente, en el

momento que yo me levanté, todo tonto, abracé a una mujer y le dije: ¡Ay mi

amor, qué dicha que te encontré mi cielo!, ¿no te pasó nada?,  y me dice la

mujer:

-¡Ay, qué cariñoso que es este hombre!, ¡muchas gracias por preocuparse por

mí!

 

Margarita:

De mis dos primeras hijas, Marcia era muy terrible, un día el papá se las

llevó a la otra cuadra, a comprar algo y la chiquita se le zafó y Marciano

se puso en cuadro en la acera y decía: ¿Qué se me hizo? Con las manos

estiradas, abiertas hacia delante, el culo estirado para atrás y agachado, y

todas las mujeres se pasaban a la otra acera, porque les iba a tocar las

piernas, y daba vueltas; se vía vacilón.  Cuando mi hermana lo vio y nos

contó, duramos días riéndonos de ese chile, ¿se imagina qué cuadro?

 

Estando en el correo, por cierto con Marciano, era un primero, y el 01

estaba en su apogeo, por ser la fecha.  Estaba "Cochecho", Víctor Hugo, y

pasó un señor preguntando por el 01 y lo vacilamos, le decíamos que estaba

más caro, que se lo vendíamos acompañado, y Cochecho se lo ofreció al doble

y si le compraba otro entero más.  El señor se arrancó y nos dijo a todos:

- ¡Me cago en todos ustedes!

Y le palmetió la espalda a Marciano y le dijo:

-Menos en usted.

Marciano le dijo: "¡Muchas gracias, muchas gracias!",  y el señor le dijo:

-No, es que a usted lo voy a dejar para limpiarme, "hijueputa".

 

Hace como 4 ó 5 años fui a la caminata de la Virgen de los Ángeles, a

Cartago, el 2 de agosto me fui para donde una amiga, muerta de cansancio y

de hambre, y le digo: "¡Ay Deya, viera qué hambre traigo", y me dice:

-¿De verdad?

Resulta que alista un plato de comida, yo estaba en la sala y lo pone en la

mesa y dice:

-"Aquí está, venga"

 

"Juepuña", me cuadro yo con ese plato, riquísimo, y me hace mi amiga:

-"Ay Margarita, disculpe, éste es para mi esposo que ya se va para el

trabajo y tiene que desayunar bien".

Lo peor fue que ya yo había mordido hasta la carne.

 

Álvaro:

Ahora que Margarita habla del 2 de agosto, recuerdo cuando vivía en Kurú.

Al frente tenía un amigo muy vacilón que se llama Jimmy, y esa vez le dije

que fuéramos a la caminata de Cartago, con Freddy, el hermano de Mari.  El

asunto es que Freddy se encontró con unos amigos y se fue por otro lado, la

cosa es que el cabrón de Jimmy me quitó el bastón, y se hacía el ciego para

golpearle los pies y la jupa a la gente que estaba durmiendo.  En ese

momento se encontró a un amigo que vivía en Sagrada Familia y el amigo, todo

asustado saludándolo:

-¡Que cómo se encuentra!, ¡¿cómo está mi hermano?!

Y le dice Jimmy:

-¡Diay, fijate lo que es la vida, aquí ciego!

 

El pobre muchacho ya se iba a poner a llorar y suelta Jimmy la risa.

 

Ese mismo día, ya para venirnos para San José, agarró el bastón, para que

nos coláramos en la fila del bus, y la gente nos decía: ¡vayan adelante, los

cieguitos van adelante!, y yo venía guindando del hombro de él, hasta que

llegamos donde el policía, y dice el paco:

-"Éste de adelante sí es ciego, pero el de atrás no, vean qué ojos, usted se

me va para atrás"

 

Y le digo: "nombre, si el ciego soy yo", entonces se enojó y nos dice:

-"Ah no, entonces vayan a hacer fila los dos, por cabrones".

 

Margarita:

Esta anécdota es a modo de comentario, porque la gente quiere ayudarnos a

montarnos en el bus, y un día una persona iba a ayudar a Alvaro, cuénteles

Alvaro, cómo lo cogían.

