Relato montañero - Sidra y Naranjo de Bulnes.
El jueves a las siete de la tarde me encontré con Maite en
el metro de Callao, salida a la calle del Carmen. Tomamos una cerveza en
Rodilla y nos dirigimos
a la calle Libreros para
encontrarnos con los amigos en el Escarpín.
El Escarpín es una sidrería asturiana que hay al final de la
calle, en una rinconada, y es el lugar habitual de los jueves donde nos
encontramos unos amigos
de la sierra.
Llegamos y vimos a varios conocidos, los cuales comenzaron a
gastarnos bromas. Entramos en el local y bajamos por las escaleras que hay en
la parte del
fondo, tras la barra del bar, y que
es el asceso hacia la cueva donde hay una serie de bamcos y mesas de madera. Abajo encontramos a los amigos y,
una
vez hechas las presentaciones,
pedimos unas botellas de sidrina y unas fuentes de
queso de Cabrales con pan de hogaza. Como siempre,
soy yo el encargado
de escanciar la sidra. Me levanto y
voy hacia los recipientes redondos de madera que hay en un rincón, destinados a
recoger las salpicaduras de sidra que
se vierten al escanciarla.
Vamos pasando los basos con los culines y bebiendo uno a uno de los de allí congregados. La
sidra se bebe de un trago, arrojando las gotas que quedan en
el vaso por encima del hombro y por
la parte donde se han puesto los labios, de esa manera, esas pequeñas gotas
sirven para lavar los restos de saliva,
quedando el vaso listo para el
siguiente degustador.
Maite me pregunta dónde he aprendido a escanciar la sidra,
ya que se me dá vastante bién.
-Fué en los Picos de Europa -dije
yo-_, Resulta que estábamos mi amigo Ramón y yo subiendo por la cara oeste del
Naranjo de Bulnes y queríamos alcanzar
a otra cordada que hiba delante de nosotros. El caso era que queriamos llegar antes de que anocheciera y teníamos un
poco de aprensión pues era la segunda
vez que intentábamos escalar esa
vía. La primera había sido el año anterior, pero al llegar a los "Tiros de
la Torca" habíamos abandonado por la cara Sur
pues estábamos agotados física y
psicológicamente, ya que ésta primera parte de la escalada es muy dura,
realizándose totalmente en desplome de la pared,
la cual se supera a base de
escalada artificial, con una dificultad de A-2, es decir, estando colgados de
los estribos , y apoyando únicamente las puntas
de las botas en la pared para
conservar el equilibrio, lo que supone un gran desgaste de energías y
agotamiento de brazos y piernas.
Hay que saber que, en ese punto de la escalada, una vez
realizado el rappel pendular que da asceso a la Gran Travesía, es imposible el abandono. En ese
punto hay que seguir hacia adelante
necesariamente... o morir.
En ese punto del relato me paré unos instantes mientras
comía una rebanada de pan con queso de Cabrales.
-El caso es que alcanzamos la cordada precedente justo al
llegar a los Tiros de la Torca -continué con el relato-. nos
dimos a conocer y supimos que eran
unos montañeros de Oviedo. Estos
amigos habían llegado hasta allí y estaban dudando si continuar o abandonar. La
tarde estaba avanzada y la tensión nerviosa
era evidente en ellos. No se
decidían y nosotros les contamos nuestra aventura del año anterior. Hablamos
durante un buen rato y decidimos que continuaríamos
juntos al día siguiente al
amanecer.
Preparamos el vivac y comimos una
sopa que preparé con el camping gas. Luego comimos galletas, chocolate y fruta
escarchada, todo ello regado con té con
leche condesada.
Antes de dormirnos y, una vez metidos en los sacos de
dormir, hablamos de montañas y escaladas, amén de otras cosas... En la
conversación salió a relucir
el tema de la sidra. En ese
contexto, yo aludí a las ganas que tenía de aprender a escanciarla. Jaime, uno
de los asturianos, me dijo que si al día siguiente
llegábamos a la cumbre sin que nos
hubiere pasado nada, no nos iríamos a Madrid sin haber aprendido a
"tirar" la sidra.
A la mañana siguiente, antes de que amaneciera, ya estábamos
recogiendo el vivac y desayunando a base de leche condesada con Ovomaltina y
galletas con mantequilla
y mermelada.
Antes de las seis de la mañana ya estábamos montando el rappel pendular que nos conduciría a la "Gran
Travesía".
Antes de descender nos miramos sin decir nada. Ramón fue el
primero en colocarse el rappel y descender hasta el
principio de la travesía, asegurado por
mí desde arriba. A continuación
bajé yo y más tarde los dos asturianos. Después de recuperar la cuerda del rappel, ya estábamos los cuatro embarcados en
la aventura y sabiendo que ya nada
nos podría hacer volver atrás, ya que era imposible al haber quitado la cuerda
que nos unía aún con la última oportunidad
de abandono. Ya sólo nos restaba
seguir hacia adelante.
Híbamos las dos cordadas unidas
por una cuerda auxiliar. Cruzamos la travesía y, sin otro tropiezo que mi caída
sin consecuencias en el gran diedro, llegamos
al lugar denominado Rocasolano, y consideramos realizada la vía sin ningún
contratiempo, ya que desde allí ya se había terminado la dificultaz.
El último
ascenso hacia la cumbre fue
prácticamente andando y disfrutando del paisaje que teníamos a nuestro alrrededor.
Una vez en la cima, junto a la imágen
de la Virgen de las Nieves, patrona de los montañeros que hay en la cumbre, nos
sacamos las fotografías de rigor y
nos preparamos para el descenso.
Después de montar y descender por los ráppeles
de la cara sur, recogimos el material y nos encaminamos a la cara oeste hasta
el refugio de la Vega de Urriello
donde entramos y descansamos,
comimos y nos dispusimos a regresar a Puente Poncebos.
Llegamos agotados por el descenso tan pronunciado que hay
hasta llegar a Puente Poncebos, y una vez allí, Jaime
se adelantó y nos esperó en una especie
de taberna y almacén que había por
allí cerca.
Cuando llegamos hasta él, nos estaba esperando con una
sonrisa de oreja a oreja. Nos hizo entrar y nos señaló un rincón donde había
cuatro cajas de botellas
de sidra que había comprado y que
tenía preparada para que yo aprendiera a escanciarla, cumpliendo así con la
promesa hecha en los "Tiros de la Torca".
-Y así fue como aprendí a tirar la sidra -concluí con mi
historia.
Después de pasar un par de horas en buena armonía con mis
amigos cantando, contando historias y bebiendo y comiendo, pedí a Miguel las
llaves del Seat 600
y llevé a Maite a su casa.
FFP. 1974