De los escarmentados nacen los avisados
Era Don Calixto un caballerete cordobés, gracioso, bien plantado y con
algunos bienes de fortuna.
Muchas mocitas solteras de Sevilla, donde él estaba estudiando, se
afanaban por ganar su voluntad y conquistarle para marido; pero la empresa
era harto difícil.
Don Calixto, y no sin fundamento, pasaba por un desaforado mariposón,
seductor y picaruelo. Iba revoloteando siempre de muchacha en muchacha, como
las abejas y las mariposas revolotean de flor en flor, liban la miel y sólo
por breves instantes se posan en algunas.
La linda señorita Dª Eufemia tuvo más maña y arte que otras y logró hacer
en el corazón de nuestro héroe la herida amorosa más profunda que hasta
entonces había traspasado sus entretelas llegando a lo más vivo.
Él, sin embargo, como travieso que era, si bien ponderaba a la niña su
mucho amor y le pedía y aun le suplicaba que de aquel mal le curase, siempre
hablaba de la cura, pero no del cura.
Acudía a hablar por la reja con la señorita doña Eufemia; le aseguraba que
tenía por culpa de ella, en su lastimado pecho, no uno sino media docena de
volcanes en erupción; le rogaba que apagase sus incendios y que mitigase sus
estragos, y lo que es de casamiento no decía ni daba jamás palabra.
Así se pasaban meses y meses; los novios pelaban la pava todas las noches
sin faltar una; pero el asunto permanecía siempre sin adelantar, ni por el
lado de la buena fin, ni tampoco por el lado de la mala.
Cuando él excitaba a su novia para que no se hiciese de pencas y fuese
generosa y se ablandase y cediese, ella, o se enojaba porque él le faltaba
al respeto y mostraba que no tenía por ella estimación, o bien derramaba
amargas lágrimas y exhalaba suspiros y quejas considerándose ofendida.
Con mil variantes, porque tenía fácil palabra y sabía decir una misma cosa
de mil modos diversos, la niña solía contestar sobre poco más o menos lo que
sigue:
-¡Huy, huy, Sr. D. Calixto! ¿Qué es lo que usted me propone? En el
silencio de la noche, en la más profunda soledad, nunca estamos solos: Dios
nos mira; Dios está presente y no podemos ni debemos ofender a Dios. Mi
honra, además, está pura e inmaculada; está por cima de todo; hasta por cima
del inmenso amor que usted ha logrado inspirarme. Y vamos... ¿qué diría
usted de mí si yo en lo más mínimo faltase a mi deber, echase a rodar mi
decoro y me olvidase de la honestidad y del recato con que me ha criado mi
cristiana y severa madre? ¡Jesús, María y José! La cara se me caería de
vergüenza si yo fuese liviana. Con sobrada razón me despreciaría usted
entonces. Haría usted muy bien en abandonarme y en huir de mí como de una
criatura depravada y viciosa.
En fin, Doña Eufemia, con estas y otras frases se defendía todas las noches
muy lindamente, aunque, para no descontentar al novio y retenerle cautivo,
te otorgaba de vez en cuando y en sazón oportuna, tal cual favorcito,
delicado, puro y semiplatónico, como, por ejemplo, abandonarle una de sus
blancas y suaves manos, para que él la besase, la acariciase y la tuviese
apretada entre las suyas, llegando, en algunos momentos de muy fervorosa
pasión, a acercar ella, por entre los hierros de la reja, la virginal y
tersa frente, a fin de que él, sin detenerse mucho y al vuelo, pusiese en
ella los labios, imprimiendo un ósculo casi místico, con veneración devota,
como quien besa una reliquia.
En suma, Dª Eufemia lo manejó todo tan bien, que D. Calixto, cada día más
deseoso y emberrenchinado, acabó por hablar del cura y por proponer el
casamiento.
Ella, que no deseaba otra cosa, se mostró llena de gratitud y de amor.
A pesar de todo y a pesar de la grande impaciencia que D. Calixto
manifestaba, Eufemia redobló su austeridad y nunca quiso consentir en
favores de más cuenta que los aquí mencionados hasta que al novio y a ella
les echase el cura las bendiciones.
Llegó al cabo el suspirado día. El cura se las echó. Don Calixto y Doña
Eufemia fueron marido y mujer.
Aquella noche, muy tarde, casi ya de madrugada, Don Calixto dijo
enternecidísimo a su adorada esposa:
-Bien hiciste, dueña mío, en no ceder a mis ruegos. Yo te adoro, pero, si
hubieras cedido, hubiera dejado de adorarte, te hubiera despreciado y te
hubiera plantado.
Ella, al oír esto, hizo a su marido mil amorosas y conyugales caricias,
murmurando palabras ininteligibles y como quien reza. Tal vez daba gracias
al cielo por el triunfo que habían obtenido su honestidad y su recato.
Hay, sin embargo, quien asegura que lo que ella dijo entre dientes y él no
pudo entender fue:
-Grandísimo tonto, pues por eso no cedí yo antes, porque ya había cedido a
siete y los siete me habían plantado.
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