LA IMAGEN DEL TÍO
Sinforoso Choque volvió a verlo en
el sueño; tenía cuerpo grotesco, cara
feroz, ojos chispeantes, nariz
estallada, colmillos aserrados, lengua
colgante
y orejas de asno. En realidad,
visto de cerca, su rostro se parecía a la
máscara de diablo que él colgó en
la pared del cuarto, al lado de la Virgen
del
Socavón. Pero el hecho de que este personaje enigmático se
le hubiera metido
en las pesadillas, como si
estuviese hecho de la misma sustancia que los
sueños,
se debía a la sencilla razón de que
estaba aterrado por su imagen, desde que
lo vio por primera vez en la
galería cercana al paraje del
qhencha
Condori, un hombre de procedencia
dudosa, que no sólo aprendió a pactar con
el Tío, sino también a comunicarse
con el espíritu de los mineros muertos en
el laberinto de las galerías.
Se levantó de la cama como saliendo de una mala borrachera y
se marchó a la
bocamina con la sirena del
sindicato, cuyo ulular era más triste que el
aullido
de un lobo. En su bolsa de Calcuta,
salpicada por las gotas de sílice,
llevaba un atado con mote, chalona
y
chuño
para la comida; una botella de
aguardiente y una
chu'spa
con coca,
lejía
y
k'uyunas
para
pijchar
junto a la estatuilla de greda y
cuarzo que representaba al Tío, ese
personaje que, según las
supersticiones, era el dios y el diablo de la mina,
donde
a unos los trataba con bondad y a
otros con crueldad, dependiendo de los
daños que le hicieran o de los
tributos que le rindieran.
Sinforoso Choque prendió la
lámpara enganchada en el
guardatojo
y se internó en la noche perpetua
de la mina, pensando que nunca tuvo nada,
ni siquiera familia, aparte de una
hermana melliza que se echó a la vida.
Al llegar al paraje donde debían
lamear
la roca, el qhencha
Condori, que siempre era el primero en entrar y el
último en salir de la mina, lo
recibió con una sonrisa mefistofélica, le
puso la
mano sobre el hombro y le dijo:
-No tengas miedo.
Después le volvió las espaldas y avanzó en dirección al
rajo, donde estaba
el material listo para lamear la roca.
-Ahora vas a saber que la montaña es como una chola -le
dijo-. Le levantas
las polleras y se te abre entera.
Sinforoso Choque lo escuchó
atento, sin mirarlo ni hablarle. El qhencha
Condori se prendió a la roca como
una araña, ajustó el cartucho de la
dinamita contra
la grieta y ordenó que le alcanzara
el fulminante, que estaba en su bolsa de
Calcuta. Sinforoso Choque,
consciente de que su rango en la escala laboral
estaba por debajo de los más
antiguos, cumplió con su deber de aprendiz y
esperó que el qhencha
Condori introdujera el fulminante en el cartucho y
preparara
el
chispeador,
haciendo un pequeño corte en el
cabo de la guía.
En este nivel, donde el aire era pesado y el calor asfixiante,
daba la
sensación de estar internado en el
vientre de un monstruo hecho de rocas y
penumbras.
-¡Hora
de
lameo! -
exclamó el qhencha
Condori, desprendiéndose de la roca. Extrajo de su
bolsillo una caja de fósforos y
encendió la pólvora.
El qhencha Condori
y Sinforoso Choque, tras chispear la guía de la
dinamita,
huyeron hacia la galería principal,
gritando a pulmón lleno:
-¡Tiro! ¡Tiro!...
El tiro flauteó en las oquedades, como si un trueno se
hubiese desatado en
el vientre de la montaña. Hubo una
luz que relampagueó y desapareció entre
las
nubes de polvo, recortadas por la
luz menguante de las lámparas.
-Cálmate, Vieja gran puta -susurró el qhencha
Condori, acariciando la roca
como si fuera el lomo de un gato.
La montaña se calmó, se calló. El qhencha
Condori, que sabía calcular la
temperatura de las rocas como si
fuesen su propio cuerpo, fue a controlar
los destrozos
de la explosión; entretanto Sinforoso Choque, levantándose de la guarida
donde se escondió de la ventolera
de humo y polvo, se retiró a la galería
del
Tío. Se sentó sobre el callapo, pijchó
un manojo de hojas de coca y bebió un
sorbo de aguardiente del gollete de
la botella, ignorando la presencia del
Tío, a quien no le ofreció su alcohol ni su coca, ni le
prendió el k'uyuna
en la boca.
