Funeral por Navidad
Mi abuela murió un 23 de diciembre. La noche estaba triste, y había cierta
lucidez en el ambiente, como si ella hubiera viajado desde el hospital a mi
casa, para regalarme lo último de su fragancia antes de partir a ese lugar
precioso y lleno de paz, donde me sigue esperando con su sonrisa fácil y su
olor a leña quemada.
Ya era tarde cuando sonaron los golpecitos en la puerta y en cuanto comprobé
que era mi madre, salí corriendo al cuarto; me encantaba fingirme dormida
para que ella se echara sobre mí y me despertará con sus besos. Esa vez fue
diferente. Su imagen sigue fresca en mi mente como un recuerdo perenne de
aquella navidad.
- Mariana, mami murió - me anunció con una expresión que nunca antes le
había conocido. En mi mente irracional e inocente lo primero que surgió como
una ráfaga fue la idea de que mi madre misma había fallecido, y esa mujer
vestida de negro que estaba frente a mi, era el ángel en el cual se había
convertido después de morir. No recuerdo nada más de esa noche y tampoco no
necesito hacerlo para saber lo terrible que fue aquella noche para toda mi
familia.
El 24 de diciembre, Nochebuena, pasamos la velada frente a un ataúd gris;
gente iba y venia, de un lado a otro, y yo no comprendía como mi abuelita
aguantaba tanto la respiración con ese par de algodones en la nariz, ni por
qué mis tías lloraban tanto si mi abuelita solo estaba jugando conmigo.
Estaba muy chica para comprender la magnitud de mi perdida, y esperaba con
sonrisa disimulada que mi abuelita saltara de su incomodo escondite con mi
regalito de navidad, y sus amenazas de educarme en cuanto mejorara su salud.
Recuerdo el lugar exacto donde estaba el árbol de navidad y el vestido negro
que uso mi mamá en el entierro, no olvido ese 25 de diciembre lleno de sol;
el olor de las flores era dulce, parecía que aquella mañana se habían
vestido con lo mejor sus fragancias para despedirse de la mujer más fuerte y
alegre que un día me arrulló entre sus brazos. Así le dijeron adiós las
rosas mientras los " mariachis" atravesaban el cementerio, entonando
rancheras cristianas mientras mi madre y mis tíos encabezaban la procesión y
mi bis-abuela, que apenas podía caminar, iba a su lado, sintiendo que le
arrancaban un pedazo de su ser; nunca les había visto tan tristes.
Y mientras mis familiares ahogaban las penas en el llanto, viendo el ataúd
descender hasta el fondo de la tierra húmeda, yo estaba en brazos de mi papá
preguntando impaciente por mis regalos de navidad y preocupada porque sabía
lo enojada que iba a estar mi abuelita pues traía puesta una blusa nueva,
que me regalara un vecino, la cual, tenía el dibujo de un personaje de
televisión que ella consideraba anticristiano. Me divertí imaginando el
castigo que le daría aquella devota señora a aquel pedazo de tela.
Mucho después, recordando cada uno de aquellos momentos, lloré todas las
lágrimas que por ser tan niña se quedaron atrapadas en mi pecho, me dolió
también la cruel indiferencia de mi infancia. Solo ahora comprendo: los
niños mismos no temen a la muerte porque en sus corazones conservan fresco
el recuerdo del Cielo. Creo que fue la certeza misma de que mi abuela
estaría disfrutando lo bello del Paraíso, la que me hizo parecer insensible
y no la indolencia y la apatía de la que yo misma me acuse un día.
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