HISTORIA DE UNA RECETA

Historia de una receta

1ª. Un bosque en el desierto

Erase que será. Y Sí fue así. Erase una vez que había un calabacín como hada pastelera, que en uno de sus dulces viajes de negocios, en el que andaba a la búsqueda de una nueva receta de tarta de fresas-traviesas, utilizando aquella cartografía alocada que siempre la desorientaba, acertó a pasar por un desierto amarillo de piedras y de tiempo, que extendia sus arenas mas allá de los caminos que fatigan las caballerias de los hombres. Al poco de ir volando al ala coja y haciendo tirabuzones, que era como mas le gustaba, se escondió el Sol y salió a pasear una luna redonda como una moneda lanzada al aire. La noche era clara, y ella cerraba los ojos para sentir mejor el aire fresquito que le acariciaba las mejillas. Hacía volteretas, volvía a abrir los ojos y se reia ruidósamente. Iba así, haciendo guiños, cuando, una de las veces, al abrir los ojos... ¡ostras! -- Por poco, no cayó de morros desconcertada -- delante de sus narices, había "dos lunas" una arriba y otra abajo, y ambas parecían buenas y auténticas. Pensó que el mundo se había vuelto loco : ¡cómo era posible que un desierto tan árido tuviera su luna particular!.

No era muy valiente, pero sí curiosa para pasar de largo. Así que, a pesar de todo, decidió bajar a echar una ojeada. Pronto observó que la luna de abajo únicamente era un reflejo en un estanque, pero eso sólo cambió el tipo de sorpresa, porque a orillas de aquel estanque, rodeándolo, crecía un frondoso bosque de hayas y abedules. ¡Qué hace un bosque como tú en un desierto como éste!; estuvo a punto de preguntarle, pero lo dejó estar, porque con los bosques nunca se sabe.

Todo estaba silencioso y tranquilo,. La pulida superficie del estanque seguía centelleante de estrellas y nada, ni el canto de los escorpiones nocturnos, ni el suave aleteo de un insecto, turbaba las límpidas aguas. Algunos caminos se acercaban al agua y resolvió adentrarse por uno de ellos. El camino era estrecho y sinuoso y continuamente se trifurcaba, así que decidió, de aquella manera en que lo decidía todo, a tontas y a locas, tirar siempre por el del medio. Al cabo de siete trifurcaciones, se encontró delante de una casa maravillosa que se alzaba en un claro del bosque, en la cual convergían todos los caminos. Se percató que alguien se divertía haciendo caminos porque sí. En realidad, aquello no era propiamente una casa. Tenía forma de campana y estaba hecha de un vidrio rosa muy transparente. Desde fuera, se veía perfectamente su interior, y aunque era delicado y magníficos objetos, que lo habitaban, estaba muy desordenado. Alguien se había marchado a toda prisa de allí y ni siquiera había guardado las zapatillas de baño. ¡que cosa más estraña! ¿por qué tanta prisa?. pensó.

Iba dando la vuelta a la casa, curioseando todo lo que había dentro : los discos que tenía, la marca del rizapestañas, el color del cepillo de dientes; cuando se encontró, en la parte posterior una gran mesa alargada con restos de una suculenta merienda : chocolate, miel, mermelada de manzana y de moras, treinta o más clases diferentes de galletas y bizcochos, y justo en el centro, una gran tarta de fresas-trabiesas; cómo la que ella iba buscando.

Todo estaba extrañamente fresco, como si hiciera un momento que se hubieran marchado los invitados. Seguía allí parada, observando aquel festín y haciendo una valoración crítica y profesional de la tarta, cuando, de uno de los árboles bajó una amenazadora y aleteante forma, envuelta en negros presagios. (-. El sabio Búho Loco).

No queda nadie. Se han ido todos - dijo la aleteante forma que se había posado a su lado, y resultó ser un búho enorme un poco viejo y de orejas puntiagudas, que movía constantemente los ojos con un mareante movimiento circular. Quienes eran todos?, preguntó el hada sin inmutarse. Todos eran exactamente todos!. -¡eso no me dice mucho-! ¿No podrías ser más concreto? ... ¡Hufff, más concreto!. Claro, claro. Si, si y moviendo sus grandes ojos, dijo, empezaré por la mitad. ¿Por qué por la mitad? preguntó muerta de curiosidad nuestra pequeña y dulce hada. Porque la mitad es el centro, lo justo, lo que está en el medio. Aquello que divide en dos partes o el lugar donde se juntan, según las ganas de pelea de quien lo mire, y porque siempre empiezo por donde me viene en gana ¡!le parece bien, joven ¡! Hummmmm!!.

Segunda parte. El capitán durrell.

