Noviembre
La
siempreviva
El escudo de armas del duque del Roble, uno
de los señores más ilustres y más ricos de una provincia del mediodía de España
que no hay para qué nombrar, se ve todavía a la puerta y en los muros de su
castillo que ya por ruinoso no se habita y que su actual poseedor no ha querido
reedificar. Presenta en sus cuarteles, en el primero sobre campo de gules, una
verde rama, en el segundo, de color rojo también, una torre, en el tercero, sobre campo azul,
una espada, en el último, azul igualmente, una siempreviva. La rama es de
roble, emblema del título, el torreón en recuerdo a una fortaleza tomada al
enemigo, la espada es igual a la que usara el primer duque al que agració un
rey con ese título, la flor significa que, según una tradición, aquella familia
no se extinguiría nunca. Varón o hembra, no habían de faltar jamás herederos a
la noble casa. Remata el escudo un casco con la cimera vestida de plumas de
diversos colores.
Hace tiempo, mucho tiempo, la familia se
componía del duque, su mujer, una hija y un primo de aquél que iba en breve a
contraer matrimonio. Era el último pobre y vivía a expensas de su ilustre
pariente; la novia era rica, de clase menos noble, de carácter altivo a pesar
de eso, y muy ambiciosa. Quería que la falta de dinero de su futuro esposo se
supliera con honores y dignidades, y de esto resultó que el primo del duque
deseara apoderarse de la fortuna del señor del Roble, aunque éste le había
ofrecido su apoyo del que no carecería jamás.
La duquesa hacía una vida muy retirada,
consagrándose por completo al cuidado de su hija, una hermosa niña de seis
años. Su esposo, dedicado casi en absoluto al servicio de su rey abandonaba su
castillo con mucha frecuencia para ir a la guerra o para cumplir alguna
delicada misión que le confiaba el monarca. Estas ausencias las aprovechaba su primo, que se llamaba
Teófilo, para conspirar contra los dueños de aquella fortaleza que, atacada por
fuera, hubiese sido inexpugnable, pero que teniendo al enemigo dentro
forzosamente había de rendirse en breve plazo, y así sucedió. Teófilo llevó a
sus partidarios, que eran muchos, al interior del castillo, fingiendo darles un
banquete y los fieles servidores, atacados a traición, fueron vencidos.
Dos leales escuderos lograron, dando pruebas
invencibles de valor, sacar de aquellos muros a su señora y a la niña, mientras
un puñado de bravos protegía su retirada. Ya a alguna distancia se separaron
los dos grupos llevándose uno de los servidores a la duquesa y el otro a su
hija, no sin citarse antes en el palacio del padre de la dama donde habían de
reunirse. Ella y su salvador llegaron sin ser perseguidos, pero el viejo Nuño,
que llevaba en sus brazos a la tierna criatura, no alcanzó igual suerte. A la
niña, a la encantadora Cristina, era a la que más perseguía el primo de su
padre que esperaba para su descendencia el título y los bienes del ducado de
Roble.
Nuño corría sin descanso por lo más espeso de
la selva burlando la vigilancia de sus enemigos, pero no tardó en sentirse
cansado y sin fuerzas para seguir su camino. Había llegado a un pueblo; a su
derecha se veía un muro de regular altura, a su izquierda algunas miserables
casas. Aún algo lejos se oía el galope de varios caballos. El escudero saltó la tapia sin
dejar su preciosa carga y se encontró en un jardín con altos árboles. Depositó
a la niña al pie de uno y luego cayó sin sentido. Cristina, asustada, no se
atrevió al pronto a hacer ningún movimiento; se había dado exacta cuenta del
peligro que corría. Oyó pasar a sus perseguidores que seguramente creían que
habían continuado ella y Nuño el camino sin detenerse, luego se aproximó al
servidor y advirtió que estaba herido; sin duda le había alcanzado un dardo al
salir del castillo y el pobre escudero había perdido ya mucha sangre cuando
quedó desvanecido.
