SI ME VOY AL POZO NO CUENTO ESTE CUENTO

 

 

La tarde avanzaba, Celia me contaba su historia y Pedro la adornaba con

algunos pasajes olvidados por su esposa.  Un rato después me acerqué a Pedro

y le manifesté que me parecía muy bien su aporte en la narración de ella,

pero que ahora le tocaba el turno a él porque, aunque lo conozco desde que

éramos escolares, hay aspectos de esa persona que nació en la frontera con

Nicaragua, que pueden ser de crecimiento para los lectores y sólo él los

puede contar.

 

Pedro:

Yo nací en San Jorge de Upala y al tiempo nos trasladamos a Los Chiles;

allá, casi en Nicaragua.

 

Roberto:

¿Cuál es tu patología visual?

 

Pedro:

Según dice mi mamá, me cayó fuente en los ojos y perdí la vistaRoberto:

¿Fuente?

Pedro:

Bueno, la verdad es que yo todavía no entiendo bien, pero lo que me dijo mi

mamá es que cuando nací  y se le rompió la fuente, parte de ese líquido me

cayó en los ojos.

 

(Un tanto extrañado por el diagnóstico que Pedro me brindaba, consulté con

una exmaestra de él y me explicó que Pedro presentaba Anoftalmia Bilateral,

que consiste en la ausencia congénita de ojos).

 

Pedro:

En aquel tiempo no había tantos adelantos, como ahora, entonces fue una

partera la que la atendió, como hacía mi abuela también.

 

En Los Chiles estuve como hasta los 6 años, porque a los 7 años me mandan

solo a San José.

 

Roberto:

¿Y cómo supieron de la escuela estando en una zona tan alejada de la

capital?

 

Pedro:

Fue un señor, que se llama Miguel Ángel Grillo, que habló con una señora que

le decíamos tía Josefa.  Le contó que él era ingeniero y que sabía que en

San José estaba la Escuela Fernando Centeno Güell, para niños ciegos.

 

Mi mamá en un principio no quiso, pero de tanto decirle y decirle y,

seguramente, le tocaron la hebrita ésta, del corazón, diciéndole que ¿qué

sería de mí el día que ella faltara?. A raíz de eso aceptó, con el dolor de

su alma y allá estuve 11 años estudiando.

 

Roberto:

Antes de trasladarnos a la escuela me gustaría saber ¿cómo un niño ciego de

6 años podía jugar, caminar y aprender en la zona en que vivías?

 

Pedro:

Lo que yo recuerdo es que siempre me gustó la radio y para mantenerme

quieto, mi mamá me ponía música, incluso una vez mi mamá se llevó un susto

porque, en Los Chiles, la gente sacaba el agua de los pozos y en una ocasión

me salvé de milagro, porque me llamó la atención lo alto del brocal del pozo

y entonces me subí, y me quedé tranquilo.  Mi mamá me vio y se vino, sin

hacer ruido, para agarrarme, porque si me hubiera movido, caigo y me mato.

 

Después de ese incidente me tenía más en la casa para que no me pasara nada

malo, de hecho, otra vez yo escuchaba un tic tac, tic tac, y en un descuido

de mi tía le cogí el despertador y ella me habló bruscamente, para que no

travesiara y del susto, lo dejé caer y se despedazó.

Yo empecé a conocer la casa gateando.

Roberto:

¿Cómo todos?

Pedro:

Bueno, pero yo ya estaba grande y para desplazarme utilizaba las manos, como

los animalitos,  podríamos decir que a los 6 años las manos me servían de

bastón, a través del tacto yo sabía si las cosas eran feas o bonitas.

Cuando iba al baño, que quedaba afuera, la letrina, en la casa de mi tía

había una especie de muellecito, un andén, y yo me agarraba de una barandita

o iba gateando y así lograba llegar al baño.

 

Ya a los 7 años me mandan solo para la escuela y para mí esa fue una

experiencia muy dura, porque me mandaron del campo a la ciudad.

 

Roberto:

Tengo la impresión de que te criaban muy dependiente y si ibas para una

escuela, ¿cómo ibas a hacer para tu higiene personal y alimentación?

 

Pedro:

Mamá me bañaba, me mudaba, porque era más fácil ponérmela que enseñarme.

Siguiendo con el relato, en ese entonces, de Los Chiles de Upala a la

capital se viajaba únicamente en avión y cuando estoy en la aeronave, ¡me

dio un ataque de llanto!, porque viajar en ese aparato por primera vez,

¡imaginate qué experiencia más horrible sentir la bajada y la subida solo!,

pero no me moví del susto, hasta que llegamos y el ingeniero me esperaba

para llevarme a donde doña Dorita Santiesteban, Directora de la Escuela.

 

Mi primera maestra fue la niña Orieta Ramírez.  Con ella yo fui aprendiendo

a conocer las cosas sin tener que gatear, para comer fue un triunfo y

todavía recuerdo que nunca había comido ensalada y para podérmela dar tuvo,

don Alexis Quesada, que en paz esté, que decirme que me iban a poner una

inyección y del mismo miedo aprendí a comer hortalizas, que para mí eran

nuevas.

 

Roberto:

El tema de la escuela lo abordamos ya en otro libro, pero Pedro estuvo en la

transición de una escuela con internado a la educación integrada, donde los

alumnos se incorporan a la escuela de la comunidad y por eso queremos

conocer cómo se integro a la comunidad sin tener a la familia junto a él.

