PRESA

Mariano Bertello                 

 

- Hola Cris.  le había dicho ella con total naturalidad. Él <p>ni siquiera escuchó a la mujer

 

acercarse, sin embargo esto no le extrañó, se encontraba abstraído en sus propios pensamientos. Era una mujer joven, tendría veintiséis o veintisiete años,

 

esbelta, de cabellos negros como la noche y de una mirada esmeralda que derretiría un témpano de hielo. En otras palabras, una verdadera belleza. Sin embargo

 

Cris no tenía idea de quién era ella. - Disculpa, ¿nos conocemos?- preguntó extrañado. - No, todavía no. respondió la desconocida. - Entonces, ¿cómo es

 

que sabías mi nombre?  dijo con un susurro, al tiempo que arqueaba

 

las cejas. - No lo sabía, pero escuché al cantinero cuando te saludó.- comentó ella, regalándole una sonrisa amplia y de una dulzura que Cris no había visto

 

en mucho tiempo. - Buen oído. - Para escucharte mejor.- sentenció.- Soy Miranda. A partir de ese momento los recuerdos de Cristopher Hoods se volvían borrosos

 

como si

 

mirara hacia ellos a través de un vidrio húmedo. Creía recordar que habían bebido un par de tragos y hablado de trivialidades como sus gustos sobre el cine

 

o la inclemencia del clima durante la última semana, pero no podía asegurarlo. Ahora se encontraban caminando lentamente bajo la luz enfermiza de una luna

 

anaranjada

 

que presagiaba lluvia en cualquier momento. A medida que pasaban los minutos, Cris se iba envenenando más y más con la intoxicante presencia de Miranda.

 

Sus cabellos lacios al viento desprendían una fragancia fresca y primaveral, su voz embriagante podía hacer sentar a un tigre de bengala a la primera orden

 

y su manera de caminar, felina y sugestiva, le haría levantar temperatura a un cardenal de la Iglesia.

 

- Cris, tengo un poco de frío- dijo ella en voz baja. Él se quitó su campera de jean y la colocó suavemente sobre los hombros

 

de Miranda. Ella atrapó con delicadeza el brazo izquierdo del joven y lo pasó detrás de su cuello. Segundos después se apretó lentamente contra el cuerpo

 

de Cris, él sintió que tocaba el cielo con sus manos. -" Eso es todo, amigos, me he enamorado".  pensó para sí mismo y esbozó una sonrisa

 

cálida. Fue exactamente en ese momento en que las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer sobre ellos. Se detuvieron momentáneamente bajo el alero de

 

un kiosco de revistas, el cual estaba cerrado ya a esa altura de la noche. - ¿Y ahora qué haremos?- preguntó Cris, aunque ya sabía la respuesta. - Podemos

 

ir a mi departamento, está solamente a unas cuadras de aquí. Cris volvió a sonreír. Reanudaron la marcha, primero caminando deprisa y luego, cuando las

 

gotas de agua golpeaban como clavos helados, casi corriendo. Al cabo de unos minutos llegaron al departamento, totalmente empapados. El edificio debía

 

de tener al menos unos cinco millones de años. Seguramente había sobrevivido

 

no sólo a las dos últimas guerras, sino también al diluvio universal. - "Dios Santo".  pensó Cris  "de seguro tendrá momias en el sótano." - Que no te

 

asuste, adentro no se está tan mal.- dijo ella, como si le hubiera leído la mente. - No hay problema.- comentó él despreocupado y entró a la oscuridad

 

del edificio siguiendo los pasos de su acompañante... Miranda tenía razón, el interior del departamento estaba realmente bien. Había dos dormitorios,

 

un living excelentemente amoblado con un pequeño hogar a leña, un baño y una gran cocina. Todo estaba impecablemente limpio y en el aire se respiraba un

 

raro olor a limón artificial. - Ponte cómodo.- dijo Miranda - Yo voy a cambiarme estas ropas mojadas. Una vez más Cris sonrió. Dejó caer su cuerpo en un

 

cómodo sofá de terciopelo azul, mientras en su cabeza comenzaban

 

a gestarse todo tipo de ideas que lo incluían a él, a Miranda y a dicho sofá. Notó con un poco de exaltación como las luces disminuían su intensidad y escuchó

 

los pasos de Miranda a sus espaldas. - ¿Quieres que encienda el hogar?- preguntó ella. - Por supuesto.- contestó Cris tratando de ocultar su estado de

 

nerviosismo. Miranda llevaba puesta una bata de color negro. No hacía falta ser adivino para saber

 

que no tenía nada más que eso encima. La bata le quedaba bastante ceñida al cuerpo, marcando una silueta que rayaba en la perfección. La chica tomó un mechero

 

eléctrico que descansaba en la mesa ratona con la mano derecha, mientras que con la izquierda rociaba un poco de alcohol sobre los leños. El fuego se encendió

