Parto en la arena
Duerme, pues niño, que tu padre va a traer un venado moteado para tu
animalito; y una oreja de liebre para tu collar; y frutas moteadas de la
espina para tus juguetes.
(Fragmento de una canción de cuna mby'a
No entiendo por qué arman todo este lío, todo este bochinche. ¡Mándense a
mudar de mi casa! Sí, ya sé que no es una casa sino un rancho, pero es
solamente mío y nadie tiene el derecho de meterse en él como si fuese suyo.
¡Qué se habrán creído, intrusos! ¿Y ustedes? Sí, ustedes los uniformados,
¿qué quieren? ¿Qué buscan? Vean..., acá están todas mis pertenencias: un
baúl, un catre, la alacena y en el otro cuarto el fogón. En el fondo
encontrarán la letrina. Y ustedes, mis vecinos, ¿por qué me vigilan? ¿Notan
algo extraño, o ya no conocen a Juliana, la huérfana, la guacha? Todavía
tengo 18 años, el mismo cabello negro y las mismas piernas largas.
¡Mírenlas! ¡Ah!..., ¿les gustan? ¡Puercos, cochinos!, siempre detrás de lo
mismo. Y ahora, lárguense... ¡Desalojen mi lugar! ¿Me oyeron?... ¿Que por
qué lo hice? A nadie le importa; el problema es mío y de nadie más.
¿Entendieron? Lo que pasa es que son unos chismosos, controlando siempre la
madriguera ajena, mucho para juzgar
poco para ayudar. ¿Cuándo dejarán de ocuparse de los demás para limpiarse la
mugre que tienen encima? ¡No pisen mis plantas llenas de pimpollos! Jamás
aprenderán a cuidar nada porque son brutos. Son todos unos brutos, nadie
tiene juicio, nadie entiende nada, nadie sabe nada. ¡Es una vergüenza! Pero
lo que es a mí, Juliana, me van a responder. ¿Ven esta pala?, ¿la ven? A
patadas y a palazos los voy a echar. ¡Qué se habrán creído, desocupados,
haraganes! Cuidado... cuidado, no piensen que porque tienen un uniforme me
van a tocar. No se me acerque... quietos... ¡Cállense ya! ¡A qué viene tanto
griterío! No echan de ver que uno se siente acorralado como un animal y que
convierten en prisión la propia vida. Es triste reconocer que se está
enjaulado por seres humanos igualitos a uno que uno es de carne y hueso, no
de tablas y cartones como este rancherío. Los ojos van descubriendo mentira
tras mentira y hay dedos que acusan y condenan sin que tengan el coraje de
meterse
en el cuero de uno. ¿Este es el premio a tanto guerreo para hacerse gente,
esperando que se le respete? ¿Que quién respeta a una mujer? Ya les voy a
enseñar yo... así como ustedes me enseñaron otras cosas. ¡Lo que no voy a
hacer es darles el gusto! De esta boca no saldrá una sola palabra, porque a
nadie le debo ni el saludo. A ver, ¿a quién le debo algo? ¡Sinvergüenzas!
Todo cuanto me dieron se lo cobraron y ahora pretenden que les rinda cuenta
de mis actos. ¡Nunca vi descaro igual! Y ustedes, los uniformados, tendrían
que protegerme de esta gentuza que nada pondera; ¡pero no!, son los más
apurados para intervenir y estironearme. ¡Terminen con el griterío! La única
que habla fuerte soy yo, Juliana. Este es mi rancho y nadie se mete conmigo.
Digno, mi concubino, es el único que da órdenes aquí. Aquí manda él, se hace
lo que él quiere y hasta que no vuelva nadie dice ni toca nada. ¡Basta de
preguntas! ¡Déjenme en paz, atropelladores! ¿Saben que están en casa ajena y
con una mujer ajena? Los voy a denunciar al Comisario por difamadores y
entrometidos. ¡Eso sí que no! Se van a quedar con las ganas..., no pienso
contestarlas. Mi marido me dio una orden y yo la cumplí. Eso es todo y nadie
tiene por qué intervenir en las cosas de una pareja. ¿Acaso yo me metí
cuando don Leguizamón casi la mató a Josefa? ¡La paliza que le dio él y los
socorros que pedía ella! Yo, muda, quieta y sorda. Para eso se tiene un
techo, aunque estemos amontonados y encimados en este basural. Cada uno
rendirá cuenta a Dios", dice el cura. A ver... ¿quién de ustedes es Dios?
Son capaces de decir que sí de chiflados que están. ¡Retírense todos! ¿Me
escucharon? Han invadido mi propiedad y tengo mucho que hacer para cuando
llegue Digno; a él le gusta la mazamorra bien espesa, con el maíz blandito.
¡Miren mis plantas! ¿Qué han hecho con ellas...? Debo remover la tierra
después de la pisoteada de estos animales. ¡Pobres mis crotos! Les repito
que no pienso
confesarme; como si pudiera anunciarles algo que ustedes ya no sepan. ¿Nunca
oyeron contar lo que hacen las indias embarazadas cuando el padre murió o
las dejó?... hacen un hoyo en la tierra y paren en ese hoyo, enterrando en
él cuanto se les cae del vientre: niño, placenta, sangre... ¡todo! Lo
entierran todo y se acabó. ¿Por qué? Estúpida pregunta. ¿Quién creen ustedes
que iba a darle de comer a ese niño? El padre es el que caza, y si no tiene
padre, ¿quién...? ¡Díganme quién da de comer a los hijos sin padres!
¡Díganme! ¿Quieren esos niños que se mueren de hambre o que pescar a 10
centavos por las calles? ¿Eso quieren? ¡Ah!, se callaron... Muy bien, ahora
sí que nos estamos entendiendo. ¿Verdad que sí? Entonces, ¿cuál es el
escándalo? ¿Por qué el barullo? Explíquenme... ¿quién de ustedes iba a darle
de comer a mi hijo? ¡Contéstenme! Yo, Juliana, la huérfana, la guacha,
quiero saber. ¡Ya mismo! ¿Qué esperan...? Vuelven a callarse, justo cuando
deben discursear.
¿Ven?... nadie. Nadie suelta ni mú. Por eso pensé muy bien lo que debía
hacer cuando Digno me abandonó. Él dijo que no sabía si ese niño que yo
esperaba era su familia y que iba a volver solamente si lo mataba. Nació el
sábado, era varón, gordito. Lo pisé y lo pisé hasta que murió... Y ahora,
¡fuera! ¡Váyanse! ¿No entienden que tengo que preparar el puchero y la
mazamorra para Digno ¡Oiga, señor!, le repito que no me toque. ¡No me toque
un solo pelo! ¿O usted se cree que es Dios?
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