 

Pedro:

Viví unos días con un compadre de mi mamá.  Recuerdo que don Francisco

Arias, Director de la Escuela, en ese momento, me habla del nuevo hogar

sustituto.  Me enviaron a Barrio Pilar, donde doña Amparo y don Fidencio,

una familia de nicaragüenses que eran tíos de un tocayo tuyo: Roberto

Carlos, que era no vidente.

 

Roberto:

¿Y cómo te trasladabas del hogar sustituto a la escuela?

 

Pedro:

Ahí estaba lo difícil, porque como yo no le puse mucho interés a las clases

de rehabilitación, no podía ir solo.  Por dicha el compañero Julio Chacón me

llevaba y si no llegaba me quedaba en la casa y eso era un tormento, porque

una voz me decía: "¡Tú puedes, debes perder el miedo!" y cuando ya lo iba a

hacer me dominaba el miedo, hasta que un día lo intenté y logré llegar solo.

 

Roberto:

¿Y después de la escuela?

 

Pedro:

Ya mi familia se vino, mi mamá consiguió un trabajo en San José y me fui a

vivir a Paso Ancho.

 

Termino la primaria en 1978 y en 1980 ingreso al colegio Napoleón Quesada,

el problema era que yo no estaba orientado para seguir la secundaria y los

profesores se preguntaban cómo podían darme clases.  Algunos me hacían los

exámenes orales y otros me tenían como oyente, porque no podían evaluarme.

 

Gané primer año y segundo, me dijeron que fuera un día y otro no llegara,

por lo que salí de estudiar y me enclaustré en la casa, donde sólo escuchaba

radio, televisión, comía y dormía todo el día.  Después me incorporé al

Instituto Hellen Keller, donde me recogían en un carro que llevaba al

Director, don Antonio Cabezas, pero iban por mí un día y otro no llegaban,

hasta que el mismo don Antonio me quitó el transporte, porque dijo que

conmigo no iban a perder más el tiempo, que yo no aprendía nada, ni Braille

siquiera, cosa que es todo lo contrario.

 

Vuelvo a la casa, al mismo enclaustramiento y fue cuando doña Clarissa, que

en paz descanse, le habló a mi mamá de tu hermano Juan José y él nos invitó

a las reuniones de ustedes de la Asociación Pro-Trabajo, Capacitación e

Integración del No Vidente (APTRACINV), ahí empecé, como los recién nacidos,

a abrir los ojos, aprendí a caminar solo y después me consiguieron un

trabajo, donde estoy actualmente.  Yo calculé que a los tres meses me

tendrían la carta de despido, pero me tuvieron paciencia y me dejaron en la

Cooperativa Dos Pinos.  Sentí la satisfacción de ganarme el dinero con el

sudor de la frente.

 

Después teníamos un problema, porque nos iban a botar de la casa donde

vivíamos y la asociación me incluyó en las solicitudes que tenían para

vivienda y por dicha nos dieron casita en Purral de Guadalupe.

 

Roberto:

Bueno, ya tenía trabajo, casa y sólo le faltaba novia, ¿cómo fue que lo

flechó Cupido?

Pedro:

Bueno, yo conocí a Celia en la Asociación; me parecía que ella sentía algo

hacia mí, pero como yo no tenía experiencia en tener novia..., pero nos

hicimos novios y como Celia era tan católica y yo, en ese entonces, estaba

influenciado por los evangélicos, nos dejamos por un tiempo.  Pensé que se

había ido para Limón y un día de tantos decidí buscarla.  Una compañera,

Vilma Hernández y el esposo, Manuel, que en paz descanse, me pasaron el

santo de que Celia estaba en el Taller, trabajando.  Mi mamá la llamó y ella

casi se atraganta con el almuerzo, porque pensó que era una mala noticia.

 

Estuve visitándola varias semanas, continuamos el noviazgo.  En ese momento

me apareció una muchacha que me pintó pajaritos en el aire y, como yo no

tenía experiencia, terminé con Celia, y casi termino con lo que hoy es un

matrimonio feliz.

Actualmente, yo ayudo en la casa pagando los recibos de la luz, el agua, el

teléfono, saco la basura y me siento muy contento de compartir esta

experiencia matrimonial, aunque no niego que a veces es difícil, por

ejemplo, un día, sin darnos cuenta, Celia se estaba tomando mis medicamentos

y yo los de ella, hasta que nos sentimos mal y acudimos a un vecino que nos

sacó de la duda.  Ahora la familia de ella nos separa los medicamentos y a

Celia se las preparan en grupitos para que se las tome en un tiempo todas.

 

Roberto:

Las personas tenemos derecho a la recreación, ¿ustedes ejercen este derecho?

Pedro:

Bueno, para pasear no tenemos muchos problemas, a mí me gusta ir al cine y

que si la película es en español, la persona vidente que va con nosotros nos

explique algunas cosas que no entendemos, también vamos solos y la

escuchamos.

 

Celia:

Algunas veces la gente se compadece de nosotros o nos dice que ¡qué lindos!,

pero yo les digo que nosotros somos personas iguales a ellos, únicamente que

no vemos, pero podemos seguir a delante.

 

La noche ya cayó y la lluvia no cesa, por lo que acompaño a mis amigos a

abordar el autobús y con ellos se van un cúmulo de vivencias que hoy podemos

compartir, en parte, con todos ustedes.

 

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