Periquillo sin miedo
Las campanas de la parroquia repicaban la
fiesta del Carmen, a impulsos del más travieso monaguillo que han registrado
los fastos de sacristías y campanarios.
-¡Periquillo! -gritó de repente el señor cura
al pie de la escalera de la torre.
-¿Mande USTED ? -contestó Periquillo sin
dejar tranquilas las campanas.
-Baja corriendo.
A poco apareció Periquillo embutido en su
sotana colorada.
-Llégate en casa del alcalde, y dile que
mañana empieza la novena -le dijo el señor cura.
Periquillo dio media vuelta a la derecha sin
decir palabra, y salió canturreando entre dientes su tonada favorita:
A vivir, a vivir...
¿quién en el mundo
me hará a mi huir
?Y como si quisiese probar su aserto con la
provocación, descargó al mismo tiempo un soberbio puñetazo en la montera de un
gallego que, apoyado en su cuba de aguador, dormía a la puerta de la iglesia.
-¡Filho do demo! -gritó el gallego
despertando despavorido.
Pero Periquillo se había colocado ya al
abrigo de una esquina, y con la sotana remangada y puesta por la cabeza, le
sacaba la lengua cantando a grito pelado:
Los jallegos de Jalicia
cuando van a confesare,
llevan la barrija llena
de mendruguiñus de pane.
El cura dio una vuelta por la iglesia, que
preparaban para la novena, y una hora después entraba en la sacristía a recoger
el sombrero de teja y el manteo, para ir a la tertulia del boticario.
-¡Ah tunante! -exclamó al ver que ya de
vuelta Periquillo, metía sus indiscretas narices en el tarro de conservas, que
encerrado en una alacena, guardaba el señor cura para obsequiar a sus
tertulianos. Y acercándose de puntillas, añadió dando al goloso un tremendo
pescozón:
-Dominus tecum!
-Et cum spiritu tuo! -replicó con desparpajo
el delincuente.
-¿Has comido, desgraciado? -le dijo el cura,
fingiendo el mayor sobresalto.
-No, señor, que no me dio USTED tiempo
-replicó Periquillo, cuyas narices chorreaban almíbar, gracias al pescozón
recibido, que se las hizo meter dentro del tarro.
-¡Algún santo rogaba por ti en el cielo,
criatura! -añadió el párroco.
Periquillo sacó la lengua para recoger la
gota de almíbar que amenazaba caer de sus narices, y al ver al cura tan
azorado, se echó a reír descaradamente.
-¿Te ríes? -dijo el cura, que en vano quería
asustarle.- ¿No sabes que eso es veneno para los ratones?...
-Pero no para los monaguillos.
-Es que se te caerán las narices -replicó el
cura. Ese veneno es un atroz corrosivo.
-¿Corrovivo? -dijo Periquillo guiñando un
ojo.- Pues si es cosa que mata, será más bien corromuerto...
-¡Calla con dos mil de a caballo,
chilindrinero!... que ya se me va acabando la paciencia, y el día menos pensado
te planto en la calle y te ajusto la cuenta.
-Mejor será que me la ajuste USTED primero y
me plante en la calle después.
-¿Callarás al fin? -replicó el cura
impaciente.- Lávate ahí pronto.
Periquillo zambulló su picaresca cara en una
jofaina, escamondándose la nariz con tanta fuerza, que la sacó o poco colorada
como un pimiento.
-No estaría yo feo chato -dijo secándose con
la manga de la sobrepelliz.
-¿Pero tú no tienes miedo a la muerte,
muchacho? -exclamó el cura, a quien sacaba de quicio la calma de Periquillo.
-¿Miedo yo?... ¡Ojalá y lo encontrara!
-Ya lo encontrarás sin que lo busques.
-No esperaré a que venga, sino que iré yo a
buscarlo.
-¿Qué dices?...
-Que en cuanto le coja las vueltas a mi
madre, me marcho por esos mundos de Dios en busca del miedo.
