El albañil
Hace ya muchos años, muchos años, vivía en Granada un pobre albañil, tan buen creyente, que guardaba fielmente todos los preceptos. Pero su fe estaba constantemente sometida a prueba, pues todos sus esfuerzos por conseguir trabajo resultaban inútiles y cada día era mayor la pobreza que reinaba en su casa y mayor el hambre que pasaba su numerosa familia.
Lo mismo el pobre albañil que su esposa sufrían lo indecible por esa situación, no sólo por ellos mismos, sino principalmente por los hijos. Y el hombre se pasaba muchas horas en vela, discurriendo la forma de conseguir trabajo.
Una noche, cuando por fin había logrado conciliar el sueño, despertó sobresaltado al oír que alguien golpeaba con fuerza la puerta de la mísera casucha en la que vivía. Encendió una vela - la última que les quedaba en la casa - y corrió a abrir.
- ¿Quién podrá ser, a esas horas? -se preguntaba-. Ninguna buena noticia, por supuesto. ¡Hace tiempo que nadie me ha dado ninguna!
Pero cuando abrió la puerta, su mal humor se transformó en asombro. A su vista apareció la figura de un caballero alto, flaco y de aspecto demacrado, al que la temblona luz de la vela daba una apariencia fantasmal y que se envolvía en una amplia capa.
- Vengo en tu busca, buen hombre -le dijo el desconocido-. Sé que eres un buen creyente y eso me hace suponer que eres de fiar. ¿Quieres efectuar esta misma noche una tarea que no admite demora?
- Desde luego, caballero, desde luego -respondió el albañil, sin dudar lo más mínimo-. Trabajo es lo único que deseo y todas las horas son buenas para el que no conoce la pereza. Pero, naturalmente, tendréis que pagarme como corresponda.
- Así será. Y no tendrás queja de mí, estoy seguro. Pero impongo una condición -respondió el caballero.
- ¿Cuál, señor?
- Como que el asunto es algo secreto, me permitirás que te vende los ojos.
El albañil no puso ningún reparo a esa condición, pues lo único que a él le importaba era ganar algún dinero. Y así, en cuanto el caballero le hubo vendado los ojos con un pañuelo que ya llevaba preparado, dejóse conducir dócilmente por una serie de callejuelas tortuosas.
Anduvieron durante largo rato hasta que, por fin, se detuvieron y oyó claramente cómo el caballero metía una llave en la cerradura de una puerta que, por el ruido, que hizo al abrirse, sin duda era muy pesada. Traspuesto el umbral, oyó correr el cerrojo a sus espaldas y, finalmente, recorrieron un largo pasillo.
Por fin, el caballero le quitó la venda de los ojos y entonces el albañil advirtió que se encontraban en una espaciosa sala interior, que daba a un patio, apenas iluminado por el débil resplandor de la luna.
El hombre experimentó un escalofrío. Pero se sobrepuso al escuchar la voz del caballero:
-Tu trabajo consistirá en hacer una pequeña bóveda, bajo la taza de esa fuente morisca que hay en el centro del patio. Y conviene que procures terminarla hoy mismo.
- Lo intentaré, señor -contestó el albañil, disponiéndose a empezar el trabajo sin perder un minuto.
- Ahí, junto a la fuente, encontrarás ladrillos, y todas las herramientas que puedas necesitar.
Nuestro hombre trabajó incansable durante largas horas, pero pronto se convenció de que era completamente imposible terminarla, pues requería más tiempo del que a primera vista parecía. Así mismo lo comprendió el caballero, y antes de rayar el alba le llamó, poniéndole una moneda de oro en la palma de la mano.
- Ya basta por hoy. Esa moneda es en pago del trabajo realizado. ¿Estás conforme en volver mañana por la noche, para terminar tu obra?
- ¡Desde luego, señor! Siempre que el pago sea el mismo...
- Lo será -afirmó el caballero.
Y vendándole de nuevo los ojos le llevó hasta la puerta de su casa. Durante todo el camino el albañil no dejó de acariciar la moneda de oro que había recibido en pago de su trabajo. Estaba contentísimo, imaginando la sorpresa de su mujer y al pensar que durante algunos días, por lo menos, sus hijos dejarían de pasar hambre.
- Hasta mañana, a medianoche - le dijo el caballero, al despedirse, y antes de perderse en la semioscuridad del amanecer.
Todo el día lo pasaron el albañil y su mujer, discurriendo quién podía ser aquel caballero y a qué fin destinaba la bóveda que le había encargado. Pero de esas preocupaciones no participaban sus hijos. No sólo porque el albañil, discreto, sólo a su mujer le contó la extraña aventura, sino también porque bastante ocupados estaban los chiquillos comiendo cuanto pan y tocino querían, con lo cual se desquitaban del hambre de muchas semanas.
A medianoche, cuando toda la ciudad dormía, de nuevo sonaron unos golpes en la puerta del albañil. Y nuestro hombre se apresuró a abrir y esta vez no sintió temor alguno a la vista de la figura alta y enjuta del caballero. Por el contrario, pensando en la moneda de oro que también aquella noche recibiría en pago de su trabajo, se dejó vendar los ojos y con gran contento siguió al misterioso caballero por calles que, debido sin duda a su estado de ánimo, le parecieron menos tortuosas que el día anterior.
Aún faltaban más de dos horas para el amanecer, cuando nuestro hombre puso término a su trabajo.
- Muy bien -dijo el caballero-. Ahora tienes que ayudarme a meter en esa bóveda unos bultos que tengo escondidos tras unas columnas. Al albañil se le erizaron los cabellos, temiendo que los bultos de los que el caballero hablaba, pudieran ser algo delictivo, y el escalofrío que le recorrió el cuerpo le hizo temblar de tal modo que, por unos momentos, fue incapaz de hacer el menor movimiento.
- ¡Vamos, date prisa! -gritó el caballero.
Aquellas palabras impacientes le devolvieron a la realidad. Y haciendo un esfuerzo, siguió al caballero hasta una cámara algo apartada, pero temiendo encontrarse, de un momento a otro, frente a algún horrible espectáculo.
¡Qué alivio experimentó cuando, ocultos tras unas columnas, advirtió cuatro grandes odres que, al parecer, contenían dinero.
Ya tranquilizado, unió sus esfuerzos a los del caballero y por fin pudieron arrastrarlos hasta la bóveda.
- Ahora cierra ese nicho de forma que nadie pueda imaginar lo que oculta.
El albañil, que era muy diestro, restauró con tanta maestría el pavimento, que nadie hubiera podido suponer la obra que allí se había realizado, por lo cual el caballero se mostró satisfechísimo y le entregó, no una, sino dos monedas de oro.
Seguidamente le vendó de nuevo los ojos, conduciéndole esta vez por un camino distinto al de las otras veces. Subieron y bajaron por callejuelas tortuosas y empinadas, y por pasadizos que parecían no tener fin. Cuando se detuvieron, el caballero no le quitó la venda, sino que, por el contrario, le dijo:
- Espera aquí sin moverte un paso, mientras no oigas tocar a maitines la campana de la catedral. Sólo entonces podrás destaparte los ojos y regresar a tu casa. Si no me obedeces, grandes desgracias caerán sobre tu familia y tu propia persona.
Y partió.
Ni por un segundo sintió nuestro hombre la tentación de desobedecer a quien tan generosamente le había pagado. El tiempo que tuvo que esperar antes de oír las campanas de la catedral se le hizo corto, porque se distrajo sopesando las monedas que acababa de recibir y haciéndolas tintinear la una contra la otra, Pero cuando por fin oyó el tañido de la campana, se arrancó de un tirón la venda y miró a su alrededor para orientarse. Estaba junto al río Genil y le fue fácil llegar rápidamente a su casa, donde su mujer le esperaba con la impaciencia que es de suponer.
Durante quince días la familia fue completamente feliz, pudiendo comer cuanto les apetecía. Pero, pasado ese tiempo, el albañil se encontró tan pobre como antes y con las mismas dificultades para encontrar quien le encargara trabajo, con lo cual de nuevo cayó en la más negra melancolía, a pesar de los esfuerzos de la esposa por alentarle y darle ánimos.
- Ya verás -le decía, animosa-. Ya verás cómo algún día cambia tu suerte. Somos buenos y tú eres honrado y trabajador, ¡no es posible que la desgracia nos persiga indefinidamente!. ¡Quién sabe!... A veces suceden cosas extraordinarias y Dios nunca abandona a los que, como nosotros, confían en El y guardan sus preceptos.
- Sí, mujer, lo sé -contestaba el pobre hombre-. También yo espero que algún día cambie nuestra suerte y consiga trabajo abundante y bien pagado, a fin de poder alimentarnos a ti y a nuestros hijos. Pero, entretanto, ¿cómo quieres que no esté triste, viendo cómo los niños apenas si pueden hacer una mala comida al día...?
Y así pasaron algunos meses. Hasta que, una tarde, estaba el pobre albañil sentado frente a la puerta de su casucha, meditabundo y abatido como de costumbre, con la cabeza apoyada en las manos, reflexionando en busca de alguna solución que le permitiera salir de apuros de una vez para siempre, cuando una tosecilla discreta y unos pasos que se detenían junto a él le sacaron de sus meditaciones.
Levantó la vista y vio ante sí a un anciano. Le reconoció al instante. Era uno de los hombres más ricos, pero también más avaros de la ciudad, un hombre que había amasado su fortuna aprovechándose de la necesidad de los pobres, llegando a convertirse en propietario de muchas casas, a cuyos inquilinos explotaba de un modo tacaño y miserable.
El albañil le miró interrogante y el acaudalado anciano, con voz chillona y desagradable, dijo:
- Buenas tardes, buen hombre.
- Buenas tardes, señor -contestó el albañil-. ¿En qué puedo serviros?
"Quizá me encargue algún trabajo -pensaba-. Si es así, me pagará muy poco, lo sé, pero aunque así sea, tendré que aceptar, siendo tan grande como es mi pobreza."
El anciano avaro, como si adivinara sus pensamientos, contestó:
- Me han dicho que eres muy pobre.
- En efecto, señor. No puedo negarlo, a la vista está.
- Y también me han dicho que, sin embargo, eres un buen albañil que sabe hacer excelentes trabajos -prosiguió el anciano.
- No os han engañado, señor. Mi pobreza me obliga a trabajar más barato que ningún otro albañil de Granada. Sin embargo, sin falsa modestia, he de deciros que me siento capaz de hacer el mismo o mejor trabajo que cualquier otro. Pero no tengo suerte...
- Bien, bien -le interrumpió el anciano que, como todos los avaros, sólo se interesaba por las desgracias de los demás para aprovecharlas en beneficio propio, pero huía de oír lamentaciones-. Supongo que te agradará que te encargue algunas reparaciones y me las cobrarás baratas.
- Sí, señor, desde luego.
- Entonces, de acuerdo. Te diré de qué se trata. Tengo una casa vieja, que se me está viniendo abajo. Pero, claro, no quiero gastar en ella más dinero en reparaciones de lo que por sí misma pueda valer. Mucho menos teniendo en cuenta que nadie quiere vivir en ella, lo cual significa que no me proporciona el menor beneficio. Resumiendo, sólo quiero que hagas las reparaciones precisas para que siga manteniéndose en pie.
- Estoy a vuestras órdenes, señor. Puedo empezar cuando queráis.
- Mañana al amanecer vendré a buscarte y te acompañaré.
Y tal como lo dijo, lo hizo.
Al día siguiente el avaro fue en busca del honrado albañil y le condujo hasta la puerta de un caserón que, en sus tiempos, debió pertenecer a algún personaje de alcurnia, porque se adivinaba amplio y de rica construcción. Pero con el paso de los años y sobre todo por el abandono que durante los últimos tiempos había sufrido, casi amenazaba ruina.
Transpusieron el umbral y recorrieron amplias salas y largos corredores, hasta llegar a un patio interior, en cuyo centro se levantaba una vieja fuente morisca que, al instante, llamó poderosamente la atención de nuestro albañil.
Se detuvo un momento, observando con la mirada todos los rincones del patio, así como también las paredes y el techo de la cámara contigua, meditando, al parecer, el precio que debería pedir por su trabajo.
- Realmente, todo eso está muy mal -dijo-. Quien habitó esa casa últimamente, debía ser hombre de pocas exigencias.
- ¡No me recuerdes siquiera a mi último inquilino! exclamó el avaro-. Sólo de pensar en él, siento que me pongo enfermo.
- ¿Se murió, acaso, debiéndoos alquileres atrasados...? -preguntó el albañil.
- No, no se trata de eso. Siempre pagó puntualmente. Pero era un caballero que llegó a la ciudad sin que nunca nadie supiese jamás de dónde venía. No tenía familia alguna y no se ocupaba más que de sí mismo. Tenía fama de muy rico, de inmensamente rico, pero ya sabes, las apariencias engañan en ocasiones. ¡Lo mismo dicen de mí la gente del pueblo! Cualquier persona con la que hables, te dirá que yo tengo muchos doblones de oro y en realidad soy un pobre viejo que sólo posee algunas casas, casi todas en tan mal estado como esa, y que apenas si me proporcionan lo suficiente para mal vivir.
- Sí, claro -asintió el albañil, sin contradecirle aún sabiendo perfectamente que la fama del anciano avaro estaba más que justificada. Y añadió: - Pero, decidme, ¿qué fue del caballero...?
- ¡Ah, sí, el caballero! Pues, verás, un día murió de repente. ¡Apenas si tuvo tiempo de recibir los últimos sacramentos! Pero con gran sorpresa por parte de todos, no se halló en la casa más que una bolsa de cuero conteniendo algunos ducados. ¡Figúrate la desilusión que experimentaron todos los que, al saber su muerte, se habían apresurado a entrar en la casa, llamándose a sí mismos vecinos o amigos, con el fin de tomar parte en el reparto de sus bienes!... Yo mismo, claro está, fui el primero en llegar. Al fin y al cabo era mi inquilino y tenía más derecho que nadie. Pero, como te digo..., ¡el miserable sólo tenía unos pocos ducados!
Tras una pausa exigida por su excitación, prosiguió diciendo el viejo avaro:
- Pero no es eso lo peor. Lo peor es que ese caballero, aun a pesar de estar muerto desde hace tiempo, sigue habitando la casa..., ¡y sin pagar alquiler, eso es lo malo!
- ¿Decís que sigue habitando la casa... a pesar de estar muerto...? No os entiendo, señor -se sorprendió el albañil.
- Lo decía en sentido figurado. Pero la verdad es que a la gente le ha dado por decir que su alma sigue habitando la casa y muchos aseguran haber oído, por la noche, tintineo de monedas en la que fue la habitación del caballero. Aseguran que su espíritu vuelve cada día para contar una y otra vez las monedas que no pudo llevarse consigo. Y también hay quien asegura haber oído lamentos y quejidos en el patio.
- Habladurías... La gente tiene mucha imaginación, señor -afirmó nuestro hombre.
- ¡Claro que son simples habladurías de gente con exceso de imaginación!. Pero verdaderas o falsas, han conseguido que esa casa adquiera mala fama y por eso no consigo alquilarla, ni aun a pesar de ofrecerla por muy poco dinero.
- Se me ocurre una idea -dijo el albañil-. Advierto que esa casa necesita muchas reparaciones para dejarla en condiciones de ser habitada de nuevo. Y eso lleva tiempo...
El anciano avaro arrugó el entrecejo. Comenzaba a temer que el albañil no le resultara tan barato como en un principio esperaba. Sin embargo, nada dijo y le dejó proseguir.
- Lo mejor sería que yo habitara la casa, en tanto realizo las reparaciones necesarias. Si me permitís vivir en ella sin pagar alquiler, nada os cobraré por mi trabajo. Y la abandonaré, os lo prometo en cuanto se os presente un inquilino mejor. Además, eso servirá para que la gente cese en sus habladurías.
- Eres valiente, por lo que veo. ¿No temes a los espíritus?
- Los espíritus, vos lo dijisteis hace un momento, sólo existen en la imaginación de las gentes. Yo soy buen creyente. Sólo temo a Dios, pero guardo sus preceptos y sé que me librará de todo mal.
- De acuerdo, entonces -dijo el viejo avaro, deseoso de cerrar pronto aquel trato que tanto le favorecería-. Trasládate a esa casa cuando quieras, y comienza tu trabajo tan pronto te sea posible.
Y se marchó muy contento, frotándose las manos con satisfacción. Pero no menos satisfecho se marchó el pobre albañil. - ¡De una vez para siempre se acabaron todos los problemas! -se decía, mientras regresaba a su casa.
Al día siguiente las gentes vieron con asombro cómo el albañil trasladaba a la casa "embrujada", como desde hacía tiempo llamaban a la que había sido morada del caballero, los pocos muebles y enseres de que disponía.
- Algo horrible le sucederá, sin duda -se decían las viejas, llenas de temor.
Pero nada malo le sucedió al pobre albañil, ni a ninguno de su familia. Por el contrario, poco a poco, fue reparando la casa, y como ya dijimos que era muy hábil en su trabajo y excelente conocedor del oficio, consiguió restaurarla con tal arte que volvió a convertirse en una de las mejores de la ciudad.
Y como si en lugar de las desgracias que la gente le profetizaba, la casa le hubiera traído la suerte, a la antigua pobreza sucedió un bienestar que aumentaba al paso de los días. El hambre huyó para siempre de la casa, su mujer y sus hijos compraron buenos vestidos, e incluso se permitieron el lujo de renovar el mobiliario.
Ya nadie volvió a decir que oía por las noches el tintineo de oro en la que fue habitación del caballero. Ahora todos lo oían de día y a la luz del sol, en los bolsillos del pobre albañil, al que todos sus vecinos llegaron a querer, admirar y respetar, por sus virtudes, así como también por su generosidad hacia todos. Porque su fortuna parecía multiplicarse al paso de los días. Y así, una a una, fue comprando muchas fincas, entre ellas el mismo caserón que ahora habitaba, con lo cual se convirtió en uno de los hombres más ricos de la ciudad de Granada, y su bolsa no parecía agotarse nunca, a pesar de que dio importantes sumas a los necesitados y a los hospitales, y también socorría siempre con largueza a cuantos menesterosos llamaban a su puerta.
Su mujer intuía el origen de aquella fortuna, pero como era muy discreta, jamás se lo preguntó abiertamente, y jamás el albañil se lo reveló tampoco con claridad. Su secreto se hubiera marchado con él a la tumba si no hubiera sido porque había llegado a viejo y sintiendo que llegaba su última hora, llamó a su hijo mayor.
- Tengo que decirte algo -le dijo.
El muchacho tenía los ojos llenos de lágrimas, pues pensaba que acaso fuera aquella la última conversación que tendría con su padre y dijo, haciendo un esfuerzo:
- Te escucho, padre. Dime lo que sea.
- Tienes derecho a conocer el secreto de nuestra fortuna. Eres mi primogénito y debo explicarte algo...
El antiguo albañil con voz débil, que a veces no era más que un simple murmullo, le explicó a su hijo una historia increíble. La de una noche de miseria y de hambre, en que un caballero alto y enjuto, llamó a su puerta y le pidió que le siguiera, para hacer unas reparaciones en su casa.
- Tuve que cavar una bóveda, bajo la fuente morisca del patio -dijo el anciano a su hijo-, y la casualidad quiso que meses después me encontrase en ella otra vez. Es ésta, hijo mío, en que vivimos y pronto comprendí todo lo que valía el secreto de aquellas noches en que trabajé con tanto secreto...
Y siguió contando a su hijo cómo encontró otra vez el tesoro, fabuloso en verdad, que él mismo escondiera y tapiara luego. Del mismo había podido hacer su suerte toda la familia y aún no lo habían terminado, pues la vida de orden, honradez y trabajo que llevaron siempre, había impedido que las monedas de oro fueran sólo el sueño de su vida.
De este modo sólo habían gastado una tercera parte y aun así ésta no se había evaporado, pues estaba en casas y terrenos. Y llevando una vida de bienestar y aun de opulencia, no tenían el temor de verse pobres otra vez.
Quizá el tesoro del albañil no fue el que encontró en la bóveda de la fuente morisca, sino su honradez, sentido del trabajo y ordenación de vida. Por eso el tesoro no se acabó nunca y el buen albañil lo dejó a sus hijos en herencia.
Don Munio Sancho de Hinojosa
La familia Hinojosa fue en antiguos tiempos, una de las más poderosas y nobles de la provincia castellana. En los claustros del que antaño fue convento benedictino de Santo Domingo de Silos, en el corazón mismo de Castilla, se alzaban los magníficos monumentos donde eran enterrados los caballeros de la familia, monumentos hoy destruidos en parte, pero cuyo valor puede todavía apreciarse.
Entre ellos destaca aún la figura de mármol de un caballero, a quien el escultor reprodujo enteramente armado y con las manos juntas y la cabeza inclinada como en oración. Su tumba es, sin duda alguna, la que con mayor fuerza reclama la atención de los visitantes entendidos, lo mismo anticuarios que historiadores, que gustan de admirar los relieves que adornan ambos lados. En el de la derecha el escultor esculpió a un grupo de caballeros cristianos, en el momento de capturar a una comitiva de moros y moras, ricamente vestidos; al otro lado, puede verse a esos mismos caballeros cristianos de rodillas ante un altar, en actitud humilde, pero todos vestidos con armaduras y cascos.
El guía que enseña el convento a los visitantes, gusta de explicarles la historia de ese nobilísimo caballero, historia que todavía se conserva en las viejas crónicas españolas y que sin duda seguirá conservándose y contándose aun dentro de muchos siglos, porque es hermosa y muy emotiva. Veréis:
Hace ya muchos, muchísimos años, cuando todavía el sur de España estaba en poder de los moros, vivió un noble hidalgo castellano, cuyo nombre, Munio Sancho de Hinojosa, era tan querido y respetado en todas las tierras de cristianos, como temido entre los moros. Su castillo y sus posesiones estaban situados en la misma frontera, por lo cual debía resistir continuos ataques, pero don Munio, además de su propio valor, contaba como punto fuerte en sus tropas con setenta jinetes castellanos, todos ellos de noble cuna y que se distinguían por su valentía y arrojo. Seguido por ellos, recorría incansable los alrededores de sus posesiones, respondiendo a los ataques moros con incursiones en tierra enemiga, de las cuales siempre regresaba victorioso. Y así, el salón de su castillo, se hallaba adornado con banderas musulmanas, ganadas en rudos combates, y también con yelmos, cimitarras, escudos y otras armas, ganadas a sus enemigos.
Además de hombre aguerrido, que no conocía el temor cuando se hallaba en el campo de batalla, don Munio era también un cazador experto y valiente, entendido en sabuesos y corceles propios para monterías, y también en halcones y piezas de reclamo. Por eso, cuando no se hallaba empeñado en alguna incursión en terreno moro o en preparar alguna batalla, organizaba cacerías y, siempre al frente de sus caballeros y con la jabalina en la mano, conseguía pieza tras pieza, librando así a sus campesinos de los jabalíes, lobos y otros animales salvajes que gustan de atacar los ganados.
Doña María Palacín, su noble esposa, era muy distinta de él. De natural tímido y dulce, algunos amigos se asombraron cuando supieron de su matrimonio, afirmando que más de una lágrima derramaría sin duda la bella doña María, temiendo por la vida de don Munio, cuando él saliera a alguna de sus audaces empresas. Y así fue. Siempre que su esposo salía de cacería, tras las huellas de fieras peligrosas, pero principalmente cuando iba a guerrear, doña María, después de despedirle hasta el puente levadizo del castillo, se iba a la capilla y rezaba por su seguridad, mientras las lágrimas caían sobre su libro de rezos.
Un día, cuando don Munio y sus setenta caballeros se hallaban entregados al placer de la caza, nuestro héroe se separó un poco de sus acompañantes y se apostó, tras los árboles que bordeaban un claro del bosque, esperando que llegara un jabalí feroz, que desde hacía meses sembraba el terror en la comarca y al que pretendía dar muerte personalmente. Pero no llevaba allí mucho tiempo cuando oyó el ruido de unos caballos, que se acercaban, advirtiendo al momento, por el sonido de los cascos, que no se trataba de hombres de su séquito. Y, en efecto, al poco rato, vio aparecer una comitiva de moros, entre los que también distinguió a varias moras. Todos iban ataviados con mucho lujo, luciendo ricos trajes de seda bordados con oro y plata, chales de tisú adornados con pedrería y también hermosas joyas, en las que el sol reflejaba sus rayos. Encabezando la comitiva iba un joven árabe, montado en un brioso corcel ricamente enjaezado, destacando entre todos los demás caballeros, no
sólo porque su traje era aún superior en lujo y pedrería, sino por la dignidad de su porte y por la elegancia que se desprendía de toda su figura.
A su lado cabalgaba en un caballo blanco una joven, cuyo vestido estaba completamente bordado en oro y piedras preciosas y cuyo rostro, que don Munio pudo contemplar por unos instantes gracias a que un soplo de brisa le levantó el velo, era de una singular hermosura, destacando en él los ojos, negros, rasgados y rodeados de largas y sedosas pestañas, unos ojos que brillaban de felicidad.
Don Munio agradeció a la suerte que le deparase aquella oportunidad.
- ¡A mi esposa le gustará que le lleve hermosas joyas como trofeo de hoy! -pensó. Y se apresuró a hacer sonar su cuerno de caza.
El toque resonó por todo el bosque. Y al momento los sorprendidos moros se vieron rodeados por los setenta caballeros de don Munio, así como también por los monteros que les acompañaban, rindiéndose al punto a los cristianos, superiores en número.
La hermosa doncella mora que cabalgaba a la cabeza de la comitiva, se retorcía las manos con desesperación y lágrimas muy amargas se desprendían de sus ojos, mientras sus doncellas y las demás damas que la acompañaban, sollozaban y gritaban llenas de congoja.
El joven árabe, sin embargo, conservó toda su dignidad y toda su entereza. Dirigiéndose a los que les rodeaban, dijo:
- Nos habéis hecho prisioneros, nobles cristianos. Pero decidme el nombre del caballero cristiano que os manda, porque quisiera hablar con él.
- Es don Munio Sancho de Hinojosa -respondió uno de los setenta guerreros.
Al oír esta respuesta, el semblante del joven moro se iluminó, mientras un caballero de noble porte se abrió paso entre los que rodeaban a los cautivos y deteniendo su caballo frente al joven, le dijo:
- Yo soy don Munio. Y dispuesto estoy a escuchar cuanto queráis decirme, pero antes quiero manifestaros mi sorpresa ante vuestra propia reacción y la de vuestros compañeros. ¿Por qué no habéis defendido vuestra libertad?
- De eso quiero hablaros, precisamente -respondió el joven cautivo, sin perder su aplomo ni su dignidad ni por un instante.- Y porque hasta mí ha llegado vuestra fama de caballero leal y noble, me ha alegrado saber que sois vos el jefe de estos caballeros. Pues sabed, señor don Munio, que mal podíamos defendernos, no llevando, como podéis comprobar, ni una sola arma sobre nuestras personas. Yo soy Abadil, el hijo mayor de un alcalde moro y voy pacíficamente de camino en compañía de este grupo de amigos y sirvientes que aquí veis, para celebrar mis bodas con esa joven, a la que conduzco desde el palacio de su padre a la fortaleza del mío. Vuestra suerte y nuestra desgracia han hecho que cayésemos en vuestro poder, pero confío, como os dije, en vuestra nobleza y también en vuestra magnanimidad. Tomad todas nuestras joyas y cuanto dinero llevamos en nuestras bolsas, todo os lo entregamos de buen grado, pues vuestro es en justicia, como botín. Y también es justo que pidáis por
nuestras personas un rescate. Pero no permitáis que se nos insulte, ni deshonre, y cuidad también de que mi prometida, así como las doncellas, amigas y criadas que la acompañan, sean tratadas con consideración y respeto.
El buen caballero don Munio se conmovió oyendo una súplica tan digna y a la vez tan emotiva, y también al advertir la desesperación y cuanta tristeza, reflejaba el hermoso rostro de la joven prometida.
- Jamás me perdonaría que por mi se destruyera vuestra felicidad. Cautivos míos sois, en efecto y así, es deseo mío que permanezcáis durante quince días en mi castillo, reclamando, como botín de guerra, el derecho a celebrar vuestros esponsales.
Serenóse el rostro de la hermosa prometida al escuchar tan generosas palabras y el joven moro, a su vez, reconocido a don Munio por su nobleza e hidalguía, se inclinó ceremoniosamente y le besó la mano.
Seguidamente los guerreros de don Munio se dispusieron a dar escolta a la comitiva nupcial, mientras uno de los monteros era enviado por delante al castillo, para anunciar a doña María la llegada de los inesperados invitados. Así, cuando se acercaron, vieron cómo los soldados de la guardia enarbolaban banderas y gallardetes, mientras resonaban las trompetas desde las almenas y se bajaba el puente levadizo. La propia castellana salió a dar la bienvenida a los que llegaban, acompañada por su escolta de dueñas, pajes y trovadores, preocupándose personalmente del alojamiento de la joven prometida, que se llamaba Allifra y que correspondió con reconocimiento y afecto, a la ternura fraternal con que doña María la besó y estrechó entre sus brazos, en cuanto la vio.
Después, don Munio y doña María, se preocuparon de preparar y organizar todo lo necesario para que las bodas se celebrasen con esplendor, como correspondía a la nobleza y dignidad de los contrayentes y también a su propia hidalguía y poder. De todas partes mandaron traer frutas y manjares exquisitos, así como los mejores vinos del país y también contrataron a músicos y juglares, para que divirtiesen a los invitados. ¡Durante mucho tiempo se habló en los alrededores de la magnificencia y esplendor de aquellas bodas, cuyas fiestas y banquetes duraron quince días! Hubo hasta corridas de toros, justas y torneos en la palestra, bailes y danzas... Por fin, la tarde del último día, cuando ya el sol declinaba en el horizonte, don Munio y doña María, rodeados de todos sus caballeros y damas, entregaron magníficos regalos a los novios, cuyas bodas acababan de celebrar, diciéndoles que libres eran ya de partir al día siguiente, en dirección a su ciudad.
Y al día siguiente, en efecto, el propio don Munio y sus setenta guerreros, escoltaron a la pareja y a su comitiva hasta la frontera española.
¡Así eran los antiguos caballeros españoles, valientes y aguerridos en las batallas, pero generosos y nobles en la paz y siempre hospitalarios para cuantos acogían bajo su techo!
Transcurrieron bastantes años. El suceso que acabamos de relatar pertenecía ya a las historias que las viejas contaban a sus nietos al amor de la lumbre. Don Munio, aunque siempre valiente y aguerrido, era ya un hombre en el umbral de la madurez y doña María tampoco era ya joven y las canas comenzaban a rodear su rostro que, aunque conservaba toda la belleza de su juventud, tenía ya algunas arrugas.
Y sucedió que un día el rey de Castilla convocó a todos los caballeros y nobles de su reino, para que le ayudasen en una campaña que quería organizar contra los moros, que cada vez se mostraban más osados y más a menudo hacían arriesgadas incursiones hasta los pueblos y ciudades cercanos a la frontera castellana. Naturalmente, don Munio, fue uno de los primeros que se dispuso en acudir a la llamada de su rey, acompañado de sus setenta valientes y fieles guerreros.
Cuando doña María lo supo, las lágrimas humedecieron sus ojos.
- ¡Oh, mi señor! -exclamó, mientras don Munio la abrazaba, intentando consolar su dolor-. ¿Por qué no cesas de pelear y guerrear...? Tu suerte te fue siempre propicia y jamás recibiste ni siquiera una herida, pero yo tiemblo y me acongojo, cuando te veo partir y ya no tengo descanso, mientras no te veo regresar sano y salvo. ¿Por qué no abandonas la sed de gloria que te consume y te decides a descansar a mi lado, en este castillo de tus antepasados...?
- No llores más, esposa mía -le contestó el caballero, sintiendo que su corazón se conmovía ante el dolor de la esposa amada- no olvides que no es nunca mi propia gloria lo que persigo en el campo de batalla, sino la gloria de Castilla. Por esa gloria, y porque ahora es el propio rey quien me llama, te ruego que aceptes una última separación...
- ¿Una "última separación", dices, esposo mío? -se sorprendió doña María, incapaz de creer que fuese realidad tanta ventura.
- En efecto, eso dije. Te prometo que en cuanto esa batalla, en la que nuestro rey está empeñado ahora, haya terminado, abandonaré las armas y después de realizada una peregrinación hasta el sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo, en Jerusalén, regresaré como tú deseas al castillo. Y ya no volveré a tomar la espada, excepto para defender nuestro hogar y nuestras tierras, si algún día los moros nos atacan.
Seguidamente, aquel voto, fue corroborado por los setenta caballeros y el pequeño ejército se dispuso a partir.
Doña María salió a despedir a su esposo, hasta el foso mismo del castillo y aunque la promesa que don Munio le había hecho, llenaba de consuelo su corazón, vio con dolor cómo las figuras de los guerreros se perdían a lo lejos, entre el polvo del camino, apresurándose después a refugiarse en la capilla, según era su costumbre, para rogar a Dios por el feliz regreso del esposo amado.
Cuando el rey de Castilla tuvo reunidos a su alrededor a todos los caballeros del reino, acompañados de sus guerreros y soldados, formando en conjunto un poderoso y bien armado ejército, los condujo hasta las llanuras de Salmanara y allí, en las cercanías de Uclés, tuvo lugar el encuentro con las tropas moriscas.
¡Qué batalla tan larga y sangrienta! Los moros, conocedores de antemano de los proyectos del rey castellano, armaron también un ejército poderoso y así, los cristianos, se encontraron con que el enemigo era superior en número. Una y otra vez retrocedieron las filas castellanas, para avanzar de nuevo gracias a la valentía y arrojo de sus capitanes. El noble Munio recibió no una, sino varias heridas, por las cuales manaba la sangre, manchando su brillante armadura pero se negó a abandonar el campo de batalla, como sus fieles caballeros le aconsejaban, y siguió peleando sin descanso, en defensa de su patria.
Por fin, la superioridad de los moros quedó de manifiesto y los cristianos tuvieron que iniciar la retirada definitiva, dejando sobre el campo de batalla muchas banderas y estandartes. Y en aquel instante, cuando don Munio iba a dar orden a sus guerreros de retirarse, siguiendo al grueso del ejército, advirtió que el rey, que también había estado luchando en primera fila, se encontraba en una situación muy apurada, rodeado de moros por todas partes, con evidente peligro de ser apresado por sus enemigos. ¡Y don Munio era un fiel vasallo! Por eso llamó a sus caballeros.
- El rey está en peligro. ¡No podemos abandonarle! Corramos a romper el cerco de moros que le rodean y guardémosle la retirada. ¡Se nos presenta la oportunidad de demostrar que somos leales! ¡Adelante, mis valientes! ¡Seguidme! Y no olvidéis que aunque muramos para salvar la libertad de nuestro rey y señor, ganaremos honra para nuestros hijos y para nosotros el derecho de gozar de una vida mejor. ¡Adelante, adelante, mis valientes!
La corta arenga de don Munio reavivó el entusiasmo y las decaídas fuerzas de sus setenta caballeros, y todos se lanzaron entre los moros, que cada vez en mayor número rodeaban al rey, abriéndole un camino por el que pudo ponerse a salvo, mientras ellos, como nuestro héroe había dicho, le guardaban la retirada, moviendo con increíble rapidez sus espadas, para atacar a los moros, al tiempo que con sus escudos se protegían de los ataques que a su vez recibían. Pero cada vez era mayor el número de enemigos y finalmente, todos los setenta caballeros cayeron víctimas de su lealtad al rey. Ni uno solo quedó con vida, pero todos lucharon hasta el último aliento con todas sus fuerzas y con todo su coraje.
Sólo quedaba don Munio. Frente a él tenía un moro de gran estatura y recias espaldas, que luchaba con singular maestría. La lucha era desigual porque el caballero español había recibido muchas heridas como dijimos y la pérdida de sangre le había debilitado. Y por eso, sin duda, cayó muerto.
La batalla había terminado. El rey cristiano huía del campo, seguido por los que no habían caído sin vida, mientras los moros, alegres, se apresuraban a apoderarse de los despojos que como justo botín de guerra les correspondían. El moro que había luchado con don Munio se inclinó sobre el caballero para tomar su escudo y su lanza, pero, al hacerlo, se desprendió el yelmo que cubría la noble cabeza del cristiano y al contemplar su rostro, el moro dio un alarido que llamó la atención de cuantos le rodeaban.
- ¡Qué desdichado soy! -exclamó-. He matado al hombre que en una ocasión me salvó de la deshonra y me protegió, dándome incluso su hospitalidad. ¡Era el más caballeroso de los hidalgos, el mejor, el más noble! ¡Triste destino el mío! Jamás podré consolarme por ese suceso, aun cuando la lucha haya sido justa, por encontrarnos ambos en distintos campos, obligados a ser leales a nuestros respectivos reyes.
Y sus amigos y compañeros de armas, comprendiendo su dolor, lo respetaron guardando un completo silencio y permaneciendo de pie y en actitud firme junto a él.
Mientras se libraba en las cercanías de Uclés esa cruenta batalla, desastrosa para las huestes cristianas, doña María Palacín, en su castillo, experimentaba una rara inquietud. Aunque siempre se angustiaba cuando su esposo iba a guerrear, jamás había sentido tanta ansiedad como aquellos días. Se pasó horas enteras en la capilla, orando y sólo, de vez en cuando, salía de ella para dirigirse hasta la más alta almena del castillo, donde estaba apostado un centinela, con el encargo de avisarla en cuanto advirtiese la menor señal del posible regreso de don Munio.
- ¿Ves algo? -le preguntaba una y otra vez.
- Nada, mi señora. Los caminos que rodean el castillo están desiertos.
Y la angustia de doña María crecía hora tras hora y día tras día.
Un atardecer, por fin, el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, cuándo doña María subió a la torre para hacer de nuevo al vigía la misma pregunta y el hombre le contestó:
- Por el camino del norte, el mismo por el que nuestro señor se marchó, creo advertir una gran polvareda que se acerca. Unos minutos de paciencia, mi señora, y pronto sabremos qué es lo que la provoca.
Minutos después, el vigía exclamó:
- ¡Albricias, mi señora doña María! Entre la polvareda del camino ya puedo distinguir a una numerosa comitiva. La componen soldados cristianos y guerreros moros y, al frente distingo también el estandarte de don Munio. ¡Nuestro señor regresa victorioso trayendo cautivos!
Doña María, oyendo aquellas palabras, sintió un alivio tan grande que le pareció que el corazón iba a estallarle en el pecho de puro gozo. Y se apresuró a dar orden a la guardia de que bajase el puente levadizo, mientras los centinelas tocaban sus trompetas y los servidores izaban las banderas y gallardetes.
- ¡Deseo que mi señor advierta desde lejos que el castillo todo se apresura a darle la bienvenida, alegrándose por su victoria! -había dicho la castellana.
Y la propia doña María, como era su costumbre, salió a esperar a don Munio, hasta el puente levadizo, seguida por su corte de damas, pajes y trovadores, vestida con sus mejores galas y adornada con sus joyas más valiosas.
Pero cuando la comitiva se acercó al castillo, la desdichada esposa advirtió con horror que su marido no iba como en otras ocasiones al frente de la tropa. En cambio, divisó un suntuoso féretro, enteramente cubierto con ropajes de terciopelo negro, ricamente bordados en oro, sobre el que yacía el cuerpo de un guerrero, vestido con su armadura y cubierto con el yelmo, mientras la mano sostenía aún la espada, como para demostrar que jamás se dio por vencido y que había muerto luchando hasta el fin. Y, alrededor del féretro, estaban todos los escudos de armas de la noble y linajuda casa de Hinojosa.
Como dijera el vigía, rodeaban aquel féretro una comitiva de guerreros cristianos y moros, estos últimos con semblante afligido y vestiduras de luto y cuando llegaron, el que parecía su jefe, se arrojó a los pies de doña María, ocultando entre las manos un rostro en el que se reflejaba el más sincero dolor.
La castellana reconoció inmediatamente al joven moro que años antes fuera apresado por su noble esposo, cuando marchaba en compañía de su prometida y cuyas bodas se celebraron en el propio castillo de don Munio. Era el valiente Abadil, con quien de nuevo se encontraba ahora en circunstancias muy tristes y penosas. Y fue el propio moro quien con entrecortadas palabras, le contó cómo él mismo había dado muerte a su esposo, en singular combate, debido a que no le había reconocido por llevar yelmo.
Doña María lloró lágrimas muy amargas, pero comprendiendo que en modo alguno podía culpar al moro por la muerte del esposo amado, le perdonó generosamente, permitiéndole, para tranquilizar su remordimiento, que colaborara en la construcción de la tumba en la que el cuerpo de don Munio debería reposar.
Y esa es la tumba que todavía puede admirarse entre las ruinas del antiguo claustro del convento de Santo Domingo.
La dulce esposa no tardó en extinguirse también, siguiendo a don Munio en ese último viaje, siendo enterrada junto a él. En la losa que cubre su cuerpo puede leerse una sencilla pero emotiva inscripción:
"Aquí yace María Palacín,
esposa que fue de Munio Sancho de Hinojosa."
En esta inscripción está resumida toda una vida de afecto y comprensión, que bien puede decirse que fue tan hermosa como el monumento que perpetúa el gesto de un caballero árabe hacia su gran amigo que murió a sus manos.
Pero la leyenda de don Munio, ese gran hidalgo español, modelo de virtudes caballerescas no termina aquí.
El mismo día que tuvo lugar la batalla de los cristianos contra los moros, en tierras de Salamanca aconteció que, hallándose uno de los capellanes del Santísimo Templo de Jerusalén en la puerta, vio llegar una comitiva de caballeros españoles, que parecían ir en peregrinación. Casualmente, ese capellán había nacido y se había criado en Castilla y, así, reconoció fácilmente al jinete que iba al frente, y se apresuró a ir en busca del patriarca.
