LA TRAMPA
El hombre permaneció sentado, con el periódico abierto delante de su rostro hasta que el tren llegó a la última estación. Allí, los pocos viajeros que aún
quedaban, abandonaron el vagón del metro y se dirigieron hacia las escaleras mecánicas que accedían al exterior.
El hombre del periódico no salió a la calle, sino que siguió a un mendigo que también había viajado en el mismo vagón y que, al subir la primera escalera
mecánica, giró a la izquierda para tomar otro tramo descendente que llevaba al andén opuesto.
En este andén había bastante gente y cuando llegó el tren, todos se agolparon en la puerta dificultando la evacuación de los que pretendían salir.
Al fin, todos entraron y el tren arrancó con su habitual estrépito. El mendigo había entrado por una puerta del extremo del vagón y tan pronto éste se puso
en movimiento comenzó a relatar a grandes voces su habitual reclamo:
-¡Estoy enfermo y no puedo trabajar. Tengo cinco hijos y no tienen nada que comer. Por favor, una ayuda¡
Mientras hablaba, iba avanzando por el pasillo, encorvado y arrastrando una pierna. Llevaba una cazadora raída y sucia y cubría su cabeza con una gorra.
Cuatro o cinco personas depositaron algunas monedas en una bolsa que mantenía abierta.
Al llegar a la siguiente estación, el mendigo cambió de vagón, repitiendo la misma maniobra en cada una de las siguientes paradas.
El hombre del periódico permaneció sentado, sin moverse del vagón, durante todo el trayecto. Llevaba el periódico doblado debajo del brazo y se había colocado
unas gafas oscuras. Estaba seguro de que el mendigo no abandonaría el tren hasta el final del trayecto y cuando el metro se detuvo en la última estación,
se apeó y siguió de lejos al mendigo, que ahora sí salió al exterior.
Lo sorprendente fue que, tan pronto estuvo en la calle, se enderezó y comenzó a caminar con un paso vivo y sin el menor síntoma de cojera.
Dos calles más adelante giró a la derecha por una callejuela estrecha y sucia, introduciéndose en una taberna que, a esas horas de la tarde, se encontraba
bastante animada, especialmente en la zona del mugriento mostrador, donde se agolpaba un grupo numeroso de hombres que charlaban animadamente mientras
bebían vino o cerveza..
El mendigo se acercó al mostrador y una vez que le hubieron servido una jarra de cerveza, fue a sentarse en una mesa del rincón más apartado del local.
Mientras contaba las monedas que iba extrayendo de la bolsa, liándolas con gran destreza en tiras de papel que previamente había preparado, el hombre de
las gafas oscuras se acercó a él con una caña de cerveza en la mano.
-¿Te importa que me siente en tu mesa? Querría hablarte de un asunto que seguramente te va a interesar.
El mendigo se le quedó mirando un poco sorprendido. Se trataba de una persona de baja estatura, pero de constitución robusta. Su cara aparecía tostada por
el sol, como si hubiera pasado muchas horas al aire libre. Cubría su cabeza con un sombrero de ala ancha y lucía una corbata de colores chillones.
-¿Nos conocemos? No creo haberle visto antes. ¿Qué es lo que quiere?
- He visto cómo "trabajas" en el Metro y por lo poco que he podido observar, me da la impresión de que ese no debe ser un "negocio" demasiado rentable.
¿No es así?
-He estado trabajando durante más de cinco horas y escasamente he sacado lo suficiente para pagar una mala comida y la cama de esta noche. Pero ... ¿quién
es usted? No será de la poli ¿eh?-
-Tranquilo. No soy policía, ni mucho menos. Me llamo César y quizá podría proporcionarte un trabajo mucho más rentable que pedir limosna haciéndote pasar
por lisiado, cuando pareces más sano que una manzana y, por supuesto, lo de los 5 hijos muertos de hambre será también un cuento chino. ¿Me equivoco?