-Tú estás loco, Periquillo -dijo el cura
volviéndole la espalda.
-El que tenga ojos verá si estoy cuerdo
-replicó el muchacho. Y echando a correr a pie cojito, se sentó a la puerta de
la iglesia, cantando al mismo tiempo que con una piedra partía piñones:
Ayer tarde
fui a la huerta
de mi tío Antón,
cogí un pepinillo,
me dio un pescozón.
Por más que corría,
mi tío volaba.
¡Ay, ay, con mi tío!
¡Qué palos me daba!
Y el travieso Periquillo se rascaba con una
risita rabiosa, el sitio saludado por el señor cura.
Nada pudo, en efecto, apartar a Periquillo de
su extraña determinación, de marcharse por esos mundos de Dios en busca del
miedo: ni las lágrimas de su madre, ni los consejos y pescozones del señor
cura, que por ser su padrino le tenía especial cariño, pudieron disuadirle de
su propósito.
Ciñose un día un sable de caña sobre su
sotana colorada, púsose en la cabeza un bonete del señor cura, a que había
recortado los picos para imitar mejor un birrete, y con este gentil atavío se
presentó a su madre, pidiéndole la bendición antes de ponerse en camino.
Lloraba ésta y le suplicaba en vano que no la abandonase sola y desvalida, para
poner en práctica un proyecto que en todas partes le acreditaría de loco o de
necio.
-Sí -replicaba el muchacho a sus razones-
tontillo es el hijo de mi padre. Métanme el dedo en la boca y tiéntenme las
cordales, y verán si me ha despabilado Dios las luces del entendimiento.
Llorosa entonces la madre, fuese a un arcón
viejo que bajo de la cama había, y sacó de él unas alforjas.
-Toma, hijo, estas alforjas -dijo
entregándolas al chico.- Aquí están encerrados todos los vicios: los ajenos van
en esta bolsa; los tuyos los he puesto en esta otra, para que puedas fácilmente
examinarlos y corregirte de ellos.
Periquillo se echó las alforjas al hombro,
dejando para detrás los vicios propios y poniendo por delante los ajenos, y
salió de la casa paterna cantando como una calandria:
En una alforja al hombro
llevo los vicios;
los ajenos delante,
detrás los míos.
Esto hacen todos;
así ven los ajenos,
mas no los propios.
Pues sin cuidarse para nada de éstos, pensó
desde luego entretener la fatiga del camino, examinando cuáles y de quién eran
los que en la bolsa de delante se encontraban.
Acercábase entonces el tiempo de Pascua, y a
la caída de la tarde encontró Periquillo en el camino a un pavero, que con su
caña en la mano, llevaba por delante una piara de pavos que pensaba vender el
día de Nochebuena en un lugarejo vecino.
-¿Si vendrá el miedo entre estos animalitos?
-pensó Periquillo.
Y por hacer sin duda la experiencia,
desenvainó su sable de caña, y se entró por la piara, acuchillándola con más
denuedo que alanceaba D. Quijote el célebre rebaño de ovejas. Pero aunque sacó
en la lucha un cañazo del pavero, que le hizo entrar el bonete hasta las
orejas, y un valiente pavo le asestó tal picotazo en la nariz, que a poco más
le salta un ojo, su ánimo quedó impávido, y vio con la sonrisa del triunfo cómo
los enemigos huían a lo lejos, seguidos del pavero que corría tras ellos,
intentando en vano ponerlos en formación. Periquillo adornó su bonete con las
plumas que en la lucha quedaron diseminadas en el suelo, y se dirigió hacia una
venta vecina donde pensaba pasar la noche.
Al otro día muy de mañana emprendió de nuevo
su camino, preguntando antes a la ventera, si sabía dónde se encontraba el
miedo. Ésta miró sorprendida al diminuto personaje que tan extraña pregunta le
hacía, y le respondió con sorna:
-Corre hacia adelante, que ya lo encontrarás.
