Periplo.
Es el mes de enero, nuestro viaje se inicia en Santiago de Chile. Son las siete de la tarde y estamos felices de poder abordar el tren para cumplir con aquel sueño tan acariciado: viajar al sur… El tren nos ofrece la felicidad de deslizarnos por el verde valle que se presenta placido y sereno protegido a ambos lados por la majestuosa cordillera.
Todo es calido y de buen gusto, al cabo de dos horas de viaje entrada ya la noche, nos tendemos en el cómodo lecho y con las ventanas abiertas la noche profundamente azul nos regala la magia de sus flores de plata, con tanta belleza que parece que amorosamente comparten nuestro mágico y soñado idilio.
Al cabo de 14 horas de viaje llegamos a Puerto Mont donde termina nuestra travesía en tren: allí está la pintoresca y atractiva ciudad enclavada en la falda de la cordillera, de frente al mar que le da vida y como homenajeando la vida los techos de las casas semejan escamas que muestran con la ayuda del sol su plateado brillo.
Nos dirigimos al puerto de pescadores: Angelmó donde nos deleitamos con los muy sabrosos frutos del mar acompañados de un muy buen vino, todo aquello llena nuestros cuerpos y nuestras almas de gozo.
La belleza del lugar es total: las cumbres nevadas, con la muy verde vegetación, mayormente compuesta por altas y frondosas araucarias y robles; con los espejos azules de los lagos enmarcados con las cenizas grises muy oscuras, producto de los suspiros calidos posteriores a la pasión volcánica.
Es allí el lugar de los contrastes, disfrutamos de las aguas de los lagos azules con una temperatura de 25 grados.
No parece posible que el volcán Lonquimay la noche anterior, hubiera demostrado su poder lanzando al espacio rocas enormes en estado incandescente, que al tomar contacto con la madre tierra, cambian su color y movimiento por el quieto gris oscuro y humeante; mientras cubría con un manto suave y tranquilo de cenizas un radio de 5 Km., lanzaba hacia el espacio la altísima columna de humo blanco como diciendo: - ahora me siento mejor y en paz-.
Mas adelante, muy cerca de los saltos del Petrohue con sus aguas verdes, de fuerte corriente sobre lecho volcánico con blanquísima espuma, nos detenemos en una granja donde reponemos energías con las delicias que allí se producen y elaboran, en feliz convivencia con la naturaleza.
Llevamos tres días de viaje, y vamos al encuentro del Océano Pacifico para abordar el trasbordador que nos lleva hasta Chiloe: cuya vegetación es baja, sus habitantes mapuches con sus viviendas sobre palafitos, con un cielo intensamente azul.
Seguimos nuestra ruta hacia el tan anhelado sur, todo es bello y armónico.
Teníamos en nuestro interior el deseo mezclado con el temor y la curiosidad por la legendaria ciudad de los Cesares enclavada entre dos montañas una de oro y otra de diamantes, pero como sus habitantes son presa de la inmortalidad dice la leyenda que al ser descubierta el mundo llegaría a su fin, pensamos que es mejor que siga en secreto preservada de los mortales curiosos.
En nuestra travesía conocimos muchas leyendas parte del atractivo de las diferentes zonas camino al polo austral, nos hicimos la promesa de no querer jamás la flor de la nieve porque el no tenerla es augurio de amor eterno.
Hemos llegado a la provincia de Magallanes y no podemos ignorar la gran estatua del indio patagón junto a la estatua del navegante Magallanes, en señal de respeto por la leyenda del indio patagón cuyo dedo del pie se acostumbra a besar pidiendo felicidad y pronto regreso.
Estamos en Punta Arenas esperando el avión que nos llevará al tan anhelado destino, con el nerviosismo propio de la espera. Finalmente a las ocho de la mañana nos invitan a tomar nuestros lugares en el avión de carga que nos llevará al Continente Antártico.
El avión toma altura, hasta los siete mil metros, pues debemos pasar sobre el canal de Drake donde convergen todos los vientos y un navío no demora menos de ocho días en cruzarlo con los consiguientes peligros y zozobras. Durante el ascenso no ocurre nada especial, la esperanza nos anima y el tan anhelado sueño es ahora entre nubes.
