Las azañas del Azór!
Antes de abrir los ojos Lirón dio gracias; dio gracias a Suerte que le había sonreído un invierno más y su presencia había pasado inadvertida para Zorro,
implacable enemigo. Dio gracias a Sol, cálidos rayos de vida que una vez más le sacaron del sueñomuerte. Dio gracias a Nieve por respetar su cobijo durante
el invierno, dio gracias a Torrente por correr lejos de su madriguera. Dio gracias a Pasado. por permitirle ser y finalmente, dio gracias a Alma de Bosque
por permitirle seré.
Abrió los ojos, el sol de febrero se los volvió a cerrar, un restregón de sus patitas eliminó por completo los restos del sueño invernal. Chasqueó la lengua
y sintió sed. Todos sus sentidos poco a poco recobraban su función. Primero la vista, ahora que la luz no le molestaba pudo escuchar un correr de aguas
a unos cuantos metros delante de él. Volvió a chasquear la lengua, de una corta carrera se acercó al arroyo cercano. Sobre él una sombra que la memoria
ancestral de Lirón identificó al momento. Todos los pelos de su lomo se erizaron, un golpe seco y Lirón dejó de ser. La prudencia de Lirón, tan necesaria
para su vida, nunca llegó a despertarse del largo sueño invernal.
Azor cerró los ojos. En los últimos tiempos había notado que volando hacia el Este los rayos del sol naciente dificultaban la visión. Extendió un poco su
ala derecha, notó una mayor presión del viento sobre ésta y giró unos cuantos grados sobre su costado. Ahora el sol se encontraba a su lado izquierdo y
la visión se le aclaró. Miró hacia el suelo, volaba a unos cientos de metros de altura. Sobre un jaral, Perdiz entonaba su canto llamando a su hembra.
Azor aleteó rápidamente, plegó su cola y recogió las alas iniciando un rápido picado, la vista siempre fija en su presa. La familiar sensación del aire
batiendo su cuerpo era algo que le excitaba sobremanera. Adoptó una posición más aerodinámica y notó que la presión del aire disminuía a pesar de que su
velocidad era mayor. Perdiz ya se había percatado de su presencia tratando de escapar del predador.
Azor no supo exactamente cómo pasó todo, sintió un golpe seco sobre su pata izquierda, esto desequilibró su picado, abrió alas y cola tratando de corregir
su caída. La brusca frenada había evitado que se estrellase contra el suelo pero aun así el impacto contra el jaral fue fuerte. Azor permaneció aturdido
unos minutos. Miró al cielo y se percató de que de uno de los pinos cercanos una rama sobresalía unos metros sobre el resto de la copa. Esa rama no estaba
antes ahí. ¿O sí?, en cualquier caso había pasado inadvertida a sus ojos. En el extremo de la rama unas plumas blancas moteadas en negro y unos restos
de sangre eran mudos testigos del accidente.
Azor se miró la pata, el golpe, además de haberle dejado completamente magullado, le había seccionado la última porción de su dedo lateral.
La herida estaba sangrando y el dolor era intenso. A pocos metros de él unos restos de nieve esperaban su turno para el deshielo. Azor se dirigió hacia
ellos, introdujo la pata en la nieve a medio deshacer lo que cortó la hemorragia y calmó el dolor que le atenazaba. El instinto le decía que el reposo
era la mejor cura. Azor volvió a fijar la vista en la rama. Ahora se daba cuenta de que los bordes de ésta parecían difusos, en algunos puntos la rama
se entrecortaba y adquiría una rara curva. Enfocó su vista al monte y observó sus límites. Por primera vez se percató de que algo había cambiado, al igual
que con la rama la definición de estos tampoco estaba clara. El centro de la imagen parecía correcto pero en la periferia se perdía o se deformaba. Ahora
entendía la razón por la que la rama causante del accidente había resultado invisible a, la hasta ahora, su aguda vista.
Los días siguientes los pasó sin cazar, el nevero le proporcionaba agua y alimento.Comió algunos caracoles y escarabajos que acertaban a pasar por su proximidad.
