La llave

 

 

Una llave no es un perro. No se la puede llamar cuando se va, y si se la deja ir no volverá por su cuenta.

Eso es lo que pensaron una vez unos niños y colgaron la llave de su casa del cuello de su perro. Cuando hubieron terminado de jugar, y estuvieron seguros

de que no habían perdido la llave, llamaron y silvaron al perro. Llamaron y silvaron un buen rato. Después se dieron por vencidos y volvieron a su casa.

No tengo idea de qué ocurrió con ellos. Supongo que hasta el día de hoy estarán bastante perplejos.

El perro se fue. Corrió en zigzag por el parque, mostrándose ostentosamente a los otros perros.

Los perros más grandes le decían: -Bueno, bueno. -cuando lo veían con la llave.

Los perros pequeños comentaban: -Muy interesante. -y cuando él estaba lejos agregaban: ¡Fanfarrón!

Rolli era un perro mediano. No tenía nada en contra de los gansos, pero los gansos tenían algo contra él. Cuando el jefe de los gansos lo veía estiraba

mucho el pescueso, abría grande su feo pico y emitía unos cuantos insultos horribles contra Rolli. Entonces todos los demás gansos abrían las alas y anadeaban

contra él.

Los patos, en cambio, no tenían nada contra Rolli.

-¿Cómo la vas pasando? -le gritaron-. ¿Qué clase de sello es ese que tienes? Es de presumir que has sido ascendido.

Rolli respondió: -Esto no es un sello. Es una medalla.

-¿Una medalla? -preguntaron los patos-.

¿Y porqué? ¿Has rescatado algún chico o atrapado algún ladrón?

-Nada de eso -dijo Rolli-. Es una medalla de premio por Servicios Generales Distinguidos.

Fue en ese momento cuando los chicos gritaron. Rolli escuchó, pegó la buelta y se fue en dirección opuesta. Luego se detuvo, se puso a buena distancia de

la llamada y se sumergió en el estanque para nadar un rato. Esta era su primera zambullida del día.

En el agua vivía un perro. Era un perro mediano. Rolli lo conocía bien y se llevaba muy bien con él, aunque era un perro feo con la naríz negra y un montón

de pelo en la cara. A menudo el perro abría la boca ante Rolli, pero era mudo y jamás ladraba. Cuando Rolli dejaba el agua el extraño perro desaparecía.

Rolli se quedó en el estanque y esperó al perro. Cuando el agua se aquietó de nuevo, apareció y Rolli estuvo a punto de saludarlo. Pero lo único que salió

de su boca fue un incrédulo "¿He?", porque el perro del agua llevaba alrededor del cuello una medalla por Servicios Generales Distinguidos.

Lo que ocurrió luego es difícil de comprender. Pero debemos contarlo.

Por supuesto Rolli tenía una opinión formada sobre sí mismo. Era una opinión bastante exacta. Sabía que era un perro, ni grande ni pequeño, sino mediano.

También era un buen juez de sus propias capacidades y sabía perfectamente a que perros debía imitar y a cuales no. Sabía que él no era el más rápido de

los perros, pero sin embargo era más rápido que el chico más rápido del barrio, Walter, que solía jugar al fútbol. Rolli tampoco era ningún tonto. No sabía

contar hasta cuatro pero calculaba con bastante certeza que tenía unas cuantas patas más que su pequeño amo. Además tenía un morro y su pequeño amo no

lo tenía, por lo que no podía andar husmeando por ahí.

Pero todos estos conocimientos no tenían demaciada importancia para Rolli. Lo principal que Rolli sabía, constituía su más grande  motivo de orgullo, es

que él no era un perro como todos los demás, sino un ser humano. Rolli estaba convencido de ser un ser humano, aunque muy pequeño, y compensaba ese defecto

siendo mucho más inteligente y más sabio que los humanos mayores, sean ellos chicos o grandes. Aunque Rolli tenía la cara llena de pelos, las orejas largas

y colgantes y unos dientes que parecían crecer cuando mordía una salchicha, él podría haber jurado que en su suave cara rosada había una pequeña naríz

humana y sobre esa naríz un par de anteojos con armazón de asta, que se sugetaban de tras de sus orejas, fporque Rolli era el calco exacto de su propio

amo.

