SILA

Sila el guerrero.

Autor: Moni Vilacova Masanella

Las brumas del amanecer se retiraban perezosa y lentamente por encima de las heladas cumbres dejando que la incipiente claridad del alba se reflejara débilmente sobre la nieve caída durante la noche. La visibilidad resultaba casi nula entre los abruptos peñascos que descendían hasta el fondo del valle, donde un pintoresco poblado se diseminaba entre campos de cultivo y pequeñas praderas que lucían un verde exultante casi todo el año. El descenso por aquellos caminos apenas insinuados en medio de las rocas, junto con la humedad adherida al terreno a causa del mal tiempo, elevaban para cualquier caminante el riesgo de despeñarse ladera abajo; y era tan dificultoso avance el que mantenía en tensión todos los músculos de Sila, quien se movía con sumo cuidado asegurándose de afirmar un pie antes de adelantar el otro. pese a la baja temperatura reinante, el hombre transpiraba copiosamente. El sudor perlaba su frente y la respiración cse le entrecortaba debido al esfuerzo. La sangre se agolpaba en sus sienes y los pulmones parecían a punto de estallarle.

El aire empezó a soplar con notoria intensidad adquiriendo extraños sonidos semejantes a susurros, a voces lejanas, lamentos y gritos que empezaron a taladrar la mente del guerrero. Instintivamente miró hacia atrás con la avidez de un animal que se siente acorralado. La aurora empujaba pertinaz las sombras desplegadas por el valle y los primeros tintes rosados coloreaban ya las erectas crestas de aquellos picos amenazantes. Se detuvo como paralizado por una garra invisible que le atenazara la garganta. Sus penetrantes y sagaces ojos de un intenso azul, escudriñaron el horizonte dispuestos a detectar cualquier sombra o movimiento que pudiera delatar la presencia de sus perseguidores, pero tras un atento y minucioso reconocimiento de su entorno dejó escapar un suspiro de alivio. Todo estaba en calma, formando parte de un orden natural, eterno y extraño que a lo largo de los duros años de entrenamiento había aprendido a percibir. Podía continuar su lento descenso por aquel territorio desconocido. Era preciso llegar al valle antes de que la luz del día se adueñase del lugar El cansancio empezaba a hacer mella no sólo en su físico sino también en su mente. Había perdido la mnoción del tiempo que llevaba andando, sin apenas reposo y sin probar bocado, pero lo que más acusaba era la falta de sueño. necesitaba dormir; sí, era preciso hallar un escondite donde poder guarecerse y dormir a fin de recuperarse de aquel agotamiento que minaba las últimas fuerzas que le quedaban.

Dane se había rezagado de sus compañeras que ascendían entre gritos y risas por el escarpado sendero que conducía a la ermita. En sus oídos las voces sonaban cada vez más lejanas y ni siquiera se percató de que el silencio de la montaña sólo interrumpido por el silbido de las breves ráfagas de viento que azotaban los leñosos arbustos era el único sonido que podía apreciar. Como atraída por un poder enigmático y desconocido se desvió de la ruta tantas veces recorrida en mañanas otoñales como aquella, en que las jóvenes del pueblo acostumbraban a visitar la capilla del Santo, medio escondida entre las tortuosas veredas del cerro más cercano. Cortó una ramita y con ella en la mano tomó una senda semi oculta por los matorrales y a la que anteriormente jamás había prestado atención. observó el suelo en el que aparecían unas extrañas huellas. Sin duda eran humanas, pero ¿qué tipo de calzado era aquél?. Probablemente pertenecería a algún excursionista de la ciudad. Esos tipos raros que gustan de pasearse disfrazados con costosas y extravagantes ropas deportivas de último diseño y que cargan con sofisticados equipos con los que creen impresionar a los lugareños, cuando lo único que consiguen es ser el hazmereír de los mismos. Se dibujó una sonrisa en su bello rostro de suaves y delicadas facciones. Se imaginaba detrás de uno de esos individuos provistos de pesadas mochilas en las que guardaban cámaras y un sin fin de artilugios de medición.

