No importa su nombre ni tampoco su localización, basta con decir que todo aquello sucedió en un pequeño pueblo de la meseta castellana allá por los setenta. Un pueblo a caballo entre la meseta y el monte, entre el mundo rural y urbano con sus habitantes de una mentalidad conservadora salpicada por unas primeras gotas de libertad. Un pueblo que empezaba a sustituir el adobe por el ladrillo y los nidos de golondrina en los aleros por las antenas de televisión en los tejados. Las fuerzas vivas del pueblo es decir, el cura, el alcalde, el médico y el boticario reunidos en la rebotica discutiendo sobre el problema del Sahara algunas veces y del fichaje de Johan Cruiff las más. El resto de la población indiferente a dicha problemática conversaban sobre el precio de la fanega de trigo, del asfaltado de la calle "Caídos de la División Azul" o de lo poco que había llovido el último mes. En las calles los muchachos entretenidos en rodar un aro metálico con la ayuda de un palo o en tratar de romper el trompo de sus camaradas tirando el suyo propio sobre éste. En un rincón de la plaza, algo apartado de los demás niños, encontramos a una figura solitaria, es Juan. Juan es el hijo del zapatero que tiene su taller al final de la Calle Larga. Juan es de baja estatura para su edad, 13 años. De pelo lacio y moreno, cabeza grande mal proporcionada y casi sin cuello, de tez brillante, ligeramente azulada. La boca siempre entreabierta con unos labios finos por los que asoma una lengua carnosa de la que permanentemente cuelga un hilo de baba. Bajo unas cejas indefinidas los ojos almendrados casi sin pestañas y de mirada perdida.
Cuando Juan nació, el médico le dijo a sus padres que el niño no era normal: "trisomía del par 21 unido a una malformación cardiaca congénita con presencia del orificio de Bothal" fue el diagnóstico. Sus padres solamente entendieron que el niño era mongólico y que debía ser operado del corazón. La operación funcionó tan sólo parcialmente pues sería preciso repetirla cuando el niño alcanzase la pubertad. Los años siguientes transcurrieron sin nada digno de mención, la vida en el pueblo seguía su curso, Juan crecía y jugaba siempre solo. En la escuela, don Marcelino, el maestro, se esforzaba en vano para que los demás niños aceptasen a Juan con normalidad pero la crueldad infantil relegaba al pequeño que tuvo que aprender a divertirse solo. Juan nunca tuvo claro cuál era su nombre. A pesar de su corta inteligencia se daba cuenta de que cada persona le llamaba de una manera distinta. En casa, sus padres le llamaban Juanito; en el colegio, don Marcelino siempre le llamaba Juan mientras que los niños le decían "mongui". En la calle, con las personas mayores la cosa dependía de que estuviera solo, en cuyo caso le llamaban "tonto" y "Juan" cuando iba con sus padres. No le gustaba el apelativo de "tonto" porque sabía que era un insulto y que los niños se enfadaban cuando les llamaban así. En cambio no tenía claro lo de "mongui" porque eso solamente se lo llamaban a él y no sabía si era malo o bueno. También algunos niños le llamaban Pitufo y eso le gustaba. Era por el color azulado de su piel pero su mamá le había dicho que cuando fuera mayor le iban a operar otra vez y que su color sería como el de los demás.
Juan, en su soledad infantil, no tuvo más remedio que buscarse otros amigos, era frecuente verle en la plaza, desmigando una barra de pan duro y dándosela de comer a un pequeño gorrión a quien el hambre podía más que la desconfianza. La amistad entre el niño y el pájaro creció hasta el punto de que el animalito comiera posado en la regordeta palma. Cuando alguien le preguntó a Juan que porqué se pasaba tantas horas con el pájaro éste le contestó que hablaba mucho con el ave y que le contaba muchas cosas interesantes. Al día siguiente la conversación se extendió por el pueblo como una mancha de aceite:
- ¡Pitufo habla con los pájaros!, ¡Pitufo habla con los pájaros!.
- Juan, dile a esta gallina que tiene que poner más huevos!.
- Juan, ¿qué te dice el gorrión?.
- Ma dicho -contestó el niño con su voz pastosa- que esta tarde antes de que se ponga el sol, caerá la piedra.
- ¡Pués aviados estamos con el tonto del tiempo!, en esta época nunca cae el pedrisco!.
Esa misma tarde granizó. Algunos comentaron el tema pero la cosa se olvidó pronto. La compañía del niño y el gorrión se hizo cada vez mas frecuente siendo habitual ver al pájaro posado en la cabeza de su amigo.
Una tarde cualquiera, de un día cualquiera la madre de Juan le dijo a éste que se despidiera de sus amigos, que iban a la capital a ver al médico y que a la vuelta su color iba a ser normal y no se iba a cansar tanto al correr. También le dijo que iban a pasar bastante tiempo allí. A Juan no pareció preocuparle demasiado todo aquello pero esa misma noche le dijo a su madre que el gorrión se había puesto muy triste porque ya no se verían más. Su madre se limitó a suspirar y a encogerse de hombros.
A las 11.37 de una mañana cualquiera en un hospital de la capital un corazón dejó de latir. A las 12. 15 horas de esa misma mañana una madre comenzó a llorar. Nadie se percató de que también a las 11.37 horas un pequeño pájaro entonó su último trino, un trino de lamento y muerte. Esa misma noche en el cielo lucieron dos estrellas más...