NO HAY SERPIENTES EN IRLANDA

 

 

  Por encima de la mesa, McQueen miró con cierto escepticismo al nuevo

aspirante. Nunca había dado trabajo a hombres como aquél. Pero McQueen no

carecía de sentimientos, y si el aspirante necesitaba dinero y estaba

dispuesto a trabajar, no sería él quien se negase a darle una oportunidad.

  -¿Sabe que es un trabajo muy duro? -inquirió, con su rudo acento de

Belfast.

  -Sí, señor -contestó el aspirante.

  -Es un empleo temporal, ya sabe. Nada de preguntas, nada de reducciones.

Trabajará en el montón. ¿Sabe lo que eso significa?

  -No, Mr. McQueen.

  -Bueno, significa que le pagaré bien, pero en dinero en efectivo. Sin que

conste en parte alguna. ¿Comprendido?

  Quería decir que no habría impuesto sobre la renta, ni contribuciones a

deducir del salario. Habría podido añadir que tampoco habría seguros

sociales, y que las normas de Higiene y Seguridad se ignorarían por

completo. Un rápido provecho para todos era la consigna, con una buena

tajada para él mismo, como contratista. El aspirante asintió con la cabeza

para indicar que había "comprendido", aunque, en realidad, no había

entendido nada. McQueen le miró, reflexivamente:

  -¿Dice usted que es estudiante de medicina del último curso, en Royal

Victoria? -Otro asentimiento de cabeza-. ¿En vacaciones de verano?

  Otro ademán de asentimiento. Saltaba a la vista que el aspirante era uno

de esos estudiantes que necesitaba dinero, aparte y por encima de su

asignación, para completar los estudios de medicina. McQueen, sentado en su

destartalada oficina de Bangor, al frente de un negocio más o menos

clandestino como contratista de demoliciones, sin más activo que un

maltrecho camión y una tonelada de martillos de segunda mano, se consideraba

un self made man y era acérrimo partidario de la ética de trabajo del Ulster

protestante. Y no iba a dejar en la estacada a otro de los suyos fuese cual

fuere su aspecto.

  -Está bien -dijo-, será mejor que se aloje aquí, en Bangor. No podría

venir de Belfast y volver allí todos los días, sin retrasarse. Trabajamos

desde las siete de la mañana hasta la puesta del sol. El pago es a destajo,

pero bueno. Ahora bien, diga una palabra a las autoridades y perderá el

empleo como dos y dos son cuatro. ¿De acuerdo?

  -Sí, señor. Por favor, ¿cuándo y dónde debo empezar?

  -El camión recoge a la brigada en el patio de la estación principal a las

seis y media, cada mañana. Esté allí el lunes. El capataz es Big Billie

Cameron. Le avisaré de que estará usted allí.

  -Sí, Mr. McQueen.

  -Una última pregunta -dijo McQueen, sosteniendo el lápiz-. ¿Cómo se llama?

  -Harkishan Ram Lal -respondió el estudiante.

  McQueen miró su lápiz, la lista de nombres que tenía delante, y al

estudiante.

  -Le llamaremos Ram -dijo, y éste fue el nombre que anotó en la lista.

  El estudiante salió al brillante sol de junio de Bangor, en la costa norte

de County Down, Irlanda del Norte.

  Aquella misma tarde de sábado encontró alojamiento barato en una

destartalada pensión de la Railway View Street, corazón del barrio de

pensiones de Bangor. Al menos, estaba cerca de la estación principal, de la

que salía el camión de la empresa todas las mañanas después de salir el sol.

Desde la triste ventana de su habitación podía ver el lado del apuntalado

terraplén por el que entraban los trenes de Belfast en la estación.

  Había tenido que hacer varios intentos para conseguir una habitación. La

mayoría de las casas con el rótulo de "Habitaciones" sobre el portal

parecían estar al completo cuando él llamaba a la puerta. Pero era cierto

que una gran cantidad de trabajadores temporeros acudían a la ciudad en

pleno verano. Y también era verdad que Mrs. McGurk era católica y por esto

tenía aún habitaciones libres:

  Pasó la mañana del domingo trayendo sus cosas de Belfast, sobre todo,

libros de texto de medicina. Por la tarde, se tumbó en la cama y pensó en la

luz brillante y dura que caía sobre los pardos montes de su Punjab natal.

Dentro de un año, obtendría su título de médico, después de otro año

trabajando como interno, volvería a su país para combatir las enfermedades

de su propio pueblo. Tal era su sueño. Calculaba que este verano podría

ganar el dinero suficiente para llegar a los exámenes finales y que,

después, gozaría de un salario apropiado.

  El lunes por la mañana, se levantó al sonar el despertador a las seis

menos cuarto, se lavó con agua fría y llegó al patio de la estación momentos

después de las seis. Tenía tiempo de sobra. Encontró un café que abría

temprano y tomó dos tazas de té negro. Su único tentempié. El destartalado

camión conducido por uno de los de la brigada de demoliciones, llegó a las

seis y cuarto, y una docena de hombres se agruparon a su alrededor.

Harkishan Ram Lal no sabía si debía acercarse a ellos y presentarse, o

esperar a distancia: Esperó.

  A las seis y veinticinco, llegó el capataz en su propio coche, aparcó éste

en una calle lateral y se acercó al camión. Llevaba en la mano la lista de

McQueen. Miró a los doce hombres, les reconoció y asintió con la cabeza. El

indio se aproximó. El capataz le miró fijamente.

  -¿Eres el morenito contratado por Mr. McQueen? -preguntó.

  Ram Lal se detuvo en seco.

  -Harkishan Ram Lal -dijo-. Sí.

  No hacía falta preguntar a qué debía su apodo Big Billie Cameron. Medía

casi uno noventa, descalzo, pero ahora calzaba unas enormes botas

claveteadas y de puntera reforzada con acero. Unos brazos como troncos de

árboles pendían de sus enormes hombros, y una mata de cabellos castaños

oscuros coronaba su cabeza. Dos ojos pequeños y malévolos observaron, entre

unas pálidas pestañas; al delgado y nervudo indio: Saltaba a la vista que no

le complacía su presencia. Escupió en el suelo.

  -Bueno, sube al maldito camión -dijo.

  Para el trayecto hasta el lugar del trabajo, Cameron se sentó en la

cabina, que no estaba separada de la caja del camión, donde los doce obreros

ocuparon los bancos de madera de ambos lados. Ram. Lal se sentó juntu a la

tabla del fondo, al lado de un hombre menudo e impasible, de brillantes ojos

azules, que resultó llamarse Tommy Burns. Parecía simpático.

  -¿De dónde eres? -preguntó con genúina curiosidad.

  -De la India -respondió Ram Lal-. Punjab.

  -¿Qué?

  Ram Lal sonrió.

  -El Punjali es una parte de la India -indicó.

  Burns reflexionó durante un rato. Al fin preguntó:

  -¿Eres protestante o católico?

  -Ninguna de ambas cosas -respondió Ram Lal, pacientemente-. Soy hindú.

  -¿Quieres decir que no eres cristiano? -preguntó Burns, muy sorprendido.

  -No. Yo profeso la religión hindú.

  -¡Eh! -dijo Burns a los demás-. Este hombre no es cristiano.

  Pero no pareció escandalizado; sólo curioso, como un niño que hubiese

tropezado con un nuevo e intrigante juguete. Cameron volvió la cabeza.

