CUANDO LOS PRODUCTORES DE RADIO GENERAN ANÉCDOTAS

 

Olman Chaves Mercado y Juan José Sancho Álvarez son dos productores de
radio, el primero con su espacio "Abriendo Puertas" y el segundo con "En el
lugar que les corresponde".  Encuentran un momento para dialogar y, de paso
con Fiorella Céspedes Marchena, preparamos un cúmulo de anécdotas extraídas
de sus propias vivencias.

 

Nuestros  buses se caracterizan por  su "especial cantidad de sorpresas para
las personas con discapacidad", los hay con vidrios rotos o sin ellos, sin
asientos, con perforaciones que, en época de invierno, tienen su aguacero
incorporado, etc., de estos "singulares automotores"  nos hablan nuestros
interlocutores.

 

Juan:

 

Resulta ser que un día de tantos iba a abordar un bus y existen unos que no
tienen trompa, vengo rápidamente detrás del bus y me tomo de la primera
manigueta que me encontré, que se suponía era la anterior a la puerta, pero
al subir el pie a la grada efectivamente ahí estaba y  al subir el otro pie
resulta ser que era la parte delantera del bus, y como no tenía trompa, puse
el pie en el parachoques.

 

Hace algunos años los buses utilizaban alcancías para que el usuario
depositara el pasaje, precisamente un día subí normalmente y como el bus
tenía una tapa donde colocaban la alcancía, tomé el dinero para echarlo en
la ranura, sin darme cuenta que donde lo estaba poniendo era en la cabeza de
un señor, y,  para seguir con la cadena de anécdotas en los buses, en una
ocasión me dispuse a encontrar un asiento libre con mi bastón, hasta que
encontré uno, aparentemente desocupado, lo que no me di cuenta fue que la
muchacha que estaba sentada se corrió suficientemente para que yo no me
golpeara; cuando  escucho a la joven que me dice. " cuidado, cuidado, que se
me va a sentar encima", claro que me disculpé y seguí buscando campo, hasta
que me recibió la puerta de emergencia donde me llevé un gran golpe.

 

Olman:
A mí también me han pasado algunas cosas en los autobuses, resulta que hace
algunos años iba con un amigo de baja estatura, su hombro me llegaba a la
altura del pecho, entonces la posición de mi mano para poder tomarme de su
hombro era algo baja, ese día llevábamos tremenda carrera allá por la parada
de la Coca Cola, porque se nos iba el bus y teníamos que esperar como una
hora para que viniera el otro.  El bus estaba a punto de irse, mi compañero
sube las gradas, yo guardo el bastón rápidamente y me subo; cuando llego a
la última, donde está el chofer, estiro la mano para tomarme nuevamente del
hombro de mi compañero y toco algo diferente, y seguidamente un grito
aaaaay,  una mujer  me dice: "¡Estúpido!", alguien me toma del brazo y me
hala y en ese momento entiendo que estaba tocándole un busto.

 

Juan:
En la calle también nos pasan cosas, digamos a los que tenemos Retinosis
Pigmentaria,   y no nos acostumbramos a la ceguera.  Resulta ser que en
aquel entonces yo andaba sin bastón, porque cuando había mucha luz cerraba
el bastón y cuando estaba oscuro lo sacaba.  En una oportunidad pusieron una
venta en la acera y una señora estaba bien agachada escogiendo los
productos, con el trasero parado, cuando sintió que le di el empujón, claro
que yo la agarré, pero siempre me dieron un leñazo, porque ¿cómo iban a
saber que yo no podía ver?

 

Esas cosas nos pasan porque nos da pena que nos vean utilizando el bastón,
más donde uno conoce, como en mi barrio, en las Américas de Moravia.
Recuerdo que yo caminaba siempre por la calle y salí en la mañana y todo
estaba normal, pero durante el día abrieron una zanja a todo lo ancho de la
calle. Por la noche venía con un compañero, cerré el bastón y cuando nos
dimos cuenta estábamos  en el zanjón.