- ¡Don Munio Sancho de Hinojosa, uno de los caballeros más preclaros y de mayor nobleza y abolengo de Castilla, ha llegado a las puertas de nuestro Templo! Le siguen setenta caballeros, cuyo noble porte refleja sin duda su también hidalga cuna.
El patriarca salió a la puerta para recibir personalmente a la comitiva, acompañado en procesión por sus sacerdotes, como correspondía a la dignidad y nobleza de los que llegaban. Pero a todos sorprendió en gran manera la actitud de don Munio y de los caballeros que le acompañaban. Con los yelmos en la mano, en señal de respeto hacia el lugar santo en el que se encontraban, entraron en la capilla sin saludar a nadie ni mirar a derecha ni a izquierda, apresurándose a arrodillarse ante el sepulcro de Jesús, rezando con ejemplar devoción sus oraciones. Y sus semblantes tenían una palidez mortal, así como también eran blancas y casi traslúcidas las manos que llevaban desprovistas de guantes.
Terminadas sus oraciones se levantaron disponiéndose a marchar y cuando el patriarca iba a acercarse a ellos, para saludarles y hablarles, advirtió que habían desaparecido.
- ¡Es un prodigio! ¡Es un prodigio! -exclamaron todos los presentes cayendo de rodillas ante el altar.
El patriarca se preguntó cuál podía ser la causa de ese suceso en verdad prodigioso y, para averiguarlo, anotó cuidadosamente día y hora en que se había producido, enviando después a un mensajero a Castilla, con el encargo de pedir noticias de don Munio Sancho de Hinojosa. Y el mensajero regresó con la respuesta de que el noble caballero español y sus setenta guerreros, habían muerto luchando contra los moros, aquel día y hora.
¡Aquellos, pues, debieron ser sin duda los espíritus de los nobles caballeros castellanos, llegados allí para cumplir con el voto que habían hecho de ir en peregrinación a Tierra Santa, para orar ante el Santo Sepulcro del Salvador! Porque, como dicen los viejos cuando cuentan esa leyenda a sus nietos, sentados todos al amor de la lumbre en las largas veladas invernales, "era tal la fe de los antiguos caballeros castellanos, que cumplían la palabra que empeñaban, aún después de muertos".
El astrólogo y la hechicera
En tiempos ya remotos hubo en Granada un rey moro que se llamaba Aben Habuz. Era muy famoso y también había sido muy temido por todos los soberanos de los reinos vecinos. Siendo joven, llevó una vida de constantes pillajes y carreras, realizando continuas incursiones en los países que rodeaban el suyo, consiguiendo así aumentar sus territorios y acumular innumerables riquezas y tesoros. Pero llegado ya a la ancianidad, sólo deseaba vivir tranquilamente, gozando en paz de lo que sus anteriores pillajes le habían proporcionado, y administrando apaciblemente las posesiones usurpadas a sus vecinos.
Sin embargo, no podía realizar tranquilamente sus deseos.
Los jóvenes príncipes de los reinos vecinos, hijos de los reyes a los que en años anteriores robara y usurpara tierras y tesoros, se mostraban dispuestos a pedirle cuentas de aquellas fechorías y por eso sus fronteras estaban constantemente amenazadas.
También algunas provincias, las más alejadas de la capital y que no había recibido en herencia de sus padres, sino que las había conquistado y dominado por la fuerza de las armas, estaban siempre dispuestas a rebelarse contra su dominio y obtener de nuevo su propia independencia.
Por todo eso era continua la zozobra y el miedo del anciano rey. Además, como que Granada se halla rodeada por todas partes por agrestes y escarpadas montañas, era imposible advertir la llegada del enemigo, y así Aben Habuz vivía constantemente alarmado y desvelado, y una sola pregunta torturaba día y noche su cerebro:
- ¿Por qué lado llegará el enemigo?
Construyó atalayas en los montes más altos y apostó guardias y vigías por todos los pasos y senderos, con la orden de señalar por medio de hogueras por la noche y columnas de humo durante el día, la proximidad del enemigo.
Pero nada conseguía vencer la audacia y la astucia de sus enemigos. Estos se burlaban de todas aquellas precauciones, surgiendo de improviso por un desfiladero en el que nadie había pensado, o cruzando un monte en el que no existía sendero alguno. Y antes de que el rey tuviera conocimiento de ello y pudiera enviar a su ejército, los enemigos ya habían asolado los campos y regresado de nuevo a las montañas, llevándose consigo un rico botín y también muchos prisioneros por los que después pedirían fuerte rescate.
Aben Habuz estaba cada día más preocupado.
Hasta que un día, estando como de costumbre con la vista fija en el horizonte, esperando ver surgir alguna columna de humo que le avisara de un nuevo peligro, le anunciaron la llegada a la corte de un viejo médico árabe, que venía precedido de mucha fama. Se llamaba Ibrahim Eben Abú Ajib y se decía que era hijo del famoso Abú Ajib, el que fue compañero de Mahoma. De niño había marchado a Egipto y allí permaneció largos años completamente dedicado al estudio de las ciencias y las artes, habiendo aprendido también la magia de los astrólogos egipcios.
- Ha descubierto el secreto de prolongar la vida -aseguraban las gentes.
Y añadían que su propia persona era la prueba de esa realidad, asegurando que tenía más de doscientos años. Sin embargo, habiendo descubierto ese secreto cuando ya era anciano, sólo pudo perpetuar canas y arrugas.
Cuando el rey le vio, quedó muy impresionado. Su larga y blanca barba le daba un aspecto majestuoso que infundía respeto, a pesar de los harapos que cubrían su cuerpo, todavía erguido y fuerte. Le ofreció su hospitalidad, rogándole que se quedase a vivir en el palacio. Pero el astrólogo no se encontraba a gusto en aquel palacio, en el que siempre reinaba mucho bullicio, y prefirió ir a vivir a una cueva, situada en la ladera de la colina que se alza como cima de la ciudad de Granada, la misma en la que más tarde se edificó la Alhambra.
Bajo sus órdenes, los albañiles reales ensancharon la cueva, hasta conseguir un salón amplio y alto, con un agujero redondo en el techo a través del cual podía contemplar el firmamento y seguir estudiando los movimientos de las estrellas.
Las paredes de la cueva las adornó con extraños jeroglíficos y signos egipcios, y también con papiros y documentos de gran antigüedad. Y por doquier colocó extraños objetos, cuyas ocultas propiedades sólo él conocía, algunos de los cuales hizo construir por los mismos artífices de Granada, pero como que jamás explicó a nadie para qué servían, todos le admiraban y respetaban profundamente.
Muy pronto el sabio astrólogo Ibrahim se convirtió en el consejero del rey que, a todas horas quería conocer sus opiniones sobre cuanto le sucedía, por lo que casi a diario se trasladaba desde su palacio a la cueva del astrólogo.
Una tarde en la que, como ya era costumbre en él, se quejaba de las continuas incursiones que los príncipes de los reinos vecinos efectuaban en sus tierras, incursiones que ni una constante vigilancia podía evitar, el sabio guardó silencio durante unos minutos y, al fin, dijo:
- Cuando yo vivía en Egipto, ¡oh, rey!, tuve ocasión de ver, admirar y estudiar un prodigioso invento ideado por una sacerdotisa de la antigüedad. Se halla colocado en una montaña que domina el gran valle del Nilo, sobre la ciudad de Borsa, y está formado por dos figuras de bronce: un carnero y un gallo, fabricadas en bronce fundido y girando sobre un mismo eje. Y cuando un peligro amenazaba la ciudad, el carnero giraba en la dirección en que el enemigo venía, mientras el gallo lanzaba su canto. De esa forma prevenían los habitantes de la ciudad de cualquier sorpresa desagradable.
- ¡Maravilloso! -exclamó el rey-. ¡Qué no daría yo para tener un carnero semejante que vigilase mis dominios y un gallo que lanzara su canto al menor peligro! Si ese tesoro fuese mío, recuperaría al fin la tranquilidad. ¡Cómo deseo poseer uno semejante!
Cuando el rey se calmó por fin, el astrólogo prosiguió:
- Ya sabéis, ¡oh, rey!, que viví muchos años en Egipto, junto a los sacerdotes que me enseñaron todos los ritos y ceremonias de su religión y también algunas de sus artes ocultas. Un día, encontrándome sentado junto al más anciano de mis maestros, éste me dijo, señalándome las pirámides que se levantan en el desierto, desafiando el paso de los siglos:
"-Todo cuanto nosotros podamos enseñarte, es sólo polvo comparado con los conocimientos del gran "Libro de la Sabiduría" que se halla enterrado junto al gran sacerdote cuyo consejo ayudó a levantar la Pirámide principal. Este libro le fue entregado a Adán al ser expulsado del Paraíso y fue pasando de generación en generación, hasta llegar a las manos de Salomón, el cual, gracias a los conocimientos que él aprendió, Pudo construir el gran templo de Jerusalén. Y más tarde, llegó a poder de ese gran sacerdote egipcio del que te hablo.
Tras una pausa, Ibrahim prosiguió:
- Al conocer la existencia de tal libro, mi corazón deseó llegar a poseerlo. Pedí la ayuda de algunos soldados compatriotas y con ellos y un crecido número de obreros egipcios, puse manos a la obra. Les ordené que cavaran en la pared de la mayor de las pirámides, hasta que, tras muchos esfuerzos, descubrimos un pasadizo interior. Penetré en él y a través de un laberinto de pasillos misteriosos pude llegar hasta la cámara mortuoria del gran sacerdote. ¡Y allí encontré por fin el maravilloso "Libro de la Sabiduría"!
- Eres un gran astrólogo y un hombre sabio, mi buen Ibrahim. Pero, dime, ¿de qué me sirve a mí que pudieras llegar a poseer ese libro del que con tanto entusiasmo hablas? - exclamó el rey.
- Sed paciente, mi gran señor. Y sabed que, gracias a ese "Libro de la Sabiduría", entre otros grandes misterios, pude conocer también el de la estatua que se levanta sobre la ciudad de Borsa y así ahora puedo, si lo deseáis, mandaros construir una semejante y aún mejor - explicó el astrólogo, acariciándose su larga barba.
- ¡Qué gran sabio eres, hijo de Abú Ajib! -gritó Aben Habuz, entusiasmado-. - ¡Si tal estatua llegas a construir, todos mis tesoros estarán a tu disposición, de ahora en adelante! Ponte a trabajar al instante, te lo ruego. Todos mis hombres quedan a tus órdenes.
Y así, a los pocos días, se inició aquella importante construcción. En la parte más alta del palacio, se elevó una torre muy alta, sobre la cual el sabio astrólogo fijó un eje y en él, en lugar del gallo y el carnero del que había hablado, apareció un soldado moro a caballo, con el escudo al brazo y la lanza apuntando hacia el cielo.
Debajo mismo de la figura se abría una sala circular, con cuatro amplias ventanas orientadas a los cuatro puntos cardinales, y ante cada una de ellas dispuso el astrólogo una mesa sobre la cual, como sobre un tablero de ajedrez, colocó una serie de figuras a pie y a caballo. Formaban como un minúsculo ejército, entre las cuales destacaba una que tenía la cara del rey Aben-Habuz.
Junto a las figuras puso también el gran sabio una minúscula lanza, en cuyo mango podían verse unos extraños signos cabalísticos. Todo eso lo preparó Ibrahim con sumo cuidado y murmurando extrañas frases. Cuando terminó, mandó colocar una fuerte puerta de bronce y acero, cuya llave entregó al rey.
En cuanto el anciano rey recibió esa llave y el sabio le dijo que ya estaba todo terminado, comenzó a sentir impaciencia, por comprobar las virtudes de aquella construcción. Pero sus enemigos se mostraban pacíficos y tranquilos.
- Antes me molestaban casi a diario -se lamentaba-. Ahora, en cambio, hace semanas que nadie habla de ellos.
- Paciencia, gran señor. No tardarán -decía una y otra vez el sabio, tratando de calmar al rey.
Un día, por fin, llegó el momento. Al amanecer, el guardia de la torre corrió al encuentro del rey para decirle que la figura del moro había girado sobre su eje, en dirección a Sierra Elvira, y que su lanza dejaba de apuntar al cielo, para señalar hacia el llamado Paso de Lope.
- ¡Que todas las trompetas llamen a nuestros hombres a las armas! El grueso de mi ejército debe estar preparado antes de media hora -gritó el anciano rey.
Pero el astrólogo salió a su encuentro:
- Deteneos, ¡oh, rey! No necesitáis ejército alguno para vencer a ese enemigo que se acerca. Acompañadme a la sala circular que mandé construir en la torre, debajo de la figura del moro.
Una vez en la sala, el rey, con gran asombro, advirtió que todas las ventanas estaban cerradas, excepto la que miraba hacia el Paso de Lope, que estaba abierta de par en par.
- Ahora, fijaos en lo que ocurre encima de esa mesa -dijo el sabio astrólogo.
El asombro del rey aumentó aún más al ver que las figurillas de madera, que estaban colocadas sobre la mesa frente a aquella ventana, se movían. Los caballos hacían cabriolas y los jinetes, al igual que los guerreros que iban a pie, blandían sus armas y al mismo tiempo se oía un débil ruido de trompetas, entrechocar de armas, gritos y relinchos.
- Esto demuestra que vuestros enemigos siguen avanzando, -¡oh, rey! Pero no temáis -afirmó el sabio-. Si queréis que se retiren, tocad las figuras con el mango de esta pequeña lanza. Pero si deseáis destrozar sus ejércitos, tocadlas con la punta.
El rey reflexionó unos instantes. Pero al fin, resentido como estaba por los daños que sus enemigos le habían causado, tomó la lanza y con su punta tocó algunas de las figuras, que al punto cayeron en tierra como heridas por un rayo, y a otras las tocó con el mango, con lo cual hizo que se volvieran las unas contra las otras.
- ¡Es necesario que escarmienten! - dijo el rey, entusiasmado.
Y si el sabio astrólogo no hubiera intervenido, quizá habría seguido con aquel juego, hasta destruir por completo todas las figuritas. Por fin consiguió hacerle abandonar la torre, indicándole la conveniencia de enviar algunos soldados hacia el Paso de Lope, para que informasen de lo sucedido en el campo.
Cuando los soldados regresaron dijeron que un poderoso ejército había llegado hasta cerca de Granada, pero que, de pronto, había surgido una discusión entre dos jefes rivales, discusión que terminó con la muerte de uno de ellos. Iniciada entonces una lucha entre los guerreros, tuvieron que retirarse de nuevo a sus propios reinos, con muchas bajas.
- ¡Al fin podré vivir tranquilo! -exclamó Aben Habuz, entusiasmado-. Pídeme, ¡oh, sabio Ibrahim!, la recompensa que prefieras.
- Los sabios apenas tenemos necesidades. Sólo deseo que me facilites los medios para mejorar en algo mi humilde vivienda.
El rey pensó que era muy poco lo que el sabio le pedía y se apresuró a dar órdenes a su tesorero, para que le facilitara todo cuanto pidiese.
El tesorero, sin embargo, se escandalizó cuando Ibrahim pidió que se abriesen varias salas más, encargando para su adorno ricos tapices de Arabia y lujosos divanes y otomanas, así como preciosas alfombras traídas de Persia.
- A mis años los huesos se resienten, si duermen sobre las duras piedras y el cuerpo siente la humedad de las paredes desnudas y de los suelos sin alfombras -decía el sabio.
También, en una de las salas, se hizo construir un lujoso baño de mármol, en el que una serie de fuentecillas vertían sales aromáticas, perfumes de Arabia, aceites balsámicos...
- El baño también es necesario a mis años, para devolver a los músculos su agilidad, perdida en horas de estudio y meditación.
Después ordenó también que por todas partes colocaran lámparas de oro y cristal fino, que llenó con un aceite especial cuya composición había aprendido en el maravilloso "Libro de la Sabiduría", según dijo, y que proporcionaba una luz blanca y delicada.
- Apenas entra luz en esa cueva -afirmaba-. Y necesito una claridad, si deseo seguir estudiando y aprendiendo.
Por fin, el tesorero, cada vez más escandalizado, habló con el soberano, informándole de tales derroches.
- Ya nadie podría llamar cueva a la morada del sabio astrólogo -afirmó-. La ha convertido en un verdadero palacio subterráneo, capaz de competir con el más lujoso entre los más lujosos de todo el reino de Granada.
- Ten paciencia -contestó el rey-. Es un anciano y los ancianos son caprichosos como niños. Algún día terminará de arreglarla y dejará de pedirte dinero. Entretanto, no puedo olvidar que gracias a él tengo completa tranquilidad.
Tal y como el rey decía, un día el astrólogo dio por terminado el arreglo de lo que él seguía llamando "humilde" morada. Y durante una semana permaneció encerrado en ella, dedicado por completo al estudio de sus libros.
Pero cuando ya el tesorero respiraba tranquilo, el sabio volvió a visitarle.
- Necesito otra cosa más -le dijo-. Algo que me distraiga de las muchas horas que dedico al trabajo y al estudio.
- El rey me ha ordenado proporcionarte todo cuanto pidas. Dime, ¿qué deseas ahora?
- Quisiera algunas danzarinas, que también supieran cantar. - ¿Danzarinas, dices ... ? -se sorprendió el tesorero.
- Sí. El estudio de los libros y de las estrellas es algo muy duro. Las danzas y los cantos, podrán distraerme de vez en cuando, haciéndome más agradable mis últimos días.
El tesorero cumplió también ese deseo del sabio, y ya, por fin, pudo respirar tranquilo, porque nunca más volvió a pedirle nada. Encerrado en su maravilloso palacio subterráneo continuó entregándose al estudio y, de vez en cuando, se oían desde lejos los melodiosos cantos de las danzarinas que le distraían y alegraban.
El rey, por su parte, se entretenía provocando a sus adversarios. Estaba tan seguro de que cuando le atacasen, podría destruirles con la mayor facilidad, que incluso llegó a provocar motines y a escarnecer e insultar a sus vecinos. Y, en efecto, cuando algún ejército penetraba en su reino, al punto se lo anunciaba el guerrero moro y a él le bastaba con encerrarse en la sala circular, para hacerle retroceder o destruirle, a su antojo.
Así pronto ganó fama de invencible y cada día fueron menos frecuentes los ataques de sus enemigos, hasta que, al fin, cesaron por completo. Por espacio de largos meses, el rey esperó que el jinete moro cambiara de posición, pero esperó inútilmente. Y eso le tenía malhumorado y aburrido.
- Llamaré al sabio astrólogo y le pediré que me busque alguna distracción -se dijo una noche.
Pero no llegó a hacerlo. El guardia de la torre irrumpió en sus aposentos, para anunciarle que el jinete moro había girado y agitaba su lanza en dirección a Guadix.
Aben Habuz, muy contento, corrió hacia la torre, pero, con gran asombro, descubrió que la mesa mágica que se encontraba debajo de la ventana que miraba hacia las montañas de Guadix permanecía completamente en paz. Ni un solo jinete se movía. Ni un solo guerrero blandía su lanza. El rey, perplejo, sin saber a qué atribuir tan extraño fenómeno, mandó que un destacamento de su ejército saliera en aquella dirección y explorara aquellos montes.
Durante tres días estuvo esperando impaciente el regreso de los soldados. Por fin le anunciaron su regreso y mandó que el jefe acudiera inmediatamente a su presencia para informarle.
- Podéis estar tranquilo, señor -le dijo-. Hemos registrado todos los pasos y senderos de las montañas, sin haber encontrado el menor rastro de guerreros. Sólo hemos hallado a una muchacha de extraordinaria belleza, tranquilamente dormida junto a una fuente cristalina.
- ¡Sólo una joven de extraordinaria belleza! ¡Qué raro! -exclamó el rey-. ¿La habéis traído con vosotros... ?
- Naturalmente, señor.
- ¡Traedla inmediatamente a mi presencia!
La orden del rey fue cumplida y a los pocos instantes tuvo ante sí a una joven bellísima. No sólo el soberano, sino también todos sus cortesanos, quedaron maravillados al verla. Poseía el andar más grácil que jamás habían contemplado y su cabellera, negrísima y adornada con perlas, al estilo de las princesas cristianas, encuadraba un rostro perfecto, en el que brillaban unos ojos grandes, sombreados de largas y espesas pestañas. Sus dientes eran más blancos que las más bellas perlas del Oriente y sus mejillas parecían dos rosas.
Aben Habuz la admiró durante unos instantes. Por fin, habló:
- Dime, bellísima joven, ¿cómo has llegado hasta mi reino?
La voz de la doncella, dulce y melodiosa, aumentó la admiración del rey. ¡Jamás voz tan armoniosa se había escuchado entre aquellas paredes y sólo podía compararse con el canto de los pájaros, cuando llega la primavera!
- He llegado a vuestro reino, ¡oh, poderoso señor!, huyendo de los enemigos de mi padre, un príncipe cristiano cuyos ejércitos han sido destruidos...
-Tened cuidado, señor -susurró a su oído el sabio Ibrahim Eben Abú Ajib-. Esa muchacha es, a no dudar, el enemigo que anunciaba el jinete moro. Y sus ojos tienen un brillo maléfico. ¡Bien pudiera ser alguna hechicera, transformada en doncella para vencernos!
Pero el rey se burló de sus palabras, sin querer prestarle la menor atención.
- Eres un gran sabio, Ibrahim, pero, sin duda, comienzas a hacerte viejo. ¿Cómo, si no, podrías confundir a tan hermosa joven con una hechicera peligrosa?
- Os he ayudado a vencer a vuestros enemigos, señor, y podéis estar seguro de mi lealtad -insistió el sabio-. Permitidme que ahora os pida una merced. Cededme a esa joven. Advierto que lleva consigo un laúd de plata y adivino que sabe tocarlo con singular maestría; distraerá algunas de mis horas y al mismo tiempo la estudiaré hasta descubrir si es o no una hechicera. Si no me equivoco en mis suposiciones, mi poder terminará venciendo al suyo.
- ¡Estás loco! -exclamó el rey-. Mi tesorero te proporcionará danzarinas y cantantes para distraerte. ¿Para qué quieres más?
- Ninguna sabe tocar un laúd de plata. Además, temo que si se queda en vuestro palacio, atraiga sobre él la desgracia.
- Esa joven es mía y se quedará a vivir en mi palacio. ¡Y seré yo, y no tú, quien se distraiga con la música de su laúd de plata!
El sabio quiso insistir. Pero el soberano le despachó al fin, de mal talante, rogándole que volviera a su palacio subterráneo y que le dejara en paz. Ibrahim se marchó muy disgustado.
En el palacio se empezaron a celebrar fiestas maravillosas en honor de la hermosa cautiva. Y no pasaba día sin que el rey le regalase las más fantásticas joyas y le hiciera traer de Asia y Africa, las más preciadas sedas y los más exóticos perfumes. La princesa, sin embargo, jamás parecía conmovida, ni siquiera agradecida.
Regalos y fiestas, adulaciones y agasajos, todo parecía serle completamente indiferente. Nunca se enojaba con el anciano rey, claro está, pero tampoco le sonreía ni le miraba con benevolencia. Y cuando él le pedía que consintiera en ser su esposa, cogía su laúd de plata y, al instante, el soberano comenzaba a cabecear, hasta caer en un sueño profundo, del que sólo despertaba varias horas más tarde y habiendo olvidado por completo su deseo de casarse con la princesa.
Cualquier observador hubiera podido afirmar que la princesa se estaba burlando del anciano rey y que sus continuos caprichos, no tenían otro objeto que arruinarle, pues en cuanto tenía la seda, la joya o el perfume que le había pedido, al punto lo olvidaba junto a los que ya poseía, sin hacerle el menor caso. ¡Y esos caprichos se multiplicaban día a día, y tenían en constante estado de alarma al tesorero! Pero el rey parecía no advertir nada. Y, pendiente de la princesa, llegó a descuidar todos sus deberes como soberano.
El malestar comenzó a cundir entre el pueblo y al fin, un día, un grupo de exaltados intentó asaltar el palacio, para matar a la princesa, a la que achacaban y con razón, la culpa de cuanto sucedía. La creciente pobreza en la que el rey sumía a su pueblo, a fin de satisfacer tantos y tan costosos caprichos, desesperaba a las gentes.
La guardia real sofocó rápidamente aquella sublevación. Pero el soberano no se quedó tranquilo y mandó llamar al sabio astrólogo, que permanecía en su morada, sin olvidar las ofensas que había recibido.
- Tú me vaticinaste muchos peligros, si guardaba a la princesa en mi palacio -le dijo Aben Habuz en tono conciliador, en cuanto le tuvo en su presencia-. ¡Cuánta razón tenías! Dame ahora, te lo ruego, algún consejo para librarme de futuros peligros.
- Alejad de vuestro lado a esa joven -respondió Ibrahim. - ¡Oh, no! Eso no, jamás -replicó el rey-. Prefiero perder mi reino a perderla a ella.
- Quizá perdáis ambas cosas -le respondió el sabio, filosóficamente.
- No, no puedo apartarla de mi lado. Ayúdame, por favor a encontrar algún retiro oculto en el que poder refugiarme, lejos de las intrigas de la corte. Quiero un retiro tranquilo, en el que poder vivir en paz...
El sabio astrólogo meditó unos momentos y al fin preguntó:
-¿Qué me darás, si consigo proporcionarte ese retiro que deseas?
- Tú mismo señalarás la recompensa. ¡Te doy mi palabra de rey!
- Bien. ¿Habéis oído hablar del jardín del Irán, uno de los maravillosos prodigios de la Arabia Feliz?
- Sé lo que de él dice el Corán. Y también los peregrinos, que vienen de la Meca, me han hablado de él, pero siempre pensé que era pura fantasía...
- ¡No seáis incrédulo, señor! - le interrumpió el sabio-. El jardín maravilloso existe. Yo pude verle con mis propios ojos. Escuchad:
"En una ocasión, siendo yo joven, cuando era sólo un muchacho que cuidaba de los camellos de mi padre, atravesaba un día el desierto de Aden cuando uno de ellos se extravió por las dunas. Fui en su búsqueda, pero no conseguí hallarle y al fin, cansado, me tumbé a dormir bajo una palmera, en un pequeño oasis. Al despertar, me encontré a las puertas de una hermosa ciudad. Entré en ella y pude contemplar magníficos edificios, jardines bellísimos... pero sus calles y sus plazas estaban completamente desiertas. Nadie vivía en ellas. Sentí un gran temor, ante aquella impresionante soledad, y me apresuré a cruzar de nuevo su puerta para volver al desierto. Pero en cuanto de nuevo pisé la arena, al otro lado de las murallas y me volví para contemplarla por última vez.... ¡la ciudad había desaparecido y me encontré de nuevo junto a la palmera del pequeño oasis, en el que la noche antes me había detenido para descansar!
"Creí que se trataba de un sueño y resolví abandonar la búsqueda del camello extraviado y tratar de reunirme de nuevo con el resto de la caravana. Pero, por el camino, tropecé con un anciano sacerdote mahometano, a quien relaté lo que yo creía un sueño. Y el anciano, versado en las tradiciones y las leyendas de su país, afirmó que aquella ciudad maravillosa no era fruto de mi imaginación ni de mis sueños, sino que era ese Jardín del Irán, tan cantado por los poetas. "Su origen se remonta a los tiempos en que esas tierras eran habitadas por los additas -me explicó-. Les gobernaba el rey Sheddad, bisnieto de Noé, que fue quien mandó construir esa espléndida ciudad, adornándola con vergeles y jardines maravillosos, más hermosos que los mismos que adornan el paraíso del que nos habla el Corán. Y, después, admirado de su propia obra, se mandó construir en el centro un palacio suntuoso, digno de un dios. Pero tanta presunción fue castigada. Alá barrió la ciudad de la superficie de
la tierra y con ella todos aquellos jardines de ensueño. Y desde entonces permanece oculta a los ojos de los mortales y sólo en algunas ocasiones se manifiesta, como ejemplo del castigo que espera a los vanidosos."
- Esta es la historia, ¡oh, rey! Pero he de añadir que aquellos palacios suntuosos, y principalmente aquellos jardines y vergeles de ensueño, permanecieron grabados en mi imaginación, sin que ya nunca más llegara a olvidarlos. Por eso, cuando años más tarde conseguí apoderarme del "Libro de la Sabiduría", marché a aquel mismo lugar y allí, gracias a los conocimientos que ahora poseía, conseguí que de nuevo apareciesen a mi vista aquellas maravillas. Y los genios que las habitan, obedeciendo también a mi mágico poder, me revelaron todos los secretos de aquellos jardines. Por eso, si lo deseáis, puedo construir para vos, un palacio y un jardín superiores incluso en belleza a esos de los que os hablo. E igualmente invisibles a los ojos de los mortales.
- ¡Qué gran sabio eres, hijo de Abú Ajib! exclamó el rey, que había escuchado atentamente todo cuanto el sabio astrólogo le había explicado-. Si me construyes un palacio y unos jardines como esos, te recompensaré regalándote la mitad de mi reino.
- ¿Para qué necesito riquezas, si poseo el "Libro de la Sabiduría?" -contestó el astrólogo despectivo-. Sólo te pido que, como recompensa por mi obra, me regales el primer animal, con su carga, que pase por la puerta mágica del palacio.
"¡Qué tontos e ingenuos son todos los sabios!", pensó el rey, apresurándose a aceptar aquella humilde petición.
Aquel mismo día se inició la obra. En la cumbre de la colina, encima de su propia vivienda subterránea, hizo construir el sabio un patio rodeado de gruesos muros y, en el centro, una torre con una puerta muy fuerte, encima de la cual grabó una mano gigantesca y a uno de los lados, una llave de enormes proporciones. Esos signos los esculpió él personalmente y, mientras hacía ese trabajo, murmuraba frases en lengua desconocida.
Después se encerró en sus aposentos durante dos días y dos noches, entregado a sus secretos encantamientos. El tercer día volvió a la cumbre de la colina, donde permaneció, completamente solo, por espacio de varias horas hasta que, cuando era ya noche cerrada, se presentó ante Aben Habuz.
- Mi obra ya está terminada, ¡oh, rey! -le dijo-. Sobre la cumbre de la colina se levanta el más suntuoso palacio, que jamás ojos humanos han contemplado. Sus jardines son los más bellos que imaginación alguna pueda soñar. En el palacio encontraréis salones, baños, cámaras, galerías suntuosas..., en el jardín, los mejores árboles frutales, las flores más exóticas y raras. Y, al igual que el mágico jardín del Irán, está protegido por un encanto que lo hace invisible a los ojos de los mortales, excepto, claro está de los que poseen el secreto de tales encantos.
- ¡Maravilloso! -exclamó el rey, entusiasmado-. Mañana mismo, en cuanto el sol apunte en el horizonte, me instalaré en ese palacio. ¡Qué nerviosismo el del rey durante toda la noche! Le parecía que las horas transcurrían con mayor lentitud que nunca, en su impaciencia por verse ya instalado en el mágico palacio. Se levantó por el alba y antes de una hora ya estaba dispuesto para la partida, montado en su brioso corcel árabe. A su lado, más hermosa y también más misteriosa que nunca, la princesa cabalgaba un caballo completamente blanco, y los rayos del sol se reflejaban en las esmeraldas y los brillantes que adornaban su traje de seda fina, y el laúd de plata, que jamás abandonaba.
Al otro lado del rey se colocó el sabio astrólogo Ibrahim, pero a pie, porque no le gustaba cabalgar y apoyándose en su bastón, inició la marcha hacia la cumbre de la colina.
Ya casi habían llegado y Aben Habuz aún no conseguía ver el maravilloso palacio que su astrólogo le había prometido.
- Paciencia, señor -dijo Ibrahim-. Ya os expliqué que se trata de un palacio mágico. Nadie puede verlo, mientras no haya traspuesto los muros que lo rodean. Esa es precisamente su salvaguarda.
Por fin llegaron a la puerta.
- Fijaos en esa llave gigantesca y en la mano, no menos gigantesca, labradas encima y a uno de los lados de la puerta dijo el sabio, dirigiéndose al rey-. En tanto esa mano no llegue a apoderarse de la llave, nadie en el mundo podrá atentar contra vuestra seguridad.
El rey contempló con asombro aquellos signos y tan embebido estaba en esa contemplación, que no advirtió cómo el caballo blanco de la princesa se adelantaba y pasaba por la puerta, hasta llegar al centro del patio. El grito alborozado del sabio astrólogo, le hizo volver a la realidad.
- ¡Esa es la recompensa que me prometisteis, ¡oh, poderoso señor, soberano de Granada! -exclamó Ibrahim-. El caballo blanco de la princesa ha sido el primer animal que ha pasado por la puerta. Mío es, con su carga.
Al principio Aben Habuz creyó que se trataba de una broma del sabio. Pero cuando advirtió que no era así, se enojó terriblemente:
- ¡No te consiento esa impertinencia! -le dijo-. Prometí regalarte el primer animal con su carga, que atravesara esa puerta. Toma pues la más robusta de mis mulas o el mejor de mis caballos árabes, cárgalo con cuantas joyas o tesoros desees, y hazlo pasar por esa puerta. Y tuyo será. Pero no pretendas, ni aún en broma quedarte con la que es la luz de mi corazón.
- ¡Bah! ¿Para qué quiero tesoros, si mi "Libro de la Sabiduría" puede proporcionarme todas las riquezas de la tierra? contestó Ibrahim-. Entregadme a la princesa, poderoso señor. Me pertenece por derecho.
La princesa, inmóvil encima de su blanca cabalgadura, escuchaba aquella discusión que mantenían los dos ancianos, erguida y orgullosa.
Por fin Aben Habuz ya no pudo contener por más tiempo su indignación y sin medir sus palabras, gritó:
- ¡Eres un miserable, hijo del desierto! No niego tu gran saber, pero debes reconocerme como a tu señor, y respetarme como a tu rey soberano. ¡De lo contrario te castigaré!
- ¡Mi señor...! ¡Mi rey...! ¿De verdad pretendéis castigarme si no os respeto? -replicó con burla el sabio astrólogo-. ¡Sois muy imprudente, señor! ¿Olvidáis acaso que vuestro reino es sólo una pobre madriguera, comparada con los palacios que yo puedo poseer en cuanto lo desee? ¡Adiós, Aben Habuz! Seguid gobernando vuestras pobres tierras y gozad del halago de vuestros cortesanos. Yo me retiro para siempre a mi morada, desde donde me divertiré viendo las desdichas que, por vuestra imprudencia y vuestro orgullo, desencadenáis sobre vuestra propia cabeza.
Y dichas esas palabras, el sabio Ibrahim tomó con su mano las riendas del caballo blanco de la princesa y dio tres golpes en el suelo, con su bastón. Y, al punto, la tierra se abrió bajo sus pies, tragándoselo a él y también a la princesa, sin que quedase ni una huella suya en la superficie.
El rey se quedó mudo de asombro durante unos instantes. Pero no tardó en reaccionar, ordenando a sus hombres que cavasen la tierra, por donde el astrólogo había desaparecido. Pero aun cuando cavaron y cavaron durante horas, sólo encontraron tierra que de nuevo volvía a caer en el hoyo, tapándolo. Cuando el rey se convenció de la inutilidad de estos esfuerzos, mandó buscar la entrada que, en la ladera, conducía a los aposentos que ocupaba el sabio astrólogo. Pero incluso la entrada había desaparecido y tampoco pudieron encontrarla, porque por aquellos parajes la piedra era tan fuerte, que todas las herramientas se rompían, antes de conseguir horadarla.
El pesar del rey no conoció límites. No sólo había perdido a la princesa, sino que en cuanto Ibrahim hubo desaparecido, el jinete moro perdió todo su poder mágico y permaneció inmóvil, para siempre, apuntando con su lanza el lugar por donde se había hundido el sabio astrólogo.
Y su tortura era aún mayor porque, de vez en cuando, oía en la lejanía el dulce y armonioso sonar del laúd de plata de la princesa y a pesar de oírse muy débil, le impedía por completo conciliar el sueño.
Por fin, un día, un pobre pastor pidió ser conducido a su presencia y cuando lo consiguió le dijo que la noche antes había encontrado una grieta en la montaña. Penetró por ella y llegó a ver un gran salón subterráneo, decorado y adornado con tal suntuosidad y riqueza, como jamás viera otro igual en su vida. Y, tendido en uno de los divanes, se hallaba el anciano sabio Ibrahim, dormitando al son del laúd de plata, que la princesa tocaba con singular maestría.
El rey mandó buscar la grieta de la que hablaba el pastor. Pero también ese último intento fue inútil. Como el propio Ibrahim le dijera al rey, el hechizo de la llave y la mano, era demasiado grande y poderoso para que ningún humano pudiera vencerlo. Por eso la cumbre de la montaña siguió estando siempre desnuda a los ojos de los mortales, por lo que los habitantes de Granada terminaron llamándole "La locura del Rey" o "El Paraíso del loco".
En cuanto al desdichado Aben Habuz, ya nunca más pudo gozar de un sólo día de paz y tranquilidad. Vivía atormentado, no sólo pensando en la princesa que el sabio astrólogo mantenía cautiva en el interior de la montaña, sino también por las continuas incursiones de sus enemigos, que, al ver que ya no le protegía ningún poder mágico, pronto comenzaron a asolar de nuevo sus tierras, robándole riquezas y hombres.
Hasta que al fin murió.
Desde entonces han transcurrido muchos siglos. Y sobre aquella montaña se ha construido La Alhambra, una maravilla comparable sin duda al magnífico jardín del Irán, del que el sabio astrólogo habló al rey.
Pero las sencillas gentes, que tan fácilmente creen en leyendas, aún hoy aseguran oír, en ocasiones, lejano y dulce, el melodioso sonido del laúd de plata, con el cual la bella princesa hechicera mantiene preso al astrólogo árabe Ibrahim Eben Abú Ajib, cuya magia la encerró en el interior de aquella montaña.
Cuando vayáis a Granada preguntad por él. A lo mejor también vosotros conseguís escuchar las maravillosas notas del laúd encantado.
Las estatuas discretas
Hace muchos años vivía en uno de los amplios aposentos interiores de la Alhambra, un hombre de corta estatura pero sumamente simpático e ingenioso, que contaba con el afecto de todos sus conocidos. Trabajaba en los jardines que rodean esa antigua fortaleza mora y siempre, mientras cumplía con sus diarias obligaciones, cantaba, alegrando con su voz a todos sus compañeros. Terminado el diario quehacer, se sentaba en alguno de los muchos bancos que hay en avenidas y explanadas y seguía cantando, pero en aquella hora sus canciones se acompañaban con la música de la guitarra que sabía tocar con singular maestría. Ya no eran canciones ligeras, sino que entonces gustaba entonar largos romances, en los que se relataban las aventuras y heroicidades del Cid, Bernardo del Carpio, Fernando del Pulgar, el Gran Capitán y otros bravos españoles, cuyos nombres se han convertido en leyenda y, finalmente, cuando a su alrededor se había reunido ya suficiente grupo de gente, sus dedos pulsaban
las notas de algún bolero o de un fandango y los jóvenes se apresuraban a bailar un rato.
Este jardinero que, como ya dijimos, era de estatura muy corta, se llamaba Lope Sánchez y estaba casado con una mujer bastante más alta que él. El matrimonio sólo tenía una hija, Sanchica, una chiquilla de doce años, que había heredado los hermosos ojos negros de su madre y del padre la corta estatura, el carácter alegre y el tono amable. Tenía una voz sumamente agradable y siempre acompañaba a su padre, cuando entonaba sus canciones o era la primera en iniciar el baile, cuando él pulsaba aires vivos.
Día a día crecía el encanto y la vivacidad de la niña, que llegó a ser la verdadera alma de la Alhambra, con gran satisfacción por parte de sus padres, que se sentían orgullosísimos de aquella hija única y quizá por eso más particularmente querida.
Aquel año, como sea que Sanchica había cumplido ya los doce años, llegada la víspera de San Juan, sus padres le permitieron ir con ellos por la noche a la montaña del Sol, donde desde tiempo inmemorial, todos los habitantes de Granada se reúnen para festejar la velada, encendiendo grandes hogueras y cantando y bailando al son de alegres músicas.
Era una noche clara y muy hermosa. La luna brillaba en lo alto, iluminando la tierra con su dulce y pálida claridad. ¡Con qué animación y con qué brío tocaba el bueno de Lope Sánchez su guitarra! ¡Y con qué alegría bailaban a su alrededor los mozos y las jóvenes... y también los que ya no eran jóvenes, pero que sentían que se les rejuvenecía el corazón llevados por el entusiasmo y el gozo general!
También la campiña aparecía a los ojos de todos más hermosa que nunca y, allá abajo, brillaban las cúpulas y las altas torres de Granada, mientras los riachuelos y pequeños arroyos que cruzan la vega, parecían cintas de plata que las hadas hubieran desplegado, para unirse también de algún modo a la fiesta, que con tanta ilusión celebraban anualmente los granadinos.
La simpática Sanchica, en compañía de un grupo de amiguitas de su edad, se había alejado un tanto del corro en el que se hallaban sus padres, y se divertía correteando con ellas entre las ruinas de un antiguo castillo moro emplazado en el punto más alto de la montaña. De vez en cuando, recogían guijarros o piedras blancas pulidas, que después empleaban para sus juegos. De pronto, Sanchica, encontró entre las piedras una manecita de azabache, cuya negrura parecía aún más intensa iluminada por la luz de la luna. Era pequeña, pero labrada con singular delicadeza y tenía los dedos cerrados y el pulgar unido a ellos. Aquel hallazgo la llenó de alegría y corrió a enseñárselo a su madre. Naturalmente, al instante, toda la concurrencia se enteró también y surgieron los más dispares comentarios.
- ¡Corre y tírala donde la encontraste! -dijo uno-. Sin duda es del tiempo de los moros...
- ...y los moros, eso todos lo sabemos, eran amigos de hechizos y encantamientos -corroboraba otro.
- ¡Yo jamás permitiría que una hija mía poseyera nada semejante! -afirmaba un tercero.