  -Sí -gruñó-. Es un pagano.

  La sonrisa se desvaneció en el semblante de Ram Lal. Éste se quedó mirando

fijamente la lona del costado del camión. Ahora estaban ya bastante al sur

de Bangor rodando por la carretera en dirección a New-townards. Al cabo de

un rato, Burns empezó a presentarle a los otros. Había un Craig, un Munroe,

un Patterson, un Boyd y dos Brown. Ram Lal había estado en Belfast el tiempo

suficiente para saber que aquellos apellidos eran de origen escocés, marbete

de los duros presbiterianos que constituían la espina dorsal de la mayoría

protestante en los Seis Condados. Aquellos hombres parecían amables y le

saludaron con la cabeza.

  -¿No traes la cesta del almuerzo, chico? -preguntó el viejo llamado

Patterson.

  -No -dijo Ram Lal-. Era demasiado temprano para pedirle a mi patrona que

me preparase una.

  -Tienes que almorzar -dijo Burns-, y también desayunar. El trabajo es

duro.

  -Compraré una cesta y mañana traeré comida -repuso Ram Lal.

  Burns miró las botas ligeras y con suela de goma del indio.

  -¿No habías hecho nunca esta clase de trabajo? -le preguntó.

  Ram Lal meneó la cabeza. .

  -Necesitarás un par de botas pesadas. Para no estropearte los pies,

¿sabes?

  Ram Lal prometió comprar también un par de botas pesadas, si encontraba un

almacén abierto por la noche. Cruzaron Newtownards y siguieron hacia el Sur

por la A21, en dirección a la pequeña población de Comber. Craig miró a Ram

Lal.

  -¿Cuál es tu verdadero oficio? -preguntó.

  -Estudio medicina en la Royal Victoria de Belfast -explicó Ram Lal-.

Espero terminar el año próximo.

  Tommy Burns estaba entusiasmado.

  -Entonces, eres casi un médico de verdad -dijo-. ¡Eh; Big Billie! Si uno

de nosotros sufre un accidente, el joven Ram podrá curarle: Big Bilfie lanzó

un gruñido..

  -Lo que es a mí, no me pondrá un dedo encima -dijo.

  Esto impidió que siguiese la conversación hasta llegar a la obra. El

conductor se había desviado. al noroeste de Comber y, después de rodar dos

millas por la carretera de Dundonald, torció por un camino a la derecha

hasta detenerse donde terminaban los árboles y podía verse el edificio a

demoler.

  Era una grande y vieja destilería de whisky, una ruina larga y desigual.

Había sido una de las dos destilerías de aquellos parajes que habían

producido antaño buen whisky irlandés; pero hacía años que la habían

cerrado. Se alzaba junto al río Comber, que había alimentado su rueda

hidráulica al fluir de Dundonald hacia Comber, para verter sus aguas en

Strangford Lough. La malta llegaba en carretas tiradas por caballos y los

barriles de whisky salían por el mismo camino. El agua dulce que impulsaba

las máquinas servía también para las tinas. Pero ahora hacía años que la

destilería estaba abandonada y vacía.

  Desde luego; los niños del lugar habían irrumpido en ella y encontrado un

sitio ideal para jugar. Hasta que uno había resbalado y se había fracturado

una pierna: Entonces, el concejo del condado la había inspeccionado y

declarado su estado ruinoso, y el dueño había recibido una orden tajante de

demolición.

  El hombre, vástago de una antigua familia de hacendados que había conocido

tiempos mejores, quería gastar lo menos posible en la obra. Entonces había

intervenido McQueen. La demolición podía hacerse más de prisa, pero a mayor

coste, con maquinaria pesada; Big Billie y su equipo lo harían con mazas y

palancas de hierro. McQueen había incluso cerrado un trato para vender las

mejores vigas y los cientos de toneladas de ladrillos viejos a un

constructor aprovechado. A fin de cuentas, los ricos actuales querían que

sus nuevas casas tuviesen "estilo", o sea, que pareciesen viejas. Por esto

preferían los ladrillos blanqueados por el. sol y las vigas antiguas

auténticas para adornar las nuevas-viejas casas solariegas de los ejecutivos

importantes. McQueen haría su agosto.

  -Bueno, chicos -dijo Big Billie, mientras el camión emprendía la vuelta a

Bangor- Ya hemos llegado. Empezaremos con las tejas. Ya sabéis cómo hay que

hacerlo.

  El grupo de hombres se plantó al lado del montón de herramientas. Había

grandes mazas con cabezas de 3 kilos; palancas de hierro de 2 metros de

longitud y más de 2,5 centímetros de grueso; barras de hierro de un metro de

largo, con la punta encorvada y hendida, para arrancar clavos; martillos de

mango corto y pesada cabeza, y varias clases de sierras. Las únicas medidas

de seguridad eran los cinturones con ganchos y las largas cuerdas. Ram Lal

contempló el edificio y tragó saliva. Tenía una altura de cuatro pisos, y él

odiaba las alturas. Pero los andamiajes eran caros.

  Uno de los hombres se dirigió al edificio sin que nadie se lo ordenase,

agarró una puerta de tablas, la arrancó como si fuese un naipe y encendió

una fogata. Otro trajo agua del río en una olla y la puso a hervir para

hacer té. Todos tenían tazas esmaltádas, a excepción de Ram Lal. Éste tomó

también nota de que tenía que comprar una taza. Iba a ser un trabajo entre

polvo, que daría mucha sed. Tommy Burns apuró su taza, volvió a llenarla y

la ofreció a Ram Lal.

  -¿Tenéis té en la India? -preguntó.

  Ram Lal tomó la taza: El té estaba previamente mezclado, era dulce y

grisáceo. Lo aborreció.

  Aquella primera mañana, trabajaron encaramados en el tejado. No había que

conservar las tejas, por consiguiente, las arrancaban a mano y las arrojaban

al suelo, lejos del río. Había una ordenanza que prohibía arrojar cascotes

al río. Por esto tenían que hacerlo hacia el otro ládo del edificio, sobre

las altas hierbas, los matorrales, las retamas y las aulagas que cubrían la

zona alrededor de la destilería. Los hombres estaban atados con cuerdas los

unos a los otros, a fin de que, si uno se soltaba y empezaba a resbalar por

el tejado, el más próximo a él pudiese sostenerle. A medida que quitaban las

tejas, aparecían grandes boquetes entre las vigas. Debajo estaba el suelo de

la planta superior, que había sido almacén de malta.

  A las diez, bajaron por la desvencijada escalera interior para desayunar

sobre la hierba con otra olla de té. Ram Lal no desayunó. A las dos,

interrumpieron el trabajo para almorzar. Los hombres echaron mano a sus

gordos bocadillos. Ram Lal se miró las manos. Tenían varios cortes y

sangraban..Los músculos le dolían y tenía un hambre atroz. Tomó nota

mentalmente, de que debía comprar unos guantes gruesos de trabajo.

  Tommy Burns sacó un bocadillo de su cesta:

  -¿No tienes hambre, Ram? -preguntó-. Toma esto, a mí me sobra.

  -¿Qué diablos vas a hacer? -preguntó Big Billie, sentado en el círculo, al

otro lado de la fogata.

  Burns adoptó una actitud defensiva.

  -Sólo le ofrecía un bocadillo al muchacho -dijo.

  -Deja que el morenito traiga sus malditos bocadillos -replicó Cameron-.