 Por eso estaba allí en el agua y pensaba:

"Existe sólo un perro con una medalla por Servicios Generales Distinguidos, y ese perro soy yo. Y no tengo una naríz rosada ni anteojos, sino un morro negro

en mi cara fea y peluda. No soy la imagen exacta de mi pequeño amo, en realidad, ni siquiera soy un ser humano. Soy el perro que está en el agua. Soy un

perro bastante ordinario, de tamaño mediano y nada más".

Fue un golpe muy rudo para Rolli.

Pareció que los patos no hubiesen notado absolutamente nada. Rolli dejó el agua y gritó: -Adiosito, debo irme a casa.

-Cuac, cuac, cuac -dijeron los patos.

En verdad son bastante amistosos, se dijo Rolli. Pero no se demoró demasiado en ese pensamiento porque se sentía abrumado por una oscura melancolía.

Cuando veía a otros perros sacudía la cola y la cabeza orgullosamente en el aire y pasaba como que nada sucediera.

Los perros le hicieron: ¡Huau, huau! ¡Hue, Hue!

Rolli se detuvo:

-¿Se han vuelto locos? ¿Qué están tratando de decir?

-Guau -dijo un perro y retrocedió aterrorizado.

Los otros perros se quedaron silenciosos, mirando fijamente a Rolli. Éste se sintió muy incómodo y se fue.

A la vuelta de la esquina ya se oía el escándalo de los gansos: era el momento de escaparse. Pero Rolli ni siquiera levantó la vista cuando se aproximó

el jefe estirando su pescuezo.

Ajuzgar por el bochinche que armara, Rolli pensó que en cualquier momento le diría "perro sucio".

En cuanto a mí, se me ha dicho lo que realmente soy.

Pero lo único que hizo el ganso fue: "Sch, sch, sch"

Tiene miedo de los hombres, pensó Rolli; tartamudea porque está asustado. Rolli recompuso su expresión y le dijo al ganso jefe:

¡Ya te daré yo, ganso estúpido, y aprenderás de una vez por todas!

Ante esto, el ganso dió la vuelta y se fue andando, seguido por toda su familia. En este mismo instante, Rolli volvió a sentirse feliz:

-Después de todo, aún no he descendido de la categoría de perro.

De repente, una voz dijo:

-Eres un perrito valeroso, ¡eh?, ¿Y qué es esta medalla que mi bravo perrito lleva alrededor del cuello?

Entonces Rolli respondió, al tiempo que se sentía sumamente anonadado de poder hacerlo:

-No es una medalla, tonto, es una llave, una llave común de puerta. ¿Sabés lo qué es una llave? Es una pieza de metal, y generalmente se lleva en el bolsillo,

y con la que, con la ayuda de una cerradura, es posible abrir puertas...

Rolli se calló porque ahora estaba completamente solo. El hombre se había levantado del asiento y se había metido entre los arbustos. Simultáneamente con

sus palabras, el estómago de Rolli había comenzado a protestar, lo cual significaba que era preciso volver a casa cuanto antes. ¿Pero donde estaba su casa?

Ya no lo sabía. Ni siquiera sabía cómo salir del parque, y esto era algo que nunca le había sucedido antes.

Sobre un banco había un muchachito haciendo sus tareas escolares. Escribía y borraba y volvía a escribir en un cuaderno de ejercicios matemáticos. A su

lado había una cajita de donde brotaba un fuerte olor a sandwiches de jamón, y el chico no los había comido porque estaba cansado del jamón. Rolli se sentó

también en el banco y espió por sobre el hombro del niño.

Luego de un momento, dijo:

-Eso que estás escribiendo ahí es una tontería. La solución 4 (A +2 B) jamás en la vida puede ser 4A+6B. Debes multiplicar el factor externo a los paréntesis

por cada uno de los otros factores separadamente. Eso te da 4A+8B.

El chico alzó la vista y le dijo:

-Era justo lo que me hacía falta. Ahora sí que no entiendo nada de nada.

Arrojó el cuaderno al suelo y decidió comerse los sandwiches.

Rolli le dijo:

-Los sandwiches de jamón no son saludables para un chico de tu edad. Deja que los coma en tu lugar.

El chico respondió:

En verdad me sorprendes: ¿Cómo sabías que son sandwiches de jamón?