-¿Y en qué he de conocerlo? -replicó Periquillo.
-En que entonces correrás hacia detrás.
Periquillo siguió su camino, repitiendo para
no olvidarlas, las señas que le dio la ventera. De repente tropezó, al volver
un vallado, con un hombre que azorado corría.
-¿Qué sucede, buen amigo? -preguntó
marcialmente el monaguillo.
-¡Huye, muchacho! -contestó el hombre sin
cesar de correr.- ¡Mira que anda en el camino un toro desbandado, con más
cuernos que los cuernos de la luna!...
-¡Esta es la mía! -exclamó Periquillo
alborozado, y recordando el aviso de la ventera, corrió hacia adelante en busca
del miedo.
Presentose a poco a su vista un toro negro,
de feroz aspecto, que ligero como un rayo y dando atroces resoplidos, hacia él
se dirigía.
Periquillo se plantó en mitad del camino, con
la sotana en una mano y la espada de caña en la otra, dispuesto a derribar a la
fiera de un diestro mete y saca. Pero el toro, que corría ciego de rabia por
haberle picado la cuca, pasó junto a él sin mirarle, y el valiente monaguillo
giró sobre los talones para verle ir, como el matador que, después del primer
pase, queda a pie parado, sin que el susto le haga temblar, ni el miedo le
perturbe.
-No está aquí el miedo -se dijo Periquillo,
prosiguiendo su marcha.
Caminó todo aquel día y parte del siguiente
sin que nada notable le acaeciera, y vino a sentarse al caer de la tarde, al
pie de una copuda higuera que a la puerta de un cercado tendía sus ramas. Vio
entonces a lo lejos levantarse una espesa polvareda que rápidamente se
acercaba. Periquillo se puso de pie, desenvainando, por si el caso lo exigía,
su sable de caña. Poco a poco fuese aclarando aquella nube de polvo, y pudo al
fin distinguir a una partida de ladrones, que según noticias que la noche antes
le dieron unos cabreros, asolaban la comarca.
Plantose Periquillo en mitad del camino, y no
bien llegaron al alcance de la voz, gritoles con toda la fuerza de sus
pulmones:
-¡Alto los ganapanes!
Pero los ladrones, que montaban magníficos
caballos y huían a galope porque la guardia civil los perseguía, pasaron junto
a él sin mirarle siquiera, y sin que el buscado miedo se posesionase, por lo
tanto, de su ánimo esforzado.
No por esto se desanimaba el valiente
monaguillo, sino que siempre perenne seguía atravesando ciudades, trasponiendo
montañas y vadeando ríos, en busca del miedo, que jamás sintió, ni su corazón
de bronce alcanzaba a comprender.
Sucedió, pues, que andando, andando y
caminando sin cesar, llegó a una tierra extraña, cuyos habitantes mantenían
encarnizada guerra con unos moros vecinos. Supo allí por algunos aldeanos los
apuros en que se encontraba el ejército, a causa del número nunca disminuido
del enemigo; pues no parecía sino que de cada moro muerto nacían dos vivos,
para tomar armas y lugar en aquel inagotable ejército.
Y tan era así, que el Rey había mandado a las
tropas dirigir siempre sus golpes al cogote, por ver si descabezada la morisma,
quedaba al fin agotada. Inútil fue, sin embargo, el remedio: presentábase
diariamente el mismo número de enemigos, con la extraña particularidad de que
los nuevos combatientes, tenían la misma fisonomía de los que quedaban muertos
en el campo de batalla.
Hallábase acampado el ejército en la falda de
un cerro, a cuyo frente se extendía un espesísimo pinar donde se ocultaba la
morisma. Periquillo, que no se andaba por las ramas, se presentó a su real
Majestad, ofreciéndole los servicios de su sable de caña. Riose el monarca al
ver aquel diminuto personaje, y diciéndole como el camello a la pulga de la
fábula: Gracias, señor elefante, le nombró ranchero mayor de todos sus
ejércitos.