 

al primer intento y Cris pudo sentir una oleada de calor diferente a

 

la que ya irradiaba su cuerpo. Miranda se incorporó y se dirigió al equipo de música que estaba en la pared opuesta. Segundos más tarde comenzó a sonar

 

una dulce melodía que Cris desconocía por completo. - Vivaldi  susurró ella, leyéndole la mente una vez más. - ¿ No te gusta? - Sí, está bien. Es que

 

estoy acostumbrado a cosas como AC/ DC o Metallica. - Todo un romántico.  comentó Miranda con ironía, y selló la frase con un beso. Con un movimiento rápido,

Cris aflojó el lazo de la bata, desnudando toda la hermosa humanidad de Miranda. Ella desgarró literalmente

 

la camisa escocesa de Cris y luego fue por el cinto de sus jeans, desabrochándolo con ductilidad. A la pálida y crepitante luz de las llamas sus cuerpos

 

desnudos se acariciaron con pasión

 

pero con dulzura, como si ambos estuvieran explorando terreno desconocido. Reían como niños alocados. Sin duda ella sabía cómo hacer su trabajo. Cris pensó,

 

en un rapto de lucidez tan fugaz como efímero, que nunca nadie lo había hecho sentir así, tan feliz, tan completo, tan humano. Fue precisamente en ese

 

mágico instante en el cual las cosas comenzaron a descontrolarse y terminaron yéndose al mismo infierno. La chica comenzó a contraerse mediante convulsiones

 

rítmicas sobre su cuerpo, las cuales iban en aumento. Segundos más tarde Miranda parecía poseída por un frenesí espeluznante. Cris no había notado cuán

 

largas eran las uñas de su compañera, hasta que éstas comenzaron a hacer jirones la piel de su espalda. Miranda gruñía, se agitaba, y su aliento se había

 

tornado pestilente, como si un animal muerto hubiese anidado en su boca.

 

Por primera vez en toda la noche, la sonrisa del muchacho estaba ausente, no había rastros de ella en su rostro. Asustado, trató de apartar el cuerpo de

 

la chica con un empujón, pero ella parecía sorprendentemente

 

fuerte, y no consiguió quitársela de encima. Una punzada de dolor apareció de repente en su hombro derecho, acompañada segundos después de una sensación

 

de calor y humedad. Esa fue la gota que derramó el vaso. Aplicó una violenta patada al cuerpo retorcido y sibilante que lo aprisionaba, y con una agilidad

 

digna de un gimnasta, dio un brinco hacia atrás, alejándose del sofá y de la mujer enloquecida. A tientas encontró el interruptor de la luz, y cuando ésta

 

iluminó la habitación, deseó nunca haberlo hecho... La parte superior de su pecho y parte de su brazo derecho estaban bañados en sangre, en

 

su sangre. Cortes y arañazos surcaban su cuerpo en todas direcciones como carreteras dibujadas por un niño. Un pedazo de carne le colgaba con un hilo de

 

piel desde el hombro, asemejando un pendiente macabro. Aún así, eso no era lo peor del asunto. Lo peor de todo era Miranda. II La Pelea Miranda se encontraba

 

semierguida, como una fiera agazapada esperando el mejor momento

 

para dar el zarpazo de gracia. No quedaba evidencia alguna de humanidad en su figura, toda la belleza de su rostro, la sensual armonía de su cuerpo y su

 

celestial encanto se habían esfumado como si nunca hubiera estado allí. En su lugar había ahora una aberración de la naturaleza, una monstruosidad de piel

 

cenicienta,

 

pómulos filosos, cabellos enloquecidos y mirada asesina. De su boca manaba un líquido rosado, mezcla de saliva y sangre, además de una larguísima lengua

 

bífida extraída de una pesadilla. Su dentadura era la de un tiburón, o la de un cocodrilo (Cris

 

no estaba seguro), con dientes amarillentos, puntiagudos y orientados en todas las direcciones posibles. Entre dos de ellos había un delgado hilo de carne

que logró horrorizar a Cris. De la frente de la muchacha

 

emergía un cuerno animal atravesando la piel de esa región con suma facilidad. Su espalda se había curvado, dejando a la vista una columna vertebral deforme

 

y macabra.

 

Cris retrocedía trastabillando, alejándose de la criatura como en sueños. Manoteó sus jeans con dificultad y antes de darse cuenta ya los tenía puestos.

 

"Excelente, estás a punto de ser devorado por un bicho y tú piensas en cubrirte las pelotas"- pensó para sí y tuvo que reprimir el impulso de soltar una

 

risita loca y enfermiza. Miranda, o lo que alguna vez había sido Miranda, lanzó un alarido haciendo volar pequeñas gotas de baba pegajosa y maloliente.

