El monaguillo
I
El pueblo aquel era de tan escasa importancia
que sólo conocían su nombre sus habitantes y algunos de los que vivían en los
lugares más cercanos. Tenía una plaza grande, pocas calles, cortas y estrechas,
un paseo con dos docenas de árboles y
una fuente, un convento ruinoso y una iglesia. Ésta era bastante espaciosa, con
columnas de piedra, ventanas con cristales de colores, rotos los unos y sucios
los otros, varios altares con imágenes de escaso mérito, lámparas de cristal o
de metal dorado, cuatro arañas antiguas, floreros adornados con rosas y
azucenas hechas por manos más piadosas que hábiles y algunos bancos de madera
que ocupaban los días festivos las mujeres y los niños, porque eran contados
los hombres que iban a oír misa en aquel lugar.
El retablo del altar mayor, medio borrado ya
por la acción del tiempo, representaba la Anunciación y casi lo ocultaba una
Virgen de talla, con el niño Jesús en los brazos, que tenía delante. Llevaba la
imagen una corona de plata sobre sus negros cabellos e iba vestida con una
túnica azul y un manto encarnado, obra todo de un escultor notable, aunque de
nombre desconocido. El rostro de la Virgen era muy bello, lleno de dulzura y
mansedumbre. Miraban sus hermosos ojos al divino infante y algunos ángeles
estaban a los pies del grupo del que eran ornato y complemento.
A los dos lados del altar había muchos
exvotos de cera, y sobre él dos candelabros y algunos jarrones y vasos con
flores naturales. En aquella iglesia había poco culto; una misa a las seis y
otra a las nueve, una función solemne a mediados de mayo en que se celebraba la
fiesta principal del pueblo y una novena los días anteriores costeada por las devotas del lugar, sin
sermón y sin música.
De aquella iglesia era monaguillo hace algunos
años un muchacho llamado Miguel, sobrino de un artista poco afortunado, que no
habiendo podido encontrar quien comprara sus obras, se había refugiado en aquel
pueblo donde tenía una casa que heredó de su madre y algunos amigos de la
infancia. Su albergue no podía ser más modesto; se componía de un portal
estrecho y largo, una cocina que servía de poco, pues en ella apenas se guisaba
y por falta de leña resultaba tan triste como fría, una salita en la que el
hombre trabajaba y una alcoba en la que dormían los dos. Detrás de la casa
había un patio con una parra, un pozo y un banco de piedra. Ni una flor crecía
en él, nada que lo animase y embelleciese.
II
El artista, que era un escultor, había
renunciado hacía tiempo a sus estatuas y se dedicaba a hacer figuritas de cera,
que no siempre vendía y los exvotos que para la iglesia le encargaban. Era un
hombre malo y descreído que sólo había consentido en que su sobrino, que era
huérfano de padre y madre, pasara gran parte del día en la parroquia y al servicio
de ella, porque el señor cura le daba de comer y porque sacaba algunos cuartos de las propinas que nunca le faltaban
en bautizos, bodas y funerales. Así el muchacho no le era gravoso y en los
ratos que le tenía en su casa le enseñaba a hacer figurillas de barro y de
cera, prometiendo él, a pesar de sus pocos años, llegar a ser un buen escultor.
-Tío, dijo un día Miguel al artista, si
vendieras velas en vez de estatuas, sacarías más provecho, porque son muchas
las que llevan a la iglesia y arden en ella todos los días.
-¿Y qué falta hacen esas velas allí?-
Preguntó el escultor.
-Casi todas se las ponen a la Virgen del
Amparo.
-De esa cera que se consume podría yo hacer
muchas maravillas. ¿No sería bastante que alumbrasen el altar con una lamparilla
o dos?
-No, tío; cuando hay muchas velas encendidas
la Virgen está más hermosa y parece que el niño se sonríe. La iglesia está
alegre, brillan más los candelabros, adornan más las flores y hasta se me
figura que se reza mejor allí. La luz de las lamparillas es triste y cuando
oscila desfigura las imágenes. No me da miedo quedarme sólo en la iglesia
cuando arden los cirios, pero cuando no están encendidas más que las
lamparillas, cada silla me parece un espectro y cada banco un ataúd.
El tío, que se llamaba Marcelo, sonrió y
levantó los hombros con un movimiento de profundo desdén.
-¿Estás tú alguna vez de noche en la
iglesia?- le preguntó.
-Pocas veces, cuando hay alguna función al
día siguiente y necesitamos arreglarla.
-Pero eso no será por ahora...
-No, aún ha de pasarse mucho tiempo hasta que
haya alguna función en la parroquia.
