Aventuras montañeras

 

   Hola:

 

   Rebuscando entre los viejos papeles, he encontrado este relato escrito por mí en el año 1972. No sé si tendrá algún tipo de interés para alguien, pero

para mí, es algo que me trae viejos recuerdos de cuando era escalador, y escribía de vez en cuando alguna cosa.

 

   En el año 1978 perdí la vista en un accidente de circulación, y desde entonces estoy desconectado del mundo de la montaña. Y es por esto por lo que encuentro

estos papeles como algo importante para mí, y decido enviarlo a la lista de Tiflolibros para compartirlo con todos vosotros.

 

   Pido perdón de antemano por los errores de redacción, ya que, como dije anteriormente, es unb escrito bastante antigüo y no tenía en aquellos tiempos

 ninguna aficción de literato.

 

   Como no es muy corto, prefiero cortarlo en varios trozos, con el fin de no aburriros, y, si es así, borreis las demás entregas.

 

   Un abrazo para todos y todas:

 

     PACO.

 

PRIMERO

 

Toda la semana esperando que llegue el viernes. Cuando dan las 16,45, ya estoy a las puertas de los vestuarios para lavarme '''y ponerme la ropa de calle.

recojo la mochila y las botas y, ante las miradas burlonas de los compañeros de trabajo, corro hacia la puerta de salida donde me espera Miguel con el

Seat 600, "la Tortuguita", y nos ponemos en camino.

 

Este será un fin de semana largo, el lunes es fiesta, por lo que contamos con tres días completos amén de lo que queda del viernes.

 

Enfilamos la carretera y en dos horas llegamos a Arenas de San Pedro.

 

Desde Arenas de San Pedro, capital de Gredos, tomamos una carreterita que se retuerce incansablemente entre densos pinares, trepando hasta el encantador

pueblecito de Guisando, cuyo caserío, de preciosos tejados y solanas de madera, se acurruca en la ladera suroeste de la Cabeza del Covacho, a orillas del

río Pelayos, con el telón de fondo de La Mira.

 

Nos detenemos frente al bar de Macario, que es el guía de Gredos de la Federación Española de Montañismo. Son las 7,30 horas y tenemos hambre

 

Macario nos sirve un par de huevos fritos con patatas fritas, chorizo y tomate también fritos, así como una botella de vino tinto. comemos con bastante

apetito y, a las 8,30 nos despedimos de Macario, no sin antes informarnos de que aún no ha subido mucha gente hacia la "Plataforma", tan solo un par de

turismos.

 

Tomamos el camino del camping "Los Galayos" frente al collado de Ardillas, 1469 metros. Poco antes de llegar a éste nos desviamos a la derecha por una pista

forestal en muy buen estado que nos conduce a la Plataforma de los Galayos, bello paraje llamado "El Nogal del Barranco, plataforma desde la que se contempla

un panorama expléndido, en el que, desde lo alto vigilan incansables la Mira y Los Galayos.

 

en el centro de la Plataforma nos encontramos con la figura de bronce de un macho cabrío subido en unas grandes piedras. A la izquierda, bajo varios pinos,

se hayan grandes cubos de basura y unos merenderos. A la derecha está el aparcamiento, hacia donde nos dirigimos para dejar el coche, al lado de los dos

únicos que hay: uno de Madrid y otro de Valencia.

 

Preparamos las mochilas y nos disponemos a partir hacia arriba antes de que se llene de gentío. Nos paramos en la fuente que hay detrás de la cabra y bebemos

agua fresquísima que mana de los dos caños.

 

Entre la fuente y el refugio de cazadores se encuentra una áspera senda que sube por la ladera oriental del Barranco hasta llegar al desfiladero de La Apretura,

estrecho paso que se forma entre Los Galayos y Risco Enebro, y desde el que se descuelga un gran salto de agua que, después de encajonarse, da lugar al

río Pelayos.

 

Después de veinte minutos de marcha lenta por el camino pedregoso, hacemos alto en la primera fuente de las tres que existen y aprovechamos para sacar las

linternas. No se necesitan de momento, ya que la luna ilumina el camino y estamos ya habituados a dicha luz, pero es mejor estar preparados por si las

moscas.