 

Olman:
Una vez me voy con el esposo de mi hermana en el carro para  una reunión,
pero como no había espacio se estacionó a unos cien metros de donde íbamos y
empieza  a llover durísimo, él saca el paraguas, me tapa cuidadosamente, se
pone a caminar rápidamente, cruza la calle para aprovechar que no venía
ningún carro y cuando vamos llegando a la otra acera me dice: "hueco", pega
un salto, yo que no tuve tiempo a reaccionar, me fui en una alcantarilla y
para peores, cuando se da cuenta que yo no iba con él vuelve a ver para
atrás y me dice: "Olman, ¿qué estás haciendo ahí?, ¿te mojaste?".

 

Fiorella:
Yo estaba llevando un curso de masajes y en esa época tenía poco tiempo de
estar ciega, (la patología de Fiorella es Miopía y deformación de pupila con
desprendimiento de retina y glaucoma), entonces la profesora daba la teoría
y luego seguía la práctica, pero yo estaba todavía desubicada con la
rehabilitación.  Resulta que mi compañero se acostó en la camilla y yo no me
cercioré dónde estaba el brazo, el hombro y la cabeza, nada más me lo
imaginé, bajé las manos donde creí que estaba el estómago y coloqué las
manos, mi sorpresa fue cuando me di cuenta que no había puesto las manos en
el abdomen sino en otra parte del cuerpo y yo no reaccionaba sino que decía:
¿qué es esto tan extraño?,  y lo más simpático era que el compañero no decía
nada, hasta que de un pronto él dijo: "No, no, suba un poco", ¡y yo sentí un
calor en la cara!

 

Olman:
Fíjense que un día me fui con mi hermana a hacer unos mandados, de camino
nos encontramos a unos conocidos con los que me quedé hablando, luego me
volví a tomar del hombro de mi hermana y seguimos caminando, cuando escuché
atrás que alguien me llamaba, era mi hermana, resulta que yo me agarré del
hombro de una muchacha que iba pasando.

 

Una de las cosas más divertidas que me pasaban antes, ahora no tanto, es que
cuando camino acompañado lo hago despacio, pero si me desplazo solo lo hago
rápidamente, entonces voy moviendo mi bastón de un lado al otro,
deteniéndome en las esquinas  para no golpear a nadie,  lo extraño era que
nunca me fallaba la puntería, siempre el bastón se introducía en medio de
las piernas de las muchachas. (Olman presenta desprendimiento de retina en
ojo izquierdo y secuela de quimioterapia).

 

Allá por el Instituto Nacional de Seguros hay una casona donde funciona un
Café Cultural. Es un lugar para los empleados del INS, donde la gente pinta,
dan aeróbicos, artes marciales y qué sé yo.  Había un taller literario de un
querido amigo, Francisco Zúñiga, excelente tallerista, para los que
escribíamos en ese entonces. Nosotros subíamos muchas gradas para llegar al
saloncito y un día las subí en una sola carrera, porque me estaba
reventando, pido un servicio sanitario para orinar, me abren la puerta me
prenden la luz, como de costumbre para que ellos vean, y me dice:
-"¿Te la jugás solo?"
-"Sí, sí, no te preocupés."  Con el  bastón encontré la taza, me cercioré
que  tuviera la tapa levantada y me pongo a orinar, cuando empieza a hacerse
una pringazón, qué raro, si no tenía tapa, bueno a duras penas pude terminar
y cuando voy a halar la cadena me encuentro una perilla le doy vuelta y sale
ese chorro para arriba, "era un bidé".

 

Roberto:
Hablemos de comidas.

 

Juan:
Llegamos al restaurante donde comemos en la empresa donde trabajo y nos dan
carne, que generalmente, yo la pido en trocitos, pero esa vez me la
sirvieron en bistec.  Comienzo a tratar de cortarla, pero parecía una
chancleta de lo dura que estaba, fue tanto el esfuerzo por cortarla que de
repente se me zafó y fue a caer donde un compañero, pringándolo
absolutamente todo.

 

Olman:
Estaba en un restaurante, pero tengo la mala costumbre que cuando estoy
conversando o explicando algo, gesticulo mucho, levanto los brazos, muevo
las manos y es tremendo, porque antes golpeaba a la gente.  Resulta que ya
nos sentamos, estoy conversando, muy efusivamente, levanto un brazo
justamente, cuando iba pasando el mesero y "plin", y me levanto, pero ya
venía un mesero a atendernos con la libreta y le di con la cabeza por las
manos, se golpeó la cara y me decía que me quedara quieto.