-No, no se equivoca y le puedo asegurar que estoy harto de esto. Sin embargo no estoy dispuesto a trabajar de peón de albañil por un jornal de hambre Para
eso sigo como estoy que aunque no se saque mucho, al menos trabaja uno cuando quiere y no le salen callos en las manos.
-Precisamente quería hablar contigo de eso. Si te parece, pasamos al reservado y allí podremos hablar con más tranquilidad. Pide lo que quieras, yo invito.
Bueno, por escucharle no pierdo nada. ¡Señor Paco, tráiganos una botella de vino y unos boquerones¡
Los dos hombres entraron en una pequeña habitación por una puerta que había en el fondo de la taberna y se sentaron en las desvencijadas sillas que había
junto a una mesa de mármol.
Una vez que el Sr. Paco les sirvió lo que habían pedido, el hombre del sombrero comenzó a hablar._
-Te vengo observando desde hace algún tiempo y, aunque no te conozco demasiado, creo que estás desperdiciando un tiempo precioso que podrías dedicar a algo
más productivo. Me precio de conocer a las personas al primer golpe de vista y creo que tú reúnes las condiciones necesarias para ayudarme a llevar a
cabo un plan que puede reportarnos importantes beneficios. Sin embargo he de decirte, antes de que sigamos adelante, que el asunto no está totalmente exento
de riesgos que serán mínimos si se toman las debidas precauciones.
-Me tiene Ud. sobre ascuas. Dígame cómo puedo ganar dinero y le aseguro que haré lo que sea. A propósito, me llamo Torcuato.
El Sr. César habló en voz baja durante más de media hora, mientras Torcuato asentía con la cabeza, tomando un sorbo de vino de vez en cuando.
-Si estás dispuesto, tendrás que cambiar de imagen, cortarte el pelo y la barba y comprarte ropa adecuada y discreta, pues no conviene llamar la atención..
Para todo esto te adelantaré el dinero necesario que te descontaré cuando hagamos cuentas. ¿Estás de acuerdo?-
-Aunque no me ha aclarado muy bien de qué va el asunto, confío en Ud. y voy a aceptar porque necesito dinero y cualquier cosa es preferible a lo que ahora
estoy haciendo.-
-En ese caso, apréndete de memoria la dirección que te voy a dar y preséntate en ella mañana jueves a las cuatro de la tarde. Aunque a esa hora no suele
haber nadie por la calle, procura no llamar la atención. Allí se te darán todos los detalles que necesitas para realizar este primer trabajo. Procura
ser puntual y no olvides todo lo que te he dicho. Sobretodo no comentes con nadie nuestra conversación Confío que con estos quinientos Euros tendrán suficiente
para tus primeros gastos.-
Torcuato salíó de la taberna bastante preocupado, pues aunque no le habían dado muchos detalles del negocio en que se iba a meter, intuía que sería algo
ilegal y con más riegos de los que le había dado a entender el Sr. César.
Hasta entonces había cometido algunas fechorías como robar monederos y hasta algún que otro bolso por el procedimiento del tirón. Pero sabía que, en el
caso de haber sido sorprendido por la policía, la sanción habría sido bastante benigna. Ahora, en cambio, sospechaba que la cosa era bastante más seria
y que si le pillaban, podría dar con sus huesos en la cárcel. Tocó en su bolsillo el sobre con el dinero y eso le apaciguó un poco el ánimo. Nunca había
tenido suerte en la vida y confiaba que ahora la fortuna iba a cambiar.
Se dirigió directamente a unos grandes almacenes y compró una cazadora, pantalones, zapatos y todo lo necesario para adquirir el aspecto de de un hombre
normal y corriente. En su miserable pensión, se cambió de ropa, pagó a la asombrada patrona las dos semanas de hospedaje que le debía y salió en busca
de una peluquería. Se cortó el pelo y se quitó la barba y cuando el peluquero, finalizado su trabajo, le puso ante los ojos el espejo, casi no se reconoció.
Ese día comió magníficamente en un restaurante gallego y al pagar la comida se dio cuenta de que se le habían agotado los quinientos Euros y casi la totalidad
de los escasos ahorros con que contaba. Sin embargo, se tranquilizó pensando en el dinero que le había prometido el Sr, César si aceptaba el trabajo, aunque
en ningún momento había concretado la cantidad.