- ¡Valiente tontería! -aseguraban los jóvenes-. Si no lo quiere, puede venderlo a cualquier joyero de la ciudad. ¡Seguro que se lo pagarán bien!
Ni el bueno de Lope Sánchez, ni su mujer, se decidían a tomar partido, hasta que, por fin, se les acercó un viejo soldado que había peleado en Africa por cuya razón su rostro estaba tan curtido por el sol y el viento del desierto, que aparecía oscuro como el de un verdadero árabe. Y ese soldado, después de examinar con mucho cuidado la manecita de azabache, afirmó:
- Esta manecita es un amuleto mágico. ¡Le felicito, amigo Lope y también a usted, señora! ¡Estoy seguro de que traerá buena suerte a Sanchica! Pero es conveniente que jamás se separe de él, a partir de ese mismo instante.
Al punto se alegraron los rostros de los esposos y la madre se apresuró a atar el amuleto a una cinta roja, colgándolo alrededor del cuello de su hija que, a su vez, se mostraba satisfechísima.
Aquel hallazgo hizo que las gentes perdieran el interés por el baile. Y así Lope Sánchez dejó a un lado la guitarra y todos se sentaron alrededor de las hogueras, mientras los más viejos comenzaban a contar leyendas. Algunas de estas maravillosas historias se basaban en los hechizos que encerraba la montaña, sobre la que se hallaban, y entre ellas destacó la que contó una anciana.
- Todos habéis oído hablar del fantástico palacio subterráneo de Boabdil, en el interior del cual yace encantado ese rey que fue el último moro que reinó en Granada, así como toda su corte y también su ejército. Pero quizá no sepáis que la entrada a ese palacio, se encuentra precisamente entre aquellas ruinas junto a las que Sanchica ha encontrado la manecita de azabache. Allí hay un hoyo tan profundo, que llega hasta el mismo centro de la montaña. ¡Ni por todo el oro del mundo me asomaría yo a él! Ni tampoco lo haría nadie que tuviera un poco de sentido común. Recuerdo muy bien lo que le sucedió a un pobre pastor, que acostumbraba a traer por aquí a sus cabras. Un día uno de los cabritos se cayó a ese pozo y él, para salvarle, penetró por aquella boca negra, gateando. Salió temblando por la emoción y bajó corriendo hasta la ciudad, contando cosas extraordinarias y tan inverosímiles, que todos creímos que se había vuelto loco. Durante varios días, con sus noches, tuvo que
permanecer en la cama, presa de continuo delirio, sufriendo una fiebre muy alta, y hablando sin cesar de fantasmas moros que le perseguían por el interior de una caverna. Cuando por fin se restableció, sólo por las continuas insistencias de su esposa y de todos sus amigos, consintió por fin en volver a salir al monte con sus cabras. Pero un día aciago desapareció sin que nadie haya vuelto a saber más de él. Sus cabras pastaban entre las ruinas y su sombrero y su manta, fueron encontrados junto a la boca misma del pozo.
Aquel relato hizo estremecer a todos los oyentes, que se dijeron a sí mismos que tampoco ellos, por nada del mundo, se acercarían jamás hasta el pozo del que la vieja les había hablado. Todos, menos Sanchica. La niña era curiosa y viva por naturaleza y, además, parecía como si el amuleto que llevaba al cuello, le ayudara a vencer el natural temor que inspiran las historias de encantamientos o hechizos. Así, sin que nadie la viera, se escabulló de entre sus compañeras y se dirigió hacia las ruinas. Para llegar hasta el pozo, tuvo que andar un buen rato entre escombros y piedras, pero no sintió cansancio alguno, ¡tanta era la curiosidad que sentía por asomarse a la boca del pozo!
Por fin, llegó junto a él. Se asomó, pero era tanta la oscuridad, que no pudo ver absolutamente nada, y entonces al pensar que, como dijera la anciana, era tan profundo que llegaba hasta el centro mismo de la montaña, sintió un escalofrío y se apartó. Pero de nuevo la curiosidad la dominó y volvió a acercarse, esta vez haciendo rodar una piedra de regular tamaño. Cuando sus pies se encontraron por segunda vez junto al borde, empujó a la piedra y se dispuso a escuchar.
Durante un buen rato la piedra cayó sin hacer ruido. Después se oyó un chasquido, lo que hizo pensar a Sanchica que sin duda había chocado con algún saliente rocoso y, seguidamente, los chasquidos se fueron repitiendo, cada vez más lejanos, prueba evidente de que la piedra iba rebotando de un lado a otro... Hasta que, por fin, se la oyó caer en el agua, pero a grandísima profundidad. Y todo quedó de nuevo sumido en el más completo silencio.
Pero ese silencio duró muy poco tiempo. Pronto comenzó a subir del interior del pozo un, al principio apagado rumor, que a Sanchica le recordó el zumbido de una colmena. Y el rumor fue creciendo hasta que, poco a poco, se convirtió en un vocerío distante, como de una muchedumbre, entre el que destacaban gritos de guerra, ruido de cascos de caballos, trompetas... Vocerío que iba haciéndose minuto a minuto más definido, más inconfundible...
- ¡Es como si un ejército entero se dispusiera a salir por ese pozo, preparándose para un combate! -exclamó la niña, asustada.
Y llena de terror, echó a correr entre las ruinas, deseando llegar cuanto antes al lugar donde habían quedado sus padres y sus amigos.
¡Pero qué desencanto experimentó al advertir que todos se habían marchado ya!
Las hogueras estaban apagadas y sólo débiles columnitas de humo, se elevaban de las cenizas. Sanchica llamó repetidas veces a sus padres y también a algunas de sus amiguitas. Sólo el silencio de la noche contestó a sus gritos. Por eso siguió corriendo, en dirección a la Alhambra, bajando a toda velocidad la ladera de la montaña y cruzando los jardines del Generalife. Mientras corría, no dejaba de gritar, llamando a sus padres, pero sólo el silencio continuaba correspondiéndole y ella estaba cada vez más asustada.
Por fin llegó a la alameda que conduce hasta el palacio de la Alhambra y allí se detuvo por fin, agotadas sus fuerzas por la carrera y por los gritos que había dado, y se sentó en uno de los bancos. Seguía rodeándola un completo silencio, pero truncado por el susurro de un arroyuelo cercano. Y ese susurro, tan familiar a sus oídos, así como también el lugar, pues eran muchos los días que por aquella misma alameda corría y jugaba con sus amiguitas, consiguieron por fin tranquilizar y aquietar su espíritu. Casi estuvo a punto de reírse del temor que minutos antes experimentaba. Pero entonces la campana de una torre cercana dio las doce...
De pronto, algo llamó su atención.
- Parece como si se acercasen muchas luces - se dijo.
En efecto, algo se acercaba, pero no eran luces, precisamente, sino los cascos y las armaduras de muchos guerreros moros, que bajaban por el mismo camino que poco rato antes ella recorriera corriendo y que brillaban a la luz de la luna. Y enseguida advirtió, a medida que se acercaban, que sus rostros tenían una palidez cadavérica y que todos iban armados hasta los dientes con escudos, lanzas y cimitarras, y llevaban bruñidas corazas. Montaban briosos corceles de pura raza árabe, enjaezados como para entrar en combate, pero las pisadas de los cascos no hacían más ruido que el que hace la luna al atravesar las copas de los árboles.
Entre los jinetes cabalgaba una hermosísima dama, que lucía una maravillosa diadema de oro y piedras preciosas, y cuyas trenzas rubias se adornaban con largas sartas de perlas finísimas. Su caballo, completamente blanco, llevaba gualdrapas de terciopelo rojo, bordadas en oro y plata. Pero Sanchica advirtió que, a pesar de su gran belleza y del lujo con el que iba vestida, su semblante reflejaba una profunda tristeza y sus ojos estaban siempre fijos en el suelo, como para ocultar las lágrimas que los llenaban.
Detrás de la dama seguía una comitiva de cortesanos magníficamente ataviados, con trajes de sedas de brillantes colores y vistosos turbantes, adornados con piedras preciosas de gran tamaño. Destacándose en medio de ellos, montando un brioso corcel, el último rey moro de Granada, Boabdil el Chico, iba luciendo un manto real enteramente bordado con hilos de oro y piedras preciosas y una corona también de oro en la que brillaban, delicadamente engarzadas, perlas, rubíes y diamantes.
Sanchica reconoció que era Boabdil, porque se parecía extraordinariamente al retrato que tantas y tantas veces había admirado, en la galería de pinturas de la Alhambra.
- Sí, no cabe duda -se dijo-. La misma barba rubia, los mismos ojos altivos y soñadores a la vez, el mismo mentón... ¡Es el propio Boabdil, estoy segura!
Siguió contemplando, admirada, el paso de la regia y lujosísima comitiva. Y aunque sabía, naturalmente, que el rey Boabdil había vivido hacía cientos de años y comprendía que todos aquellos guerreros, aquellos cortesanos y hasta sin duda alguna también la hermosa dama que parecía ir prisionera entre ellos, eran algo anormal, algo que se contradecía con el curso lógico de la naturaleza y fruto de algún encantamiento o hechizo, que ella no podía entender, no sentía temor alguno. Y ese valor, tan impropio para una chiquilla de doce años, se lo inspiraba el talismán que llevaba colgado al cuello y que, de vez en cuando y en forma inconsciente, acariciaba.
También, influenciada sin duda por el talismán, cuando la cabalgata terminó de pasar frente a ella, decidió seguirla y así llegó hasta la gran Puerta de la Justicia que estaba abierta de par en par; los centinelas que, como de costumbre, hacían guardia junto a ella, estaban sentados en los bancos y dormidos, al parecer, a causa de algún hechizo misterioso, pues ninguno de ellos se movió lo más mínimo cuando pasó la brillante comitiva, con las banderas desplegadas, como si se dispusiera a entrar en combate o como si estuviera desfilando en una marcha triunfal.
Sanchica pensaba seguirlos. Pero, al llegar a la puerta, advirtió que en la misma tierra, junto a ella, se abría una como entrada subterránea, que parecía conducir hasta los cimientos de la torre. La observó, viendo que había unos escalones, muy bien tallados, y su curiosidad la impulsó a descender por ellos. Así, avanzando lentamente y con precaución, porque aquella escalera abierta en la roca viva estaba alumbrada muy débilmente, llegó hasta un pasadizo cuyo techo, en forma de bóveda, despedía una cierta claridad, lo que le permitió seguir avanzando con mayor rapidez.
A medida que avanzaba, olía con mayor intensidad un extraño y agradabilísimo perfume, y pronto llegó, por fin, a la entrada de un gran salón, amueblado con singular magnificencia y adornado con tapices y cortinajes de sedas finas bordadas en oro y plata. Todo era del más puro estilo árabe. Por todo el salón se veían lámparas de plata, que alumbraban con esplendor la estancia, y también diversos sofás y otomanas, con cojines y almohadones recubiertos de seda bordada.
Pero lo que más llamó la atención de Sanchica, fue un anciano de larga barba blanca, que parecía descansar tendido en uno de los divanes más amplios y lujosos, y que sostenía en sus manos arrugadas un grueso bastón de madera finamente labrada. Muy cerca de él, sobre unos almohadones, se sentaba una hermosísima joven, vestida al antiguo estilo español, con su frente ceñida por una rica diadema de brillantes y su larga cabellera negra salpicada de perlas, la cual, con suavidad y mucho arte, pulsaba un laúd de plata.
Sanchica, ante aquella escena, recordó al punto una vieja historia que tiempo atrás oyera contar a un anciano, y que hablaba de una princesa cristiana a la que un viejo hechicero había encerrado en el corazón de la montaña, gracias a su poder, pero que, a su vez, con el encanto de su música, conseguía mantenerle sumido en continuo y mágico sueño.
"¡Esta es la princesa cautiva y el anciano el propio astrólogo Ibrahim Eben Abú Ajib! ¡Qué maravilloso haber podido descubrir su mágico encierro!", pensó la niña, llena de asombro y admiración.
En aquel momento la joven vio a Sanchica de pie en el umbral del salón y su rostro expresó un asombro sin límites. Pero pronto reaccionó y sin dejar de pulsar ni un solo instante el laúd de plata, le indicó con un ademán que podía acercarse.
Así lo hizo Sanchica que, como ya dijimos, no sentía ningún temor ante todos aquellos acontecimientos de los que era testigo. Cuando se encontró frente a la hermosa princesa, ésta le preguntó:
- Dime, niña, ¿es hoy acaso la víspera de San Juan?
- En efecto, señora -respondió Sanchica.
La princesa suspiró con alivio y alegría, y una amable sonrisa se dibujó en sus labios.
- Entonces puedo pedirte un favor. Todos los años, en esta noche, se rompe por unas horas el mágico encantamiento que hace que los moros sigan en España, ocultos en lo más profundo de las montañas, en espera de que llegue el día en que, acaudillados por su rey Boabdil, puedan volver a la vida normal y traten de reconquistar las tierras españolas. Pero yo jamás pude salir de esta habitación, ni un sólo minuto, porque este anciano hechicero me ató con cadenas de oro que ninguna mano mortal puede romper.
- ¿Y qué puedo hacer yo, si soy una pobre niña? -preguntó entonces Sanchica, compadecida de la desventura de la joven.
- Advierto que llevas colgado del cuello un talismán de gran poder. Bastará con que toques con él mis cadenas, para que yo quede libre por toda la noche.
Al decir estas palabras, la joven le mostró a la niña el ancho cinturón de oro que ceñía su cintura y del cual salía una cadena, igualmente de oro, que la mantenía sujeta a la tierra. Y Sanchica, a su vez, se apresuró a tocar con su talismán aquella cadena, que, al instante, cayó al suelo, separada del cinturón. Pero aquel ruido pareció desvelar al anciano, que medio se incorporó entre sus almohadones frotándose los ojos. La princesa dijo entonces, siempre sin dejar de pulsar su instrumento:
- Toca con tu talismán ese bastón que tiene en la mano.
Así lo hizo la niña y al punto el bastón cayó también al suelo y el anciano quedó de nuevo sumido en profundo sueño. Entonces la princesa dejó el laúd de plata cuidadosamente colocado junto al almohadón en el que descansaba la cabeza del hechicero, haciendo vibrar las cuerdas mientras exclamaba:
- ¡Oh, poderoso espíritu de la música y la armonía! ¡Haz que ese anciano hechicero no despierte de su sueño, mientras un nuevo día no comience a iluminar la tierra!
Después, dirigiéndose a Sanchica, añadió:
- Ven conmigo. Eres una muchachita muy valiente y te mereces un premio. Yo haré que contemples la Alhambra exactamente como era en sus tiempos de gran esplendor, cuando el rey moro de Granada habitaba en su interior. ¡Ese talismán que posees, te permitirá verlo todo sin correr el menor riesgo!
La niña, muy ilusionada, siguió a la princesa y, en silencio, subieron los escalones que conducían a la entrada. Junto a la Puerta de la Justicia y pasando entre los centinelas dormidos, pronto llegaron a la llamada plaza de los Aljibes, que es una gran explanada que se abre en el interior de la fortaleza.
¡Cuánto gentío había en ella! Multitud de guerreros, formados en filas ordenadas y con las banderas desplegadas, parecían aguardar una orden para ponerse en marcha y, junto al portal, había guardias reales con otros muchos criados y sirvientes. Los guardias llevaban anchas y largas cimitarras y su aspecto era muy feroz, pero Sanchica seguía sin experimentar ningún temor y, con la mayor tranquilidad, seguía a la princesa.
Pero asombro sí lo experimentó, y muy grande, al penetrar en aquel palacio en el que desde niña había vivido, que la luna iluminaba ahora con una claridad mucho más intensa de lo normal. Todos los aposentos, así como los jardines, los patios y los corredores, se habían transformado por completo. De las paredes de todas las cámaras y pasadizos, así como de los muros de los jardines y patios interiores, habían desaparecido las manchas y las grietas que el paso del tiempo había dejado en ellas y, en su lugar, Sanchica pudo admirar cortinajes lujosísimos, telas de damasco y estatuas, figuras y lámparas, fabricadas en oro puro. En los salones y en todos los aposentos que estaba acostumbrada a ver desprovistos de muebles, admiraba ahora magníficos divanes y lujosísimas otomanas, recubiertas de sedas y adornados con bordados realizados con hilos de oro, plata y piedras preciosas. Por todas partes había ricas alfombras persas y tapices, que ella, a pesar de su ignorancia, comprendió
que eran de valor incalculable. Y, en los jardines, corría de nuevo el agua de las fuentecillas y las estatuas habían recobrado su brillo, así como también las flores y las plantas más exóticas, se abrían con inusitado esplendor y magnificencia.
Las cocinas, que Sanchica solía ver siempre completamente desiertas, estaban ahora invadidas por una muchedumbre de cocineros y sirvientas, que preparaban los más diversos y apetitosos guisos, asando pollos y perdices, aderezando con exóticas salsas frutas y verduras, que después un enjambre de mozos iba disponiendo en largas mesas que parecían preparadas para celebrar un espléndido banquete preparado para muchas personas. El Patio de los Leones se hallaba lleno de guardias negros, que charlaban con los cortesanos y palaciegos, como en los antiguos tiempos, y en uno de los extremos del Salón de Justicia, estaba el rey Boabdil, sentado en un trono que refulgía por el oro en que había sido fabricado y por las muchas piedras preciosas que lo adornaban. Allí recibía el homenaje de sus súbditos.
Pero a pesar de toda aquella muchedumbre que llenaba salas y patios, no se oía ni una voz, ni un susurro, ni el menor rumor de pisadas. La noche estaba tranquila y el silencio que reinaba, sólo era interrumpido por el caer del agua de las fuentes.
Por eso, aunque Sanchica seguía sin experimentar temor, al fin, el mismo asombro que sentía, llegó a intimidarla un poco. Pero no lo demostró ni en una sola ocasión y, sin la menor vacilación, seguía por todas partes a su guía. Así, después de cruzar todo el palacio, de punta a punta, llegaron hasta la puerta que conduce a los pasadizos de techo abovedado, que se extienden por debajo de la Torre de Comares.
Adornaban la puerta dos maravillosas estatuas de singular belleza, fabricadas en el más puro alabastro y colocadas una a cada lado, pero mirando ambas hacia un mismo punto de la bóveda. Y allí, junto a ellas, se detuvo la hermosa princesa.
- Fíjate en esas dos estatuas -le dijo a Sanchica, haciéndole una seña para que se acercase-. Ellas son las guardianas de un secreto que quiero revelarte en premio a tu valor y del que ellas son las únicas sabedoras desde tiempo inmemorial. Pues sabrás, niña, que guardan un tesoro que perteneció a un antiguo rey moro. Dile a tu padre que busque el punto exacto de la bóveda en el que tienen fijos los ojos y abra un agujero. ¡Encontraréis un tesoro que os convertirá en la familia más rica de toda Granada! Si tropezáis con alguna dificultad, no olvides que el talismán que posees, te ayudará siempre, pero no dejes de recomendarle a tu padre que sea extraordinariamente discreto. Una indiscreción podría acarrearle a él y a tu madre, desagradables consecuencias; a ti nada malo podrá sucederte nunca, porque eres inocente y porque posees ese talismán, pero, como es lógico, sufrirías viendo la desgracia de ellos. Y dile también que con una parte del tesoro, haga buenas obras y no deje
nunca de ayudar a los necesitados y enfermos.
Después de pronunciadas estas palabras, la joven princesa condujo a la niña hasta el cercano jardín de Lindaraja que, como es sabido, es uno de los más pequeños, pero también uno de los más bellos que se conocen. La luna brillaba sobre las aguas de la fuentecilla que se eleva en el centro, y los naranjos y los limoneros aparecían envueltos en una claridad suave y aterciopelada. La hermosa joven cortó con sus propias manos una rama de mirto e hizo con ella una corona, que colocó con cariño sobre la frente de Sanchica.
- Esta corona es lo único que personalmente puedo darte -le dijo-. Guárdala como recuerdo mío y de la verdad de mis revelaciones. Ahora debo dejarte. ¡No intentes seguirme, porque podría ocurrirte alguna desgracia de la que ni tu manecita de azabache te salvaría! Adiós, querida niña, y recuérdame de vez en cuando.
Y seguidamente, antes de que Sanchica pudiera reaccionar, desapareció en el interior del pasadizo, que pasando por debajo de la Torre de Comares, conducía hasta otros pasillos interiores o misteriosos de los que nada se sabe. Y ya nadie volvió a verla jamás.
En aquel instante Sanchica oyó el lejano canto del gallo que anunciaba que la aurora estaba próxima y al punto se levantó una suave brisa. Un leve rumor como de hojas secas mecidas por el viento, llegó a sus oídos, al tiempo que veía cómo, una a una, se iban cerrando todas las puertas interiores y exteriores de la Alhambra.
Entonces decidió volver a sus habitaciones y, recorrió de nuevo, en sentido contrario, todas las estancias, los corredores, los patios interiores y las salas, que antes recorriera en compañía de la princesa, pero, ¡qué distinto todo! El ejército de Boabdil, así como su corte palaciega, sus sirvientes y guardias, habían desaparecido. Las estancias de nuevo presentaban su aspecto lóbrego y abandonado de todos los días y las paredes, desnudas, dejaban ver grietas y manchas, mientras por todas partes revoloteaban a sus anchas murciélagos y otros animalejos nocturnos, y el único sonido que hasta ella llegaba, era el croar de una rana, que chapoteaba en un estanque de aguas poco límpidas.
La niña se apresuró a subir a las humildes habitaciones en las que vivía con su familia. Y pudo entrar sin despertar a sus padres que todavía descansaban, porque Lope Sánchez era tan pobre que jamás tuvo miedo de que ningún ladrón se acercara a su morada, y nunca cerró con llave sus puertas, ni con cerrojo sus ventanas. Sanchica, antes de meterse entre las sábanas de su camita, deslizó debajo de la almohada la corona de mirto que la bella princesa le había regalado y en cuanto se hubo acostado, se quedó profundamente dormida.
En cuanto despertó, a la mañana siguiente, se apresuró a ir en busca de su padre para contarle la extraña aventura que le había sucedido. Esperaba que él se mostraría admirado y maravillado, pero no fue así. El bueno de Lope Sánchez juzgó que todo aquello era un simple sueño y se rió mucho.
- Estoy seguro de que te quedaste dormida junto a las mismas ruinas o quizá junto a ese banco, en el que dices que te sentaste a descansar. Tienes mucha imaginación, hija. Pero, anda, ahora olvida tu sueño y ve a ayudar a tu madre en sus tareas -le dijo. Y volvió a su trabajo.
Apenas habían iniciado el arreglo de unos setos de flores, cuando vio que Sanchica volvía corriendo y gritando:
- ¡Fíjate, papá! ¡Papá, es verdad cuanto te conté! ¡Mira la corona de mirto que la princesa puso sobre mi frente! ¡Mírala, mírala!
El bueno de Lope se quedó atónito y casi se le cortó el habla de puro sorprendido. La rama de mirto, que la princesa cortara para formar con ella una corona, se había transformado y su tallo era ahora de oro purísimo que brillaba a la luz del sol y cada una de sus hojas estaba formada por una esmeralda de gran tamaño. El padre de Sanchica, en su pobreza y su humildad, no estaba acostumbrado a admirar joyas de tanto valor, pero comprendió en seguida que se encontraba ante algo que, ya por si mismo, era un verdadero tesoro. Ya no podía seguir pensando que su hija había soñado la historia de la princesa. Aquella corona, por lo menos era algo positivo y real, y los sueños jamás dejan a nadie recuerdos tan tangibles y maravillosos.
-Sí, hija, ahora creo todo cuanto me contaste. Y al punto iré hasta la bóveda de las dos estatuas, para comprobar lo que me dijiste acerca de que ambas miran a un mismo punto. Entretanto, no hables con nadie de lo que a mí me has contado; como muy acertadamente te aconsejó la propia princesa, hay que ser siempre discretos y reservados. Además, recuerdo que te predijo desgracias para mí y para tu madre, si el secreto era revelado a algún extraño - afirmó acariciando la cabeza de su hija.
La niña era sumamente discreta y esa discreción era tanto más de admirar teniendo en cuenta su corta edad. Y así le fue fácil no hablar con nadie de los extraños sucesos que aquella noche había vivido, ni siquiera con ninguna de sus amiguitas.
Su padre, entretanto, se dirigió a la bóveda, como había dicho. Y allí pudo observar que ambas estatuas tenían la cabeza vuelta en sentido contrario al portal y sus respectivas miradas estaban fijas en un mismo punto de la bóveda.
-¡Original estratagema para señalar un lugar! -exclamó.
Seguidamente trazó una línea desde los ojos de las estatuas hasta el punto donde las respectivas miradas se entrecruzaban y, después de señalarlo con cuidado, para que la señal no pudiera llamar la atención a nadie, decidió volver a su trabajo.
- Por la noche, acompañado de Sanchica, regresaré para recoger el tesoro -se dijo.
¡Pero qué día tan agitado e inquieto pasó el bueno de Lope Sánchez! Su imaginación estuvo constantemente atormentada con temores y zozobras. De vez en cuando, procurando no ser visto, se acercaba hasta las estatuas, sintiéndose dominado por el miedo de que alguien, a lo largo de aquel día, pudiera descubrir el secreto que habían guardado durante siglos.
- Eso de que ambas miren a un mismo punto y que al principio me pareció una estratagema original, ahora me parece una imprudencia. ¡Cualquiera puede entrar en sospechas! -se decía. Sin detenerse a reflexionar que gran casualidad sería que alguien lo sospechara precisamente aquel día, cuando nadie lo había imaginado siquiera durante largos siglos. ¡Ah, si yo pudiera volverles la cabeza hacia otro lado! Lo haría si ello fuese posible, ¡vaya si lo haría!
Y en cuanto oía los pasos de alguien que se acercaba, se apresuraba a marcharse sin que le vieran, temiendo también que su sola presencia junto a aquella puerta tuviera que hacer sospechar a cualquiera. ¡Todo eso nos demuestra cuán ingenuo, sencillo e inocente, era Lope Sánchez, el padre de Sanchica!
Por fin llegó el atardecer y en seguida las sombras de la noche comenzaron a cubrir Granada. Ya no se oía ningún ruido de pasos por los salones y pasillos de la Alhambra; el último visitante había traspuesto el umbral un buen rato antes y tras él la gruesa puerta fue cerrada con estrépito por el guarda encargado de la custodia de la fortaleza. Y, como cada día, algunos murciélagos se convirtieron en los únicos habitantes del antaño lujoso palacio real, mientras las ranas, en sus estanques de aguas quietas, iniciaban su concierto nocturno.
Lope Sánchez, sin embargo, aún esperó un par de horas antes de internarse en el interior del palacio, en compañía de su hija, porque quería estar muy seguro de que no tropezaría con nadie.
Por fin, cercana la medianoche, se acercaron al salón en cuya puerta se encontraban las dos estatuas de alabastro, provistos de una linterna y de algunas herramientas, que juzgó habían de serle útiles para su trabajo.
Las estatuas, tan inmóviles como siempre, seguían con la mirada fija en aquel mismo punto al que durante años habían estado mirando. Lope, al pasar junto a ellas, no pudo por menos que dedicarles un pensamiento, como si de seres reales de carne y hueso se tratara.
- Con vuestro permiso, nobles damas, voy a liberaros de ese secreto que durante tantos años habéis guardado. ¡Y os agradezco que a nadie se lo hayáis revelado hasta ahora, permitiendo que sea yo quien desentierre el tesoro! -les dijo, con el pensamiento.
Apenas había trabajado unos minutos, haciendo un agujero en el lugar que previamente había señalado, cuando quedó al descubierto un ancho boquete en cuyo interior vio dos grandes jarras de porcelana. Pero fueron inútiles todos sus esfuerzos por sacarlas. Cualquiera hubiera dicho que estaban empotradas en el muro o que una mano invisible las cogía con fuerza. Y el hombre ya iba a desanimarse cuando Sanchica, dejando en el suelo la linterna con la que hasta aquel momento alumbrara a su padre para que pudiera trabajar con comodidad, las tocó con su manecita de azabache y, así, ella misma pudo retirarlas del muro, con toda facilidad, ante la mirada asombrada de su padre.
Seguidamente, con gran alegría, comprobaron que las jarras estaban llenas a rebosar de piedras preciosas y de monedas de oro de incalculable valor, y se apresuraron a llevarlas a sus habitaciones, no sin antes volver a tapiar cuidadosamente el trozo de muro en el que Lope había abierto el boquete, a fin de que nadie pudiera nunca sospechar lo que allí había ocurrido aquella noche. Y las estatuas, que durante siglos habían mirado hacia donde se hallaba un fabuloso tesoro, siguieron mirando ahora hacia un boquete vacío, pero eso no parecía preocuparles lo más mínimo. Lope Sánchez se convirtió en un hombre rico, como administrador de aquella fortuna que su hija le había proporcionado. ¡Y entonces comenzaron sus preocupaciones! Hasta entonces, como ya dijimos, jamás se había preocupado por los ladrones, ninguna de las puertas de su humilde morada tenía llave, ni cerrojos sus ventanas. Y todos sus amigos y conocidos podían entrar y salir de ella con toda comodidad y entera
libertad. Pero, a partir de aquel día...
A partir del día en que tuvo en su casa las dos jarras conteniendo tan fabuloso tesoro, el miedo se apoderó de su espíritu. Puso candados y barrotes a todas las puertas y clavó incluso las ventanas. ¡Y también dejó de mostrarse amable y cordial con sus conocidos, para evitar que le visitaran, porque inconscientemente, de todos sospechaba y a todos temía. Y ellos, a su vez, temiendo que estuviera pasando apuros económicos y para evitar que en algún momento les pidiera dinero prestado, llegaron incluso a retirarle el saludo. ¡Si hubieran sospechado siquiera que la causa de su preocupación no eran las dificultades económicas, sino precisamente todo lo contrario!
"¿Cómo disfrutar de esas riquezas sin que mi cambio de fortuna llame la atención de los vecinos y conocidos?", se preguntaba el hombre, una y otra vez. "¿Cómo trasladarlas a lugar seguro...?" El bueno de Lope ya no cantaba mientras trabajaba, y su guitarra ya no se dejaba oír para alegrar a viejos y a mozos.
Su mujer, naturalmente, participaba de sus preocupaciones y hubiera dado cualquier cosa por aliviarle y tranquilizarle. Pero la buena mujer no poseía la discreción que tenían su esposo y su hija y así, un buen día, sin prever las consecuencias que ello podía tener, porque había olvidado la recomendación que la propia princesa cautiva había hecho a Sanchica, reveló el secreto.
Sucedió una mañana, en uno de los patios interiores del palacio. La mujer tropezó casualmente con Simón, uno de los administradores de la Alhambra, un hombre que, bajo su apariencia siempre amable, siempre cortés y siempre correcta, ocultaba, al decir de muchos, un corazón ambicioso y un espíritu rastrero.
Ese administrador le preguntó a la mujer si algo malo les sucedía, pues había oído decir que el carácter de Lope Sánchez había cambiado por completo y ella, preocupada como estaba, aprovechó aquella ocasión que se le presentaba para desahogar sus temores en una persona como aquella, a la que, por su posición y estudios, juzgaba inteligente y muy capaz de darle un buen consejo.
Pero el administrador Simón era, en realidad, tan ambicioso y rastrero como muchos decían y también muy astuto, por lo que al instante se dio cuenta de la magnífica oportunidad que se le presentaba para compartir y hasta apoderarse, casi por completo, de aquel fabuloso tesoro. Por eso, después de haber escuchado con mucha atención todo el relato que le hizo la esposa de Lope, exclamó:
- ¡Qué atrevimiento habéis tenido! ¿No sabéis, acaso, que la Alhambra pertenece al rey, por lo que a él pertenece también cuanto se encuentra en su interior...? ¡Desventurada familia! ¡La más grande desdicha caerá sobre vuestras cabezas, si lo que habéis hecho llega a conocimiento de algún juez!
La mujer se quedó tan sorprendida que no acertó a responder. El administrador siguió hablando:
- ¡Qué suerte has tenido, sin embargo, al tropezar conmigo y decidirte a contármelo todo! Siendo como soy uno de los administradores de la Alhambra, por mi cargo tengo poder para tomar algunas decisiones importantes, en relación con lo que en esa fortaleza sucede. Y porque aprecio mucho a tu marido, que siempre demostró ser honrado, dile de mi parte que estudiaré cuidadosamente el asunto y veré de resolverlo lo mejor posible. Claro que resultará difícil, muy difícil...
La pobre mujer parecía cada vez más apurada y asustada. ¡Sólo le faltaría ahora que la justicia se incautara del tesoro y a ellos les echasen a la calle! Sin embargo aquellas palabras de Simón: "Has tenido suerte al tropezar conmigo... ", le hicieron concebir esperanzas. ¡Si existiese realmente alguna fórmula para solucionar aquel problema...!
- Sí, será algo muy difícil de resolver -seguía diciendo el administrador-. Habrá que estudiar papeles antiguos, repasar archivos... ¡Si por lo menos supiésemos a qué rey moro perteneció el tesoro! Mira, de momento, tráeme la corona de tu hija.
La mujer se apresuró a obedecer y los ojos del administrador Simón brillaron de codicia, al ver cuán puro era el oro y cuán límpidas y grandes las esmeraldas. Durante largo rato examinó cuidadosamente aquella corona, la sopesó, y por fin dijo:
- En cualquier caso, esa corona es fruto de un hechizo o encantamiento, pues dices que tu hija explicó que cuando la princesa cautiva la colocó no era de oro y esmeraldas, sino de simple mirto. Me la llevaré. Quizá estudiándola con mayor detenimiento, pueda comprender algo de su encanto pero, aunque así no sea, los tribunales persiguen a los hechiceros y os prenderían, si supieran que tenéis en vuestra casa una corona como esa. Es mejor que la guarde yo pues, debido a mi elevada posición, no temo a posibles denuncias.
Dichas esas palabras, escondió la corona debajo de su casaca y se apresuró a despedirse de la buena e inocente esposa de Lope Sánchez, no sin antes decirle que pronto iría a su casa para comunicarle el resultado de lo que hubiere pensado o decidido acerca de aquel asunto.
La mujer se quedó mucho más tranquila, ¡pero el marido se indignó cuando, al llegar a sus habitaciones, ella le contó lo sucedido!
- ¡Desdichada! ¿Quieres perdernos a tu hija y a mí, con tus habladurías? -gritó, furioso-. ¿Es que no comprendes que con tu chismorreo lo has puesto todo en peligro...?
- Al contrario -contestó la mujer-. El señor administrador me ha prometido preocuparse por nuestro problema, y estudiar con cuidado la forma de resolverlo lo mejor posible. ¡Figúrate en cambio lo que hubiese sucedido de haberse enterado algún juez o guardia del rey, que no nos apreciara como el bueno del señor Simón nos aprecia! El mismo me ha dicho que en tal caso nos hubieran encarcelado...
- ¿Y quién había de enterarse si tú no hubieses hablado nunca? Además, eso es lo que él dice..., ¡y entretanto se ha llevado la hermosísima corona que la princesa regaló a Sanchica!
Realmente Lope Sánchez era más inteligente que su mujer y por eso temía que el administrador no se contentara con la corona... Y no se equivocó.
A la mañana siguiente, el administrador Simón llamó a la puerta de las habitaciones del bueno de Lope. Le abrió Sanchica.
- ¿No están tus padres en casa, niña? Me urge hablar con ellos -le dijo, a modo de saludo.
- Mi padre ha salido ya hacia su trabajo. Pero llamaré a mi madre -contestó la niña.
Y cuando llegó la mujer, a ella se dirigió Simón, con voz firme:
- Ayer me quedé hasta bien entrada la noche estudiando vuestro problema, amiga mía. Y después de consultar muchos archivos y no pocos documentos legales, llegué a la conclusión de que, para decidir algo acerca de todo lo sucedido, será preciso dedicar a su estudio muchas más horas aún de las que en un principio había previsto. Por eso me veré obligado a pedir ayuda a algunos escribanos. ¡Naturalmente a ellos nada les contaré de todo eso del tesoro, desde luego que no! Pero, en cambio, habrá que pagarles y es lógico que seáis vosotros quienes corráis con el gasto. ¡Demasiado hago yo interesándome por vosotros! ¿No querréis que encima gaste el dinero que pertenece a mis hijos, supongo...?
La mujer se apresuró a afirmar que no, que tal cosa jamás se le había pasado por la cabeza y que, por el contrario, lo mismo ella que su marido estarían siempre agradecidos al señor Simón, por ayudarles en tan difícil trance, de forma desinteresada y amable.
- Bien, bien -le interrumpió el administrador, tendiéndole una bolsa de cuero de regular tamaño, que ya llevaba consigo oculta en un bolsillo-. En tal caso, apresúrate a llenar esta bolsa con algunas de las monedas halladas en las jarras.
La buena mujer se dio prisa en hacer lo que se le mandaba, y en cuanto la bolsa, ya llena, volvió a estar en las manos de Simón, éste la escondió de nuevo en uno de sus profundos bolsillos y seguidamente se despidió de Sanchica y de su madre, diciéndoles que ya volvería en cuanto tuviera nuevas noticias que darles.
Cuando Lope se enteró de esa segunda entrega de su mujer al administrador, estuvo a punto de volverse loco.
- ¿Te has creído, acaso, que esas jarras son inagotables...? ¿Y no comprendes, todavía, que ese administrador es un pillo redomado, que quiere enriquecerse a nuestra costa? Y lo que es peor, por tu charlatanería, ahora estamos por completo en sus manos y ya no podemos protestar. Poco a poco tenemos que ir entregándole todo el tesoro. ¡Y si nos negamos, nos denunciará a la justicia, y no contará la verdad, con la cual nadie podría prendernos, sino cualquier embuste, para perjudicarnos! Tú dices que nos aprecia, pero yo he oído decir que es un hombre ambicioso y sin escrúpulos. ¡Qué inconsciencia la tuya al confiarle nuestro secreto!
- Estoy segura de que te equivocas -afirmó una vez más la esposa-. Las razones que hoy me ha dado son normales y lógicas. Si ha de contratar a escribanos para que estudien nuestro caso, somos nosotros y no él los que debemos pagarles... ¡Y la corona me la pidió para tenerla en observación y para evitar que nos trajera desgracia!
- Nada, no comprendes nada -replicó Lope Sánchez-. ¡Qué inocente eres! Apuesto a que volverá antes de una semana, a pedirte que llenes otra bolsa como la que hoy se ha llevado.
- Yo estoy segura de que no -afirmó de nuevo la mujer.
Pero Lope tenía razón. Tres días después de nuevo llamó a la puerta de su casa el administrador Simón y esta vez, con la excusa de que debía hacer un viaje hasta Córdoba para consultar unos papeles que en una de sus bibliotecas se encontraban, le pidió a la mujer una nueva bolsa. Razonamiento ese que también a ella le pareció muy lógico.
Llegadas las cosas a este punto, Lope Sánchez, más que convencido de que todos sus temores se verían realizados y que su capital, mejor dicho, el capital que a su modo de ver pertenecía a su hija seguiría disminuyendo hasta desaparecer por completo, decidió, escapar de las garras de aquel hombre ambicioso, trasladándose de noche y sin que nadie lo supiera, a otra región de España, donde en paz y tranquilidad podrían él y su familia disfrutar de aquella fortuna y ocuparse, como les pidiera la princesa cautiva en obras de beneficencia.
Al principio su mujer protestó.
- ¿Por qué temes quedarte al fin sin fortuna alguna? Esas dos jarras son muy grandes. Aunque no dos veces, sino veinte, hubiera llenado la bolsa del señor Simón, seguiríamos siendo inmensamente ricos.
Pero el bueno de Lope Sánchez se mostró inflexible. Y también Sanchica apoyaba a su padre, recordando que la princesa le había dicho que nadie más que ella misma y sus padres, debían conocer el secreto que aquella noche le revelara.
Así, un día, la mujer y Sanchica se trasladaron secretamente a una lejana aldea, donde debían aguardar a que Lope se les reuniera, la noche siguiente.
Por la tarde, Lope Sánchez, hizo sus preparativos. Primero compró el mulo más vigoroso que pudo encontrar en toda Granada y, para que nadie le viera, lo ató en una especie de bóveda muy lúgubre que se encuentra debajo de la Torre de los Siete Suelos, lugar donde, según una antigua leyenda, tiene su cuadra el "Velludo". Es el caballo fantasma del que se dice que sale todos los días, a medianoche para recorrer las calles de la ciudad, perseguido por una jauría de perros que jamás logran darle alcance. Pero Lope, siendo un hombre bueno, no temía a los aparecidos y pensó que ningún lugar mejor que ese para esconder a su mulo, pues el temor de las gentes hacía que nadie se acercara nunca por aquellos parajes. Después, cuando ya la noche caía sobre la ciudad, con mucho sigilo y grandes precauciones, trasladó hasta aquella caverna subterránea, una después de otra, las dos jarras que contenían el tesoro y, cargándolas sobre las espaldas del mulo, comenzó a descender por la oscura
alameda, que conducía al camino que debía seguir para alejarse de la ciudad.
A pesar de sus precauciones, sin embargo, la compra del mulo llegó a conocimiento del ambicioso administrador.
- ¡Quieren librarse de mí huyendo con el tesoro, pero no lo conseguirán! -exclamó.
Y así, en cuanto anocheció, se dirigió a su vez hacia la oscura alameda, por la que suponía que pasaría Lope Sánchez, cuando se dispusiera a salir de la ciudad. Escondiéndose entre los arbustos y setos que se alzan a ambos lados, pacientemente, se dispuso a esperar.
Pasó un cuarto de hora, pasó media hora... Pasó una hora y Simón seguía allí esperando. "No es posible que se haya marchado ya", se decía. Sin embargo comenzaba a impacientarse cuando, por fin, oyó un lejano sonar de cascos que se iba aproximando. Apartó las matas tras de la que se había ocultado y en medio de la oscuridad, distinguió aunque muy confusamente, la silueta de un caballo.