Cada cual a lo suyo.

  Los hombres miraron sus cestas y siguieron comiendo en silencio. Era

evidente que nadie se atrevía a discutir con Big Billie.

  -Gracias, no tengo hambre -dijo Ram Lal a Burns.

  Después se alejó y fue a sentarse junto al río, donde remojó sus

inflamadas manos.

  Al ponerse el sol, cuando llegó el camión para recogerles, la mitad de las

tejas del extenso tejado habían desaparecido. Un día más, y empezarían con

lá armadura, aserrando y arrancando clavos.

  . El trabajo prosiguió durante toda la semana, y el antaño orgulloso

edificio quedó despojado de sus cabrios, tablas y vigas, hasta que quedó

vacío y abierto, con sus ventanas desnudas como ójos abiertos ante la

perspectiva de la muerte inminente. Ram Lal nó estaba acostumbrado a

trabajos tan arduos. Le dolían continuamente los músculos y tenía las manos

llenas de ampollas, pero seguía trabajando, porque necesitaba el dinero.

  Había comprado una fiambrera, una taza esmaltada, unas botas fuertes y un

par de guantes gruesos, cosa, esta última, que nadie más utilizaba. Sus

manos estaban curtidas, después de años de trabajar con ellas. Durante toda

la semana, Big Billie Cameron le estuvo incordiando sin cesar, encargándole

los trabajos más pesados y situándole, cuando se enteró de que temía las

alturas, en los puntos más elevados. El punjabí se tragaba su ira, porque

necesitaba el dinero. La crisis se produjo el sábado.

  Todo el maderaje había desaparecido y estaban trabajando en la obra de

albañilería. La manera más sencilla de derribar el edificio lejos del río

habría sido colocar cargas explosivas en las esquinas de la pared lateral

que daba al claro despejado. Pero no se podía pensar en la dinamita. Su

empleo requería una licencia especial, sobre todo en Irlanda del Norte, y

esto habría puesto sobre aviso al inspector fiscal. McQueen y toda su

brigada habrían tenido que entregar una parte sustancial de sus ingresos, y

McQueen, los seguros sociales. Por consiguiente, derribaban las paredes a

pedazos de un metro cuadrado, manteniéndose peligrosamente en suelos

inseguros, mientras las paredes que los sustentaban se agrietaban y crujían

bajo los martillazos.

  Durante el almuerzo, Cameron dio un par de vueltas alrededor del edificio

y volvió al círculo de hombres sentados cerca del fuego. Empezó a explicar

cómo derribarían un trozo considerable de la pared exterior, al nivel del

tercer piso. Se volvió a Ram Lal.

  -Quiero que subas allí arriba -dijo-. Cuando empiece a ceder, empújala

hacia fuera con los pies.

  Ram Lal contempló el trozo de pared en cuestión. Una grieta muy grande se

abría hasta la base.

  -Esa pared va a derrumbarse en el momento menos pensado -dijo con voz

pausada. Cualquiera que se siente allá arriba, caerá con ella.

  Cameron le miró fijamente, congestionado el semblante, rojo por la ira el

blanco de los ojos.

  -No quieras enseñarme mi oficio, limítate a cumplir mis órdenes, ¡negro

estúpido!

  Dio media vuelta y se alejó. Ram Lal se puso en pie. Cuando habló, el tono

de su voz era cortante como el filo de una navaja.

  -Mister Cameron...

  Cameron se volvió, asombrado. Los hombres se quedaron boquiabiertos. Ram

Lal se acercó despacio al enorme capataz.

  -Pongamos una cosa en claro -dijo Ram Lal, y todos los que estaban en el

claro pudieron oír claramente sus palabras-. Yo soy del Punjab, en el norte

de la India. Además, soy kshatria, miembro de la casta de los guerreros. No

tengo bastante dinero para pagar mis estudios de medicina, pero mis

antepasados eran soldados y príncipes, gobernantes y eruditos, hace dos mil

años, cuando los suyos andaban a cuatro patas y envueltos en pieles. Por

consiguiente, le ruego que deje de insultarme.

  Big Billie Cameron miró con ceño al estudiante indio. El blanco de sus

ojos era ahora de un rojo aún más . intenso. Los otros obreros estaban

pasmados.

  -¡Ah, sí? -dijo Cameron, en voz muy baja-. ¿Conque éstas tenemos? Bueno,

las cosas han cambiado un poco, negro bastardo. Y ahora, ¿qué me dices de

esto?

  Al pronunciar la última palabra, describió un arco con un brazo abierta la

mano, y la palma cayó sobre un lado de la cara de Ram Lal. El joven rodó por

el suelo. Le zumbaron los oídos. Pero oyó a Tommy Burns que le decía:

  -Estáte quieto, muchacho. Si te levantas, Big Billie te matará.

  Ram Lal miró hacia arriba, bajo la luz del sol. El gigante se erguía sobre

él, con los puños cerrados. Comprendió que no tenía posibilidad de luchar

contra aquel hombrón del Ulster. Se sintió invadido por un sentimiento de

vergüenza y de humillación. Sus antepasados habían cabalgado, lanza en

ristre, espada en alto, sobre llanuras cien veces más extensas que los Seis

Condados, y las habían conquistado.

  Ram Lal cerró los ojos y yació inmóvil. Al cabo de unos segundos, oyó que

el hombrón se alejaba. Los otros empezaron a hablar en voz baja. Apretó más

los párpados, para contener lágrimas de vergüenza. En la oscuridad, vio las

calcinadas llanuras del Punjab y hombres que cabalgaban sobre ellas; hombres

orgullosos, fieros, de nariz aguileña, barbudos, ojinegros, tocados con

turbantes; los guerreros del País de los Cinco Ríos.

  Una vez, hacía de esto mucho tiempo, en los albores del mundo, Iskander de

Macedonia había cabalgado sobre aquellos llanos, con sus ojos ardientes y

voraces; Alejandro, el joven dios al que llamaban Magno y que, a los

veinticinco años, había llorado porque ya no había más mundos que

conquistar. Y estos jinetes eran descendientes de sus capitanes y

antepasados de Harkishan Ram Lal.

  Éste yacía en el polvo mientras ellos pasaban por su lado y le miraban. Y,

al pasar, cada uno de ellos le murmuraba una sola palabra: "Venganza."

  Ram Lal se incorporó en silencio. La suerte estaba echada. Había que hacer

lo que había que hacer. Así pensaba su pueblo.

  Pasó el resto del día trabajando en silencio absoluto. No habló con nadie,

y nadie le habló.

  Aquella tarde, en su habitación, empezó los preparativos antes de que

fuese noche cerrada. Quitó el cepillo y el peine del maltrecho tocador,

quitó también el sucio mantelito y descolgó el espejo. Después tomó su libro

hinduista y arrancó de él una página con la imagen de la gran diosa Shakti,

la diosa del poder y la justicia. La clavó en la pared, sobre el tocador,

convirtiendo éste en un altar.

  Había comprado un ramo a una florista, delante de la estación, y había

tejido una guirnalda con las flores. Colocó una taza medio llena de arena a

un lado de la imagen, plantó en ella una vela y la encendió. Después sacó de

su maleta un paño enrollado y extrajo de él media docena de pajuelas

perfumadas. Tomó un jarrito barato y de cuello estrecho del estante de los

libros, introdujo en él las pajuelas y las encendió también. El dulce y

mareante olor del incienso empezó a llenar la habitación. Fuera, grandes

nubes de tormenta llegaban del mar.