Así pues, tenemos al capitán Durrell y sus grillos amaestrados. Este capitán es hijo de una señora alta y gruesa que tiene debilidad por los gatos egipcios, a los cuales se empeña en enseñar a maullar en galés, que es más suave y aristogático. Y, además es un falso capitán, ya que hizo el servicio militar en el polo Norte disfrazado de pingüino. Y es de dominio público que, con tal camuflaje, la única graduación que se puede obtener es la de Sargento Mayor de pájaros bobos. Bien es cierto que intentó alistarse en la brigada especial de Morsas, pero su bigote nunca fue lo bastante tupido. Por otra parte, su tatarabuela,... ""no podrías ser un poco menos general que antes, pero más que ahora. "oh, no" General tampoco llegó a ser, para eso era necesario apuntarse al cuerpo de focas, cosa que requería estar terriblemente gordo y ser negro como el carbón. Y el capitán es flaco como un suspiro y negro sólo tiene una graciosa peca sobre el labio superior. ""Por todos los bizcochos!!! CREO QUE NUNCA LLEGAREMOS A ENTENDERNOS. ¿ POR qué quieres ir a entendernos? ¿Qué?. Nó, no quiero ir a ninguna parte. -O mientes o estás loca. Acabas de decir que querías llegar a entendernos. ¿ Es eso algún sitio ?; - aquí, a un par de oasis. ¿Y qué haremos allí?. Oh, Pues... lo mismo que aquí, hablaremos de los que se fueron. Bueno, ya hemos llegado a Encontrarnos : dijo después de un suave vuelo que se reflejó en las aguas de tres oasis. Ella pensaba que se dirigían a Entendernos, pero haberle preguntado aquello hubiera supuesto un montón de jeroglíficos sin sentido, así que lo dejó pasar. Encontrarnos era un lugar muy extraño, porque se encontraba en el justo centro de un enorme laberinto de espejos, con escaleras del revés, múros inaccesibles, callejones sin salida, algunos minotauros vegetarianos y todo aquello que hace que un laberinto sea un auténtico laberinto.

Mira, - le dijo el sabio búho-loco - de todos los espejos del laberinto sólo uno nos refleja realmente. Los otros son meras imitaciones o deformaciones. Hay que elegirlo muy bien y entonces, romperlo,. Pero, escúchame atentamente. no te confundas, porque si lo haces, te convertirás en aquello que contenía el espejo. Y aquí es donde las apariencias engañan.

Aquel era un espectáculo increíble: por todo el laberinto, había centenares de hadas y búhos que lucían los más estranbóticos trajes y los gestos más insólitos, pero ninguno era exactamente como ellos. El hada estuvo a punto de romper más de un espejo, convencidísima de que era aquel, y no otro, el auténtico, y sobre todo los que mejoraban su figura, pero allí estaba el búho qué, en el último instante, descubría algún detalle que los diferenciaba - bien una ceja revuelta, bien un anillo, bien... Así fue hasta que, agotados de buscar, arrinconado en un recóndito rincón, encontraron lo que buscaban. Aquél era el espejo, sin duda. Tenía un brillo especial y reflejaba perfectamente su cansancio. Lo comprobaron detenidamente y, por fin decidieron romperlo. El búho sacó un martillito de oro de debajo del ala, pero cuando iba a descargar el golpe... ¡Flopssss!, el espejo desapareció y, en su lugar, surgió una magnífica puerta enmarcada de grandes rosales, que conducía a un jardín de maravillas, poblado por las más bellas especies de flores, donde las mariposas se divertían con el tres en flor y los escarabajos se jugaban las habichuelas al mus. Nada más atravesar la puerta, el sabio búho-loco se convirtió en un prodigioso caballo alado, de color negro. El hada, acostumbrada por su trabajo a aquella clase de exhibiciones, solamente le preguntó si solía hacer aquello muy a menudo. El caballo, con una voz un poco más grave que la del búho, le dijo que sólo cuando atravesaba ciertas puertas, y que aún le faltaba otra transformación para volver a ser como originalmente era.

- ¡ Ahora monta sobre mi y cabalgaremos hasta el corazón del jardín!. Es un lugar precioso para contar historias.

Tercera parte. El hada-bruja del bosque.

El, la montó confiadamente, y así fue como, cabalgando de forma, que los cascos sólo acariciaban la hierba, llegaron a donde cantaba la fuente de los duendes del agua, y en un tranquilo banco que formaba el tronco de una vieja olivera, el caballo negro, más sensato que el búho-loco. y, después de tomar un buen trago de agua y aclararse la voz, comenzó a contarle la historia del hada-bruja del bosque de Arenyr. Hasta hace muy poco, en el bosque de Arenyr, vivía un hada-bruja, bajo una gran campana de vidrio, no sabría decirte de qué color porque los caballos negros somos un poco daltónicos. Es esa campana que has visto. Dormía casi todo el tiempo, porque allí había muy pocas cosas que hacer, excepto indicar el buen o mal camino, según se hubiera levantado, las tortugas estraviadas, o ir a charlar con las ranas del estanque. Pero como siempre tenían la misma conversación: ¡croac. Croac!, ya sabía de antemano de lo que se iba hablar. Es por eso por lo que a menudo, dormía larguísimas temporadas. Aconteció que, la última vez que había estado despierta, se comió una naranja y, como iba de bruja, tiró las pepitas y las pieles al lado de la casa, de cualquier manera, sin hacer ni caso de las higiénicas papeleras que ella misma, un día de hada había colocado. Una de aquellas pepitas germinó, y de ella, creció un árbol tan grande y tan deprisa, que un día dejó caer una naranja sobre la casa, desde tan alto, que la hizo temblar toda. El pequeño badajo del centro de la campana repicó suavemente contra las paredes, produciendo un sonido tan dulce y continuado que se extendió por todas partes, y acarició las mejillas a los espejos y muebles adormecidos. El hada-bruja, con aquella sinfonía rondándole los oidos, no pudo hacer otra cosa que despertar, abrir un ojo, restregarse el otro, levantarse y mirar fuera. Al abrir la puerta, un rayo de sol juguetón se coló en la casa, rebotando por todos los vidrios y espejos y pintando las paredes con diminutos arco-iris. Realmente hacía un día magnífico, para despertarse y trabajar un poco de hada. Se levantó con su mejor pie y, después de desayunar un buen tazón de café con un poco de leche y unas tostadas de mermelada de fresa ¡ámm... úmm...muumm.!. se puso a pensar qué podría hacer para divertirse y ejercitar sus artes.