Al día siguiente, jueves, se levantó temprano porque los nervios y la inquietud no le dejaban dormir.
Después de desayunar en El Brillante de la glorieta de Atocha, dedicó la mañana a deambular por el paseo del Prado, tratando de distraerse de sus preocupaciones
mirando a las numerosas turistas que iban a visitar los museos de la zona.
Aunque la creciente inquietud que sentía le había quitado el apetito, se tomó una hamburguesa y seguidamente se dirigió a la dirección que le había dado
el Sr. César.
Se trataba de un bloque de viviendas del barrio de Vallecas que, por su aspecto parecía deshabitado.. Dio una vuelta por los alrededores para hacer tiempo
y, a las cuatro en punto, con una mano temblorosa y pensando si no haría mejor en echar a correr y desaparecer, empujó la entreabierta puerta del edificio
y subió por una escalera semioscura hasta el primer piso. En el rellano le estaba esperando el mismo Sr. César, que después de un breve saludo le introdujo
en una habitación donde apenas pudo vislumbrar la figura de un hombre sentado tras una pequeña mesa de escritorio.
Pese a que el día era muy soleado, la habitación estaba en penumbra, iluminada únicamente por una pequeña lámpara situada sobre la mesa. El hombre cubría
su cabeza con una gorra de visera como la que usan los ciclistas y tenía puestas unas gafas oscuras, lo que unido a la semioscuridad de la habitación impedía
apreciar sus facciones.
-Por lo que me ha dicho el Sr. César, parece que reúnes las mejores condiciones para ayudarnos a realizar un trabajo, que si sigues al pie de la letra nuestras
instrucciones, no tiene apenas riesgos y por el que te pagaremos tres mil Euros,-
-Lo único que tendrás que hacer es entrar en un chalet y recoger una cartera de piel negra que encontrarás encima de un mueble que hay en el dormitorio
principal de la primera planta.
El trabajo lo realizaremos mañana viernes, a la una de la noche, aprovechando que los dueños del chalet estarán fuera todo el fin de semana. El Sr. César
te indicará la casa y te entregará las herramientas que necesitarás para entrar. A la salida te dará el dinero.
-El te aclarará cualquier duda que puedas tener y se quedará vigilando en la calle mientras tú estás dentro de la casa. Puedes quedarte con el dinero que
puedas encontrar y con los objetos de valor que te parezca. A nosotros lo único que nos interesa es la cartera.
Dicho esto el hombre de la gorra abandonó la habitación con un inapreciable gesto de despedida
El Sr. Cesar explico a Torcuato todos los pormenores de la operación y después de aclarar sus muchas dudas y de tranquilizarle lo mejor que pudo, le despidió
hasta el sábado a la una de la madrugada, en un lugar discreto próximo a la casa en la que tenía que entrar y cuya dirección exacta no le reveló.
Pese a las palabras con que el Sr. César procuró tranquilizarle, Torcuato estaba muy nervioso y aquella noche no pudo apenas pegar un ojo. Pensó incluso
en renunciar, pero la extrema necesidad del dinero y el temor a posibles represalias que el Sr. César le había dejado entrever si no cumplía lo pactado,
hizo que a las doce y media de la noche del día siguiente, con el corazón en un puño, Torcuato se presentara en el lugar que le habían indicado.
Se trataba de una zona de chalets en la parte alta de la calle Serrano. No había luna y la noche estaba oscura y bastante desapacible. A esas horas de la
madrugada no se veía un alma por los alrededores.
Poco antes de la una se presentó en el lugar el Sr. César, vestido con una gabardina oscura y con una bolsa de deportes en la mano.