 

Miró fijamente a los ojos a Cris y avanzó un par de pasos hacia él. Esto hizo reaccionar al muchacho, quien tomó de la cómoda que estaba a su lado un pesado

 

libro con un sombrío payaso en la tapa. Lo arrojó con todas sus fuerzas hacia el monstruo que minutos antes le había dado un corto paseo por el paraíso.

 

El libro golpeó a Miranda en la frente, sin conseguir absolutamente nada más que hacerla enojar. A continuación la criatura se agachó para tomar impulso

 

y luego despegó del suelo con furia. Alcanzó a un inmóvil Cris en cuestión de milésimas de segundo, lo tomó por el cuello y lo hizo volar por toda la habitación

 

como si se tratara de un muñeco de trapo. Cris estaba mareado y confuso, sentía el corazón en la garganta y la sangre galopaba en

 

su sien como un caballo salvaje. "Debo salir de aquí, debo irme de aquí ahora. No sé qué diablos es esto, pero yo soy su presa" - pensó aterrorizado. El

 

monstruo le bloqueaba la entrada, por lo que rápidamente se dirigió la puerta más próxima a su derecha y la abrió de un tirón. Entró en la habitación oscura

 

casi corriendo

 

y tropezó con un bulto en el suelo. Sus manos buscaron el interruptor de la luz, al encontrarlo lo accionaron con violencia. Por segunda vez en la noche,

 

Cris deseó nunca haber prendido las luces. El cuarto estaba lleno de cuerpos mutilados y desgarrados, todos ellos masculinos y todos

 

ellos con orificios del tamaño de un puño en el pecho, a la altura del corazón. Había algunos decapitados y a otros les faltaban algunos miembros, también

 

había órganos y vísceras repartidas por el piso. Cris cayó de rodillas al suelo y vomitó sin poder contenerse. Había lágrimas en sus ojos

 

y el mundo le daba vueltas. En el cuarto había un olor repugnante, pero curiosamente no provenía de los cuerpos. En un rincón apilados, descansaban miles

 

de desodorantes ambientales en forma de pino, en algún momento habían tenido esencia de limón, pero ahora habían fusionado su aroma con el que despedían

 

los cuerpos putrefactos. Los golpes de Miranda contra la puerta lo devolvieron a la realidad. La terrible fuerza

 

de la criatura estaba venciendo los goznes del pórtico. Cris apoyó su cuerpo contra la fría madera a modo de barricada, sin embargo esto no duraría mucho

 

tiempo. Se dirigió hacia la ventana que estaba en la pared opuesta y trató de abrirla sin resultado. No sabía si estaba trancada o no podía abrirla a causa

 

de su desesperación. Respiró profundamente un momento y consiguió destrabarla. Miró hacia fuera y observó con satisfacción que había una escalera de emergencia.

 

Comenzó a descender por la misma con torpeza, resbalando cada dos o tres escalones. Cuando apoyó los pies en el pavimento helado y húmedo, sintió como un

par de pisos más arriba, la puerta finalmente caía bajo el peso de Miranda. Descalzo y

 

con frío empezó a correr por el callejón que daba la espalda al edificio. Había parado de llover, y la atmósfera era húmeda y pesada. Corría como un enajenado,

 

pisando vidrios, latas y cualquier cosa que hubiera en su camino. A su espalda, a unos veinte metros de distancia, sintió un chasquido de pies golpeando

 

contra el suelo y, aunque no volteó, sabía qué significaba. Miranda venía por él. La taberna de Mick Cris no sabía qué hora era, pero en la calle no

 

había un alma. No había vagabundos, ni drogadictos ni amantes, ni siquiera prostitutas sin suerte en esa noche. El muchacho deambulaba por un desierto

 

de granito y concreto. Gritaba pidiendo ayuda, pero nadie contestaba sus súplicas. Se dio cuenta de que nunca se había sentido tan solo. Alrededor de veinte

 

o treinta metros atrás, los sonidos guturales provenientes de la bestia

 

continuaban acechándolo, cada vez más cerca. Cris estaba exhausto, con cada minuto qué pasaba, sus piernas se hacían más y más pesadas, e inconscientemente

 

esperaba sentir como Miranda caía sobre él de un momento a otro. Pero todavía no, una llama diminuta de esperanza se encendió en el instante en que divisó

 

a la distancia un llamativo cartel de neón que rezaba: LA TABERNA DE MICK Nunca Cerramos Ya casi cojeando, se dirigió con lo último de sus fuerzas hacia

 

el lugar. Abrió la puerta con dificultad y tras atravesar el umbral se desplomó agotado. El lugar era un antro sucio y oscuro, sin embargo esta noche estaba

 

bastante concurrido, contrastando con la soledad de la calle. Un hombre corpulento lo ayudó a incorporarse. El tipo olía a sudor y a licor barato, pero

 

parecía amigable. - ¿Qué le ha pasado, hombre? ¿Y qué hace corriendo por la calle semidesnudo?- inquirió. - Viene tras de mí... la chica... es un monstruo...

