Las dos madres
A un antiguo discípulo en el día de la suya
(Ejemplo)
Mírale con compasión........
¡No le dejes, Madre mía!
Hoy hace un año, mi querido X.**, que para celebrar el día de tu madre, te impusieron el
escapulario de la Virgen Santísima. Quise que celebraras estas dos fiestas en
un solo día, para que también reunieras en tu corazón estos dos santos amores,
que han de salvar tu alma. Esta misma idea me hace recordarte hoy su
aniversario, narrándote uno de esos ejemplos que llama la incredulidad
vulgaridades, porque su vista miope no sabe descubrir la profunda enseñanza y
la religiosa poesía que en ellos se encierra. Ni lo santo, ni lo grande, ni lo
bello entran por el entendimiento: entran por el corazón, y por eso puse tanto
empeño en enseñarte a sentir, para que supieses gustar estos placeres del alma.
Las cosas santas han de leerse con el mismo
espíritu con que fueron escritas, y tu corazón todavía de niño sabrá comprender
hoy estos renglones, tal como para ti los concibe el mío. ¿Pero será lo mismo
mañana?... Cuida, hijo mío, de que al arrancarte el mundo las ilusiones, no se
lleve detrás la fe de tu alma: cuida de que al leer este ejemplo que para ti
escribo, con aquella dulce y triste previsión con que el desengaño prepara a la
inocencia el camino del arrepentimiento, puedas repetir siempre lo que dijo un
hombre célebre a quien la fe hizo en su juventud gran poeta, y el orgullo en su
vejez gran impío:
Si quelque enseignement se cache en cette histoire,
¿qu'importe?...
Il ne faut
pas la juger, mais la croire. (5)
Escucha ahora el ejemplo:
Había un condesito
bueno como un ángel y noble como un rey, que era el orgullo y la esperanza de
sus padres. Una educación brillante había perfeccionado los sentimientos de su
corazón y las ideas de su mente, como perfecciona un barniz precioso los ricos
tallados de una moldura. Habíale inculcado su piadosa
madre una profunda devoción a la Virgen Santísima, cuyo escapulario traía
siempre consigo. Llevábale cuando niño ante un altar
de la Purísima, y le enseñaba a invocarla con el dulce nombre de Madre.
Así fue que el amor de esta Madre del cielo y
el de su madre de la tierra, crecieron juntos en el corazón
del niño, unidos y enlazados como dos áncoras de salvación que hubieran
de salvar al mismo navío. Profesaba a la Virgen aquel amor tierno y confiado
que le inspiraba su madre: amaba a ésta, con aquel respeto y veneración santa
que infundía en su corazón de niño la imagen de María.
Pasó la niñez con su inocencia y llegó la
juventud con sus devaneos. El joven Conde se separó de su madre, para ir agregado
a una embajada, a una corte extranjera. Su corazón, abierto como una rosa a
todos los impulsos de la brisa, de nada desconfiaba: poco a poco trastornó su
cabeza la lisonja, y corrompieron su corazón el ocio y la opulencia.
Una a una se ajaron entonces sus creencias, y
uno a uno se marchitaron sus sentimientos, como una a una caen también las
hojas del azahar, perdidas ya su fragancia y su blancura. Sólo quedó en su
corazón el recuerdo de su madre y el recuerdo de María, como queda en el fondo
de la cala el lastre que salva a la nave del naufragio. Arrodillábase
todas las noches junto a su lecho al tiempo de acostarse, y rezaba tres
Avemarías a la Virgen Santísima, acabando con esta popular oración, que entre
besos y caricias le había enseñado su madre:
Bendita sea tu pureza
y eternamente lo
sea,
pues todo un Dios se
recrea,
en tu graciosa
belleza.
A ti, celestial Princesa,
Virgen sagrada María,
yo te ofrezco en
este día,
alma, vida y
corazón,
mírame con
compasión,
¡no me dejes, Madre
mía!
-¡No me dejes, Madre mía! -repetía siempre al
dormirse el infeliz Conde; y una pena amarga y una angustia tristísima
nacía entonces en su corazón, y crecía y subía en él, como en las mareas del
mar, las olas amargas. ¡Era el remordimiento!
Mas al día siguiente
volvía a sus devaneos, deslizándose sin sentir por esa resbaladiza pendiente,
que del vicio conduce a la degradación, y de la degradación al crimen. Un día
marchó a una gran partida de caza, acompañado por un amigo infame que le había
perdido: sorprendioles en el campo una tempestad
horrible, y hubieron de guarecerse en una venta. Acostose
el compañero rendido por el cansancio, y el Conde le imitó, después de rezar
con más vergüenza y amargura que nunca, su cotidiana oración a la Virgen.
Pareciole a poco
que veía entre sueños el tribunal terrible en que juzga Jesucristo las almas de
los muertos. Una acababa de ser condenada, y era la de su amigo. Vio entonces
cómo era la suya conducida por la conciencia al pie del tribunal supremo: vio también
a su madre que, postrada ante el juez divino, pedía misericordia para el hijo
de sus entrañas.
Arrojó Luzbel sonriendo en la balanza eterna
los innumerables pecados del Conde, y el platillo bajó rápidamente hacia el
abismo. Los ángeles se cubrieron el rostro con las alas; la madre lanzó un
gemido de angustia; Luzbel un grito de triunfo. El alma estaba perdida.
Apareció entonces María, con doce estrellas
por corona y la plateada luna a sus plantas. Postrose
al lado de la Condesa en ademán de súplica, y colocó en el lado opuesto de la
balanza, las tres Avemarías rezadas por el Conde. Mas
no por esto cedió el platillo fatal de las maldades, y siguió con persistencia
horrible inclinado hacia el abismo.
Tomó entonces María las lágrimas que
derramaba la Condesa, y las puso en el platillo de las buenas obras; mas éste
permaneció inmutable. Los ángeles gimieron de nuevo: la infeliz madre se cubrió
el rostro con las manos, perdida ya toda esperanza. Volvió entonces María hacia
el juez divino sus ojos purísimos, y dos lágrimas que de ellos se desprendieron
fueron a unirse en el platillo salvador con el llanto de la madre y con la
oración del hijo.
La balanza cedió al punto. Las lágrimas de
sus dos madres, salvaron el alma del hijo extraviado .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Un trueno
horrible despertó entonces al Conde. A dos pasos de su lecho, vio inerte en el
suyo y carbonizado por un rayo, el cadáver de su amigo.
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