Su modo de ver, de percibir, iba a cambiar. Se dio cuenta de que, desde su posición, podía oír a Perdiz o a Corneja volar y a Conejo correr. Habían pasado
los días y su pata recobró la movilidad. Emprendió un vuelo corto, hasta entonces solamente se había desplazado a saltos cada vez más largos. Nuevas sensaciones
despertaban sus sentidos. En pleno vuelo un olor a carne pasada despertó de nuevo su apetito. Movió la cabeza y esta vez el olor se intensificó. Descendió
guiado por el aroma. En el suelo restos de carne, hueso y plumas de una cacería anterior. El sabor acre de la carne anuló sus recuerdos, sació su apetito
y por un momento creyó que esa comida había sido fruto de su propia habilidad como cazador. De pronto la realidad le estremeció. Él, que había sido diseñado
por Naturaleza para capturar sus propias presas, se encontraba comiendo carroña. Su futura supervivencia estaba condicionada a que fuera capaz de adaptarse
a la nueva situación. Ya hacía tiempo que observaba que sus éxitos en la caza eran mayores si el día estaba algo nublado. También tomó conciencia de que
en zonas de bosque con claroscuros constantes el vuelo le resultaba lento y agobiante y ahora su golpe con la rama. Azor emprendió el vuelo, el día era
soleado. Con poco esfuerzo alcanzó una corriente de aire caliente. Con sus alas extendidas, en suave planeo se elevó en un amplio círculo. Miró hacia el
suelo, estando a unos 1000 metros de altura un año antes hubiera visto a Ratón correr entre los matorrales. Ahora todo era confuso: Una amalgama de tonos
verdes y ocres poco definidos. En su lento planear logró identificar algunos lugares. Una serpiente de reflejos azules recorría, apareciendo ahora para
desaparecer después. Azor lo identificó como el arroyo donde el año anterior había cazado a Lirón. De pronto un sonido familiar le sacó de sus recuerdos.
Un aleteo rápido y fácilmente reconocible. Era Urraca que atemorizada había emprendido la huida. Azor ni siquiera pensó en su captura pero buscó su olor
guiado por el batir de alas. Giró hasta colocarse de espaldas al sol. Ahora el plumaje negro del dorso de Urraca destacaba sobre el verde suelo. Azor siguió
la investigación, había algo más, algo distinto que no llegaba a comprender. Urraca asustada proseguía su zigzagueante escapada. Azor lo comprendió, era
eso, el vuelo de Urraca dejaba tras de sí una estela de aire que como un camino le conduciría inexorable a su presa. Azor extendió las alas, elevó el borde
anterior de éstas y la presión del aire le hizo remontar el vuelo. Oscurecía y decidió volver al pino centenario que le proporcionaba cobijo nocturno.
A la mañana siguiente Azor se despertó acuciado por el hambre. El sol se elevaba sobre el horizonte y las sombras se alargaban hacia el oeste. Azor extendió
un ala, luego la otra y comenzó una cuidadosa reparación de su plumaje. De manera meticulosa separó las plumas con el pico para limpiarlas de una manera
bien aprendida. Siguiendo el protocolo afiló sus uñas en la rama. Miró al suelo, a la altura que se encontraba éste se definía de una manera bastante nítida.
En la base del árbol algo llamó su atención. Ardilla estaba entretenida en roer una pequeña rama, inadvertida de la presencia del ave. Ardilla era una
presa que, en cualquier otra circunstancia, Azor habría despreciado, siempre prefería presas de mayor entidad y mucho más sabrosas como Conejo, Tórtola
y, por supuesto, Perdiz. Pero esta vez las cosas eran distintas. Azor valoró la altura, unos 25 metros, se dejó caer como una piedra con sus aceradas garras
por delante y en unos segundos Ardilla había dejado de ser.
El éxito de la caza no le emocionó en absoluto. Apenas había calmado el hambre y deseaba intentarlo con una pieza mayor. En cualquier caso pasó la mañana
investigando sobre las luces. A mediodía, con el sol en lo más alto su visión era peor, comprobó por enésima vez que el sol a su espalda mejoraba su agudeza.
De ahora en adelante los intentos de caza aérea los haría siempre en esta posición. También se percató de que Viento, por suave que fuera, hacía sonar
los extremos de las ramas de una manera especial, si recordaba este detalle era bastante posible evitar aquellas ramas que sobresaliesen. Siguió con otros
detalles, las grandes rocas de granito se calentaban y desprendían ese calor acumulado, encima de ellas el aire templado tendía a ascender. Estas corrientes
indicaban la presencia de rocas bajas. El arroyo por el contrario, enfriaba el aire que corría paralelo a él. Inició varios vuelos para comprobar como
podían afectar todos estos fenómenos a la caza aérea. Aterrizó, a media tarde, su hambre se había vuelto a despertar. Un olor familiar le hizo castañetear
el pico. Era conejo pero no podía ubicar de una manera precisa su presencia. El olor parecía venir del otro lado de un claro a unos 100 metros de distancia.
Intentó enfocar la vista en la dirección adecuada y solamente logró que el olor se intensificara. Conejo se estaba acercando. Prestó atención a su oído.