 

quiere matarme y comerme como a

 

los demás... no la dejen pasar. - ¿Pero qué es lo que dice amigo? - Es un vampiro, o una mujer lobo... no lo sé, tiene cuernos y garras... y creo que se

 

come los corazones... - Bien hijo, ahora quédate tranquilo. Mi nombre es Mick, y ningún bicho del demonio entra en mi taberna. El hombre se puso serio

 

de repente y luego de apoyar a Cris contra una pared, se dirigió

 

velozmente hacia la barra del bar. Se inclinó por encima de ella y extrajo una escopeta de dos caños y un cuchillo de cacería. - Gary... - espetó, y cuando

 

éste se volteó le arrojó el cuchillo.  El tal Gary era un hombre albino delgado y de gran estatura, de alguna manera su aspecto era extraño y tenebroso,

Cris no

 

sabía bien por qué. Atrapó el cuchillo al vuelo con maestría y jugueteó con él entre los dedos de forma desinteresada. Al cabo de unos segundos se reunió

 

con Mick. Los hombres hablaron entre susurros y luego se dirigieron con paso seguro hacia la puerta de entrada. Cuando estaban sólo a unos metros de ésta,

 

la puerta estalló en mil pedazos, regando de

 

astillas a los clientes cercanos a ella. Miranda entró como una exhalación, rugiendo y arrojando manotazos mortales a todo lo que se le acercaba. La clientela

 

del bar, una veintena de personas, se alejó rápidamente de ella, aunque sorpresivamente no mostraba temor. La bestia se detuvo conmocionada, hipnotizada

 

por las estridentes luces del bar y por la

 

sensación de sorpresa que ahora la invadía. Ese instante infinitesimal de duda le costó la vida. Mick y Gary actuaron con solvencia y aplomo, como si hubieran

 

hecho esto un millón de veces. Mick se agachó, poniendo una rodilla en tierra, apuntaló la culata de la escopeta contra su hombro derecho y detonó el arma

 

dos veces, vaciando los cilindros. Los dos disparos fueron precisos, incrustándose en ambas rodillas del monstruo y haciéndole volar las dos piernas por

 

debajo del punto de impacto. La bestia cayó al suelo como una bolsa de ropa vieja y comenzó a agitarse en todas direcciones. Gary se acercó a ella con

 

la velocidad de un rayo, sujetó su cuello con su enorme mano izquierda y clavó el cuchillo de caza en el pecho del monstruo agonizante. Miranda lanzó un

 

alarido desgarrador, como si estuviera dando a luz. Luego Gary soltó el arma e introdujo la mano en la herida, sólo para arrancarle el corazón

 

a Miranda en cuestión de segundos. La criatura se sacudió brevemente, luego todo había terminado. Cris no lograba creer lo que había pasado ante sus ojos,

 

se sentía soñando, drogado o quizás muerto. Después de un pequeño lapso de tiempo, Mick se acercó a Cris y le sonrió. - No te preocupes, ya está.  le

 

dijo con voz tranquilizante. - ¿Qué harán con ella ahora? - Eso ya no es de tu incumbencia, muchacho, nosotros lo arreglaremos. - ¿Qué mierda era eso de

 

todos modos? - Ella era un demonio, una criatura enviada desde el infierno para robar almas de humanos. - ¿Cómo lo sabe? - Sé muchas cosas, te sorprenderías.

 

- Pensé que era un vampiro. - Oh no, no, no mi querido Cris, los vampiros no desgarramos ni arrancamos corazones,

 

eso hace perder una enorme cantidad de valiosa sangre... Mick ahora esbozaba una sonrisa maligna y tenebrosa, plagada de colmillos espeluznantes. Sus orejas

 

se habían vuelto demasiado puntiagudas y sus ojos revestían un brillo carmesí. A su espalda, los clientes del bar se acercaban silenciosamente. Todos ellos

 

tenían ahora

 

facciones similares a las de Mick, exhibiendo una dentadura animal y sombría. Parecían desplazarse como flotando sobre el suelo. Gary sobresalía por encima

 

de todos, lamiendo el cuchillo de caza con una lengua negra y hedionda.  Cris comprendió todo de repente, y un horror frío inundó su cuerpo como un río

nocturno. Esta vez no había salida, esta vez

 

todas las puertas se habían cerrado, esta vez la presa no tenía escapatoria. Una dentellada cálida y pútrida en el cuello fue lo último que sintió Cristopher

 

Hoods,

 

mientras su vida se apagaba como una antorcha en la tormenta...  Fin

 

 

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