 

Álvaro:

A sí, el señor me subía el brazo y yo subía el pie, después me lo bajaba y

yo bajaba el pie, así pasamos tamaño rato, hasta que por fin le dije: ¡mire

señor, suélteme a ver si acaso entro, porque parezco un muñeco!

 

Otra vez, yendo por As de Oros, ¡me pegué un resbalonazo!, hermano, que

vieras, di como tres vueltas y me agarré de la pared, y un señor que estaba

cerca me iba a ayudar, según él y no le voy agarrando la "polla".

 

Un día me voy para la Junta, a hacer una devolución de lotería, y estaba

cayendo tremendo aguacero.  Allá por el Hospital de Niños había una gran

zanja  y como yo venía soplado ¡juas!, el enano adentro del agua, pataliando

y todo, lo vacilón es que llegó un viejo, según él a ayudarme, puso un pie

en la acera y el otro en la calle y con un paraguas me iba a sacar, cuando

se viene de jupa, ¡casi se ahoga!, yo salí gateando, parecíamos las fábulas.

 

Cuando trabajaba en la Numar, venía rápido por el parquecito de La Gloria;

en ese tiempo pasaban carros por esa Avenida, y una señora estaba medio

agachada, escogiendo unos aguacates y la enganché con el bastón por detrás,

la disparé por los aires, cayó al otro lado de la calle y este pobre se

resbaló en un aguacate y también se cayó, la cuestión es que la señora

peleaba conmigo acostada y me decía:

-¿Por qué estos ciegos andan en la calle?

 

Y yo: ¿Por qué estas rocas andan aquí estorbando?, y la gente riéndose de

vernos peleando acostados en la calle.

 

Margarita:

Yo antes podía ver mucho en el día, pero en la noche no, y como no estaba

muy acostumbrada a andar con el bastón entonces nos íbamos juntos Álvaro

Vega, Hugo Araya y yo para Hatillo 6, entonces nos paramos a esperar el bus,

allá, cuando paraba por la Iglesia La Merced; entonces nos soltamos un

momentito y cuando Álvaro se volvió a agarrar, se agarró de un señor y se lo

llevó soplado, ahí para abajo; y Álvaro le decía: "Hugo, Hugo, ¿por qué va

tan rápido?, y dobla el señor para la izquierda y le hacía: "Hugo, por aquí

no es".  Al rato se soltó y se devolvió, en ese mismo momento estaba yo

perdida por dentro de la malla de La Merced; hasta el mucho rato de estar

para allá y para acá encontré la salida y a como pude me fui para la parada,

y Hugo estaba preguntándole a un poste si esa era la salida.  Cuando nos

encontramos de nuevo nos contamos lo que nos había pasado y nos moríamos de

risa.

 

Álvaro:

Este es un chile de Semana Santa.  Vivía yo en Guadalupe y me fui el Viernes

Santo para la procesión del Santo Entierro.  Como a mí me gusta la música de

la banda, me puse a caminar, pero sentía que la banda se me alejaba y

alejaba, pero entre tanta gente yo iba meditando y rezando, de pronto oigo

la música, todavía más largo, entonces le pregunté a una gente, que estaba

alrededor mío, que dónde estaba la procesión, y me dicen:

-"No, no, la procesión ya se desvió al Barrio Pilar y usted está aquí, en el

Más por Menos", y me tuve que "jalar ahuevado" para la casa.

 

O estos ciegos que van al estadio a oír partidos de fútbol, a mí me daba la

chochera de ir al estadio, más cuando jugaba Saprissa y la Liga en el

estadio de Tibás, y ese día me llevé un radiecillo malo que se le zafaban

las baterías, de pronto se me cayeron las baterías, porque el radio no tenía

tapa, y en ese momento metieron un gol y yo brincaba de contento, y me dice

uno de mis amiguillos:

- ¡Diay pancista!, ¿no es que vos sos saprissista y el gol fue de la liga?

 

Margarita:

Un día Hugo estaba planchando una camisa y decía mi hermana, que en paz

descanse, que Hugo le pasaba la plancha para allá y para acá, para allá y

para acá y suelta ella la risa, porque la camisa se había arrollado y Hugo

lo que estaba era pasando la plancha por la mesa vacía.