Demoramos cuatro horas pero cuando vamos descendiendo un sentimiento especial se apodera de mí: no es temor, tampoco soledad, no es desamparo, pero es una mezcla de angustia, ansiedad, alegría y la percepción de salir finalmente a traspasar el umbral de la verdadera libertad.
Descendemos en el helado aeropuerto de la base chilena y estamos en la isla Shetlan, son las doce del medio día. Nos miramos, un apretón de manos y está todo dicho. En un transporte motorizado vamos hasta la base uruguaya y nos sentimos agradecidos por el sentimiento de familia que tenemos solo por haber nacido en la misma tierra.
La temperatura es de cero grado pero la sensación térmica es menor, entonces llega el momento tan esperado: nos vamos a caminar por la blanca llanura. El cielo y el océano con los pálidos rayos del sol, que en ese lugar no conoce el cenit y que nos regala un arco iris diferente descomponiendo el blanco de los glaciares en el horizonte cercano, en colores donde el verde es el mas fuerte y el rojo el menos visible.
Estamos allí, tomados de la mano oyendo el majestuoso silencio y en aquella inmensidad somos pequeños, el silencio es tan maravilloso que podemos escuchar el dialogo de nuestros corazones, nos acercamos al océano y esta todo tan quieto que solo rompen aquella magia un elefante marino y algunas focas bastante mas alejadas. El cielo tiene techo de nubes bajas y el sol va empalideciendo, la aurora antártica comienza a verse borrosa en la línea del horizonte, el oro del sol se torna pálido mezclándose con el azul en cuya parte mas alta se mezcla con el gris brillante, pero un fenómeno atmosférico se avecina, la naturaleza nos regala una pequeña nevada…
Los copos de nieve comienzan a llegar hasta nosotros pero no en forma perpendicular sino en forma inclinada, son leves, blancos… es la caricia de la bienvenida, abrimos nuestras bocas y esperamos el brindis natural, fueron veinte minutos maravillosos… ya no caían mas copos y una leve brisa nos dio la alerta porque entonces el frío se hace mas y mas intenso, y entonces felices corrimos al refugio donde la comida caliente nos daría lo que faltaba, el calor de hogar, la tertulia con nuestros anfitriones… y afuera la inmensidad…
Estábamos cansados pero era por ahora nuestra única noche en aquel lugar tan amado. A través de los cristales podíamos ver la noche antártica, que no es tal porque un día son seis meses y otro tanto una noche, pero para nosotros que somos viajeros de paso la noche la llevamos en nosotros, mañana , nos dijimos ,al medio día partiremos…
Es el momento de cada uno, en silencio, acariciando en forma personal e íntima el sueño hecho realidad… yo miraba el cielo nocturno, es la noche mía, es el silencio del recogimiento, del descanso, es el silencio mayor porque el hombre cesa en sus actividades pero la noche azul nos espera lejos de allí…
Mi noche antártica tiene estrellas veladas por el techo bajo de las nubes y por la cercanía del astro rey que no deja de iluminar aun pálidamente, pero ellas están allí como pequeñas flores de un jardín diferente… Pienso: estamos aquí en medio de la inmensa llanura blanca como si quisiéramos fundir el pensamiento con el cielo y el mar... el océano inmenso que se toca en el horizonte con el cielo infinito y el blanco manto que cubre nuestra madre tierra; podemos tomar conciencia de la pequeñez de nuestro cuerpo, somos hijos pequeños de una madre muy grande, somos parte del universo, pero la pequeñez del cuerpo es muy diferente del pensamiento que no es perecedero y que está en expansión; y es allí donde se puede sentir lo grande veloz y distante del poder del pensamiento, se siente allí mas cerca de lo que siempre miramos como lejos, la conexión es para mi real y perceptible .
Emprendemos el regreso, abordamos el avión, pronto estaremos en Santiago nuestro punto de partida…
No traemos más equipaje del que llevamos, todo esta en nosotros, el viaje fue enriquecedor, somos los que arribamos muy diferentes de los que partimos, traemos con nosotros para compartir con quien lo quiera algo maravilloso y casi intangible.
Esta dentro de nosotros y surgirá día a día.
Marie Díaz