 

Precisamente, cuando necesito algo lo empiezo a rastrear en la mesa con las
manos y tengo un amigo que ya me había visto en esas escenas y cuando
llegábamos a un restaurante y yo iba a empezar a buscar me decía: "suave,
tranquilo Olman, que lo que  necesitas yo te lo alcanzo", porque más de una
vez le tocó atajar un vaso que iba en el aire o salvarnos de un reguero
quitando el agua antes de que yo la botara.

 

Antes me pasaba que me ponía a conversar con alguien y me emocionaba y le
explicaba, y cuando le pedía el parecer me daba cuenta que ya se había ido y
que estaba hablando solo.  Ahora ya casi no me pasa, será porque casi no
"hablo" por eso me gusta tener un programa de radio, ahí no importa si está
hablando solo, nadie se da cuenta.

 

Recuerdo que tenía poco tiempo de estar ciego, era una Semana Santa y salí
de la casa un poco deprimido, sin ganas de encontrarme con nadie, pero menos
con una procesión. De pronto me detuve a pensar y una persona que iba
pasando me preguntó que si quería pasar la calle y le dije que no, que
muchas gracias.  Pasó otra persona y me preguntó lo mismo, lo mismo me pasó
con 4 ó 5 más, hasta que le dije al último que sí.  Crucé para que me
dejaran tranquilo; cuando estaba al otro lado se me acercó una señora y me
preguntó si iba a cruzar la calle, porque venía una procesión.

 

Juan:
Salí del trabajo y me fui para San José, de camino me dicen: "Hola Juan
José, ¿cómo vas?".  Unos metros después: "Hola don Juan, ¿cómo estás?",
otro: "Diay Sancho", y yo me decía: "Que popular que me he vuelto",  hasta
que llegué a la casa y me di cuenta que andaba con el carné con foto y
nombre, en la camisa.

 

Como mi papá trabajó muchísimos años en comercio, yo lo acompañaba.  Una vez
llegamos a Heredia y llevábamos cobijas, vestidos y zapatos.  En un lugar mi
papá se detuvo y le ofreció a un señor la mercadería y entonces metí la
cuchara y le dije: "mire señor, tenemos zapatos de muy buena calidad, como
para usted".  Seguí insistiendo y cuando me quedé callado nadie chistaba,
hasta que mi papá le pidió disculpas y le indicó que yo era ciego, lo que
había pasado era que el señor no tenía pies.

 

¡SORPRESA!

 

Con los productores de radio se encuentran dos productores más: Manuel
Enrique Jiménez y Walter Ramírez Vega. Ambos conducen el programa
radiofónico "Entre todos", y como buenos colegas, de inmediato se
incorporaron a la amena charla de anécdotas que usted también podrá
compartir a partir de este momento.

 

Manuel:
Una vez íbamos para una fiesta donde Luis Jiménez y quedamos de encontrarnos
en un punto clave, donde siempre nos encontrábamos, en las gradas de la
Catedral.

 

Estoy esperando y había una muchacha a la par mía.  Como en ese tiempo uno
veía algo, me di cuenta que la muchacha volvía a ver para un lado y para el
otro.  Como media hora después traté de meterle conversación y le dije:
"mire, ¿usted espera a alguien?, y me dice: "Claro que sí Manuel, lo estoy
esperando a usted", era Mari Martínez. (También presenta Retinosis
pigmentaria).

 

Allá por el cementerio de Guadalupe vivía una señora que se llamaba doña
Zelmira, donde se alojaban personas ciegas que estudiaban en el colegio y la
universidad.  Como Luis Jiménez había vivido ahí, me pidió que lo acompañara
a visitar a la señora, nos fuimos bajo un aguacero, cuando llegamos y
tocamos alguien nos saludó, nos dijo que buenas tardes, contestamos el
saludo y se hizo un gran silencio... al ratito oímos "lorita",  era una lora
que nos había saludado.

 

Walter:
Uno cuando chiquillo disfruta mucho las travesuras, nosotros teníamos por
costumbre tocar los pitos de los carros apenas nos bajábamos del bus.  Un
día a un excompañero, que en paz descanse, le tocó ir de primero, pero con
tan mala suerte que en uno de los carros estaba el chofer y le agarra la
mano, pero se llevó doble susto, porque el señor la tenía muy peluda, se
vino pálido, pálido, se sentó en el cordón del caño y prometió no tocar más
en su vida un pito.

