La leyenda de la luna llena

 

 

  Hace ya muchos años, cuando la gente aún sabía que los ángeles y los

demonios existen, vivía en un bosque lejano, rodeado de montañas, un piadoso

ermitaño.

En su juventud había estado perdidamente enamorado de una dama a la que

todos consideraban un dechado de virtudes y de belleza. Ambos se habían

jurado fidelidad

y amor eternos, pero un día antes de la boda su prometida rompió su

juramento y huyó con otro hombre.

 

  Es posible que la huida de la dama tuviera algo que ver con el hecho de

que el padre del joven, un rico mercader, había perdido todos sus barcos en

una

tempestad y se había convertido en un mendigo de la noche a la mañana. Sea

como fuere, ambos infortunios convencieron al muchacho de que las cosas

terrenales

no son más que apariencia y vanidad, de manera que decidió retirarse del

mundo y dedicarse por entero al estudio de libros edificantes. Así pasó

muchos

años, consagrado a la lectura de los escritos de san Agustín y de san

Jerónimo, de san Dionisio y de aquel san Alberto al que se conoce como

Magno. Ya

había estudiado casi todas las obras de santo Tomás de Aquino (y quien las

conozca no podrá por menos que admirar el afán del joven), cuando llegó a la

descripción de la muerte del santo y leyó sus últimas palabras, en las que

él mismo manifestaba que todos sus libros no contenían más que paja y nada

de

grano.

 

    El joven sintió un escalofrío. Le pareció que la tierra se abría bajo

sus pies y que una ráfaga de viento surgida del abismo le helaba la sangre

en

las venas. Aquella misma noche abandonó para siempre su casa y sus libros.

 

    Durante mucho tiempo vagó por el mundo, hasta que llego a cierto valle

apartado, donde hallé una cueva excavada en la roca y oculta en medio de un

bosque.

Se echó a dormir en el suelo y soñó con un torbellino de fuego del que

surgía una voz que le decía: «Quédate ahí, yo iré a tu encuentro».

 

   Así pues, se quedó y esperó.

 

   Ni él mismo sabía cuánto tiempo había pasado desde aquello, porque ahora

su espíritu se había consagrado a la eternidad. Su cuerpo mortal, ya

viejo y consumido, apenas si advertía los días y las noches, que se sucedían

como un juego inacabable de luz y oscuridad. Sus cabellos y su barba se

habían

vuelto completamente blancos, y habían crecido tanto que le cubrían el

cuerpo como un manto. De vez en cuando se adentraba en el bosque para

recoger bayas,

frutos, tallos y raíces, de los que se alimentaba; pero pasaba la mayor

parte del tiempo sentado a la entrada de la cueva con los ojos cerrados,

absorto

e inmóvil. Iban los osos y se echaban a su lado, las serpientes venenosas se

le enroscaban en el regazo, los pájaros anidaban entre sus cabellos y las

arañas tejían sus redes entre sus piernas, pero él ni tan sólo se daba

cuenta. Su espíritu vagaba por otros mundos, unos mundos tan elevados y

sublimes

que no pueden compararse con los que nosotros conocemos, ni siquiera con los

de nuestros sueños. La lluvia lo empapaba, el sol lo abrasaba y el viento

lo azotaba, pero nada había que fuera capaz de apartarlo de su diálogo con

la eternidad. La paz de su alma era tan profunda que en las proximidades de

la cueva incluso las fieras del bosque dejaban de atacarse; al contrario,

jugueteaban unas con otras como antaño en el Paraíso.

 

    Pero el ermitaño no había olvidado la promesa que recibiera en sueños

aquella primera noche y guardaba su cumplimiento.

 

     Un día, el destino quiso que llegara a aquel lejano valle otro ser

humano cuya vida no era menos solitaria que la del piadoso anciano, si bien

por

razones completamente distintas. Era un hombre que había sido expulsado de

la sociedad, un hombretón fiero, de hirsuto pelo rojo, fuerte como un toro y

tozudo como un mulo. No temía nada, pero tampoco había nada que fuera capaz

de inspirarle respeto.

