EL CERDO ENCANTADO
Cuento rumano
Érase una vez un rey que tenía tres hijas, vivían apaciblemente, hasta que un día se declaró la guerra a las puertas del país. El rey decidió combatir,
mandó a llamar a sus hijas y les dirigió estas palabras:
-La guerra me reclama. El enemigo se acerca al Reino y su ejército es numeroso. Siento tener que dejaros. Cuidaos durante mi ausencia, sed siempre corteses
y estad atentas al patrimonio de esta casa. Haced en ella lo que mejor os parezca, recorredla a vuestro antojo, pero no entréis en la habitación que se
abre al fondo del pasillo, a la derecha, u os ocurrirá una gran desgracia. Tal es mi advertencia.
-Así será- respondieron de inmediato las hijas del rey-. Nunca os hemos desobedecido. Id en paz y que el Cielo os otorgue la victoria.
Una vez listo su equipaje, el Rey insistió en sus consejos y luego, entre besos y llantos, la primogénita recibió las llaves de la casa y la familia
se separó. Al principio, las princesas no sabían qué hacer para alejar la tristeza. Luego fueron pasando los días, entre juegos en el jardín, lecturas
y trabajo. Pero, poco a poco, la curiosidad hacía su labor...
-Hermanas- dijo un día la mayor-, cosemos, hilamos y leemos desde el alba hasta el crepúsculo. El jardín nos lo sabemos de memoria. Hemos recorrido
todo el palacio, y admirado todos sus muebles y ornamentos. ¿Por qué pararnos aún a la puerta del cuarto prohibido? ¡Entremos!
-No- replicó la menor-. No olvidemos la promesa que hicimos a nuestro padre: sus razones tendría.
-Sin embargo- insistió la mediana-, no se nos va a caer el mundo encima si rompemos la promesa. Esta habitación no alberga monstruos ni dragones y,
por otra parte, ¿cómo sabrá padre que le hemos desobedecido?
Así hablando, las princesas fueron recorriendo los pasillos del palacio. De pronto se encontraron ante la puerta misteriosa. Como un rayo, la mayor
deslizó la llave en la cerradura, giró la manecilla y ... cuál no fue su sorpresa al ver ante ella un salón vacío, sin más decoración ni mobiliario que
una pesada mesa, alzada en el centro, y cubierta por un espléndido paño sobre el que reposaba, abierto, un gran libro. Se acercó a él y leyó:
-La primogénita de las hijas del Rey será esposa de un príncipe llegado del Este.
Se acercó la segunda de inmediato, se inclinó sobre el libro y leyó a su vez:
-La hija segunda del Rey será la esposa de un príncipe llegado del Oeste.
La más pequeña se negó a imitar a sus hermanas, pero ellas la enredaron y arrastraron hasta la mesa, se asustó y, volviendo la página, leyó con un hilo
de voz:
-La hija menor del Rey será la esposa de un cerdo llegado del norte.
Un rayo no la hubiera golpeado con más fuerza. Se desmayó, y sus hermanas tuvieron que sostenerla para que no se cayese al suelo. Intentaron darle ánimos:
-¿Cómo puedes creer esas tonterías? ¿Se ha visto alguna vez que una princesa se case con un cerdo? ¡No seas niña! ¿Crees que nuestro padre no tiene
soldados para rechazar a esa repugnante criatura y disuadirla de cortejarte?
La joven princesa fingió tranquilizarse, pero sentía el corazón oprimido. No podía olvidar el libro que auguraba tan agradable porvenir a sus hermanas
y tan terrible a ella. ¿Por qué había traicionado a su padre? Cayó enferma, y, a los pocos días, estaba desconocida, pálida y triste; ya no volvió a jugar
en el jardín ni a cantar mientras cosía.
Entre tanto el Rey venció al enemigo y volvió a su palacio a toda prisa, porque le pesaba la ausencia de sus hijas. Su vuelta fue celebrada con címbalos,
pífanos y tambores: tan grande era la alegría de su pueblo; luego las tres hijas llegaron hasta él, y su felicidad fue grande también al verlas contentas
y lozanas, ya que la pequeña había sabido ocultar su dolor.
Pero el rey sospechó pronto que algo extraño la aquejaba: estaba delgada y melancólica. Pronto cayó en la cuenta de todo. Llamó a sus hijas y les exigió
la verdad. Ellas confesaron lo ocurrido, aunque sin precisar cuál de las tres había arrastrado a las otras. El Rey montó en cólera; pero nada ni nadie
hubiera podido ya cambiar el curso de las cosas.