  Una vez preparado el altar se plantó delante de él, con la cabeza

inclinada y la guirnalda entre los dedos, y empezó a rezar pidiendo

inspiración. El primer trueno retumbó sobre Bangor. Ram Lal no rezó en

moderno punjabí, sino en sánscrito antiguo.

  -Devi Shakti... Maa... (Diosa Shakti... madre suprema...)

  Retumbó de nuevo el trueno y cayeron los primeros goterones. Él arrancó

una flor y la depositó delante de la imagen de Shakti.

  -He sido gravemente ofendido. Pido venganza contra el malhechor...

  Tomó una segunda flor y la colocó al lado de la primera.

  Rezó durante una hora, mientras caía la lluvia. Ésta tamborileaba en el

tejado, sobre su cabeza, y chorreaba en la ventana, detrás de él. Acabó de

rezar cuando amainaba la tormenta. Necesitaba saber la forma que había de

tomar el castigo. Necesitaba que la diosa le enviase una señal.

  Las pajuelas se habían agotado y su aroma flotaba espeso en la estancia.

La vela se estaba acabando. Todas las flores yacían ahora sobre la

superficie lacada del tocador, delante de la imagen. Shakti le miraba,

impertérrita.

  Ram Lal se volvió y se acercó a la ventana, para mirar al exterior. La

lluvia había cesado, pero todo goteaba detrás del cristal. Mientras

observaba, un chorrito de agua cayó del canalón de encima de la ventana y se

deslizó sobre el sucio cristal, marcando un surco en la mugre. Debido a la

suciedad, no corrió en línea recta, sino en ondulaciones y hacia un lado, y

él lo siguió con la mirada hasta el rincón de la ventana. Cuando se detuvo,

Ram Lal se volvió a mirar el rincón de su habitación donde su bata colgaba

de un clavo.

  Entonces advirtió que, durante la tormenta, el cordón de la bata se había

deslizado y caído al suelo. Yacía enrollado, con uno de sus extremos oculto

a la vista y el otro bien visible sobre la alfombra. De las doce borlitas,

sólo dos estaban descubiertas y parecían una lengua bífida. El cordón de la

bata tenía todo el aspecto de una serpiente enrollada en el rincón. Ram Lal

comprendió. Al día siguiente, tomó el tren de Belfast para ir a ver al Sikh.

  Ranjit Singh era también estudiante de medicina pero más afortunado que

Ram Lal. Sus padres eran ricos y le enviaban ùna espléndida pensión. Recibió

a Ram Lal en la bien amueblada habitación de su pensión.

  -He tenido noticias de mi casa -dijo Ram Lal-. Mi padre se está muriendo.

  -Lo siento -dijo Ranjit Singh-. Acepta mi condolencia.

  -Él quiere verme. Soy su primogénito. Tendría que ir allá.

  -Desde luego -afirmó Singh.

  El primogénito debía estar siempre junto al lecho de muerte de su padre.

  -Se trata del pasaje en avión -explicó Ram Lal-. Estoy trabajando y gano

un buen sueldo. Pero no tengo bastante dinero. Si quieres prestarme lo que

me falta, seguiré trabajando cuando regrese y te lo devolveré.

  Los sikhs no son reacios a prestar dinero si el interés es justo y la

devolución segura. Ranjit Singh prometió sacar el dinero del banco el lunes

por la mañana. El domingo por la tarde, Ram Lal visitó a Mr. McQueen en su

casa de Groomsport. El contratista estaba delante de su televisor, con una

lata de cerveza al alcance de la mano. Era su manera predilecta de pasar la

tarde del domingo. Pero redujo el volumen del aparato al anunciarle su

esposa la visita de Ram Lal.

  -Se trata de mi padre -dijo Ram Lal-: Se está muriendo.

  -¡Oh! Lo siento mucho, chico -dijo McQueen.

  -Quisiera ir a su lado. El primogénito debe estar con su padre en momentos

como éste. Es costumbre en nuestro país.

  Mr. McQueen tenía un hijo en Canadá, al que no había visto desde hacía

siete años.

  -Sí -dijo-, me parece lo adecuado.

  -Me han prestado el dinero para el viaje en avión -dijo Ram Lal-. Si salgo

mañana, podría estar de regreso a finales de la semana. Pero la cuestión es,

Mr. McQueen, que necesito mi empleo más que nunca; para devolver el préstamo

y para pagar mis estudios el próximo año. Si regreso antes de que termine la

semana, ¿podrá reservarme mi empleo?

  -Está bien -dijo el contratista-. No puedo pagarte los días que estés

ausente. Ni reservarte el empleo otra semana. Pero, si estás de vuelta antes

de que termine la próxima, podrás volver al trabajo. En las mismas

condiciones, no lo olvides.

  -Gracias -dijo Ram Lal-. Es usted muy amable. Retuvo su habitación en

Railway Víew Street, pero pasó la noche en su pensión de Belfast. El lunes

por la mañana acompañó a Ranjit Singh al banco, donde el sikh retiró el

dinero necesario y lo entregó al hindú. Ram tomó un taxi hasta el aeropuerto

de Aldergrove y, de allí, un avión del puente aéreo a Londres, donde

adquirió un billete de clase económica para el primer vuelo a la India.

Veinticuatro horas más tarde, aterrizaba. bajo el calor sofocante de Bombay.

  El miércoles encontró lo que buscaba en el atestado bazar de Grant Road

Bridge. El Emporio de Peces Tropicales y Reptiles de Mr. Chatterjee estaba

casi desierto cuando el joven estudiante, con su libro de texto de reptiles

bajo el brazo, entró en el establecimiento. Encontró al viejo propietario

sentado en el fondo de su tienda, en penumbra, rodeado de peceras y de

jaulas de cristal donde dormitaban sus serpientes y lagartos.

  Mr: Chatterjee estaba familiarizado con el mundo académico. Suministraba a

varios centros médicos ejemplares destinados al estudio y la disección, y,

en ocasiones, recibía lucrativos pedidos del extranjero. Asintió con la

cabeza y su barba blanca, como buen conocedor, al explicarle el estudiante

lo que buscaba.

  -¡Oh, sí! -dijo el viejo comerciante gujerati. Conozco esta serpiente. Y

está usted de suerte. Tengo

  una, llegada hace pocos días de Rajputana. Condujo a Ram Lal a su

santuario privado, y los dos hombres contemplaron en silencio a la

serpiente, a través del cristal de su nueva casa.

  Echis carinatus, decía el libro de texto; pero, naturalmente, el libro

había sido escrito por un inglés que empleaba la nomenclatura latina. Era la

víbora escamosa, la más pequeña y mortífera de su especie.

  Muy difundida, decía el libro de texto, podía encontrarse desde el África

occidental, hacia el este y el noroeste hasta el Irán, la India y el

Pakistán. Muy . adaptable, podía aclimatarse a casi todos los medios, desde

las húmedas espesuras del oeste africano hasta los fríos montes del Irán en

invierno, o hasta las tórridas colinas de la India.

  Algo se agitó debajo de unas hojas que había en la jaula.

  Según el libro de texto su longitud variaba entre 25 y 35 cm, y era muy

delgada. De color aceitunado, un poco más pálido en algunos puntos, a veces

difíciles de distinguir, y con una raya ondulada ligeramente más oscura en

el lado del cuerpo. Animal nocturno en tiempo seco y cálido, se ocultaba

durante el día para protegerse del calor.

