EL ANILLO DE ORO Y CORAL

EL ANILLO DE ORO Y CORAL

Crecí en Buenos Aires, ciudad que amo, con sus contradicciones, su violencia y solidaridad. Trabajé desde la adolescencia, en educación de niños pequeños, y en salud, como psicoterapeuta. Tuve la fortuna de estudiar Sociología en la década del 60. Psicología lo hice mucho más tarde, cuando las ilusiones de mi generación habían sido pulverizadas. Las computadoras me devolvieron el libre acceso a la lecto-escritura, perdidas por una ceguera progresiva. No soy escritora, pero a veces sólo a través de un relato ficcional logro atravesar ciertas experiencias.

Arturo Tomás Jones -para sus amigos, el Colorado-, vivía en una de las antiguas casas galesas de Gayman. Por varias generaciones los varones de la familia Jones tenían un primer nombre que comenzaba con la letra A, seguido de Tomás. El padre era Alberto T., el tío, Antonio T., el abuelo, Alfred Thomas. La primavera había llegado; con ella las ballenas y sus crías. Ese sábado hacía más calor que lo habitual. Arturo decidió ir a la playa. Pasó por lo de Ignacio, su compañero de Cuarto Año. Eran amigos desde el Jardín de Infantes En sus motos disfrutaban de paseos hasta la soledad de la península. Por la ruta podían ir rápido. En la mochila de Ignacio iba lo necesario para matear, en la de Arturo, un budín galés hecho por su madre, Elizabeth.

Al llegar bajaron hasta la orilla. Se desafiaron en unas picadas, hicieron piruetas de 'moto-cross, se sentaron a matear. Ignacio contó cómo iba su romance con la "gordita". La había conocido en el baile del colegio de monjas del pueblo vecino. Valeria era muy simpática. Sabía pasarla bien. Esto lo entusiasmaba. Arturo no pudo contar nada. Tenía un deseo: conocer el amor. No lo había logrado aún. En el verano lo había hipnotizado una turista, frente a quien se sintió invisible. A pesar de sus proezas en moto, ella nunca lo miró. Malena lo aburría llamándolo con cualquier excusa. Todo era un problema. Estaba triste. Su amigo, al evocar las horas pasadas construyendo castillos con arena, le propuso que hicieran la mujer que Arturo soñaba. Arturo, sin entusiasmo, aceptó. Comenzaron a modelar apilando arena húmeda. Luego trabajaron los detalles: Arturo la quería con cabello oscuro y largo. Ignacio encontró un manojo de algas. Se entretuvieron con los senos: altos, redondos, del tamaño del cuenco de sus manos. Arturo buscó, en la orilla, un par de cantos rodados para los pezones. Al levantar uno, vio algo dorado: un anillo. Ignacio determinó que era de oro, con un coral. Lo colocaron en el lugar del anular. El hallazgo perdió todo interés al acercarse al pubis. Lo esculpieron minuciosamente, cubierto por rulos. Ignacio aportó unas conchillas de almejas. Lo previno: tenía que ubicarlas con firme delicadeza. Los corazones de los muchachos se largaron a galopar. Estaban arrodillados, uno a cada lado de la escultura. Sus cabezas unidas sobre el pubis. Ignacio dijo: -Colorado, siento olor a mujer. ¡Hasta parece que sale calorcito! Me vuelvo a casa, esto me resulta demasiado. Se alejó. Arturo quedó mirando la escultura, estaqueado. El sol aún estaba alto, no había viento. Cerca, las ballenas y sus crías jugaban. Una de sus manos rozó la escultura. Sintió un levísimo sonido. Lo tocaron unos dedos suaves. Un imperceptible movimiento, la arena fue cayendo. Su corazón se desbocó, aterrado. La mano del anillo tomó la suya. Un brazo lo rodeó. -Tom, te extrañaba- la arena terminó de caer. -Soy Ana. ¿Te olvidaste de mí?- ella se sentó a su lado. -Me encanta tu pelo, indómito como tu alma- metió sus dedos en los rulos colorados del muchacho. Arturo, invadido por el terror, sentía que se transformaba en una escultura de arena. Aunque inmóvil y a punto de desmoronarse, sus ojos no dejaban de mirar. Era mucho más que lo imaginado. Sólo una tela leve cubría su desnudez. Ella se apretó contra su espalda. Le quitó la camisa. Sus manos recorrieron la columna. Ida y vuelta, presionando, acariciando, rasguñando. La rigidez del espanto fue deshaciéndose. Ana, acostada, lo atrajo hacia ella. Deslizándose por arriba, giró para descalzarlo. Contorneó cada rincón de sus pies, besó cada dedo, los lamió, uno a uno, mordisqueando, succionando. Él, paralizado, sólo tomó los pies de Ana, como salvavidas en un naufragio. El pánico se derritió. Agua de un dique quebrado, el cuerpo de Arturo se derramó sobre la piel suave y caliente de ella. La tela del vestido se convirtió en polvo. Sus cuerpos rodaron mientras las bocas se comían una a otra. Uno entraba en el otro por donde encontraba un orificio. Cuerpos hambrientos uno del otro. Tomaban ritmo, apretaban, soltaban, abandonaban, regresaban. Se seguían sin tregua. Uno, otro. Vértigo. Desborde. Adheridos el uno al otro para no morir. La muerte. La alegría de estar vivos. Calma. Un viento frío lo despertó. Arturo apretó la mano. Nada. Sólo el anillo de oro y coral. Desesperado llamó: -¡Ana! ¡ Anaaa! Corrió y recorrió la playa. Ida y vuelta, hasta la extenuación. Nada. Nadie. El tío Antonio y familia vivían en Trevellyn. Pasarían Navidad en Gayman. Elizabeth pidió a Arturo ayuda para desocupar el altillo. Sacaron una bicicleta sin una rueda, un violín desencolado del abuelo Alfred Thomas. Encontraron un arcón sin abrir por décadas. Había venido de Gales con los bisabuelos. -A ver si hay algo interesante.

Lo abrieron con dificultad. Al levantar la tapa cayó una fotografía. -Tu bisabuela Ana. Tu prima Analía es su retrato vivo. Arturo tomó la foto. Era ella. En la mano derecha, el anillo de oro y coral. Sintió que su corazón se partía.

De: Rosalía Fuentes

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