Interin
El susurro atravesó el territorio de un extremo a otro y el
territorio no era muy grande: estaba limitado al este y al oeste por chopos,
sicomoros y grandes
robles y arbustos, y contenido al norte y al sur por una
valla de ladrillos y hierro forjado. Poco antes del amanecer, este territorio
fue atravesado de
un extremo a otro por el susurro. Un pájaro, que estaba a
punto de ponerse a cantar, permaneció en silencio y bajo la tierra se produjo
una especie de
débil pulsación y un rumor.
Los ataúdes, cada uno de ellos un útero de silencio, con su
contenido rígido, cada uno de ellos profundamente enterrado, separado del
resto, fueron siendo
golpeados lentamente, con seguridad. Las tapas y partes
laterales de las cajas enterradas respondieron con golpes lentos, uniformes,
apagados. La tierra
condujo cada uno de los sonidos de un lado a otro. Todo
comenzó en una caja oscura y el código golpeó y golpeó pasando hasta la
siguiente caja, donde una
nueva, cansada y seca mano repitió el mensaje lenta y
cansadamente. Y así se fue transmitiendo, hasta que los enterrados a mayor
profundidad lo escucharon
y, lentamente, comenzaron a comprender.
Al cabo de un tiempo, todo era como un gran corazón que
palpitaba bajo la tierra. El murmullo sistólico continuó mientras el sol se
preparaba, más allá
del horizonte. El pájaro, sobre el árbol, torció su cabeza
de ojos redondos, esperando. El corazón siguió palpitando.
Lenta y dolorosamente, el golpeteo pronunció el nombre.
(Ella era la que había sido enterrada en el extremo norte,
bajo el árbol recubierto de musgo, hacía un año, justo poco antes del planeado
nacimiento de
su hijo. ¿La recuerda? ¡Era tan bonita!)
- Mrs. Latimore.
El latir del corazón martilleó, débil y lejano, bajo el
apretado césped.
- ¿Has -preguntó incansablemente el latir del corazón-
escuchado -siguió preguntando- lo -continuó preguntando- que -siguió
insistiendo- le -continuó la
pregunta- ha -siguió preguntando- ocurrido? - concluyó.
El latir del corazón se detuvo dramáticamente. Y los mil
fríos contenidos de mil cajas profundamente enterradas, esperaron la
contestación a la pregunta
a la golpeante y lenta, muy lenta pregunta.
El sol colgaba justo por detrás de las lejanas colinas
azules. Las estrellas brillaban fríamente.
Entonces, con uniformidad, con tranquilidad y lentitud,
golpe tras golpe, con un sistólico ruido sordo tras otro, sonó la contestación
a la pregunta. El
terreno se estremeció con ella y la repitió, una y otra vez
martilleando y alejándose, en un silencio estremecedor, de sepultura en
sepultura.
- Mrs. Latimore.
La pulsación profundizó más.
- Tendrá.
Lenta, muy lentamente.
- Su hijo hoy.
Y entonces se produjo un rápido y extraño staccato, como si
miles de manos golpearan las tapas de los ataúdes, en una histeria
interrogativa.
- ¿Cómo será? ¿Cómo puede ser? ¿A qué se parecerá? ¿Por qué?
¿Por qué? ¿Porqué?
El machaqueo se desvaneció. El sol se elevó de nuevo.
Mientras el pájaro cantaba, profunda, muy profundamente,
bajo la piedra sobre la que aparecía el nombre de Mrs. Latimore, se produjo un
rasgueo y un retorcimiento
y se escuchó un extraño sonido procedente de su caja enterrada, cubierto por la tierra húmeda.
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