Dane seguía absorta tras aquellas pisadas, internándose cada vez más por una zona que se le antojaba desconocida. Era como si fuera penetrando en un mundo lejano, de ensueño, pues todo a su alrededor cambiaba de manera vertiginosa con cada paso que daba. Se detuvo súbitamente alertada por una sensación de desasosiego que ascendía desde su estómago. Alzó sus verdes ojos que miraron inquisidores hacia el cielo. Ya no se veía el sol, aquel sol radiante que unos minutos antes reinaba majestuoso en un cielo despejado y limpio de nubes; en su lugar, una espesa, y babeante niebla lo estaba envolviendo todo. Volvió la cabeza, ¡Diós!, no se veía ni rastro del camino, girones de bruma avanzaban zigzagueando como una serpiente cubriéndolo todo.

Dane echó a correr cuesta abajo sintiendo que un escalofrío de terror subía por su espina dorsal. -¡Me he perdido!. Nuevamente se detuvo en seco y pensó. -Tengo que volver, no tiene sentido que me interne más por estos parajes. Pero ¿cómo volver? sino podía ver siquiera el camino. Lo más prudente sería quedarse sentada en una roca y aguardar a que se levantaran esas capas de nubes bajas que anulaban toda visibilidad. Se echó a un lado y agachándose tanteó con las manos el suelo. A los lados del camino habían montones de piedras; localizó una grande y aplanada y se dejó caer sobre ella. La temperatura bajaba por momentos y empezó a tiritar. Ya ni siquiera los pies eran visibles a sus ojos. ¿Qué fenómeno era ese?. ¿Y aquel silencio?, sólo podía escuchar su propia respiración. ni viento, ni pájaros, ni el pulular de los insectos. Era como si la nada estuviera engulliéndolo todo, incluída a ella. Los dientes le castañeteaban y se abrazó a sí misma para mitigar el frío que se introducía despiadadamente por todos los poros de su piel. Cerró los párpados apretándolos con fuerza y dobló la cintura a la vez que elevaba sus rodillas para apoyar la cabeza sobre ellas. Notó en sus mejillas la aspereza de los vaqueros y aspiró un olor desconocido impregnado en la tela. ¿A qué olía?, era ese un olor lejano, que emanaba de la noche de los tiempos y que llegaba a ella provocando en su alma el despertar de vagos recuerdos. ¿Recuerdos de qué?.

Randa cogió por los hombros a su amiga y la zarandeó. -Dane. ¿Te encuentras bien?, Dane, por favor, contéstame. ¿Qué te ocurre?. La joven alzó la cabeza y con mirada extraviada contempló a su amiga. -Dane ¿Qué te pasa?. -Nada. -Logró balbucear al fin-. -¿Por qué te separaste del grupo?, Dane, tienes un aspecto muy raro. Tú estás enferma. Venga, vamos a casa. Randa la tomó del brazo y notó un cierto temblor en el cuerpo de la muchacha. -¿Tienes frío?. Al tiempo que formulaba la pregunta se quitó el anorac y cubrió con él la espalda de Dane que ni protestó, ni agradeció el gesto de Randa. Ésta empujaba a Dane de manera apremiante. Estaba asustada. No comprendía nada de lo sucedido.

El grupo de cuatro amigas había salido del pueblo con intención de pasar la mañana en los abiertos prados que se expandían ante la ermita del Santo. Y con la alegría propia de la juventud iniciaron el ascenso, cantando, riendo y haciendo planes. Allí en la explanada se encontrarían con unos amigos del pueblo vecino. Ese era su habitual punto de encuentro, lejos de las miradas indiscretas de los curiosos. Y cuando ya estaban a punto de llegar, Randa se dio cuenta de la ausencia de Dane. Preguntó a sus otras dos comnpañeras. No, ninguna de ellas había detectado el rezagamiento de su amiga. Se detuvieron a esperar, pero los minutos transcurrían y Dane no aparecía. Entonces Randa un tanto alarmada decidió desandar el camino ante las protestas de las demás. _Está bien. Seguid vosotras adelante si queréis, pero yo voy a buscar a Dane. Puede haberse caído o tal vez se encuentre mal y necesite ayuda.

las otras dos se encogieron de hombros con ademán excéptico. -no seas tonta Randa. Seguro que pretende gastarnos una broma. ya sabes cómo es. Pero Randa con el entrecejo fruncido ignoró el comentario y dándoles la espalda inició el descenso. Estuvo recorriendo los alrededores pero no se veía rastro de la joven. Empezó a llamarla, mas el eco devolvía únicamente el sonido de su propia voz. perdió la noción del tiempo dando vueltas y más vueltas y ya estaba a punto de abandonar su búsqueda e ir al pueblo para pedir ayuda cuando distinguió desde una loma la figura de Dane. Sí, era ella, su jersey rojo se destacaba en medio del esmeralda de las hojas. Estaba sentada sobre una piedra al lado del camino. Randa echó a correr. A medida que se acercaba fue tranquilizándose. El aspecto de Dane parecía normal, no aparentaba estar herida ni enferma. la llamó.