¿Qué importancia tiene? -dijo Rolli, y se comió los sandwiches.

¿Qué clase de llave es esa? -preguntó el muchacho.

Es la llave de la puerta de mi casa. ¿Sabes que cosa es una llave? Es una pieza de metal, que sirve...

-Ya se que es una llave. Más bien dime dónde vives.

-Te lo diría si lo supiera -suspiró Rolli.

-Como perro, deberías saberlo.

-Es que ese es el problema -respondió Rolli-. Muchas gracias por la comida y no vayas a dejar tu cuaderno en el suelo, aún puedes necesitarlo.

Y diciendo esto, Rolli dejó al chico y salió del parque, llegando al camino. También se dijo: "Siempre sospeché que los seres humanos no son muy inteligentes.

Pero ahora veo que es peor que eso: son tontos e ignorantes".

Repentinamente, Rolli se dio cuenta de que nunca más iría a su casa, y de que tampoco tenía ganas de ir. Y así comenzó su vagabundeo. Se quedó en la vereda

esperando que cambiasen las luces del semáforo, entonces saltó dentro de un automóvil y se fue con él. Cuando se cansó, bajó nuevamente. Entró en una carnicería

y dijo "Hola", y cuando el carnicero se fue a atender el teléfono, Rolli se robó una chuleta y una salchicha. De esa manera viajó mucho y conoció muchas

ciudades.

Una noche comenzó a llover. Rolli se cobijó muy confortablemente bajo un portal techado y decidió soñar que no era un perro sino un ser humano muy adinerado,

y que vivía en esa recidencia. En ese momento le ardió en la cara la luz de una linterna y ese fue el fin de su ensoñación. La luz se apagó y Rolli no

pudo ver nada en medio de la gran oscuridad.

-Aquí hay un perro -dijo una voz.

-¡Mátalo! -dijo otra.

-¡No hagan ruido! -dijo una tercera.

No hubo disparo. Pero sí hubo un olor a carne y grasa fritas que llegó hasta Rolli, seguido de una albóndiga de carne que rodó junto a él. Rolli tomó la

albóndiga con la boca y se apartó unos pasos.

No obstante, no comió porque temió que estubiese envenenada, pero la tomó a fin de que no le hicieran un disparo.

Los tres hombres se pusieron a trabajar. Rolli uyó como cada uno de ellos ponía nerviosos a los otros dos porque no podían abrir la puerta. Las voces de

los tres se superponían y durante un buen rato se oyeron algunas maldiciones, que a Rolli le divirtieron muchísimo. Enseguida se encogió, lleno de temor.

La tercera voz dijo:

-¡El perro! ¿Notaron algo? Tiene la llave colgada del cuello. ¿Dónde está ese perro? ¡Dame la linterna!

Rolli escupió la albóndiga y rugió:

"¡Arriba las manos!"

Las voces se silenciaron. Rolli meditó, pero no se le ocurrió nada, excepto que podían matarlo. No podía verlos y gritó, desesperanzado:

-¡Ustedes, sí, ustedes! ¡Arriba las manos!...

Uno de ellos, a quien ya estaban empesando a dolerle los brazos, preguntó:

-¿Cuanto tiempo vamos a estár así?

Tanto como a mí me dé la gana -dijo Rolli.

¿Y quién es usted? -preguntó otro.

-Les diré algo -repuso Rolli, y se esforxó en pensar exactamente aquello que pensaba decirles-. Les diré algo: Yo soy el perro de la llave. ¿Saben qué es

una llave? Es una pieza de metal, y generalmente se lleva en el bolsillo, y con la que, con la ayuda de una cerradura, es posible abrir puertas...

-¡Ya sabemos eso, demonio! -gritó una voz desesperada-. No trates de burlarte de nosotros.

Era Rolli el que estaba verdaderamente desesperado. En realidad hubiese querido que los tipos se fueran de puntillas, pero en cambio seguían ahí, invisibles,

y el olor producido por el miedo que despedían llegaba a Rolli en oleadas.

-Escucha, perro -dijo uno-, danos la llave. No te arrepentirás.

-No -dijo Rolli-. Una llave no es un perro. No se la puede llamar cuando se va, y si se la deja ir no volverá por su cuenta.

