La primavera
Todos los años, a poco de empezar la
primavera, hacía su primera visita al pueblo que le vio nacer y en el que tenía
hermosas fincas y extensas tierras de labranza D. Mario Peñalver, al que
retenían numerosas ocupaciones en la capital de España que abandonaba
únicamente para cobrar cada tres meses las rentas que le debían sus colonos,
introducir algunas mejoras en sus posesiones y descansar, aunque fuera por
breve tiempo, de la agitada vida madrileña. Tenía en el lugar como
administrador a un sobrino suyo, hombre probo y sencillo que, nacido y criado
en el campo, podía y sabía ocuparse con más acierto que su propio dueño de
aquellas vastas tierras, secundado por numerosos jornaleros.
Era casado y padre de dos preciosos niños
ambos ahijados de D. Mario y que llevaban en memoria de antepasados de éste,
los nombres de Mercedes y Rafael. Vivían en una bonita casa de campo rodeada de
un gran jardín y a ella iba a parar el anciano tío cuando se detenía en el
pueblo, ocupando sus principales habitaciones.
Siempre era un día de fiesta para la familia
aquel en que llegaba el querido padrino de los
niños, y en aquella estación la naturaleza se unía a ellos para
festejarle. Estaban las calles de lilas llenas de aromáticas flores, en flor
también los almendros, los otros árboles luciendo sus hojas de esmeralda y
ostentando las acacias sus blancos racimos. Las rosas de diversas clases y
diferentes matices, perfumaban el ambiente, cantaban los pájaros, revoloteaban
las mariposas y zumbaban los insectos. El sol iluminaba con sus rayos de oro la
escena, el cielo estaba azul y despejado y una brisa suave mecía las plantas en
sus tallos.
Un coche tirado por mulas se detuvo a la
puerta de la posesión y de él bajó D. Mario, al que había ido a esperar a la
estación, algo lejana, su sobrino. La mujer de éste abrazó cariñosamente al
anciano que cubrió después de besos las sonrosadas mejillas de sus dos
ahijados.
La alegría se turbó un tanto al saber que el
padrino no permanecería allí más que tres o cuatro días.
Quisieron que entrase en la casa, pero el
recién llegado que era fuerte y estaba ágil a pesar de sus años, deseó pasear
un poco por sus tierras disfrutando de aquella deliciosa mañana de primavera.
Cogió con su mano derecha la izquierda de la niña y con la otra a Rafael.
-¿Qué habéis hecho por aquí desde que no os
veo? Les preguntó cariñoso.
-Padrino, le contestó Mercedes, hemos
aprendido bien nuestras lecciones para darte gusto, y desde que ha llegado el buen tiempo paseamos
mucho y cuidamos cada uno una pequeña parte del jardín. Ya las verás y creo que
quedarás contento.
-Además, añadió el niño, tenemos muchos
gusanos de seda a los que alimentamos con hojas de morera. Ya empiezan a salir
de ellos algunas mariposas que son muy bonitas, pero que mueren apenas han
nacido.
-No importa, le respondió D. Mario, ellas
dejan gérmenes de vida para muchos gusanos. Es esa una distracción que me
agrada y que no debéis abandonar. Las mariposas son pasajeras como las
ilusiones; la realidad está en el trabajo de los que fabrican la seda, esos
gusanillos que cuidáis y que tanto producen... Otros años habéis cogido orugas
y recuerdo que de sus crisálidas han salido mariposas bellísimas que habéis
soltado al instante en el jardín otorgándoles uno de los bienes más hermosos
que hay en el mundo: la libertad.
-Mira, padrino, exclamó de pronto Mercedes,
este es mi jardín.
-Es muy bonito, respondió el anciano, y está
cuidado con bastante esmero.
-Y este el mío, dijo poco después Rafael.
-También me agrada, profirió D. Mario, pero
observa una cosa; ese arbolito crece torcido y aún sería tiempo de enderezarlo.
-¿Y qué más da? Preguntó el muchacho.
-¿Qué, qué más da? Repitió el padrino;
oye una fábula para que lo sepas y
saques de ella una útil enseñanza:
"Un campesino ocioso
a sus hijos ejemplo
provechoso
de laboriosidad
nunca les daba,
porque todo del
tiempo lo esperaba.
Mil veces se reía
de un honrado vecino
que tenía,
viendo sin
complacencia
que aquel hombre
pasaba la existencia
observando si el
árbol que plantaba
erguido desde luego
no se alzaba,
y apenas se torcía,
disgustado,
le prodigaba todo su
cuidado
no quedando
tranquilo y satisfecho
hasta verlo derecho.
