Por Lola Beccaría
DICEN QUE el olvido es una medicina contra los recuerdos malos, contra los tristes recuerdos. Pero yo nunca he querido olvidar. Me aferro a la memoria. Quiero tener presentes todos y cada uno de mis actos, de mis encuentros, de mis días y de mis noches, con todo lo que me trajeron o me hurtaron. Y si hay algo que me duele es que la memoria sea un soporte tan frágil que va difuminando los colores, que va desenfocando las imágenes, que va distorsionando las palabras con el paso de los años. De lo que me pasó aquella noche, sin embargo, me acuerdo con fidelidad absoluta, tanto, que puedo narrarlo como si acabara de suceder.
ERA MI último día en Francia. Había cogido una semana de vacaciones, durante la cual había recorrido los castillos del Loira. Una necesidad de ver piedras, de contemplar la historia vestida de torreones, almenas y murallas, ataviada de salones grandiosos, de lanzas y cortinajes, me había impulsado a escoger ese itinerario de entre el abanico de opciones que la agencia de viajes me ofrecía. En aquel momento, cierto espíritu romántico me había invadido, y mientras manoseaba el catálogo de circuitos turísticos, ya me estaba imaginando con ropajes de época, cortejando a alguna hermosa dama, escribiendo notas secretas y poemas apasionados a la entera dueña de mi corazón. Estaba yo muy sensible por aquel entonces. Seguía soltero y sin compromiso a mis cuarenta y dos años. Una colección de amores frustrados adornaba mi currículum, aventuras que habían dejado la huella del fracaso a mis espaldas, y que se habían convertido en un grito sordo de angustia que me llenaba por dentro. La imposibilidad de sostener una relación me llevaba a la parálisis del deseo, de tal forma que me consideraba un enfermo, un ser incapacitado para el amor, y me entregaba al delirio de la imaginación por entero, soñando con mujeres extraordinarias y fabulosas que el destino habría de acercar a mi puerta, al tiempo que las reales se convertían en fantasmas que yo me negaba a tocar. De ahí que me embarcara en ese viaje como quien se introduce en el túnel del tiempo, en busca de una mujer de otro siglo como único remedio a mis males. Por supuesto, nadie vino a mi encuentro durante esos días en que visité incansablemente los castillos. Pateaba los empedrados de enormes patios y salas suntuosas con la absurda esperanza de que apareciese, nacida de un espejo o del dosel de una cama, la mujer de mis sueños. De vez en cuando me rezagaba de mi grupo para volver la vista atrás, y entonces, envuelto de golpe por esos gigantescos muros, la soledad que me habitaba se me hacía más densa, más lacerante, más burlona.
MI ÚNICA recompensa fue un retrato, que se ofreció a mi vista en el castillo de Cheverny. Lo vislumbré en una pequeña sala con paredes de porcelana china. Era un camafeo metido en una urna de cristal que descansaba sobre una frágil consola. El rostro de mujer que allí pude observar me sedujo de inmediato. Una boca dulce, unos ojos rasgados, una barbilla levemente puntiaguda. Y la expresión de quien quiere escapar a toda costa de su encierro, con la necesidad de volar y vivir. La fantasía me llevó a inventar una historia para aquella dama desconocida. Seguramente había sido prometida en matrimonio a algún noble de quien ella no estaba enamorada. Así eran las cosas entonces. El amor no contaba, sólo las relaciones sociales, los intereses económicos, las cuestiones de Estado decidían con quién debía uno casarse. Ahora, evidentemente, todo es distinto. Hay libertad para escoger, pero lo difícil, por lo menos en mi caso, es encontrar a la candidata perfecta. Y yo elegí, sin pensar, a aquella mujer del camafeo, aun a sabiendas de que estaba muerta.
HOY LA ciencia da explicaciones racionales del enamoramiento a primera vista. Se habla de una fuerte reacción química en presencia de determinadas personas, pero no existe justificación lógica para lo que a mí me estaba pasando. Aquel flechazo por un retrato me ponía en una situación absurda, casi rayana en la locura. Lo cierto es que soy un hombre que gusta de llevar la contraria, que busca siempre el camino más difícil y complicado, el más opuesto a la razón. Pregunté al guía quién era aquella mujer, y me dijo que se llamaba Blanca de Besset, que pertenecía a la estirpe de los dueños del castillo, que se había negado a casarse con un duque y que por su rebeldía la habían encerrado en un convento, donde había muerto la misma noche de su llegada. Tras conocer los detalles de una vida tan infeliz, permanecí ofuscado delante de la urna de cristal durante unos minutos, hasta que la llamada insistente del guía me obligó a abandonar aquella sala.