Rolli había cerrado fuertemente los ojos y seguía recitando su discurso. Narró su historia. Durante toda la noche la relató. Los impermeables de los hombres

crujieron cuando bajaron los brazos, y sus zapatos se arrastraron en el suelo. Cayeron dormidos, roncando.

Rolli no paró de hablar. Para el amanecer había llegado al punto en que contaba:

-Entonces escupí la albóndiga y rugí: "¡Arriba las manos!"

Ahí los tres hombres volvieron a despertarse sobresaltados y alzaron otra vez los brazos. Se miraron unos a otros. Miraron a su alrededor. Allí no había

nadie, únicamente un perro con los ojos cerrados, que esperaba que ellos lo matasen. Bajaron los brazos.

-¡Grandísimo idiota! -exclamó uno.

-¡El grandísimo idiota eres tú! -replicó el segundo.

-¡Los dos son unos idiotas redomados! -aseveró el tercero.

-¡El único idiota aquí eres tú! -respondieron los dos primeros.

Y mientras seguían insultándose entre sí, uno de ellos repentinamente gritó:

¡La llave! ¡El perro de la llave!

Rolli abrió la boca y los ojos y dijo:

-¿Saben lo qué es una llave? Una llave no es un perro, una llave es una pieza de metal.

-¡No se puede!...

Los tres hombres dieron un alarido y salieron corriendo.

Allí se quedó Rolli, cansadísimo y con la cabeza que le daba vueltas como un torbellino, y con las mandíbulas doloridas de oreja a oreja. Se comió la albóndiga,

sin importarle que estuviese envenenada o no. Pero por suerte no lo estaba.

Rolli dijo:

-Esta es la última vez que hablo. Nunca volveré a hacerlo. Casi me cuesta la vida. Hago esa solemne promesa.

Entonces se fue y se quedó en silencio. Y si ustedes llegan a ver un perro con una llave colgada del pescuezo, no se asusten. No les dirá "Hola", ni "Debes

multiplicar el factor que está fuera de los paréntesis...", ni "¿Saben que es una llave...?"

Rolli ya no dice más qué es una llave. No dice nada en absoluto. Se queda callado porque es un perro muy hombre y mantiene sus promesas.

 

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Una llave no es un perro. No se la puede llamar cuando se va, y si se la deja ir no volverá por su cuenta.

Eso es lo que pensaron una vez unos niños y colgaron la llave de su casa del cuello de su perro. Cuando hubieron terminado de jugar, y estuvieron seguros

de que no habían perdido la llave, llamaron y silvaron al perro. Llamaron y silvaron un buen rato. Después se dieron por vencidos y volvieron a su casa.

No tengo idea de qué ocurrió con ellos. Supongo que hasta el día de hoy estarán bastante perplejos.

El perro se fue. Corrió en zigzag por el parque, mostrándose ostentosamente a los otros perros.

Los perros más grandes le decían: -Bueno, bueno. -cuando lo veían con la llave.

Los perros pequeños comentaban: -Muy interesante. -y cuando él estaba lejos agregaban: ¡Fanfarrón!

Rolli era un perro mediano. No tenía nada en contra de los gansos, pero los gansos tenían algo contra él. Cuando el jefe de los gansos lo veía estiraba

mucho el pescueso, abría grande su feo pico y emitía unos cuantos insultos horribles contra Rolli. Entonces todos los demás gansos abrían las alas y anadeaban

contra él.

Los patos, en cambio, no tenían nada contra Rolli.

-¿Cómo la vas pasando? -le gritaron-. ¿Qué clase de sello es ese que tienes? Es de presumir que has sido ascendido.

Rolli respondió: -Esto no es un sello. Es una medalla.

-¿Una medalla? -preguntaron los patos-.

¿Y porqué? ¿Has rescatado algún chico o atrapado algún ladrón?

-Nada de eso -dijo Rolli-. Es una medalla de premio por Servicios Generales Distinguidos.

Fue en ese momento cuando los chicos gritaron. Rolli escuchó, pegó la buelta y se fue en dirección opuesta. Luego se detuvo, se puso a buena distancia de

la llamada y se sumergió en el estanque para nadar un rato. Esta era su primera zambullida del día.

