Octubre
El racimo de uvas
Las viñas de Andrés Cifuentes
eran la admiración y envidia de los habitantes de aquel pueblo que se
distinguía más que por nada por sus buenos vinos.
Habían labrado la fortuna de su dueño, el más
rico de la localidad, que todos los años colocaba a buen precio el tinto y el
blanco que hacía con limpieza, puros, sin engaños de ninguna clase.
No se veían en parte alguna
racimos de uvas más sanos ni más
grandes que los de aquellas tierras.
En la época de la vendimia, a principios de
octubre, encontraban trabajo en la casa de Andrés muchas jóvenes del pueblo, a
las que pagaba bien y trataba con buenos modos. La menor de todas era una niña
de doce años, huérfana de padre y madre, que vivía con una tía suya que la
había recogido por caridad. Llamábase Dolores y se
admiraba por su actividad y por su carácter dulce y humilde. Todo el mundo la
mandaba y ella obedecía siempre sin replicar. El hijo único de Cifuentes la quería mucho; era un chico de la misma edad
que la muchacha, travieso, pero bueno en el fondo.
La vendimia tocaba a su término; las mozas
llenaban las banastas de uvas negras o verdes y el amo lo vigilaba todo y daba
órdenes a cuantos le servían.
Habiéndose parado delante de Dolores, le dijo
señalando un racimo de peso verdaderamente extraordinario que no estaba cortado
todavía:
-Este me lo pones encima de los demás; quiero
servírselo en la mesa al señor Obispo que vendrá a hacer su visita pastoral. Su
Ilustrísima es de este pueblo y cuando estaba entre nosotros, antes de entrar
en el Seminario, tenía pasión por las uvas. Si no come estas, se le regalarán
con otras cosas que ha de ofrecerle el pueblo. Conque mucho cuidado con ese
racimo, que no se aplaste, que no se
estropee; tengo puesto mi orgullo en él.
Dicho esto se alejó. Dolores terminó su tarea
colocando las hermosas uvas elegidas por Andrés para obsequiar al Obispo sobre
todas las demás.
En aquel momento apareció el hijo de Cifuentes. Iba con su traje de los días de fiesta; llevaba
sombrero nuevo y guantes.
-¿Adónde vas tan majo? Le preguntó la niña.
-Voy, respondió él, a esperar en el lugar
vecino al señor Obispo en representación de mi padre, con el cura y el alcalde
de aquí. Vamos en una hermosa carretela que hemos alquilado. He querido antes
despedirme de ti y comer algunas uvas.
-Gracias por lo primero. En cuanto a lo
segundo puedes coger lo que quieras, no siendo este racimo que está encima y es
el mejor.
-¡Vaya una vendimiadora, exclamó el muchacho,
mirando en derredor suyo, que se ha dejado ahí unas uvas que son una delicia!
No has registrado todas las cepas.
Dolores vio que en efecto había tenido ese
descuido y se dispuso a remediarlo buscando si aún quedaban más uvas.
Entre tanto Antonio, el hijo de Cifuentes, se había acercado a la banasta y cogido el
racimo que estaba encima para examinarlo.
-¡Vaya unas uvas! Dijo, ¡qué ricas deben de estar! ¿Quién ha de apreciarlas mejor que
yo ni a quién se las daría con más gusto mi padre? No tiene en el mundo más que
a mí. ¡Vaya si me atrevo yo con un racimo como éste y aunque fuera mayor, que
no lo hay!
Y empezó a comer las uvas y se dio tanta
prisa que cuando volvió Dolores ya no le quedaban más de una docena.
-Toma, toma, dijo poniéndoselas en la mano a
la niña, pruébalas y verás si son cosa buena. Estoy seguro de que no te has
comido ni una y eso es una tontería habiendo tantas.
Dolores, sin sospechar que aquellas uvas
fueran del racimo destinado al Obispo, se las comió encontrándolas deliciosas.
Luego se despidió Antonio de ella y cuando estuvo sola fue cuando advirtió la
falta del racimo que le había recomendado su amo.
Las banastas fueron colocadas en una gran
habitación. Dolores temblaba al pensar que Cifuentes
la reñiría, la despediría para siempre, cuando pidiese las uvas que no le
podría presentar. Ella no se atrevía a acusar a Antonio a quien quería mucho y
que no había obrado por mala intención ni sospechado que aquello pudiera traer
perjuicio a nadie.
Llegó la hora de arreglar la mesa para que se
sentara a ella el Obispo. Había sobre el mantel, flores, dulces, pasteles, no
faltaba más que la fruta. Andrés pidió a la niña el racimo de uvas.
-Lo pondremos solo en un frutero para que
luzca mejor, dijo el amo.
Dolores no se movía; con la vista fija en el
suelo esperaba el castigo que no tardaría en llegar.
-¿No me has oído, muchacha? Preguntó Cifuentes con alguna
impaciencia.
-Señor, balbuceó la niña, es que el racimo...