    De muy joven, y en un arranque de ira, había matado a otro joven que

había deshonrado a su amada. Su víctima pertenecía a una familia noble. Como

él

y su amada eran de origen humilde, los jueces no consideraron que tuviera

derecho a defender su orgullo ni honor y lo condenaron a morir mediante el

suplicio

de la rueda. Sin embargo, él logró huir la víspera de la ejecución. Encontró

refugio en el bosque, donde se unió a una partida de salteadores de caminos

que eran todos proscritos como él.

 

   Con ellos robaba cálices de oro e incensarios de plata de las iglesias,

desvalijaba a los comerciantes que iban de viaje, incendiaba monasterios y

tomaba

a cualquier mujer que le apeteciera, sin que le importara que fuera dama de

alcurnia o campesina, monja o gitana. En poco tiempo se convirtió en un

blasfemo

y un borracho, y aprendió a olvidarse de Dios.

 

    Cada vez que conseguían un botín, él y sus compañeros se lo jugaban a

los dados. Nuestro héroe perdía siempre porque, como no era tramposo, no

advertía

las trampas que hacían los demás. Hasta que un día se dio cuenta, y entonces

propinó tal bofetón al compinche que se reía de él en sus barbas que éste

oyó cantar a los ángeles para el resto de sus días.

   Ahora bien, para su desgracia, el que había tratado de engañarlo era nada

menos que el cabecilla de la banda, quien, por otra parte, no estaba para

músicas

celestiales. Así que ordenó que su agresor fuera colgado de un árbol sin

dilación, por aquello de que es necesario mantener la disciplina incluso en

una

banda de facinerosos. Todos se le arrojaron encima, pero él logró escapar

una vez más, no sin antes haberle roto un brazo a un compañero y dislocado

el

pescuezo a otro.

     A partir de ese momento empezó a actuar en solitario y a evitar la

compañía de otros hombres, ya que ahora lo perseguían todos, tanto los que

estaban

del lado de la ley y el orden, como los que estaban en contra. Robaba por su

cuenta, pero como no pretendía amasar una fortuna, que de bien poco le

hubiera

servido en el bosque, sólo tomaba lo necesario para vivir. Así, obligó a un

artesano ambulante a entregarle las botas; a un carretero le quitó los

pantalones,

y a un cura, el sombrero. De vez en cuando irrumpía en una taberna para

agenciarse una botella de aguardiente o una jarra de cerveza. Después de

esto se

guarecía entre la raíces de un árbol arrancado por el viento y pasaba el día

entero tan satisfecho, cantando y riendo a sus anchas. Porque, aunque casi

se había olvidado de cómo hablar; en cambio había aprendido a identificar

los sonidos de los pájaros y de otros animales y sabía imitarlos a la

perfección.

Sus únicas armas eran un cuchillo, un arco de madera de fresno y un par de

flechas que había tallado él mismo y que le bastaban para cazar lo que

necesitaba

para comer. Bebía el agua de los riachuelos a cuatro patas, como los

animales, y comía la carne cruda. Muy pocas veces se tomaba la molestia de

encender

un fuego frotando dos trozos de madera seca, pues los restos de una hoguera

hubieran delatado su presencia, y no sabía si todavía lo buscaban o no. Una

profunda inquietud lo impulsaba a cambiar constantemente de escondrijo.

 

   Nadie le había dicho jamás que también él poseía un alma inmortal, de la

que algún día el Creador le pediría cuentas, y a él mismo nunca se le había

ocurrido semejante idea. Sin embargo, el destino ya había decidido que esto

u podía seguir así, de manera que se hizo inevitable que el bandido fuera a

parar al lejano valle donde habitaba el ermitaño.

    Fue un día al atardecer, la hora en que los animales del bosque salen de

la espesura para pacer. El salteador de caminos había descubierto un joven

ciervo y empezó a perseguirlo. Era un corredor rápido e infatigable, por lo

que cada vez se iba acercando más a su presa. De pronto, el animal se detuvo

y lo miró de frente. El puso una flecha en el arco y avanzó lentamente para

asegurar la diana. Con cierto asombro, advirtió que el ciervo no temblaba,

ni siquiera resoplaba. No parecía asustado ni cansado, sólo lo miraba

atentamente con sus grandes ojos, y no tuvo valor para disparar la flecha.