Mover de hojas de pino secas rozando unas con otras a unos 40 metros de allí. Efectivamente era conejo, su pelaje pardo apenas se distinguía. Conejo levantó
la cabeza y aventó el aire inquieto, algo le indicaba que su ser corría peligro. De pronto vio un vientre de pluma blanca moteada, sintió un golpe seco
que le hizo rodar un par de metros. Se levantó desorientado sin saber que dirección tomar. Llegó a notar un líquido espeso y caliente que brotaba de su
cabeza. Dio un salto hacia un zarzal cercano un segundo antes de que una poderosa figura volviera a marrar su objetivo que se encontraba ya a salvo entre
la espesura del matorral. Conejo dio gracias a Suerte por haber podido escapar.
Azor había errado el golpe, la precisión le había fallado. Como único recuerdo conservaba un mechón de pelo pardo enganchado a sus uñas. Era demasiado tarde
para buscar otra presa, además tampoco podía permitirse el lujo de fallar un nuevo intento, no tenía tantas energías como para gastarlas en balde. Esa
noche descansó.
Sol volvió a salir como cada mañana, el día prometía ser caluroso y el bosque recobraba lentamente su frenética actividad. Azor inició su aseo diario de
plumas, pico y garras. A pesar de la sed no quiso bajar al arroyo a probar el agua. Si iba a cazar, el peso del líquido entorpecería sus movimientos. La
algazara de ruidos era enorme, identificó algunos que le parecían más interesantes. No prestó atención a Zorro cuyo olor característico delataba su presencia
desde lejos. Oyó un canto familiar, estaba seguro, era Perdiz. Siguió la dirección del sonido, procedía del zarzal donde el día anterior se le había escapado
Conejo. Dirigió su mirada al zarzal que aparecía borroso. Creyó divisar algo en lo alto del matorral pero tampoco estaba seguro. Volvió a oír el canto,
claramente procedía de allí pero para tener éxito en la caza necesitaba diferenciar nítidamente a su presa. Examinó todo lo que le rodeaba, tenía el sol
a su espalda y esto le favorecía, valoró los posibles obstáculos y trató de retenerlos en su memoria. El matorral estaba situado a unos 80 metros y si
su suposición era correcta Perdiz se encontraba a unos 2 metros de altura. Azor no lo pensó más, se dejó caer directo hacia el suelo tan pegado como pudo
al grueso tronco del árbol. Aguantó la caída tanto tiempo como le fue posible. Cuando apenas le faltaban unos centímetros para estrellarse abrió sus alas
iniciando un planeado rasante en dirección al matorral. Escuchó atentamente, Perdiz seguía cantando y no se había percatado de la maniobra aunque él seguía
sin poder precisar la posición del ave. Recorrió en suave vuelo unos 70 metros, cuando ya parecía inminente que iba directo a estrellarse contra la planta
pegó un fuerte aleteo y bajó rápidamente su cola, el conjunto de ambas fuerzas le hizo ascender a gran velocidad y casi en vertical a pocos centímetros
de las ramas exteriores.
Perdiz no se dio cuenta de lo que se le venía encima hasta que vio salir una enorme figura que parecía proceder del mismo suelo. Entonces cometió
un error, un error que podría resultarle fatal. En lugar de dejarse caer a la seguridad de la zarza, su primer impulso, dado que el ataque procedía del
suelo, fue iniciar un rápido ascenso que en unos segundos le había llevado a unos 100 metros de altura. En cuanto su silueta se recortó sobre el azul,
Azor la identificó rápidamente. Aleteó con fuerza adquiriendo velocidad y altura en pos de la presa. Decidió seguir la estela cuya información le resultaba
más precisa que aquella que pudiera proporcionarle su defectuosa visión. Perdiz intentaba una maniobra de evasión en zigzag, Azor se aproximaba con rapidez,
la estela era cada vez más intensa y calculó que en unos segundos la presa estaría al alcance de sus garras. De pronto Perdiz descendió hasta unos 50 metros
de altura. En principio esta maniobra beneficiaba al perseguidor pues le colocaba directamente sobre su presa. Entonces algo llegó a los oídos de la rapaz.
Un siseo prolongado que hizo que la alarma recorriera todos los músculos de su cuerpo. Al instante extendió y levantó las alas tanto como le fue posible,
a la vez bajó su cola. La presión del aire debajo de su cuerpo le hizo ascender como una pelota que rebotase contra el suelo justo unos centímetros antes
de estrellarse contra un cable de alta tensión que vibraba suavemente bajo los impulsos del aire. Perdiz, segura de su maniobra volaba con mayor tranquilidad
pero el peligro no había cesado. Azor volvió a identificar su posición. Ahora, con mayor experiencia en el uso del oído, podía determinar la situación
de Perdiz con bastante exactitud. Volvió a iniciar un rápido descenso, esta vez libre de obstáculos. Cuando Perdiz vio la sombra que se cernía sobre ella
era demasiado tarde para reaccionar y Perdiz dejó de ser.
Desde la distancia una joven hembra de azor observaba la escena admirando la pericia del cazador. La hembra levantó el vuelo dirigiéndose hacia este...
------------