  Las hojas de la jaula se movieron de nuevo y apareció una cabeza diminuta.

  Sumamente peligrosa de manejar, decía el libro de texto, había causado más

muertes que la famosa cobra, debido principalmente a que su tamaño hacía que

se la tocase fácilmente, sin querer, con la mano o con el pie. El autor del

libro añadía una nota explicando que la pequeña pero mortal serpiente

mencionada por Kipling en su maravilloso cuento Rikki-Tikki-Tavy era, casi

con toda seguridad no la Krait, que tiene casi 60 cm de longitud, sino la

víbora escamosa. Evidentemente, el autor estaba muy satisfecho de haber

descubierto una inexactitud en el gran Kipling.

  En la jaula, una pequeña lengua bifida y negra vibró, apuntando a los dos

indios que estaban detrás del cristal.

  El naturalista inglés, desaparecido hacía tiempo, terminaba su capítulo

sobre la Echis carinatus diciendo que era muy despierta e irritable. Atacaba

rápidamente y sin previo aviso. Los dientes eran tan pequeños que casi no

dejaban señal; como dos punzadas de a  guja. No causaba dolor, pero la

muerte era casi inevitable y se producía entre dos y cuatro horas después,

según la corpulencia de la víctima o el nivel de su estado físico en el

momento de la mordedura y después de ésta. La causa de la muerte era

invariablemente una hemorragia cerebral.

  -¿Cuánto pide por ella? -murmuró Ram Lal.

  El viejo gujerati extendió las manos en ademán deprecatorio.

  -Es un ejemplar muy raro -dijo, compungido-, y difícil de obtener.

Quinientas rupias.

  Ram Lal cerró el trato en 350 rupias, y se llevó la serpiente en un tarro.

  Para el viaje de vuelta a Londres; Ram Lal compró una caja de cigarros, la

vació de su contenido y practicó veinte pequeños agujeros en la tapa, para

la entrada de aire. Sabía que la pequeña víbora no necesitaría comida

durante una semana y podía pasar dos o tres días sin agua. Podría respirar

con poquísima cantidad de aire; por consiguiente, cerró la caja, con la

víbora y sus hojas dentro de ella, y la envolvió en varias toallas que,

gracias a su estructura esponjosa, contendrían aire suficiente incluso

dentro de una maleta.

  Había llegado con una bolsa de mano, pero compró una maleta barata de

fibra y la llenó de ropa adquirida de segunda mano, colocando la caja de

cigarros en medio de aquélla. Minutos antes de salir del Hotel Bombay en

dirección al aeropuerto, cerró la maleta, la cual facturó en el Boeing que

le llevaría a Londres. Su equipaje de mano fue registrado, pero no contenía

nada de interés.

  El jet de "Air India" aterrizó en Heartrow el viernes por la mañana, y Ram

Lal se puso en la larga cola de indios que trataban de entrar en Gran

Bretaña. Pudo demostrar que no era inmigrante, sino estudiante de medicina,

y le dejaron pasar rápidamente. Llegó al lugar de recogida de equipajes al

salir las primeras maletas en la cinta, y vio que la suya estaba entre las

dos primeras docenas. Se dirigió con ella al lavabo y allí sacó la caja de

cigarros y la guardó en su bolsa de mano.

  En la Aduana, se dirigió al sector de "Nada que Declarar", donde le

detuvieron a pesar de todo; sin embargo, sólo registraron su maleta. El

funcionario miró la bolsa que llevaba colgada del hombro y le dejó pasar.

Ram Lal cruzó Heathrow en autobús, hasta el edificio Número Uno, y tomó el

avión del mediodía del puente aéreo a Belfast. Llegó a Bangor a la hora del

té y, por fin, pudo examinar su mercancía.

  Tomó la hoja de vidrio de encima de la mesita de noche; la deslizó

cuidadosamente entre la tapa de la caja de cigarros y su letal contenido, y

abrió aquélla. A través del cristal, vio la víbora que daba vueltas en el

interior. Después, ésta se detuvo y le miró fijamente con sus negros e

irritados ojillos. Ram Lal volvió a cerrar la caja, extrayendo rápidamente

el cristal al dejar caer la tapa.

  -Duerme, amiguita -dijo-, si es que vosotras dormís alguna vez. Por la

mañana, tendrás que cumplir la orden de Shakti.

  Antes de anochecer, compró un pequeño tarro de café, de esos que llevan la

tapadera enroscada, y vació su contenido en un jarrito de porcelana de su

habitación. Por la mañana, se puso sus gruesos guantes y trasladó la víbora

de la caja al tarro. La enfurecida serpiente mordió una vez el guante, pero

esto no preocupó a Ram Lal, al mediodía, habría recobrado todo su veneno.

Observó unos instantes a la serpiente, enroscada dentro del tarro de café,

antes de apretar con fuerza la tapa e introducir el bote en su cesta del

almuerzo. Después, se dirigió al camión que había de llevarle a la obra.

  Big Billie Cameron tenía la costumbre de quitarse la chaqueta al llegar al

lugar del trabajo y colgarla de un clavo o de una varilla. Ram Lal había

observado que, durante el descanso para almorzar, el gigantesco capataz no

dejaba nunca de acercarse a su chaqueta después de comer, para sacar la pipa

y la bolsa del tabaco del bolsillo de la derecha. La rutina no variaba

nunca. Después de fumar su pipa, el hombre vaciaba la cazoleta, se

levantaba, decía "Bueno, muchachos, volvamos al trabajo", y metía de nuevo

la pipa en el bolsillo de la chaqueta. Cuando se volvía, todo el mundo tenía

que estar en pie.

  El plan de Ram Lal era sencillo pero infalible. Durante la mañana,

introduciría la serpiente en el bolsillo de la derecha de la chaqueta

colgada. Después de comer, el iracundo Cameron se levantaría, iría en busca

de su chaqueta y metería la mano en el bolsillo. Y la serpiente que él había

traído desde el otro lado del mundo cumpliría la misión encomendada por

Shakti. Sería la víbora, no Ram Lal, el verdugo del hombre del Ulster.

  Cameron lanzaría un juramento y sacaría la mano del bolsillo, con la

víbora colgando de su dedo, profundamente hincados los colmillos en la

carne. Ram Lal daría un salto, arrancaría la serpiente, la echaría al suelo

y le aplastaría la cabeza con la bota. El animal sería ya inofensivo, al

haber descargado su veneno. Por último, Ram Lal, con un gesto de asco,

arrojaría la víbora muerta al río Comber, que arrastraría la única prueba

hasta el mar. Podrían sospechar de él, pero esto sería todo.

  Poco después de las once, con la excusa de ir a buscar otra maza,

Harkishan Ram Lal abrió la cesta del almuerzo, sacó el tarro de café,

desenroscó la tapa y vertió el contenido en el bolsillo de la derecha de la

chaqueta colgada. Antes de un minuto, volvía a estar en su puesto de

trabajo; nadie había advertido nada. Durante el almuerzo, tuvo que

esforzarse para comer. Los hombres charlaban y bromeaban como siempre,

mientras Big Billie despachaba el montón de enormes bocadillos que su mujer

le había preparado. Ram Lal había cuidado de colocarse en un lugar del

círculo próximo a la chaqueta. Comía sin ganas. El corazón palpitaba en su

pecho, y su tensión crecía a cada instante.