 

    Se incorporó, se rascó la hirsuta cabellera pelirroja y rezongó una

maldición. Empuñando el cuchillo, se acerco más al ciervo. Pero éste no hizo

ningún

intento de huir, ni siquiera cuando él levantó la mano. El animal permaneció

inmóvil y se dejó tocar el cuello. De pronto el bandido se dio cuenta de que

hacía tiempo que no acariciaba el cuello a nadie, y mucho menos a un animal.

Confuso, miró a su alrededor. Entonces descubrió la entrada de la cueva y,

sentado en el umbral, al ermitaño, todo piel y huesos, cubierto de pelo

blanco. Tenía los ojos cerrados, y en los labios, una sonrisa que no era de

este

mundo.

 

    El bandido se acercó al anciano y lo observó durante un buen rato,

incapaz de adivinar qué o quién demonios era aquel ser que tenía delante. Se

inclinó

sobre la extraña figura y exclamó con voz ronca:

   -¡Eh, amigo! ¿Eres un hombre o qué?

    El ermitaño siguió sonriendo sin hacerle caso.

 

   El bandido le pegó un puntapié y, levantando la voz, lo conmino de nuevo:

  -¡Vamos, esqueleto ambulante, habla de una vez!

 

   El anciano seguía inmóvil, pero su respiración era tranquila y profunda,

lo que demostraba que no estaba muerto. El bandido alzó el puño para

despertarlo

de un buen golpe, pero al cabo de un rato volvió a bajarlo. De pronto ya no

sentía deseos de andar pegando puñetazos, y no entendía nada.

   Aún no se había recobrado de su sorpresa cuando sintió que la espina que

tenía clavada en su interior y que lo había impulsado a ir de un lado a otro

sin descanso, se disolvía súbitamente; tan súbitamente que lo invadió un

sueño irresistible. Al cabo de unas horas, cuando el ermitaño volvió desde

el

reino de lo sublime a su pobre y frágil cuerpo terrenal y abrió los ojos,

descubrió, a la luz de la luna, que a sus pies yacía un hombre pelirrojo de

aspecto

fiero que dormía como un niño.

 

   El anciano miró con afecto paternal a aquel extraño que Dios le enviaba y

decidió convertirlo en su discípulo para instruirlo en los asuntos de la

eternidad.

    Aunque parezca raro, al bandido le gustó el ermitaño y lo escuchaba con

placer. A veces pasaban algunos días, a veces algunas semanas, pero nunca

transcurría

mucho tiempo sin que fuera a visitarlo. Entonces, el ermitaño le hablaba de

los nuevos coros de los ejércitos celestiales, del triplemente enrevesado

misterio

de Dios, del origen del mundo, de su evolución y de su final glorioso y

terrible o del Verbo que se hizo hombre, que murió y resucitó y que rompió

para

siempre las puertas del infierno. También le hablaba del demonio, de sus

huestes y del fuego del abismo, donde las almas de los pecadores que no se

arrepentían

habían de sufrir torturas eternas. Y al final el maestro nunca olvidaba

exhortar a su discípulo a arrepentirse de la

 

vida pecadora que llevaba y a rogar a Dios que se apiadara de él.

 

   El bandido lo escuchaba atentamente y de ven en cuando asentía con la

cabeza como si comprendiera. En realidad, no entendía nada, pero admiraba

profundamente

a su maestro, que era capaz de pensar y recordar todas aquellas cosas. No

ponía en duda que todo aquello era cierto, mas para él era demasiado sublime

y elevado. Estaba admirado de que un hombre tan sabio e inteligente se

tomara tantas molestias con él, y le estaba agradecido porque era la primera

vez

en su vida que le sucedía algo semejante. Por este motivo, respetaba la paz

que reinaba en los alrededores de la cueva como la respetaban los animales.