-¡Dane! ¡Dane!

Sin embargo no obtuvo respuesta. Su amiga parecía ni oírla ni verla, pese a estar a escasos metros de ella. Cuando llegó a su altura Dane no se movió. Sus largos cabellos rubios estaban revueltos, el aire los mecía, caían sobre su rostro pero Dane ni tan siquiera se molestaba en apartarlos. Sus ojos estaban fijos en un punto inexistente, más allá de la realidad.

Dane daba vueltas en la cama. un sudor copioso bañaba su pálido rostro. Apretó sus sienes con las manos mientras gruesas lágrimas comenzaban a resbalar por sus mejillas. un llanto entrecortado empezó a convulsionar su cuerpo. Se sentía febril, débil. El recuerdo de lo vivido en la cueva la atormentaba sin darle respiro. Una opresión en el pecho la ahogaba por momentos. De pronto dejó de sollozar y se incorporó en el lecho. Apartó las sábanas y abandonó la cama. No encontró las zapatillas y descalza se acercó al espejo del tocador. Se sentó frente al mismo y se miró detenidamente en él. La imagen que se reflejaba ofrecía un aspecto inquietante. Sus ojos brillaban de manera extraña. Profundas ojeras enmarcaban unos párpados hinchados, enrojecidos, y aquella palidez espectral.....

No, aquello no podía continuar, tenía que salir de dudas, cerciorarse por sí misma de que todo había sido un espejismo, una jugarreta de su mente provocada por el terror que le había causado la súbita aparición de aquella niebla fría, reptante y silenciosa que la había envuelto y que parecía tener cuerpo físico. Tomó una decisión; hablaría con Adolfo antes de volver a la gruta.

La tarde languidecía lentamente dejando tras de sí su amalgama de cálidos colores difuminándose por doquier. Era un adiós dorado con resplandores anaranjados que conferían a las copas de los árboles aunque por breves instantes, dignidad de monarca. Las aves trinaban alborotadas, sabedoras de la inminente llegada de la oscuridad y se apresuraban a tomar posesión de sus reducidos dominios en cualquier lugar imposible; desde la aparentemente frágil rama de un alcornoque, hasta la medio derruida cornisa de un añejo caserón, pasando por entre las movedizas tejas de cualquier edificio.

Siempre era aquella una hora mágica para la gente mágica. Dícese de aquellos que saben saborear la vida tomándola a pequeños sorbos, paladeando cada instante y extrayendo la esencia que cada acontecer nos ofrece por nimio e insignificante que éste parezca. Pero ¿cuánta gente mágica hay a nuestro alrededor?,¿somos acaso capaces de reparar en ella?. Hay personas cuyo poder aprisiona la belleza de un atardecer; son almas de conciencia y mente despiertas para las cualess nada pasa inadvertido; sus espíritus sensibles se manifiestan ante los mil y un detalles que imperceptiblemente nos rozan. Sin embargo, ¿quiénes son aquellos que realmente pueden percibir y disfrutar de sde la inocente sonrisa de un bebé, hasta el latir desbocado de un corazón enamorado?. Adolfo era uno de ellos. Formaba parte del todo. Era como si siempre hubiera estado ahí, al igual que las montañas circundantes o el travieso arroyuelo que se escondía detrás de la frondosa alameda. Sus oscuras pupilas eran como una ventana abierta al infinito, en donde uno podía sumergirse y flotar en un abismo insondable, portador de paz, serenidad, calor y confianza. Y nada pasaba desapercibido ante él; su constante atención, su estado de plácida alerta, su curtida experiencia de observador pasivo, acumulador de vivencias, propias y ajenas, recopilador silencioso del fluir universal; Representaba en definitiva, la imagen del loco incomprendido por sus congéneres, objeto de burlas más o menos abiertas, pero secreto confidente de quienes deambulan confusos por senderos aparentemente definidos.

Dane lo halló sendtado en el banco de madera que se apoyaba en la fachada rojiza de su rústica y pequeña casa. Y tímidamente se aproximó a él con pasos lentos, dubitativos. Se detuvo a una cierta distancia y forzó una sonrisa al tiempo que saludaba con voz trémula.