En el agua vivía un perro. Era un perro mediano. Rolli lo conocía bien y se llevaba muy bien con él, aunque era un perro feo con la naríz negra y un montón

de pelo en la cara. A menudo el perro abría la boca ante Rolli, pero era mudo y jamás ladraba. Cuando Rolli dejaba el agua el extraño perro desaparecía.

Rolli se quedó en el estanque y esperó al perro. Cuando el agua se aquietó de nuevo, apareció y Rolli estuvo a punto de saludarlo. Pero lo único que salió

de su boca fue un incrédulo "¿He?", porque el perro del agua llevaba alrededor del cuello una medalla por Servicios Generales Distinguidos.

Lo que ocurrió luego es difícil de comprender. Pero debemos contarlo.

Por supuesto Rolli tenía una opinión formada sobre sí mismo. Era una opinión bastante exacta. Sabía que era un perro, ni grande ni pequeño, sino mediano.

También era un buen juez de sus propias capacidades y sabía perfectamente a que perros debía imitar y a cuales no. Sabía que él no era el más rápido de

los perros, pero sin embargo era más rápido que el chico más rápido del barrio, Walter, que solía jugar al fútbol. Rolli tampoco era ningún tonto. No sabía

contar hasta cuatro pero calculaba con bastante certeza que tenía unas cuantas patas más que su pequeño amo. Además tenía un morro y su pequeño amo no

lo tenía, por lo que no podía andar husmeando por ahí.

Pero todos estos conocimientos no tenían demaciada importancia para Rolli. Lo principal que Rolli sabía, constituía su más grande  motivo de orgullo, es

que él no era un perro como todos los demás, sino un ser humano. Rolli estaba convencido de ser un ser humano, aunque muy pequeño, y compensaba ese defecto

siendo mucho más inteligente y más sabio que los humanos mayores, sean ellos chicos o grandes. Aunque Rolli tenía la cara llena de pelos, las orejas largas

y colgantes y unos dientes que parecían crecer cuando mordía una salchicha, él podría haber jurado que en su suave cara rosada había una pequeña naríz

humana y sobre esa naríz un par de anteojos con armazón de asta, que se sugetaban de tras de sus orejas, fporque Rolli era el calco exacto de su propio

amo.

 Por eso estaba allí en el agua y pensaba:

"Existe sólo un perro con una medalla por Servicios Generales Distinguidos, y ese perro soy yo. Y no tengo una naríz rosada ni anteojos, sino un morro negro

en mi cara fea y peluda. No soy la imagen exacta de mi pequeño amo, en realidad, ni siquiera soy un ser humano. Soy el perro que está en el agua. Soy un

perro bastante ordinario, de tamaño mediano y nada más".

Fue un golpe muy rudo para Rolli.

Pareció que los patos no hubiesen notado absolutamente nada. Rolli dejó el agua y gritó: -Adiosito, debo irme a casa.

-Cuac, cuac, cuac -dijeron los patos.

En verdad son bastante amistosos, se dijo Rolli. Pero no se demoró demasiado en ese pensamiento porque se sentía abrumado por una oscura melancolía.

Cuando veía a otros perros sacudía la cola y la cabeza orgullosamente en el aire y pasaba como que nada sucediera.

Los perros le hicieron: ¡Huau, huau! ¡Hue, Hue!

Rolli se detuvo:

-¿Se han vuelto locos? ¿Qué están tratando de decir?

-Guau -dijo un perro y retrocedió aterrorizado.

Los otros perros se quedaron silenciosos, mirando fijamente a Rolli. Éste se sintió muy incómodo y se fue.

A la vuelta de la esquina ya se oía el escándalo de los gansos: era el momento de escaparse. Pero Rolli ni siquiera levantó la vista cuando se aproximó

el jefe estirando su pescuezo.

Ajuzgar por el bochinche que armara, Rolli pensó que en cualquier momento le diría "perro sucio".

En cuanto a mí, se me ha dicho lo que realmente soy.

Pero lo único que hizo el ganso fue: "Sch, sch, sch"

Tiene miedo de los hombres, pensó Rolli; tartamudea porque está asustado. Rolli recompuso su expresión y le dijo al ganso jefe:

¡Ya te daré yo, ganso estúpido, y aprenderás de una vez por todas!

Ante esto, el ganso dió la vuelta y se fue andando, seguido por toda su familia. En este mismo instante, Rolli volvió a sentirse feliz:

-Después de todo, aún no he descendido de la categoría de perro.