Alborozado Periquillo, tomó al punto posesión
de su cargo, y empuñando una descomunal cuchara, cantaba vigilando los inmensos
calderos en que cocía el rancho de los soldados:
El ranchero que muere en campaña
muere lleno de gloria y honor,
defendiendo las ollas de España,
las patatas, garbanzos y arroz.
Bien pronto se le presentó al valiente
monaguillo el placer de entrar en batalla, en busca del apetecido miedo. Mandó
el Rey darle un equipo entero de cazador; pero Periquillo dijo como David al
rey Saúl, que aquellas armas le venían grandes, y se aprestó para la lid
llevando por todo armamento, una pequeña cachiporra y un cuchillo de cocina,
que se ceñía en vez de sable de caña sobre las alforjas de los vicios, que por
ser cosa tan maravillosa al mismo tiempo que recuerdo de su madre, jamás
abandonaba.
Sonaron los primeros disparos, y Periquillo,
ebrio de coraje, se entró por la morisma, sin que fuesen bastante a detenerle
las balas de las espingardas morunas, ni el tronar de los cañones, ni el
espantoso fragor del combate; distribuía a diestro y siniestro terribles
porrazos en los tobillos de los moros, y hacíales caer en tierra: dábales luego
con la porra en la mollera, y les cortaba después el pescuezo con el cuchillo
de cocina, por cumplir en todo la consigna del monarca.
Quedaron derrotados los moros y sembrado el
campo de cadáveres sin cabeza. Las tropas volvieron, sin embargo, silenciosas
al real, como quien sabe haber trabajado en balde: constábales ya por
experiencia que en la primera escaramuza habían de encontrar tantos enemigos,
cuantos quedaban descabezados en el campo.
Periquillo, por el contrario, saltaba de
gozo, y estuvo por dar un papirotazo al Rey, para darle la enhorabuena; pero se
detuvo prudentemente, al ver que su real Majestad se dirigía serio y cabizbajo
a su tienda. Abriose, no obstante, paso entre el estado mayor que le seguía, y
le gritó con desenfado:
-¡No se desanime su real Majestad, que aquí
estoy yo para sacarle la púa a ese trompo!... ¡Malas viruelas me maten; si no
hay aquí cosa de encantamiento!...
El Rey no respondió palabra a Periquillo, y
saliendo éste del real calladamente, volvió de nuevo al teatro de la lucha.
Subiose a un árbol desde donde distinguía todo el campo cubierto de cadáveres,
y se dispuso a observar desde su altura aquel lúgubre misterio, en cuya
solución esperaba encontrar el tan buscado miedo.
Hallábase tendido boca arriba al pie del
árbol un morazo muerto, que por ciertas insignias que llevaba, parecía ser
pájaro de cuenta. Periquillo se entretuvo, para distraer el ocio, en echar
escupitinas en la punta de la nariz del moro, calculando desde el árbol la
puntería.
Llegó al fin la noche, y Periquillo, siempre
alerta, preparó cuchillo y cachiporra, por si llegaba también entre sus sombras
el miedo que buscaba. De repente vio venir a lo lejos una lucecita brillante
como una estrella caída del cielo, que ora se alzaba, ora se bajaba, y en todas
direcciones se movía.
Poco a poco fuese acercando aquella luz
misteriosa, y pudo al fin Periquillo distinguir el bulto de una persona que a
cada paso se inclinaba para buscar algo en el suelo, a la luz de una linterna
que en la mano traía. Vio también al mismo tiempo que al pasar aquella
fantástica sombra, dejaba tras de sí una larga hilera de muertos resucitados,
que se volvían a su campamento tan sanos y enteros, como si nunca hubiesen sido
descabezados.
-¡Jesús, María, José... Joaquín y Ana!