- ¡Ahí está! -murmuró entre dientes.
Saliendo al camino se agachó, disponiéndose a saltar sobre el animal en cuanto pasara frente a él. ¡Cómo se parecía a un gato al acecho de un pobre ratoncito! Y, en cuanto su presunta víctima pasó frente a él, saltó sobre la grupa, con un brinco digno del más ágil y práctico jinete.
- ¡Ya te tengo! ¡Ahora no te escaparás, pillo más que pillo! -gritó en voz alta mientras saltaba.
¡Pero cuál no fue su asombro al advertir que el caballo, sobre el que había saltado, no llevaba jinete alguno, ni alforjas, ni saco, ni nada donde pudiera esconderse el tesoro que a él le interesaba! Además, en cuanto el animal advirtió la carga que inesperadamente le había caído encima y al oír sus palabras, se encabritó, lanzándose seguidamente a una velocísima carrera. Fue en vano que Simón tratase de dominarlo y calmarlo. El caballo corría cada vez a mayor velocidad, saltando de peña en peña y brincando por encima de arbustos con lo cual la cabeza del pobre administrador se dio muchos golpes contra las ramas bajas de los árboles, mientras sus piernas recibían los arañazos de las matas que iban atravesando. Además, temiendo que en alguno de sus brincos el caballo le despidiera por los aires, con riesgo evidente para su vida, finalmente tuvo que dedicar todos sus esfuerzos a mantenerse bien sujeto en la silla, pensando que en algún momento el animal terminaría cansándose y
se detendría.
Pero su terror aumentó cuando advirtió que, saliendo también de la oscuridad, comenzaba a perseguirles una jauría compuesta de siete feroces perros, ¡porque entonces comprendió que había montado precisamente sobre el terrible caballo "Velludo", del que tantas y tantas leyendas se contaban!
La carrera continuó durante horas y horas. Los sabuesos jamás llegaban a alcanzar al caballo, pero sí los talones y las piernas de Simón, que estaba cada vez más aterrorizado, temiendo que aquella carrera no terminara nunca y sin atreverse siquiera a gritar, ni a proferir la menor exclamación porque sus voces, en lugar de aquietar al animal, sólo conseguían enfurecerle más, con lo cual su carrera se hacía aún más rápida y alocada.
Por fin, cuando al jinete no le quedaba un sólo hueso sano y habían recorrido todos los alrededores de la ciudad, cantó el gallo anunciando el nuevo día. Al oírlo, el "Velludo", dio media vuelta, redobló la velocidad de su galope, en dirección a su guarida, seguido siempre por la jauría de perros feroces y después de atravesar como una flecha las desiertas calles de la ciudad, llegó frente a la Torre de los Siete Suelos. Una vez allí se encabritó súbitamente, al tiempo que lanzaba un par de fuertes coces, con lo cual el desdichado Simón voló por los aires, yendo a parar al interior mismo de una mata de espinos, en la que se desgarró el traje.
¡Buen castigo para su avaricia y ambición! A la mañana siguiente, un campesino que marchaba a trabajar en sus campos y que acertó a pasar por allí, le encontró tendido en el suelo y tan lleno de cardenales, magulladuras y arañazos, que apenas podía sostenerse en pie, por lo cual el hombre tuvo que ir en busca de dos vecinos para, con su ayuda, trasladarle con cuidado hasta su casa. Y pronto circuló por toda la ciudad que el administrador Simón había sido atacado por unos bandidos, que le habían robado y maltratado.
Simón nada dijo para desmentir ese rumor. Por el contrario, le agradó que fuese esa la versión que oficialmente se daba, pues comprendía que si explicaba lo que realmente había sucedido, habría de decir también la causa, con lo cual se descubriría su ambición por apoderarse de un tesoro que no le pertenecía, y los engaños con los cuales había embaucado a la sencilla mujer de Lope Sánchez.
Permaneció dos días en cama, reponiéndose de sus magulladuras y consolándose con el pensamiento de que, si bien la mayor parte del tesoro se le había escapado definitivamente de las manos, todavía le quedaba la corona de oro y esmeraldas, así como dos bolsas bien repletas de hermosas monedas, lo cual constituía ya una bonita fortuna. Y su primer pensamiento, en cuanto por fin pudo levantarse, fue correr al lugar donde había escondido todo eso que había conseguido obtener con sus astucias y su enredos.
Pero, ¡cuál no fue su tristeza y su congoja, al advertir que la corona había vuelto a su primitivo estado y no era más que una rama de mirto, ya marchita! Y al abrir las bolsas, las encontró llenas de piedras y guijarros...
Sin embargo siguió callado y nada dijo a nadie de cuanto había sabido acerca del tesoro, que durante siglos habían guardado las dos estatuas de alabastro. Como antes dijimos, temía, y con razón, la burla y el desprecio de las gentes e incluso el castigo de sus superiores. Por eso sólo muchos años después, cercana ya su muerte, habló de esas aventuras suyas a sus hijos, para que, a través de sus experiencias aprendieran a refrenar, la ambición y fuesen siempre, en cambio, bondadosos con sus prójimos.
Durante mucho tiempo nadie supo nada de Lope Sánchez. Algunos de sus amigos y conocidos, al comprobar su desaparición, pensaron que habían sido ciertas sus suposiciones de que andaba mal de dinero y que por esa causa se había trasladado ocultamente a alguna otra ciudad, en busca de trabajo mejor remunerado.
Hasta que, un buen día, cuando habían transcurrido cinco o seis años, uno de sus antiguos amigos tuvo que marchar unos días a la ciudad de Málaga, para resolver allí unos asuntos importantes. Mientras paseaba por una de las calles, se distrajo contemplando la animación que por allí reinaba y fue atropellado por un lujoso carruaje tirado por seis briosos caballos ricamente enjaezados. El cochero detuvo al instante el carruaje y de su interior descendió rápidamente un caballero, vestido con mucha elegancia y luciendo un vistoso sombrero de plumas y una espada reluciente. Todo esto hacía suponer que se trataba de un hombre de importancia y fortuna, el cual se inclinó sobre el accidentado, para ayudarle. Por suerte todo se había limitado a un buen susto, pero el susto se convirtió en asombro cuando el hombre reconoció en aquel caballero, tan lujosamente vestido, a su antiguo amigo y convecino Lope Sánchez. También Lope reconoció a su amigo de antaño, y ambos se abrazaron con
grandes muestras de alegría.
El amigo se acercó al carruaje y vio que también iba la esposa de Lope, vestida y alhajada con mucho lujo. La mujer, sonriendo, contenta al verle, le dijo que se dirigían a la iglesia, donde iba a celebrarse la boda de su hija Sanchica con un noble aristócrata, uno de los más importantes de todo el país. Y como sea que en el carruaje iban también los novios, el antiguo amigo Pudo apreciar cómo Sanchica había dejado de ser una chiquilla para convertirse, con los años, en una joven de extraordinaria belleza y simpatía. ¡No era raro, por lo tanto, que sus cualidades singulares, unidas a su gran fortuna, comparable a la de cualquier princesa real, le permitieran hacer una boda con la cual entraría a formar parte de la aristocracia del país, llegando incluso a poseer un título nobiliario!
Lope Sánchez, a quien la fortuna no había endurecido el corazón, muy al contrario, se llevó con él a su antiguo amigo y, durante varios días le obsequió cuanto pudo, ofreciéndole banquete tras banquete y llevándole a funciones de teatro y a corridas de toros, así como a cuantos espectáculos creyó que podrían interesarle. Y cuando por fin se marchó, le regaló dos bolsas de dinero, una para él, y otra para que la repartiera entre sus viejos amigos de la Alhambra.
El antiguo jardinero explicaba a todos que su cambio de fortuna se debía a que había heredado de un hermano que, siendo aún muy joven, partiera a América en busca de fortuna y el cual había tenido la suerte de descubrir una mina de cobre. Pero los incrédulos y también los charlatanes, afirmaban que su fortuna sólo podía provenir de algún tesoro que había encontrado en el palacio de la Alhambra, o en sus jardines. Aunque, como es de suponer, eso nadie podía confirmarlo.
Las únicas personas que con certeza podían afirmarlo o negarlo, eran las dos hermosas estatuas de alabastro, colocadas a ambos lados del portal que conduce a los pasadizos abovedados, que se extienden por debajo de la Torre de Comares. Pero siguieron tan discretas y calladas como durante siglos, con sus miradas siempre fijas en un mismo punto. Lo cual hace pensar a más de un visitante de la Alhambra, que todavía ha de quedar en aquella pared algún tesoro que quizá mereciera la pena ser buscado, aunque otros, en particular las muchachas, afirman que las estatuas demuestran que también las mujeres son muy capaces de guardar secretos importantes, como también lo demostró la niña Sanchica. El caso de su madre fue algo fuera de lo normal. Fue una excepción.
El gobernador y el escribano
Entre los muchos gobernadores que a lo largo de los años tuvo la Alhambra, destacó hace mucho, muchísimo tiempo, un anciano caballero de reconocido valor, al cual, por haber perdido un brazo en la guerra, cuando joven, se le conocía por el sobrenombre de "El Gobernador Manco". Y el antiguo militar se mostraba muy orgulloso de ese apodo, así como de las proezas que de él se contaban y, teniendo a mucha honra el haber luchado durante años en defensa del rey y de la patria, seguía vistiendo como un soldado las botas de campaña y lucía siempre unos hermosos e imponentes mostachos, así como una larga espada toledana.
Era, además, un hombre muy altanero, tozudo y puntilloso, que cuidaba celosamente de todos sus privilegios y dignidades, y que también obligaba a que fueren guardados con exactitud todos los reglamentos y ordenanzas que poseía la Alhambra, como residencia y fortaleza que pertenecía a la Corona. Y, así, a nadie permitía pasear por ella a caballo, ni tampoco armado, a menos que se tratara de algún caballero de mucha nobleza. Obligando a todos los que llegaban, a descabalgar antes de cruzar su puerta y seguir llevando al caballo de la brida y también a dejar, en la misma entrada, cualquier arma de fuego, espada o incluso bastón, que llevasen.
Pero la Alhambra no está aislada en medio de una planicie, ni se eleva en lo alto de ninguna montaña solitaria. La Alhambra, construida sobre una colina, se encuentra en el mismo centro de la ciudad de Granada y así, el orgulloso, puntilloso y tozudo, gobernador, chocó en muchas ocasiones con el capitán general que gobernaba la provincia, al cual, como es lógico, le resultaba molestísimo tener en el interior mismo de sus dominios, una especie de Estado independiente.
¡Y si por lo menos el antiguo militar se hubiera mostrado condescendiente en alguna ocasión! Pero, no. Ya hemos dicho que era altanero, e incluso quisquilloso, en todo cuanto se refería a sus prerrogativas o fueros. Además, poco a poco, en la Alhambra se habían ido acogiendo muchos pillos y gentes errantes, que aprovechaban el hecho de vivir allí, al amparo del gobernador, para cometer toda clase de enredos y triquiñuelas, con lo que estafaban a los honrados comerciantes de la ciudad. Pero el antiguo militar parecía no advertir nada de eso y siempre que bajaba a la ciudad lo hacía con mucho aparato, montado en una vieja carroza tirada por ocho mulas, fabricada muchísimos años antes en rica madera tallada y adornada con cuero repujado de fabricación toledana. Iba siempre seguido por una numerosa escolta de lacayos y palafreneros, pero otras veces bajaba a caballo de su magnífico alazán árabe, rodeado de sus guardias y luciendo orgulloso su larga espada, sus enormes mostachos
y sus altas botas de campaña. ¡Y estaba convencido de que despertaba admiración y temor en las buenas gentes que le contemplaban mientras pasaba! Pero estaba equivocado. Los habitantes de Granada le respetaban como representante que era del rey y también porque sabían de su valor, pero nadie le temía e incluso muchos se burlaban de su corte de haraganes y gentes errantes.
En realidad, lo que mayor número de discusiones y disputas provocaba entre el gobernador de la Alhambra y el capitán general de Granada, era el privilegio que tenía el primero, como señor de la fortaleza real, a pasar, libres de impuestos, todas cuantas provisiones, vituallas y otros objetos, quisiera destinar a su uso particular o al de los soldados o criados a sus órdenes.
Este privilegio había dado lugar a que se formase una especie de contrabando del que se aprovechaban todos los pillos y gentes errantes que, como antes dijimos, se habían ido refugiando en la fortaleza, con la complicidad, naturalmente, de algunos soldados desaprensivos y poco escrupulosos. La cosa resultaba fácil: bastaba con pasar los objetos o vituallas en uno de los carros que llevaban la bandera de la Alhambra, para que nadie pudiera atreverse a revisarlos o controlarlos.
Pero sucedió que, un día, el capitán general se cansó de esa pillería y decidió consultar con su asesor legal, un escribano muy astuto, que sabía mucho de leyes. Habiéndole llamado, le ordenó que estudiase la fórmula de que su ciudad se viera libre de lo que casi se había convertido en una provocación. Y el escribano le contestó:
- No os preocupéis, señor. Yo conseguiré envolver al gobernador de la Alhambra en un laberinto de sutilezas legales, y conseguiré que ese privilegio de pasar libremente cuantas vituallas y objetos quiere, llegue a desaparecer en la práctica.
Y se apresuró a regresar a su casa para volver de nuevo a presencia del capitán general, dos días después, llevando consigo un largo y embrollado documento.
- Leedlo, señor -le dijo entregándoselo-. Y enviadlo seguidamente al gobernador. En ese documento expongo todas las razones legales en las cuales vos os ampararéis, a partir de ahora, para ordenar que sean registrados todos los carros y carretas que entren en la ciudad, lleven o no la bandera de la Alhambra.
El capitán general siguió aquellas indicaciones y una hora después el documento estaba ya en las manos del gobernador.
- ¡Eso es inaudito! -exclamó el anciano, retorciéndose los bigotes-. ¡Jamás pude imaginar que un escribano se atreviera a querer demostrarme que no tengo derecho a un privilegio, que data de los tiempos de la conquista de Granada por los Reyes Católicos! La verdad es que poca cosa entiendo yo de todos esos argumentos que se llaman legales, ¡pero lo cierto es que le demostraré a todos que de mí no se burla nadie, ni por escrito ni de obra!
Seguidamente redactó unas breves, pero concisas líneas, dirigidas al propio capitán general, en las que le reiteraba su derecho a pasar, libres de cualquier registro, cuantos carros o carretas llevasen vituallas u objetos con destino a la Alhambra.
"Y mi cólera caerá sobre quien se atreva a discutirme tal privilegio. Decídselo así mismo, señor capitán general, a vuestro enredador y trapisondista escribano", terminaba diciendo, en su escrito.
Cuando el capitán recibió la carta, se apresuró a consultar con el escribano, pero éste le tranquilizó, y afirmando que si realmente deseaba terminar de una vez con el contrabando que bajo ese privilegio había, debía mantenerse firme.
Aquella misma tarde una carreta tirada por una mula y transportando víveres para la Alhambra llegó a las puertas de Granada, conducida por un cabo, fiel servidor del gobernador, a cuyo servicio estaba desde hacía años y que quizá por esa razón se había convertido también en un hombre sumamente tozudo y quisquilloso. Le acompañaban, además del carretero, otros dos soldados.
Ya antes de acercarse a las puertas de Granada, ordenó al carretero que colocase en lugar visible la bandera de la Alhambra.
- Nos hemos retrasado por el camino -dijo-. Y deseo llegar a la fortaleza antes de que anochezca. Así, con la bandera puesta en lugar bien visible, advertirán desde lejos que deben dejarnos libre el camino y no nos entretendrán los guardias, como en otras ocasiones han hecho.
Pero el cabo se equivocaba de medio a medio.
- ¿Quién vive? -le gritó el centinela, antes de franquearles la entrada.
- ¡Soldados de la Alhambra! -gritó el cabo con voz recia-. ¿No ves nuestros uniformes?
- ¿Y qué lleváis en la carreta? -insistió el centinela.
- Víveres para el gobernador y sus servidores -contestó el cabo.
- Pasad, pues...
El centinela les abrió la puerta sin hacer nuevas preguntas. Pero antes de que llegasen a traspasarla, se les acercó un pelotón de soldados.
- ¡Alto ahí! -gritó el jefe-. Abrid esos fardos que lleváis en la carreta. Tenemos órdenes de registrar cuantos carros entran en la ciudad.
- ¿Pero es que no ves que esta carreta lleva la bandera de la Alhambra? -replicó airado, el cabo-. Llevamos provisiones para el gobernador. ¿Eres nuevo, acaso, y por eso no sabes que nuestro amo, como gobernador de una fortaleza real, tiene derecho a que no se revise ninguno de los fardos que llevan sus carros...?
- ¡A mí no me importan vuestras banderas, ni vuestros derechos! -exclamó el jefe de la guardia-. ¡Abrid esos fardos!
- ¡Ábrelos tú, si te atreves, impertinente! -gritó el cabo, echándose el fusil a la cara-. Y añadió dirigiéndose al carretero-. ¡Adelante y no te detengas!
El jefe de la guardia, al advertir que sus órdenes no eran obedecidas, agarró con su propia mano la brida de la mula, para detenerla, y entonces el cabo, sin poder contenerse, disparó su arma, hiriéndole gravemente.
¡Qué confusión la que se armó entonces! Los soldados de la guardia se apresuraron a acudir en socorro de su jefe y cogieron al viejo cabo, le desmontaron y el hombre, tras sufrir los improperios e incluso muchos puntapiés y patadas que le propinaron las gentes que acudieron a ver lo sucedido, fue conducido a la cárcel y encerrado en una lóbrega mazmorra, en espera de que el capitán general decidiese lo que había que hacer.
Aprovechando ese tumulto, el carretero fustigó a su mula y seguido por los dos soldados, se alejaron de aquel lugar, apresurándose a buscar refugio en el interior de la Alhambra.
Cuando el anciano gobernador tuvo noticia de lo ocurrido, se enfureció hasta el máximo.
- ¡Eso es un ultraje a la bandera de la Alhambra! Y también es un terrible ultraje a la propia corona, haber prendido a uno de los soldados que pertenecen a una fortaleza real -exclamó.
Y se apresuró a enviar un mensajero al capitán general, exigiéndole la inmediata entrega del cabo, porque sólo él podía y debía juzgar, los delitos cometidos por los hombres que estaban bajo su mando.
El capitán general, siempre asesorado por su escribano, redactó una contestación larga y llena de frases y conceptos legales, en la que se argüía que puesto que el delito se había cometido dentro de la ciudad de Granada, en plena jurisdicción del capitán general, derecho suyo era el juzgarlo y penarlo, máxime teniendo en cuenta que el delito fue en contra de uno de sus hombres.
A la larga y complicada respuesta, contestó el gobernador con una nueva demanda, corta y concisa, pero en la cual sus exigencias eran más firmes. Pero de nuevo respondió el capitán con otro pliego de conceptos y términos legales, más fríos aún y complicados si cabe que los primeros. Y el gobernador mandó por tercera vez a un emisario, con otro escrito, igualmente exigente y conciso que, a su vez, recibió también una respuesta del escribano del capitán, larga y llena de frases legales... Y así el antiguo militar se vio enredado en una controversia legal, de la que no sabía cómo salirse, por lo que cada vez estaba más furioso y más irritado, mientras que el escribano, en cambio, cada vez estaba más divertido.
Entretanto se inició el juicio contra el cabo. Y, como es de suponer, fue también el astuto escribano el encargado de escribir sobre el papel los cargos que se le hacían, ¡y a fe que se despachó a gusto! Escribió una verdadera montaña de papeles y los jueces, abrumados por tanto papeleo legal, quedaron convencidos de que el cabo era, en realidad, un hombre muy culpable y le condenaron a la horca.
¡Cómo creció el furor y la irritación del gobernador de la Alhambra cuando tuvo noticia de tal sentencia! Y en vano enviaba mensajero tras mensajero, protestando y amenazando. Todas sus protestas y sus amenazas recibían frías y legales respuestas, que sobre la marcha se apresuraba a redactar el escribano. Hasta que, al fin, decidió tomar parte activa en el asunto cuando uno de sus hombres le anunció que al día siguiente, sin demora sería ejecutada la sentencia contra el pobre cabo.
- Ya está en capilla, señor -afirmó-. Si no hacéis algo hoy mismo, mañana será tarde.
- ¡Vaya si lo haré, por mi honor de soldado! -gritó el gobernador, sintiendo que su antigua sangre militar corría con fuerza por sus venas-. ¡Preparad mi carroza de gala y que todos mis guardias se dispongan a seguirme!
Al poco rato la carroza del gobernador, rodeada por su guardia, bajaba por la avenida de la Alhambra y se dirigía directamente hasta la casa del escribano.
- ¡Llamad a la puerta! -ordenó el gobernador al capitán de su guardia.
La puerta se abrió en seguida y en el dintel apareció la figura del escribano, el cual, cortésmente y con respeto, se adelantó hasta la carroza, para dar la bienvenida al noble anciano. Los ojos del antiguo militar se encendieron de indignación al verle, sobre todo porque advirtió su aspecto de hombre seguro de sí mismo y su expresión de suficiencia.
- He oído decir que vais a dar muerte a uno de mis soldados -le gritó-. ¿Es cierto, escribano enredador...?
- Los jueces así lo han ordenado, señor -contestó el hombre-. Todo se ha hecho en estricta justicia... todo de acuerdo siempre con la Ley. ¿Queréis ver los papeles sobre los que se ha basado el proceso? Puedo enseñároslos y os convenceréis de la justicia con que todo ha sido hecho. También podréis leer las declaraciones de los testigos, la confesión del propio culpable...
El gobernador comprendió que había mucha socarronería y burla en las palabras del escribano, pero aparentó no advertirlo. Por el contrario, afirmó que le gustaría mucho leer todos aquellos documentos.
- Traedme esos papeles que decís -le dijo-. Me agradará echarles un vistazo.
El escribano se apresuró a penetrar en su despacho, orgulloso de aquella ocasión que se le presentaba de demostrar sus muchos conocimientos en lo que a leyes se refiere y, a los pocos minutos, ya estaba de vuelta, trayendo consigo una abultada cartera. Extrayendo de ella un papel, comenzó a leer en voz alta.
- Por favor, entrad en la carroza -le dijo el gobernador-. De lo contrario, cuantos pasan por la calle se detendrán a escucharos y pronto se formaría un corro, lo que resultaría en verdad desagradable. Además, mi oído ya no es tan fino como cuando era joven y no quisiera perderme ni una sola de tan doctas y entendidas frases.
El escribano, que como todas las personas presuntuosas dejaba de ser inteligente en cuanto alguien halagaba su vanidad, aceptó la invitación y penetró en el carruaje. ¡Pero al punto uno de los soldados cerró tras él la puerta, mientras el lacayo fustigaba con fuerza a las mulas y así coche y escolta, partieron a toda velocidad en dirección a la Alhambra, seguidos por la mirada entre asombrada y curiosa de todos los vecinos y gentes que por allí pasaban, o que con ellos se cruzaban por el camino, y ya no se detuvieron hasta que llegaron al interior de la fortaleza! Una vez allí, el gobernador ordenó que el escribano fuese encerrado en uno de los calabozos más seguros y que se montara una fuerte guardia, para prevenir cualquier sorpresa.
Seguidamente el anciano militar, frotándose las manos de pura satisfacción, por el buen resultado de su estratagema, mandó un mensajero con el encargo de proponer al capitán general un canje de prisioneros, al estilo de lo que en las guerras suele hacerse.
- ¡Mi dignidad no se aviene con canjes! -afirmó el capitán general, como respuesta. Y añadió: - Decid a vuestro señor, el gobernador de la Alhambra, que al capitán general de Granada nadie puede irle con exigencias. Lo ordenado, ordenado está y será cumplido, de acuerdo con la Ley.
Cuando el mensajero transmitió al gobernador estas palabras, el anciano militar sonrió entre dientes y envió al capitán general un nuevo mensaje con el encargo de comunicarle que el escribano correría, pues, la misma suerte que el cabo prisionero.
Ese segundo mensaje aún hirió más al capitán general, el cual, para demostrar que no se dejaba intimidar por nada ni por nadie, al punto hizo levantar en medio de la Plaza Nueva un alto y fuerte patíbulo destinado, como es de suponer, al pobre cabo que, entretanto, viendo llegado su fin, suspiraba entre rejas.
El "Gobernador Manco" lo vio desde la Alhambra.
- ¡Vaya, vaya! Conque esas tenemos, ¿eh? -exclamó-. El capitán es tozudo, ¡pero más tozudo soy yo!
Y dio órdenes para que rápidamente se construyese también un patíbulo en la Alhambra, en la parte de la fortaleza abierta sobre la plaza Nueva. Cuando estuvo terminado, envió un tercer mensaje al capitán general.
- Ya podéis ejecutar a mi soldado en cuanto queráis. Pero cuando le hayáis colgado, mirad hacia arriba y en lo alto de la muralla de mi fortaleza, veréis a vuestro escribano, que habrá corrido igual suerte -mandó decirle a través de su enviado.
El capitán general, sin embargo, era inflexible. Y dio órdenes de que se formaran las tropas, al tiempo que redoblaba el tambor mayor y tañía al viento la campana que anunciaba la ejecución. Como es de suponer, al momento la plaza se llenó de curiosos...
Y, al mismo tiempo, en lo alto de la Alhambra, apareció el gobernador seguido por su guardia y por los soldados, que conducían al escribano, temblando de miedo, y también la campana de la fortaleza comenzó a tañir, para anunciar la próxima ejecución.
El orgulloso capitán general y el tozudo "Gobernador Manco" intercambiaron una mirada. A pesar de la gran distancia que les separaba, mutuamente se adivinaban firmes en sus respectivas resoluciones. ¡El fin del cabo y también el del escribano, parecían inminentes! Pero, en aquel instante, una mujer se abrió paso entre la multitud, seguida por diez u once chiquillos, ninguno de los cuales tendría más allá de doce o trece años. Todos los curiosos le dejaron paso al reconocerla y ella, con el rostro bañado en lágrimas, se dejó caer de rodillas ante el capitán, mientras sus hijos hacían lo mismo, y gimiendo y llorando se agarraban a las piernas de la máxima autoridad de Granada.
- ¡No permitáis que mi marido sea sacrificado, señor! -imploró la mujer, que no era, otra que la esposa del escribano-. ¿Qué será de mí y de nuestros hijos si muere...? ¡Aceptad el canje de prisioneros, que el gobernador os ha ofrecido y os bendeciremos toda nuestra vida! Demasiado bien le conocemos todos y sabemos que si mandáis ejecutar a su cabo, mi esposo correrá la misma suerte.
El capitán general que, aunque orgulloso y firme en sus decisiones, era también un hombre de corazón bondadoso, se conmovió oyendo tantas lamentaciones y sobre todo a la vista de la numerosa prole del escribano y así, dijo:
- Sea como dices, mujer. Aceptaré el canje de prisioneros propuesto por el "Gobernador Manco", pero que todo el mundo sepa, que no lo acepto intimidado por sus amenazas, sino conmovido por tus lágrimas y la desventura que caería sobre tus hijos.
Seguidamente, entre los aplausos de la multitud que había contemplado con atención la escena, un grupo de soldados condujo hasta la Alhambra al arrogante cabo, que vestido todavía con su ropa de ajusticiado no cabía en sí de sorpresa y maravillado asombro, al advertir cuan feliz terminaba aquel asunto. Llegados a la puerta de la Alhambra, el oficial que mandaba a los soldados solicitó del gobernador el canje de prisioneros ofrecido y al punto el escribano pasó a ocupar el lugar del cabo, mientras éste era recibido con grandes vivas por parte de sus compañeros de armas.
¡Pero cómo se asombraron todos en Granada, cuando advirtieron el cambio operado en el orgulloso, desdeñoso y presuntuoso escribano! La sonrisa socarrona y burlona que antes siempre aparecía en sus labios había desaparecido por completo y también había desaparecido toda su anterior petulancia. Ahora era un pobre hombre asustado, aunque, naturalmente, su miedo desapareció y llorando de pura emoción, abrazó a sus hijos y a su esposa que, como es de suponer, fueron los primeros en salir a su encuentro, en cuanto apareció en la plaza.
En sus oídos resonaban todavía las palabras que le dijera el "Gobernador Manco", antes de despedirle:
- Confío en que esa experiencia os servirá de escarmiento, amigo escribano. Ahora ya sabéis lo que se siente cuando uno se sabe condenado a muerte. Y, en el futuro, ello os ha de obligar a moderar vuestro celo en enviar otros hombres a la horca, por muchas leyes que conozcáis y por bien que sepáis emplearlas... ¡porque en ocasiones esas leyes o sus consecuencias, pueden volverse en contra de nosotros mismos!
Cuentan las viejas crónicas que así sucedió, en efecto. A partir de aquel día el escribano, en lugar de emplear sus estudios y su agudeza en condenar a los demás, los empleó en salvar a los inocentes que, por error, eran apresados.
Y cuentan también las crónicas que el "Gobernador Manco", por su parte, echó de la fortaleza a todos los truhanes que en ella se habían acogido, con lo cual terminaron también las pillerías y los contrabandos que se hacían. Pero antes de eso le ocurrió algo que queremos contaros y que va en las siguientes páginas.
Esta leyenda, que ahora os hemos contado, incluso dice que, con los años, hasta llegó a reinar una cordial amistad entre el capitán general y el gobernador de la Alhambra, pero eso... ¡ya nos parece más difícil que pueda ser cierto!
Y vamos con el otro cuento...
El gobernador y el soldado
Como ya dijimos, después de su aventura con el escribano, el "Gobernador Manco" comprendió por fin que tenían razón los que le acusaban de albergar, dentro de la fortaleza de la Alhambra, a muchos pillos y truhanes, que se enriquecían con tráficos poco legales y con contrabandos. Y, así, decidió poner fin a todo aquello con el ímpetu y la decisión que le caracterizaba, arrojando de sus dominios a nidos enteros de vagabundos y también a muchas familias de gitanos. Al mismo tiempo, ordenó a sus soldados que continuamente patrullasen por los caminos y senderos de los alrededores, a fin de evitar que ningún maleante pudiera regresar.
- ¡Detened a toda persona sospechosa y conducidla de inmediato a mi presencia! -le dijo al capitán que los mandaba.
Durante varios días no hubo novedad alguna. Pero una mañana clara y luminosa, una patrulla, a las órdenes precisamente del viejo cabo, por cuya causa se armó todo el alboroto con el escribano y que tan a punto estuvo de perder la vida, estaba descansando a la sombra de la tapia del jardín del Generalife, junto al camino que baja desde la montaña del Sol, charlando y bromeando, cuando repentinamente el trompeta, que también formaba parte de la patrulla y que se distinguía por poseer un oído extraordinariamente fino, les mandó callar con un gesto.
- ¡Oigo las pisadas de un caballo que se acerca! - afirmó.
Y, en efecto, al poco rato apareció por un recodo del camino un hombre joven y robusto que vestía un andrajoso y deshilachado uniforme de soldado de Infantería, llevando por la brida a un magnífico caballo árabe, ricamente enjaezado a la antigua usanza mora. Mientras avanzaba, iba entonando con voz recia una vieja canción guerrera.
El cabo, pensando que era bastante anormal que descendiera de una montaña solitaria y también que su aspecto fuese tan desastroso, como magnífico y rico era el del caballo, se adelantó y le dio el alto.
- ¿Quién sois? -le preguntó.
- Un amigo.
- No me basta. Decidme vuestro nombre y también de dónde venís y a dónde os dirigís.
- Soy un pobre soldado que vuelve de la guerra, maltrecho, cansado... ¡y con la bolsa vacía!
Los soldados rodearon con curiosidad al joven y así pudieron contemplar a sus anchas el parche que llevaba sobre la frente, así como su barba, advirtiendo que sus ojos tenían una expresión viva y pícara.
Una por una, siguió contestando con tranquilidad a cuantas preguntas le hizo el cabo. Pero, al fin, fue él quien preguntó, a su vez:
- Y ahora, ¿puedo preguntaros yo, señor cabo, qué ciudad es esa que veo al pie de la montaña?
- ¡Cielos! ¿Qué ciudad es esa, preguntáis? -se asombró el cabo-. ¡A fe mía que jamás se me hubiera ocurrido que lo ignorarais! ¿Es posible que un hombre que desciende por la montaña del Sol, pregunte cómo se llama la ciudad de Granada...?
- ¡Granada! ¡Parece imposible! -se asombró a su vez el soldado, como si el hecho de hallarse en tal lugar le maravillase extraordinariamente y fuese para él algo inesperado.
- Granada, desde luego -corroboró el trompeta-. Y aquellas torres que allá puedes ver, son las de la Alhambra, a cuya guarnición pertenecemos.
- En tal caso, llevadme a presencia del gobernador. Tengo importantes revelaciones que hacerle -dijo entonces el desconocido.
- ¡Desde luego que te llevaremos a su presencia! -afirmó el cabo-. A pesar de que has respondido a todas mis preguntas, hay algo en ti que me inspira sospecha. Por eso muy pronto estarás ante él y podrás contarle cuanto desees.
Inmediatamente dos de los soldados se colocaron a ambos lados del desconocido, mientras el corneta cogía las bridas del magnífico caballo y así se puso en marcha la comitiva, conducida por el cabo.
Lo mismo aquel desharrapado soldado de infantería que su hermoso y ricamente enjaezado caballo, llamaron la atención de todos los habitantes de la fortaleza. Y así todos los que en aquellas horas no tenían demasiado quehacer, siguieron a la comitiva.
- Sin duda alguna es un desertor -afirmaban algunos. - Más bien parece un contrabandista... -aseguraban otros.
- Quizá es algún temible bandido... - sugerían los jóvenes y las mozas.
Y así hasta que la escolta y su prisionero penetraron en el interior del palacio.
El "Gobernador Manco" se hallaba sentado en una de las pequeñas salas interiores de la Alhambra, saboreando su chocolate de todas las mañanas, acompañado por su confesor, un piadoso fraile franciscano y le servía una hermosa joven malagueña de grandes ojos negros, hija del ama de llaves de la fortaleza.
- Hemos detenido a un sospechoso, señor gobernador le dijo el cabo, entrando en la sala y después de saludar respetuosamente al fraile-. Mis hombres están custodiándole en el patio interior, en espera de que me ordenéis lo que con él debo hacer.
Al instante el gobernador se levantó de su silla e indicando con un gesto a la criada que ya podía retirar las bandejas y los platos que había sobre la mesa, se ciñó la espada que había dejado apoyada sobre un mueble, tomó asiento en una silla de ancho respaldo y ordenó al cabo que al momento introdujera al prisionero en su presencia.
Pocos minutos después, el desharrapado soldado, entraba en la sala, siempre custodiado por los soldados que le habían detenido. Pero a pesar de su aspecto mísero su mirada era firme y altanera, y su aspecto decidido y muy seguro de sí mismo.
- Mis soldados te han considerado sospechoso -afirmó el gobernador-. Dime quién eres y justifica tu presencia en las tierras de la Alhambra.
- Soy un pobre soldado que acaba de llegar de la guerra, maltrecho y con la bolsa vacía -contestó el prisionero. Y añadió-: Eso mismo les dije a vuestros soldados, cuando me detuvieron en el camino.
- Un soldado..., ¡vaya, vaya...! Y un soldado de Infantería por lo que puedo ver en vuestro uniforme... Pero me han dicho que traes contigo a un hermosísimo caballo árabe, ricamente enjaezado. Lo ganaste en la guerra, supongo. Así que no eres tan pobre como afirmas, pues tal caballo vale más que una bolsa repleta.
- Si me lo permite, señor, me gustaría relataros algo realmente maravilloso y extraordinario, que incluso puede afectar a la seguridad de esta fortaleza y también a la de toda la ciudad de Granada. Pero debo contároslo a solas o a lo más, en presencia de alguna persona que merezca vuestra confianza y que sea reservada y discreta.
El gobernador meditó unos instantes y ordenó al cabo y a los soldados que se retirasen, pero manteniéndose junto a la puerta, por si necesitaba que intervinieran. Después dijo, dirigiéndose al detenido:
- El fraile es mi confesor; en su presencia puedes decir todo cuanto quieras. En cuanto a esa muchacha, su madre me sirve con sin igual fidelidad desde antes de su matrimonio y ella nació entre estos muros y es extraordinariamente discreta y reservada. ¡Habla pues!
Desde que entró el soldado había reparado en la singular belleza de la muchacha que remoloneaba por la habitación, fingiéndose entretenida en algunos quehaceres, para poder enterarse de cuanto allí ocurría, no puso objeción alguna a las palabras del gobernador.
- Ningún fraile puede merecer la menor desconfianza por mi parte. Y tampoco esa joven, si vos respondéis por ella.
Y así, en cuanto los soldados precedidos por el cabo se hubieron retirado cerrando tras ellos la puerta, el prisionero con una facilidad de palabra y un dominio del lenguaje muy superior a los que suelen tener los simples soldados, comenzó a decir:
- Soy un pobre soldado, ya os lo dije, que luchó con valor junto a su rey y en defensa de su patria, recibiendo más de una herida. Cuando conseguí por fin la licencia, que de justicia me pertenecía después de tantos años de servicio, me separé del ejército, acampado en Valladolid y emprendí a pie el camino de regreso a mi pueblo, que es uno de Andalucía. Y llegué ayer por la tarde a una árida región de Castilla la Vieja...
- ¿Castilla la Vieja, dices...? -le interrumpió el anciano gobernador, indignado-. ¿Pretendes burlarte de mí, acaso?. Si así es te costará caro. ¿Cómo quieres que creamos tus palabras, si afirmas que de ayer a hoy has recorrido casi cien leguas de camino...? ¡Eres un embustero!
- Aunque, en efecto, haya más de cien leguas de camino entre el punto en que me encontraba ayer por la tarde y la ciudad de Granada, no soy un embustero, señor -contestó con toda tranquilidad el soldado-. Eso es sólo una pequeñísima parte de tantas y tan extraordinarias, como ciertas maravillas, que seguiré contándoos con vuestra venia.
- Bien, bien, adelante con tu relato, pues -contestó el gobernador.
Y el soldado siguió hablando:
- Como os decía, caía la tarde y busqué con la mirada algún lugar en el que poder pasar la noche, pero no vi nada. Apresuré el paso, todo fue inútil. Era ya noche cerrada y yo todavía no había encontrado ninguna casa u hostería en la que poder pedir albergue. Por fin me dije que no tendría otro remedio que pasarla al aire libre, teniendo como almohada mi mochila y a las estrellas por techo. ¡Pero eso no es problema para un soldado! Vuestra Excelencia, señor gobernador, lo sabe muy bien, siendo como es un antiguo militar que hizo gloriosas campañas.
Al gobernador le halagó mucho que el joven mencionara su antigua condición de soldado, de la que tan orgulloso se sentía, e hizo con la cabeza una señal de asentimiento.
- Y tal como pensé, lo hice. Pero después de haber estado un rato acostado sobre el suelo, advertí que la intensa sed que sentía, no me permitía conciliar el sueño. Así que, recogiendo de nuevo mi mochila, seguí mi camino hasta llegar a un puente, que cruzaba un barranco que servía de cruce a un riachuelo, casi completamente seco por falta de lluvias y por exceso de calor. Y, al otro extremo del pequeño puente, divisé una antigua torre morisca, medio en ruinas. Lo crucé y al llegar frente a la torre advertí que una de sus bóvedas inferiores, estaba completamente intacta. "¡Este es un lugar estupendo para pasar la noche!" me dije, apresurándome a bajar hasta el arroyuelo donde pude apagar mi sed con varios sorbos de agua fresca y extraordinariamente pura. Seguidamente, allí mismo, junto al arroyuelo, me dispuse a cenar algunos mendrugos de pan seco y un par de cebollas que llevaba en la mochila, contento al pensar que, por fin, había encontrado un buen techo bajo el que poder
pasar la noche y satisfecho también por haber podido apagar mi sed. ¡Eso es mucho más de lo que un soldado puede pedir, en muchas ocasiones!
- En efecto -asintió el gobernador-. En mis tiempos hubo muchos días en que cenas como esa que tú hiciste y albergues como el que tú encontraste, no me atrevía yo a soñarlos siquiera.
-Pues bien, señor -prosiguió el soldado-. Estaba royendo mi pan, cuando oí unos ruidos que provenían del interior de la bóveda. Escuché y advertí que eran las pisadas de un caballo que se acercaba. Y, al poco rato, por una puerta abierta en uno de los lados de la torre, junto a los cimientos mismos y tocando casi al arroyuelo, apareció un hombre conduciendo por la brida a un caballo que me pareció muy fuerte y fogoso. La oscuridad de la noche no me permitió ver al hombre, apenas si podía distinguir su silueta. "Puede ser un caminante como yo -me dije- pero también puede ser un bandido o un contrabandista". Pero eso no me preocupó. Nada tenía, por lo tanto, nada podía temer, por eso seguí comiendo mi mendrugo de pan, con toda tranquilidad. El hombre, que no parecía haber advertido mi presencia, se acercó hasta el arroyo para dar de beber a su caballo y entonces pude verle y, con gran sorpresa, observé que era un moro, vestido como un guerrero, con coraza y casco, cuyo acero
lanzaba reflejos a la luz de las estrellas. También el caballo iba enjaezado a la usanza mora, con mucha riqueza, y en cuanto inclinó la cabeza sobre el agua del arroyuelo, comenzó a beber tanto que casi creí que iba a estallar.
" No pude contenerme y entablé conversación.
" ¡Parece que vuestro caballo tiene mucha sed, amigo! ¡Vaya modo de beber! -dije.
" El moro, me contestó en nuestro idioma castellano, pero con acento árabe.
" - Bien puede tener sed. ¡Hace casi un año que no prueba el agua!
" - ¡Parece imposible! -me asombré yo-. Ni los camellos del desierto resisten tanto. Pero acercaos, si lo deseáis. Por vuestro aspecto parecéis un guerrero. ¿queréis compartir la comida de un pobre soldado?