-Buenas tardes Adolfo.

El hombre entrecerró los párpados, tic habitual en él que denotaba máxima fijación de lo que tenía en perspectiva.

-Hola Dane. Me alegra verte. Llevabas mucho tiempo sin dejarte caer por aquí. -Repuso con su habitual tono de voz pausado.

-No ha sido por falta de ganas. El trabajo y los estudios me acaparan por completo.

Nada más pronunciar aquellas palabras se interrumpió. Se sintió incómoda. Delante de Adolfo no servían las excvusas recurrentes; uno tenía que ir a cara y a corazón descubierto, de lo contrario, las propias mentiras volvían como un bumerang extrellándose contra uno mismo provocando una ácida sensación de desasosiego.

La franca sonrisa que se abrió en la tez morena del hombre la animó a acercarse y a tonmar asiento a su lado. Permanecieron largo rato en silencio. Junto a Adolfo cualquiera podía practicar el arte de estar callado sin que ello se tornara una incomodidad palpable como suele ocurrir en la mayoría de ocasiones en las que nos creemos en la obligación de conversar, pese a que no sintamos deseos de hacerlo.

Adolfo no necesitaba que la gente le contara sus pesares, inquietudes, dudas o malestares; le bastaba aspirar el aire, olfatear el ambiente impregnado entorno de quienes comparecían ante él para percibir la clase de perturbación de la que eran víctimas. Y la que envolvía a Dane no era nada común. El hombre observaba de reojo a la joven que parecía estar sumida en una dimensión inaccesible que incluso a él le resultaba inalcanzable. Carraspeó varias veces con ánimo de rescatar a la muchacha y devolverla al aquí y ahora. -¡Ejem!, Dane, ¡ejem!, ültimamente te he visto frecuentar la ruta de las cuevas. La voz de Adolfo sobresaltó a la joven. Las palabras de éste sonaron contundentes como el golpear de un martillo en el cerebro de la muchacha. Intentó decir algo, pero su garganta estaba seca y no pudo articular ninguna sílaba. -No me irás a decir que te has convertido en espeleóloga de la noche a la mañana.

Dane seguía sin poder hablar.

-¿Has sucumbido a la magia que emana de las grutas? inquirió el hombre y sin esperar respuesta prosiguió. Yo las conozco palmo a palmo. Cuando necesito recargarme de energía voy allí. Desprenden unas muy benéficas vibraciones. Claro que..... Se detuvo intencionadamente mirando de reojo a la joven.

Dane volvió los ojos hacia él con expresión inquisitiva. -A veces pueden resultar peligrosas. Debe uno andarse con cuidado. Saber exactamente el momento oportuno y propicio para adentrarse en ellas.

-No entiendo, ¿qué quiere decir con lo del momento oportuno y a qué peligro se refiere?.

-Bueno, verás, las cuevas de esta región son muy peculiares, poseen unas características que raramente se dan en otras zonas. ¿Has oído contar alguna vez las leyendas relacionadas con seres fantásticos que se aparecen en las grutas?.

-Sí, claro. -Respondió ella en tono receloso.

-Pues bien, en realidad, la gente siempre ha considerado esas apariciones como producto de la fantasía, pero la realidad es que no lo son. Son tan palpables como lo somos tú y yo.

-No entiendo. Repuso Dane nerviosa.

-Sin embargo, deberías entender.... -Adolfo dio unos golpecitos sobre la mano de Dane que se movía nerviosa reptando por el banco de madera. Deberías entender.... Hace más de dos mil años, estas tierras fueron habitadas por diversas tribus galas que aunque calificadas por los historiadores de salvajes, lo cierto es que eran poseedoras de unos conocimientos valiosísimos que se nos escapan, y que se extinguieron con ellos. Es una lástima, pero no dejaron nada escrito, apenas queda constancia de cuáles eran sus ritos, costumbres, religión, en qué dioses creían y que ofrendas les brindaban. Solo han llegado hasta nuestros días referencias suyas a través de algunos textos romanos, principalmente escritos por Julio César haciendo mención a las guerras de las Galias. ¿Y que valor pueden tener tales escritos?, César era el enemigo, por consiguiente es de suponer que cuanto relata no está filtrado precisamente por el crisol de la objetividad.