También él se sentía extrañamente seguro en aquel valle. Nunca antes había

conocido lo que es un hogar; ahora creía haberlo encontrado. A su manera,

trataba

de demostrar la gratitud que sentía por su maestro trayéndole presentes.

Así, en una ocasión le llevó un par de botellas de vino de misa que había

robado;

otra vez fue el libro de oraciones de un fraile y, más adelante, un pastel

de bodas. Pero, invariablemente, el ermitaño rechazaba sus regalos y lo

aleccionaba

pacientemente

 

   -No es eso, hijo mío. No debes tratar de cambiar mi vida. Eres tú quien

debe cambiar de vida si no quieres ser presa de Satanás. Si de verdad

quieres

hacerme feliz, conviértete a la doctrina de la salvación y arrepiéntete de

tus pecados. Entrégate a la oración, modifica tu carne y ejercítate en la

vida

del espíritu. Entonces, tal vez algún día pueda llevarte conmigo a los

mundos sublimes de los que te he hablado. Pero antes tienes que hacer

penitencia.

 

     El bandido callaba entristecido, porque le resultaba imposible cumplir

el deseo del ermitaño. Aunque ponía el mayor empeño en ello, no podía

arrepentirse,

y de ninguna manera quería mentir a su amigo, por el que sentía un profundo

respeto. Lo hecho, hecho estaba, y si por ello merecía un castigo de Dios,

no sería él quien protestara. La bondad y la paciencia del eremita eran tan

grandes como la tenacidad y la oposición de su discípulo. En sus oraciones,

el anciano rogaba a Dios  fervientemente que obrara un milagro que quebrara

la obstinación de aquel pobre pecador y que iluminara la noche de su

espíritu.

Mas o bien ésta era una tarea demasiado difícil incluso para Dios, o bien

Dios había borrado desde hacía tiempo el nombre de aquel hijo pródigo del

libro

de los que habían sido llamados a la vida eterna, y ambas posibilidades

apenaban por igual el corazón del piadoso ermitaño. Pero entonces sucedió

algo

que lo llenó de consuelo y que hizo cambiar la situación, aunque ese algo

nada tenía que ver con el discípulo díscolo, sino con el sueño que había

tenido

años atrás y con la promesa que le había sido hecha en aquel sueño.

 

   En la siguiente visita del bandido, el ermitaño le advirtió:

 

  -Hijo mío, a partir de ahora nunca deberás visitarme en una noche de luna

llena. Prométeme que me obedecerás.

 

  -Está bien -respondió éste-, pero ¿por qué?

-Me ha sido concedida una gracia -contestó el ermitaño-, pero tu

entendimiento está demasiado obstinado como para que pueda confiarte mi

secreto; por lo

tanto, no me preguntes más.

-De acuerdo -dijo el bandido, asintiendo con la cabeza.

 

   Se pusieron a hablar de otras cosas; como de costumbre, el eremita

hablaba y el salteador escuchaba. Al despedirse, el maestro volvió a

recordar a su

discípulo la promesa de que no volvería a visitarlo en una noche de luna

llena, y añadió:

  -Espero que cumplas tu palabra. De lo contrario, causarías un gran mal, y

a fe mía que ya has causado bastante desgracia, hijo mío.

 

  -No te preocupes -repuso el bandido, y se marchó.

    Durante mucho tiempo, la vida de ambos siguió como antes. Sin embargo,

si bien el bandido era ciertamente inútil como discípulo de la sagrada

doctrina,

poseía una capacidad imprescindible para el género de vida que llevaba:

nada, ni siquiera el detalle más insignificante, escapaba a sus dotes de

observador.

Así, se dio cuenta de que el ermitaño empezaba a cambiar poco a poco. Al

principio no fue un cambio visible: su aspecto y su comportamiento eran los

de

siempre; pero, no obstante, advirtió que el espíritu de su venerado maestro

se alejaba cada vez más de él. Sus exhortaciones para que se arrepintiera de

su vida pasada eran cada vez menos frecuentes y menos insistentes. A menudo

permanecía en silencio y en sus ojos había un brillo distinto, como una

pequeña

llama inquieta.

