El águila y su hermano feo

 

El vuelo del águila y su hermano feo

 

Los dioses habían decidido ponerlos juntos, en el mismo nido, les regalaron una Madre, los hicieron diferentes, pero cuando eran huevos eso casi no se notaba.

 

El cascarón cedió dando paso a una débil y rosada piel que tiritaba de frío cuando la madre volaba lejos del nido para cazar la comida de cada día. El aguilucho

pronto se diferenció de su hermano, crecía con rapidez y era muy vivaz.

 

La Madre repartía la comida por igual, pero el aguilucho siempre terminaba antes y luego le arrebataba parte de la comida de su todavía débil hermano. Así

crecieron, uno a la sombra de otro. Llegaron las plumas y el momento de abandonar el nido, el aguilucho estaba listo, su hermano no.

 

Extendió sus alas y se lanzó pleno al vacío en un vuelo de picada, hizo un giro y sintió la maravillosa sensación del aire acariciando sus plumas, se pensó

dueño del mundo, dueño del aire, dueño de la tierra. Estaba hecho para dominar.

 

Su hermano con un plumaje todavía grisáceo y sin forma se aventuró temeroso detrás de su admirado y envidiado hermano aguilucho; el porrazo fue seco, y

la decepción peor. ¿Por qué tengo estas garras inservibles, este pico grande y estas plumas débiles?, se preguntaba el todavía indefenso polluelo. Y así

se cuestionaba, caída tras caída mientras observaba a su hermano adiestrándose en la tarea de conquistar el mundo; con violencia rompía la dirección del

viento y se volvió capaz de cazar cualquier animal que rondaba por el piso.

 

Los desafiaba a todos y desarrolló ciertos gustos refinados comiéndose solo las partes más exquisitas de su carne. Su hermano feo lo seguía día y noche

en pequeños y torpes vuelos desde tierra, y frustrado por su incapacidad rapaz se veía obligado a comer los restos desperdiciados de su hermano águila.

 

El uno aprendió el arte del vuelo, de la cacería exitosa, del dominio natural, el otro aprendió el arte de conectarse con la tierra, de limpiar los vestigios

de la soberbia de su hermano, aprendió el silencio imprescindible de la humildad. El águila se acostumbró a su mundo de poderío y gobierno, y la ceguera

lo llevaba a cazar por el puro gusto de cazar, dejaba presas enteras asesinadas gozándose en las miradas temerosas de los animales en tierra.

 

Su Madre los observaba siempre lejana, y detrás de ella los dioses. "El difícil arte de volar no es una tarea de abrir las alas solamente, se decían, volar

es renunciar a algo para unirte a los demás."

 

La carroña que el feo polluelo comía pronto se transformó en unas fuertes plumas enormes y en un bello collar blanco. Y un buen día, el hermano feo dejó

de ser feo y renunció a su autocompasión y a la envidia de su hermana águila, levantó las alas y sintió como la tierra se alejaba de sus patas, se conectó

con el viento y con él fue llevado a las alturas. Conoció las nubes, vio de cerca al padre Sol, escuchaba las corrientes aéreas esculpiendo la fría roca,

y fue muy feliz.

 

¿Y el águila? El águila no quiso renunciar a nada, colérica observó como el bello cóndor volaba sereno por lugares que ella no había alcanzado nunca a explorar.

Usó toda su fuerza, agitaba sus alas en un vuelo desesperado por alcanzar a su hermano, pero ella no estaba hecha para volar tan alto, el frío extremo

y la falta de oxígeno la aturdieron y se precipitó a tierra. Su caída estrepitosa fue bien recibida por todos los animales que alguna vez fueron atacados

o que habían perdido a sus seres queridos por el puro gusto que sentía el águila de usar su poder, y fue así como esta historia finalizó con una lección

importante que los dioses repetían entristecidos por la ceguera del águila: volar es renunciar a algo para unirte al otro.

 

 

     Volver al índice!