El crepúsculo arrastraba las primeras penumbras esparciéndolas por doquier y hacia el este empezaban a brillar titilantes las estrellas. En el cerebro de Dane resonaba aún la voz de Adolfo y de cuanto acababa de referirle acerca de los antiguos pobladores de aquellas tierras. Se sentía impresionada. Sin saber por qué Dane echó a correr alocadamente. Sus cabellos cabalgaban detrás de ella en remolinos salvajes. Apenas se detenía a tomar aliento para emprender nuevamente la carrera. En su corazón y en su mente estaban grabados a fuego unos ojos, unos ojos intensamente azules que ya no podría olvidar aunque hubiese sido su propia fantasía la que los hubiera creado. Al llegar al lugar, sintió que las piernas le flaqueaban. Se quitó la mochila de la espalda y rebuscando en ella halló la linterna. La entrada de la cueva estaba demasiado oscura ya como para arriesgarse a penetrar en la misma sin precauciones. El corazón amenazaba con perforarle el pecho. Los latidos llegaban a producirle un dolor lacerante. Enfocó la luz hacia el interior y se introdujo en la hoquedad. El haz luminoso se deslizó por techo y paredes primero, luego con mano temblorosa dirigió la linterna hacia el suelo. El sitio estaba vacío, allí no había nadie. -¡Dios mío! ¡qué tonta! Llegar a pensar que una cosa así podía haber sucedido........

Y sintió un tremendo vacío antes jamás experimentado en su interior. Se dejó caer como una autómata sentándose en el suelo y apoyando la espalda contra la rugosa y desigual pared de la gruta. Maquinalmente apagó la linterna. las tinieblas más absolutas se alzaron frente a sus ojos. Y sus labios pronunciaron débilmente aquel nombre -Sila. Sila.

Otra vez las lágrimas perlaban sus doradas pestañas.

-Sila.

¿por qué su imaginación le habría jugado aquella mala pasada?. De pronto, el sonido estridente de un timbre resonó sobresaltándola. ¡Era el móvil! A tientas sacó el diminuto aparato de uno de los bolsillos de su anorac. Por breves segundos dudó entre si contestar o no a la llamada. Encendió la linterna que había dejado tirada a su lado y miró la pantalla. Era Gastón. No tenía ganas de hablar con él, ni con él ni con nadie. Quería que la dejaran en paz, necesitaba estar sola para serenarse y meditar acerca de los acontecimientos, o mejor dicho, del acontecimiento que...... ¿qué acontecimiento?

-Dane, no ha pasado nada. Oyó una voz dentro de sí. -¿Oyes Dane?, no ha pasado nada. Te has montado una historia estrafalaria y ahora quieres que se haga realidad. Pero Sila no existe. Olvídate de tales fantasías o acabarás enfermando. Muchas patologías de carácter psíquico empiezan así. ¿Recuerdas al señor Dulud, el maestro?, afirmaba ver y hablar con María antonieta y tú acabarás igual. Bajó la mirada desalentada y fue entonces cuando lo vio. Extendió la mano y recogió del suelo aquel objeto en el que antes no había reparado. A la luz de la linterna la pieza brillaba con un fulgor que a Dane se le antojó cegador. parpadeó y mientras lo sostenía en la palma de su mano derecha lo acarició suavemente con los dedos de la izquierda. Tenía una forma caprichosa y era frío al tacto. Esa especie de hebilla había llamado poderosamente su atención la primera vez que la vio sujetando la capa de.... y ahora estaba allí entre sus manos confirmando la certeza de que no había sufrido ninguna alucinación. Se llevó el objeto hacia su pecho y lo apretó contra él. Una amplia sonrisa distendió sus facciones. ¿Dónde estaría Sila? ¿Se habría marchado de allí?. No, no podía ir muy lejos en sus condiciones. Si alguien lo veía vestido con su atuendo de guerrero...... Acabarían por detenerle. Además, había prometido esperarla.

Abrió la mochila y sacó de ella un paquete cuidadosamente envuelto. Luego unas latas de cerveza. Lo depositó en el suelo arrimándolo a la pared. Tal vez Sila había salido un momento, pero si volvía, encontraría los víveres y podría saciar así su hambre y su sed. Dane dudó. ¿Debía marcharse o debía esperar?. ¿No había ido hasta allí para ver a Sila y comprobar que se trataba de un ser real? ¿es que le bastaba el hallazgo de aquel objeto en el suelo para confirmar que no había soñado?. Estiró las piernas y recostó la cabeza en el muro. Esperaría, pero ¿hasta cuándo?. no importaba, esperaría la vuelta del guerrero. ¡Del guerrero!, que raro sonaba aquello. Un guerrero proveniente de Las Galias surgiendo del pasado y apareciendo en pleno siglo XXI, ataviado con sus vestiduras, con sus armas.