Es importante que sepas que tenía una memoria muy volátil, y que siempre la llevaba colgada a la cintura en una bolsita de cuero negro y, de vez en cuando, la perdía. La última vez, se le había caído al estanque y una rana gorda y glotona la había engullido. De todas formas, recordaba que hablar con un príncipe de las modas de palacio y de cosas de peluquería mientras merendaban, era divertido. Además, después podían bailar alegremente y, si era alto, guapo y con los ojos azules, a lo mejor se casaba un ratito con él. Así pues, mandó imprimir unos carteles con letra gótica y los pegó por todos los rincones del bosque, sobre todo alrededor del estanque. En ellos decía: -- Para general conocimiento, y de las ranas de sangre azul en particular, hago saber que esta tarde retornaré a su estado anterior a toda rana que acredite ser un príncipe. Presentaos a las cinco de la tarde bajo el árbol grande. Abstenerse imitadores y presuntuosos.

Firmado : El Hada BR.

(Siempre firmaba así cuando le daba un ataque de bondad) Concluida la pegada de carteles, se pasó el resto del día atareadísima, preparando una gran mesa con candelabros buenos, tazas de porcelana fina, croisants, rosquilletas, de anissete, caramelos de menta y de café con leche, cubertería de plata, servilletas de hilo y montones de pasteles. Cuando llegó la hora, se presentó en el árbol grande con su mejor vestido, aquél de los lacitos de lunares detrás. Pero ¿cuál era el árbol grande ? "no se acordaba". Además, había dormido tanto que ahora habían muchos árboles grandes, y las ranas estaban repartidas por todo el bosque, croando inpacientes, fue recogiéndolas una por una y las condujo hacia el gran claro donde había preparado el convite. Las ranas son presuntuosas de natural, y todas se cren príncipes de las que no, y como estaba de buen talante, decidió ir reconvirtiéndolas a todas. Desempolvó su varita mágica, y empezó por una flacucha, de grandes ojos redondos, que llevaba un desmesurado sombrero de copa y, ¡firulí.. firulá!; y de repente, apareció un prestidigitador que, al quitarse el sombrero para saludar, dejó salir un auténtico ejército de conejillos blanquinegros de la piel a cuadros, a lunares, a rombos... Al final, aparecieron dos conejos grandes, uno blanco y otro negro, que saludaron triunfales, cogiéndose las manos en alto, como los boxeadores, y que fueron fuertemente aclamados por la concurrencia. Ella se sorprendió un poco, pero tenía mucho trabajo por delante, así qué, - ¡pataclís.. pataclás!; (aparecieron tres payasos que inmediatamente se pusieron a pegarse y romperse guitarras en la cabeza). ¡Abracadabra! Y, un domador de leones, con un montón de tigres, se quitaba un cachorro del bigote ¡tirurirá!. Bueno, continuó así, hasta completar toda la troupe de un circo, con sus correspondientes elefantes y trapecistas, pero por ningún lado aparecía un príncipe, y el poder de su varita, se iba debilitando. o, aparecía pronto, o, lo iba a tener muy mal, porque en una buena temporada no volvería a pasar el elfo cargador de varitas mágicas. Las últimas tres ranas, que resultaron ser caballos se quedaron a medio reconvertir : por delante eran caballos y por detrás ranas, cosa que en principio no les preocupó demasiado, porque tan pronto podían cabalgar como dar grandes saltos. Acabada la reconversión, todos aplaudieron mucho. Y como era agradecida a la fama, y no se iba a quedar allí todo aquel sabroso condumio, muerto de risa, los invitó a merendar. Hubo aparatosas peleas y discusiones por ocupar los mejores sitios, pero finalmente se llegó a un acuerdo : los elefantes y las jirafas, que tienen la trompa y el cuello más largo, ocuparían la segunda fila. Entre tanto, en otro lugar del bosque, bajo el antiguo árbol grande, que ahora amarilleaba de viejo, y era mas bien mediano, comparado con los que le rodeaban, había una rana esperando y desesperando. Esperaba un poco y al momento desesperaba, así que siempre estaba en el mismo punto. Cansada de esperar y desesperar, se puso a llorar, y lloró y lloró con tanta dedicación y sentimiento, que un arroyo de lágrimas como perlas empezó a descender hacia el gran claro del bosque, donde el hada-BR. y la troupe celebraban divertidos el retorno a su estado normal. Agotada de llorar, se dejó caer sobre una hoja que pasaba y empezó a descender por el riachuelo. Pronto se tuvo que agarrar fuertemente porque la velocidad iba aumentando de manera vertiginosa. Conservó la dirección como pudo, hasta que, en una curva : ¡ziuuu... choff!; salió despedida y, después de un corto vuelo, aterrizó estrepitosamente en medio de un tazón de chocolate, armando un terrible alboroto y manchando la melena de tres leones. El espanto y el griterío fueron generales y, al percatarse de lo que pasaba, todos clamaron ofendidísimos. ¡Una rana encima de la mesa! ¡Qué falta de educación! "Dónde se ha visto! ¿Cómo es posible? Hay cosas así. Todos se hacían los desganados. El hada-Bruja acostumbrada a todo, pensó que aquella pobre desgraciada, de la que asomaba una coronita de entre el chocolate, debía ser un príncipe. Pero, desgraciadamente, en su varita no quedaba ni un poquito de magia para reconvertirla y ella, con la memoria extraviada, había olvidado todos los encantamientos de ranas principescas. Al ver la cara de la pobre ranita, todos se entristecieron e incluso Pancho, el gordo y sudoroso levantapesas que había engullido la memoria del hada-bruja, renunció a hacerse una sopa de ancas de rana. Todos se pusieron a pensar que podrían hacer por ella. Se rascaban la cabeza con tanta afición que hasta los piojos empezaban a preocuparse. Después de un buen rato, alguien exclamó :"escuchadme", Creo que tengo la solución. Yo no he leido mucho - de hecho no se leer -, pero recuerdo que mi madre me contaba fantásticas historias y en las cuales salían ranas que en realidad eran príncipes y que pasaban muchas calamidades. Pero al final siempre aparecía una princesa que las besaba y las devolvía a su antiguo estado, y después se casaban, eran felices y comían perdices,. Deberíamos buscar una princesa y, si conseguimos que se casen, daremos una gran fiesta. Sí,sí?. Eso, eso! busquemos una princesa, gritaron todos entusiasmados. Y en un periquete, recogieron todos sus trastos, subieron a los carromatos y se fueron a correr mundo para buscar una auténtica princesa. ¡Yá hace casi un mes que se marcharon... Yo se donde pueden estar ahora.!.