 

Continuamos, pasamos sin detenernos por la segunda fuente y, al llegar a la tercera que se encuentra en el principio de la "Apretura", descansamos.

 

Bebemos un poco de agua y comenzamos a subir la angosta cuesta repleta de piedras y bloques sueltos que es "la Apretura".

 

Para no dar un paso en falso, nos colocamos los frontales de las linternas sobre la cabeza y encendemos las mismas. Poco a poco avanzamos por entre los

riscos hacia arriba.

 

Llegamos al final de la Apretura, y a la izquierda está el refugio Victory, perteneciente al Club Alpino Peñalara, campamento base para las escaladas del

Galayar.

 

Este es un conjunto de afiladísimas agujas verticales de granito, con una altura media, relativa a su base, de unos 300 metros, y que, en su inserción en

la cordillera forman dos estrechísimas ondonadas a ambos costados: Canal Seca, hacia la Apretura, y Trocha Palomo, hacia El Hornillo.Lo separa de La Mira

el Collado de Puerta Falsa.

 

SEGUNDO

 

Antes de entrar en el refugio, hechamos una mirada hacia el camino y vemos, con estupor, que se encuentra plagado de puntitos de luz que se mueven lentamente.

 

-Me parece que vamos a tener visita... y más abundante de lo que esperamos...-dice Miguel.

 

-Me temo que sí, -respondo-. Claro que siendo un fin de semana tan largo, lo teníamos que haber previsto.

 

-Pues me parece que deberíamos vivaquear y no estar con toda esa gente que sube... Seguro que se llena el refugio. -piensa Miguel en voz alta.

 

-Tienes razón. Entremos a descansar y nos vamos cuanto antes..., aún tardarán por lo menos una hora en llegar los primeros..., deben de estar por la primera

fuente.

 

Empujamos la puerta del refugio y entramos. Dentro estaban tres personas. los cuales nos dijeron que venían de Valencia. Los de Madrid habían seguido hasta

el pico de "La Mira".

 

Tomamos un poco de té con leche que nos ofrecieron y salimos.

 

Nos encaminamos hacia la izquierda del refugio, donde están esas losas que suben hacia "La Mira" y emprendimos la marcha.

 

A unos doscientos metros por encima del refugio encontramos una repisa protegida por un saliente, y hacia ella nos encaminamos. Preparamos el vivac y nos

acostamos, quedándonos al momento profundamente dormidos.

 

Al cabo de un rato me despierto sobresaltado. Es Miguel que me llama pues hacía un ratito que se había puesto a nevar intensamente.

 

Recogemos los sacos y las mochilas y emprendemos la huída hacia el refugio pensando que estaría lleno de gentío, pero vemos que tan solo están los tres

valencianos que duermen apaciblemente.

 

Nos dirigimos hacia un rincón y nos preparamos para dormir, antes de que llegaran los propietarios de las linternas que habíamos visto. Pero el caso es

que nos extrañaba que no hubieran llegado ya, por lo que nos dirigimos a la puerta del refugio para mirar hacia la Apretura, y lo que vimos fue que los

pequeños puntos luminosos que se veían estaban muy lejos, pues parece ser que, al ver que comenzaba a nevar, se dieron media vuelta.

 

Estando ya en los sacos se presentaron los dos madrileños que habían hido a "La Mira" y, al comprobar que comenzaba a nevar, bajaron al refugio. Se trataba

de Amadeo y "El Geta", viejos amigos, con los que charlamos un ratito antes de dormirnos.

 

Eran las cuatro y media de la mañana cuando me disponía a salir del saco de dormir, tipo momia, En el que estaba embutido, miré a mi alrededor y a Miguel

dormido como Un bendito. No me atreví a despertarlo y me precipité fuera del saco, poniéndome las botas y saliendo del refugio para divisar el panorama.

 

Fuera, las estrellas brillaban y la luna se escondía Entre los riscos. El frío era Intenso, y la Nieve caída la noche anterior estaba formando un manto

vlanco.

 

Recogí un poco de nieve en el escudillómetro y entré de nuevo para preparar el desayuno, con cuidado de no hacer ruido para no despertar a los que aún dormían,

los tres valencianos y los dos madrileños, pues por fin no había llegado nadie más.