Los hijos del ocioso campesino,
que también se
burlaban del vecino,
sus caprichos hacían
y sin pesares ni
temor vivían,
porque no conocían
la influencia
del cariño filial y
la obediencia.
Faltos de esos afanes que prolijos
tiene todo buen
padre por sus hijos
no hallaron más
placer desde su infancia
que el engaño, el
pillaje y la vagancia.
El padre, de severo haciendo alarde,
quiso enmendar los
yerros, mas fue tarde.
Los hijos le escucharon distraídos
sin quedar de su
culpa arrepentidos,
y el anciano no
halló en su edad postrera
quien su cariño y
protección le diera.
En tanto que el vecino, rico, honrado,
se vio por todo el mundo
respetado.
Nunca el árbol torcido
dará sabroso fruto
ni buen leño,
mientras el
propietario inadvertido
no sepa enderezarlo
de pequeño"
Los niños son como los árboles, si sacan
malas inclinaciones, si se tuercen, el deber de los padres y maestros es
ponerlos derechos, que las almas infantiles y los árboles pequeños se corrigen
al principio, pero luego no hay fuerza humana que los pueda enmendar. ¿Me has
comprendido, Rafael?
-Sí, padrino, contestó el muchacho, y te
prometo que no encontrarás cuando vuelvas ningún árbol torcido en mi jardín.
Después del paseo entraron en la casa y allí
examinó D. Mario a los dos niños de cuanto habían aprendido, viendo con
satisfacción que estaban bastante adelantados en sus estudios.
Ellos le guardaban sus planas para que las
viera, leían en voz alta y respondían a las preguntas que les hacía de
catecismo, gramática, aritmética y geografía. Hasta entonces no habían tenido
más maestros que sus padres porque en su tierna edad no habían necesitado
dedicarse a estudios más profundos. La madre enseñaba también a hacer
primorosas labores a Mercedes y eran ya
innumerables los pañuelos que la niña había cosido y bordado para su padrino
que los recibía con agrado y los premiaba con regalos espléndidos que llevaba igualmente
para Rafael, sin que esto influyese en lo más mínimo en el ánimo de aquellas
criaturas que querían al anciano con tanta ternura como desinterés.
Se pasó el resto del día entre la
conversación amena e instructiva, las alegres comidas, la siesta y otro paseo,
y se acostaron a las diez de la noche durmiendo gozosos y tranquilos.
A la mañana siguiente se levantaron temprano
haciendo poco más o menos la misma vida. Los niños llevaron a su tío a ver
muchos nidos que las golondrinas y otros pájaros habían hecho bajo los aleros
de los tejados de la casa que habitaban y en edificios más distantes que había
en la posesión, ocupados por los colonos los unos, la vaquería, el gallinero,
el palomar y las grandes cuadras y cocheras sobre las que estaba el inmenso
desván en el que se encerraba el grano. Las avecillas revoloteaban alrededor de
los nidos fabricados por ellas y que eran respetados por todos los habitantes
de la finca. Hasta entonces nadie les había hecho el menor daño. Las
golondrinas, alejadas de allí desde hacía muchos meses, habían regresado poco
antes del país cálido al que habían emigrado a fin de pasar en él los rigores
del frío, para buscar sus antiguos nidos y depositar allí los huevos. Las
simpáticas avecillas no faltaban ninguna primavera.
Como recordase el padrino que en otras
ocasiones había observado que nada agradaba tanto a Mercedes y a Rafael como
los cuentos, cuando allá en Madrid en la soledad de su casa preparaba el viaje
a su querido pueblo, procuraba grabar en su imaginación aquellas narraciones
que aprendió en su infancia o aquellos hechos que escuchó más tarde y que
pudieran servir de provechosa enseñanza a los niños para referírselos después
de la siesta y que fuesen adecuados a la estación en que se hallaban a fin de
que se penetrasen mejor de ellos.
En las tres tardes que permaneció en su casa
de campo, Mercedes y Rafael, apenas se enteraban de que el tío Mario se había
levantado de la siesta, le esperaban en la salita del piso bajo, que tenía dos
ventanas que daban al jardín por las que trepaban rosales y campanillas azules
y allí aspirando el aroma de las flores, y embelesados con el gorjeo de los
pájaros, se entretenían poco después agradablemente oyendo de los labios del
anciano los siguientes cuentos que él les refirió uno cada día hasta emprender
su viaje de vuelta a la corte y que escucharon los dos niños con atención
profunda, sin pestañear, sintiendo únicamente que el tiempo pasara con tanta
rapidez y les privase de aprender más narraciones relatadas por su buen padrino.
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