Casi habían olvidado todos el asunto cuando, una mañana, llegó del Este un príncipe que pidió la mano de la hija mayor. Le fue concedida, se organizó
un gran banquete de bodas, hubo fiestas durante tres días y tres noches, y la joven pareja partió feliz. Acudió luego un príncipe del Oeste, y pidió casarse
con la segunda, que también se ausentó con él.
La pequeña, entonces, se puso aún más triste. Veía cómo el libro había indicado el porvenir con exactitud. Dejó de comer, se negó a vestir con elegancia
y decidió que era preferible la muerte a ser la burla de todo el Reino. Su padre, cariñoso, intentaba consolarla como podía.
Pasó el tiempo y, un buen día, llegó del Norte un cerdo enorme y pidió audiencia:
-La bendición sea con vos, ¡oh Rey! -dijo- ¿Próspera sea vuestra vida, y brille como el alba de los días claros!
-Me alegra verte, amigo mío -contestó el Rey-.Pero dime: ¿qué azar te ha traído hasta aquí?
-Vengo a haceros una petición de matrimonio.
El Rey se extrañó mucho de aquellas palabras tan educadas, y comprendió que el animal escondía algún misterio. Iba a convencerlo de que abandonase
sus proyectos cuando notó, estupefacto, que el patio del palacio y las calles resonaban con todos los gruñidos imaginables. ¡Todos los cerdos del mundo
se habían reunido en la ciudad! No tuvo más remedio que ceder ante la insistencia de su huésped, quien le hizo jurar que la boda se celebraría aquella
misma semana. El Rey llamó a su hija y le aconsejó someterse a su destino, porque no podía hacerse otra cosa. Y le dijo:
-Hija mía, este cerdo no es como los otros. Creo que no nació cerdo. Hay algo mágico en él. Haz lo que te pida y el Cielo te ayudará.
-Si ese es vuestro parecer, padre, obedeceré -respondió ella.
Se celebró la boda, y los esposos salieron del palacio en carroza. De pronto, en el camino, el cerdo ordenó al cortejo que se detuviera, bajó del coche
y fue a revolcarse en el fango de una charca; luego volvió a su sitio y pidió a su esposa que lo besara. ¿Qué hacer? La princesa recordó las palabras de
su padre, limpió con su pañuelo la jeta del puerco y depositó en ella un beso.
Era noche cerrada cuando llegaron a la casa del cerdo, en lo más espeso del bosque. Reposaron un poco del cansancio del viaje, y cenaron para luego
ir a acostarse, en circunstancias que trastornaron a la princesa: ¡la oscuridad acababa de transformar al cerdo en hombre! Pensando en su padre una vez
más, tuvo valor para tomarse la cosa con paciencia. Al repetirse el milagro cada noche, acabó enamorándose de su marido.
Pero una hermosa mañana, estando sola, vio pasar a una bruja. Se sintió muy agitada, porque hacía mucho tiempo que no veía a un ser humano. Llamó a
la vieja y se puso a hablar con ella. Supo así que conocía el arte de la magia y el secreto de las plantas.
-Decidme -preguntó-:¿por qué mi marido es cerdo de día y hombre de noche? ¿qué debo hacer?
-Si lo deseas- respondió la bruja-, te daré la hierba que rompe su hechizo. Toma esta raíz, pero no se lo digas, porque perdería su poder mágico. Esta noche,
cuando duerma, levántate con cuidado y rodea con ella su pie izquierdo. Así conservará su forma humana desde el amanecer. No te pido recompensa alguna;
sólo me interesa la alegría de hacerte dichosa.
Así lo hizo. La princesa escondió la raiz y esperó la caída de la noche; luego, con el corazón palpitante, se levantó furtivamente, la cogió, e intentó
atarla al tobillo de su marido. Pero apretó demasiado y la raíz, que estaba podrida, se partió.
-¡Desgraciada! -gritó su marido despertando-. ¿Qué has hecho? ¡Sólo me faltaban tres días para verme libre del sortilegio que me domina! Pero ahora,
¿cuánto tiempo tendré que soportarlo todavía? Ya no volverás a verme hasta que hayas gastado tres pares de zapatos de hierro y un bastón de acero.