ESA NOCHE era la última de mi viaje. A la hora de cenar me habían sentado solo en una mesa del comedor del hotel, que estaba lleno. Yo no dejaba de pensar en Blanca mientras esperaba a que me sirvieran. Encendí un cigarillo y me sumí en un estado de melancolía profundo, convencido de que había nacido en la época equivocada y lleno de rencor hacia mi destino, que me obligaba a renunciar al placer de una mujer imposible y que al mismo tiempo me la había puesto delante de los ojos para atormentarme infinitamente. A la fuerza salí de mi ensimismamiento y levanté la vista, porque el camarero se estaba dirigiendo a mí para preguntarme si no me importaba compartir con otra persona mi mesa, ya que no quedaban más plazas libres en todo el comedor. La idea me resultó incómoda, porque yo no tenía ningún interés en relacionarme con nadie, y máxime dado mi estado de ánimo, pero me vi obligado a asentir, pues la educación es uno de mis principios básicos, y la sigo a rajatabla. El camarero agradeció mi gesto y al cabo de unos segundos volvió seguido de una mujer, que tomó asiento enfrente de mí. La saludé casi sin mirar, dispuesto a permanecer callado durante toda la cena, pero un detalle singular me forzó a fijar la vista en aquel rostro. ¡Se parecía a Blanca! Su misma boca, su mirada, su barbilla puntiaguda. Me quedé estupefacto, se me desencajó la cara, se me abrió la boca y me puse a mirarla con ojos desorbitados. A ella pareció hacerle gracia mi ridícula expresión, porque sonrió abiertamente y me preguntó de dónde era. Yo no salía de mi asombro y me costó recomponerme para poder responder a su pregunta. Mi francés no es perfecto, pero lo hablo con estilo, así que me lancé a contarle mi vida como si me hubieran apretado el resorte de la comunicación, con todo el despliegue de vocabulario de que fui capaz y con un apasionamiento inusitado. Ella de vez en cuando intervenía, y lo hacía con ganas, animada, contagiada tal vez de mi entusiasmo. Me dijo que, aprovechando unos días de vacaciones en su trabajo, había decidido ir a conocer aquella zona. Sus antepasados habían servido a los señores del castillo, pero hacía ya tiempo que su familia se había desligado de Cheverny. Su nombre era Michèle y vivía en París. Trabajaba en una sala de subastas de objetos de arte. Estaba soltera y ¡sin compromiso! Tenía treinta y seis años. Su vida se había ido deslizando sin sentir, carente de aventuras: afirmaba, con cierto deje de tristeza en la voz, que no existía nada destacable en el relato de su biografía. Conforme me iba hablando, se iba despertando en mí la misma reacción química que me había provocado la visión del retrato, pero mucho más acentuada, y un presentimiento muy fuerte me obligaba a elucubrar sobre la hipótesis de que Michèle tuviera cierto parentesco con la familia de Blanca de Besset, debido a algún oscuro enlace carnal ocurrido en el pasado.
LA APARICIÓN de aquella mujer en mi vida venía aparejada a tan claros indicios de predestinación que, si en un principio me sobrecogí, luego me tiré decididamente, a ciegas, al precipicio de la conquista. Di lo mejor de mí aquella noche. Desarrollé todos mis resortes de seducción, incluso algunos que eran ajenos a mi conciencia hasta ese mismo momento. Sabía que me lo jugaba todo en aquella cena, porque intuía que Michèle me estaba destinada, a mí, justo a mí, y que mi éxito dependía del empuje con que supiera arrastrarla a mi terreno. Se apoderó de mi lengua una fuerza notoria y yo hablaba y hablaba poderosamente, con un brío y una excitación inmensos, mientras ella asentía sin despegar los labios y me escuchaba vivamente interesada. Su atractivo se situaba un punto más allá de lo físico. Le rebosaba desde el interior, como un halo de energía que me arropaba mullidamente, que me permitía el relajo más cálido y al mismo tiempo me daba cuerda para seguir con mi asedio amoroso. Porque yo quería a Michèle, a toda costa. Le conté la historia de mi existencia, y nunca fui más sincero que aquella noche. No me veía obligado a fingir, en parte porque ella me había pagado desde el comienzo con la misma moneda, y en parte porque -¡oh, sorpresa!- escogí libremente hacerlo. Y ese desahogo de mi sinceridad me llevó directamente a amarla con auténtico frenesí. Nada hay tan conmovedor ni tan hermoso como unos oídos cómplices y atentos a la confesión de toda una vida. Le abrí de par en par la despensa de mis afectos, sin remilgos ni tasa. Como un iceberg en llamas me fui derritiendo ante el calor de sus ojos, y ella iba bebiendo de mis aguas atormentadas con la delicada copa de su completo entendimiento. Así, sin darnos cuenta, nos cogimos de la mano, enredados el uno en el corazón del otro. Llegados a aquel punto, ya nada me importaba. De lado había dejado los fantasmas que me torturaban, mi necesidad de falsas grandezas, mis delirios de esplendor ficticio. Con Michèle sentí por primera vez que el amor tenía un espacio para la realidad, y que podía tocarse en aquella suave y pequeña mano.
LO QUE viene a continuación es el desenlace de mi encuentro con ella. Michèle se levantó conmigo al terminar la cena. Íbamos a su habitación; ya estaba decidido. Subimos una corta escalera que unía el comedor con el vestíbulo del hotel, y al llegar al último escalón Michèle tropezó y cayó al suelo, golpeándose la cabeza con uno de los peldaños. Me acerqué a ella velozmente para socorrerla. Estuvo unos segundos inconsciente, con el rostro apoyado en mis rodillas, y cuando despertó me miró extrañada. La ayudé a levantarse y le hablé con cariño, acariciando sus manos. Ella me respondió con dos preguntas: -¿Qué me ha pasado? ¿Quién es usted?
TODAVÍA HOY, después de varios años, no puedo dejar de obsesionarme. Tuve la misma cantidad de buena suerte que de mala fortuna. El destino me regaló a Michèle y al cabo de unas horas me la robaba inmisericorde. La caída por las escaleras le provocó una amnesia que veló por entero mi persona y nuestro recién estrenado idilio. ¿Cómo explicarle entonces quién era yo y lo que acabábamos de vivir juntos? De esa forma fatal ella olvidó en segundos lo que yo habré de recordar por siempre.