-Dane. Esto es ridículo. Ese tal Sila fue alguien que te gastó una broma. Nuevamente aquella voz en su mente. ¿Cómo pudiste creer cuanto te contó?. Sería un estudiante de historia, el hecho de que te diera tantos detalles no significa nada. Hay libros, hay ordenadores. Cualquiera puede recopilar suficiente información como para divertirse a costa de gente ingenua como tú.

Dane sacudió la cabeza rechazando aquella posibilidad. La incertidumbre nuevamente la atormentaba. Se levantó bruscamente escrutando con la mirada los muros parduzcos y agrietados d la caverna. Su visión paulatinamente fue haciéndose borrosa y ante ella se proyectaron extrañas imágenes: Se veía a sí misma vestida con una nívea y larga túnica. Sus cabellos recogidos en lo alto de la cabeza por una brillante diadema, caían por su espalda en ondulada cascada. Y en su brazo y tobillo derechos unos tgruesos brazaletes relucían con fulgor de oro. Las sandalias delicadamente trenzadas, mostraban unos pies pequeños de andar grácil que conferían a sus movimientos una aureola de ser alado. Y junto a ella estaba Sila, poderoso, arrogante, La piel curtida por cien soles y mil vientos que habían sido sus compañeros en tantas campañas vividas desde su adolescencia. Ambos, frente a frente se miraban con la voracidad del que ha sufrido una larga y penosa separación. Él abrió sus brazos y la joven se precipitó en ellos. Sus ardientes labios bebieronn sedientos el néctar del deseo.

Un ruido en el exterior de la caverna tensó los músculos de Dane devolviéndola a la realidad, e instintivamente retrocedió hasta que sintió en su espalda la dureza de la pared de la gruta. Dirigió el haz de luz de la linterna hacia la negra abertura y una silueta tomó consistencia ante sus ojos.

-¡Sila! -Exclamó al tiempo que contenía el aliento. La pulsación en sus venas había aumentado y sentía flaquear sus piernas.

El hombre se detuvo contemplándola por breves instantes; luego, toda su atención se centró en el foco luminoso que la joven sostenía. .

Las azules pupilas parpadearonn ante el reflector proyectado hacia su rostro.

Dane desvió la luz al tiempo que abandonaba su posición y se aproximaba al recién llegado. -Sila. -Pronunció nuevamente aquel nombre. Temía que te hubieras ido. Te he traído comida y bebida. Ven, acércate. Pero Sila no la escuchaba, su interés seguía fijo en el mágico objeto que ella sujetaba con la mano y que evidentemente le producía una mezcla de fascinación y recelo.

-Arian ¿qué es esto?. –Preguntó señalando la linterna. -Pu... pues, se trata de un aparato que produce luz. La muchacha luchaba por encontrar las palabras adecuadas con que responderle. -¿Un aparato? –Repitió Sila enarcando sus pobladas cejas. Dane le tendió la linterna. El hombre la tomó observándola con creciente curiosidad. Le daba vueltas en sus manos, enfocaba el haz de luz en todas direcciones, calibraba su peso, comprobaba su consistencia... . -Mira, -La joven le tomó la mano y aquel contacto provocó en su cuerpo una descarga de múltiples y agradables sensaciones. –Si presionas aquí, la luz se apaga ¿ves? Al instante ambos se vieron envueltos en las más densas tinieblas. Dane guiando el índice del hombre hacia el resorte que activaba el mecanismo, le indicó que lo presionara nuevamente y la luz volvió a brillar. -¡Es extraordinario! –Esclamó el hombre con incrédula admiración. Hay muchas cosas extraordinarias que vas a ir descubriendo poco a poco. Sila clavó sus pupilas en las de ella de manera intensa, era como si quisiera desnudar su alma, leer su mente, aprisionar su espíritu. Luego fijándose en su indumentaria hizo una mueca de disgusto y exclamó en tono imperativo. -Arian, quítate esa ropa. Te veo muy extraña así vestida. -La voz de Sila era fuerte, profunda, el tono firme, pero sabía infundirle una agradable calidez al dirigirse a la muchacha.