 

Encendí el hornillo de butano y puse el escudillómetro para que se derritiera la nieve. Al cabo de Un rato, Añadí Una buena dosis de leche condesada que

extraje de Un tubo y puse En el Interior del recipiente unos sobrecitos de té.

 

Preparé Unas galletas con mantequilla y Unos dátiles y, cuando comprendí que estaba casi listo el desayuno, desperté a mi compañero con Unos ligeros toquecitos

En el hombro.

 

Miguel abrió los ojos y miró a su alrededor. Al verme levantado y el desayuno listo, preguntó si ya era la hora.

 

-Sí-, contesté removiendo la marmita con la cuchara.

 

-¿Qué tal tiempo hace?- preguntó Miguel haciéndose el remolón.

 

-Parece que vamos a tener suerte, respondí mirando fijamente el ligero resplandor que se iba filtrando a través de los sucios cristales de las ventanas

.

 

Miguel salió aprisa del saco, se vistió y se puso las botas y salió fuera del refugio. Al cabo de unos minutos Entró y cogió la taza de aluminio que le

ofrecí y comenzó a desayunar. Terminado el ágape, limpiamos la marmita y las tazas con un poco de nieve, recogimos los cacharros, envolvimos los sacos

de pluma y los guardamos en las mochilas.

 

Sacamos después las cuerdas y el resto del material de escalada, pasando revista al mismo. Teníamos dos cuerdas de 40 metros y 11 mm. de grosor, una azul

y roja, y la otra amarilla y azul. Así mismo, contábamos con una cuerda de 60 metros y 9 mm. bicolor, destinada para rappel. Disponíamos, además, de un

cordino auxiliar de 100 metros y 4 mm. de grosor.

 

Teníamos 28 mosquetones de aluminio, y las clavijas con que contábamos eran unas 40 variadas: clavijas universales para grietas estrechas, clavijas en forma

de U uy V para fisuras más anchas, Bumbunes para fisuras anchas, etc... Además disponíamos de un surtido de empotradores de aluminio de diferentes medidas,

así como una buena colección de cintas de nylon y de drizas de perlón, tacos de madera, clavijas de expansión, etc...

 

TERCERO

 

Nos pusimos los boudrieles de escalada. Desliamos las dos cuerdas de 40 metros y nos atamos con doble cuerda.

 

Nos colgamos el material, guardamos el resto en las mochilas y nos las colgamos a la espalda.

 

Yo vestía pantalones bávaros negros tipo laster y chaquetilla de escalada, Pedro Gómez, de color azul. Las botas eran marca Brixian y suela Bibram, las

medias de lana gris, La Artesana, que me llegaban hasta por encima de las rodillas. La cabeza iba cubierta por un casco de fibra de vidrio de color blanco.

 

Miguel calzaba botas Galivier simples. Los bávaros eran de color claro y la chaquetilla de escalada, también Pedro Gómez, era de color roja. El casco con

el que se protegía la cabeza era de color azul.

 

-Quedamos en que tú irías de primero en el primer largo -dije , después iré yo en el segundo donde se encuentra la chimenea.

 

-De acuerdo -respondió Miguel-.

 

Nos encaminamos a la pared en silencio. Una última mirada al refugio y nos encordamos.

 

Miguel utilizaba un boudriel rojo entero; es decir, tipo paracaídas. Yo, por el contrario, utilizaba uno de tórax de seis cuerdas.

 

Miguel comenzó la escalada trepando suavemente por un fino canalizo que ascendía hacia la derecha. A los cuatro metros, éste se ensanchaba ligeramente y,

ascendiendo verticalmente, a los dos metros se llegaba a una pequeña repisita donde, sacando una clavija universal la empotró con cuatro martillazos en

una fisura que se encontraba a la altura de los codos. Pasó un mosquetón, introdujo la cuerda amarilla y, asegurado de esta forma desde abajo, continuó

la progresión hasta otra repisa que se encontraba unos metros más arriba.

 

Yo, desde abajo, no perdía de vista la actuación de Miguel y dejaba que la cuerda corriera suavemente por el punto de seguridad que a tal fin había dispuesto.

 

Estaba ya a unos treinta metros sobre mi cabeza y me advirtió que me preparara a seguirle. Quité el mosquetón y el cordino que había dispuesto sobre el

saliente de roca desde el cual aseguré la ascensión de mi compañero y me dispuse a seguir sus pasos, asegurado desde arriba.