  Por fin, Big Billie arrugó el papel que había envuelto su comida; lo

arrojó al fuego y eructó. Se levantó con un gruñido y se acercó a su

chaqueta. Ram Lal contuvo el aliento. Cameron hurgó en el bolsillo y sacó la

pipa y la bolsa de tabaco. Empezó a llenar la cazoleta. Mientras lo hacía,

advirtió que Ram Lal le estaba mirando. .

  -¿Qué miras? -preguntó en tono agresivo.

  -Nada -dijo Ram Lal y se volvió de cara al fuego. Pero no podía estarse

quieto. Se levantó y se estiró, volviéndose a medias. Por el rabillo del

ojo, vio que Cameron dejaba de nuevo el tabaco en el bolsillo de la chaqueta

y sacaba la mano con una caja de cerillas. El capataz encendió la pipa y

chupó con satisfacción. Volvió junto al fuego.

  Ram Lal se sentó de nuevo y contempló las llamas con incredulidad. "¿Por

qué -se preguntó- le había hecho esto la gran Shakti?" La serpiente era su

instrumento, traído por él en cumplimiento de su mandato. Pero ella lo había

retenido, negándose a emplear el arma de su venganza. Se volvió y echó otra

mirada a la chaqueta. En la parte baja del forro, sobre el dobladillo del

lado izquierdo, algo se agitó y quedó inmóvil. Ram Lal cerró los ojos,

impresionado. Un agujero, un pequeño agujero en el forro del bolsillo, había

hecho fracasar su plan. Trabajó el resto de la tarde en un vértigo de

indecisión y de angustia.

  En el trayecto de regreso a Bangor, Big Billie Cameron ocupó, como de

costumbre, el asiento delantero ' del camión, pero, a causa del calor, se

quitó su chaqueta, la dobló y la colocó encima de sus rodillas. Delante de

la estación, Ram Lal vio que arrojaba la chaqueta plegada sobre el asiento

posterior de su automóvil y se alejaba en él. Ram Lal alcanzó a Tommy Burns,

que estaba esperando el autobús.

  -Dime -le preguntó-, ¿tiene familia Mr. Cameron?

  -Claro -contestó cándidamente el hombrecillo-. Tiene esposa y dos hijos.

  -¿Vive lejos de aquí? -preguntó Ram Lal-. Como veo que va en automóvil...

  -No muy lejos -respondió Burns-. En el barrio de Kilcooley. Creo que en

Ganaway Gardens. ¿Vas a ir a visitarle?

  -No, no -dijo Ram Lal-. Bueno, hasta el lunes.

  En su habitación, Ram Lal contempló fijamente la imagen de la diosa de la

justicia.

  -Yo no quise llevar la muerte a su esposa y sus hijos -le dijo-. Ellos no

me han hecho absolutamente nada.

  La diosa le miró desde lejos y no le respondió. Harkisham Ram Lal pasó el

resto del fin de semana en un mar de angustia. Aquella tarde se dirigió al

barrio de viviendas de Kilcooley, junto a la carretera de circunvalación, y

encontró Ganaway Gardens. Estaba a poca distancia de Owenroe Gardens y

enfrente de Woburn Walk. En la esquina de Woburn Walk había una cabina

telefónica, y allí esperó una hora, fingiendo telefonear, mientras observaba

la corta calle al otro lado de la avenida. Le pareció ver a Big Billie

Cameron en una de las ventanas, y tomó nota de la casa.

  Vio que una adolescente salía de ella y se alejaba, para reunirse con unas

amigas. Por un instante, sintió la tentación de acercarse a ella e

informarla del demonio que dormía en la chaqueta de su padre; pero no se

atrevió a hacerlo.

  Poco antes del anochecer, salió de la casa una mujer que llevaba una cesta

de la compra. La siguió hasta el centro comercial de Clandeboye, que estaba

abierto hasta muy tarde, en consideración a los que cobraban sus pagas en

sábado. La mujer que él pensaba que era Mrs. Cameron entró en el

supermercado Stewarts, y el estudiante indio la siguió alrededor de las

estanterías, a fin de armarse de valor y revelarle el peligro que había en

su casa. Pero tampoco se atrevió: podía ser otra mujer, e incluso podía él

haberse equivocado de casa. De ser así, le encerrarían, tomándole por loco.

  Aquella noche durmió mal, hostigada su mente por visiones de la víbora

escamosa saliendo de su escondite en el forro de la chaqueta para

deslizarse, silenciosa y mortífera, entre los que dormían en la casa.

  El domingo, volvió a rondar por Kilcooley e identificó sin lugar a dudas

la casa de la familia Cameron. Vio claramente a Big Billie en el jardín de

atrás. A media tarde, se dio cuenta de que estaba llamando la atención y

comprendió que no tenía más alternativa que entrar en la casa y confesar lo

que había hecho, o marcharse y dejarlo todo en manos de la diosa. La idea de

enfrentarse con el terrible Cameron e informarle del peligro mortal en que

había puesto a sus hijos era algo superior a sus fuerzas. Volvió a Railway

View Street.

  El lunes por la mañana, la familia Cameron se levantó a las seis menos

cuarto. Era una mañana de agosto brillante y soleada. A las seis, los cuatro

estaban desayunando en la pequeña cocina, en la parte de atrás de la casa;

el hijo, la hija y la esposa, envueltos en sus batas, y Big Billie, con su

ropa de trabajo. La chaqueta seguía colgada donde había estado todo el fin

de semana, en un armario del pasillo.

  Momentos después de las seis, Jenny, la hija, se levantó y se metió en la

boca una tostada con mermelada.

  -Voy a lavarme -dijo.

  -Antes de esto, chica, trae mi chaqueta del armario -dijo su padre, que

estaba comiendo un plato de cereales.

  La muchacha reapareció a los pocos segundos con la chaqueta, sosteniéndola

del cuello. La alargó a su padre. Éste casi no la miró.

  -Cuélgala en la puerta -dijo.

  La muchacha hizo lo que él le ordenaba, pero la chaqueta no tenía la

tirilla para colgarla y el tirador de la puerta no estaba enmohecido, sino

que era niquelado y liso. El padre levantó la cabeza cuando la chica iba a

salir.

  -¡Jenny! -gritó-. Recoge esa maldita chaqueta. Ninguno de los Cameron

discutía con el cabeza de familia. Jenny volvió atrás, recogió la chaqueta y

la colgó mejor. Al hacerlo, una cosa delgada y oscura se . escurrió de los

pliegues y se deslizó hasta el rincón, con un susurro seco sobre el linóleo.

La chica la miró, horrorizada.

  -Papá, ¿qué llevabas en la chaqueta?

  Big Billie Cameron detuvo la cuchara a medio camino de su boca. Mrs.

Cameron se apartó del hornillo. Bobby, el hijo de catorce años, interrumpió

la operación de untar una tostada con mantequilla y se quedó mirando. La

pequeña criatura que yacía enroscada junto a la hilera de armarios, tensa,

en.actitud defensiva, respondiendo a las miradas y agitando velozmente la

lengua.

  -¡Que Dios nos ampare! ¡Es una serpiente! -exclamó Mrs. Cameron.

