El tejado con golondrinas 

 

 

            El tejado de la casa era inclinado, grande y rojo con una chimenea de la que siempre salía humo. Debajo del alero las golondrinas habían construido

sus nidos a base de pajitas y pequeños palitos unidos con barro seco. En el interior de los nidos las pequeñas golondrinas esperaban a sus papás que llegarían

con cosas ricas en el pico para comer. En otros nidos había huevos de los que no tardarían en salir nuevos pájaros. Cuando crecieran lo suficiente empezarían

a ir al colegio porque las golondrinas tienen muchas cosas importantes que aprender.

 

            Mariola era una pequeña golondrina a la que no le gustaba nada estudiar. Sus profesores siempre la estaban buscando para que fuera a clase pero

ella prefería estar subida al tejado tomando el sol y jugando a fastidiar a algún gusanito. Mientras tanto sus compañeros aprendían a distinguir qué animales

eran peligrosos como el gato o el zorro y cuáles no lo eran porque comían hierba como la oveja, la vaca o el caballo. También les enseñaban geografía porque

al llegar el otoño todas tendrían que marcharse a países más cálidos huyendo del frío invierno. En la clase de gimnasia les enseñaban a volar y de esta

manera sus alas se harían fuertes para poder realizar tan largo viaje. También aprendieron a diferenciar entre los insectos que se podían comer y los que

no, bien fuera porque tuvieran un mal sabor o porque tuvieran agudos aguijones que podrían hacerles mucho daño. Todas estas cosas y muchas más aprendían

las aves en el colegio pero Mariola siempre estaba despistada y cuando acudía a clase se distraía pensando en sus cosas o molestando a sus otros compañeros.

Si el profesor le preguntaba "Mariola dime donde nace el río Grande y hacia dónde va" , Mariola respondía que no lo sabía, que eso era un rollo y que se

aburría de estudiar tanto río tonto. Don Amelio el profesor se enfadaba mucho y le decía: "Mariola, tienes que estudiar todo eso porque el otoño llegará,

saldremos de viaje y si te pierdes no vas a saber cómo llegar y te morirás de hambre y de frío. Pero a Mariola parecía darle todo igual y seguía a lo suyo.

 

            El verano pasó y llegó el otoño. Los días eran cada vez más cortos y algunas mañanas ya hacía algo de frío. Todas las golondrinas se preparaban

para el gran viaje. Todas entrenaban sus alas y repasaban de memoria los lugares por los que habrían de pasar. De repente el jefe de la bandada decidió

que el momento de partir había llegado. Un fuerte piar fue la orden y todas las aves levantaron el vuelo. Volaban con fuerza y alegría. Las más fuertes

y listas iban delante abriendo el camino mientras que Mariola volaba al final del grupo. Enseguida se cansó, sus alas no estaban acostumbradas al ejercicio."Bajaré

a descansar un ratito!, pensó y se posó en la rama de un árbol cercano donde pronto se quedó dormida. Cuando despertó casi era de noche. No sabía dónde

estaba y su bandada debía estar ya muy lejos de allí. No importa, mañana con la luz del día les buscaré. Comió algo y empezó a sentir frío y bajó al suelo

buscando algo de calor. De pronto vió un animal extraño, como había faltado tanto a clase no supo de qué animal se trataba. No era muy grande, tenía unas

orejas puntiagudas unos largos bigotes y una cola muy larga. Sus ojos brillaban en la oscuridad. El animal hizo "!miauuuuu!" , Mariola lo escuchó claramente

pero no estaba segura del animal que era y si era peligroso o no. De pronto el animal pegó un gran salto y sacó unas uñas afiladas. Mariola se asustó mucho

y logró escapar por los pelos. A Mariola casi se le sale el corazón del susto. Subió a la rama más alta del árbol y pasó la noche temblando de frío y miedo.

A la mañana siguiente cuando Mariola se despertó hacía bastante frío, empezó a volar en todas las direcciones pero no sabía hacia dónde ir. Vio una casa

y se dirigió hacia allí. Quizás debajo del tejado hubiera nidos con más golondrinas. Cuando llegó no vio a nadie, hacía mucho frío y estaba empezando a

llover. Debajo del alero había nidos vacíos de golondrinas, se metió en uno, trató de hacerlo más confortable poniendo nuevas ramitas y hojas secas.

 

El invierno llegó, Mariola seguía sola y cada vez estaba más delgada porque no había casi nada para comer. No se veía ni un solo pájaro en el horizonte

y pronto la nieve cubrió el suelo. Mariola permanecía acurrucada en el nido, tiritando por el frío. Se arrepintió muchas veces de no haber hecho caso a

sus mayores. Si salgo de ésta, prometió, no volveré a faltar a ninguna clase. Así pasaban los días y las noches. Mariola lloraba y se acordaba de sus amigos

que en esos momentos estaban disfrutando de un tiempo estupendo. Una mañana Mariola se asomó al exterior y vio que la nieve se había deshecho y que el

sol brillaba en el cielo. Con las pocas fuerzas que le quedaban salió del nido y por fin pudo comer algo. Estiró sus alas e intentó volar un poco. Dio

unos saltitos y logró elevarse unos cuantos metros. Volvió a comer, ¡tenía tanta hambre! y dejó que el sol le diera un poco de calor. Pasó los días siguientes

un poco mejor porque ya hacía menos frío. Una mañana algo llamó su atención, de lo más alto del cielo bajaba una numerosa bandada de golondrinas que volvían

una vez que el invierno había pasado. Mariola las reconoció de inmediato y rápidamente fue a unirse con ellas. Cuando la vieron todas se pusieron muy contentas

porque pensaban que habría muerto después de pasar sola el crudo invierno. Mariola les contó lo mal que lo había pasado y desde aquel día no dejó de faltar

ni un solo día a clase. Pronto aprendió todo lo que las golondrinas necesitan para poder vivir y cuando al año siguiente emprendieron un nuevo viaje Mariola

iba a la cabeza del grupo porque se había convertido en la más lista y la más fuerte de la bandada y colorín colorado este cuento se ha acabado.

      Autor:  Manuel Enríquez

 

 

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