Aquel jardín debía de tener dueños; éstos no
serían tan malvados que se negaran a socorrer a un pobre herido. Así pensó la
niña, que era valiente como su padre, y a pesar de la obscuridad que reinaba,
echó a andar por el jardín en busca de la casa. Era por demás extraño cuanto la
rodeaba. Los árboles altos, tristes,
proyectaban una melancólica sombra; de vez en cuando veía anchas losas, algunas
rodeadas de verjas, luego unas galerías no muy elevadas sin puertas y con lo
que ella suponía ventanas cerradas herméticamente; por último divisó entre
piedras y hierbas muchas lucecillas que flotaban cerca del suelo o corrían por
el aire, luces pálidas y misteriosas que infundían el pavor de lo sobrenatural
y lo desconocido. Allí se detuvo Cristina sin atreverse a seguir adelante.
De pronto divisó un hombre con una
linterna en la mano. La niña lanzó un
grito de espanto y el rondador nocturno se dirigió resueltamente hacia ella.
Era un anciano venerable, de fisonomía triste y simpática.
-¿Qué haces aquí sola y a estas horas?
Preguntó.
Ella le refirió en breves palabras lo
ocurrido. El viejo la tomó de la mano y la llevó por una calle menos tétrica a
una casita que se elevaba al lado de una verja. Abrió la puerta con una llave
que sacó del bolsillo, entró en una habitación pequeña, pobremente amueblada,
encendió un candil, echó a la niña en un modesto diván y le dijo:
-Voy en busca del herido y vendré enseguida.
Rendida por tantas y tan diversas emociones,
Cristina se durmió. No se despertó hasta pasadas algunas horas y se encontró
acostada en una humilde cama, bien abrigada con ropas toscas, pero limpias. A
su lado estaba una mujer pobremente vestida, bastante joven y de fisonomía
dulce y hermosa.
-¿Y Nuño? Preguntó la hija del duque
acordándose al punto de las escenas de la víspera.
-El pobre viejo que venía contigo, contestó
la mujer, ha sido llevado por mi padre y mi marido a una casa donde estará
mejor asistido que aquí, a un hospital. En cuanto a ti te quedarás conmigo como
si fueses una de mis hijas hasta que sepamos dónde están tus padres y no
puedas caer en manos de tus enemigos. A
cualquiera que te pregunte, le dirás que te llamas Marta y que eres la menor de
mis niñas; ésta se halla en la actualidad con una hermana mía en otro pueblo.
Te vestiré con ropas de ella y espero que así te salvaré. La noticia de la toma
del castillo ha llegado ya hasta aquí y es seguro que no tardará tu padre en
saber la traición de suprimo.
Aquella mujer estaba casada con el enterrador
del pueblo, pues el jardín donde Nuño había dejado a Cristina era un
cementerio. Vivía con su marido, sus hijas y su padre, aquel anciano que al
hacer su ronda nocturna había encontrado a la niña asustada al ver los fuegos
fatuos en uno de los últimos patios del Camposanto.
Pronto Cristina hizo amistad con Marcela, la
hija mayor del sepulturero, que tendría ocho años y era una criatura buena y
cariñosa.
Venciendo su temor, la hija de los duques
jugó con su compañera en aquel triste jardín lleno de sauces y cipreses, pero
en el que crecían, rodeando ricos mausoleos, las plantas más hermosas, y
alegraban con sus trinos las aves que se posan con igual tranquilidad en los
árboles elegidos para dar sombra a las tumbas que en los risueños jardines.
Y así pasó algún tiempo y llegó el día de
difuntos. Como el cementerio aquel no pertenecía sólo al pueblo donde se
hallaba enclavado sino que en él estaban enterrados muchos señores de cercanos castillos, la concurrencia a la
mansión de los muertos había sido numerosa el día 1.º de aquel mes y casi no lo
fue menos al día siguiente.
En este pudieron ver Cristina y Marcela un
soberbio entierro y curiosas, como niñas, quisieron averiguar dónde irían a
enterrar a aquel muerto. En medio de un gran patio se elevaba un panteón más
rico que los demás, y la hija del duque vio sobre blanca piedra un escudo con
cuatro cuarteles en campos rojos y azules y en ellos una rama de roble, un
torreón, una espada y una siempreviva. ¡Las armas de su casa! Su corazón latió
con violencia, ¿y a quién llevaban allí? ¿Sería a su padre? ¿Sería a su madre?