-murmuró Periquillo desde su escondite.- ¡Tortas y pan pintado es junto a esto
el milagro de San Dionisio!
Mientras tanto, seguíase moviendo el nocturno
caminante hacia el árbol en que Periquillo se hallaba, y pudo al fin éste
distinguir la diabólica fisonomía de una mora vieja, envuelta en un jaique
oscuro con rayas de vivísimos colores, que caminaba llevando en una mano un
farol y en la otra un puchero.
Deteníase de cuándo en cuándo ante cada moro
muerto que encontraba; mojaba entonces una brocha en cierto líquido que el
puchero contenía, y untando con él la cabeza y cuello del difunto, los pegaba y
proseguía su marcha, mientras el moro se ponía de pie tan entero y verdadero,
como si nunca hubiese estado sin cabeza.
Periquillo, al ver a la hechicera, se frotó
las manos de gusto: preparó el cuchillo y enderezó la porra.
Inclinose la vieja sobre el cadáver del moro
con que Periquillo se entretenía, y mojando la brocha en el puchero, diole la
unción consabida. Pero cuando ya se preparaba para unir al tronco la cabeza,
descargó Periquillo en la suya un tremendo porrazo, que vino al suelo boca
abajo, estiró una pierna, luego otra, y sin encomendarse siquiera a Mahoma,
quedó muerta en el acto. Periquillo se puso en el suelo de un salto, y
arrancando el puchero de manos del cadáver, corrió al campamento atronando el
aire con sus gritos.
Alarmáronse todos creyendo que el enemigo les
atacaba por sorpresa, y corrieron los generales a la tienda del monarca, cuál
descalzo, cuál sin morrión, cuál en mangas de camisa.
Conducido al fin Periquillo a la presencia de
su Majestad, contó todo lo acaecido, presentando el puchero como testimonio de
su hazaña. Pero ni el Rey, ni los generales, ni siquiera los trompetas,
tambores y rancheros, quisieron creer tamaño portento. Furioso entonces
Periquillo, dijo al Rey que se dejaría cortar la cabeza, con tal que luego se
la pegasen con el maravilloso bálsamo.
Consintió el Rey más por castigar la
arrogancia del muchacho que por creer en el milagro del puchero, y uno de los
generales le descargó tan recia cuchillada en el cuello, que saltó la cabeza
sobre una mesa, y el cuerpo vino a tierra arrojando sangre a borbotones.
Azorados todos se avanzan al cuerpo unos, a
la cabeza otros, al puchero los menos: untan con el bálsamo la tremenda herida,
y uniendo ambas partes apresuradamente, recobra al punto el muchacho la vida.
Pero en aquella precipitación habían pegado la cabeza al contrario, y el pobre
monaguillo quedó con las narices para la espalda y la nuca para el pecho.
La risa que asomaba a los labios de todos
quedó de repente paralizada, al ver la extraña mutación que se operó en el
muchacho. Fijose su vista en las alforjas en que llevaba los vicios, y al ver
ante sí el morral que contenía los suyos y que nunca hasta entonces había
tenido ocasión de considerar, el terror imprimió en su rostro su característico
sello: desencajáronse sus ojos, enronqueciose su voz, y huyendo de un lado a
otro, gritaba a grandes voces:
-¡El miedo!... ¡El miedo!... ¡Ya encontré el
miedo!...
Y así era en efecto: la contemplación de sus
propios vicios que hasta entonces había evitado, bastó para inspirarle aquel
miedo que buscaba y que ninguna cosa del mundo, ni aun el horror de un combate
sangriento, había podido despertar en su alma de hierro. . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . .
. . . . . . . . . . . . -Aprenda, pues,
mi futuro general, a combatir a los enemigos de dentro antes que a los de
fuera. Mira, Carlitos, que si registras bien las alforjas de tu corazón,
encontrarás ese miedo saludable que lleva a la humildad, por el camino del
propio conocimiento: ¡El miedo de sí mismo!
---------