REMINISENCIAS DEL CARIBE
El 6 de septiembre de 1998, esperaba a Celia Brenes González y a Pedro López
Velázquez, dos amigos invidentes que compartirían esa tarde muchas
experiencias en su vida, que hoy como esposos sienten que valió la pena
pasar para estar juntos.
Mucho rato después de estar hablando, Celia me ofrece una cinta y me indica
que en ella está su biografía, que la escribió antes de casarse y que quiere
conocer mi opinión para ver si es posible incluirla en este trabajo.
"Yo le puse Ojos sin Luz", "pero cuando se la enseñé a Pedro me dijo que
así se llamaba una canción, bueno lo importante es que yo no copié el
nombre, porque desconocía la existencia de la canción; tome, escuchemos, y
cualquier cosa la aclaramos de una vez."
Roberto: Tomé la cinta y lo que en ella encontré es lo que ustedes pueden
leer en este momento.
OJOS SIN LUZ
En 1953 vino a este mundo, en un lugar que mira al Océano: "Puerto Limón".
Una niña llamada Celia Brenes González inició sus primeros pasos lentamente,
descubriendo las formas, las distancias y los tamaños con sus pies, sus
manos y su cuerpo entero
Los pajaritos la enseñaron que ya el sol despuntaba, que se iniciaba un día
nuevo, un rezo a su imaginación.
Los almanaques pasaron; no recorrió el camino a la escuela, porque no se
había descubierto que la yema de sus dedos miraban, que la brisa en su
rostro era su brújula, ni que sus pies podían andar en las tinieblas.
A sus 24 años un rayo de luz entró al cerebro de sus padres, las palabras de
la doctora Villegas. Esta luz le trazó el camino a la escuela de Limón,
logró la conclusión de estudios primarios. La luz se apagó de nuevo en el
cerebro de sus padres, volvió a la oscuridad sedentaria del hogar.
Tiempo después, a escondidas de sus padres, logró apoyo de la Pastoral
Juvenil de Desamparados, pero por ausencia del Sacerdote la ayuda no se
concretó.
Presionada por el tiempo de matrícula en el Instituto Hellen Keller, un
Profesor la llevó a vivir a la casa de Pedro López, también de pupilas sin
luz.
Con Pedro pasó ratos hermosos, con él conoció el amor de pareja, tenían
mucho en común, menos la religión. El prejuicio y la prepotencia del
profesor los separó. Continuó sus estudios en el Patronato Nacional de
Ciegos; una caída le ocasionó una lesión en la columna, pero continuó su
formación en el Instituto Hellen Keller, donde consolidó su formación, para
lograr vida independiente, graduándose en octubre de 1987; aunque la
ausencia de su familia y de su novio nubló la alegría de ese día.
Comenzó a trabajar en el Taller Protegido de Industrias de Buena Voluntad,
donde vive la satisfacción de pertenecer a una sociedad que produce,
comparte, goza y sufre.
Ahora vive la vida con entusiasmo, sus días pasan y los años también,
formando una cadena, cuyos eslabones son todas las personas que ha logrado
conocer, con quienes comparte esta luz radiante, la gracia que Dios
generosamente ha depositado en cada ser.
Siente que no es distante de los demás, porque día a día tiene la
oportunidad de dar y recibir y como sus ojos no pueden distraerse en lo
aparente, puede percibir lo esencial en cada ser humano; esto le da la
alegría así, apreciando cada eslabón de esta gran cadena humana que nos
lleva a la eternidad.
Varias horas estuvimos comentando acerca de la rehabilitación y la educación
especial con Celia y Pedro. Una de las cosas que no tenía muy claro era a
cuál profesor del Patronato se refería en su autobiografía, pues esta
institución nunca ha contado con educadores de planta. Me aclaró que se
trataba de una persona ciega que prestaba un servicio de voluntariado, pero
ella le decía profesor, porque era quien le daba clases.
Para alejar de nosotros la atmósfera de nostalgia que nos estaba invadiendo
y además, para poder conocer algo más respecto a la vida de Celia, en el
tiempo que nos narró, en su trabajo, decidimos contar algunas anécdotas como
las siguientes:
Pedro:
En una ocasión viajaba con un compañero por la soda El Parque, que está
cerca del Parque Central, entonces decidimos entrar y pedimos café con leche
y unos arreglados. Él sacó un billete y pagó, nos pusimos a conversar un
rato y cuando terminamos de tomarnos el café, Miguel se altera, y yo no
comprendía por qué estaba así, entonces le dije:
-¿Qué te pasó muchacho de Dios?, y me contestó:
-¡Nombre!, esta gente que no nos tiene consideración, voy a coger una
servilleta para limpiarme la boca y casi me paso el billete de vuelto por la
boca; yo pienso que las personas que trabajan en esta soda no tienen
formación para atendernos a nosotros, pero por lo menos podían avisar cuando
dejan el dinero de vuelto y dónde están las servilletas.
En otra oportunidad estaba esperando la comida y como mi esposa se tardaba,
empecé a entretenerme echándome a la boca algunas migas de pan que estaban
en la mesa, de pronto, nada más se me ocurrió decir: ¡Qué hijuelamama, ya me
comí una cucaracha!
Celia:
A mí lo que me pasó fue que cuando estaba recibiendo clases en el Patronato,
con la niña Lucrecia, ella me regaló un pedazo de cajeta y además me dio
plasticina para que hiciera figuritas y yo me comía la cajeta y hacía
muñequitos, de pronto me equivoqué y me comí la plasticina.