Acabó diciendo Sigurd, que era como se llamaba el caballo alado, y bebió otro trago de agua, porque con tanta charla se le había quedado la garganta seca.

Cuarta parte.- Una ciudad muy siniestra

El caso es que he encontrado la tarta de fresas-traviesas que buscaba pero, sin la receta. Estoy casi como al principio. Podríamos ir a buscarlos y, de paso, quizá les sirvamos de alguna utilidad .- Dijo el hada pastelera, que había escuchado atentamente todo aquel extraño relato. ¡No es mala idea!. Puede que así encuentre la otra puerta y vuelva a ser como era. Pero, ¿por dónde empezamos a buscar? Si yó, fuera ellos, creo que empezaría a buscar una princesa en Aristocrápolis. Allí, viven todos los reyes, príncipes, condesas y demás ralea exiliada. Es el lugar con más princesas por metro cuadrado del planeta. Imagínate cómo es, que la calle principal está llena de tiendas de coronas y diademas. sí, debe ser un buen lugar para encontrar una princesa pero, si no nos damos prisa, es posible que ya no los encontremos... Sube y saldremos de aquí. Ella montó a la jineta, como había visto que hacían las damas inglesas en las películas y, con una cinta rizada de las de envolver trufas, le hizo un lazo alrededor del cuello para sujetarse; le dió una palmadita la grupa y, al momento, ya estaban surcando las nubes. Pronto se dio cuenta de que, con aquella postura tan incómoda, difícilmente podría sacar sus mapas. Así que decidió montar a lo Gary Cooper que, aunque no era tan elegante, era más seguro,. Hizo un pequeño cálculo e indicó la situación aproximada de la ciudad a su compañero de viaje. Pero aquel caballo era zurdo y tenía ciertos problemas de lateralidad, así que en lugar de ir a la ciudad que había a la derecha, fueron a la de la izquierda. Una vez allí, observaron que todos eran siniestros y vestían de negro. Los niños pequeños llevaban la mano derecha atada a la espalda para que no se les ocurriera hacer nada con ella, y también iban de negro, aunque a los más pequeños, como concesión especial, se les permitía ir de gris oscuro.

Sigurd, como era negro y zurdo, no tenía problema, pero ella que iba llena de colorines, provocaba murmullos y rumores,, aunque intentaba pasar desapercibida - se había cambiado de mano la varita y giraba la cara a la izquierda por si las moscas. Como el viaje había sido largo y penoso, entraron en una taberna. Pronto se percataron de que los platos nacionales eran el caviar, los calamares en su tinta y toda la clase de guisos con butifarra... Sigurd tuvo que comer algarrobas, y ella, comiendo con la izquierda para no despertar sospechas se tiró por encima medio plato de una sopa negra.

Estuvieron observando un buen rato, pero era evidente que entre aquella gente tan siniestra no encontrarían ningún príncipe, ni izquierdista, ni negro, ni nada.. Vieron claro que se habían equivocado.. Pero tardaron todo un día en descubrir que habían cambiado la derecha por la izquierda. Un día precioso, porque al llegar a la ciudad de la derecha, que era Aristocrápolis, encontraron en un descampado las huellas que allí había dejado la carpa recientemente y, sentado sobre una de las estacas abandonadas, un funanbulista, con una pierna rota, que lloraba desconsoladamente. Tenía la cabeza cogida entre las manos, como si se le fuese a caer y repetía constantemente : ¡Nó es posible! pero puede que... ¡Nó, ¡nó es posible!