 

    A cada visita aumentaba la confusión del bandido, ya que no sabía cómo

interpretar la actitud de su maestro. Por eso se devanaba los sesos pensando

en que podía haberlo molestado, o si era que por su tozudez había agotado

del todo la paciencia del anciano. Pero al cabo de un momento se decía que

forzosamente

debía de tratarse de algo más importante que su persona, algo que tenía que

estar relacionado con aquella prohibición que él no podía comprender. Estos

pensamientos lo llenaban de inquietud, pero no se atrevía a hacer preguntas.

Esperaba que el ermitaño hablara cuando lo creyera oportuno, y a éste,

ciertamente,

no le pasaba inadvertido el interrogante que se dibujaba en el rostro de su

discípulo. Con todo, transcurrieron siete meses antes de que el maestro se

decidiera a revelarle su secreto.

 

  -Hijo mío -le dijo-, no creas que te hice prometer que no vendrías en las

noches de luna llena para castigarte. La razón es que me sucedió algo

maravilloso,

algo que me sucede todavía. Has de saber, hijo, que en el reino de los

espíritus celestiales el arcángel Gabriel es el señor de la luna. Pues bien,

en

las noches de plenilunio, el arcángel Gabriel en persona desciende del cielo

y me visita.

 

   -Que me lleve... -balbuceé el bandido, abriendo unos ojos como platos, y

se interrumpió justo a tiempo-. ¿Cómo es? -preguntó.

 

   -Más bello y noble de lo que puedo describir con palabras. Viaja en un

carro tirado por grifos; en la mano lleva un lirio, símbolo del amor sin

mácula

y de la pureza, y viene por el aire desde aquel extremo del bosque, porque

pasa su carro la luz de la luna es como un camino sobre tierra firme.

 

  -¿ Y qué hace aquí? -inquirió el salteador.

 

   -La primera vez pasó de largo sin verme porque yo no osaba levantar la

cabeza. Pero a la siguiente noche de plenilunio, después de mi prohibición,

me

vio, se detuvo y me dijo que me había estado buscando. ¡Imagínate, me

buscaba a mí, el más humilde servidor de Dios! Tuve el privilegio de

escuchar la

voz que por primera vez dijo: «Ave María» a la madre de Nuestro Señor.

 

   El bandido permaneció un momento en silencio, pensativo, y le respondió:

   -Si hay alguien que merezca algo así, ése eres tú. ¿Qué más te dijo?

     El anciano tragó saliva un par de veces, bajó los ojos y le contestó

con voz apenas audible:

   -Me anunció que muy pronto será el Señor en persona quien vendrá a

visitarme.

    Al decir estas palabras, el anciano enrojeció de forma visible y

enseguida se puso intensamente pálido. El bandido lo miró con admiración y

masculló:

    -Pues vaya con la noticia, ¡que Dios me confunda!

    El ermitaño le lanzó una mirada apesadumbrada y exclamó:

 

    -¡Ah, hijo mío! Si por lo menos pudieras dejar de maldecir. Pero ya ves

mismo por qué tuve que prohibirte que vinieras en las noches de luna

llena.

¡Imagina qué podría suceder!

    El bandido asintió una vez más.

   -Claro, claro, no puede ser.

    En las siguientes visitas, el ermitaño no se refirió al maravilloso

acontecimiento y el bandido respetó el silencio de su maestro durante un

tiempo.

Pero al final no pudo contenerse más y con voz vacilante preguntó:

 

   -Aquella visita..., ya sabes..., ¿ha venido alguna otra vez?

 

   -Viene a menudo- respondió el ermitaño evasivamente.

   -Escucha -le dijo el bandido bajando la voz sin darse cuenta, como si

tuviera miedo de que alguien pudiese oír sus palabras-, ¿qué te parece si me

escondiera?

¿No podría verlo yo también? Te aseguro que soy capaz de pasar completamente

inadvertido.

 

   El rostro del ermitaño adoptó una expresión severa.

   -¿Acaso crees que estoy dispuesto a engañar al arcángel? ¡Si él quisiera

manifestarse a ti, ya te hubiera encontrado! Pero te diré que tengo mis

dudas

de que pudieras llegar a verlo, ofuscado como estás. Sí, estoy seguro de que

tus ojos serían ciegos ante esta visión celestial. Olvida tu deseo, hijo

mío.