" Deseaba que aceptase mi invitación, porque me sentía solo y aquel lugar solitario en el que me encontraba, no me agradaba demasiado, inspirándome una especie de extraño temor. Además, como ya sabéis vos, señor gobernador, un soldado jamás suele ser demasiado exigente en lo que a compañías se refiere...
También esta vez asintió el gobernador a las palabras del prisionero. Y éste prosiguió su relato.
- Pues bien, como os iba diciendo, le invité a compartir mi pobre cena. Pero él rehusó, con amables palabras.
" - Os lo agradezco muchísimo -me dijo-, pero no puedo detenerme. Aún debo recorrer un largo camino antes de mañana.
" - ¿Y hacia dónde os dirigís? -pregunté yo.
" - Me dirijo a Andalucía y allí debo llegar antes del amanecer -respondió.
" - ¡Qué casualidad! -exclamé, gozoso-. Ese es también mi camino. Si no queréis o, mejor dicho, no podéis deteneros a compartir mi casa, puedo ir con vos, montado a la grupa de vuestro caballo. Advierto que se trata de un alazán fuerte y robusto, que sin duda aguantará perfectamente la doble carga.
" - De acuerdo -contestó el moro montando en su caballo. Y en cuanto yo hube montado a mi vez en la grupa, añadió-: Pero tened cuidado y agarraos con fuerza, porque este caballo mío es veloz como el mismo viento del desierto.
" - No os preocupéis por mi -contesté-. No me soltaré. " Y partimos. Primero el caballo marchó al paso, después, al trote y del trote pasó al galope. Y del galope a la más desenfrenada carrera que jamás pude imaginar. Parecía como si las piedras y los árboles, todo pasara por nuestro lado como flechas. De pronto distinguí las luces de una ciudad.
" - ¿Qué ciudad es ésa? -pregunté a mi compañero de viaje.
" - Segovia -me contestó. Pero antes de que hubiese llegado a pronunciar el nombre, la ciudad había desaparecido tras de nosotros y el caballo, siempre en su desenfrenada carrera, subía ya por la sierra de Guadarrama, para descender al instante por El Escorial y rodear seguidamente las murallas de Madrid, atravesando después las vastas llanuras de La Mancha...
" Aquella carrera parecía en efecto más veloz que el viento, como dijera el moro. Subimos montañas, bajamos cerros, pasamos junto a ciudades y pueblos, cruzamos arroyos y barrancos...
" Por fin, el guerrero moro, detuvo bruscamente su cabalgadura.
" - Ya hemos llegado al fin de nuestro viaje -me dijo.
" Miré a mi alrededor. No pude descubrir en qué lugar nos encontrábamos, ni tampoco vi que nos hubiésemos detenido junto a poblado o casa alguna. Frente a nosotros sólo pude distinguir la boca de una caverna. Pero, en aquel instante, empezó a llegar de todas partes, con la velocidad y la furia de un huracán, una verdadera nube de guerreros moros, algunos a pie y otros a caballo y todos se metían por la boca de la caverna. Y antes de que pudiera salir de mi asombro y preguntar a mi compañero de viaje adónde se dirigían todos aquellos árabes, picó espuelas a su caballo y al instante nos vimos entre aquel tropel de gente, siguiendo un camino tortuoso e inclinado, que descendía muy hondo hacia las entrañas mismas de la tierra. Al principio reinaba a nuestro alrededor la más completa oscuridad hasta el punto de que yo me preguntaba cómo podían todos aquellos guerreros orientarse y encontrar el camino que debían seguir. Pero, poco a poco, fue filtrándose hasta nosotros una al
principio como débil claridad que, paulatinamente iba haciéndose más intensa, como la luz del amanecer cuando el sol anuncia ya su diaria llegada por Oriente. Entonces pude advertir que a ambos lados del camino que recorríamos, se abrían diversas cuevas, cada una de las cuales eran un verdadero y completísimo arsenal. Había allí toda clase de escudos, yelmos, lanzas, corazas, cimitarras, espadas... y también grandes montones de municiones, así como magníficos equipos de campaña. ¡Cualquier militar se hubiera sentido interesado por tan completísimo arsenal! En otras cavernas, igualmente abiertas a ambos lados del camino que íbamos siguiendo, se alineaban, en ordenadas filas, cientos de guerreros árabes, armados hasta los dientes, así como también muchísimos jinetes, con sus lanzas en ristre y las banderas desplegadas, como dispuestos para entrar al instante mismo en combate. Pero advertí, con asombro, que todos permanecían inmóviles, como estatuas encantadas que esperasen el
hechizo que les librara de su sueño...
" En fin, señor, para abreviar y no cansaros demasiado con mi relato, os diré que, por fin, llegamos hasta una inmensa caverna, cuyas paredes estaban completamente recubiertas de oro y piedras preciosas, y adornadas con riquísimos tapices. También el suelo estaba cubierto por alfombras de rica fabricación oriental y, al fondo, se levantaba un fantástico trono dorado, enteramente recubierto de gemas, perlas y brillantes de incalculable valor. En él se sentaba un rey moro, rodeado por su guardia negra, con las cimitarras desenvainadas y vistiendo vistosos uniformes de gala. Toda la muchedumbre que seguía penetrando en la caverna aquella, que, como ya os dije, era inmensa, iba pasando hombre a hombre frente a él, rindiéndole pleitesía. Pero algo me llamó particularmente la atención: mientras algunos de aquellos moros vestían trajes lujosísimos de seda y lucían valiosas joyas, otros llevaban atuendo de guerrero, con bruñidas armaduras y cascos brillantes. Pero otros vestían
trajes casi andrajosos e incluso apolillados, y llevaban armaduras abolladas y cubiertas de orín. Por eso ya no pude resistir por más tiempo la curiosidad, que desde hacía rato me embargaba y me dirigí a mi compañero:
" - Decidme, por favor, ¿qué significa todo esto?
" En este momento estáis contemplando al propio rey Boabdil y a toda su corte -me contestó el moro, con voz solemne.
" - Me resulta difícil creeros -afirmé yo- Boabdil y su corte, así como todo el ejército al que los Reyes Fernando e Isabel habían vencido, fueron desterrados de este país hace cientos de años y marcharon a Africa, donde, como es lógico, murieron, cuando llegó su hora.
" - Estáis equivocado, amigo -repuso desdeñoso el moro-. Eso que decís es lo que cuentan vuestras crónicas. Pero son falsas. Sabed que Boabdil, el último rey de Granada, así como su corte y su ejército, quedaron encerrados en esa montaña. Lo que los cristianos vieron salir de este país, en dirección a Africa, era sólo una comitiva de espíritus, a los que se les permitió tomar la forma mortal de los que aquí quedaron encerrados bajo poderoso hechizo, para así engañar a los reyes de Castilla y Aragón. Y os diré, además, amigo, que España toda está encantada. No existe montaña, cueva, solitaria atalaya, cerro o colina, en cuyo interior no duerma, encantado, algún guerrero árabe. Alá así lo dispuso y todos seguirán durmiendo años y años, en tanto no sean expiadas las culpas que cometieron y por cuya causa perdieron las hermosas tierras españolas. Únicamente una vez al año, la víspera de San Juan, nos es permitido liberarnos de ese encantamiento, durante las horas que van de la
puesta del sol hasta el nuevo amanecer para venir a rendir pleitesía a nuestro rey. Todos esos guerreros viven repartidos por España, pero ninguno se retrasa, por lejos que de Granada se halle.
" Como podéis suponer, todo cuanto el moro me contaba me llenaba de asombro y también me interesaba mucho. Por eso le invité a proseguir:
" - Según eso -le dije- imagino que vuestro lugar de encantamiento será la torre medio derruida junto a la que os encontré, allá en Castilla la Vieja...
" - En efecto -asintió él-. Allí es donde yo, desde hace centenares de años, yazco en mágico encantamiento y de donde salgo todos los años, en tal noche como hoy, para volver indefectiblemente antes de que el sol apunte en el horizonte. Y escrito está en nuestros libros que cuando por fin se logre romper el hechizo, todo ese magnífico ejército que habita las montañas que rodean Granada, recuperará la ciudad y en cuanto la Alhambra esté en su poder, Boabdil llamará a todos los demás guerreros repartidos por las tierras de España y conquistaremos el resto del país.
" Como supondréis, eso me alarmó mucho.
" - ¿Y eso sucederá pronto o han de transcurrir todavía muchos cientos de años más? -le pregunté.
" - Eso nadie más que Alá puede decirlo. Pero por nuestros profetas sabemos que el día se aproximaba ya, cuando el rey de España designó para gobernar la Alhambra a un antiguo militar, hombre por demás valiente y decidido, al que se conoce con el sobrenombre de "El Gobernador Manco". Y mientras tan bravo soldado esté al frente de las tropas cristianas de esta plaza, es casi seguro que Boabdil y su ejército, deberán descansar en su sueño encantado...
Cuando el gobernador escuchó las últimas frases del soldado, se irguió en su asiento y se atusó el bigote, con evidente satisfacción. ¡Ahí es nada merecer tan alto concepto de los propios enemigos, que eran guerreros famosos por su valentía y arrojo!
El prisionero, como si no lo advirtiese, siguió hablando:
- Y entonces el moro, descabalgó y entregándome las bridas de su caballo, me dijo:
" - Quedaos aquí, mientras yo voy a rendir pleitesía a Boabdil.
" Y al punto se perdió entre la multitud que rodeaba el trono, aunque no sin antes indicarme que cuidara de su caballo y no soltara la brida, para que no se escapase.
" ¿Qué puedo o qué debo hacer? -me pregunté en cuanto me quedé solo-. "¡Esperaré a que este moro regrese y me lleve a la grupa de su corcel hasta quién sabe dónde, con el riesgo de quedarme encantado con él o de morir, quizá, por efecto del mismo hechizo que tiene encantados a todos estos moros, o he de aprovechar esta oportunidad que se me presenta para huir...?
" Por fin, con la decisión que debe caracterizar a todo buen soldado y pensando también en que si algo me sucedía, jamás podría advertir a nadie del peligro que corría, no sólo la Alhambra y Granada sino España entera, me apropié del caballo, tomándolo como trofeo de guerra, ya que pertenecía a un hombre que a sí mismo se había declarado como enemigo de mi patria y de mi rey, y pasando de la grupa a la silla, di media vuelta, piqué espuelas y le hice volver a pasar por el mismo pasillo que seguimos para llegar hasta allí.
" Al pasar frente a una de las cavernas en las que se alineaban los guerreros, advertí de pronto que algunos de ellos se movían y también llegó a mis oídos confuso rumor de voces, gritos y exclamaciones. Pero no me detuve, muy al contrario, piqué espuelas de nuevo y el caballo avivó su marcha hasta ponerse al trote largo primero y al galope tendido, después. Entonces, oí a mis espaldas un ruido terrible, como un estrépito semejante al del trueno, pero cien mil veces más potente, pero ni siquiera volví la cabeza. Sin embargo, pronto me alcanzó un tropel de jinetes... ¡Y ya creía llegada mi última hora cuando con gran asombro por mi parte algunos se me adelantaron y quedé en medio de la turba, que me arrastraba con ella hacia la salida de la cueva, adonde llegamos pocos instantes después! Una vez allí, se originó un gran alboroto y mucha confusión, mientras los jinetes se esparcían en todas direcciones y yo, por mi parte, intenté tomar un camino que, según me pareció,
descendía hacia el llano. Pero por efecto de un golpe, o quizá de algún encontronazo violento con algunos de aquellos jinetes que tan alocadamente salían de la cueva, caí al suelo sin sentido.
" Cuando desperté ya había amanecido. Miré a mi alrededor y vi que me encontraba en lo alto de una colina y, junto a mí, estaba el caballo árabe. Al caer al suelo las riendas se habían quedado atadas a mi muñeca izquierda e imagino que eso fue lo que le impidió salir disparado hacia su torre de Castilla o ir en busca de su dueño, porque todo puede esperarse en noche de encantamiento. Me incorporé y vi, a mis pies, una hermosísima ciudad, con sus torres, sus palacios, sus murallas y sus almenas, a la que decidí dirigirme.
" Pero no me atreví a montar el caballo. "Quizá hiciera alguna de las suyas y comenzara a correr con la velocidad que ayer lo hizo, y yo no pudiera detenerlo", me dije. Y así, llevándolo de la brida, inicié el descenso por un sendero en el que, poco después, tropecé con los soldados de Vuestra Excelencia, a los que rogué que me llevaran a vuestra presencia, en cuanto me dijeron que esta ciudad era Granada y vos, el "Gobernador Manco", que gobernaba la Alhambra, a cuya guardia pertenecían. Y aquí estoy, señor, para informaros de cuanto he sabido y ver cómo se puede prevenir un posible ataque moro."
- Bien, bien -dijo entonces el gobernador, mesándose los bigotes-. ¿Y qué me aconsejas tú...?
- Yo sólo soy un modesto soldado. ¡Casi no me atrevo a aconsejar nada a un bravo veterano militar como vos, señor! Pero, ya que pedís mi modesta opinión, os diré que creo que deberían tapiarse todas las cuevas, cavernas y grutas, que existan en las montañas que rodean Granada, a fin de que Boabdil y su ejército jamás puedan salir de ellas -afirmó el joven. Y después añadió, dirigiéndose al fraile, que también había escuchado el relato con mucha atención-: Además, creo que también sería conveniente que se bendijeran los muros de la ciudad.
El fraile no contestó. Pero el gobernador se levantó de pronto y poniendo en jarras su único brazo, exclamó con voz potente, mirando fijamente al soldado:
- ¿Así que, de verdad, supones que has conseguido engañarme con tu fantástica historia y con todos esos embustes y mentiras, que tu imaginación ha inventado para burlarte de mí...? ¡Pues estás muy equivocado! ¡Yo también soy un soldado, como varias veces has dicho recordando a lo largo de tu relato, pero mucho más viejo y con mayor experiencia que tú! De modo que no me dejo engatusar por tus inverosímiles historias de espíritus, montañas y moros encantados. ¡Eh, guardias!
En cuanto la guardia penetró en la estancia, al oír la voz de su señor, el gobernador ordenó con firmeza:
- Esposad a ese hombre y conducidle hasta un calabozo.
La joven sirvienta que había seguido toda la escena con mucha atención e interés, sintió el impulso de intervenir en favor del soldado, pero el gobernador, que lo advirtió, le impuso silencio con una de sus severas miradas. La muchacha se quedó silenciosa, pero muy apenada, hasta el punto que sus bellos ojos se llenaron de lágrimas. Lo cual no dejó de pasar desapercibido al soldado prisionero.
De pronto, el cabo, que fue quien se adelantó a ponerle las esposas, advirtió que en uno de sus bolsillos había un extraño bulto y, al sacarlo, apareció una bolsa de cuero, bastante pesada. A una indicación del gobernador, la abrió, volcando su contenido encima de la mesa, ¡cuál no fue la sorpresa de todos los presentes al ver que de su interior salían joyas de todas clases, brazaletes, pendientes, sortijas, collares, fabricadas en oro y adornadas con preciadas piedras como son los brillantes, y las turquesas! Y también había sartas larguísimas de perlas del más fino oriente, así como cruces de diamantes y muchas monedas de oro.
- ¿Qué me dices de todo esto? -preguntó el gobernador, airado-. ¿A qué gran señor has robado o has asesinado, o qué castillo has saqueado para conseguir tan fabulosas joyas?
- ¡Oh, no, señor gobernador! Ya os dije que soy un pobre soldado y dije la verdad. Si toda esa riqueza es fruto de algún robo, habrá sido efectuado, en tiempos muy remotos, por el moro del que os hablé. Si no hubierais puesto fin a nuestra conversación, ordenando a vuestros soldados que me llevasen preso a un calabozo, os hubiera explicado que esta mañana, al disponerme a emprender la marcha hasta la ciudad, llevando de la brida al caballo, advertí una bolsa de cuero que colgaba del arzón y de la que al momento supuse que se trataba de algún botín que el moro habría conseguido en sus antiguas correrías, no me movió la curiosidad de conocer su contenido y me limité a metérmelo en un bolsillo.
- Bien, bien... -dijo el gobernador-. Pero, como antes te dije, todas esas historias no me convencen en absoluto. Y entretanto aclaro la verdad, permanecerás encerrado en la Torre Bermeja.
- Vuestra Excelencia es quien manda -respondió sencillamente el soldado-. Yo, como antes os dije, soy un soldado acostumbrado a la vida dura. Me sentiré feliz con tener un buen calabozo en el que dormir y poder comer pan cada día. Pero antes de marchar de vuestra presencia, permitidme, señor, que os recuerde la conveniencia de hacer tapiar todas las cuevas y grutas de las montañas que rodean Granada.
Los soldados, a una nueva indicación del gobernador, se llevaron con ellos al prisionero para encerrarlo en uno de los calabozos de Torre Bermeja, mientras el caballo árabe era conducido a las caballerizas y la bolsa de cuero la guardaba el propio gobernador en espera de decidir lo que debía hacerse. ¡Pues harto claro estaba que no había creído, en absoluto, el extraordinario relato que el joven soldado le contara!
Y esa actitud del gobernador puede sernos tanto más comprensible, si tenemos en cuenta que en aquella época el antiguo y bravo militar estaba decidido, como ya dijimos, a acabar con todos los pillos y maleantes y precisamente aquella mañana había tenido noticia de que por los vecinos montes de la Alpujarra, merodeaba una terrible banda de malhechores, mandados por un tal Manuel Borrasco, que ya desde hacía mucho tiempo asolaban el país llegando en ocasiones a penetrar hasta las mismísimas ciudades y apoderándose siempre de cuantiosos botines. "Quizá ese joven forme parte de su cuadrilla", se decía el gobernador. Y ese pensamiento, que desde un principio se había apoderado ya de su espíritu, se afirmó al ver la bolsa de cuero, repleta de joyas y piedras preciosas.
Pronto corrió la noticia de que el "Gobernador Manco" había apresado al propio bandido Manuel Borrasco, porque ya sabemos cómo se deforman y extienden las nuevas entre la gente sencilla. Y así todos los que habían sido robados por él y también muchos curiosos y desocupados quisieron verle y se acercaron a la Torre en la que le sabían prisionero.
Esa Torre, como es sabido, queda algo alejada de la Alhambra, y se alza sobre una colina separada de la fortaleza por un profundo barranco. Allí acudieron todos los que deseaban comprobar su identidad, pero, en cuanto le vieron, a través de los gruesos barrotes de su celda, en seguida advirtieron que aquel joven de rostro simpático, y mirada inquieta y viva, en nada se parecía al bandido de rostro feroz y mirada torva y oscura. Por eso fueron en aumento los comentarios y no sólo de Granada, sino de otros pueblos y ciudades de los alrededores, fueron llegando gentes que deseaban conocerlo. ¡Y todos coincidieron, en que aquel simpático soldado no podía ser el famoso y terrible bandido!
Así en la mente de todas las sencillas gentes del pueblo fue surgiendo la duda de si no sería cierta la historia que había contado y que, sin que nadie supiera exactamente cómo, todos conocían ya. Los más ancianos afirmaban que sus padres, les habían explicado, cuando eran niños, la leyenda que hablaba de Boabdil encerrado en las montañas con todo su ejército, y muchos jóvenes subieron hasta la montaña indicada por el soldado y escudriñaron la profunda y oscura caverna, cuyo final jamás se ha podido llegar a encontrar y que, según él, era la entrada a la gruta subterránea, en la que los moros dormían su sueño de siglos.
Día a día, crecía así la popularidad y la simpatía que el joven soldado inspiraba a las gentes. Como era de carácter alegre, se pasaba muchas horas junto a la ventana de su calabozo, entonando canciones románticas o guerreras, según el humor del día, acompañándose de una guitarra que se había procurado. ¡Y a todos les gustaba escucharle porque tenía una bonita voz! Además, siempre tenía una frase amable para cuantos se acercaban hasta su celda, e incluso se interesaba por los problemas que algunos llegaban a contarle, dándoles siempre acertados y buenos consejos.
Por fin, el vulgo llegó a considerarle como un pobre inocente, injustamente culpado y reprochaban al gobernador que demorase el devolverle la libertad. Pero no cabe duda alguna que quien más simpatizó con su causa y quien con mayor dolor lamentaba que estuviera recluido en aquel calabozo, era la joven sirvienta de la Alhambra, la que estuvo presente cuando contó su extraordinaria historia. Esta muchacha, que casi a diario servía el desayuno a su señor, aprovechaba cuantas ocasiones se le presentaban para abogar en su favor, sin desanimarse al ver que no conseguía ningún resultado práctico y, entretanto, no dejaba de hacer cuanto estaba en su mano para aliviar en lo posible la triste situación del joven, llevándole a menudo platos que ella misma había preparado, golosinas y otros manjares exquisitos, de los muchos que sobraban en la mesa del "Gobernador Manco".
Este, entretanto, se enfrentaba con una delicada situación.
Sabedor el capitán general de Granada de la captura del joven soldado, al punto quiso intervenir también en el asunto, no sabemos si porque seguía latente la antigua rivalidad con el "Gobernador Manco" o porque la noticia de que el soldado llevaba una bolsa muy repleta de joyas y monedas de oro excitó su ambición. Pero la verdad es que lo reclamó, alegando que había sido capturado fuera de la fortaleza de la Alhambra, por lo cual no correspondía a la jurisdicción del gobernador el juzgarle, sino a la suya y también a él correspondía decidir qué debía hacerse con la bolsa y el caballo que llevaba.
Y por su parte, el Inquisidor General, a cuyos oídos había llegado también la noticia de la captura del soldado, enterado por el fraile de que aseguraba haber visto espectros y aparecidos, lo reclamó también a su vez, diciendo que esas afirmaciones eran herejías y como tal debían ser juzgadas por el Tribunal de la Inquisición.
El gobernador gritaba una y cien veces que el prisionero le pertenecía, que sólo él tenía autoridad para juzgarle, porque fueron sus soldados los que le capturaron y que antes que entregarlo le haría ajusticiar como a un espía. Y su cólera y su indignación crecieron, cuando supo que el capitán general se preparaba para mandar un fuerte escuadrón con la orden de apoderarse del prisionero de Torre Bermeja y que también el Inquisidor, por su parte, iba a tomar medidas para que rápidamente pasara a su poder, interesando para ello, si preciso era, al propio rey.
- ¡Hagan lo que hagan y aunque conspiren mil veces, no lograrán arrebatármelo! -gritó el gobernador que, como ya sabemos, era sumamente testarudo y celoso guardián de todas las prerrogativas y derechos, que como gobernador de una fortaleza real poseía-. Mañana mismo, al amanecer, trasladaré al prisionero de Torre Bermeja al calabozo que, se abre debajo mismo de mis habitaciones, junto a las fuertes murallas de la fortaleza. ¡De ahí jamás podrán sacarle, si yo no quiero! Porque la Alhambra es inexpugnable, eso todos lo sabemos.
Después, dirigiéndose precisamente a la joven sirvienta que terminaba de servirle la cena, le dijo:
- No dejes de llamarme mañana a primera hora, en cuanto cante el primer gallo. ¡Quiero presenciar personalmente la ejecución de esas órdenes que acabo de dar!
Aquella noche el gobernador durmió intranquilo y sólo de madrugada pudo por fin conciliar un sueño reparador. Y pasaron las horas. Cantó el gallo y el sol se elevó radiante en el horizonte...
Por fin, el gobernador, se despertó sobresaltado oyendo las voces que daba el cabo de la guardia, mientras golpeaba con fuerza la puerta de su cámara.
- ¡Señor... ! ¡Excelencia, excelencia... ¡Despertad, ha volado! ¡Ha desaparecido, señor, ha desaparecido!
El gobernador saltó del lecho, sorprendido de que fuesen aquellos gritos y aquellos fuertes golpes, los que le despertaban, en lugar de la voz dulce y los suaves golpecitos en la puerta con los que solía llamarle la joven sirvienta. Y, naturalmente, se apresuró a abrir al cabo.
- ¿Quién ha volado...? ¿Alguno de los halcones adiestrados para la caza, quizá? -preguntó, todavía medio adormilado.
- ¡No, señor, no se trata de halcones, sino del prisionero! ¡Ha desaparecido y nadie puede comprender cómo salid del calabozo, porque la puerta estaba cerrada cuando llegamos, aunque el interior estaba vacío!
- ¡No es posible! ¿Y el centinela...? - Completamente dormido. Parece como si alguien le hubiese administrado algún preparado.
Aquella sorprendente noticia hizo que el gobernador se despabilase por completo y su mente comenzó a trabajar, tratando de descubrir la explicación de aquel misterio.
- ¿Quién fue la última persona que le vio? -preguntó.
- La joven doncella, hija del ama de llaves, la que a menudo se encarga de serviros el desayuno o la cena.
- ¡Que la traigan inmediatamente a mi presencia!
Pero la orden del gobernador no pudo ser cumplida.
- También la habitación de la muchacha está vacía, señor explicó el cabo, pocos minutos después-. Y el lecho aparece intacto, señal evidente de que no ha dormido en él esta noche.
Estas palabras abatieron al antiguo militar. Quedaba ya fuera de posible duda que su propia sirvienta había facilitado la huida al prisionero, marchándose después con él. ¿Quién sabe dónde estarían ya...? Sin embargo, dio orden que una patrulla saliera inmediatamente en su búsqueda.
Pero una nueva y desagradable sorpresa le aguardaba. En cuanto penetró en su despacho advirtió que la caja de caudales había sido forzada y al comprobar su contenido, advirtió que faltaba la bolsa de cuero, repleta de monedas de oro y piedras preciosas, que se había encontrado en el bolsillo del soldado.
Eso aún le abatió más. Claro que le quedaba la esperanza de que los fugitivos fuesen alcanzados por la patrulla. Pero también esa esperanza no tardó en desaparecer.
Al poco rato, uno de los soldados que la formaban, regresó trayendo consigo a un viejo campesino, que vivía en una choza junto al camino que se dirige a la sierra. Y el anciano afirmaba que antes de que despuntara el sol había oído las fuertes pisadas de un corcel y, sorprendido por la velocidad que parecía llevar, se asomó a la puerta y vio pasar a un magnífico alazán. La gran rapidez de la carrera no le permitió distinguir muchos detalles, aparte de que era de noche todavía, pero podía asegurar que lo montaban dos personas. El jinete y una mujer que iba sentada en la grupa.
Al oír que el campesino hablaba de la velocidad que llevaba el corcel, un nuevo temor apareció en el espíritu del gobernador.
- ¡Registrad bien los establos y decidme al punto, si falta de ellos el corcel árabe! -ordenó dirigiéndose a dos soldados de su guardia.
Los soldados se apresuraron a cumplir la orden y, tal y como el gobernador temía, pocos instantes después regresaron con la noticia de que todos los caballos estaban en sus pesebres, con una sola excepción: ¡el caballo árabe! Y con ellos traían un grueso garrote con un letrero en la punta.
- Lo hemos hallado amarrado al lugar donde estaba atado el caballo, excelencia -afirmaron, entregándoselo al antiguo militar.
El letrero decía: "Al buen "Gobernador Manco", con simpatía, un antiguo soldado que gracias a él tiene esposa y fortuna."
El laúd de plata
Después que los Reyes Católicos conquistaron Granada a los moros, esa hermosa ciudad fue durante muchos años residencia habitual de los soberanos españoles. Pero una serie de terremotos asoló la región, derribando muchos edificios, con lo cual cundió el pánico entre los habitantes y los monarcas decidieron abandonar aquel lugar que consideraban peligroso, seguidos, naturalmente, por toda la Corte.
Así transcurrieron muchos, muchos años, sin que ningún personaje real pisara la ciudad. La Alhambra, aquella maravilla mora, quedó sumida en el más completo abandono, y la famosísima Torre de las Infantas, que en otro tiempo habitaran las bellísima Zaida, Zoraida y Zorahaida, se convirtió en el refugio de arañas, murciélagos y lechuzas, y sus cámaras y aposentos perdieron todo su brillo, así como sus jardines todo su esplendor.
Claro que al abandono de la Torre contribuían sin duda las muchas leyendas que sobre ella se contaban, siempre al oído y en voz baja. Se decía que, a menudo, por las noches se encendía una luz en la que fue habitación de la más pequeña de las tres princesas, y el espíritu de la tímida y dulce Zorahaida se paseaba por los pasillos y por las escaleras, sentándose en ocasiones a llorar su soledad y pulsando en otras su laúd de plata, al que arrancaba dulces y nostálgicas notas.
El tiempo, sin embargo, hizo borrar todos los recuerdos. Y un buen día, el entonces rey de España, Felipe V, el primero de la dinastía de los Borbones, decidió pasar una temporada en Granada, en compañía de su joven y bella esposa la reina Isabel, princesa italiana de la casa de Parma, célebre no sólo por su hermosura, sino también por su elegancia y su espíritu cultivado y refinado.
Los obreros realizaron a toda prisa su trabajo y pronto la Alhambra volvió a resplandecer como en sus mejores tiempos, para dar la bienvenida a la real pareja. Y el redoble de los tambores y los sones de las trompetas anunciaron con alegría la llegada de la comitiva regia, mientras los aposentos y las estancias se llenaban con el rumor de las voces de los cortesanos, el crujir de las sedas de los trajes de las damas y las pisadas de los guardias, mientras en los patios se oía el ruido de las armas y el piafar de los caballos.
Entre el séquito real había un paje que se llamaba Ruiz de Alarcón. Era joven, contaba sólo dieciocho años, y era de noble cuna, descendiente de una aristocrática y linajuda familia. Además, era muy inteligente y avispado, y a esas cualidades se unía también un físico muy agradable por todo lo cual se había convertido en el paje favorito de la reina Isabel.
¡Y grandes habían de ser en verdad su inteligencia, su gracia y su belleza, para merecer la particular atención de la soberana que, como ya dijimos, poseía un espíritu culto y refinado, y habiendo tantos otros pajes jóvenes y de noble cuna en la corte!
Una mañana, se hallaba el paje paseando por los alrededores de la Alhambra, adiestrando al halcón favorito de la reina, cuando vio a un pájaro que se elevaba hacia el cielo desde las ramas de un árbol próximo.
El paje lanzó el halcón en persecución de la avecilla, pero ésta, con gran astucia, consiguió escapar mientras el halcón, satisfecho sin duda de sentirse en libertad, siguió volando tranquilamente. Al fin se posó en las altas almenas de una torre que se levantaba en el extremo de las murallas de la Alhambra.
El paje experimentó un gran sobresalto, porque sabía que la reina le reprendería muy severamente si regresaba sin su halcón preferido. Incluso, por ese incidente, podía perder el favor real. Por eso se apresuró a llegar al pie de la torre, que no era otra que la famosísima Torre de las Infantas. Descendió al barranco y subió después por el otro lado, pero no vio ninguna puerta ni ventana lo suficientemente baja por la que poder penetrar.
Sin embargo, estaba decidido a penetrar en la torre, y dio un gran rodeo por el lado que daba al interior de las murallas.
En aquella parte descubrió un pequeño jardín, rodeado de un cerco de cañas, por las que subían deliciosas y frescas enredaderas.
Decidido, cruzó un portillo y llegó hasta la puerta, pasando entre macizos de rosas y otras flores, que llenaban el aire con sus perfumes. Comprobó que la puerta estaba cerrada, pero, por una hendidura en la madera, pudo ver el interior, que le asombró por lo bien cuidado y por el encanto que de él se desprendía.
La puerta se abría sobre un saloncito de estilo moro, de paredes muy blancas y adornadas con finas columnas. En el centro había una hermosísima fuente de alabastro, rodeada de flores; a un lado se veía una jaula en la que se hallaba encerrado un pájaro, mientras, en una silla, dormitaba un gato que llevaba un primoroso lazo rosa atado al cuello, junto a un cesto de labor femenina. Allí podían verse ovillos de seda de distintos colores; y, apoyada en el respaldo de la silla, una guitarra.
Al punto acordóse Ruiz de Alarcón de las muchas leyendas que, desde que estaba en Granada, le habían contado acerca de princesas moras y otros cuentos maravillosos. ¿Sería quizá aquel gato una princesa hechizada por un mago envidioso de su belleza...? Pero al punto se rió de sus pensamientos y llamó suavemente a la puerta.
Nadie contestó a la llamada. Sólo, por un instante, le pareció que un rostro de mujer se asomaba a una de las ventanas que se abrían encima de la puerta. Pero fue tan corto ese instante, que casi no podía asegurar si la fugaz visión había sido fruto de su imaginación.
Por eso, viendo que transcurría el tiempo sin que ningún rumor llegase del interior, repitió la llamada, esta vez con mayor fuerza. Y de nuevo apareció el rostro de mujer en aquella ventana, y esta vez el paje pudo convencerse de que era realidad, y que pertenecía a una joven que apenas tendría quince años y de belleza excepcional.
El paje Ruiz de Alarcón, sobreponiéndose a la impresión que la hermosura de la joven le había hecho, se quitó el gorro de plumas que llevaba y, con él en la mano, hizo una graciosa reverencia.
- Perdonadme si os molesto, bella doncella, pero necesito que me permitáis entrar en la torre, para recoger un halcón que se ha posado en sus almenas.
- Imposible, señor -contestó la muchacha con dulce y encantadora voz-. Mi tía, con quien vivo, me tiene prohibido que abra la puerta a desconocidos.
- Por favor, os lo suplico, no desatendáis mi ruego. Soy uno de los pajes reales y ese halcón que se me ha escapado es el favorito de la reina. ¡No me atrevo a regresar a palacio sin llevarlo conmigo!
- ¡Oh, señor! Si sois uno de esos caballeros de la corte, aún menos puedo permitiros la entrada. Mi tía me ha advertido especialmente en contra de ellos.
- Y lo comprendo, porque existen malos caballeros, por desgracia. Pero yo no soy de esos, fijaos en mí: soy un sencillo paje, que perderá el favor de la reina y puede verse sumido en la desventura, si vos seguís negándome ese pequeño favor que con tanta humildad os solicito.
Por fin, el bondadoso corazón de la muchacha, se conmovió ante tantas súplicas y terminó abriendo la puerta al paje. ¡Eran tan amables sus palabras, tan educado su gesto, que no podía creer que fuese uno de los caballeros contra los que su tía la había prevenido! ¡No, imposible! ¿Cómo podía ser malo un muchacho tan gentil, tan amable...?
Cuando Ruiz de Alarcón vio a la muchacha ante él, después qué ella le hubo abierto la puerta, quedó todavía más admirado ante su belleza. Porque si perfecto y encantador era su rostro, aún más lo era su figura, y su andar grácil y suave le añadía un nuevo encanto.
"¡Es más hermosa que la más hermosa dama de la corte!", pensó el paje.
Y en efecto, el traje andaluz que llevaba la muchacha le prestaba una gracia que no podían igualar las mejores telas ni los brocados más valiosos, así como su pelo, cuidadosamente peinado y adornado con una rosa fresca y fragante, resultaba mucho más encantador que con los tocados más complicados o ricos.
Claro está que el paje apreció todos esos detalles en una sola ojeada. Le convenía apresurarse si quería coger el halcón. Y así, tras una breve inclinación ante la muchacha, subió a toda velocidad las escaleras de la torre.
Cuando bajó, con el pájaro en la mano, encontró a la joven sentada en el saloncito de estilo moro, devanando una madeja de seda azul. Pero en su turbación al verle de nuevo ante ella, el ovillo se le escapó de las manos, yendo a caer a los pies del paje.
Ruiz de Alarcón se apresuró a recogerlo, y doblando una rodilla en tierra, como si de una reina o de una princesa hija de reyes se tratara, se lo ofreció con una sonrisa.
Al punto aumentó la turbación de la muchacha, turbación que se convirtió en enojo cuando el paje depositó un beso en la mano que ella le tendía para recoger el ovillo.
- ¡Por favor, señor, os creía un caballero de bien! -exclamó.
- No os molestéis, hermosa doncella. En la corte, todos los caballeros bien nacidos besan la mano de las damas, como testimonio de su más profundo respeto y homenaje -se apresuró a explicar el joven Ruiz de Alarcón.
Así se tranquilizó de nuevo la muchacha, aunque seguía mostrándose turbada por la presencia del paje. Y ese, a su vez, a pesar de lo acostumbrado que estaba a los galanteos de la corte y a pesar de ser inteligente y avispado, se sentía también turbado ante el juvenil, fresco e inocente encanto de aquella hermosa jovencita.
Entonces, de pronto, cuando ya ambos comenzaban a hablar con menos cortedad, se oyó a lo lejos una voz que sobresaltó a la joven.
- Apresuraos, marchad enseguida, señor -exclamó-. ¡Marchad, os lo ruego, lo más rápidamente que podáis! Mi tía vuelve de misa, y se enojaría y me reñiría mucho si os encontrase aquí. - Entregadme, os lo ruego, ésa flor que lleváis en el pelo. No quiero marcharme sin llevarme un recuerdo de vos. De lo contrario, quizá mañana pensara que vuestra hermosa imagen fue sólo un sueño, fruto de mi imaginación.
Separó ella la flor que adornaba sus negras trenzas y se la entregó.
- Tomadla -dijo-. Pero no os entretengáis, por favor.
Y el paje se apresuró a partir, después de haber prendido la rosa en su cinto y no sin antes volver a besar la mano de la encantadora Jacinta, que así se llamaba la muchacha.
Cuando la tía llegó a la torre, advirtió que su sobrina estaba agitada, y se apresuró a preguntarle qué le sucedía.
- Durante vuestra ausencia, tía, penetró un halcón en la torre -dijo Jacinta.
- ¡Qué atrevido! ¿Es que nuestro pobre pajarito no podrá estar tranquilo, ni aun dentro de su propia jaula...?
Fredegunda, la tía de Jacinta, era una solterona que, por sus muchos años y por haber vivido sola durante mucho tiempo, sentía una gran desconfianza y animadversión hacia todas las personas desconocidas, en especial si eran hombres, y más aún si eran caballeros de la corte, porque acerca de ellos había oído contar muchas historias.
Y ahora su desconfianza y sus continuos temores habían aumentado, al tener en su casa a su sobrina, huérfana de un noble oficial que murió en la guerra. Jacinta se había educado en un convento, y siendo huérfana también de madre, terminada su educación había pasado a vivir con su tía, la cual, precisamente por lo mucho que la quería, se sentía responsable de cuanto pudiera sucederle. ¡Apenas si le permitía salir de la casa una o dos veces a la semana, y siempre en su compañía, naturalmente, y aun para ir a la iglesia!
Pero las buenas gentes de los alrededores, al verla, habían quedado prendadas de su gracia y hermosura, hasta el punto que los campesinos, con esa imaginación poética tan generalizada entre los andaluces, le habían dado el sobrenombre de "La rosa de la Alhambra", y acerca de su belleza y encanto se hablaba en varias leguas a la redonda.
Esa explicación sobre el halcón, que su sobrina le dio, tranquilizó por completo a la buena señora. Y aunque desde aquel día oía a menudo rasgueo de guitarras en las frondas que rodeaban su casa, jamás pensó que las canciones, sentimentales en ocasiones, nostálgicas o románticas en otras, iban dedicadas a Jacinta. Pero así era en realidad.
El paje Ruiz de Alarcón no había olvidado a la muchacha. Y aunque ya no volvió a hablar con ella, se las ingeniaba para verla, aunque fuese desde lejos, y siempre que podía se acercaba a su casa para cantarle dulces canciones, que llenaban de ilusión y de felicidad el tímido corazón de Jacinta.
Los días pasaban sin que los dos jóvenes se dieran cuenta. Y el tiempo empezó a tejer ilusiones y esperanzas en sus corazones, que no querían reconocer el abismo social y jerárquico que les separaba.
Pero un día los monarcas decidieron dar por terminada su estancia en Granada. Y rápidamente se organizó la partida, que Fredegunda, curiosa, quiso ver, para lo cual dejó a su sobrina sola en la casa, no sin recomendarle, como siempre hacía, que no abriera la puerta a desconocidos.
Cuando ya todo el cortejo real hubo traspuesto las puertas de la ciudad, entre los aplausos de la multitud, que había colgado gallardetes y banderas en todos los balcones y ventanas, y entre redobles de tambores y sones de trompetas, la buena mujer regresó a su casa.
Pero, ¡cuál no fue su asombro al advertir que un hermoso caballo árabe piafaba inquieto, atado en el portillo de su propia casa, mientras en el jardín, un apuesto joven, vestido con el uniforme de los pajes reales, estaba arrodillado a los pies de su sobrina que, al parecer, le escuchaba con gran complacencia, encendidas de rubor las mejillas...
El alazán, como si quisiera advertir a su amo de la presencia de la tía, lanzó un fuerte relincho y al punto el paje se levantó y, no sin antes posar delicadamente sus labios sobre la blanca mano de Jacinta, saltó sobre su caballo desapareciendo velozmente entre los árboles.
Fredegunda se disponía a reñir severamente a su sobrina, pero la muchacha se adelantó a su reprimenda, refugiándose en sus brazos, lanzando profundos sollozos, mientras ardientes lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
- Se ha ido, tía, se ha ido. ¡Jamás, jamás volveré a verle y mi corazón se morirá! -exclamaba, acongojada.
- Pero, ¿qué dices...? ¿De quién hablas...? ¿Y qué noticias te trajo ese joven que hace un momento estaba arrodillado a tus pies, para que así te desconsueles y aflijas? Vamos, vamos, hijita, cálmate y cuéntamelo todo...
- ¡Es él quien se ha marchado! Ese paje que hace un momento visteis arrodillado a mis pies, pertenece al séquito real y por eso ha tenido que marcharse con los reyes...
- ¿Y de qué conoces tú a ese paje...?
Jacinta se ruborizó, pero contó a su tía cómo había llegado a la casa, persiguiendo al halcón.
- No existen halcones más peligrosos que los caballeros del rey. Igual que ese paje ha hecho contigo, hacen concebir ilusiones a las jóvenes cándidas y después, cuando se marchan, las olvidan en pocas horas. No sufras, Jacinta. Olvídale también tú.