Un hombre gordo y taimado, que fumaba un caliqueño de a palmo, les dijo : ¡Lleva una semana así!. Los del circo se fueron y se dejaron a este infelíz y al tragaldabas en el hospital, nadie sabe hacia dónde han ido. Aparecieron una noche y otra se esfumaron sin hacer ruido. Mejor, porque eran una pandilla de vagos y embaucadores. -dijo, sentencioso, mientras se iba.

Ellos, al verlo tan desesperado, se acercaron e intentaron consolarlo. Le largaron un paquete entero de pañuelos de papel, de aquellos perfumados de eucaliptus, y, entre palmaditas, le decían : Venga, vá hombre! no llores que Ya verás como todo se arregla y entre todos los encontramos. Buaahh! Dónde boy a ir yo con la pierna colgando?. No llegaré ni de aquí a la esquina.

Sí, homre. Sí! no te preocupes. Montarás en Sigurd, el te llevará tan lejos como quieras. Pero nos tienes que contar lo que ha pasado y cómo es que os han dejado aquí. Por ver si entre todos podemos averiguar donde han ido.

Quinta parte. Max el funanbulista.

Todavía pasó un rato, antes de que se calmara y estuviera en condiciones de contarles su aventura. Por fin, entre suspiros y limpiándose la moquita, comenzó:

- Hace ya tres semanas que vinimos aquí. Llegamos de noche y, en medio de la plaza, plantamos la carpa a escondidas, para producir mejor efecto, y por aquello de la sorpresa. Pero la sorpresa fue nuestra, cuando, por la mañana, nos rodeó toda la policía municipal y se pusieron a increparnos y decirnos que qué nos habíamos creído, "pandilla de saltimbanquis! .

El hada-, a punto estuvo de pasar a bruja; ahhh, pero, como no le quedaban muchos poderes, se contuvo. Así pues, tuvimos que desmontar la carpa e instalarla en un descampado. Nosotros! "El gran Magic circus” destehrrado a un descampado" "y aún gracias!.

Todo un día perdido en el traslado. Por la noche cuando acabamos, aunque estábamos cansados, teníamos ánimos para la fiesta y salimos por las calles a anunciárnos y armar un buen guirigay. De esta gente, sólo recibimos cubos de agua y amonestaciones, además de dos multas así de gordas... (abriendo desmesuradamente las manos), por escándalo público con agravante de nocturnidad y desafino. De poco nos valieron las declaraciones de buena voluntad ni de la intención de llevar alegría a las casas, ni nada. . En aquellas horas toda la alegría era monopolio de una caja parlante. Pero son muchos años de ir dando tumbos para que la autoridad, cualquiera que sea nos desanime. Y a la mañana siguiente, que había mercado, fuimos todos en procesión a la plaza para hacer una pequeña demostración de nuestras habilidades y atraer a la gente, a la función de la tarde.

Hay que reconocer que hacía mucho tiempo que no ensayábamos y los números no salieron también como cabía esperar. Así, yo por ejemplo, tensé un cable desde la veleta del mercado hasta un edificio próximo y había empezado a pasar con seguridad, despertando la admiración del personal, cuando, la mona del hombre salvaje, que comía plátanos todo el tiempo, subió por el cable y dejó una piel en el medio. Yo que había cerrado los ojos para añadir emoción al asunto, y sólo sentí el resbalón. Suerte que caí sobre un tenderete, rebotando contra otro, y el tercero lo destripé, cayendo sobre un puesto de huevos, para hacer la tortilla mas grande de mi vida. "Nunca me había sentido tan ridículo". Después, probó suerte el domador, que intentó, el increíble número de la torre de elefantes; Y al son de una mojiganga, iban subiendo y construyendo la torre. Todo marchaba bien, hasta que empezó a subir el tercer nivel de elefantes. Y de repente, del peso se hundió el pavimento y cayeron todos hechos un ovillo por el enorme agujero, de donde empezó a salir agua a borbotones. Tuvieron que venir los bomberos y cuatro o cinco grúas para arreglar aquel desbarajuste. Entre tanto y aprovechando la confusión, los tigres y leones, con más hambre que Carpanta, se iban comiendo los pollos y embutidos de los puestos; y uno de los payasos, por hacer una gracia, le rompió una guitarra al carnicero, que por poco hace una carnicería. Toda la gente estaba alborotada. Alguien tiró el primer tomate, y después vinieron las coles, patatas, chirimoyas, ajos, melones.... Al menos, hicimos buena provisión y aquella noche pudimos cenar, porque en la sesión de la tarde no nos estrenamos. Después de una cena tan vegetariana que se nos quedó cara de rábano, discutimos largamente y vimos que aquello no podía ser: si no eramos capaces de ganarnos a la gente del pueblo, "cómo ibamos atraer a una princesa y conseguir que besara a la ranita".

