Hace mucho tiempo, a fines de octubre, un alegre hojalatero llamado Esteban llegó a un pueblo cercano a Toledo. Era la víspera del Día de Todos los Santos, y había escuchado una leyenda que le picaba la curiosidad. Una oscura mole anidaba entre las montañas doradas de España: el Castillo Gris, del que decían que estaba embrujado.
Mientras remendaba ollas y sartenes para las mujeres del pueblo, Esteban les preguntó si la historia del fantasma era cierta.
-¡Claro que sí! -dijo una-. Todas las noches se escuchan llantos y gemidos en el castillo.
-Y en las vísperas del Día de Todos los Santos, una luz fantasmal tiembla en el hogar -agregó otra-. El dueño del castillo ofrece mil reales de oro a quien sea capaz de echar de allí al fantasma. Muchos valientes lo intentaron, pero a la mañana siguiente los encontraron muertos, sentados frente al hogar.
Esteban sonrió, encantado con el desafío.
-Queridas vecinas, yo, Esteban, no le temo a nada. Me gustaría dormir esta noche en ese castillo. Quizás pueda acompañar al pobre fantasma para que no llore tan fuerte.
Las mujeres se quedaron turulatas cuando les dijo:
- Hasta luego.
Llevó al burro al mercado, compró un trozo de tocino, una docena de huevos, una buena sartén, una jarra de sidra y un haz de leña. Con su burro así cargado, Esteban se encaminó al castillo.
La noche era fría y ventosa cuando Esteban llegó a patio del castillo. Dejó al burro pastando junto a un fuente cubierta de hierba, y cargado con la comida y la leña entró en la inmensa sala.
- Qué oscuro está esto, no veo ni mis propias manos -dijo Esteban. Y su voz espantó a los murciélagos, que escaparon de sus rincones.
-Así se está mejor -dijo después de encender la enorme chimenea- Nada mejor que un buen fuego para espantar el miedo. -Esteban cortó un poco de tocino y lo puso al fuego. ¡Qué bien crujía en la sartén! justo cuando iba a probar la sidra, una voz triste bajó por la chimenea. -¡Ay de mí!-gritaba-- ¡Ay, ay, pobrecito YO!
-No es un saludo muy alegre que digamos, muchacho -dijo Esteban, mientras daba vuelta al tocino- -Pero, como estoy acostumbrado a escuchar el rebuzno de mi asno, quizás tu voz no sea peor.
-¡Ay de mí! -gritó la voz-. ¡Ay, pobrecito yoooooo!
-Y el gemido retumbaba en la sala inmensa.
Esteban sacó el tocino tostado de la grasa chisporroteante y lo puso a escurrir sobre un papel. Después rompió un huevo en la sartén. Movió el recipiente con cuidado para que el huevo quedara con la yema blanda, porque así le gustaba.
-¡Cuidado, ahí abajo! -gritó la voz, temblorosa y asustada-. ¡Me estoy cayeeendo!
-Muy bien -dijo Esteban tranquilamente-. Trata de no aterrizar en mi sartén.
Se oyó un golpe fuerte, y sobre el fogón apareció ¡una pierna de hombre! Era una pierna elegante, vestida con medio pantalón de lana azul y calzada con una bota negra y lustrada. Esteban comió su tocino con huevos y bebió un trago de Sidra. Afuera la lluvia golpeaba las viejas piedras grises y el viento corría aullando entre las torres. De pronto, la voz lloriqueo otra vez:
-Cuidado, ahí abajo! ¡Me estoy cayendooooo!
Se escuchó otro golpe, y una segunda pierna cayó sobre el fogón. Parecía igual a la primera.
Esteban miró pensativo la segunda pierna y después la arrojó lejos del hogar. Agregó leña al fuego y cascó otro huevo en la sartén.
- ¡Cuidado, ahí abajo!- Chilló la voz, que ya no parecía débil, sino todo un vozarrón-. ¡Me estoy cayendoooooo!
Como quieras -dijo Esteban, divertido-, pero no aterrices sobre mi comida. Dándose un buen porrazo, el torso de un hombre apareció en el fogón. Vestía una elegante chaqueta de lana azul y una camisa roja a cuadros.
Esteban pensó que el fantasma era bastante elegante y empezó a freír un tercer huevo con tocino. Estaba a punto de terminar de comerlo, cuando la voz volvió a gritar. Primero cayó un brazo, y después otro.
-Muy bien -dijo Esteban tranquilamente-, ahora sólo falta la cabeza. Me gustaría saber cómo es este tipo completo. No tuvo que esperar mucho.
-¡CUIDADO, AHÍ ABAJO! -rugió la voz-. ¡ME ESTOY CA YENDOOOO!
Y una hermosa cabeza, con barba y pelo rizado y oscuro, rodó sobre el fogón. Esteban se quedó mirando cómo las partes del cuerpo se juntaban.
Valiente como era, se sobresaltó cuando un hombre grandote se puso de pie, nada parecido a un fantasma.
-Bienvenido -le dijo Esteban en cuanto recuperó su sangre fría-, ¿quieres un poco de comida?
-No es comida lo que quiero contestó el fantasma-. Entre todos los que vinieron a este castillo eres el único valiente que se quedó hasta que yo pudiera recomponerme. Los otros se murieron de miedo antes de que me armara a medias.