Y desapareció
Al principio, la princesa derramó lágrimas amargas, pero al fin se doblegó ante los acontecimientos. Compró tres pares de zapatos de hierro y un bastón
de acero y se puso en camino. Atravesó nueve mares y nueve continentes, surcando bosques espesos, poblados de troncos tan anchos como toneles, cuyas ramas
y espinas le arañaban el rostro y las manos; pese a todo, prosiguió su viaje sin parar. Agotada y desbordada por la pena, aunque todavía con la esperanza
prendida al corazón, llegó al fin junto a una casa. Era la morada de la Luna.
La princesa llamó a la puerta y solicitó posada. La madre de la Luna, viendo su triste aspecto, se apiadó de ella y la rodeó de cuidados. Así pasaron
unas semanas, y la princesa dio a luz a un niño. Entonces la madre de la Luna le preguntó:
-¿Cómo has conseguido, siendo mortal, llegar hasta la casa de la Luna?
La princesa le contó su historia y añadió luego:
-Toda mi vida agradeceré a la providencia el haberme conducido hasta aquí, y a ti el haberme amparado junto con mi hijo. Pero te pido un último favor: ¿sabe
tu hija, la Luna, dónde está mi marido?
-No -dijo la diosa-, pero sigue tu camino hasta la casa del Sol, pregúntaselo a él, y te dirá lo que sepa.
Dio luego a la princesa un pollo asado para su alimento y le recomendó que no perdiese ningún hueso, pues podrían serle de gran ayuda.
La princesa dio las gracias a la diosa, tiró el primer par de zapatos de hierro, ya gastados, reunió los huesos del pollo en un paquetito, que introdujo
en un saco, sentó a su hijo en un brazo, agarró el bastón y se fue.
Recorrió infinitos desiertos, de tan penosos caminos, que avanzar un paso le costaba dos; montañas escarpadas, cuyos picos y barrancos la agotaron;
luego pantanos y collados gélidos, y precipicios que bordeaba con la ayuda del bastón, a veces de rodillas, o apoyada en las manos, con los pies heridos
y las piernas magulladas.
Llegó por fin a la morada del Sol, llamó a la puerta y pidió asilo. Asombrada de ver a una mortal tan lejos de las orillas terrestres, la madre del
Sol se apiadó al oír la historia de la princesa. Tras lo cual, habiendo prometido interrogar a su hijo, la escondió en un sótano de la mansión, para que
el Sol no la viera a su regreso; porque su humor era melancólico al atardecer.
Al día siguiente, la princesa temió un revés de fortuna, pues el Sol había adivinado una presencia extraña en su casa. Pero su madre lo apaciguó, y
la princesa, animándose, le preguntó:
-¿Por qué está el Sol de mal humor? Es tan hermoso y tan bueno según los mortales...
-Es caprichoso -dijo ella-. Por la mañana, a las puertas del Paraíso, es feliz y sonríe al Universo; pero, a medida que transcurre el día, observa
las malas acciones de los hombres y se vuelve huraño. Abrasa entonces su calor. Por la tarde, al llegar a las puertas de la Muerte, está triste y contrariado.
Y con ese ánimo vuelve aquí.
La diosa añadió que había preguntado al Sol por su marido y que había manifestado saber de él menos que el Viento, al cual debería dirigirse la princesa.
Dio luego a la joven un pollo asado para su sustento, y le aconsejó que no perdiera ningún hueso. Ella lo guardó en el saco, tiró el segundo par de
zapatos, ya gastados, sentó en un brazo a su hijo, cogió el bastón y partió a buscar al Viento.
Esta vez su camino fue terrible, porque hubo de atravesar montañas de sílex y pizarra, de las que brotaban llamas y humaredas, bosques que el hombre
jamás había pisado y terrenos de hielo y nieve cortados por los aludes. La pobre mujer vio cercana la muerte más de una vez; pero conservó el ánimo y
acabó dando con una enorme gruta, abierta en la ladera de la montaña. Allí vivía el Viento. Había una puerta en el cercado y la princesa llamó, pidiendo
albergue. La madre del Viento se apiadó de ella, la acogió y la ocultó a la presencia de su hijo.
Al alba, la princesa supo por la diosa que su marido vivía en el bosque espeso, en una choza de troncos y ramas. Y allí se mantenía apartado de toda
humana criatura.