-¿Qué ha pasado?
-No lo sé, pero no está aquí ya.
-¿Te lo has comido?
-No, señor.
-¿Jurarías que no lo has probado?
No, Dolores no podía jurar eso, porque harto
sospechaba que las uvas que le había dado Antonio eran del gran racimo. Bajó la
cabeza y no contestó.
-Quítate de mi vista, gritó Cifuentes, y que no te vuelva ya a encontrar por aquí. Has
sido mala, desobediente, porque yo te había dicho que no tocases a esas uvas,
ladrona, porque no eran tuyas... Discúlpate, discúlpate al menos...
La niña no contestó; lloraba silenciosamente
limpiando sus lágrimas que quería ocultar a su amo.
-¡Ya viene Su Ilustrísima! Dijo un criado de
Andrés.
Este echó a correr para ver llegar al Obispo.
Todas las vendimiadoras le siguieron, sólo Dolores se quedó en aquel mismo
sitio sin atreverse a dar un paso.
El recibimiento hecho al prelado fue
brillantísimo y él entró en su pueblo natal lleno de emoción y de dulce
alegría. Allí habían vivido sus padres, allí había pasado los risueños años de
su infancia, de aquel poético rincón había partido para seguir los estudios a
que le llevaron su decidida vocación. Encontraba muchos antiguos camaradas,
echaba bendiciones a todos y la multitud se apresuraba a besarle el anillo y a
darle la bienvenida.
Entró en la iglesia bajo palio, permaneció en
ella un gran rato y luego fue a casa de Cifuentes
donde le habían preparado su alojamiento por ser el que reunía mejores
condiciones.
Al sentarse a la mesa notó Andrés que
faltaban las uvas en los fruteros.
-Tenía para Su Ilustrísima, dijo al prelado,
un racimo como no había otro igual...
-No te importe si ya no lo tienes, le
interrumpió el Obispo, las uvas no me gustan. ¡Como he comido tantas aquí de
pequeño! Mañana me darás melón, he visto al pasar un melonar soberbio y me ha
dicho tu hijo que es tuyo.
A Cifuentes se le
quitó un peso enorme de encima al ver que a Su Ilustrísima no le gustaban ya
las uvas. ¡Ni siquiera se hubiese fijado en su racimo! De todos modos lo hecho
por Dolores merecía un ejemplar castigo y él se lo tenía que dar.
Todas las vendimiadoras fueron obsequiadas al
día siguiente, que era el 7 de Octubre en el
que se celebraba aquel año la Virgen del Rosario, con un almuerzo,
excepto la pobre niña.
Antonio notó su falta y preguntó por ella a
su padre. Andrés contó a su hijo lo que había pasado.
-Si es por eso por lo que no está aquí,
replicó el muchacho, puedes decirle que venga a ocupar mi puesto porque el
culpable soy yo. Me encargó que no tocara a ese racimo y mientras ella
terminaba la vendimia, me lo comí. ¡Era tan hermoso! Dolores notaría que las
uvas aquellas habían desaparecido, pero no te habrá dicho nada porque no me
querría acusar. Le di una docena de granos, pero no era fácil que sospechara
entonces que eran de ese racimo. Puede que con el tiempo me pase a mí lo que al
señor Obispo, que no me gusten las uvas, pero ese día no ha llegado aún. Conque
¿voy a buscar a Dolores?
-Haz lo que quieras, respondió Cifuentes.
El niño echó a correr y diez minutos después
volvía con la muchacha a la que el amo recibió con afecto haciendo que ocupara
en la mesa un lugar preferente, al lado de Antonio.
La pobre niña, enterada por éste de lo
ocurrido, no cabía en sí de gozo. El amo le había hecho justicia y la dejaría
trabajar en sus viñas siempre que se presentara ocasión.
Para
colmo de bienes sucedió que el señor Obispo preguntó si le quedaba algún
pariente en el pueblo y entonces se averiguó que vivían en él una prima y una sobrina suya, que eran
Dolores y la mujer que la había amparado. Su Ilustrísima, después de hablar
mucho con ellas y convencido de que eran dignas de ser protegidas por él, les
señaló una pensión de su bolsillo particular con la cual pudieron vivir bien
aunque sin dejar de trabajar por eso.
También dio el Obispo limosnas para los
pobres de la localidad, así es que el día en que partió de allí para seguir la
visita pastoral, el pueblo en masa salió a despedirle vitoreándole, mientras él
les echaba bendiciones alejándose conmovido y satisfecho del lugar donde nació.
Algunos años después volvió allá para casar a
Dolores y Antonio que con gran regocijo de Andrés Cifuentes,
llevó a su casa a la perla de las jóvenes de aquella tierra, la gentil
vendimiadora de otros tiempos, y a su anciana tía.
Y en la espaciosa morada donde ya reinaba el
bienestar, reinó también la alegría, la dulce paz del hogar dichoso, la
felicidad de las familias que Dios bendice.
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