De repente, una voz dijo:

-Eres un perrito valeroso, ¡eh?, ¿Y qué es esta medalla que mi bravo perrito lleva alrededor del cuello?

Entonces Rolli respondió, al tiempo que se sentía sumamente anonadado de poder hacerlo:

-No es una medalla, tonto, es una llave, una llave común de puerta. ¿Sabés lo qué es una llave? Es una pieza de metal, y generalmente se lleva en el bolsillo,

y con la que, con la ayuda de una cerradura, es posible abrir puertas...

Rolli se calló porque ahora estaba completamente solo. El hombre se había levantado del asiento y se había metido entre los arbustos. Simultáneamente con

sus palabras, el estómago de Rolli había comenzado a protestar, lo cual significaba que era preciso volver a casa cuanto antes. ¿Pero donde estaba su casa?

Ya no lo sabía. Ni siquiera sabía cómo salir del parque, y esto era algo que nunca le había sucedido antes.

Sobre un banco había un muchachito haciendo sus tareas escolares. Escribía y borraba y volvía a escribir en un cuaderno de ejercicios matemáticos. A su

lado había una cajita de donde brotaba un fuerte olor a sandwiches de jamón, y el chico no los había comido porque estaba cansado del jamón. Rolli se sentó

también en el banco y espió por sobre el hombro del niño.

Luego de un momento, dijo:

-Eso que estás escribiendo ahí es una tontería. La solución 4 (A +2 B) jamás en la vida puede ser 4A+6B. Debes multiplicar el factor externo a los paréntesis

por cada uno de los otros factores separadamente. Eso te da 4A+8B.

El chico alzó la vista y le dijo:

-Era justo lo que me hacía falta. Ahora sí que no entiendo nada de nada.

Arrojó el cuaderno al suelo y decidió comerse los sandwiches.

Rolli le dijo:

-Los sandwiches de jamón no son saludables para un chico de tu edad. Deja que los coma en tu lugar.

El chico respondió:

En verdad me sorprendes: ¿Cómo sabías que son sandwiches de jamón?

¿Qué importancia tiene? -dijo Rolli, y se comió los sandwiches.

¿Qué clase de llave es esa? -preguntó el muchacho.

Es la llave de la puerta de mi casa. ¿Sabes que cosa es una llave? Es una pieza de metal, que sirve...

-Ya se que es una llave. Más bien dime dónde vives.

-Te lo diría si lo supiera -suspiró Rolli.

-Como perro, deberías saberlo.

-Es que ese es el problema -respondió Rolli-. Muchas gracias por la comida y no vayas a dejar tu cuaderno en el suelo, aún puedes necesitarlo.

Y diciendo esto, Rolli dejó al chico y salió del parque, llegando al camino. También se dijo: "Siempre sospeché que los seres humanos no son muy inteligentes.

Pero ahora veo que es peor que eso: son tontos e ignorantes".

Repentinamente, Rolli se dio cuenta de que nunca más iría a su casa, y de que tampoco tenía ganas de ir. Y así comenzó su vagabundeo. Se quedó en la vereda

esperando que cambiasen las luces del semáforo, entonces saltó dentro de un automóvil y se fue con él. Cuando se cansó, bajó nuevamente. Entró en una carnicería

y dijo "Hola", y cuando el carnicero se fue a atender el teléfono, Rolli se robó una chuleta y una salchicha. De esa manera viajó mucho y conoció muchas

ciudades.

Una noche comenzó a llover. Rolli se cobijó muy confortablemente bajo un portal techado y decidió soñar que no era un perro sino un ser humano muy adinerado,

y que vivía en esa recidencia. En ese momento le ardió en la cara la luz de una linterna y ese fue el fin de su ensoñación. La luz se apagó y Rolli no

pudo ver nada en medio de la gran oscuridad.

-Aquí hay un perro -dijo una voz.

-¡Mátalo! -dijo otra.

-¡No hagan ruido! -dijo una tercera.

No hubo disparo. Pero sí hubo un olor a carne y grasa fritas que llegó hasta Rolli, seguido de una albóndiga de carne que rodó junto a él. Rolli tomó la

albóndiga con la boca y se apartó unos pasos.