- Me ha prometido volver para casarse conmigo. Pero antes necesita que su padre dé el consentimiento para la boda... -afirmó Jacinta, en cuyos oídos resonaban todavía las promesas que Ruiz de Alarcón acababa de pronunciar.
- ¡No sueñes, sobrina, no sueñes! Tú eres una pobre huérfana, y aunque desciendas de noble familia, el padre de ese joven se opondría sin duda a la boda..., aun en el caso de que él la deseara.
Jacinta no insistió, porque su corazón se aferraba a la esperanza. Sin embargo, al paso de los días, esa esperanza fue cada vez más y más débil. Después, los días se fueron transformando en semanas, y las semanas en meses... sin que recibiera ninguna noticia del paje.
Llegó el otoño, con todo su cortejo melancólico, y después el invierno, que hizo bajar casi hasta el valle las nieves de la Sierra. Y también pasó el invierno y se anunció con alegría la primavera en las flores, en los jardines, en el cielo, en la ciudad toda... mientras en el corazón de Jacinta seguía siendo invierno y la muchacha estaba cada día más pálida, cada día más triste...
Ya no la interesaban sus labores, ni la distraía el melodioso canto del pájaro en su jaula, ni la entretenían los jugueteos del gato que ronroneaba a sus pies. Y tampoco tañía nunca la guitarra, que era antes su pasatiempo favorito.
Una calurosa noche, cuando hacía ya rato que su tía dormía apaciblemente, la muchacha, desvelada, se sentó junto a la fuente y allí evocó una vez más el recuerdo de aquella inolvidable mañana, en la que hasta ella había llegado el paje Ruiz de Alarcón, en pos del halcón.
También evocó aquella otra mañana, tan triste, en la que se despidió, y las promesas que entonces le hizo. Promesas que no se habían visto cumplidas... Tan desdichada se sentía la pobre Jacinta, que las lágrimas brotaron de sus ojos y, corriendo por sus mejillas, cayeron sobre la fuente.
Poco a poco, las tranquilas aguas de la fuente comenzaron a agitarse y a burbujear, cada vez con mayor intensidad. Cuando Jacinta lo advirtió, se sintió presa de un extraño temor, que aumentó cuando, saliendo de entre las aguas, fue apareciendo ante su vista la figura de una joven de extraordinaria belleza y ricamente ataviada a la usanza mora.
Desconcertada ante aquella aparición, echó a correr y se encerró en su habitación, muy nerviosa y agitada. Y a la mañana siguiente se lo contó a su tía. Pero Fredegunda lo juzgó simple imaginación.
- Seguro que te quedaste dormida mientras pensabas en la historia de las tres princesas moras que antaño habitaron esa torre -le dijo.
- ¿De qué historia habláis, tía? No recuerdo ninguna historia de tres princesas moras... -afirmó Jacinta.
- Pues estoy segura de habértela contado hace ya tiempo. Es la historia de las tres princesas Zaida, Zoraida y Zorahaida, hijas del rey moro de Granada, Mohamed. Su padre las mantuvo durante mucho tiempo encerradas en esa torre hasta que al fin, un día, ellas decidieron fugarse con tres caballeros cristianos, pues cristiana había sido también su madre. Pero en el último instante, la menor, que era extraordinariamente tímida y apocada, sintió miedo y se quedó en la torre, donde murió de nostalgia poco tiempo después. Durante muchos años las gentes afirmaron que su espíritu seguía habitando la torre...
- Sí, ahora recuerdo perfectamente la historia -dijo Jacinta-. Y recuerdo también que cuando me la contasteis, tía, lloré pensando en la suerte de la pobre princesa Zorahaida.
-No me extraña que llorases -siguió diciendo Fredegunda-, porque el caballero cristiano con el que Zorahaida no llegó a fugarse, fue precisamente un antepasado tuyo, que ya de regreso, a su país, aunque muy acongojado al principio, fue poco a poco reponiéndose de su tristeza y terminó casándose con una noble dama española. Y de ellos desciendes tú.
Aquella conversación que había mantenido con su tía, llevó a Jacinta al convencimiento de que no había sufrido una alucinación, sino que realmente se le había aparecido la figura de la princesa Zorahaida.
"Fue una muchacha dulce y tímida, y no he de temerla. Esta noche volveré a la fuente a medianoche y quizá se me aparezca de nuevo", se dijo.
Y así lo hizo.
Hacia la medianoche, cuando, como el día anterior, su tía dormía ya profunda y tranquilamente, se sentó en el saloncito de estilo moro, junto a la fuente.
Y en efecto, apenas acababan de sonar las doce en el reloj más próximo, cuando de nuevo burbujearon las aguas y se abrieron, para que de entre ellas surgiera la figura de la hermosa princesa mora, ricamente ataviada, luciendo joyas valiosísimas y llevando entre las manos un laúd de plata.
Jacinta sintió, como la noche anterior, un primer impulso de echar a correr y refugiarse en su habitación. Pero se dominó, al ver cuán triste era la mirada de sus bellos ojos y también al oír su voz dulce y lastimera.
- ¿Cuál es la pena que te aflige, joven hija de los mortales? -le preguntó-. ¿Por qué lloras? Tus lágrimas turban las aguas, en las que descansa mi espíritu encantado, y tus suspiros y tus lamentaciones me impiden el reposo.
- Lloro y me aflijo por el abandono y el olvido de un joven paje.
- Tranquilízate y deja de llorar, hermosa niña. Tus penas todavía pueden tener remedio. Como sin duda ya sabes, yo soy una princesa mora que, como tú, lloró durante mucho tiempo la pérdida de su felicidad. Pero no por traición u olvido de mi caballero, sino porque me faltó el valor de abandonar esa torre. Se trataba de un antepasado tuyo, precisamente, y quería llevarme con él a su tierra, para que allí me bautizara y hacerme después su esposa. Y yo lo deseaba, ¡oh, sí! Deseaba ser su esposa, pero aún más deseaba convertirme a la religión cristiana, que había sido la religión de mi madre. Pero tuve miedo, ya te lo dije. Por eso ahora los genios maléficos tienen poder sobre mí y permaneceré encantada bajo esas aguas, en tanto una muchacha cristiana, joven como yo y de corazón puro, quiera romper el hechizo. Dime, ¿quieres tú ayudarme?
- Sí, sí, ¡claro que quiero! -respondió Jacinta, sin la menor vacilación.
- No te arrepentirás, porque yo a mi vez te ayudaré también con todas mis fuerzas. Ven, acércate, no temas. Coge agua de esa misma fuente y con ella bautízame según ordena tu religión. Así seré libre, por fin, del hechizo que me encadena desde hace siglos.
Jacinta obedeció las indicaciones que le daba la princesa mora y recogiendo un poco de agua de la fuente, la echó sobre el pálido y bellísimo rostro de aquella espectral figura, mientras pronunciaba las palabras sacramentales.
Al punto, aquel rostro pálido adquirió todavía una mayor belleza, porque se llenó de dulzura y paz. Dejando caer el laúd de plata a los pies de la muchacha andaluza, cruzó los brazos sobre el pecho y, lentamente, se fue difuminando en la noche.
Jacinta, trémula y llena de asombro, abandonó corriendo el saloncito y se encerró en su habitación. Pero aquella noche apenas pudo dormir. Sus sueños estaban poblados de pesadillas y de figuras que aparecían y desaparecían. Por fin, a la mañana siguiente, lucía de nuevo el sol en todo su esplendor y ella se apresuró a levantarse, para ir al salón y comprobar si realmente había podido salvar a la princesa mora de su encantamiento, o todo había sido un sueño.
Al llegar, el laúd de plata, apoyado contra una de las columnas de la fuente de alabastro, le demostró la realidad de lo sucedido. Entonces fue en busca de su tía, apresurándose a contarle todo lo que había pasado y, como confirmación a sus palabras, le mostró el laúd de plata, con lo cual la buena señora tuvo que admitirlas como ciertas.
Entonces Jacinta pulsó con mano trémula aquel bellísimo instrumento y el asombro de ambas creció al advertir que la música que salía de sus cuerdas, era dulcísima y embriagadora. - ¡Ese laúd es algo extraordinario! -exclamó Fredegunda, llena de admiración.
A partir de aquel día, Jacinta, aunque seguía recordando a su paje, sintió que su pena se suavizaba y la nostalgia huía de su corazón en cuanto pulsaba el laúd. Por eso lo tocaba muchas horas cada día, sin advertir que sus notas maravillosas hacían detenerse frente a la Torre a cuantas personas pasaban por las cercanías, hasta el punto de que la fama de la bella Jacinta y su extraordinario laúd de plata, fue extendiéndose por toda la comarca. ¡Incluso los pájaros cantores y de más armonioso trino, callaban para escucharla!
Pronto no fueron sólo los habitantes de Granada los que se extasiaron con la música de Jacinta. Su fama llegó a muchas otras ciudades y de todas partes comenzaron a acudir caballeros y damas, que deseaban oírla y que incluso le rogaban que acudiera a sus palacios cuando celebraban alguna fiesta, para deleite de los invitados. Y así fue como Jacinta salió por fin de su retiro, aunque siempre acompañada por su tía y recorrió palacios y ciudades, aldeas y mansiones señoriales, siendo festejada y honrada por todos.
Málaga, Córdoba, Sevilla, Almería..., todas las ciudades la acogieron con alegría y la llenaron de elogios. Muchos caballeros principales la pidieron en matrimonio. Pero ella no hacía caso de ninguno. Aunque, como ya dijimos su tristeza y su melancolía habían desaparecido, gracias a la poderosa virtud de la música del laúd de plata, su corazón seguía fiel al paje que la había olvidado y no podía interesarse por nadie más.
Precisamente por aquellos tiempos, el rey Felipe V fue presa de una extraña enfermedad que los médicos se sentían incapaces de aliviar. El monarca sufría unas jaquecas muy extrañas, que le sumían en un profundo sopor, y se pasaba días enteros sin interesarse por los asuntos del reino ni por ninguna otra cosa. Sólo parecía experimentar algún alivio oyendo música y por eso la reina había contratado los servicios del mejor grupo instrumentista del mundo, así como también los del cantante italiano Farinelli.
Hasta que un día, después de una jaqueca, más fuerte que todas las anteriores, que le había tenido casi inconsciente durante largas horas, el rey fue presa de una manía que le hacía afirmar que se había muerto y reñía a sus cortesanos y a sus médicos, porque no se apresuraban a darle sepultura.
Lo mismo la reina que los ministros estaban desconcertados y no sabían qué hacer. ¡La autoridad del rey era máxima y todo el mundo le debía obediencia! Pero, ¿cómo podían ellos cumplir esa orden, si no estaba muerto, sino vivo...? La reina, sobre todo, que amaba entrañablemente a su regio esposo, se pasaba las noches en vela, tratando de encontrar una fórmula para solucionar tan delicado problema, mientras emisarios suyos recorrían todos los países, en busca de los mejores médicos, confiando siempre que alguno lograrla por fin curar al rey.
Hasta que alguien habló a la reina de las maravillosas virtudes de la música que ejecutaba una joven andaluza. Como es de suponer, al punto se enviaron emisarios en su busca, con el ruego de presentarse en la corte lo más rápidamente posible y así, pocos días después, la bella Jacinta, acompañada de su tía, traspasó la puerta real, siendo recibida por la soberana.
Isabel quedó muy sorprendida al comprobar personalmente la belleza y el encanto, así como también la juventud de la muchacha, y cuando Fredegunda le explicó que, aunque había vivido humildemente durante su infancia, sus antepasados fueron todos de noble cuna y su padre había muerto peleando valientemente en defensa del rey, se sintió muy complacida.
- Si la fama de que vienes precedida es cierta -dijo entonces la reina dirigiéndose a la muchacha- y si con tu música consigues aliviar al rey de sus extraños males, en adelante quedarás bajo mi protección y te colmaré de honores y riquezas.
Y ya sin perder más tiempo, deseosa de comprobar el efecto de la música de Jacinta sobre el espíritu del rey, se apresuro a conducirla personalmente hasta la cámara real.
La hermosa Jacinta se quedó muy impresionada al entrar en la cámara. Porque por orden expresa del rey, que nadie se había atrevido a desobedecer, su cámara había sido adornada con inmensos cortinajes negros y alumbrada con altos velones de cera amarilla, todo lo cual contribuía a darle un aspecto tétrico. En el centro, había una especie de lecho o catafalco, también completamente cubierto con colgaduras negras, y sobre el cual reposaba inmóvil y con las manos cruzadas sobre el pecho, el rey.
La reina, al entrar, hizo señas a los caballeros que había en la estancia de que no hicieran el menor ruido y después indicó a Jacinta un taburete bajo que había en un rincón, haciéndole comprender su deseo de que se sentara y comenzara en seguida a tocar su laúd de plata.
La muchacha estaba tan nerviosa y emocionada, que al principio sus dedos se movieron vacilantes pero, poco a poco, su mano se fue afirmando y pronto arrancó de las cuerdas armonías tan suaves, tan perfectas y tan maravillosas, que todos los presentes se sintieron transportados al reino de la música. Al principio el rey no se movió. Aquella música suave y dulce, le hizo pensar quizá que se encontraba ya en el cielo y que eran los ángeles los que así tocaban. Sin embargo, una sonrisa plácida apareció en su rostro, lo cual llenó de esperanzas el corazón de la reina.
Después de haber tocado varias piezas melódicas y suaves, Jacinta inició la ejecución de una balada, que exaltaba las glorias de la Alhambra y las victorias de los valientes soldados españoles frente a los no menos valientes guerreros moros. Y el recuerdo de la Alhambra iba tan unido al del paje Ruiz de Alarcón, que la muchacha pulsó las cuerdas con toda su alma y las notas vibrantes, llenas de sentimiento, llenaron por completo la estancia, sobrecogiendo a todos los presentes..., ¡y el propio rey se levantó de un salto, ordenando impaciente que al punto le trajeran su espada y su escudo, y abrieran las ventanas de la habitación, para que por ellas entrara el sol y el aire!
¿Es preciso decir que aquella orden del monarca fue recibida con agrado por todos los presentes...? Mientras varios criados se apresuraban a ejecutarla, la reina, vivamente emocionada y con lágrimas en los ojos, abrazaba a su esposo quien, a su vez, la abrazó también con gran ternura, afirmando que se encontraba bien.
Después de ese primer momento de alegría, todos se volvieron hacia la artista que con su laúd de plata había hecho posible esa curación. Y entonces advirtieron que, llevada ella también de la emoción que había conseguido imprimir a su música, había sufrido un desvanecimiento y hubiese caído al suelo de no haberla recogido a tiempo los fuertes brazos del paje Ruiz de Alarcón.
Cuando se repuso por fin de su desmayo, el paje, en presencia de la propia reina, se apresuró a justificarse del aparente olvido en el que la había dejado.
- Mi padre se opuso terminantemente a la boda, apenas le hablé de ello -afirmó-. Durante meses y meses he insistido una y otra vez, pero todo es inútil. ¡Incluso llegó a prohibirme por completo que mantuviera ninguna relación contigo! También quería concertar mi matrimonio con una damisela de alta alcurnia, pero eso, ¡no! Como buen hijo puedo y debo obedecerle, ¡pero jamás me casaré con otra muchacha!
A Jacinta todas aquellas palabras le parecían un sueño. Y su felicidad aumentó cuando la reina se decidió a intervenir.
- Ya te dije, hermosa Jacinta, que si lograbas curar al rey de su melancolía y de sus manías, te llenaría de honores y riquezas. Pues lo haré, no lo dudes. Y serán tantos y tan alto también el puesto que, a partir de ese mismo instante, ocuparás en la corte, que el noble padre de mi paje no sólo admitirá gustoso vuestra boda, sino que incluso la deseará con toda su alma.
Y así fue.
Poco tiempo después se celebró la boda, con gran esplendor y magnificencia y apadrinada por los propios reyes, con lo cual se inició para Jacinta y su esposo una vida llena de venturas y felicidades.
¿Y el laúd...? ¿Qué fue del laúd de plata...?
Durante algún tiempo el laúd permaneció en la morada de Jacinta y Ruiz de Alarcón, pero ellos, en su felicidad, llegaron a olvidarlo. En realidad, ¿para qué necesitaban música alguna, ni canciones, si sus corazones estaban siempre llenos de alegría...? Y según cuenta la tradición, un día, lo robó el cantante Farinelli, envidioso del poder de aquella música y se lo llevó con él a Italia, su patria. Pero a su muerte sus herederos, que ignoraban por completo el maravilloso poder, de aquel laúd, lo destruyeron, fundiendo la plata y entregando las cuerdas a un fabricante de violines de Cremona.
¡Y también se dice, aunque nadie pueda afirmarlo, que esas fueron las cuerdas que estaban en el violín que tanta fama dio al gran Paganini!
El legado del moro
La llamada "Plaza de los Aljibes" es una gran explanada que se extiende frente al palacio de la Alhambra. Ese nombre lo debe a los depósitos de agua que, en tiempos ya muy lejanos, cavaron los árabes en su interior. Y allí, en un rincón, se encuentra un pozo morisco, abierto en la roca viva y tan profundo que su agua es la mejor que se puede encontrar en toda Granada, fría como el hielo y transparente como el más puro cristal.
Alrededor de ese pozo había en tiempos pasados, unos bancos en los que solían sentarse los vagabundos, los ancianos, los curiosos y chismosos... y también las comadres, que gustan más de la charla que del trabajo del hogar, así como las doncellas desocupadas y las criadas holgazanas. Porque a ese pozo acudían todos los azacanes o aguaderos de la ciudad. Y es sabido que esos hombres, que continuamente andan por la ciudad vendiendo el agua que llevan en grandes cántaros sobre sus propios hombros o sobre las espaldas de sus borricos, son los que mejor y más pronto tienen conocimiento de cuanto acontece en las ciudades. Como que a la mayoría les gusta charlar, no dejaban de contestar ampliamente a cuantas preguntas se les hacían, acerca de las últimas noticias. Con lo cual ese pozo se había llegado a convertir en lugar de reunión de todos aquellos a los que interesaba más lo que sucedía en casa de sus vecinos que en la suya propia.
Entre los aguadores que, en los tiempos en los que se sitúa nuestra leyenda acudían con regularidad a ese pozo, en busca de agua fresca para vender después por toda la ciudad, destacaba por su simpatía, su honradez y su laboriosidad, un hombre de poca estatura, pero anchas espaldas y complexión robusta, llamado Pedro Gil. Pero todos le conocían con el sobrenombre de "Peregil", así como también por el de "El gallego", por ser originario de una provincia de Galicia.
"Peregil" había comenzado su negocio poseyendo un sólo cántaro de barro, que se cargaba al hombro. Pero, como ya dijimos, se trataba de un hombre trabajador y, poco a poco, pudo adquirir otros cántaros y también realizar el sueño de todo aguador: poseer un borrico en el que cargar la mercancía.
Era el aguador más popular de toda la ciudad. Siempre atento, siempre alegre y discreto, despertaba la simpatía de todos sus clientes y a todos les gustaba intercambiar unas frases con él, porque tenía buenas ocurrencias y chispeantes respuestas. Y todos cuantos le conocían aseguraban que era el hombre más feliz de Granada.
Sin embargo, ¡cuán equivocados estaban! Bajo su carácter siempre alegre, jovial y cortés, el pobre "Peregil" ocultaba muchas preocupaciones. A pesar de que ningún otro le aventajaba en su oficio y que por esa razón ganaba más dinero que ninguno, pasaba muchos apuros para sacar adelante a su numerosa familia. No sólo por lo numerosa, sino también porque su mujer, que, antes de casarse, tenía fama de muy hermosa, era coqueta y presumida. En lugar de ayudarle, sólo le creaba problemas. Muchas veces, en vez de comprar con el dinero que "Peregil" ganaba con tanto esfuerzo pan y otros alimentos para los hijos, adquiría adornos y fruslerías para ella. Además, era desaliñada y poco trabajadora y a menudo en lugar de cuidar de la casa, se marchaba a casa de las vecinas, a charlar.
"Peregil", sin embargo, tenía una paciencia de santo y comprendía y disculpaba a su mujer, sin reprocharle casi nunca su conducta. Y, cuando lograba ahorrar algunos céntimos, se llevaba con él a todos los hijos, a los que quería entrañablemente. Juntos pasaban algunas horas en el campo, jugando, corriendo y saltando, y gozando al final de una buena merienda a base de pan y frutos secos.
Una noche de verano, cuando hacia rato que había anochecido y la mayoría de los aguadores se habían retirado ya a sus casas, "Peregil" advirtiendo que la noche se presentaba muy calurosa, pensó que aún podría redondear el jornal de aquel día, si hacía un último camino hasta la fuente.
"Todavía queda mucha gente a la puerta de sus casas, porque hoy el calor es demasiado fuerte para retirarse pronto a descansar -se dijo-. Si me acerco a la "Plaza de los Aljibes" para llenar de nuevo mis cántaros, estoy seguro de que conseguiré vender toda el agua. ¡Y los céntimos que gane en esa ronda pagarán la merienda del domingo de los niños!"
Dicho y hecho. El laborioso aguador emprendió rápidamente el camino, arrastrando tras sí su borrico y pronto llegó al pozo que estaba completamente desierto, con excepción de un solitario personaje que vestía un traje moro y cuya silueta iluminaba débilmente la luz de la luna.
La figura tenía un algo de espectral que, por un instante, sorprendió y casi atemorizó al aguador. Pero el moro le hizo señas de que se acercara.
- Apiádate de un pobre hombre enfermo y solo -le dijo-. Si me ayudas a regresar a la ciudad, prometo recompensarte con generosidad.
El buen corazón de "Peregil" se movió a compasión y contestó, decidido:
- ¡Líbreme Dios de pecar ningún pago por un sencillo acto de humanidad!. Haréis el camino subido encima de mi borrico-. Ayudó al moro a subirse al animal, pero tan enfermo y agotado parecía estar el hombre, que si "Peregil" no le hubiera sostenido, a cada recodo del camino se hubiera caído de la montura.
Cuando por fin llegaron a la ciudad, le preguntó a dónde quería que le llevase.
- ¡Soy muy infortunado! -exclamó el moro-. No tengo en la ciudad parientes ni amigos, ni mucho menos casa o habitación. ¿No podrías dejarme pasar la noche bajo el techo de tu hogar, buen hombre? Te recompensaré por tu hospitalidad...
Aunque "Peregil" sabía que a su mujer no habría de gustarle tener en el hogar a un huésped moro, su corazón misericordioso y sus humanitarios sentimientos, no podían negarse a aquella petición. Y, así, condujo al moro hasta su casa. Los chiquillos, que al oírle llegar corrieron a su encuentro, retrocedieron aterrorizados cuando le vieron en compañía de un desconocido. Su mujer, en cambio, se indignó, como él ya había imaginado.
¿Cómo te atreves a traer a tu hogar a un moro...? ¡La desdicha caerá sobre nuestras cabezas y sobre las de nuestros hijos! gritó.
- Cállate y no alborotes, si no quieres llamar la atención de los vecinos. Es de buenas personas no negar el auxilio a un pobre hombre enfermo y solo, expuesto a morir en medio de la noche.
Ayúdame a entrarlo en la casa, porque apenas se tiene en pie.
La mujer siguió murmurando y rezongando, pero el aguador tenía convicciones muy firmes y no le hizo el menor caso. Y, con mucha caridad, ayudó al hombre a descabalgar y le acompañó, después hasta el sitio más fresco de la casa, donde, en su pobreza, sólo pudo ofrecerle como lecho una humilde estera que extendió sobre el suelo, dándole después una piel de oveja para que se cubriera, cuando llegaran las horas frías de la madrugada.
Pero, a los pocos momentos, el moro fue presa de grandes temblores y violentas convulsiones, y el pobre aguador no sabía qué hacer para aliviarle, limitándose a ofrecerle un cocimiento de hierbas. El enfermo pareció advertir su desvelo, y durante unos momentos en que su estado pareció mejorar, le habló en voz baja:
- Voy a morir - le dijo -. Advierto que la vida no tardará en abandonarme. Toma. En premio a tu gran corazón y generosos sentimientos, te lego esa cajita de madera.
Y al tiempo que pronunciaba esas palabras, se abrió el albornoz con el que se cubría y sacó de su pecho una pequeña caja de madera de sándalo, tallada en forma de cofre.
- La guardaré si ese es tu deseo. Pero confío en que sanarás y entonces te la devolveré -afirmó "Peregil".
- No, amigo. ¡Quiera Dios concederte a ti mucha salud, para gozar de lo que la fortuna quiera proporcionarte! Te lo mereces por tu buen corazón - replicó el moro. Y parecía que quería añadir algo más, en relación con la cajita, pero las convulsiones aparecieron de nuevo y no tardó en inclinar la cabeza y morir.
La mujer del aguador se puso como una loca cuando se enteró.
- ¿Qué sucederá ahora? ¡La justicia dirá que fuimos nosotros los que le asesinamos y nos llevarán presos, cuando alguien descubra ese cadáver en nuestra casa!
- Cálmate, mujer - dijo su marido-. Nadie le ha visto entrar en nuestra casa y aún no es de día. Sacaré su cadáver fuera de la ciudad y le enterraré a orillas del Genil. No tiene parientes ni amigos, según me dijo, así que nadie le buscará.
Pero la suerte no le acompañó. Enfrente mismo de su casa vivía un barbero entrometido y chismoso, y también muy ruin y envidioso, llamado Pedrillo Pedrugo. Decíase de él que siempre dormía con un ojo abierto y una oreja destapada, para que no se le escapara nada de cuanto a su alrededor sucedía, ni aún en sueños. Por esa razón, tenía más clientes que ningún otro barbero de la ciudad, aunque su clientela, como es de suponer, era tan ruin como él mismo.
Y aquella noche le sorprendió oír llegar a "Peregil" más tarde de lo acostumbrado, por lo cual atisbó tras una de las ventanas. Y su sorpresa aumentó al ver cómo el aguador ayudaba a bajar de su borrico a un moro y lo introducía en su propia casa.
Naturalmente ya no volvió a acostarse. Permaneció varias horas pendiente del menor ruido, que pudiera llegar de casa de su vecino y así pudo comprobar que quedaba una luz encendida. También vio cómo por fin su vecino volvía a salir arrastrando tras de sí al borrico, con un extraño bulto atravesado sobre su lomo.
El curioso barbero estaba tan intrigado que se apresuró a salir a su vez y, en silencio y con mucha cautela, para no ser descubierto, siguió los pasos de "Peregil", pudiendo verle mientras cavaba un hoyo en las orillas del río y enterraba en él al moro. Después regresó apresuradamente a su casa, para no ser descubierto por el aguador, y esperó con impaciencia que amaneciera para dirigirse a casa del alcalde de la ciudad, uno de sus mejores clientes.
Cuando llegó, el alcalde acababa de levantarse pero, como de costumbre, le acogió con agrado, porque siempre gustaba de oír sus chismes.
-¡Hay gente que trabaja con mucha rapidez! - exclamó el barbero mientras enjabonaba las barbas de su cliente-. ¡Robo, asesinato y entierro, todo en una noche!
- ¿Qué dices...? - exclamó el alcalde -. ¿Es eso un sueño o es realidad...?
- Realidad, señor, realidad. Resulta que mi vecino "Peregil", "El gallego", ha robado y asesinado a un moro, y después lo ha enterrado a orillas del Genil. Y todo en unas horas. ¡Yo mismo lo he visto, con mis propios ojos!
- Explícate bien - dijo el alcalde-. Quiero saber con detalles todo eso de que hablas.
El barbero no se hizo rogar. Y el alcalde pronto ideó un plan. Porque no se trataba de un hombre bueno, ni amante de la justicia, sino del más déspota y al mismo tiempo más ambicioso y poco escrupuloso que jamás haya existido. Y así, en lugar de pensar que si hubo delito, había que prender al delincuente y llevarle ante la justicia, él se decía que lo importante era recuperar lo robado... en su propio beneficio, naturalmente.
En cuanto el barbero hubo terminado su trabajo, mandó llamar a su alguacil más fiel, un hombre tan ambicioso y malo como él, y cuya negra figura, pues siempre solía llevar una ancha capa y un sombrero de ala grande, tan negra la primera como el segundo, inspiraban temor y repulsión a todas las gentes honradas de la ciudad. Y cuando ese hombre llegó a su presencia, le contó en pocas palabras lo que a su vez le había contado del barbero, ordenándole que prendiera al aguador "Peregil" y le llevara inmediatamente a su presencia.
El alguacil marchó con gran presteza a cumplir las órdenes, y al poco rato encontró a "Peregil" pregonando su mercancía por las calles. Se apresuró a llevarle a él y a su borrico, a presencia del señor alcalde.
- ¡Eres un criminal! -le gritó el alcalde en cuanto le tuvo ante sí-. No intentes negar tu delito. Lo sé todo. Pero has tenido suerte al tropezar conmigo. Soy misericordioso. Y así, te ayudaré, si me entregas todo cuanto le robaste al moro, antes de enterrarle.
"Peregil", cayendo de rodillas frente a él, aseguró una y otra vez que era completamente inocente. Y contó toda la historia, sin omitir detalle.
- ¿Afirmas, entonces, que el moro no poseía ningún tesoro, ni una sola moneda de oro? -preguntó el alcalde, mirándole fijamente a los ojos-. Pues bien, ¡no te creo! En tu cara leo que eres un hombre codicioso. ¡Estoy seguro de que le mataste para mejor robarle.
- No, no, señor. El moro, que ya estaba muy enfermo cuando yo le di albergue en mi humilde morada, no poseía más que una cajita de madera, tallada en forma de cofre, que me regaló en agradecimiento. Pero todavía no la he abierto y no sé qué cosa puede contener...
- Conque un cofre, ¿eh? Y ¿dónde está? ¿Dónde lo has ocultado, miserable? -exclamó el alcalde, pensando que aquella cajita bien podía contener alguna joya valiosa o un buen puñado de onzas de oro.
- No la he escondido, señor. Está a vuestra disposición, en una de las bolsas que lleva mi asno sobre los costados.
Apenas el aguador había terminado de decir esas palabras, ya corría el alguacil en busca de la cajita de sándalo, que se apresuró a abrir por indicación de su señor. Pero, con gran desilusión por parte de todos, en su interior sólo aparecían un rollo de pergamino, escrito con caracteres árabes, y un trozo de vela de color amarillento.
- ¡Bah!... - exclamaron a un tiempo el alcalde, el alguacil y el barbero, en tono despectivo.
Y el alcalde, convencido de que el aguador decía la verdad, y sobre todo, advirtiendo que en aquel asunto no ganaría ni oro ni joya alguna, le dejó marchar. Incluso le dejó que se llevara con él la cajita de sándalo, con el pergamino y el trozo de vela. Pero se quedó con el asno, como pago de los gastos de aquel juicio.
El pobre "Peregil" regresó a su casa entristecido, cargando sobre sus propias espaldas los cántaros de agua, que hasta el día antes llevara sobre su lomo el borrico.
- ¡Pobre animalito mío! -se lamentaba-. Siento haberle perdido, no sólo por el dinero que me costó y que quizá ya nunca vuelva a poseer, lo que me obligará a llevar sobre mis propias espaldas los cántaros de agua quizá durante toda mi vida, sino porque echo de menos su compañía. ¡Y estoy seguro de que también él me echa de menos a mí y el trabajo que en buena armonía realizábamos!
Y su pesar aumentó cuando, al llegar a su casa, su mujer le reprochó una vez más la hospitalidad que había ejercido en beneficio del moro.
Pasaron los días. Pero ni uno solo dejó de lamentarse el pobre aguador de la pérdida de su borrico y, lo que es aún peor, su mujer cada día se mostraba más intolerante y malhumorada.
Hasta que una noche, cuando los niños lloraban porque tenían hambre, su madre les dijo:
- Si queréis pan, pedídselo a vuestro padre. ¡Él es el heredero de un gran tesoro! Decidle que os dé algunas de las monedas que contiene la preciosa caja de madera que el moro le legó...
Y el pobre "Peregil", al oír aquellas palabras, fijó sus ojos en la cajita de sándalo, colocada encima de una mesita, y sin poder reprimir su indignación, la lanzó al suelo con fuerza.
Al chocar con el pavimento, la cajita se abrió y el pergamino y el trozo de vela salieron rodando.
"¡Quién sabe si ese pergamino no contiene algún escrito de importancia!. El moro parecía tenerlo en mucho aprecio...", pensó entonces el aguador, de pronto.
Y a la mañana siguiente se detuvo ante la tienda de un moro pidiéndole que le leyera el misterioso pergamino.
- Es algo difícil de descifrar -le dijo el árabe, sonriente-. Ahí se describe la fórmula para poder encontrar un tesoro encantado por un fuerte hechizo.
- ¡Yo nada sé de tesoros, ni de encantamientos o hechizos! -respondió tristemente el aguador.
Y se despidió del comerciante moro, olvidándose por completo del pergamino, que quedó en la tienda.
Pero quiso la casualidad o la suerte, que por fin había decidido mostrarse benigna con el pobre "Peregil", que aquella mañana, en el pozo, el grupo de ociosos se entretuviese charlando sobre leyendas de fabulosos tesoros, escondidos por los moros en las montañas cercanas a la Alhambra. ¡Y todos coincidían afirmando que tales tesoros existían realmente, que no eran simple fantasía de la gente!
El bueno de "Peregil" se quedó un rato pensativo.
"Quizá aquel pergamino sea la llave para encontrar un fabuloso tesoro. El buen moro, al que di hospitalidad en mi casa, insistió varias veces afirmando que deseaba recompensarme..."
Todo aquel día y también gran parte de la noche, meditó una y otra vez acerca de las riquezas que gracias al pergamino podía llegar a encontrar. Y a la mañana siguiente, apenas amaneció, se apresuró a volver a la tienda del comerciante.
- Tú conoces el idioma árabe. Si descifras por completo todo cuanto dice ese pergamino, te propongo que vayamos juntos al lugar que se indica y tratemos de encontrar el tesoro oculto de que habla. Nada perdemos con probar, por lo menos -le dijo.
Pero el moro denegó con la cabeza.
- Ya he descifrado todo el pergamino -afirmó-. Pero no basta. Para poder llegar hasta el tesoro, necesitaríamos una vela especial, sin la luz de la cual la fórmula mágica escrita en ese pergamino no tiene ningún valor.
- ¡También tengo esa vela maravillosa! -exclamó el aguador-. Voy en su busca.
Al poco rato ya estaba de vuelta, llevando en la mano la cajita de sándalo con el trozo de vela amarilla. El comerciante la observó cuidadosamente y después la olió.
- Ha sido fabricada con perfumes exóticos y esencias de composición desconocida. ¡Sí, esta es sin duda la vela maravillosa, de la cual habla el pergamino y a cuya luz ha de ser leída la fórmula para que surta efecto! ¡Estamos de enhorabuena, amigo! -dijo-. Pero hay algo muy importante, que no debemos olvidar. Al conjuro de la fórmula leída a la luz de esa vela, se abrirán los muros más espesos y las cavernas más ocultas, Esto nos permitirá llegar hasta el tesoro, repito, pero, ¡ay del mortal que se halle dentro de la caverna cuando la vela se apague! Se quedará encantado junto con el tesoro y jamás volverá a ver la luz del sol.
Después, de común acuerdo, decidieron que aquella misma noche saldrían en busca del tesoro. Y así lo hicieron.
Se encontraron pasada ya la medianoche y se dirigieron al lugar señalado por el pergamino, que era la llamada Torre de los Siete Suelos, para llegar a la cual tuvieron que subir por el sendero que lleva a la Alhambra.
Llegados al lugar, sintieron temor. Aquello estaba desierto y rodeado por frondosos árboles. ¡Y ambos conocían las muchas leyendas que acerca de aquella Torre corrían de boca en boca! Pero se dieron ánimos mutuamente y alumbrándose con el farol que llevaban, cruzaron las ruinas de aquel antiguo edificio hasta llegar a la entrada de un pasadizo.
Siguiendo siempre las indicaciones del pergamino, descendieron por unas escaleras pasando a través de cuatro bóvedas distintas. Al llegar a la última ya no había más escaleras y el suelo aparecía completamente cubierto por gruesas losas, como si ya nada más hubiera debajo.
Sin embargo, el pergamino decía que las escaleras continuaban a través de otras tres bóvedas más, pero que el encantamiento residía precisamente en que nada podía advertirse con ojos mortales y sólo la fórmula y la vela podrían vencer aquel encantamiento.
El temor del aguador y del comerciante aumentó. Pero se sobrepusieron y "Peregil" encendió el trozo de vela, mientras el moro leía la fórmula mágica.
Al instante, violentos ruidos subterráneos llegaron hasta sus oídos. La tierra tembló bajo sus pies y al punto se abrieron las losas de piedra, apareciendo el comienzo de una escalera, por la que se apresuraron a descender. A la luz del farol advirtieron, que llegaban a una nueva bóveda, en el centro de la cual se hallaba un gran cofre lleno a rebosar de onzas de oro, joyas y piedras preciosas. A cada lado se sentaba un moro, inmóvil como una estatua por estar también sujeto a encantamiento. Y frente al cofre, diversas jarras contenían también monedas de oro y maravillosas piedras preciosas.
Llenos de asombro, los dos amigos se apresuraron a hundir las manos en las jarras, llenándose los bolsillos con piezas de oro, collares de finas perlas orientales, brazaletes y diademas de diamantes y brillantes, anillos adornados con zafiros y gemas... Pero a pesar de que, como ya dijimos, los moros estaban inmóviles por el encantamiento, sus miradas fijas y sus rostros sonrientes llenaban de nerviosismo al aguador y al comerciante.
Al fin, pareciéndoles haber oído un ruido sospechoso y mutuamente contagiados de invencible temor, echaron a correr escaleras arriba, tropezando el uno con el otro, hasta llegar a la cueva donde habían dejado la vela mágica, que en su precipitación derribaron y apagaron. Y en ese instante, de nuevo se cerró el pavimento, con un ruido atronador, semejante al del trueno más potente.
Siguieron corriendo y corriendo, atravesaron las cuatro bóvedas y el pasadizo, hasta llegar a las ruinas exteriores. Allí, iluminados por la luz de la luna, decidieron repartirse las riquezas obtenidas y volver alguna otra noche en busca de más. Y para asegurarse mutuamente de su buena fe y evitar que uno de los dos pudiera volver sin contar con el otro, también se repartieron los talismanes, quedándose el aguador con la vela y el comerciante con el pergamino.
Durante el camino de regreso, el moro dijo a "Peregil":
- Es preciso que guardemos absoluta discreción acerca de todo eso. Nadie más que nosotros debe conocer el secreto, en tanto no hayamos cogido todo lo que deseemos y lo hayamos escondido en lugar seguro. No olvides que existe gente mala y ambiciosa, ¡el mismo alcalde, sin ir más lejos!, y podríamos tener serios disgustos.
- Tienes mucha razón. Seré discreto.
- No debes decírselo ni a tu mujer. Sé que tiene fama de charlatana...
- Y lo es, en efecto. Ni siquiera a ella le diré nada.
- Cuento con tu promesa - dijo el moro.
Y llegados a la ciudad se separaron, marchando cada cual hacia su propia casa.
"Peregil" estaba decidido a no decir una sola palabra a su mujer. Pero al entrar en su casa, su esposa estaba llorando, sentada en un rincón.
- ¿Qué te sucede, mujer? - le preguntó, alarmado.
- ¡Y todavía me lo preguntas! ¿Qué va a ser de mí y de nuestros hijos? Nuestro único bien, el borrico, se nos lo quedó la justicia, por tu culpa, por meterte a dar hospitalidad a un moro. Y no contento con eso, hoy vuelves a casa de madrugada. ¡Sabe Dios en qué malas compañías has andado! ¡Sin duda te has malgastado todo el dinero que habías ganado y que era el pan de tus hijos para mañana!
Era tanta la aflicción de la mujer, que el pobre "Peregil", que era muy bueno, no pudo resistirlo. Y sacándose del bolsillo algunas de las monedas de oro que llevaba, se las entregó a su mujer. Esta no daba crédito a sus ojos.
- ¿Qué has hecho, esposo mío? ¿Has robado a alguien, acaso? -acertó a preguntar, por fin.
Y redobló sus sollozos, al pensar que la cárcel, y aun la horca, esperaban a su desventurado marido.
¿Qué podía hacer entonces el pobre aguador? Nada de cuanto intentó decir, negando que hubiera robado a nadie, la convenció. Por eso, al fin, terminó contándole toda la verdad, aunque rogándole encarecidamente que guardase la máxima discreción.
Al día siguiente, "Peregil" tomó una de las onzas de oro y se la llevó a un joyero de la ciudad, diciéndole que la había encontrado entre las ruinas de la Alhambra y que deseaba venderla, El joyero la sopesó y advirtiendo que era de oro finísimo, aceptó el trato ofreciéndole una cantidad que al pobre aguador le pareció una suma fabulosa y que, sin embargo, sólo representaba una tercera parte del valor real de la moneda, que era antiquísima y con una inscripción árabe que aún la valorizaba más.
Con aquella suma, "Peregil" compró alimentos y golosinas para sus hijos, y también vestidos y juguetes, pasando el resto del día en compañía de los pequeños, jugando y riendo.
Hubieran podido seguir viviendo felices y tranquilos, si la esposa, llevada por su orgullo al saberse rica, no hubiera comenzado a darse importancia ante sus vecinas y amigas.
Esto hizo que el barbero envidioso y ruin, que ya en una ocasión denunciara al aguador ante el alcalde, comenzara a entrar en sospechas. Y día y noche espiaba la casa de "Peregil", esperando descubrir algo que las confirmara... Hasta que por fin, una mañana, vio cómo la mujer se asomaba unos instantes a la ventana, luciendo encima de sus harapos, maravillosos collares de perlas y piedras finas, y en la cabeza, una riquísima diadema de brillantes.