La noche entera se fue en deliberaciones y elaborando una estrategia para seducir al público y conseguir que vinieran las princesas. Al día siguiente, nos pusimos nuestras mejores galas y nos fuimos anunciando por calles, plazas, castillos y palacios una sesión gratuita para la nobleza de la ciudad con gran reparto de premios (no teníamos ninguno, pero eso no era problema, sólo era cuestión de imaginación).

Como las distinciones alagan a la nobleza, y a precio regalado la gente es capaz de ir hasta el infierno, aquella tarde llenamos la carpa hasta la bandera. Pero observamos extrañados que muchos entraban con grandes bolsas. Aquello estaba repleto de Marqueses, Duques, Condes, príncipes, princesas y sobresalían aquí y allá las centelleantes coronitas de pedrería. Sonaron los solemnes clarines y se apagaron las luces del público, y empezó la función. Marcus Indómitus, el domador de fieras, hizo restallar su látigo para que los animales desfilaran en círculo al son de una alegre marcha. Los elefantes y los caballos aún resultaban vistosos, pero las fieras de verdad, alimentadas a base de chirimoyas y morcillas de cebolla, evidenciaban una flojera terrible. Las patas se les segaban y caminaban a trompicones, dando risa en vez de miedo. Por lo menos, el número de los elefantes-músicos y el de los caballos-rana, tuvieron cierto éxito, porque, cuando, salieron los trapecistas, la gente empezó a reclamar no se qué guerras de galaxias y de invasores qué salgan los pitufos!. qué, salgan los pitufos!, gritaba la chiquillería. Para aplacar los ánimos, salieron los payasos. Pero no sabían contar chistes de política y aquello de los tortazos y las guitarradas lo tenían muy visto en los noticieros. Nadie rió sus gracias y continuó el griterio. pobre buffo!. Nunca le había pasado aquello, si lo hubiérais visto?, se puso a llorar en medio de la pista tan lastimosamente que encogía el alma. Al mennos se callaron y, rápidamente aprovechamos para intentarlo con la mágia ála clave de nuestro plan. El ilusionista nos salvó momentaneaménte de la marejada. Yo mientras taknto había comenzado a pasar muy lentamente por encima de las cabezas de la concurrencia, bamboleándome exajeradamente, como si fuera a caer, por aquello de la emoción. Después varias exhibiciones con pañuelos, cartas y conejos, el número final de nuestro prestidigitador e ilusionista consistía en ipnotizar a un buen número de señoritas a la vez. Para eso, escogió aparentemente al azar, a todas las princesas que había. Ninguna se negó, las princesas son, en general, pánfilas y les gusta figurar. Al empezar la sesión de hipnosis, se apagaron todas las luces, menos un foco que iluminaba el centro de la pista, y allí se dispusieron en círculo, doce pilas de colchones, de doce colchones cada una. Tantas como bellas señoritas voluntarias. En cada pila, disimulado entre los colchones, se había colocado, un guisante: en una bajo el colchón que hacía once, en otra en el que hacía diez y, así, hasta llegar al último, en el que se colocó encima del colchón superior. Con aquella prueba infalible, queriamos distinguir las princesas auténticas de las que no lo eran, y, que como allí no reinaba realmente nadie, nadie se preocupaba de ericar los títulos.

Mister Mandrágora las hipnotizó a todas y las sumió en un profundo sueño. Con sus poderes las levantaba en el aire y las cambiaba cada minuto para que pasaran por todos y cada uno de los lechos. Al cabo de doce minutos exactos, las despertó y les preguntó si habían descansado bien. Ellas respondieron que tan bien y profundamente como si hubieran dormido toda una noche. Para asegurarse, les preguntó si podrían bailar algo, y ellas le solicitaron al maestro un Roc an Roll. Bailaron un Roc furioso (faltaría más); de Elvis. Y quedaron frescas como una lechuga. Evidentemente Ninguna de ellas había notado el guisante: no había ninguna princesa auténtica en toda la ciudad.