Pedro:
Antes, el Ministerio de Salud no tenía tantos controles para la venta de
comidas ambulantes como ahora, y yo sentí un olor muy sabroso, decía: ¡Qué
rico huele, caramba, que ganas de comerme esa carnita asada! Cuándo por el
olor llegué al tramo donde estaba y al estirar la mano me llevé una ¡gran
quemada!
En la escuela yo era un fanático de los jugos de melocotón y a la escuela se
los regalaban entonces yo, todo emocionado, abrí mi tarro y empecé a tomar,
pero el sabor no se parecía en nada y era que un compañero me lo había
cambiado por un desagradable jugo de tomate, que por cierto nunca me gustó.
Yo tenía un amigo en la escuela que se llamaba Geovanni y él iba a mi casa a
"pasiar", entonces le dije que yo lo guiaba y resulta ser que cuando
empezábamos a caminar me di cuenta que el puente que teníamos que pasar
estaba más alto, por lo que le dije a mi amigo que siguiera por ahí; cuando
me di cuenta estaba gritándome un montón de improperios y era porque casi,
casi, cae en el río Aguilar.
Celia:
Bueno, yo vendo refrescos y repostería y resulta que un día llegó un
muchacho nicaragüense a comprarme un refresco y un quequito; eso costaba 90
colones, entonces me pagó con, supuestamente, 500 colones pero al momento
llegó una conserje y me preguntó que si el muchacho me había pagado bien,
porque lo vio muy sospechoso contando el vuelto en las escaleras, le enseñé
el billete y resulta que eran 500 córdobas de Nicaragua; por suerte un joven
que trabaja en la Clínica conserva monedas extranjeras y me dio los 500
colones por el billete que me dejaron.
Roberto:
Ya sabemos las cosas que a Pedro y a Celia les acontecen en su vida
cotidiana, pero no hemos terminado de conocer cómo, unas vidas tan afines,
lograron romper las barreras que los separaban y así servir de ejemplo para
otras parejas que viven situaciones similares.
Mientras conversamos, tengo la impresión de estar ante un guión de
telenovela, donde confluyen la ignorancia, los prejuicios, el fanatismo
religioso, la pobreza y, por encima de ellos, el amor y los deseos de
superación van encontrando un espacio por el cual asomarse. Lo cierto es
que no se trata de una obra de ficción y por eso estoy en la obligación de
ser lo más minucioso posible, para que la sociedad conozca el pensamiento de
sus protagonistas y tal vez decida reflexionar, para no incurrir dos veces
en el mismo error.
Celia:
En 1987 decidí aceptar, formalmente, a Pedro como novio, pero en mi casa no
estuvieron de acuerdo, especialmente mi mamá, porque como mi papá estaba
enfermo y él pensaba que no debíamos casarnos por ser no videntes los dos,
dijeron que si teníamos hijos cómo íbamos a hacer para cuidarlos. Yo les
expliqué que era un noviazgo y si nos entendíamos ya nos haríamos exámenes y
todo, pero mi mamá, que era la que hablaba conmigo de eso, porque ya a mi
papá la enfermedad lo tenía muy mal, tanto que ni caminaba, y por último me
dijo que si papá moría estando yo casada en San José, ella no me avisaría.
Cuando Pedro llegó a la Cruz Roja, donde funcionaba el Taller, le dije que
ya no quería nada con él, pero sólo Dios sabía que no era así, lo que no
quería era tener un cargo de conciencia. Fue tanta la depresión que me dio
que me enfermé y tuvieron que llamar a mi mamá para que me llevara al
especialista, en Limón. Donde la doctora le dijo a ella que me dejara hacer
mi vida, que me permitiera estudiar tranquila y que era normal que nosotros
hiciéramos nuestra propia vida aunque no viera.
Como mi mamá no atendía razones, me fui para la Iglesia y le pedí a los
miembros de la comunidad que me ayudaran; ellos hablaron con mi papá y le
dijeron que yo me portaba muy bien, que no recordaban ningún caso donde una
mujer de 37 años le pidiera permiso a los padres para casarse, entonces mi
papá, dicen que con lágrimas en los ojos, aceptó.
Cuando Pedro llegó a Limón pensó que ya no podría hablar con el suegro
porque estaba con vómitos, de la diabetes que se lo llevó a la tumba, pero
mi mamá ya estaba de acuerdo con nuestra relación y, como mi papá se sintió
mejor, Pedro pudo conversar y pedirle la mano, él le dijo que tranquilo, que
todo estaba arreglado. Pusimos la fecha de la boda y nos casamos en Limón,
para que mi papá pudiera verme vestida de novia, ya que no podía caminar.
Una semana después nos vinimos a la capital y por problemas con mi suegra no
pudimos vivir con ella, entonces alquilamos un departamento; luego, en el
trabajo de Pedro conseguimos una casa propia, donde vivimos desde el 92.
Con el sueldo de Pedro no podíamos vivir y, como yo ya me sentía segura de
poder trabajar, porque en el Taller Protegido adquirí seguridad, entonces
conseguí, un mes antes de casarnos, un puesto de venta de Coca Cola.
Roberto:
¿Qué pensás de la relación de pareja entre personas ciegas?
Celia:
Yo siempre quise casarme con un ciego, porque hay personas ciegas y videntes
que se casan y se separan, porque tal vez la persona vidente dice: ¡Diay, yo
no puedo vivir con una persona así!, y el ciego no se va a sentir bien.
Roberto:
El 16 de febrero de 1991 Celia Brenes y Pedro López unen sus vidas para
compartir sus alegrías y tristezas.
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