Pedrillo Pedrugo hizo un rápido recuento de todas aquellas joyas, dignas de la más alta princesa, y rápidamente se marchó a casa del alcalde para contarle lo que había visto.
Al poco rato, el alguacil salió de nuevo en busca del pobre "Peregil", que no tardó en ser conducido a presencia de la autoridad.
- ¡Eres un embustero! -le gritó el alcalde en cuanto le vio-. Me aseguraste que el moro que había en tu casa no tenía ni una onza de oro; afirmaste que sólo te había regalado un cofre con un pergamino y un trozo de vela medio consumida... ¡Y ahora resulta que tu mujer se pasea luciendo más joyas de las que hay en el tesoro del rey! ¡Mereces la muerte!
El aguador, aterrorizado, explicó al alcalde la forma maravillosa cómo había podido conseguir aquellas riquezas. ¡Y con qué atención le escucharon los tres ambiciosos y codiciosos personajes! En cuanto terminó su relato, el alguacil fue comisionado para ir en busca del comerciante moro que, a su vez, no tardó mucho en comparecer.
- ¡Te lo dije! -exclamó en cuanto vio al pobre aguador, imaginando lo sucedido-. ¡Seguro que no supiste callar y hablaste con tu mujer!
Cuando, a su vez, contó la historia y el alcalde, el alguacil y el barbero comprobaron que coincidía totalmente con lo relatado por el aguador, comprendieron que decía verdad. Pero...
- No, no os creo -afirmó el alcalde, deseando así apoderarse de todas aquellas riquezas-. Os meteremos en la cárcel y me quedaré con vuestros bienes. Estoy seguro de que los habéis robado.
- ¡Un momento, señor alcalde! -le interrumpió el comerciante moro, que era muy astuto-. Como os decimos, en la cueva existen tesoros suficientes para enriquecernos a todos. Y nadie más que nosotros conoce ese secreto. ¡Vayamos esta misma noche al lugar encantado y os proporcionaremos cuanto oro y cuantas joyas podáis ambicionar! Sería una verdadera lástima que rehusarais y la cueva encantada permaneciera cerrada para siempre.
El alcalde mantuvo una conversación en voz baja con el alguacil. Y éste, que además de ambicioso era muy ladino, le aconsejó que aceptara la proposición del comerciante moro.
- Aceptad, señor. Así nos quedaremos no sólo con lo que ellos tienen ahora, sino con todo el tesoro. Y si protestan, ¡tiempo os quedará para encerrarlos en la cárcel e incluso amenazarlos con la hoguera, por hechiceros! -afirmó.
Al alcalde le pareció que éste era un consejo excelente, y así dirigiéndose de nuevo a los dos prisioneros, les dijo:
- De acuerdo. Si habéis dicho la verdad, nos repartiremos el tesoro entre los cinco y no se hablará más del asunto. Pero, entretanto, permaneceréis en mi casa y el señor alguacil os vigilará, para que no podáis escapar.
Y así se hizo, con gran contento por parte de los dos amigos, seguros como estaban de que los hechos demostraran que habían dicho la pura verdad.
Hacia la medianoche emprendieron la marcha. Delante iba el alcalde, llevando a su lado al aguador, para que le indicara el camino. Y detrás, el comerciante moro, entre el barbero y el alguacil. Lo mismo el alcalde que esos dos últimos, iban armados, porque temían que sus prisioneros quisieran escaparse y también llevaban con ellos el borrico del aguador, con el fin de poder cargar sobre sus espaldas parte del tesoro, con el cual pensaban regresar a sus casas.
En cuanto llegaron a la Torre ataron al borrico a un árbol, e iniciaron el descenso por las escaleras, que conducían hasta la bóveda cerrada por el mágico encantamiento.
Una vez allí, "Peregil" encendió la vela y el comerciante moro comenzó a leer la fórmula. Y en cuanto terminó, volvieron a oírse los mismos terribles ruidos subterráneos, que ambos amigos oyeran en la primera ocasión, e igualmente las losas se separaron con gran estruendo, dejando ver la escalera.
Lo mismo el alcalde, que el alguacil y el barbero, se quedaron tan atemorizados, que fueron incapaces de moverse ni un paso. Por eso sólo bajaron el aguador y el moro, y en esta ocasión, sin dejarse intimidar por el aspecto de los árabes encantados, se llevaron dos de las jarras que había junto al cofre, repletas como ya dijimos de joyas y monedas de oro. Y las llevaron hasta donde habían dejado el borrico, viendo, al colocárselas una a cada lado, que era todo cuanto el animal podía llevar.
- Ya basta por el momento -afirmó el moro-. El contenido de estas dos jarras es más que suficiente para hacernos ricos a los cinco.
- ¿Qué quieres decir con eso? -inquirió el alcalde, ambicioso-. ¿Quedan acaso más tesoros, abajo?
- ¡Ya lo creo! Queda lo mejor: un cofre lleno a rebosar de perlas y piedras preciosas.
- ¡Vamos a por él! - gritaron a coro el alcalde, el alguacil y el barbero.
- Yo ya no vuelvo a bajar -afirmó el aguador-. Sería inútil por cuanto, como ya dije, mi borrico no puede llevar más carga.
- Tampoco yo volveré a bajar -dijo a su vez el comerciante moro-. Lo que tenemos es más que suficiente. ¡La ambición es una mala cosa!
Órdenes, amenazas, súplicas, todo fue inútil. Los dos amigos se mantuvieron firmes en su decisión. Y al fin el alcalde les dijo a sus dos compinches:
- Bajemos nosotros tres. Subiremos el cofre y nos lo repartiremos.
Y uniendo la acción a la palabra, se dispuso a iniciar el descenso, seguido por el alguacil y el barbero.
El moro seguía con gran atención todos sus movimientos. Y en cuanto vio que entraban en la cámara del tesoro, sopló la vela, apagándola. Al instante, se dejaron oír terroríficos ruidos y las losas se unieron de nuevo, sepultando en su interior a los tres personajes.
- ¿Por qué lo has hecho? -le preguntó el bueno de "Peregil".
- ¡Alá lo ha querido! -exclamó el moro.
- Pero, ¿no vamos a libertarlos...? -insistió el aguador.
- ¡Desde luego que no! En el libro del Destino está escrito que deben permanecer encantados en el interior de esta cámara, como ejemplo de todos los malvados que se dejan dominar por la ambición -contestó el moro.
Y apenas acabó de decir estas palabras, tomó el trozo de vela que aún quedaba y lo arrojó en medio del bosque.
"Peregil" se resignó, comprendiendo, con razón, que de haber regresado todos a la ciudad, el alcalde no hubiera cumplido su palabra de perdonarles la vida, sino que, para no tener que repartir con ellos el tesoro, sin duda los habría entregado a la justicia.
Y durante todo el camino de regreso, se entretuvo acariciando a su borrico, que por fin había recuperado, y dedicándole tantas y tantas frases amables que el moro llegó a pensar que estaba más satisfecho de volver a tener con él a su fiel compañero de fatigas, que de poseer un tesoro digno del más poderoso monarca.
Antes de llegar a sus casas, se repartieron las riquezas obtenidas. Pero como ambos eran buenos, el reparto no ocasionó la menor discusión. El comerciante moro, a quien agradaban extraordinariamente las joyas y las piedras preciosas, se las compuso para poner más en su montón que en el del aguador. Claro que, en compensación, le dejó magníficas alhajas de oro macizo que, en su conjunto, alcanzaban incluso mayor valor.
Los apuros que por culpa de los tres ambiciosos habían pasado, les sirvieron de lección. El comerciante liquidó su comercio tan pronto como le fue posible y al poco tiempo marchaba a Tánger, su ciudad natal.
Mientras, "Peregil" se trasladaba a Portugal con su familia, llevándose también el pollino, naturalmente. Una vez allí, la esposa, a la que todo lo sucedido había servido también de lección, le hizo algunas advertencias y le dio muchos consejos que les fueron de gran utilidad.
Con el tiempo, el simpático y caritativo aguador llegó a convertirse en personaje de importancia en aquel reino. Los trajes nuevos que su esposa le compró le favorecían extraordinariamente, y para dar aún mayor realce a su figura, llevaba siempre una espada al cinto y sombrero con plumas. Por eso, dejando aparte aquel apelativo familiar de "Peregil" con el que todo el mundo le conocía cuando era un pobre aguador, adoptó de nuevo su verdadero nombre de Pedro Gil y, para que todavía sonase mejor, le antepuso un sonoro "Don".
También su esposa hacía muy buen papel, siempre vestida con mucho lujo y luciendo costosas alhajas, y como que ahora tenían muchas criadas y sirvientes, su casa estaba siempre maravillosamente arreglada y los niños bien cuidados.
En cuanto al alcalde y sus dos compinches, como ya dijera el comerciante moro, permanecieron sepultados en aquella cámara del tesoro, debajo de la gran Torre de los Siete Suelos, sin que nadie jamás en Granada les echase de menos lo más mínimo. Por el contrario, todos los habitantes de la ciudad respiraron aliviados en cuanto dejaron de verles. Y allí permanecen todavía, según cuenta la leyenda, y permanecerán quién sabe por cuántos siglos.
La rosa de la Alhambra
En tiempos muy lejanos, reinaba en Granada un rey moro que se llamaba Mohamed y al cual sus súbditos apodaban "El Hayzari", que significa "El Zurdo". Algunos cronistas opinan que ese apodo se debía a que era, en realidad, zurdo, es decir, mucho más diestro con su mano izquierda que con la derecha; pero otros, en cambio, afirman que se lo habían adjudicado porque jamás conseguía hacer nada a derechas y su reinado fue un cúmulo de desastres y contrariedades. Lo cierto es que un día, mientras cabalgaba seguido por su séquito por las estribaciones de la Sierra, se tropezó con uno de sus destacamentos, que regresaba de una incursión fronteriza trayendo consigo un buen número de prisioneros. El Rey, naturalmente, se interesó por los cautivos y pronto le llamó la atención la belleza de una joven cristiana que, inconsolable, lloraba angustiada en los brazos de su dueña. Preguntó quién era y le contestaron que la hija del alcaide de una fortaleza que habían atacado y saqueado, a lo
largo de su incursión. Mohamed, muy interesado, mandó que fuese llevada inmediatamente a su propio palacio y, una vez allí, fue alojada no como una prisionera, sino como una huésped de honor, reservándole las mejores habitaciones y poniendo a su disposición un enjambre de sirvientes. Y a los pocos días, la pidió en matrimonio.
La joven cautiva rechazó al principio aquella oferta. ¡No, ella jamás podría casarse con un enemigo!, afirmó una y otra vez. Pero el rey, mostrándose cauto por primera y quizá también por última vez en toda su vida, consiguió atraerse a su dueña con regalos y promesas, convenciéndola de que aconsejase a la joven de acuerdo con sus deseos.
Y la dueña, que era también una muchacha joven y de temperamento vivo e inquieto, habló con su señora, diciéndole:
-¿Por qué os negáis, señora, a convertiros en la esposa del rey moro? Es, en efecto, un enemigo de nuestro pueblo, pero, decidme, ¿Qué conseguís negandoos...? En lugar de reina y señora, os veréis convertida en una pobre cautiva y toda vuestra vida se deslizará entre rejas. El Rey Mohamed es un hombre cortés y ha prometido que os permitirá seguir practicando vuestra religión. Aceptad, pues, mi señora. Vuestro padre muerto, no tenéis familia alguna, ¡nadie vendrá a socorrernos! No tenéis más alternativa que ser reina, poseer cuantiosas riquezas y palacios de ensueño, ser servida por cientos de criados o convertiros en una pobre cautiva durante el resto de vuestra vida.
Al fin la joven se dejó convencer. Y a los pocos días se convertía en la esposa de Mohamed "El Zurdo". Su dueña se quedó naturalmente a su servicio particular y desde entonces la llamaron con el nombre moro de Kadiga. Pasó algún tiempo y, al año de la boda, les nacieron tres niñas preciosas. El monarca hubiera preferido que fuesen niños, pero como amaba mucho a su esposa, ese nacimiento le llenó de satisfacción. Y como es costumbre entre los árabes, mandó llamar a los astrólogos del reino, para que predijeran el destino de las recién nacidas princesas. Y los astrólogos contestaron:
- Estas princesas serán célebres por su extraordinaria belleza, ¡oh rey! Pero debéis tener mucho cuidado cuando llegue el momento de casarlas. Vigílalas personalmente, si no deseas que hagan un matrimonio que no ha de ser de tu agrado. Al Rey aquella predicción no le preocupó gran cosa. Pasarían aún muchos años antes de que llegase el momento de casar a las princesas. Y cuando ese momento llegase por fin, él tenía a su disposición soldados, sirvientes y guardianes, para vigilarlas y evitar que pudieran hacer un matrimonio indigno de su rango de princesas.
El real matrimonio ya no tuvo más hijos y la reina murió a los pocos años, encomendando a las niñas al amor de su esposo y los cuidados de la fiel Kadiga. Siguió pasando el tiempo. Hasta que, un día, el monarca recordó las palabras de los astrólogos y a pesar de que las princesas eran todavía niñas, se dijo que era mejor prevenir con tiempo los acontecimientos y decidió enviarlas a un castillo alejado de la corte. Su nombre en el castillo real de Salobreña y estaba situado en el interior de una fortaleza mora, casi totalmente inexpugnable. Y allí vivieron las princesas durante tres años, rodeadas de toda clase de lujos y comodidades, en compañía de la fiel Kadiga, y servidas y cuidadas por criadas y sirvientes que se anticipaban a todos sus caprichos, para satisfacerlos al instante. Tenían también algunos maestros, entre los más sabios del país, pues su padre deseaba que recibieran una educación inmejorable. Pero aún cuando las tres recibían las mismas enseñanzas pronto
descubrieron que sus caracteres eran totalmente distintos.
La mayor (habían nacido con tres minutos de diferencia la una de la otra) se llamaba Zaida y era muy inquieta e intrépida, así como también sumamente curiosa y amiga de conocer hasta el fondo todas las cosas. Le gustaban mucho los libros y era particularmente estudiosa.
La segunda se llamaba Zoraida y era amante de la belleza. Por eso, sin duda, sabiéndose hermosa, gustaba de contemplarse durante largos ratos en el espejo de su habitación, o en las tranquilas aguas de los estanques que adornaban los jardines del palacio. Y se interesaba enormemente por las joyas y por los adornos, así como también por el arreglo de las salas que les estaban reservadas y por la confección de sus vestidos.
La pequeña, llamada Zorahaida, era extraordinariamente tímida y dulce. Tenía una personalidad mucho menos definida que la de sus hermanas y gustaba de cuidar a los pájaros, así como también a las flores que crecían bajo su ventana. Era muy reposada y a menudo dejaba pasar las horas escuchando el trino de los pájaros o la música de la flauta de un pastor, o el eco de las canciones de los pescadores que, al anochecer, regresaban a sus casas con las redes llenas de peces.
Claro que, precisamente por su naturaleza tímida y dulce, todo la conmovía y llenaba de temor, incluso el simple retumbar de un trueno en la montaña o el rumor de una tormenta desencadenada en las costas, frente a las cuales se levantaba el castillo.
Y así transcurría, apacible y tranquila, la vida de las tres princesas recluidas en aquel castillo inexpugnable. Hasta que un día... Un día, cuando las princesas, para refrescarse durante las calurosas horas del mediodía, bajaron como de costumbre hasta una torre que recibía directamente la brisa del mar, llegó a la costa una galera llena de hombres armados.
Zoraida y Zorahaida dormitaban entre almohadones, pero Zaida, siempre inquieta, siempre curiosa, advirtió que de la galera desembarcaba un buen número de moros armados, conduciendo varios cautivos cristianos. Se apresuró a despertar a sus hermanas y las tres siguieron atisbando entre las celosías de su ventana, que las ocultaban por completo a cualquier mirada del exterior.
Al momento, tres de los cautivos llamaron poderosamente la atención de las princesas. Acostumbradas como estaban a que todos sus sirvientes fuesen ancianos, sus guardianes rudos y de físico poco agradable, se sintieron atraídas por la apostura, la gallardía y también la juventud de aquellos tres caballeros.
- ¡Jamás había pisado esa costa un caballero tan apuesto como ese que lleva el traje de color carmesí! - exclamó Zaida, siempre la más impulsiva de las tres. - ¡Fijaos en aquél que viste de verde! ¡Qué elegante, a pesar de que su traje demuestra que sostuvo una fuerte lucha antes de ser apresado! ¡Jamás vi otro más gallardo! - exclamó después Zoraida.
La pequeña no dijo nada. Su timidez le impedía expresar en voz alta sus pensamientos, aún delante de sus propias hermanas. Pero a su vez se sintió atraída por el tercer caballero, que vestía de azul.
Cuando Kadiga fue a buscarlas, porque debían dar su lección de música, las encontró con aspecto abatido, melancólicamente sentadas en las otomanas cubiertas con ricos almohadones de seda.
- ¿Qué os sucede? - les preguntó, asustada.
Y ellas, que no tenían secretos para la buena mujer, le contaron lo que habían visto.
- ¡Pobres muchachos! - exclamó. - Estoy segura que más de una dama, en su país, sentirá llenarse de angustia su corazón al tener noticia de su cautiverio. Porque si es cierto lo que decís de su gallardía y apostura, seguro que suelen participar en brillantes torneos. ¡Ay, queridas princesas, qué hermosos son los torneos de los cristianos!
Zaida, siempre curiosa, se interesó al punto por saber cómo se desarrollaban aquellos torneos, de los que con tanto entusiasmo hablaba Kadiga. Y la mujer no se hizo rogar para explicárselo con todo lujo de detalles, porque la conversación había traído a su memoria los tiempos ya lejanos, en que vivía en el país que la vio nacer. Las conversaciones eran interminables, pues las niñas no se cansaban de escuchar y la fiel aya de explicar. Y cuanto más hablaban, mayor curiosidad sentían las princesitas por conocer los usos y costumbres, que habían sido los de la dulce mujer que les dio el ser.
A partir de aquel día, a menudo se interesaban las princesas por conocer nuevas historias de caballeros cristianos. Y, naturalmente, era siempre Zaida quien hacía las preguntas, pero Zoraida, por su parte, cuando Kadiga les hablaba de la belleza de las damas, lanzaba furtivas miradas al espejo, que le devolvía su imagen, como si deseara convencerse de que ella podría muy bien competir en hermosura con tales damas, mientras Zorahaida suspiraba melancólicamente cuando hablaba de las serenatas que, terminados los banquetes y las fiestas, ofrecen los caballeros a sus damas a la luz de la luna. Al fin Kadiga se dio cuenta de que aquellas historias hacían daño a sus jóvenes princesas, porque las hacían soñar en contra de las órdenes de su padre el Rey. "Se han convertido en jóvenes casaderas -se dijo. - Avisaré a Mohamed".
Y a través de un emisario de confianza le envió un mensaje en el que, después de felicitarle por el cumpleaños de sus hijas, le decía que las princesas se alegrarían mucho de verle. Y también le envió un cofre delicadamente cincelado, dentro del cual el soberano encontró, reposando en un lecho de hojas frescas, tres frutos muy hermosos: un melocotón, un albaricoque y un prisco.
El Rey, que como todos los orientales comprendía el lenguaje de las flores y los frutos, entendió al instante el mensaje oculto de la sagaz Kadiga.
"Ha llegado el momento crítico, predicho por los astrólogos - pensó. - Mis hijas han llegado a la edad en que han de contraer matrimonio. Y yo, personalmente, debo cuidar de que elijan marido de acuerdo con su rango".
Pocos días después, el Rey, al frente de una brillante comitiva, partía en dirección al castillo de Salobreña, para recoger personalmente a sus hijas y traerlas consigo a la corte para lo cual ya había dispuesto fuese preparada una torre en la Alhambra, donde serían alojadas con todo lujo y riqueza. Mohamed se sorprendió mucho al ver a las princesas. Hacía ya tres años que no las había visto y advirtió que se habían convertido en jóvenes de gran belleza.
Zaida era alta y de porte majestuoso. Zoraida tenía menos estatura, pero sus ojos eran muy bellos y tenía una sonrisa cautivadora, y también su andar era grácil y suave como el de una corza. Zorahaida no tenía el porte de su hermana mayor, ni tampoco la belleza cautivadora de la segunda, pero su mirada era tan dulce, su expresión tan tímida y vacilante, siempre en busca de apoyo y protección, que resultaba encantadora. Al igual que sus hermanas, se acercó a saludar a su padre, disponiéndose a besarle la mano, pero, al mirarle a los ojos y ver el cariño con que el monarca la observaba, su ternura salió a la superficie y, con un gesto impulsivo, le echó los brazos al cuello.
"Me siento orgulloso de mis hijas - se dijo el monarca. - Cuidaré celosamente de que no se cumplan los horóscopos de los astrólogos, porque a las tres deseo verlas casadas a mi gusto, con hombres dignos de su belleza y de mi poder".
Se preparó el regreso a Granada. Y para evitar que nadie pudiera ver a las princesas, el rey mandó emisarios con el encargo de despejar por completo los caminos por los que la cabalgata debía pasar, ordenando que todas las casas de los pueblos que atravesaban permaneciesen con las puertas y las ventanas totalmente cerradas.
Se inició la marcha. Las tres princesas, siempre seguidas de su fiel Kadiga, montaban tres alazanes blancos de bella estampa, ricamente enjaezados con bridas y estribos de oro adornados con perlas y piedras preciosas. Y a su alrededor, la guardia negra de su padre les prestaba brillante escolta.
Casi habían llegado ya a las puertas de Granada, sin haber tenido el menor tropiezo, cuando, en dirección contraria, vieron acercarse un grupo de soldados moros que conducían a unos prisioneros. No había tiempo para que se apartaran, y así, el jefe del destacamento ordenó a sus hombres que se echasen al suelo, con el rostro oculto, amenazándoles con terribles castigos si se atrevían a lanzar una sola mirada hacia la comitiva real.
Todos los soldados se apresuraron a cumplir la orden, y también los prisioneros...
Pero entre éstos se encontraban precisamente los tres caballeros cristianos, que llamaran la atención de las princesas cuando les vieron desembarcar en la costa. Y estos tres caballeros, quizá porque no entendieron la orden, quizá porque eran demasiado altivos para obedecerla, permanecieron de pie, viendo cómo se acercaba el lujoso cortejo.
¡Qué indignación la del monarca! Desenvainó su cimitarra y personalmente hubiese dado muerte a los tres rebeldes, si el jefe del destacamento al que habían sido confiados no hubiera intercedido en su favor, haciéndole comprender al rey que se trataba de caballeros muy principales, por los que sus familias pagarían sin duda elevados rescates. Y también las princesas, que habían contemplado toda la escena, se acercaron a su padre y le suplicaron que les perdonase la vida.
- Bien, les perdono - afirmó el rey, envainando de nuevo su cimitarra. - Pero serán castigados. Ordeno que sean llevados a la Torre Bermeja y obligados a realizar duros trabajos.
Mohamed, llevado de su indignación, había olvidado la prudencia y así no advirtió que las princesas, en su afán de salvar la vida de los tres cautivos, se habían levantado los velos que, como es costumbre entre las mujeres moras, les cubrían por completo el rostro. Con lo cual dejaron al descubierto su radiante hermosura, que causó honda impresión en los corazones de los jóvenes caballeros cristianos. Mientras que ellas, a su vez, al oír cómo el jefe del destacamento hablaba de sus prisioneros con respeto y consideración, sintieron que crecía la admiración que ya les profesaban.
La comitiva reanudó por fin su marcha. Pero Zaida, Zoraida y Zorahaida, se quedaron pensativas durante largo rato
Y una vez instaladas en su nueva residencia, demostraron al paso de los días una melancolía y una tristeza que cada vez iba en aumento. La torre de la Alhambra que su padre les había destinado era, sin embargo, una de las más lujosas y maravillosas que la más sorprendente imaginación pueda soñar. Comunicaba con el palacio real a través de la muralla que rodea toda la cima de la colina, pero quedaba algo apartada, poseyendo un jardín en el que crecían los mejores árboles frutales y las más hermosas y exóticas flores, destinado al exclusivo recreo de las tres princesas.
En su interior, la torre estaba amueblada con exquisito gusto, todas las habitaciones eran del más puro estilo árabe y se abrían sobre un patio interior, en el que siempre reinaba una agradable temperatura, incluso en las horas más calurosas de los días de verano. En el centro se alzaba una fuente de alabastro, adornada con figuras de oro y diversas jaulas primorosas, en cuyo interior cantaban los pájaros más alegres y hermosos, que contribuían a dar un maravilloso encanto a aquel lugar.
Sin embargo, la melancolía de las princesas era cada día mayor, con gran sorpresa por parte del monarca, que sabía que en el castillo de Salobreña vivían felices y contentas. Incluso pensó que aquello podía deberse a que, siendo ya muchachas casaderas, necesitaban interesarse por los vestidos, las sedas y las joyas. Y mandó a la torre a los mejores joyeros y artífices de la ciudad, como también a costureras y comerciantes, dejando a sus hijas en completa libertad para adquirir o encargar todo cuanto desearan.
Pero todo fue en vano. Las princesas apenas prestaron ninguna atención a los brocados, las telas preciosas, los anillos de brillantes, los collares de perlas, las diademas de raras pedrerías orientales o los objetos preciosos. Y el rey no sabía qué hacer. Por fin, decidió consultar con Kadiga.
- Tú has cuidado a las princesas desde su más tierna infancia y tengo plena confianza en tu discreción y buen juicio - le dijo cuando llegó a su presencia. - Te ruego que averigües la causa de la extraña melancolía que las aflige, porque es preciso que veamos cómo podemos curarlas.
Kadiga prometió cumplir lo que se le ordenaba y se apresuró a reunirse de nuevo con las princesas. Y así, aunque su experiencia y sus años le hacían ver con toda claridad qué era lo que afligía a las muchachas, aparentó completa ignorancia y les preguntó:
- ¿Qué os sucede? ¿Cómo es posible que viváis tan tristes y abatidas, en una residencia tan hermosa como esta que vuestro padre os ha ofrecido...?
Las princesas miraron con indiferencia el lujo que las rodeaba y suspiraron, pero ninguna palabra salió de sus labios.
- ¿Os gustaría, acaso, que ordenara traeros el maravilloso papagayo, del que dicen que posee un vocabulario más completo que el de ningún mortal?
- ¡Qué horrible sería tener que escuchar continuamente las palabras, sin sentido, de un animal que no sabe lo que se dice! - exclamó Zaida, sin vacilar.
- ¿Queréis que haga traeros un mono? Quizá sus travesuras os distrajesen y alegrasen...
- ¿Un mono...? ¡Bah! - contestó Zoraida, desdeñosa.
- ¿Os distraería, quizá, escuchar las canciones del negro Casem, el más famoso de todo Marruecos...?
- Tiene un aspecto muy desagradable - afirmó Zorahaida. - Además, por mi parte, he perdido por completo la afición musical.
Entonces Kadiga, que como ya dijimos era sumamente astuta, afirmó:
- No dirías eso, princesa Zorahaida, si hubieras oído, como yo, las canciones que entonan los tres prisioneros cristianos, encerrados en la Torre Bermeja. Uno de ellos toca la guitarra con singular maestría y los otros dos entonan canciones muy bellas. ¡Ay, cómo despertaron los recuerdos de mi infancia y de mi juventud, que transcurrieron allá, en el lejano país de mis padres!.
- Tal vez nos distrajese oír a esos tres caballeros - afirmó Zaida que, al igual que sus dos hermanas, había enrojecido primero y palidecido después, al oír hablar a Kadiga de los tres prisioneros.
- Sin duda su música podría animarnos mucho - corroboró Zoraida.
Como de costumbre, Zorahaida no dijo nada, pero su mirada fue tan suplicante, que la buena Kadiga se sintió emocionada. Y les prometió que haría cuanto estuviera de su parte para complacerlas.
Kadiga sabía que al hacerlo se exponía a la cólera del rey, pero era tanto el afecto que profesaba a las jóvenes princesas, que era capaz de cualquier sacrificio por alegrarlas. Además, también ella estaba emocionada, porque, como no había ocultado, las canciones de los tres caballeros le habían traído a la memoria antiguos recuerdos de infancia y juventud. Y también se preguntaba: "¿Qué mal puede haber en que las princesas oigan el rasgueo de la guitarra y las canciones de esos caballeros?".
Decidió hablar con Hussein Baba, el barbudo carcelero a cuya custodia habían sido confiados los tres prisioneros. Deslizándole en la mano una moneda de oro, le dijo:
- Mis señoras, las tres princesas que viven encerradas en la Torre de la Alhambra, han oído hablar de la singular ciencia musical que poseen los cautivos cristianos y desean oírles.
- ¡El rey puede enojarse y hasta incluso castigarme con la muerte! - exclamó Hussein Baba, asustado ante lo que se le proponía.
- ¡Oh, no! El rey ni siquiera lo sabrá. Bastará con que mañana al mediodía lleves a los prisioneros a trabajar al barranco que separa la Torre Bermeja de la colina en la que se levanta la Alhambra, precisamente por el lado de la torre que habitan las tres princesas. Y en los descansos de su trabajo, permíteles que canten las canciones de su tierra. Desde allí, sólo mis señoras pueden oirles..., ¡y te pagarán bien tu amabilidad, no lo dudes!.
y como que al decir esas palabras la astuta Kadiga deslizó una nueva moneda en la mano del barbudo carcelero, Hussein aceptó por fin.
Al día siguiente las tres princesas se pasaron toda la mañana llenas de impaciencia, esperando que llegase la hora del mediodía. Y en efecto, a esa hora, mientras sus compañeros de trabajo reposaban bajo los árboles y sus guardianes estaban sentados tranquilamente, gozando también de un rato de descanso, los tres caballeros cristianos, al pie mismo de la torre de las princesas, entonaron algunas de sus mejores canciones españolas, acompañándose con el rasgueo de la guitarra.
En la tranquilidad de aquellas horas, sus voces llegaron con claridad desde lo profundo del barranco hasta lo alto de la ventana en la que se encontraban las princesas. Y al punto se llenaron de animación sus ojos, mientras desaparecía de sus mejillas la palidez que durante tantas semanas había llenado de preocupación a su padre.
Kadiga, en el fondo, estaba asustada, temiendo que alguien pudiera sorprenderles. Pero también a ella la emocionaban las bellas canciones españolas. Al fin, cuando la guitarra enmudeció y también dejaron de oírse las voces bien timbradas de los caballeros, Zoraida tomó un laúd y, con voz dulce, entonó a su vez una canción, cuyo estribillo era extraordinariamente significativo:
"Aunque oculta está la flor,
con deleite escucha al galante ruiseñor..."
La voz de la princesita era dulce y juvenil y no podía por menos de producir impresión en los que la oyeran, máxime si estos eran unos jóvenes ansiosos de libertad y de amor.
Y así se fueron tejiendo los hilos de aquel romance entre unos caballeros cautivos y tres niñas moras, que casi no se conocían.
Gracias a las monedas de oro que Kadiga iba deslizando periódicamente en la mano del barbudo Hussein Baba, los caballeros eran llevados diariamente al barranco. Y también a diario podían oír las princesas sus canciones, a las que contestaban, manteniéndose así una especie de comunicación que a todos satisfacía.
Pero un día ninguna canción subió desde el barranco. Ni al siguiente, ni al otro... Las princesas se angustiaron. ¿Qué podía haberles sucedido a los tres caballeros cautivos?
Kadiga salió en busca de noticias y regresó muy apenada.
- ¡Es el fin de vuestro sueño, mis hermosas princesas! -les dijo, a su regreso-. Los tres caballeros españoles han sido rescatados por sus familias y ahora se encuentran en Granada, disponiendo el regreso a su patria. Consolaos pensando que, sin duda, otras damas les esperan en Sevilla o en Córdoba.
Las palabras llenas de buen sentido de Kadiga, no consiguieron calmar a las tres princesas. Zaida estaba indignada; consideraba que los caballeros, al partir, les hacían objeto de un desaire que su altivez y su dignidad no podían permitir.
Zoraida lloraba, pero temiendo que las lágrimas estropeasen su belleza, se apresuraba a enjugárselas después..., para volver a llorar un segundo más tarde, tan grande era el pesar que sentía en el corazón.
Y Zorahaida, suspiraba melancólicamente y lloraba en silencio, mientras su mirada se posaba, con gran tristeza, en el barranco por el que tantas veces subieron hasta ellas las canciones de los caballeros.
Y así transcurrieron tres días, sin que ni por un instante se mitigara el dolor y la tristeza de las hermosas princesas. Por fin, a la mañana del cuarto, Kadiga entró en su cámara, simulando una gran indignación:
- ¡Qué desfachatez la de esos caballeros! ¡Qué insolencia la suya! ¡Qué atrevimiento! ¡No quiero que volváis a hablarme de esos caballeros españoles ¡Si vuestro padre llegara a enterarse...!
- ¿Qué sucede, buena Kadiga? -inquirió Zaida, preocupada ante todas aquellas exclamaciones.
- Me han propuesto nada menos que hacer traición al rey, vuestro padre.
- Explícate, por favor -le pidieron Zoraida y Zorahaida.
- Sí, os lo diré. ¡Vaya si os lo diré!. Pues veréis, los caballeros cristianos se han atrevido a pedirme que os convenza para que aceptéis marchar con ellos a su patria, Córdoba y allí os convirtáis en sus esposas. Es terrible, terrible... ¡Qué insolencia!
Las tres princesas se miraron la una a la otra, perplejas..., pero sintiéndose también muy contentas, en el fondo de sus corazones. Por fin, fue Zaida quien, como de costumbre, rompió a hablar:
- Y eso, ¿sería posible...? En el supuesto, naturalmente, que aceptáramos la proposición.
Kadiga respondió rápidamente:
- ¡Claro que sería posible! ¡Todo lo tienen ya dispuesto, sólo falta vuestro consentimiento! ¡Son unos insolentes y unos atrevidos, ya os lo dije!. Hussein Baba ha sido comprado con sus promesas y ha elaborado un plan muy bien organizado. ¡Se han atrevido a pedirme que engañe a vuestro padre, que ha depositado en mí su confianza!
- Ha depositado su confianza en ti, en efecto -replicó Zaida-, pero no en nosotras. Por el contrario, desde hace años nos mantiene encerradas como prisioneras.
- Sí, tienes razón -corroboró Kadiga-. Y por otra parte, la tierra de esos caballeros es también la de vuestra madre y su fe la que ella tuvo desde su niñez hasta el día de su muerte. ¡Si supierais cuánto sufrió al advertir que iba a morir, pensando que vosotras seríais educadas en la religión de vuestro padre y jamás conoceríais el cristianismo!
Las tres princesas se miraron de nuevo. La decisión iba afirmándose en sus espíritus.
- Kadiga tiene razón -afirmó Zaida-. Y en el país de nuestra madre viviríamos en libertad, junto a un esposo joven y enamorado, mientras que aquí vivimos prisioneras de un padre intransigente y severo.
Después, dirigiéndose a Kadiga y comprendiendo que la pobre mujer temía que la dejasen sola y a capricho de la cólera del rey, siguió diciendo:
- En cuanto a ti, no temas. También tú vendrás con nosotras y podrás regresar a tu ciudad natal o bien quedarte a vivir a nuestro lado. ¡Has sido siempre muy buena y nos has querido y ayudado en todo momento!
-También los caballeros cristianos me han propuesto que marche con vosotras. Dicen que así tendréis quien cuide de vosotras durante el viaje, en tanto llegáis a sus palacios y os convertís, en sus esposas. Y como que también Hussein Baba huirá con ellos de Granada, él se encargará de llevarme a la grupa de su caballo.
Y así quedó todo decidido. Claro que Zorahaida, como de costumbre, sintió temor, pero el ejemplo y las palabras de sus hermanas mayores la ayudaron a decidirse. Terminó diciendo que también ella estaba dispuesta a huir.
La colina sobre la que se levanta la Alhambra, está llena de pasadizos secretos y pasillos que sólo algunos conocen. Y por uno de esos pasadizos, que Hussein Baba conocía bien gracias a las confidencias de un capitán de la guardia real, el barbudo carcelero se había comprometido a sacar de su torre a las princesas y a su dueña, y llevarlas al otro lado de las murallas que rodeaban la ciudad, donde ya las aguardarían los caballeros españoles, con caballos fuertes, resistentes y veloces, con los cuales llegarían a la frontera en poco tiempo.
Por fin llegó la noche señalada para la huida. Como de costumbre, la guardia negra custodiaba la torre de las princesas y la puerta estaba bien cerrada con varios candados y fuertes cerrojos. Pero la fiel Kadiga estaba al acecho y llegada la medianoche, oyó que Hussein Baba llegaba al pie de la ventana que daba a los aposentos de las princesas y hacía la señal que de antemano habían convenido. Era el momento.
La buena mujer tomó la escalera de cuerda que desde el día antes tenía guardada, oculta a posibles miradas indiscretas, la ató al alféizar de la ventana, y haciéndoles una seña a las princesas para que la siguieran, comenzó a bajar la primera, para evitarles a las jóvenes cualquier tropiezo o contratiempo inesperado que pudiera surgir.
Zaida y Zoraida la siguieron sin la menor vacilación. Pero cuando Zorahaida se dispuso a poner el pie sobre la escala de cuerda, sintió un escalofrío de temor. Su mirada se dirigió a la habitación que iba a abandonar. Desde su infancia había permanecido prisionera, en efecto, pero entre los muros del castillo de Salobreña primero y en esta Torre de la Alhambra después, había vivido segura. ¿Qué era lo que el Destino le reservaba allá en Córdoba, en aquel país desconocido...? Claro que al punto recordó a su valiente caballero, el que vestía de azul y sintió que la decisión de partir sin más demora la invadía de nuevo. Pero, al instante siguiente, pensó en su padre y de nuevo se sintió vacilar, a efectos de su cariño filial y de la ternura que, a pesar de su aspecto rudo, le inspiraba el rey. Desde abajo sus hermanas insistían, mientras Kadiga, preocupada, afirmaba que tantas vacilaciones podían dar al traste con todos sus proyectos. Hussein Baba se impacientaba y amenazaba
con partir, abandonándolas. Pero todo era inútil. La dulce y tímida Zorahaida vacilaba y sus vacilaciones no terminaban.
Minuto a minuto crecía el peligro. De pronto, se oyeron pasos.
- La patrulla de vigilancia inicia su ronda -afirmó Kadiga-. Princesa Zorahaida, si no bajas inmediatamente pondrás en peligro la seguridad de tus hermanas. Decídete de una vez, o nos marcharemos sin ti. La joven princesa sintió aumentar su temor. Y por fin, soltó la escalera que fue a caer a los pies de sus dos hermanas, asustadas al ver que ya nada podían hacer por ella.
- Me quedo -afirmó Zorahaida-. ¡Que el Destino sea benigno con vosotras, mis muy amadas hermanas! Os deseo toda suerte de venturas. Sed vosotras felices, ya que yo jamás llegaré a serlo.
Al momento, Zaida y Zoraida pensaron que no podían abandonar a su hermana, pero pronto comprendieron que habiendo ella soltado la escalera, no les quedaba otra solución que marchar. Además, la patrulla avanzaba y lo mismo Kadiga que Hussein advirtiendo el gran peligro que corrían si eran descubiertos, las empujaban hacia el pasadizo subterráneo.
A tientas, se deslizaron por el laberinto abierto en la roca viva y por fin lograron llegar, sin ser vistos, hasta el otro lado de las murallas, donde ya les esperaban los tres caballeros, disfrazados de moros.
Naturalmente, el enamorado de Zorahaida experimentó una grandísima contrariedad al saber que la más joven de las tres princesas había decidido quedarse en el palacio. Y a toda costa quería ir personalmente en su busca.
Pero Kadiga le hizo comprender que no tardarían los criados, o la guardia, en advertir su huida, si no la habían advertido ya, y el monarca se apresuraría a enviar en su persecución fuertes destacamentos. El joven cristiano comprendió que la buena mujer tenía razón. ¡No podían perder tiempo en lamentaciones, ni mucho menos poner en peligro a las otras princesas!
Y a los pocos minutos, cuatro caballos partían veloces en dirección al Paso de Lope, en su viaje hacia Córdoba. Kadiga iba montada en la grupa del caballo de Hussein Baba y Zaida y Zoraida en las de sus respectivos caballeros. Sólo el enamorado de Zorahaida no llevaba a nadie, y el recuerdo de la dulce y tímida princesa, le hacía lanzar continuas exclamaciones de pesar y hondos suspiros se escapaban a cada instante de su corazón.
De pronto, oyeron fuerte sonar de trompetas y tambores, que el eco de los valles parecía difundir a muchas leguas a la redonda y que provenían de las murallas de la Alhambra.
- ¡Han descubierto nuestra fuga! Debemos apresurarnos gritó Hussein.
Todos picaron espuelas a sus caballos y la carrera se hizo aún más veloz. Al llegar al pie de Sierra Elvira se detuvieron un momento para escuchar. Felizmente para ellos, no se oía nada. ¡Sin duda todavía no habían encontrado su pista!
- ¡Podremos escapar! - exclamaron a coro los tres caballeros.
Pero apenas habían pronunciado estas palabras, cuando se encendió una luz en el punto más alto de la Alhambra.
- ¡Esa luz pondrá sobre aviso a los guardianes de todos los pasos que cruzan la montaña! -exclamó Hussein-. Corramos, corramos...
Los cuatro caballos aumentaron aún más la velocidad de su carrera. Pero pronto advirtieron que las luces de todas las atalayas, colocadas sobre las montañas, iban encendiéndose a su vez contestando así al aviso de la que se había encendido en la Alhambra.
- ¡Si no conseguimos cruzar el puente antes de que la alarma llegue hasta allí, estamos perdidos! - exclamó Hussein.
Y todos picaron de nuevo espuelas a sus caballos.
Pero cuando llegaron a las inmediaciones del puente de los Pinos, advirtieron que estaba poblado de luces y de gran número de soldados a pie y a caballo.