 

En menos de diez minutos estábamos juntos en la repisa inclinada donde se encontraba la Reunión. Miguel había introducido un empotrador en una fisura ancha

y desde ahí se había asegurado a la pared, mientras la cuerda de seguro pasaba sobre un mogote ancho. Miré hacia arriba y vislumbré una fisura vertical

con un taco de madera empotrado a la altura de mis manos puestas hacia arriba. Tomé la driza que colgaba del taco y comprobé que podíamos fiarnos de ella

y del taco.

 

Pasé un mosquetón por la driza y después una de las cuerdas de seguridad, la cual, en el acto, fue tensada por Miguel. Coloqué después los estribos en el

mismo mosquetón y me superé sobre el primer escalón con el pie derecho, luego el izquierdo en el otro estribo, después el derecho en el segundo peldaño,

etc... Cuando estuve sobre los peldaños superiores, haciendo equilibrio me superé hasta lo alto para alcanzar otro taco que había sobre la cabeza, el cual

pude comprobar que estaba en mal estado, por lo que decidí extraerlo y sustituirlo por un "Bum-bum", clavija ancha que se introduce en la grieta con el

martillo.

 

Hecho esto, coloqué un mosquetón y pasé la cuerda libre por el. Luego, asegurado desde abajo, saqué el pie derecho del estribo y quitando éste del mosquetón

de abajo para colocarle en la clavija superior. Luego hice lo mismo que anteriormente y así hasta que estuve en los peldaños superiores hasta alcanzar

la clavija que había clavada en un bloque empotrado, desde el cual se abría un canalizo que se iba agrandando cada vez más hasta convertirse en una chimenea,

angosta al principio y que se iba agrandando poco a poco hasta que el cuerpo podía introducirse tranquilamente en ella.

 

Lo que había que hacer en aquella situación era un poco delicado. Primero me hice asegurar fuertemente por Miguel desde abajo y, superándome desde los estribos,

pasé un anillo de cuerda alrededor del bloque empotrado. Después coloqué un mosquetón y pasé las dos cuerdas de seguro. A continuación empotré el brazo

y la muñeca derecha en la grieta canalizo y me superé sobre dicho brazo hasta empotrar el codo y muñecas izquierdos un poco más arriba, y así, hasta poder

introducir la puntera de la bota en el canalizo sobre el bloque empotrado, De esta forma, pendiente Miguel de una posible caída, fui progresando poco a

poco, muy despacio, hasta llegar a la mitad del vertical canalizo donde se ensanchaba un poco y donde pude empotrar totalmente el brazo y el pie y así

poder descansar un poco del esfuerzo tan impresionante al que estaba sometido.

 

 

CUARTO

 

  Aproveché para mirar hacia abajo y me di cuenta de lo vertical que estaba la pared, y, para más inri, el cordino de seguridad estaba ya a diez metros

por debajo de mí, y, lo que es peor, que aún no era posible situar otro punto de seguridad hasta un metro por encima de mi cabeza, donde había otro bloque

empotrado, y desde allí era todo más fácil, ya que el canalizo se ensanchaba y se formaba una chimenea.

 

Las miradas de Miguel y mía se cruzaron en un instante. Me tranquilizaba saber que mi compañero estaba pendiente de mí y que, sin decirnos una sola palabra,

parecía que supiera perfectamente lo que yo pensaba y lo que iba a hacer antes de que yo lo hiciera. Parece mentira lo que comunica una cuerda entre dos

personas, como si fuera ésta el cordón umbilical que comunica las sensaciones entre el embrión y la madre.

 

Decidí continuar antes de que el cansancio me rindiera más de la cuenta, y que, al estar en un equilibrio tan precario en la pared vertical, que parece

que ésta te escupiera hacia afuera, tenía que estar aferrándote continuamente hacia delante, con el agotamiento progresivo de los brazos y las piernas.