 

Manuel:
Yo era funcionario del Ministerio de Trabajo, en el Edifico Marshall, ahí
cerca de la Avenida Central, en la Sección de Colocación Especial.  Los
compañeros me dejaron solo y me quedé esperando en el escritorio, pero nadie
llegaba, en eso se acercó un compañero y me dice:
-"Diay Manuel, ¿no haz atendido a la muchacha?"
El compañero le habló en señas y él me dijo que la muchacha era sorda y que
tenía como media hora de estarme haciendo señas.

 

A Juan Diego y Lupita les pasó un chile cuando vivían en Guadalupe, (Juan
Diego González y Lupita Gutiérrez son personas ciegas). Resulta que se
pusieron a matar a un animal y le daban, y gritaban, y bueno..., cogieron la
escoba, unos trapos, hasta que llamaron a unos vecinos y cuál fue la
sorpresa, que les dice uno de ellos: "lo que hay aquí es una semilla de
mango que ustedes le tocaron las hebras".

 

Walter:
Como a los 18 años me monté al bus de Heredia y me di cuenta que nadie
quería sentarse en un asiento desocupado, entonces yo pensé que si ellos no
lo querían, yo sí, y con la rodilla toqué la base de hierro donde va el
asiento y me dejo ir, cuando me di cuenta estaba con las rodillas en la
frente, porque no tenía donde sentarse, así que lo mejor es no confiarse de
espacios libres cuando el bus va lleno, mejor es ir de pie también.

 

Juan:
Un día me fui con una barra a un salón de baile y me acerqué a una silla,
donde toqué que la persona tenía el pelo largo, entonces la invité a bailar,
pero no me dijo nada y me di cuenta que se puso de pie; me quedé esperando
que me diera el brazo, pero nada, hasta que me dijeron. "Diay, la muchacha
está allá en la pista, esperándolo".

 

Manuel:
Otra vez iba con Feliciano Carvajal, que vivía en Ipís de Goicoechea, y yo
también.  El bus iba hasta el diablo de gente, cuando me dice Feliciano:
"Manuel, qué hembrita más tuanis, vea qué lindo pelo tiene, toque,  y Chano,
quien sabe qué cuentas estaba sacando porque, efectivamente, tenía un pelo
lindísimo.  Cuando hicimos la próxima parada, "era un hombre".

 

Walter:
Andrés Carvajal y yo fuimos compañeros en la escuela, el colegio y la
Universidad Nacional.  En una ocasión íbamos por una de las aceras de la
Universidad y me dice: "Un momento mae, suave, que por ahí no podemos pasar,
vea lo que hay en el suelo", y lo que había era un reflejo oscuro que ni él
ni yo podíamos determinar qué era porque a mí no me dejaba acercarme y él
porque juraba que lo que seguía era un paso de peligro.  Le dábamos vuelta
por un lado, por el otro y nada, hasta que se acercó un profesor y nos dijo:
"Pueden pasar, lo que hay en el suelo es una sombra".

 

Manuel:
Yo recuerdo un chile que nos pasó con la niña Clarissa, que quisimos
tantísimo.  Ella nos invitó al café del Teatro Nacional y como ella ya
estaba muy mal de la vista, Víctor Vargas tuvo que ayudarle a salir, lo
bonito del asunto fue que, cuando íbamos entrando, a doña Clarisa Mora se le
cayó el abrigo y no se dio cuenta.  Ese día estaba cayendo un aguacero...
nosotros pensamos que era un felpudo y todos conforme íbamos entrando nos
limpiábamos los pies en el abrigo, cuando dice Clarissa: "¿Qué se hizo mi
abrigo?", entonces le digo yo: "Ahí está, botado".

 

Estábamos el finado Hugo Gómez y yo en España, en el aeropuerto, y como ese
país es tan caro nos fuimos varios a tomar café. Nos ofrecieron pan, pero yo
no quise, ni Hugo, porque el dinero no nos daba.  A la hora de pagar cada
uno preguntó cuánto debía,  y nos dijeron que el pan era gratuito, por eso
es importante que las personas videntes que nos acompañan nos lean las
informaciones que aparecen.

 

Manuel Carvajal y yo veníamos por la Universidad de Costa Rica, bien
picados, y como existían tantas barreras arquitectónicas, en un momento
estábamos dando cuatro vueltas por un peñón.

