No sé si contar debiera, pero me apetece hacerlo, porque hay veces en las que alguna Navidad de las que se presentaba triste, se convirtió después en una fiesta de alegría, porque alguien tuvo el valor y la osadía de obrar con el buen hacer que caracteriza a los viejos de antes.
Sucedió en Torrijos, hace unos cincuenta años, entre sus calles viejas y solitarias, como es habitual en los pueblos toledanos.
Muy cerca de su colegiata, en una casa inmensa, con olor a humo y a moho, vivía D. Leoncio; un hombre antiguo, de porte delgado, con una barba larga y una boina sobre su cabeza para que el aire y el sol no se la dañaran.
Por entre las rejas de sus ventanas se oían todas las mañanas el tac, tac, tac... que producían sus gruesos dedos al caer sobre las teclas de una máquina de escribir. Él conoce las historias del pueblo, sus tradiciones, la procedencia de las familias, el origen de sus costumbres... En una palabra, era una especie de cronista oficial de los que siempre existieron en todas las poblaciones.
Por las tardes, después de apurar el último trago de café, toma su bastón, y con paso lento, pero seguro, pasa a recorrer las plazas y las calles, y a hablar con los vecinos, para tener de que escribir al día siguiente.
Aquel año no se sabe realmente lo que había pasado, pero el ambiente de Torrijos no era igual. Son esas cosas que normalmente se ignora el porqué, pero que a veces pasan en los pueblos; Que a la hija de Paquita no hay quien le hable desde que lleva esos modelos que trae de Madrid; que si el Sr. Alcalde asfaltó la calle de delante de mi casa y no la de los otros vecinos, y tenemos que soportar nosotros los coches; que si D. Fidel se ha traído una radio y solo deja oírla a los hijos de la Rosario; en fin, todas esas cosas tontas que a veces se hacen o se dicen sin maldad, por pasar el rato, pero que crean malestar entre el vecindario.
Ha llegado diciembre y D. Leoncio está preocupado porque Torrijos está manchado de tristeza, de envidias y de veneno; ese veneno que a veces sembramos los hombres entre los hombres.
El día trece su máquina no se escuchó entre las rejas de las ventanas, como era habitual. Cuando las mujeres salían a hacer sus compras, o a llevar a los niños al colegio pensaban que quizá D. Leoncio se había dormido. Pero él estaba dentro, balanceándose en su mecedora, y pensando: "¿Qué podría yo hacer para que en esta Navidad Torrijos goce del ambiente alegre y familiar de siempre?"
Por la tarde tampoco salió. Se había entretenido en colocar las figuritas de barro que tenía llenas de polvo en un cajón de madera, y que desde que su abuela había muerto hacía treinta y siete años no habían vuelto a ver la luz. Una a una las fue limpiando con cuidado. Luego dibujó unas montañas, un río y unos árboles, y poco a poco, fue colocando cada una de las piezas en su lugar hasta que el belén estuvo acabado. Casi ocupaba la mitad de la habitación donde escribía.
Al amanecer del otro día pensó que debía escribir la historia de Belén. Empezó por redactar el origen de cada una de aquellas figuritas de barro; qué manos las habían hecho, y cuándo; los años en que habían sido prestadas para lucirlas en el altar de la colegiata. Y, sobre todo, qué significaba cada una de ellas. Y así se escribió la historia del belén más antiguo de Torrijos.
Aquella tarde D. Leoncio no quiso salir de su casa, y al llegar la noche alguien llamó a su puerta. Abrió despacio y pudo ver la cara de Vicente, que venía, junto con su esposa Leonor, a interesarse por él. Él les contó que había estado muy ocupado escribiendo la historia más antigua de ese pueblo, que era la historia de Belén, porque sin el Niño de Belén no tendríamos colegiata para adorarle, ni figuritas de barro para representarle, ni cordero para simbolizarle. Poco a poco D. Leoncio les fue contando la historia más maravillosa que se recordaba en esos días. Pronto los ojos de Vicente y Leonor comenzaron a mojarse al darse cuenta de que aquella fiesta de paz estaba manchada por la actitud de todo el pueblo.
Al día siguiente las cosas empezaron a cambiar. Este matrimonio, junto con sus hijos, comenzaron a tener un comportamiento distinto; "hasta parecían agradables" -comentaban algunos. Así que la gente se dedicó a visitar a D. Leoncio para ver que había en esa casa que tantos milagros estaba produciendo.
Aquel año la historia más repetida en Torrijos fue la de Belén, donde Dios se hace hombre para traer la paz a los corazones de los hombres. Esa fue la historia que devolvió la alegría de la concordia a aquel pueblo. Y en la Misa del Gallo todos se dieron la mano en son de paz, porque sólo la historia de Belén, que había salido de los labios de aquel viejo cronista, D. Leoncio, había sido capaz de erradicar el veneno más mortal que alguna vez se hubiera sembrado por las calles de Torrijos.
De: Abel González Acosta