El Niño Dios vive
Ciprés, portales y tamales; fiestas, regalos y juguetes; ropa nueva,
manzanas y uvas. Esa era la
Navidad que yo conocía en 1963 Mis padres: un panadero que trabajaba de tres
de la madrugada a seis
de la tarde cada día; mi madre, una pequeña empresaria de una fábrica de
tortillas, que trabajaba de 5 de la mañana a 7 de la noche, día tras día. Mi
hermana, cuatro años mayor que yo.
La época de Navidad representaba mucho más trabajo para la familia. En la
panadería había que alargar el
turno porque se vendía más repostería y el pan tradicional de la Navidad. En
la tortillería, se triplicaba todo, se hacían tortillas de diversos tamaños
y tambien tamales.
En mi familia no había tiempo para pensar en Navidad. Como niño de 6 años,
veía que otros disfrutaban ese tiempo; para mí y para mi hermana siempre fue
una época de trabajo. El niño Dios quedaba en último
lugar; él existía en los cuentos y en los pesebres de las casas ricas en
donde entrábamos para hacer las
entregas de tortillas y tamales.
Aquel veinticuatro de diciembre me acosté cansado y muy tarde porque ese día
teníamos que ayudar mucho más.
Pensé que nuestra casa no tenía adornos de Navidad, ni mis padres me habían
llevado a ventanear a San José; ni siquiera habíamos podido hacer el
"portal". Me dormí. A la mañana siguiente, cuando me desperté,
junto a mi cama, sobre una silla, vi colocado un nacimiento: José, María y
el Niño; al lado de mi
almohada había un regalo. Pensé: "El Niño Dios vino". Ese momento ha sido
uno de los más felices de mi
vida. Dios se hizo real en la vida de niño de seis años, por medio de un
sencillo acto de mis padres.
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