-Sila, Sila, no puedo quitármela, no tengo otros vestidos.

El guerrero se acercó a ella y la tomó del brazo.

-Arian, amor mío. Estoy viviendo una pesadilla. No entiendo nada. Estas tierras parecen embrujadas. El bosque está lleno de.... de..... no sé.... extraños árboles sin hojas, con ramas que se pierden en la distancia y he visto monstruosos animales a lo lejos que proferían tremendos rugidos. Sila se llevó las manos a la cabeza. Los ojos le brillaban.

Dane posó suavemente una de sus manos en la frente del hombre. -Estás ardiendo. Debes de tener fiebre.

Sila se dejó caer. Ella tomó una de las latas de cerveza, la abrió y se la entregó. -Toma, bebe. Te gustará. Obediente, pero con cierta aprensión cogió el bote y lo examinó curioso. Luego acercando su nariz al agujero que había abierto en la parte superior, lo olfateó. Miró interrogante a Dane, ésta le indicó con la cabeza que bebiera.

Sila echó un trago con torpeza., paladeó el líquido y volvió a beber. Mientras, Dane desenvolvía uno de los bocadillos que había preparado. Se lo alargó. -Come. -Le instó con dulzura.

-No tengo hambre. Sólo sed. -Y diciendo esto apuró el resto de la cerveza. Al terminar se secó los labios con el dorso de la mano.

Dane lo contemplaba con una mezcla de curiosidad y embeleso.

-sila. ¿A dónde fuiste?. Te recomendé que no te alejaras de la cueva. nadie debe verte por el momento. Antes debes prepararte. -¿Prepararme?, ¿para qué? -Su acento había adquirido un matiz desafiante que indtimidó a la joven.

-Sila, estás en territorio extraño. Las gentes de este lugar son totalmente distintas a las de tu tribu. Sus costumbres, su manera de vivir, sus casas, sus objetos.... no tienen nada que ver con lo que hasta ahora has conocido. incluso los vestidos, -Dane señaló las prendas que llevaba puestas- son diferentes. Es otro mundo.... -¿Otro mundo?, no entiendo que quieres decir con eso. Su mirada se clavó en ella de manera acerada.

-Y tú, ¿qué haces aquí?. ¿Cuándo y cómo llegaste a este lugar?

-Sila, yo.... bueno..... te lo contaré con calma en otro momento. es una larga historia.

Con un movimiento rápido e imprevisto el hombre agarró una de las muñecas de Dane apretándola con fuerza. -Huíste de mí, Arian. Cuando acusaron a mi hermano de traidor y lo sentenciaron a la triple muerte, desapareciste.

-Sila, suéltame, me haces daño. -En vano intentaba la joven zafarse de aquella mano de hierro.

-Tú también creíste lo que dijeron los miembros del consejo ¿verdad?. Y tu padre no hizo nada para defender a Parial; no movió un sólo dedo.

Dane vivamente alarmada por la creciente alteración de Sila, con un gesto brusco logró desprender su muñeca y con felina agilidad se precipitó hacia la salida de la caverna.

La linterna había quedado en el suelo junto al hombre. Vaciló durante breves segundos sobre sí abandonar el sitio o permanecer en él a la espectativa de la próxima reacción de Sila. pero en vista de que éste no hhabía mostrado intención de seguirla, se quedó estática, con un ligero temblor recorriendo su cuerpo y experimentando nuevamente esa opresión en el pecho que la acompañaba desde que por vez primera encontró al guerrero. El hombre se llevó las manos a la cabeza nuevamente y emitió un débil gemido. Luego, se tendió en el irregular suelo de la cueva y comenzó a mecerse como si de un niño se tratara. Dane, conmovida se acercó a él. Se arrodilló a su lado y por segunda vez posó una mano en la frente de Sila. -Dios mío. Tendré que ir a buscar algún antitérmico. La respiración del guerrero parecía debilitarse. Había cerrado los párpados y su cuerpo empezaba a convulsionarse. La angustia se apoderó de la joven. ¿Qué hacer?. Tendría que ir en busca de ayuda. No podía dejar a Sila solo en aquellas condiciones. Parecía muy enfermo y su vida tal vez peligrara. ¿Adolfo!, era la única persona en la que podía confiar y que a buen seguro la ayudaría.

