La media roja

    Por:     Hilda Perera

 

 

La niña era rubia, de ojos verdes, y parecía una muñeca. Pero las

monjas no la escogieron para el papel principal de la fiesta sólo

por esto: además sabía recitar versos en longaniza y tenía una

gracia natural, a pesar de ser gordita, que la haría destacarse

en los sencillos pasos de la tarantela con que cerrarían el

acto de fin de curso.

     Cuando al padre, pequeño, de ojos azules y caballero, le

dijeron que la niña tomaría el papel principal en la fiesta, se

llenó de orgullo. Por algo entre los ocho hermanos, todos

vencedores e inteligentes, tenía que destacarse la niña. La

madre, toda ternura -de esas que vienen al cuarto oscuro a dar el

segundo beso para alejar la soledad y el miedo-, repetía:

-Pero ¿es verdad, mi niña, que te han escogido para el papel

principal? ¡Cómo tenemos que ensayar! ¡Ah, y hacerte el traje!

-Justo, ¿te dijeron lo del traje?

-No, hija, de eso te ocuparás tú.

Y así fue. Llenaron la sala de la casa las telas gruesas y los

recortes de florecillas de fieltro. Angelita, la tía, vino a

echar una mano y, por unos días, la niña fue el centro de

atención de todos y estuvo rodeada del halago de los mayores y

la envidia de los pequeños. Cuando la madre le prendió a los

bucles el sombrerito del que colgaban cintas, se le iluminaron

los ojos.

A la niña le molestaba el pica pica de las telas y las medias,

a las que no estaba acostumbrada, pero aguantó estoica.

Por fin llegó el día. Se avisó a todos los parientes, hasta los

de Barcelona, que eran más ricos, a los vecinos del quinto y el

cuarto, a los primos y a los maestros de canto y guitarra y

catecismo. Y, desde luego, a los ocho hermanos, fastidiados por

el triunfo de la niña. Todos la rodearon con signos de

exclamación: ¡Qué linda está! ¡Pero qué manos tienes, Lucita:

el traje es una auténtica maravilla!

La niña lo oía todo y fingía un aplomo que desdecía el hormigueo

de su estómago y sus manos heladas como trocitos de hielo.

Al fin se apagaron las luces, se abrió el cortinaje y apareció

el grupo de la tarantela con la níña enfrente.

En cuanto empezó la música, a un ritmo perfecto la niña arqueó

el brazo, dio unos saltitos y, ¡oh, catástrofe!, sintió que se

le venía abajo la media izquierda.

Espartana, siguió bailando y dando los saltos ensayados mientras

la media le rodaba pierna abajo sin clemencia.

Empezaron las risas; entre ellas reconoció las de sus hermanos

Paco y Julián.

Pero ella no se inmutaría. Seguiría hasta el final como una

campeona, aunque le ardía la cara de vergüenza y tenía los ojos

iluminados por lágrimas que lloraría más tarde.

Cuando por fin terminó su suplicio y cayó el telón, salió con su

media roja caída sobre el zapato a hacer la reverencia, y luego,

corriendo, corriendo, se cobijó en los brazos de su madre, que la

aliviaba de todos sus pesares.

Allí, abrazada por ella y con la cara encendida de humillación

y vergüenza, juró que en su vida bailaría una tarantela. ¡Nunca,

nunca, nunca !

La niña aprendió a desechar las burlas. A conocer su vocación.

A trabajar duro. A convertir los fracasos en triunfo de su

espíritu. Y aunque nunca más bailó una tarantela, es hoy una de

las escritoras preferidas de los niños.

 

 

 

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