Me puse otra vez en movimiento y, al ser la grieta cada vez más ancha, pude en unos momentos alcanzar el nuevo bloque, en el cual introduje un nuevo anillo

de cuerda y pasé un nuevo mosquetón con la cuerda de seguridad ya pasada por él. Hecho esto, Miguel tensó fuertemente las cuerdas y yo me dejé colgar de

ella para poder descansar unos instantes, contento ya de estar a salvo de esa parte de la escalada que estaba considerada de máximo riesgo.

 

Luego de descansar unos instantes me superé desde el cordino hasta situarme sobre el bloque empotrado para continuar los cinco metros de chimenea que me

separaban de una repisa amplia donde establecería la nueva reunión y donde podríamos descansar.

 

La chimenea era estrecha al principio y había que dársela por fuera, pero enseguida pude introducirme dentro y, eso era ya otra cosa. En tres minutos estaba

sobre la repisa donde encontré un par de clavos en un diedro que ascendía hacia arriba, y donde coloqué un mosquetón en uno de ellos para autoasegurarme,

y otro en el segundo para asegurar a mi compañero.

 

a Miguel la orden de comenzar a subir y como recuperaba el material con el que yo había equipado la pared. Poco a poco subía, asegurado por mí desde

arriba, y en poco tiempo superó los veinticinco metros que nos separaban.

 

Cuando llegó a la repisa nos abrazamos y nos sentamos uno al lado del otro, sin decirnos nada, pues dos escaladores no hace falta que hablen, .. la cuerda

comunica las sensaciones sin tener que gastar saliva. Además, ?qué íbamos a decirnos?. Nosotros nos dábamos perfecta cuenta del peligro al que se está

sometido en plena escalada: no es el que de primero, sino el que está asegurándole, que es el responsable de intentar frenar la caída del compañero,

ya que éste se dedica solamente a progresar sabiéndose cubierto totalmente por su compañero.

 

Permanecimos sentados sin decir nada, oteando el paisaje que nos envolvía, con nuestros pensamientos al libre alveldrío.

 

Yo, por mi parte, sin saber por qué, me acordaba de la chica de Canillas, y me maldecía por mi estupidez de no haber hecho lo imposible por buscarla de

nuevo. Como me hubiera gustado que estuviera en el refugio esperándonos a que termináramos la escalada... Que mejor premio que, al llegar abajo me esperara

un abrazo suyo..., pero, qué tontería, si tan siquiera sé su nombre...

 

Mirando hacia abajo, allá, a lo lejos, los neveros brillaban con la luz intensísima que les daba el sol al reflejarse en ellos, pues la mañana estaba ya

bien avanzada. Miré el reloj y comprobé que eran ya las once de la mañana. La nieve caída la noche anterior estaba ya derretida por los rayos que, implacables,

caían verticales sobre el suelo.

 

Mi memoria volvió a posarse en aquella tarde que decidí ir a Canillas para tratar de encontrar a la chica de mis pesadillas a la salida del trabajo, pero

que fue inútil. Por más vueltas que no supe encontrar tan siquiera el menor rastro de ella, claro que no sabía ni su nombre ni el de la empresa donde

trabajaba. Por otra parte, tampoco había en la parada del autobús ninguna persona de las que recordaba haber coincidido con ellas cuando yo trabajaba en

Canillas, tal vez ya ni siquiera trabajara ella allí... no en vano había pasado casi un año, y lo único que había familiar por allí era la nieve que había

caído y que se había derretido enseguida, cuajando solamente allí donde el sol no se podía abrir camino..., como en aquel momento en que Miguel y yo estábamos

en los Galayos, encaramados en una repisa a cien metros del suelo...

 

Miguel me sacó de mis divagaciones diciendo que era hora de continuar.

 

 

QUINTO

 

El diedro en el cual estaba montado el seguro de la reunión permitió la continuación de la escalada. Miguel se encaramó en él y, con dos puntos de seguro

a lo largo de aquél, se situó por encima de el a unos quince metros donde, sobre un pequeño saliente, situó una nueva reunión donde, al llegar yo, continuó

Miguel un poco más arriba para que yo me acomodara lo mejor posible y pudiera asegurarle durante los treinta y cinco metros que quedaban del término del

diedro.