Habiendo comprobado esto, qué sentido tenía continuar allí! Suspendimos la función, cuando ya habíamos conseguido captar su atención, y les enojó muchísimo y gritaban que les habíamos estafado y que dónde estaban los premios que les habíamos anunciado. Empezaron a sacar frutas y verduras, y aquello se convirtió enseguida en una batalla campal. Yo me apresuraba para llegar al otro extremo, al tiempo que trataba de esquivar la verduleria que se me venía encima. Ya casi había llegado, cuando, un maldito tomate acertó a darme en un ojo y me hizo perder el equilibrio. Afortunadamente caí sobre una mujer que era más gorda que un tonel y sólo me rompí una pierna. Como había un herido, la gente se calmó un poco, y entonces salió a pasear aquel espíritu arregla mundos, de entre los que hacía un momento querían matarnos. Entre todos, en volandas, me llevaron al hospital avandonando el campo de batalla. En la sala de operaciones, entre siete medicastros, me diagnosticaron fractura del peroné que interesaba no sé que músculo. Salvajes!. No sé que interés había de tener un músculo en mi peroné. Me anestesiaron y después de manosearme lo que quisieron, me escayolaron la pierna. Si por lo menos me hubieran enyesado las dos, estaría equilibrado y podría ir entrenándome. Pero así, "cualquiéra sube a la cuerda. Estándo allí convalesciente, llegó Pancho, el forzudo, que se había zampado catorce de las coliflores de la contienda. Yo aún dormía bajo los efectos de la anestesia, pero los gritos y voces tan fuertes y desgarradores de mi compañero me despertó. Un ataque agudo de apendicitis, diagnosticaron de un vistazo los doctores. La operación fue larga y complicada. Dos elefantes lo tuvieron que sujetar, porque pegaba patadas y puñetazos a diestro y siniestro. Por fin, después de hurgar un buen rato, encontraron una cosa negra que obstruía el intestino. Parecía una morcilla, pero no lo era. ¡era... claro!. Allí estava la bolsita con la memoria del hada-bruja, y enseguida pasaron los dolores. Limpiaron la bolsita muy bien, el hada-bruja se la colgó al cuello y recuperó la memoria. Entonces recobró sus poderes de vidente y pidió una bola de cristal. Le dieron una de esas con paisajes que cuando las agitas, nieva, pero daba igual, también valía. Allí mismo, en el hospital, empezó a buscar una auténtica princesa en activo. Estuvo un buen rato busca que te buscarás. De vez en cuando aparecía una, pero enseguida sentía un escalofrío y se le caía el cetro y la corona o la peluca, y aparecía impreso en letras brillantes e intermitentes "falso. falso. falso". Así fue hasta que apareció visible una cueva siniestra y umbría. Con una puerta de hierro y por allí una viejecita que sacó la nariz y dijo: ¡bahhhhh! Cómo es posible que nieve en un desierto". Pues sí que estamos bien. Me quedo aquí para no pasar frío y ahora va y nieva "demónios".

La verdad es que era lo menos parecido a una princesa que habíamos visto jamás, toda vieja y llena de greñas. Pero allí en la bola de cristal estaba sobreimpreso ¡verdadero. verdadero. Verdadero!. Aquella vieja princesa vivía en un rincón del desierto que rodea el bosque de Arenyr, así que hacia allá partieron, con la promesa de que, tan pronto hicieran lo que tenían que hacer, volverían por nosotros. Aquella misma noche partieron, hace ya dos semanas, y aún no han vuelto. Pancho, por lo menos se ha arreglado y trabaja en el hospital, encargado de la carga y descarga. Pero yo, hasta dentro de dos meses, tirando por lo bajo, no podré hacer nada. Acabó diciendo entre suspiros Max el funanbulista.

Así que se han ido otra vez al desierto. Vaya! si que nos va costar encontrar esa receta de tarta de fresas-traviesas, dijo el hada pastelera. !Bien. Si hemos de irnos, hagámoslo prontO. Así viajaremos en la misma dirección que el Sol y tendremos luz del día". Dijo Sigurd. el magnífico. Pegaso negro. Nota : (Cómo habéis visto, cada uno iba a lo suyo)

6º- La vieja Princesa.

Así lo hicieron. El funanbulista montó en Sigurd y la dulce hada agitó suavemente sus alitas para comprobar si funcionaban bien, y en seguida se pusieron en marcha. Era media mañana, y como iban en la misma dirección que el sol, no se les hizo de noche. De vez en cuando el hada se cogía a la cola de Sigurd y se dormía, igual que Max, que a pesar de ir como un tronco, conservaba bastante bien el equilibrio. Tardaron todo el día en llegar al oasis que había cerca de la montaña, donde se encontraba la cueva y, como estaban cansados y muertos de sed por el calor tan sofocante, decidieron parar un poco aa refrescarse. Max el funanbulista, se echaba agua por encima y por dentro de la pierna enyesada, que le quemaba. El hada, patinaba sobre la superficie del lago, haciendo unos surcos rapidísimos y simétricos con sus piececitos de chocolate. Los hacía tan deprisa, que incluso conseguía hacer efímeros dibujos. Sigurd, el caballo negro, bebió calmosamente, miró un instante su reflejo en el lago y se introdujo lentamente en el agua. Ya hacía rato que se había sumergido y no aparecía. Max y el hada empezaban a preocuparse, cuando se oyó desde el agua una voz armoniosa que decía: Por favor, podríais acercarme la ropa?, y señalaba una sillita plegable con incrustaciones de marfil y nácar, sobre la cual había, cuidadosamente dobladas, ricas ropas de seda y satén. Ostras! Sigurd, "sí, sóisun Príncipe".. "y yó con estos pelos".

Sí, soy un Príncipe, pero ahora no podemos perder tiempo, hemos de apresurarnos mucho. Por qué?. Qué pasa?. Ya lo sabréis!. Fueron corriendo El y el hada, porque Max no podía, hacia la cueva de la Princesa, que vivía allí desde los años en que un dragón la había raptado. Con el tiempo se habían hecho amigos, y después, cuando el dragón tuvo que marcharse hacia su última morada de Ingerland, le supo mal abandonar aquella casa que ella había hecho confortable y suya.