Jamás podrían cruzar el puente. Hussein, sin embargo, tenía recursos para todo. Haciendo una señal a los caballeros, para que le siguiesen, remontó el río, siguiendo la orilla, hasta llegar a un punto donde las aguas parecían bajar con menos furia. Y, entonces, sin dudarlo un solo instante, se metió en el agua.
Lo mismo hicieron los tres caballeros, no sin antes recomendar a Zaida y a Zoraida que se agarrasen fuertemente a sus cinturones. Y aunque la corriente era fuerte, fuertes eran también los brazos que sujetaban las bridas de los caballos y grande la valentía de los jinetes. Por eso pudieron por fin llegar felizmente al otro lado. Desde allí, siguiendo unos caminos muy ocultos entre las peñas, que Hussein conocía perfectamente, llegaron sin nuevos contratiempos hasta Córdoba
¡Cuántos festejos se celebraron en la ciudad, para celebrar el retorno a la patria de los tres gallardos caballeros, así como también la llegada de las dos princesas! Las nobles familias a las que pertenecían los jóvenes, acogieron con gran cariño a Zaida y a Zoraida, las cuales, después de ser bautizadas por el obispo, se convirtieron en las felices esposas de sus dos enamorados caballeros.
La leyenda nada, o casi nada, dice acerca de la reacción del monarca al enterarse, de la huida de sus dos hijas mayores. Sólo se sabe que, a partir de entonces, redobló la vigilancia cerca de la más pequeña, la tímida y dulce Zorahaida, la que no tuvo valor para acompañar a sus hermanas.
Y hay quien asegura que la joven se arrepintió de no haberlo hecho. Todos los habitantes de Granada podían verla, a menudo, melancólicamente reclinada en el alféizar de las altas ventanas de la torre en la que día y noche permanecía encerrada, mirando a lo lejos, en dirección a Córdoba. Siempre estaba suspirando y algunas veces se oían las notas de su laúd, acompañando a las canciones que cantaba, tristes y melancólicas.
Murió muy joven y, según cuenta la tradición, fue enterrada en uno de los jardines que se encuentran debajo de la torre. Allí creció un rosal que siempre florecía con una rosa única.
Su muerte en la flor de la vida, dio origen a muchas leyendas, pero ésta, llamada "la rosa de la Alhambra", es la que más ligada está a la dulce princesita, que no tuvo valor para seguir el destino que los astrólogos habían previsto para ella.
De lo que sí se habla todavía en la ciudad de los califas es de que su padre solía pasear junto al rosal y sus miradas entristecidas se posaban sobre las flores, mientras decía suspirando:
- ¡Mi rosa preferida! ¿Por qué te marchaste de la Alhambra, que tanto suspira por ti?
Pero a esta pregunta la princesita no habría podido responder sin explicar su gran tragedia de libertad que no supo reconquistar en un momento de su vida.
El soldado encantado
La cueva de San Cipriano, en Salamanca, es un lugar del que muchos han oído hablar, pero cuyo emplazamiento exacto nadie puede afirmar con certeza cual era. En tiempos remotos vivió en ella un astrólogo, versado en las artes de la quiromancia y que, al decir de las gentes, tenía profundos conocimientos de todo cuanto a plantas medicinales se refería. Pero, desde hace ya siglos, está cerrada sin que a nadie le preocupe demasiado dónde se encontraba en realidad. Los viejos del país, sin embargo, afirman que la entrada a esa cueva se hallaba donde hoy se encuentra la plazoleta del seminario Carvajal, cerca de la cruz de piedra que se eleva en el mismo centro. Y esa tradición la confirma en cierto modo la siguiente leyenda. Escuchadla:
Hubo una vez en Salamanca un estudiante, alegre, pero muy pobre, que se llamaba Vicente, uno de esos que inician los estudios llenos de ilusiones y con muchas ganas de aprender, pero con ningún dinero en perspectiva y la bolsa vacía y, por eso, durante las vacaciones que les dan en la Universidad, van de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, pidiendo a las buenas gentes y a los caballeros de generoso corazón, hasta reunir así, con constancia y humildad, las monedas que necesitan para poder seguir un nuevo curso.
Este que ahora nos ocupa nos lo encontramos, cuando comienza nuestra historia, a punto de iniciar una de esas correrías, llevando colgada a la espalda una guitarra.
Teniendo algunos conocimientos de música, confiaba en que ese instrumento le ayudaría a conmover el corazón de aquellos a los que se acercara, o le permitiría, llegado el caso, pagarse con canciones y coplas populares una comida caliente o la estancia, por una noche, en alguna posada.
Pero sucedió que cuando el estudiante se disponía a abandonar la ciudad de Salamanca, pasó junto a la cruz de Piedra que se alza en la plazoleta del Seminario y se quitó respetuosamente la gorra, para hacer una breve invocación a San Cipriano rogándole que le diera suerte en el viaje que iba a emprender. Seguidamente, al dirigir la mirada al suelo, advirtió que algo brillaba entre las losas, al pie de la cruz. Se inclinó para recogerlo y advirtió que se trataba de un anillo del estilo de los llamados "sellos", llamándole la atención por estar fabricado en un metal extraño, que parecía una mezcla de oro y plata. Como adorno tenía grabados dos triángulos que se entrecruzaban, formando una estrella de seis puntas.
Los astrólogos, así como también cuantos estudian las artes de los antiguos, saben que ese dibujo fue inventado por el sabio rey Salomón y a él le atribuían los de su tiempo, muchas propiedades maravillosas. Pero el estudiante nada sabía de todo eso, así que, pensando que se trataba de un simple regalo que la suerte le hacía al iniciar su viaje, se limitó a deslizarlo en uno de sus dedos, prosiguiendo alegremente su camino.
- Hubiese preferido encontrar una moneda de oro -dijo- pero mejor es eso que nada. En el peor de los casos me puede servir como pago de alguna comida o para agradecer la generosidad de alguno de los que quieran ayudarme en la correría que ahora emprendo.
En realidad la vida de un estudiante pobre en España en los tiempos en que vivía ése que aquí nos ocupa, no era, ni con mucho, tan miserable ni tan desgraciada como a primera vista puede parecer. Muchos hombres sabios habían comenzado sus carreras de esa forma, por lo cual los estudiantes que iban de puerta en puerta y de aldea en aldea, no eran jamás tratados como mendigos sino que, fuesen o no atendidos, eran siempre respetados. Y como también muchos curas rurales habían sido estudiantes vagabundos en sus mocedades, siempre daban albergue a cuantos llamaban a sus puertas y también llenaban de comida sus estómagos y sus bolsas e incluso, en el mejor de los casos, deslizaban alguna moneda en sus bolsillos, para que con ella pudieran pagarse algún libro y estudiar. Además, a poco simpático que fuese el estudiante o si, como el protagonista de nuestra historia, sabía tocar algún instrumento, podía confiar también en que se le abrirían las puertas de las granjas y de las
masías, deseosos como estaban siempre los campesinos de que alguien les amenizara con música y canciones las veladas.
Y así fue cómo nuestro estudiante, deteniéndose en ocasiones en la casa de un cura rural y en otras en la de algún campesino o labrador, cuyo hospedaje pagaba deleitando a los ancianos con sus coplas y canciones, y arrancando después de su guitarra fandangos y boleros, para que bailaran los jóvenes y las mozas, cuando el sol comenzaba a retirarse por el horizonte y daban por terminado el trabajo en el campo, llegó hasta Granada.
Había recorrido casi medio país, pero ese había sido desde un principio el fin previsto para su viaje. ¡Cuánto deseaba nuestro estudiante conocer tan famosa ciudad, pasear por su vega, admirar las montañas que la rodean y muchas de las cuales tienen sus picos cubiertos de nieve, aún en pleno verano! Casi con emoción traspuso las murallas y recorrió calles y plazas. Y su imaginación, extraordinariamente viva, le hacía ver a auténticas princesas moras en cuantas muchachas se cruzaban en su camino y, llevado de su romanticismo, ante ninguna de ellas dejaba de extender su capa de estudiante, rogándole que se dignara pisarla.
Decidido a quedarse varios días en la ciudad, para conocer a fondo todos sus rincones, estudiar sus joyas arquitectónicas y admirar todas sus típicas callejuelas en las que tan vivo estaba - y está todavía-, el recuerdo de los siglos en que fue capital del reino moro, pronto se hizo amigos. Su simpatía, su constante buen humor, su natural respetuoso y también su juventud y su gallardía, le proporcionaron general aprecio, a pesar de su absoluta carencia de fortuna y de sus trajes raídos. ¡Qué días tan interesantes, y también tan divertidos vivió nuestro estudiante en la hermosa Granada!. Incansable, recorría continuamente la ciudad de punta a punta, deteniéndose en cuantos edificios o lugares le parecían de interés, así como también los alrededores, alternando sus paseos con las muchas fiestas y reuniones a las que era invitado.
Pronto uno de sus lugares preferidos fue la popular fuente del Avellano, que se encuentra en el valle del río Darro. Allí se dirigía a menudo, cuando quería tomarse algún descanso y siempre encontraba en ese paraje gente amable con la que iniciar agradables conversaciones. Pero nuestro estudiante que, como ya dijimos era aficionado a la música, jamás abandonaba su guitarra. Y, así, nunca se limitaba a conversar. Siempre terminaba pulsando las cuerdas de su instrumento, gustando de improvisar alegres melodías, o románticas y sentimentales canciones, que hacían las delicias de cuantos las escuchaban, principalmente de los jóvenes "majos" y "majas" que aprovechaban todas cuantas ocasiones se les presentaban para demostrar su ligereza y habilidad en el baile.
Una tarde, estando precisamente en ese lugar, tocando una alegre melodía, vio llegar a un anciano de larga barba blanca y noble porte. Todos los que allí se encontraban le saludaron con grandes muestras de respeto por lo cual comprendió que se trataba de un hombre notable.
- Es un gran sabio -le dijo uno de los jóvenes con los que durante aquellos días había hecho amistad-. Vive enteramente consagrado al estudio y a la práctica del bien. ¡Jamás niega una limosna a cuantos a él se acercan pidiéndosela y siempre ayuda con consejos y dinero a todos los menesterosos o desdichados!
- ¡Que Dios os bendiga y os dé larga vida, señor! -exclamó entonces una mujer del pueblo-. ¡Y que el destino sea propicio con vuestra hermosa sobrina!
La joven, en cuyo brazo se apoyaba el anciano para subir la ligera cuesta, sonrió a la mujer al oír estas palabras y así nuestro estudiante supo el parentesco que les unía. ¡Y en verdad que era hermosa la muchacha! Poseía la clásica belleza andaluza, de cuerpo menudo pero esbeltísimo, pies pequeños y larga cabellera negra, rodeando un rostro de facciones finas pero bien definidas, en el que destacaban unos maravillosos ojos, rodeados de largas y sedosas pestañas, Además parecía tan recatada y virtuosa como hermosa, y su mirada apenas se levantaba del suelo, escuchando siempre con atención y respeto cuanto a su alrededor se decía, en particular si quien hablaba era su señor tío.
Después que hubieron saludado a los allí reunidos, el anciano se sentó en uno de los bancos de piedra que adornaban la fuente y la joven corrió a buscarle un vaso de agua fresca con la que apagar la sed que el paseo le había dado. Se lo entregó para que la bebiera, mientras comía una de esas yemas escarchadas tan famosas y populares en la Granada de aquellos tiempos.
El estudiante no dejaba de observarles, ni por un segundo.
"¡Qué feliz sería si cayera simpático al anciano! Estoy seguro de que podría aprender mucho en pocas horas de conversar con él..., ¡y también me agradaría enormemente ganar la amistad de su hermosa sobrina!"
Pero todo cuanto hizo para conseguirlo fue completamente inútil. En vano tocó sus más alegres canciones y jamás como aquella tarde salieron de sus labios frases tan ingeniosas. Sin duda, al anciano, no le agradaba la música y si venía hasta aquel lugar no era para mantener conversaciones más o menos agudas, sino, muy al contrario, para reposar de las horas que en su propia casa dedicaba al estudio y a la reflexión. En cuanto a la muchacha, su natural recato le impedía levantar los ojos del suelo para fijarlos en un desconocido. Además, poco tiempo permanecieron en la fuente. Apenas había transcurrido media hora desde su llegada, cuando el anciano se levantó del banco y apoyándose de nuevo en el brazo que su afectuosa sobrina le ofrecía, se despidió de los conocidos que allí había encontrado.
En aquel momento, sin embargo, la joven levantó por fin los ojos y su mirada se cruzó con la del estudiante. Y era tan dulce su expresión, que el corazón del muchacho comenzó a latir con más fuerza.
Cuando ya se hubieron marchado, nuestro estudiante pidió al amigo que antes le informara acerca del anciano, que le ampliara lo que de él le había contado. Y así supo que no sólo era un hombre sabio, dedicado al estudio y generoso, sino también un modelo de orden en sus costumbres y puntual en sus citas.
- Siempre se levanta a la misma hora y jamás varía tampoco ni siquiera en unos minutos, las horas que destina a la comida, al estudio, al paseo o al rezo en la catedral, ¡ni mucho menos las que destina al descanso! Es un dechado de perfecciones y de virtudes, un espejo en el que todos los grandes hombres de Granada pueden mirarse -afirmó el amigo.
- Y esa muchacha que le acompañaba, su sobrina según dijo una mujer, ¿vive con él? -preguntó el estudiante.
- En efecto. Quedó huérfana hace ya muchos años y el anciano que es en realidad su tío abuelo, se la trajo a vivir con él a su casona, en la que también vive un ama de llaves, fiel y honrada como ninguna, y un criado que es el que cuida del patio y de la huerta, que hay en la parte posterior, así como del mulo que tienen en la cuadra y en el cual, en ocasiones, gusta de dar cortos paseos.
A partir de aquel día, mejor dicho, a partir del instante en el que su mirada se cruzó con la de la hermosa y recatada muchacha, el estudiante dejó de ser un joven irreflexivo y alegre. Ya no le interesaba el inconsciente vagabundeo por calles y plazas y sólo haciendo un gran esfuerzo conseguía que sus canciones no fueran siempre tristes y melancólicas. Sólo tenía un único deseo, una única ilusión.
- ¡Si yo consiguiera entrar en esa casa como amigo! -, se decía.
Pero el noble anciano no sentía ninguna simpatía por él. No había sido jamás estudiante vagabundo, ni se había visto obligado a cantar por pueblos y ciudades, para conseguir dinero con el que pagar sus libros o conseguir un plato de comida caliente. Y también en vano rondó el estudiante noche y día alrededor de la casa del docto hombre de letras, en espera de que su sobrina se asomara en algún momento a una de las ventanas y pudiera intercambiar una simple mirada, ¡todas las ventanas permanecían siempre medio cerradas! Sólo en una ocasión, mientras daba una serenata bajo el balcón de la habitación de la muchacha, vio una fugaz sombra blanca y creyó advertir que una mano, blanca y fina, levantaba muy ligeramente una de las cortinas que cubrían los cristales.
Y así fueron pasando los días. El estudiante seguía rondando la casa y buscando amigos que pudieran introducirle en la amistad del anciano. Pero todo era inútil. Por fin, una noche, decidió darse por vencido si no conseguía sus propósitos antes de una semana.
- No puedo permanecer más tiempo en esta ciudad. Si por lo menos hubiera conseguido la amistad de ese anciano tan erudito, podría aprovechar mis ideas estudiando y aprendiendo de él, pero, no siendo así, partiré el próximo lunes.
Pero aquella semana se celebraba en Granada una festividad que sus habitantes conmemoran anualmente con gran algazara y alegría: el día de San Juan, o, mejor dicho, la víspera de San Juan. Esa noche, todas las gentes, lo mismo las más humildes que las de elevada posición, la pasan bailando a orillas del Darro y del Genil, encendiendo alegres hogueras que alumbran con sus rojizos resplandores, a los que se reúnen a su alrededor para charlar o explicar historias.
"¡Felices las muchachas que en esa noche maravillosa lavan sus rostros en cualquiera de esos dos ríos, en el preciso momento en que las campanas de la catedral anuncian la medianoche. En tal instante, esas aguas tienen la virtud de embellecer!", afirman los viejos del lugar. Y aunque pocas jóvenes creen ya en tal leyenda, aún hoy en día son muchas las que en tal noche, acuden hasta las márgenes del Darro y del Genil para lavar sus rostros en el agua pura y cristalina.
Como ya supondréis, nuestro estudiante, a pesar de su melancolía, se dejó arrastrar por un grupo de amigos y también él se confundió con el tropel de gente, que, ya al anochecer, salía de la ciudad para celebrar esa festividad. Cuando llegó al paraje donde suelen encenderse las clásicas hogueras y donde mayor es siempre el número de personas, lanzó una mirada a su alrededor, deleitándose con la belleza de aquel paisaje y contempló con envidia a las jóvenes que, acompañadas por sus galanes, paseaban seguidas por la atenta y a la par cariñosa mirada de sus madres o dueñas.
- ¡Quizá si mi aspecto no fuera tan desastroso, si tuviera un traje nuevo o menos raído y zurcido, por lo menos, consiguiera yo también merecer la amistad y la confianza del anciano, cuya sobrina me ha conquistado el corazón! Pero, así, ¿puedo imaginar siquiera que ese noble y erudito señor, pueda considerarme como posible pretendiente a la mano de la hermosa muchacha a la que quiere como a una hija...? -se dijo, una vez más.
De pronto, a pesar de estar embebido en sus pensamientos, se fijó en un curioso personaje que estaba casi a su lado y que, como él, parecía estar solo. Era alto, de figura recia y aspecto grave; su rostro estaba curtido por el sol y su barba canosa y no muy larga. ¡Pero lo que principalmente llamó su atención fue que vistiera una antigua armadura española y empuñara lanza y escudo! Parecía arrancado de alguno de los cuadros que adornan los museos reales y que habían sido pintados cientos de años antes. Sin embargo, nadie parecía reparar en él y ni uno solo de los que pasaban por su lado le lanzaba miradas extrañadas o sorprendidas.
Quizá es costumbre, en esta noche de San Juan, que todos vistan como quieran y por eso a nadie llama la atención el extraño atuendo de ese hombre -se dijo el estudiante-. Sin embargo, advierto que nadie más que él viste traje o uniforme antiguo. Me acercaré y le preguntaré.
Y así lo hizo, deseando satisfacer su natural curiosidad.
- ¡Llevas una armadura muy antigua y muy original, amigo! Me gustaría saber la razón...
El soldado abrió y cerró por dos veces la boca, antes que las palabras llegaran a salir de sus labios, como si sus mandíbulas estuvieran enmohecidas y le resultara difícil moverlas.
- Es el uniforme del Cuerpo al que pertenezco -respondió, al fin.
Esta respuesta aún sorprendió más al estudiante, que estaba seguro de conocer todos los uniformes que en aquel momento había en España.
- ¡Jamás lo hubiera creído! -exclamó, añadiendo-: ¿Y puedo preguntar qué cuerpo es ese?
- ¡La Guardia Real de mis señores doña Isabel y don Fernando! -contestó el soldado.
- ¡Cielos, no es posible! ¡Ese Cuerpo dejó de existir hace casi tres siglos! -señaló el estudiante, cuyo asombro iba creciendo por minutos.
Pero el soldado no se inmutó. Clavando sus ojos en el rostro de nuestro amigo, afirmó:
- Ya lo sé. Tres siglos, en efecto. Todo ese tiempo ha transcurrido ya desde que yo monto guardia pero si tú me ayudas, mi liberación puede estar próxima.
- ¿Qué puedo hacer yo por ti? -inquirió el estudiante, interesado-. ¿Y qué ganaría yo con ello o a qué peligros me expondría?
- Puedes hacer mucho por mí. Pero necesitas tener mucho valor y mucha fe. Y como premio, conseguirás una gran fortuna, como jamás pudiste soñarla.
- Valor no me falta, ni fe tampoco. Y nada tengo que perder, excepto mi pobre guitarra mientras que no me vendría nada mal algún dinero que me permitiera presentarme con una cierta decencia en una casa cuya puerta se me ha cerrado hasta hoy, así como proseguir y terminar sin mayores preocupaciones mis estudios universitarios. Pero antes, debes explicarme muy bien lo que quieres de mí. ¡No me gustan los aparecidos, ni los espíritus que vienen de otros mundos!
Al oír estas palabras, el soldado sonrió.
- No temas, joven -le dijo-. Mi espada jamás se ha desenvainado sino para defender la fe cristiana de mis padres o las tierras de mis reyes. ¡Por eso no podría quererte mal, mi conciencia me lo reprocharía eternamente! Ven conmigo, sígueme tranquilo, no temas, te doy mi palabra de soldado de que nada malo ha de ocurrirse.
Aquella explicación tranquilizó al estudiante, el cual, maravillado, se dispuso a seguir al soldado que, siempre sin que nadie se fijara en él, como si fuera invisible a los ojos de todos, excepto a los suyos, se dirigía hacia la orilla del río, atravesando los corros de gentes que charlaban y las parejas que danzaban incansables.
Llegados a las márgenes del Darro, cruzaron un puentecillo y, ya en el otro lado, el soldado guió al estudiante por un camino estrecho que, después de bajar hasta un arroyuelo, seguía bordeando un molino y un acueducto hasta volver a subir por el barranco que separa los terrenos del Generalife de los de la Alhambra. Todavía brillaba en lo alto de las almenas de la antigua fortaleza mora un último rayo de sol, mientras las campanas eran lanzadas al viento para anunciar con alegría la festividad del día siguiente cuando ellos cruzaban ese barranco. Pero a pesar de que ya habían andado un buen trecho, el soldado no se detuvo ni un instante. Sin advertir la belleza de aquel momento, siguió andando con paso rápido por aquel camino cubierto en parte por abrojos, zarzas y otras hierbas salvajes.
La noche cae rápidamente en verano. Y así, a los pocos minutos, el estudiante y su guía caminaban ya en la más completa oscuridad, cruzándose de vez en cuando, en su solitaria y apartada caminata con algún que otro murciélago.
Por fin llegaron hasta las ruinas de una torre bastante alejada de Granada que los moros usaban antaño para apostar en ella a centinelas que les avisaran de posibles avances de tropas enemigas. El soldado, sin la menor vacilación, golpeó el suelo, exactamente debajo de una de las antiguas y macizas puertas de hierro con el extremo de su lanza, ¡y al punto se oyó como un sordo rumor y un sonido extraño y lejano, como de piedras que se separan! Y ese sonido extraño fue acercándose hasta que las mismas piedras que tenían frente a ellos, a sus pies, se abrieron dejando un boquete ancho como el de una puerta y en el que el estudiante distinguió unos peldaños, que parecían conducir a las mismas entrañas de la tierra.
- No tengas ningún temor -le dijo el soldado.
El estudiante sentía un cierto miedo, como es lógico y natural, pero haciendo un esfuerzo de voluntad, siguió valientemente al soldado que ya iniciaba el descenso por aquella escalera, que descendía entre paredes de roca viva, en las que se podían leer inscripciones hechas con caracteres moriscos que no acertó a descifrar, a pesar de los conocimientos que tenía de la lengua árabe. No tardaron en llegar a una amplia bóveda, que igualmente parecía cavada en la roca viva, y entonces el soldado le dijo, señalándole un banco de piedra que se encontraba a uno de los lados:
- ¿Ves ese banco de piedra? ¡Pues ha sido mi único lecho, durante tres siglos!
- ¡Parece imposible! -se asombró el estudiante-. Y eso me hace pensar que tu sueño ha debido ser en verdad pesado, para poder descansar en tan dura cama.
- ¡Oh, no, todo lo contrario! -siguió diciendo el soldado-. Te he dicho que ese ha sido mi único lecho, pero eso no significa que haya dormido. Aunque te parezca imposible, ni por un instante he podido cerrar los ojos durante todo ese tiempo. Verás, te contaré mi historia completa, para que comprendas la razón de esa guardia permanente que año tras año he venido haciendo.
"Como ya te dije, yo pertenecía a la guardia real de los Reyes Fernando e Isabel de Aragón y Castilla, y en una de sus frecuentes incursiones en tierras aún ocupadas por los moros, fui hecho prisionero por el enemigo y encerrado en esa torre en cuyo interior hemos penetrado. Ahora es un simple montón de ruinas pero, en aquellos tiempos, se elevaba erguida y soberbia y parecía capaz de desafiar cualquier ataque, por lo que Boabdil la había elegido para prisión, al tiempo que la usaba como avanzada de sus tropas que defendían Granada.
"Pero sucedió que cuando el ataque de los cristianos se hizo más peligroso, los moros tuvieron que ir retirándose de los alrededores de Granada, como sin duda ya sabes, y casi todos los prisioneros que aquí había fueron trasladados a las cárceles que hay en los subterráneos de la Alhambra. Yo permanecí en la torre, pero como que la guardia era ya mucho menos numerosa, me permitían una cierta libertad de movimientos y fue entonces cuando una mañana se me acercó un alfaqui - nombre que los árabes daban a sus doctores o sabios de la ley -, persuadiéndome para que le ayudara a esconder entre los muros de esa bóveda algunos de los tesoros de Boabdil.
"Me dejé tentar por la ambición -siguió diciendo el soldado con voz apenada y de intenso arrepentimiento- y acepté su proposición, no sin antes hacerle prometer por Alá y por Mahoma que, terminada la guerra, nos repartiríamos a partes iguales el cofre lleno de piedras preciosas y monedas de oro.
"Pero ignoraba que aquel hombre estaba versado en los conocimientos de los antiguos egipcios y era una especie de brujo, que sabía artes de encantamiento. Y así, en cuanto tuvimos el cofre escondido me lanzó un conjuro mágico, con el que me obligaba a guardar el cofre hasta su regreso, impidiendo que nadie pudiera acercarse siquiera a él.
"Y algo debió sucederle. Murió sin duda, o quizá fuera hecho prisionero por los cristianos, pero lo cierto es que jamás regresó a la torre y aquí he permanecido yo desde entonces, enterrado vivo, por así decirlo, sin descansar jamás pues ese mágico conjuro que pesa sobre mí me impide conciliar el sueño. Estoy en perpetua guardia, ya te lo dije.
- Es triste tu historia -afirmó el estudiante.
- Muy triste, en efecto. ¡Si tú supieras todo cuanto he sufrido encerrado en esa bóveda, hora tras hora, día tras día, año tras año...! Una a una he oído cómo iban cayendo y desmoronándose las piedras de esa torre, y también he oído cómo sus mismos cimientos, que tan fuertes creyeron hacer los árabes que la construyeron, eran sacudidos por varios terremotos que esas tierras han experimentado...
"Sólo una vez, cada cien años, precisamente en tal día como hoy, la víspera de San Juan, me es permitido salir de mi cautiverio y acercarme hasta las márgenes del Darro, allí donde tú me has encontrado y en espera de encontrar a alguien que pueda romper el hechizo que me domina. Hoy hace trescientos años que se inició mi cautiverio y hoy es, por lo tanto, la tercera vez que salgo de él, pero la primera en que alguien advierte mi presencia. En las anteriores ocasiones, caminaba entre la gente sin que nadie me viese, como si una nube me ocultara a los ojos de los mortales.
- ¿Y por qué razón sólo yo puedo verte? -preguntó Vicente. - Ese anillo que llevas en el dedo -afirmó el soldado, señalando el anillo que nuestro amigo encontrara al pie de la cruz en la plazoleta del seminario Carvajal- es el anillo de Salomón y, aunque tú quizá no lo sepas, un talismán que salva de todo hechizo o encantamiento al que lo lleva. ¡Por eso precisamente, porque es tuyo ahora, puedes librarme del encanto que me tiene preso!
El estudiante pareció dudar. ¿A qué peligros se exponía a sí mismo si aceptaba ayudar al soldado...? Pero éste, que adivinó sus vacilaciones, dijo:
- Elige entre salvarme o dejarme aquí encerrado por cien años más, por lo menos, porque quizá esos cien años se conviertan en otros trescientos, o en quinientos. Ya te dije que las dos veces anteriores que salí no encontré a nadie que pudiera verme...
Esas palabras decidieron al estudiante, que era un muchacho de corazón noble y generoso. Aunque muchas veces antes de aquel momento había oído leyendas acerca de los tesoros que escondía la Alhambra, así como muchas de las montañas que se levantan en las cercanías de Granada, siempre las consideró como cuentos o fábulas, nacidos de la imaginación de las gentes. Pero ya no podía seguir dudando. Lo que estaba viviendo no era un sueño, sino una realidad. Y lo que aquel soldado le pedía era un acto de misericordia.
- Acepto. Puedes confiar en mí y en mi amistad. Te prometo que haré cuanto esté en mi mano por salvarte de tu hechizo.
- Te quedaré eternamente agradecido -contestó el soldado. Y era tanta la emoción que el pobre hombre experimentaba, viendo aproximarse la hora de su liberación, que, a pesar de ser un antiguo y rudo guerrero, sus ojos se llenaron de lágrimas-. Pero como antes te dije, si consigues salvarme podrás contar no sólo con mi agradecimiento, sino también con una fortuna que te permitirá vivir libre de preocupaciones el resto de tu vida.
Dichas estas palabras, le señaló un pesado cofre que se encontraba en un rincón de la estancia, que estaba cerrado con diversas cerraduras y en cuya tapa se veían grabadas inscripciones hechas con caracteres árabes.
- Fíjate en ese cofre -siguió diciendo-. Contiene un verdadero tesoro en piedras preciosas, monedas de oro y sartas de perlas del más fino oriente. ¡Te ofrezco la mitad, en pago a tu servicio!
- Ya te dije que estaba dispuesto a ayudarte -afirmó de nuevo el joven estudiante-. Dime de una vez qué debo hacer. - Necesitamos la ayuda de otras dos personas. Y, naturalmente, sólo tú puedes encargarte de encontrarlas sobre la superficie de la tierra. Esas dos personas deben ser un anciano erudito, que pueda descifrar las inscripciones que están escritas con caracteres árabes en las paredes que conducen a esa bóveda y que, al mismo tiempo, sea hombre de virtud y respetado por cuantos le conocen. Y una doncella joven, recatada y buena, para que con su propia mano, en la que deberá llevar ese anillo del sabio Salomón, toque el arca que contiene el tesoro. Y todo eso ha de hacerse durante la noche.
Al oír aquella explicación, el estudiante pensó al punto que las dos personas de las que el soldado hablaba se encontraban exactamente reflejadas en el anciano sabio y su hermosa sobrina. ¡Y eso, como es de suponer, le llenó de alegría!
- ¡Estupendo! -exclamó-. Conozco a un anciano erudito, que tiene una sobrina muy hermosa, y sus personas y sus almas corresponden exactamente a esa descripción que acabas de hacerme. ¡Estoy seguro de que conseguiré su ayuda!
- Perfecto. Pero debo advertirte que es condición esencial para que el anciano pueda penetrar hasta esa bóveda que, antes, mortifique su carne con el ayuno. Durante veinticuatro horas no debe probar bocado alguno ni beber siquiera un sorbo de agua. Y en cuanto a la doncella, asegúrate de que sea realmente un dechado de perfecciones y virtudes. De lo contrario, de nada serviría cuanto hiciésemos -explicó el soldado-. Y ahora, apresúrate a volver a la tierra para hablar con ellos y convencerles de que me ayuden. Tienes tres días de tiempo. Pasadas esas setenta y dos horas todo será inútil. Tu anillo de Salomón, a pesar de su poder, ya no volverá a abrirte la entrada a mi encierro en cuanto suene la medianoche del tercer día. Y yo habré de esperar una nueva oportunidad, el próximo siglo.
El estudiante se apresuró a salir, sintiéndose muy alegre y contento. ¡Le parecía algo facilísimo conseguir la liberación del soldado! Y ni siquiera sintió el más mínimo temor cuando advirtió que las piedras volvían a cerrarse a sus espaldas.
Al día siguiente, muy de mañana, se dirigió a casa del anciano erudito, con paso seguro y firme. ¡Ahora no iba a presentarse como un pobre estudiante sin más bienes que su saber y sus deseos de nuevos conocimientos y una vieja guitarra, sino como el embajador de un mundo fantástico, y futuro poseedor de un tesoro digno del más poderoso rey!
Desgraciadamente, la leyenda no nos cuenta lo que hablaron el estudiante y el anciano. Pero lo cierto es que el noble y bondadoso sabio, al tener conocimiento de que un pobre soldado estaba hechizado y de que él podía contribuir a salvarlo, sintió conmoverse su corazón y no tardó en decir a Vicente que podía contar con su ayuda. Además, el joven le ofreció la mitad de las joyas y del oro que el soldado había prometido entregarle.
- ¡Cuántas limosnas podré hacer, y a cuántos menesterosos podré ayudar con ese tesoro! -exclamó el sabio, lleno de contento. Y seguidamente llamó a su sobrina, a la que informó de cuanto el estudiante le había pedido.
Naturalmente, también la muchacha se mostró dispuesta a colaborar, lo cual le ganó una agradecida mirada del joven.
Así, ya sólo quedaba una dificultad. ¡El ayuno de veinticuatro horas al que el anciano debía someterse, para ser digno de penetrar entre las piedras que guardaban la bóveda encantada! Y decimos dificultad porque el anciano, aunque de costumbres austeras y siempre muy parco en el comer y en el beber, precisamente por ser ya de avanzada edad y tener costumbres y hábitos que no había variado desde hacía años, le resultaba muy doloroso permanecer tantas horas sin ingerir bocado alguno.
Por dos veces lo intentó... ¡y por dos veces fracasó en su empeño! El pobre hombre estaba lleno de buena intención, pero en cuanto habían transcurrido cuatro o cinco horas, sentía que su estómago le reclamaba con insistencia el alimento o la bebida a la que estaba acostumbrado, y a la que, naturalmente, tenía derecho. En cuanto el ayuno llegaba a ser de medio día, experimentaba auténticos vahídos y mareos, hasta qué sin poder resistir más terminaba alguna fruta o bebiendo aunque sólo fuera un vaso de agua.
Finalmente, llegada la medianoche del segundo día, día en que por segunda vez había fallado el ayuno del anciano, el estudiante, con buenas palabras y mucha cortesía, se permitió recordarle que aquella era ya su última oportunidad.
- ¡Si tampoco en las próximas veinticuatro horas podéis resistir sin tomar alimento ni bebida alguno, habréis condenado al soldado a seguir encantado durante un nuevo siglo! Pensadlo bien señor... Y pensad también que perderemos la fortuna con la que queréis socorrer a muchos necesitados.
El anciano sintió que de nuevo se conmovía su corazón al pensar en la desdicha del soldado y también en todos los menesterosos a los que podría ayudar, si conseguía el tesoro del que Vicente le había hablado. Y se hizo la firme decisión de que aquel día resistiría, por doloroso y difícil que le resultara.
¡Y aquel día, por fin, lo consiguió!
Ya hacía rato que el sol se había puesto en el horizonte y la noche estaba avanzada cuando el estudiante, seguido por el anciano y la doncella inició el camino que conducía hasta la torre en la que estaba cautivo el soldado. El joven marchaba alegre, pero el pobre sabio, como consecuencia de su ayuno, iba casi tambaleándose y sintiendo cómo las piernas le temblaban de pura debilidad.
El estudiante, en cuanto lo advirtió, le ofreció su brazo y sólo así, con esa ayuda, pudo el sabio seguir andando. Detrás de ellos caminaba la doncella, llevando al brazo un cesto con provisiones, para que su tío pudiera recuperar fuerzas tan pronto como, llegada ya la medianoche, hubieran conseguido romper el hechizo del soldado.
Llegados a la puerta de la torre, el estudiante tocó ligeramente con su anillo las losas de piedra al pie de la maciza puerta de hierro y al punto se oyeron los mismos ruidos que oyera tres noches antes, cuando iba en compañía del soldado, y de nuevo se abrió a sus pies un ancho boquete, en el que se distinguían las escaleras que conducían a la bóveda.
Iniciaron el descenso. Fue lento, porque a cada escalón el sabio anciano tenía que detenerse para ir descifrando las inscripciones grabadas en las paredes. Pero era tal su saber, que pudo descifrarlas todas, sin dejar ni una sola, con lo cual quedaba ya cumplido uno de los requisitos necesarios para romper el hechizo de aquel lugar.
Llegados a la bóveda encontraron al soldado sentado en el duro banco que durante tres siglos había sido su único lugar de reposo y cuyo rostro se iluminó al verles llegar.
A una seña del estudiante, la doncella avanzó hacia el cofre, tocando sus cerraduras con la mano en la que llevaba el anillo de Salomón que el joven le había entregado previamente. Se abrió la tapa, como si hubieran tocado un oculto resorte y, ¡qué gran tesoro apareció ante sus ojos!
El soldado no había mentido. Sartas de perlas finísimas, joyas maravillosas, monedas de oro, piedras preciosas de incalculable valor... Por unos instantes, lo mismo el anciano que los dos jóvenes se quedaron extasiados contemplándolo.
- ¡Vamos! ¡Démonos prisa en salir de aquí, ahora que el hechizo ya está roto! -exclamó Vicente, apresurándose a llenarse los bolsillos.
- No hay prisa -respondió el soldado-. Saquemos el cofre entero y cuando nos encontremos en la superficie de la tierra lo repartiremos como dijimos. No dejemos ni una sola moneda ahí dentro.
El estudiante aprobó aquellas palabras y entre los dos se pusieron a mover el cofre. Pero era tan grande el tesoro que contenía, que resultaba enormemente pesado, por lo cual sólo muy lentamente conseguían ir moviéndolo.
Entretanto, el anciano, a quien el tesoro no interesaba particularmente, y que había oído claramente cómo el estudiante afirmaba que el hechizo ya estaba roto, se lanzó hacia la cesta de las provisiones que su sobrina había dejado a un lado en el suelo, y en menos tiempo del que se tarda en explicarlo se bebió una taza de apetitoso caldo, apresurándose después a hincarle el diente a una manzana de piel brillante y hermosos colores, al tiempo que se tomaba una copita de vino generoso, para templar el estómago, reseco por el prolongado ayuno.
¡Jamás lo hubiera hecho! Aún no había terminado de comer la manzana cuando las paredes de la caverna comenzaron a retumbar. Oyendo el ruido, el soldado lanzó una exclamación, porque al momento advirtió que todas sus esperanzas e ilusiones se desvanecían.
Y en efecto, el cofre, que ya habían conseguido llevar hasta el pie de las escaleras, volvió a cerrarse con un golpe seco y en un instante volvió a estar en el que antes se encontraba, mientras el anciano, el estudiante y la doncella se encontraron de nuevo en la superficie de la tierra, y las losas de piedra se cerraban de nuevo a sus pies, sin que jamás llegaran a saber si habían conseguido salir corriendo y por sus propios méritos, o si el mismo hechizo que mantenía cautivo al soldado, les había echado fuera de la bóveda subterránea.
El anciano lloró lágrimas muy amargas.
- Yo soy el único culpable. ¡Rompí demasiado pronto mi ayuno! ¡Pobre soldado! -exclamaba una y otra vez.
- Calmaos, señor -le dijo el estudiante-. Quizá consiga entrar de nuevo en la caverna y hacer salir conmigo al soldado.
Pero entonces advirtieron que el anillo de Salomón, lo único que de nuevo podía abrirles la entrada, se había quedado dentro. Eran tan pequeñas las manos de la doncella y de dedos tan finos, que era casi seguro que el talismán se había escurrido, cayendo al suelo sin que ni ella misma se diera cuenta. Y además, en aquel momento, llegaron hasta sus oídos las campanas de la catedral de Granada que daban las doce.
El encanto volvía a iniciarse.
¡El soldado de la guardia de Fernando e Isabel de Aragón y Castilla, quedaba condenado a otros cien años de completa reclusión, por su antiguo pecado de ambición!
También la hermosa doncella derramó lágrimas de compasión pensando en el pobre soldado. Pero, finalmente, los tres emprendieron de nuevo el regreso a Granada, porque ya nada podían hacer.
La leyenda ya no nos cuenta más. Pero la tradición que los viejos del lugar se complacen en ir repitiendo a los jóvenes de generación tras generación, nos dice que, llegados ya a Granada, Vicente advirtió que las joyas y las piedras preciosas con las que había llenado sus bolsillos, permanecían todavía en ellos, constituyendo por sí mismas una bonita fortuna, con la cual pudo aumentar su saber, terminando su carrera y llegando a ser, con el tiempo, tan erudito y respetado en Salamanca, como lo era en Granada el anciano tío de la doncella.
Y también nos dice esa misma tradición que apenas habían transcurrido dos años de todos esos sucesos, cuando la hermosa doncella y el estudiante contrajeron matrimonio, y la boda complació mucho al viejo tío, que había llegado a apreciar enormemente al joven, por su clara inteligencia y por su generoso corazón.
La doncella fue tan perfecta esposa como antes había sido buena sobrina y modelo de jóvenes solteras, y de su matrimonio nacieron siete hijos, cuatro niñas y tres niños, todos los cuales heredaron la belleza de la madre, la inteligencia del padre y las virtudes que adornaban a ambos, con lo cual llegaron a ser, con el tiempo, jóvenes de gran valor, queridos de cuantos les conocían.
En cuanto al soldado encantado, hay quien afirma que aún hoy sigue montando guardia junto al tesoro y que sólo sale de su encierro la víspera de San Juan, donde aún podría verle, junto al puente, quien poseyera el mágico anillo de Salomón. Pero también hay quien dice que su encanto se rompió por fin, cien años después de que el estudiante le encontrara, gracias a un pastor que en uno de los montes que rodean Granada encontró otro - o quizá el mismo - anillo de Salomón.
Claro que eso nadie puede afirmarlo con seguridad.
Washington Irving
Cuentos de la Alhambra
(En versión para niños)
Índice
El albañil
Don Munio Sancho de Hinojosa
El astrólogo y la hechicera
Las estatuas discretas
El gobernador y el escribano
El gobernador y el soldado
El laúd de plata
El legado del moro
La rosa de la Alhambra
El soldado encantado
Washington Irving
Leyendas de la Alhambra
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