Dane llegó sin aliento a la casa de Adolfo. Hizo sonar con impaciencia el timbre de la puerta y en breves instantes se dejaron oír unos pasos que resonaron firmes a través de la hoja de madera. casi al instante el sonido de un pestillo al ser descorrido provocó un suspiro de alivio en la muchacha. -Adolfo. –Exclamó la joven sin poder contener su angustia. El hombre apareció en el umbral. La luz del zaguán iluminó el demudado rostro de Dane. -Adolfo. –Repitió. Ven por favor. Tienes que ayudarme. Adolfo tras echar una rápida mirada a la muchacha y sin pronunciar palabra, descolgó su raído chaquetón de cuero del antiguo perchero que descansaba a la izquierda de la entrada y sin ni siquiera molestarse en cerrar la puerta corrió tras de Dane mientras se enfundaba en la prenda y la abrochaba.

Al llegar frente a la cueva Dane se detuvo jadeando. Con mano temblorosa enfocó la linterna hacia el interior. Hizo un gesto a Adolfo para que la siguiera y ambos penetraron en la fría gruta. La joven corrió a arrodillarse junto al cuerpo yacente de Sila. Su acompañante la imitó. -Está muy enfermo. La fiebre debe de ser altísima. –Murmuró ella visiblemente afectada. Adolfo tomó el pulso del hombre durante unos instantes. -Vamos chica, ayúdame, tenemos que trasladarle a mi casa. Cógelo de las piernas. Al tiempo que decía esto, Adolfo levantaba el inerte cuerpo sujetándolo por debajo de las axilas. El trayecto fue largo y penoso. El guerrero pesaba considerablemente y lo empinado del terreno no facilitaba el traslado.

Cuando por fin llegaron a la casa, Adolfo le señaló a Dane el viejo y descolorido sofá situado frente a la chimenea. -De momento lo dejaremos aquí. Tengo que preparar la habitación reservada a los huéspedes, pero ahora lo que nuestro amigo necesita es que le baje esta fiebre. Quédate ahí con él. Adolfo desapareció por una pequeña y carcomida puerta que conducía a lo que denominaba en tono jocoso su laboratorio. Casi al instante regresó con un recipiente y unas toallas. -Toma. –Dijo entregándolos a la joven. –Aplícale paños fríos en la frente y masajéale muñecas y tobillos con esta misma solución.

La muchacha asintió con la cabeza poniéndose manos a la obra.

Mientras realizaba lo que Adolfo le había indicado, su mente cabalgaba alocadamente intentando asimilar cuanto estaba sucediendo.

Sentía como una poderosa e inexplicable fuerza la atraía hacia aquel hombre extraño y desconocido que había surgido de forma misteriosa de no sabía dónde, procedente de una dimensión escondida entre los velos de un passado remoto y olvidado. ¿Qué sucedería con Sila?, ¿cómo integrarle en un presente del que le separaban siglos de distancia?.

Sobre ella sentía caer la responsabilidad de la vida de aquel hombre al que se sentía sujeta por fuertes e invisibles cadenas. Hora y media más tarde Dane y Adolfo tomaban sendas tazas de té sentados a la mesa de la cocina. -Dane –Repuso el hombre fijando en ella una mirada penetrante. Quisiera que tomaras conciencia de la delicada situación en que estamos envueltos.

-Estouy aterrada. -Replicó la muchacha con un hilo de voz. -¿Qué vamos a hacer con él?¿y si muere?

-Si muriera nos ahorraría muchos quebraderos de cabeza. –Repuso el hombre con una sonrisa apenas insinuada en su curtido rostro. -¡Adolfo! –Exclamó la joven en tono de reprobación. -Tranquilízate niña; a nuestro primitivo amigo no le sucede nada grave. ¡Espero!. Saldrá de esta en cuanto lleve unos días tomando buenos alimentos y haya recuperado fuerzas y entonces, será cuando realmente van a empezar los problemas. Un pesado y denso silencio se adueñó de la estancia. Sólo se percibía el rítmico tic-tac del sencillo reloj de plástico azul que adherido a las agrietadas baldosas contemplaba indiferente la escena con su único y rayado ojo.

Dane tenía la sensación de haber entrado en una espiral que tiraba de ella, haciendo añicos cuanto hasta aquel momento había formado parte de su vida y de su entorno. Se sentía arrastrada hacia otra dimensión. Un estado de ingravidez se había apoderado de su físico, y su mente había perdido toda noción del tiempo y del espacio. Atrás quedaban sepultadas

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