  -No seas estúpida, mujer. ¿No sabes que en Irlanda no hay

serpientes? -dijo su marido-. Esto lo sabe todo el mundo. ¿Qué es, Bobby?

  Aunque tirano, dentro y fuera de su casa, Big Billie sentía un envidioso

respeto por los conocimientos de su hijo menor, que era buen estudiante y

había aprendido muchas cosas extrañas. El chico miró fijamente la serpiente

a través de sus gafas de lechuza.

  -Debe ser un gusano ciego, papá -dijo-. El curso pasado había varios en el

colegio, para la clase de biología. Los trajeron para disecarlos. Del otro

lado del mar.

  -No me parece un gusano -dijo su padre.

  -En realidad, no es un gusano -dijo Bobby-. Es un lagarto sin patas.

  -Entonces, ¿por qué le llaman gusano?

  -No lo sé -dijo Bobby.

  -Entonces, ¿para qué vas al colegio?

  -¿Muerde? -preguntó, temerosa, Mrs. Cameron.

  -No -dijo Bobby-. Es inofensivo.

  -Mátalo -dijo Cameron, padre- y échalo al cubo de la basura.

  Su hijo se levantó de la mesa, se quitó una zapatilla y la enarboló como

un matamoscas. Avanzaba descalzo hacia el rincón, cuando su madre cambió de

idea. Big Billie levantó la vista del plato y sonrió maliciosamente.

  -Espera un momento; no te muevas, Bobby -dijo-. Tengo una idea. Tráeme un

tarro, mujer.

  -¿Qué clase de tarro? -preguntó Mrs. Cameron.

  -¿Cómo quieres que lo sepa? Un tarro que tenga tapa.

  Mrs. Cameron suspiró, se apartó de la serpiente al pasar y abrió un

armario. Examinó sus cacharros.

  -Aquí hay un tarro de jalea, que uso para guardar guisantes secos -dijo.

  -Pon los guisantes en otro sitio y dame el tarro -ordenó Cameron.

  Ella le entregó el recipiente.

  -¿Qué vas a hacer, papá? -preguntó Bobby.

  -Hay un morenito en la obra. Es pagano. Viene de un país donde abundan las

serpientes. Voy a divertirme un poco con él. Le gastaré una pequeña broma.

Dame aquel guante del horno, Jenny.

  -No hace falta que te pongas un guante -dijo Bobby-. No muerde.

  -No quiero tocar esa porquería -dijo Cameron.

  -No es una porquería -replicó Bobby-. Son animales muy limpios.

  -Eres un tonto, chico, a pesar de todos tus estudios. ¿No dice el Libro

Sagrado "Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás el polvo...?" Sí, y más

que polvo, digo yo. No quiero tocarlo con la mano.

  Jenny pasó a su padre el guante del horno. Con el tarro destapado en la

mano izquierda y protegida la derecha con el guante, Big Billie Cameron se

acercó a la víbora. Poco a poco, bajó la mano derecha. Después, la dejó caer

de prisa; pero la pequeña serpiente fue aún más rápida. Sus menudos

colmillos se clavaron inofensivamente en el guante almohadillado, en el

centro de la palma. Cameron no lo advirtió, porque sus propias

manos se interponían en su campo visual. Un instante después, la serpiente

estaba en el bote, y la tapa, cerrada. Observaron, a través del vidrio, sus

furiosas contorsiones.

  -No me gusta nada, aunque sea inofensivo -dijo Mrs. Cameron-. Te

agradeceré que te lo lleves de casa.

  -Lo haré inmediatamente -dijo su marido-, porque voy ya con retraso.

  Metió el tarro en la bolsa, donde llevaba ya la fiambrera, introdujo la

pipa y el tabaco en el bolsillo de la derecha de su chaqueta, y se dirigió a

su coche. Llegó al patio de la estación con cinco minutos de retraso, y se

sorprendió al ver que el estudiante indio le miraba fijamente.

  "Confío en que no tendrá dotes de adivino", pensó Big Billie, mientras

rodaban en dirección a Newtownards y Comber.

  A media mañana, toda la brigada estaba enterada de la broma preparada por

Big Billie, el cual había amenazado con una paliza al que se atreviese a

darle el soplo al morenito. No era probable que lo hiciesen, sabiendo que

aquel gusano era absolutamente inofensivo, incluso ellos pensaban que la

cosa tendría gracia. Sólo Ram Lal trabajaba en la ignorancia, consumido por

sus propios pensamientos y preocupaciones.

  A la hora del almuerzo, hubiese debido sospechar algo. La tensión se

palpaba en el ambiente. Los hombres estaban sentados en círculo alrededor

del fuego, como de costumbre, pero la conversación era forzada, y, si no

hubiese estado tan preocupado, habría advertido las sonrisas disimuladas y

las miradas que echaban en su dirección. Pero no advirtió nada. Colocó su

propia cesta del almuerzo entre las rodillas y la abrió. Enroscada entre los

bocadillos y una manzana, con la cabeza echada atrás para morder, estaba la

víbora.

  El chillido del indio resonó en el claro, un momento antes que las

carcajadas de los obreros. Inmediatamente, la cesta del almuerzo voló por el

aire, lanzada por Ram Lal con toda su fuerza. Su contenido se desparramó en

todas direcciones y aterrizó entre las altas hierbas, las retamas y las

aulagas.

  Ram Lal se había puesto en pie y no paraba de gritar. Los obreros se

desternillaban de risa, y Big Billie más que nadie. No había reído tanto

desde hacía meses.

  -Es una serpiente -gritó Ram Lal-, una serpiente venenosa. Apartaos todos.

Su mordedura es mortal.

  Redoblaron las risas; los hombres no podían contenerse. La reacción de la

víctima de la chanza sobrepasaba todo lo que habían esperado.

  -Creedme, por favor. Es una serpiente, una serpiente mortal.

  Big Billie tenía la cara congestionada. Enjugó las lágrimas que brotaban

de sus ojos, sentado en el claro frente a Ram Lal, que seguía en pie mirando

como un loco a su alrededor.

  -Morenito ignorante, jadeó-, ¿acaso no lo sabes? No hay serpientes en

Irlanda. ¿Lo comprendes? No hay ninguna. Le dolían los costados de tanto

reír, y se echó atrás sobre la hierba, apoyándose en las manos. No advirtió

los dos colmillos, afilados como agujas, que se clavaron en una vena de la

cara interna de su muñeca derecha.

  La broma había terminado y los hombres hambrientos volvieron a su

almuerzo. Harkishan Ram Lal se sentó de mala gana, mirando constantemente a

su alrededor, con la taza de té al alcance de su mano, comiendo sólo con la

izquierda, manteniéndose alejado ' de las altas hierbas. Después de

almorzar, volvieron todos al trabajo. La vieja destilería estaba casi

derruida, y la madera recuperable yacía, polvorienta, bajo el sol de agosto.

  A las tres y media, Big Billie Cameron interrumpió su trabajo, se apoyó en

el pico y se pasó una mano por la frente. Humedeció con saliva una ligera

hinchazón en la muñeca y volvió a su trabajo: Cinco minutos después, se

irguió de nuevo.

  -No me siento bien -dijo a Patterson, que estaba junto a él-. Voy a

descansar un poco a la sombra.

  Se sentó al pie de un árbol y, al cabo de un rato, apoyó la cabeza entre

las manos. A las cuatro y cuarto, sin dejar de sujetarse la dolorida cabeza,

sufrió una convulsión y cayó de costado. Pasaron varios minutos antes de que

Tommy Burns lo advirtiese. Se acercó al capataz y llamó a Patterson.