No obstante, no comió porque temió que estubiese envenenada, pero la tomó a fin de que no le hicieran un disparo.

Los tres hombres se pusieron a trabajar. Rolli uyó como cada uno de ellos ponía nerviosos a los otros dos porque no podían abrir la puerta. Las voces de

los tres se superponían y durante un buen rato se oyeron algunas maldiciones, que a Rolli le divirtieron muchísimo. Enseguida se encogió, lleno de temor.

La tercera voz dijo:

-¡El perro! ¿Notaron algo? Tiene la llave colgada del cuello. ¿Dónde está ese perro? ¡Dame la linterna!

Rolli escupió la albóndiga y rugió:

"¡Arriba las manos!"

Las voces se silenciaron. Rolli meditó, pero no se le ocurrió nada, excepto que podían matarlo. No podía verlos y gritó, desesperanzado:

-¡Ustedes, sí, ustedes! ¡Arriba las manos!...

Uno de ellos, a quien ya estaban empesando a dolerle los brazos, preguntó:

-¿Cuanto tiempo vamos a estár así?

Tanto como a mí me dé la gana -dijo Rolli.

¿Y quién es usted? -preguntó otro.

-Les diré algo -repuso Rolli, y se esforxó en pensar exactamente aquello que pensaba decirles-. Les diré algo: Yo soy el perro de la llave. ¿Saben qué es

una llave? Es una pieza de metal, y generalmente se lleva en el bolsillo, y con la que, con la ayuda de una cerradura, es posible abrir puertas...

-¡Ya sabemos eso, demonio! -gritó una voz desesperada-. No trates de burlarte de nosotros.

Era Rolli el que estaba verdaderamente desesperado. En realidad hubiese querido que los tipos se fueran de puntillas, pero en cambio seguían ahí, invisibles,

y el olor producido por el miedo que despedían llegaba a Rolli en oleadas.

-Escucha, perro -dijo uno-, danos la llave. No te arrepentirás.

-No -dijo Rolli-. Una llave no es un perro. No se la puede llamar cuando se va, y si se la deja ir no volverá por su cuenta.

Rolli había cerrado fuertemente los ojos y seguía recitando su discurso. Narró su historia. Durante toda la noche la relató. Los impermeables de los hombres

crujieron cuando bajaron los brazos, y sus zapatos se arrastraron en el suelo. Cayeron dormidos, roncando.

Rolli no paró de hablar. Para el amanecer había llegado al punto en que contaba:

-Entonces escupí la albóndiga y rugí: "¡Arriba las manos!"

Ahí los tres hombres volvieron a despertarse sobresaltados y alzaron otra vez los brazos. Se miraron unos a otros. Miraron a su alrededor. Allí no había

nadie, únicamente un perro con los ojos cerrados, que esperaba que ellos lo matasen. Bajaron los brazos.

-¡Grandísimo idiota! -exclamó uno.

-¡El grandísimo idiota eres tú! -replicó el segundo.

-¡Los dos son unos idiotas redomados! -aseveró el tercero.

-¡El único idiota aquí eres tú! -respondieron los dos primeros.

Y mientras seguían insultándose entre sí, uno de ellos repentinamente gritó:

¡La llave! ¡El perro de la llave!

Rolli abrió la boca y los ojos y dijo:

-¿Saben lo qué es una llave? Una llave no es un perro, una llave es una pieza de metal.

-¡No se puede!...

Los tres hombres dieron un alarido y salieron corriendo.

Allí se quedó Rolli, cansadísimo y con la cabeza que le daba vueltas como un torbellino, y con las mandíbulas doloridas de oreja a oreja. Se comió la albóndiga,

sin importarle que estuviese envenenada o no. Pero por suerte no lo estaba.

Rolli dijo:

-Esta es la última vez que hablo. Nunca volveré a hacerlo. Casi me cuesta la vida. Hago esa solemne promesa.

Entonces se fue y se quedó en silencio. Y si ustedes llegan a ver un perro con una llave colgada del pescuezo, no se asusten. No les dirá "Hola", ni "Debes

multiplicar el factor que está fuera de los paréntesis...", ni "¿Saben que es una llave...?"

Rolli ya no dice más qué es una llave. No dice nada en absoluto. Se queda callado porque es un perro muy hombre y mantiene sus promesas.

 

 

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