Y no se habló más del asunto
Apenas habían transcurrido ocho días cuando
una devota que había prometido una solemne novena a la Virgen si ganaba un
pleito que tenía entablado con un pariente quiso, en acción de gracias por
haber obtenido tal merced, cumplir lo que ofreciera. Y con tanta prisa deseó
que la función se hiciese, que el párroco dio orden al
sacristán y a los monaguillos de que limpiaran y arreglaran la iglesia, aunque
tuviesen que trabajar hasta una hora muy avanzada de la noche. Barrieron,
fregaron el suelo y los cristales, quitaron el polvo y ya eran las doce y media
cuando Tadeo, el sacristán, que estaba rendido por haber sido el que hiciera el
trabajo más rudo, dijo a los niños:
-Poco queda ya para terminar; las velas las
podéis poner sin mí y luego os iréis a acostar como yo voy a hacerlo ahora
mismo.
Y salió por la puerta que daba a la
sacristía. En un corredor al lado de ésta había una escalera por la que se
subía a la habitación del cura, que estaba en la planta principal del edificio
y en el cuarto segundo vivía Tadeo con su madre.
Los dos monaguillos, Miguel y Fermín pusieron
primero los cirios en los candelabros del altar y luego aquel, que era mayor
que su compañero, se subió a una escalera para colocar también las velas en las
arañas que sólo se usaban en las funciones más solemnes.
Una vez terminada la limpieza había quedado
el templo casi a obscuras, pues no lo alumbraban más que las lamparillas
colocadas cerca de la Virgen del Amparo y delante de un Cristo que había a la
entrada de la iglesia. Para ver si debía de poner alguna vela por allí miró
Miguel desde lo alto de la escalera y le pareció que en el confesonario del párroco
se había movido un bulto negro. Como se acordara entonces de los efectos de la
débil luz de las lamparillas de que había hablado algunos días antes, creyó que
allí no había nada y que el miedo le hacía ver fantasmas como otras veces.
Porque el pobre niño no estaba muy tranquilo de noche en el sombrío templo y
sin más compañía que una criatura más pequeña que él. Fermín, que no había
advertido nada, se acercó a la puerta de la iglesia para convencerse de que el
sacristán había echado el cerrojo y recogido las llaves, y, viendo que así lo
había hecho, volvió al lado de Miguel y le dijo:
-Me mandó Tadeo que nos fuéramos por la
sacristía, pero es ya muy tarde para volver a nuestras casas, yo no me atrevo a
salir ahora por las calles, ¿y tú?
-Yo tampoco, contestó Miguel.
-¿Quieres que pidamos a Tadeo hospitalidad
por esta noche?
-Ya se habrá dormido y si llamamos se va a
asustar su madre.
-Pues entonces, prosiguió Fermín,
podemos quedarnos en los bancos de la
sacristía hasta mañana.
-Pero cerraremos bien la puerta que comunica
con la iglesia, añadió Miguel.
Así lo hicieron y un instante después dormían
los dos tranquilamente en el improvisado y duro lecho.
III
A la mañana siguiente los llamó el sacristán
y Miguel se apresuró a ir a la iglesia, de la que abrió la puerta.
Apenas volvió a ésta la espalda, un hombre se
deslizó con sigilo desde el confesonario del cura párroco hasta la salida del
templo, que franqueó sin ninguna dificultad.
La plaza estaba desierta. El hombre se
envolvió bien en su capa y se dirigió a la calle más próxima por la que
desapareció rápidamente.
Dos o tres viejas, que eran las más
madrugadoras, entraron en la parroquia un cuarto de hora después de haberse
abierto su puerta, atraídas por la campana que tocaba para la misa de seis.
Lo primero que hicieron fue inspeccionarlo
todo, para ver, por el número de velas y por el arreglo de la iglesia en
general, la importancia de la novena que había de empezar aquella tarde.
Estuvieron allí murmurando un rato; les parecía
que aquello estaba muy pobre para dar las gracias por una merced tan
señalada y que tanto dinero había de proporcionar a la que pagaba la función.
Fermín entró para arreglar el altar y una de
las viejas, la suegra del alcalde, le detuvo para preguntar en voz que creía
baja, aunque no lo era, porque la buena mujer no se oía por ser bastante sorda:
-¿No van a encender las arañas?
-Sí, señora.
-¿Todas?
-Me parece que sí.
-¿Por qué no tienen puestas las velas como
los candelabros?
El muchacho se encogió de hombros como
diciendo:
-Esta buena señora tiene tan mal la vista
como el oído ¿acaso no las puso anoche Miguel?
Otra de las viejas, la madre del zapatero, se
acercó con misterio a la sorda y le dijo:
-¿Por qué habrán quitado los exvotos de la
izquierda del altar mayor? Yo di aquel brazo de cera, que ofrecí cuando lo tuve
tan malo de resultas de una caída, para que lo dejasen ahí siempre, y no he de
consentir que lo quiten para poner otra cosa.