No vuelvas a hablarme de ello.

   Estas palabras impresionaron profundamente al bandido; su maestro no se

había mostrado nunca tan severo con él. Sin embargo, no fue la dureza de su

tono

lo que logró convencerlo de que tenía razón, sino la verdad que descubrió en

aquel momento: sólo los santos pueden ver las cosas santas. Estaba claro

como

la luz del día.

    El bandido hubiera podido darse por satisfecho con este descubrimiento,

de no haber sido porque había una cosa que lo tenía preocupado. Desde hacía

un tiempo, los animales ya no se acercaban a la cueva de ermitaño. Si alguno

se extraviaba por aquellos parajes, huía tan pronto como él se acercaba.

Incluso,

un día sucedió que un azor se apoderó de una cría conejo junto a la entrada

de la cueva, justo al lado del anciano, que estaba sumido en una profunda

meditación.

 

   El bandido comunicó su preocupación a su maestro, pero advirtió que éste

no se había dado cuenta de nada. Entonces empezó a preocuparse por él.

Intuía

oscuramente que algo malo se fraguaba alrededor de aquel buen hombre, y él

no estaba dispuesto a permitirlo. Por primera vez en su vida había

encontrado

un amigo, y estaba decidido a defenderlo de quien fuera, incluso de un

arcángel si hiciera falta.

   Cuando llegó la siguiente noche de luna llena, ya había tomado su

decisión. Tan pronto como oscureció, cogió el arco y las flechas y, haciendo

caso omiso

de su promesa, se dirigió sigilosamente a la cueva. Esta vez se acercó desde

otra dirección, se ocultó entre unos matorrales y se dispuso a esperar.

   En aquel momento la luna llena empezó a elevarse majestuosamente por

encima de las ramas de los árboles e inundó el mundo con su luz plateada.

Una brisa

suave agitaba levemente las hojas y traía consigo un extraño y embriagador

aroma. Los grillos cantaban por doquier. En alguna parte del bosque ululó

una

lechuza, y otra respondió. De pronto se hizo la calma, incluso la brisa dejó

de soplar y, en el profundo silencio que lo invadía todo, apareció a lo

lejos,

más allá de las copas de los árboles, un fuerte resplandor. Era como una

nube de luz plateada, al principio muy pequeña, que fue creciendo

rápidamente.

Pero no parecía que se acercara a través del espacio, sino como si se

reflejara desde otro mundo.

     La aparición fue creciendo y creciendo, y al fin se detuvo delante de

la cueva, a unos cuantos palmos del suelo. La luz de la nube fluctuaba sin

cesar

y formaba figuras. Primero surgieron los dos grifos, unos grandes seres

alados con cabeza de águila y cuerpo de león. Su ojos y sus garras lanzaban

destellos

de rubí, y sus alas eran de un color azul profundo. Después se vio el carro

del que tiraban. Parecía hecho de zafiro. En el carro iba un personaje

rodeado

de un halo de luz suave y poderosa a la vez. Llevaba una túnica blanca como

la nieve recién caída, y sus alas extendidas brillaban con todos los

colores,

desde el violeta de la amatista hasta el frío azul del aguamarina. El lirio

que llevaba en la mano irradiaba tal resplandor que oscurecía la luz de la

luna.

    El ermitaño se había inclinado profundamente y permanecía con la frente

en el suelo. El bandido, que se había quedado boquiabierto contemplando

aquella

aparición, hizo un esfuerzo por salir de su asombro. Ahora estaba seguro de

que allí había algo raro. Oía que el personaje hablaba con el ermitaño y que

éste respondía, pero no podía entender sus palabras. Muy despacio puso una

flecha en el arco, apuntó cuidadosamente y disparó.

    La flecha silbó en el aire y se clavó en el cuello de la figura

luminosa.