No tardó en enterarse. El muerto era Teófilo,
el usurpador de los bienes del duque. Había disfrutado poco de su crimen,
muriendo en una reyerta con un antiguo servidor de su primo, con Nuño. La viuda había ordenado que le
enterrasen en el panteón de la familia. Porque es de advertir que apenas se hubo
apoderado de la fortuna del duque, había Teófilo contraído matrimonio con la
ambiciosa mujer que había elegido para
compañera de su vida, de la que no había
tenido ningún hijo.
El cortejo fúnebre se alejó dejando los
restos mortales del usurpador en el panteón donde yacían sus antepasados.
Cristina y Marcela volvieron a su casa. Cenaron y la segunda se acostó. En
cuanto a la primera rogó al anciano que la llevase con él cuando hiciera su
ronda nocturna. Algo la impulsaba a volver a ver antes de dormirse el panteón
donde descansaban los cuerpos de los difuntos duques.
Aunque la noche no era fría, temiendo que la
niña se pusiera enferma al salir a deshora o que tuviese miedo al andar por el
cementerio, la mujer del enterrador accedió de mala gana a aquel capricho.
Abrigó bien a Cristina, recomendó a su padre que le llevase pronto a la niña y
esperó levantada su regreso.
El viejo se dirigió desde luego al patio
donde se elevaba el panteón de los duques del Roble.
Al llegar allí Cristina se sobrecogió, y,
presa de un fuerte sueño, un espectáculo extraño se presentó a su excitada
imaginación. La puerta de hierro estaba abierta. Muchos esqueletos habían
abandonado sus sepulturas y salían llevando
el ataúd donde habían conducido por la tarde los restos de Teófilo.
Se dirigieron en procesión a uno de los
sitios más apartados del cementerio, allí donde se veían las luces pálidas de
los fuegos fatuos, y en una fosa abierta arrojaron el cadáver que cubrieron de
tierra después.
No, no, decían, este cuerpo no puede estar en
nuestro panteón. Nosotros hemos sido bravos guerreros, sabios ilustres, hombres
sin tacha; un ladrón, un asesino, no debe descansar allá.
Volvieron hacia sus sepulcros. Delante de
ellos se veían flotar las luces de los fuegos fatuos que parecían alumbrar el
camino por el que pasaban los esqueletos. La campana de la iglesia lanzó sus
fúnebres tañidos impulsada por una mano invisible al cerrarse silenciosamente
las puertas del panteón.
El anciano cogió a Cristina, que aún no había
recobrado el conocimiento, en sus brazos aún fuertes a pesar de su avanzada
edad.
Al volver el duque se enteró de la usurpación
de su primo, al que Nuño al salir del hospital completamente curado acababa de
matar, y de la desaparición de su esposa y de su hija. Fácil le fue encontrar a
la primera refugiada en el palacio de sus padres, llorando su soledad y su
desventura; pero el fiel escudero no recordaba en qué sitio había dejado a la
niña.
Pronto logró el señor del Roble arrojar de
sus dominios a la viuda de Teófilo, y una vez que hubo llevado al castillo a la
duquesa, se dedicó a buscar a Cristina.
Se dirigió una tarde al cementerio a orar
ante la tumba de sus antepasados. Allí le sorprendió una cosa: el escudo de
armas estaba casi borrado por las inclemencias del tiempo y de la lluvia; sólo
se conservaba intacto el cuartel donde lucía sobre campo azul la siempreviva.
-Mi hija parecerá, se dijo con convicción.
Dos niñas modestamente vestidas jugaban cerca
de él. La una le era desconocida, la otra... ¡oh! La otra hubiese jurado que era
la suya, tal como debiera ser entonces.
-¡Cristina! Llamó.
-¡Padre! Exclamó ella.
Se arrojó en sus brazos y el bravo guerrero
lloró sobre aquella cabecita adorada.
Profundamente reconocido a la familia del enterrador
que tanto había hecho por su hija, el duque se la llevó consigo y dio a los dos
hombres buenos empleos en su casa. Las niñas Marcela y Marta, que se unió de
nuevo a sus padres, fueron las inseparables compañeras de Cristina en sus
estudios y en sus juegos.
La duquesa recobró la salud y la
tranquilidad, pero aquel castillo que le recordaba horas amargas, hubo de ser
abandonado por otro mejor que el rey regaló al duque en premio de su valor y su
lealtad.
Y la tradición se cumplió, porque la familia
de los duques del Roble no se ha extinguido todavía, como prometía la
siempreviva de su escudo de armas.
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