Sin apenas saludarle le entregó la bolsa y con un gesto le indicó que le siguiera, al mismo tiempo que, en un susurro, le explicaba:
-La entrada a la casa es muy sencilla. Como te dije, no hay nadie y sólo tienes que saltar la valla por el sitio que te indicaré y, una vez en el jardín,
forzar, con la barra de hierro que encontrarás en la bolsa, la puerta corredera que hay en la terraza, junto a la piscina. Una vez dentro, puedes encender
la lámpara que también va en la bolsa, recoger lo que veas de valor y subir por la escalera a la primera planta. La segunda puerta a la derecha es el dormitorio
principal y allí encontrarás la cartera. Recógela y sal por el mismo sitio que has entrado. Yo te espero aquí. Esa es la casa.-
A Torcuato le temblaban las piernas pero haciendo un gran esfuerzo para sobreponerse al miedo que le invadía, logró saltar al jardín. Allí permaneció acurrucado
unos momentos y cuando se convenció de que no se observaba el menor movimiento, se acercó a la casa sin hacer el menor ruido y buscó la terraza con la
puerta corredera.
Al sacar a tientas la barra de hierro del interior de la bolsa se extrañó de que estuviera manchada, como de grasa, pero no le dio demasiada importancia.
Sin grandes dificultades consiguió forzar la puerta corredera de cristal y entrar en el salón de la casa. Se detuvo un momento en medio de la oscuridad,
escuchando con atención; pero el único ruido que pudo percibir lo producía su propio corazón golpeando con fuerza su pecho a un ritmo muy acelerado.
Encendió la pequeña lámpara que encontró en el interior de la bolsa y examinó la habitación. Se trataba de un gran salón ricamente amueblado, en cuyas estanterías
se veían numerosos objetos de adorno, que a Torcuato le parecieron de gran valor.
Lo más aprisa que pudo registró los muebles, metiendo en la bolsa los objetos que consideró de plata y unos cuantos billetes que encontró en el interior
de un bolso. Después, con gran cuidado, se dirigió a la escalera y subió muy lentamente y sin hacer el menor ruido los peldaños que conducían a la primera
planta.
Una vez en el descansillo, buscó la segunda puerta a mano derecha. Con sumo cuidado la empujó suavemente y con gran sigilo dio un paso hacia el interior.
Estaba totalmente a oscuras y no se oía el menor ruido.
Con la exigua luz de la lámpara recorrió la habitación en busca de la carpeta negra. Al pasar el haz de luz por el suelo se quedó petrificado. En medio
de un gran charco de sangre yacía el cuerpo de una mujer, vestida con un camisón blanco y con el rostro desfigurado por una gran brecha que le hendía
la frente.
Torcuato dejó caer la bolsa y la lámpara de las manos y huyó despavorido escaleras abajo, tropezando con los muebles del salón y saliendo a toda prisa al
jardín. Al saltar la valla se torció un tobillo lo que no impidió que siguiera corriendo, buscando ansiosamente al Sr. César.
No había recorrido más de cincuenta metros, cuando un vigilante jurado que hacía su ronda habitual por la zona, le dio el alto y con la ayuda de un compañero
que acudió enseguida a su llamada, le puso unas esposas y llamó inmediatamente a la policía.
En el juicio por asesinato que se celebró tres meses más tarde, Torcuato repitió una y mil veces su versión de los hechos. La policía no pudo encontrar
el menor rastro del Sr. César por lo que el jurado, ante la evidencia abrumadora de las pruebas, especialmente la relativa a las huellas aparecidas abundantemente
en la ensangrentada barra de hierro que, según demostró el forense, había sido utilizada como arma homicida, le declaró culpable de asesinato en primer
grado por lo que fue condenado a veinte años de prisión.
Entretanto, el apenado viudo que, en la noche en que ocurrieron los hechos, se encontraba de viaje de negocios en Barcelona, según pudieron acreditar numerosos
testigos, recibía de manos del representante de una conocida compañía de seguros, junto a su más sentido pésame, un cheque por valor de trescientos mil
Euros.
Dos días más tarde, en un discreto rincón de una cafetería de la Calle Goya, el Sr. César recibía de manos del enlutado viudo un abultado sobre conteniendo
trescientos billetes de cien Euros.
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