 

Me aseguré sobre una clavija que había en la pared y pasé un cordino por una seta de granito que sobresalía de la pared, y por allí pasé la cuerda que me

separaba de mi compañero. Desde allí seguía paso a paso la evolución de la escalada atento a la demanda de cuerda y presto a contrarrestar una posible

caída. Por un instante creí que Miguel volaría pero por fortuna no fue así, cada seis o siete metros introducía un punto de seguridad y así hasta que,

cuando no quedaba ya apenas cuerda, Miguel llegó hasta una pequeña repisa donde montó la siguiente y penúltima reunión.

 

Al poco tiempo estábamos de nuevo juntos y yo comencé la ascensión por un terreno bastante descompuesto pero sin gran dificultad, tan solo preocupándome

de que algunas de las piedras sueltas no cayeran sobre la cabeza de quien me aseguraba allá abajo. Más tarde ya estábamos juntos de nuevo y fue Miguel

quien atacara la arista cimera y después llegara yo hasta la cima donde nos dimos el abrazo y nos sacamos las fotos de rigor.

 

Nos sentamos a recuperar fuerzas y comimos unas onzas de chocolate que Miguel sacó de su mochila de ataque. Bebimos un poco de agua y contemplamos el panorama

que se vislumbraba más hermoso que en la otra repisa donde estuvimos descansando cien metros más abajo, más o menos en la mitad de la escalada.

 

Al cabo de un rato de charla y proyectos futuros decidimos seguir hablando en el refugio así que montamos el rappel y comenzamos el descenso hasta el canal

entre las dos agujas, relleno de nieve dura, y hacia allí nos dirigimos.

 

Después de recuperar el rappel, cosa que ocurrió sin ninguna dificultad, comenzamos el destrepe hasta el primer nevero. Al comprobar que la nieve estaba

aún helada por algunas partes, decidimos encordarnos para mayor precaución y fue lo que nos salvó de un accidente que pudo costarnos caro, ya que yo, que

iba delante, al pisar en una parte del nevero clavando el tacón, la nieve dura de la superficie se deslizó hacia abajo y mi suela "vibram" no consiguió

hacer mella en la placa de "verglás" que había debajo, y me deslicé vertiginosamente en pos de la nieve de la superficie hasta el borde del precipicio

que tenía delante, y que no continué hacia el precipicio porque Miguel, al percatarse de ello, pasó rápidamente la cuerda que nos unía por un saliente

de la roca que tenía a la derecha y consiguió detener mi caída justo al borde del abismo.

 

Después del susto morrocotudo y, en vista de lo peligroso del descenso por el nevero al no tener ni crampones ni piolet, decidimos ir junto a la pared de

roca bordeando el nevero hasta salir de lo que pudo ser algo más que un susto.

 

Montamos un segundo rappel para más seguridad y en pocos minutos nos encontrábamos ya a salvo a unos cincuenta metros de la base de la Aguja y por un terreno

sin complicaciones, por lo que nos dispusimos a guardar la cuerda en la mochila y continuar juntos hasta llegar al collado donde se encuentra enclavado

el refugio.

 

Al entrar en él no encontramos a nadie. Comimos una buena sopa que preparé a base de puré de patata con salsa de "Bovril" y una lata de jamón cocido, acompañado

de unos buenos sorbos de té, y después de recoger los desperdicios y guardarlos en las mochilas, recogimos éstas y nos dirigimos hacia la Apretura, la

cual, salvo algunos neveros pequeñitos, estaba limpia de nieve y, sin más dificultad, bajamos hasta la base de la apretura, nacimiento del río Pelayos,

y, después de echar una última mirada hacia lo alto, hacia el refugio y las paredes que hay a su alrededor, enfilamos camino abajo, a media ladera septentrional,

con el incipiente río Pelayos a la derecha, a nuestros pies.

 

Hora y media más tarde llegábamos a la Plataforma, repleta de gentío que nos miraba no sé si como a bichos raros o como a dioses.

 

Fuimos hasta donde teníamos aparcado el coche y guardamos las mochilas, nos cambiamos de ropa y calzado y nos fuimos carretera abajo hasta Guisando donde

paramos y nos tomamos un cubata en el bar de Macario, con el que comentamos la escalada y pasamos un buen rato.

 

Y a eso de las seis de la tarde nos fuimos carretera adelante camino de Madrid. Habíamos decidido pasar el lunes festivo en Madrid.

 

F.F.P. 1972

 

 

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