 

Walter:
Yo no sé si Roberto se acuerda cuando, para un diciembre, íbamos para la
casa de Manuel Martín Carvajal.  Veníamos de la casa de Clarissa y nos
quedamos en San José, enfiestados.  Como a las tres de la mañana nos
dirigíamos a la parada de Alajuela,  allá por la Merced y, exactamente
llegando al Mercado Central, abrieron una zanja de lado a lado de la acera,
entonces nos fuimos por la calle,  cuando nos dimos cuenta los tres
estábamos en la zanja y ninguno de los tres nos podíamos levantar,
imagínense como andábamos... Lo que recuerdo es que al día siguiente los
nudillos de la mano tenían la piel toda arrollada y no sé si fue a Roberto o
a Martín a quien le pedí un pañuelo, que tampoco sé dónde quedó.

 

Manuel:
Andábamos en San Rafael de Heredia: Feliciano, Mario Villalobos, Carlos
Picado y yo, que era el más jovencillo, pero los 3 estaban bien calientes,
cuando de pronto se fueron en una alcantarilla abierta y sólo yo me quedé
afuera.  Mario quedó tan mal que al otro día tuvo que comprar pantalón y
camisa.

 

Olman:
Yo soy enemigo de los carros atravesados en las aceras, porque son un
peligro para niños, jóvenes y viejos, que tienen que lanzarse a la calle.
Un día vengo de malas y como ya le tenía el ojo puesto a un lugar donde
siempre los dejaban en la acera, empiezo a darle al carro, me acerco a la
ventanilla y pregunto quién es el dueño; como no aparecía el dueño le pegué
el claxon.  Un señor se fue a llamar el dueño y yo saqué un lapicero para
apuntar el número de placa y cuando se montó el chofer salió aventado con el
carro y nunca supe de quién era.

 

Manuel:
A mí no me gusta grabar las lecciones, por eso en un curso de Realidad
Nacional saqué la regleta y el punzón y me puse a tomar apuntes, cuando me
doy cuenta la profesora se queda en silencio y dice: "disculpen muchachos,
pero hasta que el joven no haga silencio y deje de jugar, no puedo seguir
dando la lección".

 

Walter:
La no aceptación de la ceguera nos puede acarrear serios problemas, como en
el caso de Andrés Carvajal.  Precisamente veníamos de donde doña Clarissa,
de pedirle que nos adelantara la beca y como no hubo forma, Andrés me
sugirió que nos fuéramos a pie, para ahorrar.  Llegamos a una acera que,
conforme íbamos caminando, la calle quedaba abajo y le digo: "Andrés, ¿qué
es esta cuestión?, vamos subiendo".
-"No, no, vamos bien"
-"¿No estás viendo los techos de los carros abajo?"

 

Entonces me dice Andrés, espérate para ver, yo te voy a decir si estamos
bien o mal, y se dejó ir... cuando oigo el golpe en la calle, a más de 2
metros abajo, y empiezo a gritarle que qué le pasó, pero no me contestaba,
del susto me puse a ver si me tiraba o no, cuando me dice un señor: "no se
tire, porque el muchacho está muy golpeado, mejor devuélvase los 300
metros", y, para que sepan, Andrés duró internado en el hospital mes y medio
con la boca llena de alambres.

 

Manuel:
Bueno, a veces a uno le pasan cosas no por la no aceptación, sino por la
cantidad de obstáculos.  Una vez veníamos por la Facultad de Farmacia mi
hermana Lidiett y yo, y nos encontramos con una curva sin baranda y nos
fuimos al zacate que quedaba como a metro y medio abajo. A ella se le quebró
la pierna en 3 partes porque cayó en una cuneta y yo no me quebré porque caí
en el zacate.

 

Olman:
Yo sufrí una fractura de cadera porque estaba en un restaurante en la playa
después de cuatro meses de no tomarme ni una cerveza y, como no había
trabajo, acepté la invitación de un amigo, me tomé siete cervezas.  Cuando
salí, alguien me llamó, pero no me detuve, cuando volví a oír, esta vez me
gritaron: "Olman", caí dos metros y algo hasta que me recibieron unas
piedras planas del río.