La madre del Viento le dio un pollo asado para su sustento, encargándole que no perdiera ningún hueso. Le aconsejó luego que buscase la Vía Láctea,
que atraviesa cada noche el cielo, y que la siguiera hasta el final.
La princesa dio las gracias a la vieja y prosiguió el viaje sin detenerse, ni de día ni de noche, con el recuerdo de su marido siempre vivo en ella.
Y así siguió andando, hasta que se deshicieron los últimos zapatos. Los tiró y continuó descalza, ignorando las ciénagas, las espinas que la arañaban,
y las piedras que la herían. Llegó un día a una feraz pradera que bordeaba el bosque, y la belleza de sus flores y la frescura de su hierba la conmovieron.
Pero al oír entre los árboles el reclamo amoroso de los pájaros y sus respuestas, lloró largamente; sentó al hijo en su brazo, empuñó el bastón cargó con
el saco de huesos y se adentró en el bosque.
Durante tres días y tres noches no encontró nada. Estaba muerta de hambre y desesperación y hasta su bastón, desgastado por tantos caminos, le resultaba
inútil. De pronto, entre una maleza más espesa que las otras, vio la extraña choza descrita por la madre del Viento. No tenía ventanas y la puerta se abría
en el tejado. La princesa buscó alguna escalera para entrar, pero no la encontró. ¿Cómo subir? Reflexionó, volvió sobre sus pasos, intentó escalar por
la fachada... pero en vano. Entonces se acordó de los huesos y se dijo:
"No me habrían aconsejado conservarlos si no hubiera una buena razón para ello. ¿Cómo podrían serme útiles?"
Abrió el saco y, tras pensar unos instantes, unió dos huesos por sus extremos, comprobando con sorpresa que se soldaban con firmeza. Siguió ensamblando
huesos hasta hacer dos varas tan altas como la casa. Las adosó a la fachada, a un metro de distancia una de otra, y las unió con sucesivos escalones, por
los que subió hasta el tejado, muy cerca ya de la puerta. A punto de alcanzarla, notó que le faltaba un hueso para armar el último escalón. ¿Qué hacer?
La princesa tuvo una idea repentina. Sacó el cuchillo, se cortó el dedo meñique, y lo colocó en lo alto de la escala, comprobando que se unía con fuerza
a los demás huesos. Ya en la choza, encontró todo en orden, comió algo, instaló a su hijo en una artesa puesta en el suelo, y al fin pudo sentarse.
Cuando el cerdo volvió a casa, se sobresaltó al ver la escala de huesos apoyada en su choza, con un dedo meñique en lo alto. Comprendió que algo sobrenatural
había ocurrido y estuvo a punto de volverse; pero se le ocurrió algo mejor: se transformó en paloma para evitar toda la influencia maléfica y cruzó la
puerta sin tocar la escalera. Vio en seguida a la princesa, acunando al niño. Al verla tan agotada por todo lo que había padecido por él, su corazón brincó
de amor y se le llenó de tal piedad que, en un segundo, recobró su forma humana.
La princesa no le conoció y se asustó. Pero su marido se dio a conocer y al punto ella olvidó todas sus desgracias. Era un hombre apuesto y fuerte
como un roble. Se sentaron juntos y ella le contó su historia, que lo colmó de ternura. Él afirmó luego:
-Yo también soy hijo de un Rey.
-Un día - prosiguió-, mientras mi padre luchaba con unos dragones que infestaban la comarca, herí al más joven. Su madre, una hechicera, me transformó
en cerdo. Fue ella la que disfrazada de anciana, te aconsejó que ataras mis tobillos, prolongando así durante tres años mi apariencia animal. Los dos hemos
sufrido ya bastante. Hemos vuelto a encontrarnos: olvidemos el pasado.
Se besaron, contentos, y a la mañana siguiente se levantaron temprano para dirigirse al país del príncipe. El pueblo acogió a la pareja con la mayor
alegría, la reina y el rey sonrieron felices y se hicieron fiestas durante tres días y tres noches.
Luego fueron al país de la princesa, dejando al padre maravillado. Y habiendo oído las andanzas de la hija, recordó él:
-Ya te predije que esta criatura no había nacido cerdo. Hiciste bien al creerme.
Y como el Rey llegaba al término de sus días y no tenía heredero varón, instaló en el trono a su yerno. El joven soberano gobernó como sólo saben hacerlo
los que han sufrido mucho. Si de verdad existe su país, en él reina aún con bondad y sabiduría.
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