 

   El personaje se tambaleó y se llevó ambas manos a la garganta. Los grifos

se encabritaron, batieron sus poderosas alas y, profiriendo pavorosos

rugidos,

se levaron rápidamente, arrastrando el carro tras de sí.  Al cabo de unos

instantes se oyó el crujir de unas ramas y el estrépito de una caída, y de

algún

lugar del bosque surgió un destello de luz roja que se apagó

inmediatamente.

    El ermitaño, que se había incorporado al oír el silbido de la flecha,

había contemplado la escena horrorizado. Cuando se dio la vuelta y advirtió

la

presencia del bandido lo increpó duramente:

   -¡Hijo de Satanás! -exclamó el hombre fuera de sí, mientras las lágrimas

rodaban por sus hundidas mejillas11-. ¿Qué has hecho, desgraciado perjuro?

¿Acaso

no ha oías cometido ya suficientes pecados? ¿Te faltaba esta fechoría para

asegurarte la condenación eterna?

  -Calma, calma, amigo mío -lo atajó el bandido-, éste no era el arcángel

Gabriel.

   -¡Cuánto orgullo, cuánta presunción! -gritó nuevamente el ermitaño-. ¡Tú,

un hijo de las tinieblas y de la ceguera, qué sabes tú de las cosas santas!

¿Es así corno agradeces todos los esfuerzos que he hecho para salvar tu

alma? La ingratitud y la soberbia arrojaron a Lucifer al infierno, y tú eres

como

él. ¡Vete! ¡Apártate de mí, Satanás, y no vuelvas nunca más!

 

  -Escucha -repuso el bandido-, antes de enviarme al infierno directamente y

para siempre, ven conmigo a ver qué ha pasado.

   El anciano gimió y se cubrió el rostro con las manos, pero no opuso

resistencia cuando el bandido lo cogió en brazos como a un niño y se adentró

en el

bosque.

 

   A la luz de la luna le era muy fácil seguir el rastro de sangre. No tuvo

que buscar mucho: debajo de un arbusto de espino encontró un tejón muerto

con

una flecha clavada en el cuello. Allí no había nada más; ni rastro del carro

de zafiro, ni rastro de los grifos, ni rastro del lirio.

  -¿Lo ves? -dijo el bandido con una sonrisa bonachona-. Tu mismo me habías

advertido que hay espíritus malignos que se introducen el cuerpo de un

animal

y causan toda clase de daños. Ese era uno de ellos. Vete a saber adónde

habrá ido.

 

   El ermitaño miraba absorto el cadáver del tejón. Por fin susurró:

 

  -¿Cómo has podido adivinar la verdad, hijo mío, si ni yo mismo he sido

capaz de descubrir el engaño?

 

-Muy sencillo -explicó el bandido-, tú me habías dicho que sólo los santos

pueden ver las cosas santas. Así pues, no tiene nada de extraño que tú, un

hombre

sabio que lleva una vida de santidad, pueda ver al arcángel Gabriel. Pero

yo, que soy un pecador y un ignorante, lo he visto igual que tú. Entonces me

he dicho que aquí había un gato encerrado. Por eso he disparado.

 

   El ermitaño se quedó silencioso durante un buen rato. Estaba en la

oscuridad, de manera que el bandido no podía verle el rostro, pero al cabo

de un rato

lo oyó sollozar quedamente.

 

  -¿Qué te pasa? -preguntó el bandido, solícito.

  - Estoy avergonzado -contestó el ermitaño, con voz entrecortada.

 

  - ¿Por qué? -preguntó el bandido, sorprendido. Porque, en mi presunción,

pensaba que tenía que salvar tu alma -respondió el ermitaño-, pero has sido

quien ha salvado la mía. Se ha cumplido la  promesa que recibí en sueños,

pero de una manera muy distinta de como yo esperaba. Se ha cumplido a través

de ti, ¿no te das cuenta?

 

  -No, -dijo el bandido con toda franqueza-, no entiendo ni una palabra.

 

  -No importa-dijo el ermitaño secándose las lágrimas y sonriendo-. En

cualquier caso, me he dado cuenta de que tengo que volver a empezar por el

principio

y quisiera que tú me ayudaras. Vamos. (*)

 

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