 

Manuel:
A mí casi me pasa allá en el Monte de la Cruz.  Veníamos un montón de
compañeros y, aunque también nos acompañaban personas videntes, seguro se
olvidan de uno,
porque lo ven desenvolverse bien y como en este lugar hay muchos puentes sin
baranda, me acerqué a la plataforma, sólo me faltaba un paso para caer,
cuando alguien gritó: "Manuel", el siguiente paso era seis metros abajo, yo
no sé si estuviera vivo.

 

 Walter:
Andábamos en Santa Rosa de Santo Domingo de Heredia y Feliciano Carvajal
estaba urgido de un desodorante, resulta que se encontró un spray y sin
pedir permiso se lo puso por todo lado, pero el tarro era de Baygón, de ese
de antes, que no olía nada bien por cierto.

 

Manuel:
En la Universidad teníamos una compañera que trabajaba en política con
nosotros, José Gutiérrez estaba profundamente enamorado de ella y como
Feliciano es tan creativo para las bromas, llega y nos dice: "Vamos a
meterle estas anonas al maletín de José y le decimos que ahí le dejó esa
muchacha". Cuándo llegó José le dijimos que ahí le habían dejado, ¡lo
vieran!, andaba rajando por todo lado con las anonas.

 

Alexis Carmona en la escuela me empujó una botella y me quebró un diente
pero, por razones económicas me lo traté hasta que llegué a la universidad.
Me le hicieron una coronilla, pero antes le hacen como un diente plástico
para darle forma.  Durante un mes venía con una muchacha que me gustaba y se
me viene un estornudo y se me va cayendo la condenada chuncha esa, seguí
caminando disimuladamente y ella me dijo: "Manuel, se le cayó el molde",
hasta que sentí que me subieron y bajaron.  Aunque ella me lo dijo con toda
naturalidad.

 

Walter, Andrés y yo fuimos compañeros en la universidad y, desgraciadamente,
había un profesor que siempre quiso jugar con nuestra deficiencia visual.
Nosotros hacíamos los exámenes en Braille y posteriormente se los leíamos.
Ese día el profesor me pidió que llegara temprano.  Al día siguiente me puso
a leer los dos exámenes y no pude leer el de Andrés, ¿qué fue lo que pasó?,
que creyó que le iba a dar tiempo para ir a aprenderse la materia con las
preguntas que se aprendió de memoria y al otro día se las iba a leer
chorreadas, pero qué va,  al rato lo llamó y lo puso a leer el examen, y se
lo dijo al dedillo, después le dio el mío y también se lo leyó, cuando en
eso le dijo que ya yo le había leído las dos pruebas y que nos iba a
perjudicar a los dos.

 

Juan:
Uno muchachillo no termina de aceptar la ceguera, entonces se me presentó la
oportunidad de ir con una muchacha al cine de Moravia, y nos fuimos.  Como
era en la noche me fui arrimadito a ella para no golpearme, porque iba sin
bastón, al rato me metí en un charco y le dije que fue por venir hablando,
luego me quise ir a un hueco y así me fui disculpando hasta que ya casi
llegando pensaba: "¡Qué embarcada, con estos cambios de luces! y yo que no
veo",  la cuestión es que me faltaba tan poco para llegar, y me va
recibiendo un poste, ahí sí que ya no hubo quite.

 

Walter:
Hay cosas curiosas, una vez vine a San José y pedí la primera cerveza,
conste que era la primera.  Al puro frente yo podía apreciar todas las
sombras que se movían, entonces llamé al muchacho que atendía y le dije:
"¡Qué problema!, no hay música, estoy tomando sin hablar, ¿por qué no le
sube el volumen al televisor?", y me dice: "Disculpe, pero lo que tiene al
frente no es un televisor, es un espejo".

 

Manuel:
Luis Jiménez sabía que en la  Facultad de Medicina había un profesor que no
creía en las personas ciegas para profesionales en Fisioterapia, entonces se
fue a hablar con él, pero no le dijo que era no vidente.  Al rato de
conversar el profesor le pidió que lo siguiera por los pasillos y,
aparentemente, el hombre tuvo la malicia y la maldad de dejar una puerta
entre abierta y ahí Luis hasta que sonó...

 

Ahora dejamos a estos productores de radio para que preparen con
tranquilidad la próxima edición, mientras nosotros seguimos adelante con
nuestra lectura.

 

 

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