Cuando estaban llegando casi a la puerta, encontraron un hombrecillo muy pequeño, vestido con harapos, que les dijo: "Es mejor que no entréis, está muy triste. Además los que buscáis ya se han ido". Qué ha pasado?. Ayer llegaron los hombres de colorines con los animales, hicieron una gran fiesta en el oasis y, por la noche, cuando salió la luna, vinieron a la cueva,. Encontraron a la Princesa preparándose el último té antes de ir a dormir y, a bocajarro le preguntaron si era una auténtica Princesa. Hay que decir que mi señora más parece bruja que Princesa, ya que está muy vieja y nunca va a la peluquería por ahorrar, así va siempre llena de greñas. Ella se ofendió mucho, y se puso hecha una furia: haber si aquella gentecilla estrafalaria, se había pensado que el gran dragón Artús ¡la había raptado porque sí! Y les tiró a los morros dos certificados de garantía y un árbol genealógico donde venía su pedigrí e incluso, desempolvó la corona buena, la de las ocasiones. Y, convencidos, le contaron cual era el problema que les había llebado hasta allí, y ella se alegró mucho, porque según las reglas de la mágia antigua, quien reconvierte a una rana-príncipe, tiene derecho a casarse con él.Y no se lo pensó dosveces, estaba bien resuelta. Pero quien no estaba resuelta era la rana, que intentó por todos los medios escapar de allí. Daba grandes saltos y era muy escurridiza, pero al final la rodeamos y conseguimos atraparla,, le tuvimos que tapar la boca con un esparadrapo, porque intentó escupir a la Princesa y sujetarla bien para que no se escapara.

Mi señora se dispuso a posar los labios sobre la cabeza de aquella bestezuela viscosa. Todos contuvimos la respiración esperando la magnífica aparición. Y... ¡nada!. Nó pasó nada. Lo intentó dos o tres veces más, gritándole. "Maldíta rana. Conviértete en Príncipe". Pero ¡nada de nada!. Se la tuvimos que quitársela de delante porque quería estamparla contra la pared. Clamaba desesperada: ¡Quien se a creído que es!..hacerme esto amí! .. "ahhh" Y se alborotaba aún más los cabellos. Los hombres de colorines y una extraña dama con un vestido lleno de lazos, se fueron de allí a toda prisa, desconcertados, sin dar crédito, totalmente abatidos. Creo que dijeron no sé qué de un bosque. Debían de estar delirando ¡Gracias, Señescal!. ¡Sabes dónde podemos alquilar unos camellos?.

Si, en el oasis encontraréis a Abdul. Tiene una caravana. En El encuentro.

Alquilaron tres camellos, y con los mapas del hada, que sólo ella entendía, y eso mirándolos del revés, trazaron una ruta aproximada para ir al bosque de Arenyr. Los camellos eran rápidos y el desánimo de los otros les hacía ir muy despacio, así que a los dos días los encontraron a medio camino, derrotados y sin saber qué hacer. Volver a escena les había resultado desastrosa, y la misión que les había infundido ánimos había fracasado. Los alcanzaron por la noche, y el corro que habían hecho después de cenar alrrededor de un fuego que ardía, parsimoniosamente, les contaron cómo últimamente les habían ido pisando los talones. El hada, para conseguir la receta de aquella deliciosa tarta de fresas-traviesas que había descubierto, y el Príncipe no sabía demasiado bien qué, aunque ya lo había averiguado. Habéis ido tan rápido - dijo el Príncipe - y tan deprisa y corriendo, que no os habéis parado en pensar y recordar. Si no, sabríais que, ya hace mucho tiempo, pasó por Arenyr, un circo con una princesa raptada, por la cual pensaban pedir un buen pellizco cómo rescate. Vos, en aquel momento el hada-bruja del bosque, los convertísteis a todos en ranas, porqke vuestro estanque estaba vacío. Más tarde, llegué yo buscándola y a mí me convertísteis en un gato negro, porque todas las brujas tienen uno, dijísteis. Poco a poco he ido voviendo a ser el que era. Y, por si todavía no lo habéis averiguado esta rana que lleváis no es un Príncipe, sino una Princesa, así que habéis buscado mal. "Deberíais haber buscado un Príncipe". Suerte que estoy yo aquí, dispuesto arreglarlo todo.

En aquel momento se volvió hacia la ranita que ponía cara de ángel, y mirándola dulcemente le dió un besito en la frente y... ¡fluss..flash!. El magnífico Príncipe se convirtió de repente en una graciosa rana. Todos se quedaron boquiabiertos, sin hablar, hasta que reaccionaron y se pusieron a reír como locos y a revolcarse por el suelo. El hada-bruja, que en aquellos momentos ya era tan bruja como hada, aún no tenía cargada su varita mágica, para reconvertirlos en Príncipes. Pero sí podía hacer otra cosa que no le suponía tanto esfuerzo : recordó uno de aquellos fantásticos encantamientos, hizo unas invocaciones, dió tres pases de manos y.... ¡tiruriru!. Convirtió a toda la troupe, otra vez en ranas. Después se giró hacia el hada pastelera, le guiñó un ojo y le dijo: ¡No es justo que siendo Príncipes no tengan sobre quién reinar!. Regresaron a casa y, a pesar del desconcierto y las protestas iniciales, pronto se volvieron a acostumbrar. Hicieron una fiesta para celebrar la boda y el hada-bruja del bosque Arenyr, le enseñó a hacer aquella deliciosa tarta de fresas-traviesas. Y no sé si fueron muy felices, pero seguro que comieron muchas lombrices.........

Fin del cuento.

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