-La verdad -suspiró Esteban mientras atizaba las llamas- es que yo traje buena comida y calor para mantenerme. Y no tenía motivos para asustarme de ti.
-Por favor -rogó el fantasma-, si sigues ayudándome, podrás salvar mi alma. En el patio, bajo un árbol, una vez enterré tres bolsas llenas de monedas de cobre, plata y oro que les había robado a unos ladrones.
-¡Entonces eres un ladrón! -exclamó Esteban-. ¡Un ladrón de ladrones!
-Así es -admitió el fantasma tristemente-. Pero, hay, en cuanto escondí las monedas, los ladrones me encontraron y me mataron. Eran tan malos, perversos Y horrorosos, que me cortaron en pedazos. Pero nunca encontraron las monedas. Tú debes desenterrarlas. Tienes que dar las de cobre a la iglesia, las de plata a los pobres del pueblo y guardarte las de oro. Hazme este favor y yo podré por fin entrar en el Reino de los Cielos.
Esteban se compadeció del fantasma y lo siguió hasta uno de los árboles del patio.
-Aquí es -dijo el fantasma-. Cava. -Si me ayudas. «Este grandote será un fantasma, pensó Esteban, pero puede empuñar una pala como cualquiera.» Cavaron juntos, mientras el viento y la lluvia los azotaban. No encontraron nada.
-No era aquí -lloriqueo el fantasma-, ay, no recuerdo qué árbol era. Y echó la cabeza hacia atrás, aullando: -¡Aaaaaay, Uuuuuuuy, tengo que encontrar ese dinero ahora mismo!
-¿Qué hora es? -gritó el fantasma. Esteban sacó el reloj de] bolsillo. -Faltan quince minutos para la medianoche. -Si no encontramos las monedas ya mismo, estaré condenado a embrujar este castillo, el escenario de mi mala acción, para siempre -gritó el fantasma. »San Pedro en Persona decretó que me daría exactamente cincuenta años para purgar mi delito ganar mi camino al cielo. Ahora, a media noche, acaba mi plazo.
San Pedro también decidió que el que me ayudase debía compartir mi triste destino. Por eso tú, amigo mío, también estarás condenado por toda la eternidad.
-¿Yo? -Esteban miró al fantasma preguntándose si decía la verdad-. ¿Por qué no me lo dijiste antes? -Porque temía que no me ayudaras -explicó el fantasma con voz debilucha-. Aunque puedo volver a la tierra durante la víspera del Día de Todos los Santos, sin tu ayuda jamás hubiera podido reunir mis pedazos. -Ahora, sigue cavando -ordenó el fantasma lo mejor que pudo.
-Veremos -dijo Esteban-. Al fin compruebo qué mal te portas conmigo. Estoy enfadado como para pegarte una buena trompada, por más fantasma que seas.
Esteban avanzó con los puños en alto. -Por favor, no me pegues -lloriqueo el fantasma- Puedo romperme en pedazos otra vez.
Esteban procuró calmarse, pero el corazón le hacía pum, pum. -No importa el dinero, si arriesgamos nuestras. almas a ser condenadas -murmuró, pensando amargamente en su recompensa-. Vamos, de prisa, probemos bajo otro árbol.
Cuando cavaban bajo el tercer árbol, el fantasma aullaba tan fuerte, que Esteban se estremeció de pies y cabeza. Ya les quedaba poco tiempo
-¡Ooooooooooooh!.
El fantasma estaba desorbitado de miedo. -¡Deja de gritar de una vez! dijo Esteban secamente.- Si al menos tuviéramos luz de luna para ver mejor... -¡La luna! -gritó el fantasma- Ahora recuerdo. Enterré el dinero junto al árbol que está al borde de la fuente. La luna se reflejaba en el agua.
En un instante desenterraron las tres bolsas de monedas. -¿Me prometes que harás todo lo que te dije? -preguntó el fantasma.
-Lo prometo -dijo Esteban-, aunque eres un pillo, te doy mi palabra.
El fantasma desapareció en un fogonazo, dejando sus ropas vacías en el suelo.
Cuando Esteban oyó el lejano tañir de una campana, supo que el fantasma entraba en el cielo. Y justo a tiempo, porque ya era la hora de las brujas.
La madrugada siguiente, los vecinos fueron al Castillo Gris esperando encontrar, una vez más, un muerto sentado frente al hogar. En cambio hallaron a Esteban, que silbaba alegremente mientras cargaba bolsas de monedas sobre su burro.
-¿Estás vivo? -le preguntaron sin poder creer lo que veían.
-Así es contestó Esteban-. ¡Más vivo que nadie! El fantasma se fue, pueden ver su ropa en el patio. -Ahora me voy a cobrar la recompensa que ofreció el dueño del castillo. Y así diciendo, Esteban montó en su burro, se alejó de los asombrados vecinos y fue a cobrar los mil reales de oro al señor del castillo, que le quedó muy agradecido. Con toda honradez entregó las monedas de cobre a la iglesia y las de plata a los pobres. Con los reales y la bolsa de monedas de oro Esteban vivió feliz durante muchos años. Y de vez en cuando seguía remendando ollas y sartenes. Y nunca más volvió a ver otro fantasma en su vida.