Doña Mariquita y
su cigarrillo
Sembrad en los niños la idea, aunque no la
entiendan: los años se encargarán de descifrarla en su entendimiento y hacerla
florecer en su corazón.
Había
en casa de mis padres un bonito jardín, que separaba la cuadra y cochera del
resto del edificio. Levantábase en el centro una
glorieta circular, y salían de ella varias callecitas sombreadas por parras y
rosales, que iban a terminar en preciosos arriates, caprichosamente cerrados
con verjas. En uno de éstos, en que no habían sembrado planta ninguna, guardaba
yo dos cabritas, regalo de mi abuela, de quien siempre fui el nieto predilecto.
Estos inofensivos animalitos tenían un
enemigo encarnizado en la persona de Doña Mariquita,
anciana ama de llaves, que desempeñaba este cargo en mi casa hacía veintidós
años. Según ella, nada bueno podía esperarse de unos animalitos, que tenían con
el diablo el peligroso punto de contacto de poseer como él cuernos y rabo.
Mis relaciones con DOÑA Mariquita
no eran muy cordiales: la disciplina doméstica, quebrantada a veces por mis
cabras, y sobre todo, un individuo de la raza felina, un gato pardo, llamado Pilitón, en quien tenía ella puestos sus cinco sentidos,
eran entre nosotros la manzana de la discordia. Solía yo cogerle por una pata
sin el menor miramiento, y haciéndole sentar sobre sus cuartos traseros, le
preguntaba muy serio:
-Pilitón...
¿quieres ir a la escuela?
Pisábale entonces
el rabo con disimulo, y Pilitón mayaba furiosamente.
-¿Lo ves? -gritaba yo a DOÑA Mariquita- ¿lo ves como Pilitón
es un flojo que no quiere estudiar?...
Doña Mariquita
corría detrás de mí, llamándome Nerón, y yo me refugiaba en cualquier asilo,
mientras el señor Pilitón se atusaba los bigotes,
erizados de cólera por mi falta de respeto a las conveniencias sociales.
Un día vino a verme mi amigo Juan Manuel, y
entre los dos cometimos una iniquidad horrible, que tuvo a poco providencial
castigo: atamos al rabo de don Pilitón un triquitraque
de a dos cuartos, y le prendimos fuego. El pobre animal huyó desatentado a
refugiarse entre las enaguas de su dueña, que a poco más se inflaman, como se
inflamó su cólera al ver chamuscado el rabo de su gato.
Presentose a mi
madre pidiendo justicia, y en un enérgico discurso probó hasta la evidencia mi
complicidad en el atentado; y extendiéndose luego sobre el influjo de las malas
compañías, vaticinó mi pronta e inevitable muerte en lo alto de un patíbulo, si
continuaba siendo el Orestes de aquel maléfico Pilades,
tan aficionado a la pirotecnia.
Asustó a mi madre la profecía, y me sentenció
a tres días de encierro, en un cuarto que llamaban la alcoba oscura. Durante mi
cautiverio ocuparon varias ideas mi mente: pensé primero hacer una cuelga general
de amas de llaves, pendientes todas de rabos de gatos: proyecté después
escribir un libro como Silvio Pellico, que llevase por título Mis prisiones; y
decidí, por último, dedicarme a la cetrería, cazando moscas, que con un
papelito puesto por cola, hacía volar por el cuarto.
Esta aventura me hizo variar mis relaciones
diplomáticas con el señor Pilitón: dejé la franca
política de los beduinos del Sahara, y sin haber leído a Maquiavelo,
adopté la astuta y tortuosa política florentina. Hacíale
mil caricias y fiestas delante de su dueña, y me las pagaba todas juntas cuando
lo cogía a solas. Doña Mariquita era poco filóloga:
por eso las quejas de don Pilitón eran oídas, mas no entendidas.
Un día (día aciago por cierto), cosía doña Mariquita, sentada junto a una ventana que daba al jardín: Pilitón reposaba tranquilamente a su lado, y colocada entre
ambos había una cestita de mimbres, en que se hallaban las llaves del comedor,
la calceta de DOÑA Mariquita, y... unos cuantos
cigarrillos de papel. Porque, fuerza es confesarlo: doña Mariquita
tenía la debilidad, extraña en su sexo, de fumar como un coracero.
Yo me acerqué a don Pilitón,
para hacerle mis acatamientos, y conquistarme así la benevolencia de su dueña,
que tenía en depósito una bandeja de riquísimos piñonates, regalo de unas
monjas que socorría mi madre. No sé lo que por mí pasó entonces; pero sin duda
debió de ser tentación del enemigo. Es lo cierto, que, sin saber cómo, se
introdujo mi mano en la cestita, y se apoderó de uno de aquellos cigarrillos,
sin que don Pilitón ni su dueña cayesen en la cuenta.
Corrí entonces al jardín, a esconderme en el
cercado de mis cabras, para fumar, sin testigos, el cigarrillo de DOÑA Mariquita, primero que se posaba en mis labios. ¡Pero cuál
no sería mi sorpresa, cuál no sería mi terror, cuando al aplicarle un fósforo,
que de paso cogí en la cocina, vi salir una atroz
llamarada, que me chamuscó las narices!... Caí sentado del susto, y creí por un
momento que el Vesubio vomitaba sus llamas y su lava
por la punta del cigarro.
Acudió a mis gritos Tomás el cochero, y la
misma DOÑA Mariquita llegó presurosa, preguntando qué
me sucedía. Mi horror natural a la mentira me hizo confesar mi culpa, al mismo
tiempo que mi desgracia. Asombrada DOÑA Mariquita,
abrió uno a uno sus cigarros, y encontró en dos de ellos una poquita de
pólvora, hábilmente colocada en la cabecilla.
Hiciéronse
pesquisas para averiguar quién era el bárbaro nihilista que, apuntando a las
narices de DOÑA Mariquita, había chamuscado las mías,
y resultó al fin culpable mi amigo Juan Manuel, que, huésped el día antes en mi
casa, había aplicado sus conocimientos pirotécnicos a los cigarros de la
pacífica vieja.
Doña Mariquita, que
tenía la cara más fea que he visto, y el alma más hermosa que he conocido, perdonó
generosamente al culpable: me puso un pañito de árnica en la quemadura, y
aquella noche, después de rezar conmigo esas mismas oraciones que tantas veces
he rezado yo contigo, me contó el siguiente cuento, mientras el sueño no acudía
a mis ojos, espantado por el gran escozor que mortificaba mis narices.
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