Fermín tenía ya el altar arreglado, dos velas
encendidas, el misal en el atril abierto y sobre una mesita, que había a la
derecha en el presbiterio, las vinajeras, la campanilla y una palmatoria. Al ir a entrar en la sacristía miró
maquinalmente hacia el techo y se reflejó en su cara el mayor asombro. Acababa
de ver que en las arañas no había ninguna vela puesta. ¿En qué consistía
aquello? Fue al punto en busca de Miguel que se quedó atónito cuando le refirió
lo observado y lo mismo les pasó a Tadeo y a los dos curas.
Se inspeccionó todo; la puerta de la iglesia
no había sido forzada, los monaguillos no habían salido, pues para mayor prueba
de su inocencia resultó que el sacristán se había llevado distraídamente con
las llaves de la iglesia las de la sacristía, que daba también a la plaza, por
lo tanto era seguro que los dos niños no habían pasado la noche fuera de allí.
Ellos declararon que no lo habían intentado siquiera.
Lo cierto era que las velas de las arañas y
muchos exvotos de cera habían desaparecido.
¿Por qué calló Miguel que en el confesonario
del párroco había creído ver un bulto negro? Al pronto fue por no juzgar el
hecho real sino hijo de su imaginación excitada por el miedo, después por una
vaga sospecha. ¿Sería el ladrón su tío? ¿Cómo descubrirle si era él? ¿Cómo
delatar al hombre que le había servido de padre? Pero si era Marcelo el que se
había quedado escondido en la iglesia, figurándose que a esa hora ya no
entraría nadie y podría robar la cera, ¿cuándo y por dónde se había marchado?
¿Cómo no le habían visto salir?
IV
El cura mandó a Miguel a la cerería por otras
velas para las arañas y no encontró bastantes allí; entonces fue a su casa a
decir a su tío el apuro en que se veía.
-Yo no tengo aquí velas, ya lo sabes; le
contestó bruscamente.
Y el buen niño con esto se marchó tan
tranquilo murmurando:
-Gracias a Dios no ha sido él; que me perdone
el mal juicio.
Quitando velas de aquí y de allá, en la
sacristía y en la iglesia, se reunieron las que hacían falta en las arañas y
por la tarde, a las cuatro en punto, empezó la novena que resultó de lo mejor
que se había hecho en aquella iglesia. El altar de la Virgen estaba muy bonito,
pero a Miguel le parecía que la imagen le miraba con profunda tristeza y que el
niño no se sonreía como otras veces.
Mucho se habló en el pueblo de aquel robo
audaz, pero fue imposible descubrir al autor de él que no había dejado el menor
rastro de su paso por la iglesia.
Entretanto a Miguel, aunque no había visto en
su casa ninguna vela, se le figuraba que Marcelo tenía más cantidad de cera que
los días anteriores para hacer sus figuritas. El hombre estaba silencioso y sombrío, trabajaba sin gusto y
hasta sin arte. Los exvotos no le resultaban bien y cuando iban a comprárselos
les ponían faltas y muchas veces no se los querían tomar.
En cambio, cuando el monaguillo hacía alguna
figurita de Santo, resultaba más bonita; por lo que el escultor decidió dejar
para el niño toda aquella cera.
Miguel empezó a hacer con ella una imagen de
la Virgen del Amparo, y ya la tenía casi concluida, cuando a consecuencia de
una reyerta fue herido de gravedad Marcelo una noche al salir de la taberna.
Avisados el médico y el párroco, el uno le hizo la primera cura y el segundo
permaneció con el tío del monaguillo largo rato. Cuando el herido se quedó solo
parecía más tranquilo. Al entrar Miguel en la alcoba, le dijo con voz apenas
perceptible:
-Lleva a la Virgen del Amparo esa imagen que
has hecho suya para que me ponga bueno.
Y el niño, apenas oyó esta orden, encargando
a una vecina de la casa de al lado que acompañase al herido, cogió la figura
que representaba a la Virgen y las demás que había terminado y corrió a la
iglesia depositando todo aquello en el altar mayor. Y le pareció entonces que
en el rostro de la Virgen venerada en aquel templo asomaba una expresión dulce
y tranquila, y que le dirigía el niño una de sus más divinas sonrisas.
-Ahí tienes toda la cera que era tuya,
Madre mía, murmuró, que sirva para la
salvación del cuerpo y del alma de mi tío, porque tú y yo sabemos bien que él
fue el autor del robo...
Marcelo se curó, hizo y vendió muchos exvotos
y con una parte del producto de ellos, pudo ofrecer varias velas a la Virgen
del Amparo transformándose por completo después de su enfermedad y llegando a
ser un hombre religioso y honrado.
En cuanto a Miguel fue un notable escultor,
tallando preciosas imágenes que le dieron justa fama y grandes bienes de
fortuna.
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