El Tío, sentado en su trono de greda, el rostro diabólico,
las patas de
ganso y la verga gruesa, larga y
erecta, lo miró con sus ojos de brasa, como
si
lo confundiera con la Vieja, su
esposa perversa, la que todos los días,
antes de cada lameo,
era insultada y penetrada por los mineros que le
extraían
del vientre su riqueza.
Sinforoso Choque, que a lo lejos
parecía arrodillado ante la imagen del Tío,
sintió que la bola de coca se le
amargó en la boca, anunciándole un mal
presagio.
En efecto, asaltado por el miedo y la superstición, primero
vio la silueta
de dos hombres que, deslizándose a
dos palmos del suelo, aparecieron y
desaparecieron
entre las tinieblas de la galería.
Después escuchó la voz cavernosa del Tío,
quien se levantó de su trono y se
alejó enfurecido. Sinforoso Choque se
quedó
estupefacto, trató de dominar sus
nervios y aligeró el contenido de la
botella. De súbito, con el estómago
relajado como por un purgante de
magnesia, tuvo
ganas de defecar, a pesar del temor
al dolor que le suponía el esfuerzo de
expeler lo digerido. Se retiró
tambaleando hacia el tope de un rajo
abandonado,
donde nadie se atrevía a entrar,
pues se decía que allí convivía el Tío con
los dos mineros que desaparecieron
sin dejar rastro alguno.
Sinforoso Choque miró en derredor,
se bajó los pantalones y se acuclilló,
apoyando los brazos en las
rodillas. Ahí, mientras pujaba con fuerza,
escuchó
unos pasos que se le acercaban por
la espalda. Pensó que podía ser el
qhencha Condori, quien, como todos los viernes a esta misma hora,
venía a
dejar un
puñado de coca y un vaso de alcohol
para el espíritu de los mineros que
desaparecieron en el rajo. Pasado
un tiempo, y al escuchar los pasos muy
cerca
de él, volvió la cabeza y preguntó
quién era. Nadie contestó, salvo una
corriente de aire que silbó a lo
lejos.
-¿Quién anda por ahí, carajo?
-insistió, volcando su indignación en un grito
de furia.
Ahí nomás, como si estuviese en las profundidades del
infierno, sintió una
quemazón de fuego entre las
piernas. El cuerpo se le iluminó como ascua y
las
lágrimas le estallaron en los ojos.
Quiso pararse, pero el Tío lo sujetó por
los hombros y lo tumbó con
violencia, la cara al suelo y la espalda al
cielo.
Sinforoso Choque, sacudido por
convulsiones de dolor, sintió en el alma el
crujido de la muerte y resolló como
si un barreno se le hubiese atravesado
de
lado a lado. De su interior le bajó
un chorro de sangre viva y su recto se
le abrió como un caño roto. Pasado
el incidente, lanzó un grito de pavor y
se
retorció en el suelo. Se levantó
arrimándose contra las rocas y salió del
rajo rumbo a la bocamina, mientras
el Tío, chasqueando su lengua como látigo
de mayordomo, lo perseguía de
cerca, riéndose con una voz parecida al
rebuzno de un asno.
Cuando Sinforoso Choque alcanzó la
bocamina, donde el sol caía caldeando la
tarde, se enfrentó a sus compañeros
de la segunda
punta,
quienes lo vieron salir de la
oscuridad con aspecto de loco, los pantalones
rotos y el trasero salpicado de sangre.
-¿Qué pasó, compañerito? -le preguntaron al unísono,
formando un ruedo.
-El Tío, el Tío... -balbuceó Sinforoso
Choque, sin poder controlar las
lágrimas que le surcaban el rostro
ni las babas de coca colgadas de sus
labios.
Los mineros, pensando que había perdido la razón, lo tomaron
por los brazos
y lo llevaron al Hospital Obrero,
donde murió a los dos días de ser
ingresado.
Cuando los médicos le hicieron la autopsia, se supo que el
autor de su
muerte no fue el Tío, como muchos
habían pensado, sino una enfermedad
misteriosa
de la cual nadie pudo salvarlo.
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