  -Big Billie está enfermo -gritó-. No me contesta.

  Los otros interrumpieron su trabajo y se acercaron al árbol a cuya sombra

yacía el capataz. Sus ojos ciegos estaban fijos en la hierba, a pocos

centímetros de su cara. Patterson se inclinó sobre él. Durante sus largos

años de trabajo había visto más de un muerto.

  -Ram -dijo-, tú sabes algo de medicina. ¿Qué te parece?

  Ram Lal no necesitaba examinar al capataz, pero lo hizo.

  Cuando se levantó de nuevo, no dijo nada; pero Patterson comprendió.

  -Quedaos todos aquí -dijo, asumiendo el mando-. Voy a telefonear para que

venga una ambulancia y para avisar a McQueen.

  Echó a andar por el camino, en dirección a la carretera principal. La

ambulancia fue la primera en llegar, al cabo de media hora. Dio media vuelta

en el camino y dos hombres colocaron a Cameron en una camilla. Le llevaron a

Newtownards General Hospital, que era el más cercano para casos de urgencia,

pero ingresó cadáver. El preocupadísimo McQueen llegó treinta minutos

después.

  Como se ignoraban las causas de la muerte, había que practicar la

autopsia, y así lo hizo el patólogo de la zona de North Down, en el depósito

de cadáveres de Newtownards, donde había sido trasladado el cuerpo. Esto

ocurría el martes. Por la noche, el informe del patólogo fue enviado a la

oficina del instructor de North Down, en Belfast. Dicho informe no era nada

extraordinario. El interfecto era un hombre de cuarenta y un años, de

complexión robusta y sumamente vigoroso. Se observaban en el cadáver varios

pequeños cortes y contusiones en las manos y en las muñecas, todos ellos

propios de su oficio y que nada tenían que ver con la causa de la muerte.

Ésta había sido, sin lugar à dudas, una fuerte hemorragia cerebral, debida

probablemente a un esfuerzo excesivo en un tiempo sumamente caluroso. En

vista de este informe, el instructor no habría celebrado normalmente una

encuesta formal, dado que podía inscribirse la defunción por causas

naturales en el Registro Civil de Bangor.

Pero había algo que Harkishan Ram Lal no sabía.

  Big Billie Cameron había sido miembro destacado de la junta de la ilegal

Fuerza de Voluntarios del Ulster en Bangor, la más furiosa de las

organizaciones paramilitares protestantes. La computadora de Lurgan, por la

que pasaban todas las defunciones de la provincia del Ulster, por inocentes

que fuesen, sacó a relucir este dato, y alguien de Lurgan cogió el teléfono

y llamó a la Royal Ulster Constabulary de Castlereagh.

  Desde allí, alguien llamó a la oficina del instructor en Belfast, y se

ordenó una encuesta formal. En el Ulster, no basta con que la muerte sea

accidental, hay que demostrar que es accidental. Al menos, así lo creen

algunos. La encuesta se celebró, el miércoles, en el Ayuntamiento de Bangor.

Esto significó un grave quebranto para McQueen, pues asistieron los

inspectores del fisco. Y también lo hicieron dos hombres silenciosos de la

tendencia más extrema del consejo de la Fuerza de Voluntarios del Ulster.

Éstos se sentaron en el fondo de la sala. La mayoría de los trabajadores del

difunto lo hicieron en los primeros bancos, cerca de Mrs. Cameron.

  Sólo Patterson fue llamado para prestar declaración. A preguntas del

instructor, relató los sucesos del lunes, y, como nadie le contradijo, no se

llamó a ningún otro obrero, ni siquiera a Ram Lal. El instructor leyó en voz

alta el dictamen del patólogo, que era bastante claro. Cuando hubo

terminado, resumió el caso, antes de pronunciar su veredicto.

  -El dictamen del patólogo es inequívoco. Mr. Patterson nos ha explicado lo

acaecido durante la hora del almuerzo, la broma, quizá excesiva, gastada por

el interfecto al estudiante indio. Parece ser que a Mr. Cameron le dio tal

acceso de risa que llegó al borde de la apoplejía. El subsiguiente y arduo

trabajo, con el pico y la pala; bajo un sol abrasador, hizo lo demás,

provocando la ruptura de un vaso importante del cerebro o, como observa el

patólogo en un lenguaje más científico, una hemorragia cerebral. Este

tribunal expresa su condolencia a la viuda y a los hijos, y declara que Mr.

William Cameron falleció por causa accidental.

  En el prado que se extendía delante del Ayuntamiento de Bangor, McQueen

habló a sus braceros.

  -Voy a seros franco, muchachos -dijo-. Mantengo vuestros puestos de

trabajo, pero tendré que deduciros los impuestos y todo lo demás, ya que los

del fisco andarán detrás de mí. Mañana se celebrará el entierro; tendréis el

día libre. Los que quieran seguir en el trabajo, pueden presentarse el

viernes.

  Harkishan Ram Lal no asistió al entierro. Mientras se celebraba éste en el

cementerio de Bangor, tomó un taxi hacia Comber y pidió al conductor que le

esperase en la carretera, mientras él emprendía a pie el camino. El chófer

era de Bangor y había oído hablar de la muerte de Cameron.

  -Quiere usted presentarle sus respetos en el lugar del accidente,

¿verdad? -dijo.

  -En cierto modo, sí -respondió Ram Lal.

  -¿Es una costumbre de su pueblo? -preguntó el conductor.

  -Llámelo así, si quiere -contestó Ram Lal.

  -Bueno, no diré que sea mejor o peor que lo que hacemos nosotros, que

acompañamos al muerto a su tumba -dijo el chófer, disponiéndose a leer el

periódico mientras esperaba.

  Harkishan Ram Lal echó a andar por el camino hasta llegar al claro y se

plantó en el lugar donde había ardido la fogata. Miró a su alrededor: las

altas hierbas, las retamas y las aulagas, sobre el suelo arenoso.

  -Sisha serp -dijo, llamando a la oculta víbora-. ¡Oh, serpiente venenosa!

¿Puedes oírme? Has hecho ya lo que debías; por esto te traje de los montes

de Rajputana. Pero estaba previsto que también tú tenías que morir. Yo mismo

te habría matado, si todo se hubiese desarrollado según el plan trazado, y

habría arrojado tu cuerpo muerto al río. ¿Me escuchas, mortífero animal?

Entonces, óyeme. Podrás vivir un poco más, pero después morirás, como mueren

todas las cosas. Y morirás a solas, sin una hembra con la que aparearte,

porque no hay serpientes en Irlánda.

  La víbora escamosa no le oyó, o, si le oyó, no dio señales de haberle

comprendido. En lo más hondo de su agujero en la cálida arena, bajo los pies

de Ram Lal, estaba muy ocupada, completamente absorta en la realización del

trabajo que le había encargado la Naturaleza.

  En la base de la cola de las serpientes, hay dos placas superpuestas que

cierran la cloaca. La víbora tenía la cola erecta y sacudía el cuerpo

siguiendo un ritmo primitivo. Las placas se habían separado y, uno a uno,

envueltos en su bolsa transparente, de unos milímetros de longitud, pero tan

venenosos como sus antepasados, la serpiente, que era una hembra, echó doce

hijitos al mundo.

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