Álvaro:

Estaba Leonel, el hijo de Rosario Ballestero, muy pequeñito y como ella

andaba en el hospital, me tocó alistarle la leche para que dejara de llorar.

Le metí el chupón al mocoso y ¡pa...!, me lo tiró por allá, y seguía

llorando, entonces se la fui a enfriar y otra vez me la tiró por allá,

entonces la probé y claro, ¡era que le había puesto sal!

 

Otro día el mismo chiquillo estaba en el cuarto llorando, entonces lo alcé

de la cama, donde estaba muy envuelto y de pronto oigo el llanto abajo mío,

¿qué era?, que lo había alzado con las patas para arriba y le acariciaba las

nalgas.

 

Margarita:

Yo quisiera, con estas otras anécdotas, que la gente se dé cuenta que si nos

quieren ayudar y no lo hacen bien, más bien nos perjudican. Por ejemplo, uno

va a subir a un bus y a Hugo Araya le pasó que le subían el brazo altísimo,

y no se podía subir, entonces le preguntó al señor que ¿si quería ayudarlo?,

el señor le contestó que "¡claro que sí!",  y Hugo le dijo: "¡Entonces

suélteme!".

 

También cuando le dan un dinero de vuelto le dicen a uno: "Tome y está

1250",  en lugar de decirle: Este es de 1000, estos dos son de 100 y este es

de 50 colones.

 

La gente nos agarra la mano donde llevamos el bastón y más bien nos

perjudica, yo sé que la gente tiene buena voluntad, pero si le dicen en una

dirección que coja para allá, o que el asiento está ahí a la par nos dejan

como las vacas.

 

Álvaro:

A nosotros todos los días nos pasan anécdotas, como cuando yo estaba

vendiendo chances y decía 87, 87 y cuando llegó un señor me dijo que ese era

el 93. (Álvaro presenta ceguera total producto de un golpe cuando tenía 9

años y jugando bola pegó con un árbol que le causó la Atrofia de los Nervios

Ópticos y Margarita presenta Retinosis Pigmentaria).

 

Es como alguna gente que pregunta cada barrabasada, como un hombre que

andaba con la esposa y le preguntó a Marciano que si era casado, que cómo

hacía para hacer el amor y Marciano, como es tan rajado para hablar, le

dijo: "Traeme tu esposa para demostrarte", y la doña casi le pega al marido

en medio correo por andar preguntando esas cosas.

 

Yo no sé, Roberto, si entraste algún día a aquella soda que se llamaba El

Peruano, que tenía unas mesitas muy angostas al fondo.  Una vez fui con

Mario Villalobos a comer ahí, yo me pedí un arroz con pollo y él un casado,

nos sentamos de frente para conversar.  Me pongo a "paliar" y qué raro, me

salía arroz y frijoles, y al rato me dice Mario:

-¡Qué raro!, yo pedí  un casado y me dieron arroz con pollo, ¡diay!, ¿qué

era?, que yo estaba metiendo la pala en el plato de Mario y él en el mío.

 

Margarita:

Un día mi compadre me invitó a bailar, porque yo cumplía años y ese era el

regalo que me iba a dar.  Llegamos al Gran Parqueo, yo con zapatos nuevos,

entonces me di un resbalón en la pista y me tuve que agarrar de la pierna de

él, por dicha no me caí, porque andaba en vestido, ¡imagínese!.  Después de

bailar un rato nos fuimos para la mesa y él pidió dos frescos y dos platos

de carne, ya siento que me ponen mi plato y comienzo a comer y Víctor corrió

el plato para donde él, él lo corría y yo me lo traía, hasta que me llevé la

sorpresa de que era un solo plato para los dos, de la vergüenza dejé de

comer.

 

Roberto:

Con Álvaro y Margarita recorrí muchos lugares de San José  que generaron una

gran cantidad de anécdotas, todas ellas salpicadas de humor, y quizás en un

trabajo futuro se plasmarán para recordarlas todos.

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