Me volví y allí estaba ella. Ana María era una mujer
menudita, con media melena, pelo caoba y una sonrisa encantadora. Apenas en un
segundo aprecié su figura:
unas caderas bien marcadas y unos
pechos muy sugerentes.
Nos dimos los besos de rigor y tomamos una cerveza en la
barra. Me contó que vivía cerca, en un piso antiguo de esos de techos muy
altos, por la calle Huertas.
Y que tenía intención de llevarme a cenar y de copas por esa
zona, que era de las más marchosas. Efectivamente había visto un montón de
locales que apenas
estaban abriendo, pero había mucho
movimiento por la calle.
Estuvimos riéndonos y comentado lo curioso de la primera
impresión; cómo te haces instintivamente una imagen mental de las personas que no
siempre se ajusta
a la realidad. Yo le dije que lo
tenía más fácil por la caricatura que aparece en la carátula de entrada de la
página. Pero ella protestó que no me hacía
justicia en absoluto.
Ana María tenía un sentido del humor muy fino y era persona
de sonrisa fácil y conversación fluida. Parecía que nos conocíamos hacía mucho
tiempo y que
hubiera entre nosotros una
corriente de complicidad.
Fuimos a cenar y después a tomar unas copas. Yo me
encontraba muy a gusto y ella estaba contenta de enseñarme sus rincones
favoritos en su barrio. Mientras
vaciaba mi vaso y ella pedía otra
ronda al camarero me fijé en su perfil. Era realmente bonita y sus labios se
fruncían al hablar y sonreír de una manera
muy atractiva. Su blusa ibicenca
realzaba sus pechos, generosos, apetecibles. Se había recogido su falda india
al sentarse y por un lado mostraba a medias
sus piernas fuertes y sus muslos.
Realmente era una fruta joven y deliciosa. En estos pensamientos estaba cuando
de pronto puso sus ojos a un palmo de
mi cara y me dijo con un tono entre
seductor y divertido:
- ¿Qué está mirando mi webmaster favorito?
Me pilló completamente en fuera de juego. Hasta ese momento
la velada había transcurrido suavemente, de buen rollo. Pero de repente el tono
de su voz y
un brillo extraño en sus ojos
hicieron que todo cambiara... Y más aún cuando sin mediar palabra extendió sus
manos, cogió las mías y se las llevó a la
boca, besándolas muy dulcemente,
sin dejar de mirarme.
- Ana, yo...
- ¿Sabes lo que me está apeteciendo? - me interrumpió. Que
tomemos la penúltima en mi casa. ¿Quieres? ¿Te atreves a venir conmigo?.
- Claro que sí. Si tú también deseas...
Mis palabras quedaron en el aire cuando se inclinó hacia mi
cara y me besó.
Cancelamos justo a tiempo la última comanda, pagamos y me
llevó de la mano, calle abajo, hasta llegar a su portal. Abrió la puerta, una
cerradura moderna
en una puerta de madera, enorme, de
más de cien años. Entramos al zaguán y enfilamos la escalera, ancha, con un elaborado pasamanos y los escalones también
de madera.
- Cuidado, hay un par de escalones muy traidores, no vayas a
resbalar. Y comenzó a subir delante de mí.
- Lo único peligroso realmente, aquí, eres tú...
Y mis manos se fueron instintivamente a sus piernas. Las
metí por debajo de la falda y acaricié por primera vez sus pantorrillas, sus
muslos. Ella no dijo
nada, pero cuando llegamos al
primer rellano se detuvo, suspiró profundamente, sin volverse, mientras ya sin
pudor estaba acariciando su culito enfundado
en unas bragas muy agradables al
tacto. Lentamente se volvió hacia mí, me abrazó y nos unimos en un beso
salvaje, de deseo mal contenido. Su lengua penetró
en mi boca y jugó con la mía a su
placer. Mis manos seguían en su culo pero esta vez salvando la barrera de las
bragas y tocando su piel suave y deliciosa,
mientras la acercaba más a mí y
correspondía a su beso.
De pronto se liberó y emprendió carrera escaleras arriba. La
seguí aceptando el juego. Se detuvo ante su puerta y metió la llave, mientras
yo me pegaba
a ella por detrás presionando su
cuerpo ya haciéndole sentir mi dureza en su trasero y apartaba su pelo para
besarla en el cuello. Gimió bajito, divertida
y excitada, mientras giraba con
prisa la llave y entramos en su casa.
Tiró el bolso en una silla donde había un par de periódicos
y un paraguas. Me cogió de la mano y me llevó pasillo adelante hasta llegar a
un salón, muy
coqueto, con una enorme alfombra,
una mesa baja de teca y cojines por el suelo. Me invitó a sentarme, se descalzó
y, andando casi de puntillas encendió
el equipo de música, corrió a la
cocina y trajo una botella de vino y dos copas.
Aguantando mi deseo de tomarla en mis brazos abrí la botella
y serví el vino. Cuando estaba ofreciéndole su copa, la mia en la otra mano,
ella se acercó,
levantó su falda y se sentó a
horcajadas sobre mí. Tomó mi cara con las dos manos y volvió a besarme, me
mordió los labios, me succionó con frenesí creciente.
A duras penas dejé las copas en el suelo y la abracé con no
menos deseo. Sentí sus pechos aplastarse contra mí y sus piernas cerrarse sobre
mi cintura.
Susurré su nombre mientras mis manos recorrían sus costados
y poco a poco comenzaron a sacar su camisa de la falda. Al poco se habían
colado furtivamente
por debajo y estaban acariciando
directamente sus pechos.
Ella se echó atrás, dejándome hacer y mirándome con
expresión extraviada. Comenzó a gemir cuando alcancé sus pezones y los retorcí
suavemente. Su pelvis
se restregaba contra mi paquete que
estaba alcanzando considerables proporciones.
Y de pronto se levantó, deshizo el nudo de la cintura y su
falda cayó en un montón alrededor de sus pies. Sus bragas siguieron el mismo
camino. Puso uno
de sus muslos en mi hombro y me
ofreció su coñito. Qué podía hacer sino rendirle honores. Mi lengua trazó el
camino de sus labios. Su aroma era muy excitante
y su humedad un néctar para mi
boca. Estuve recorriéndola de arriba a bajo y vuelta empezar. Paraba a veces en
su clítoris y mis labios se curvaban para
abarcarlo y lamerlo más
intensamente. Sus manos estaban en torno a mi cabeza, tomándome por la nuca y
de tanto en tanto me pegaba más contra su sexo.
Seguí chupando y comiéndome esa delicia mientras mis dedos
campaban entre su culito y su coño, abriendo los labios, dilatando, acariciando
las nalgas. Hasta
que sentí cómo sus gemidos subían
de volumen y sus caderas y piernas comenzaban a temblar.
Empezó a correrse de forma incontenible y los gemidos dieron
paso a un instante de silencio, sus dedos engarfiados en mi pelo, y luego a un
aullido in crescendo
que me confirmó que se estaba
viniendo.
Siempre he pensado que un buen amante ha de conseguir que su
pareja tenga los primeros orgasmo incluso antes de haberse desnudado él y por
supuesto, antes
de cualquier penetración. Ana María
había tenido el primero de la larga serie de orgasmos que disfrutó aquella
noche. Tiempo tendría yo de ponerme a su
altura.
Comenzó a relajarse y se separó de mi cara. Se hincó de
rodillas y mirándome con los ojos húmedos y la respiración agitada comenzó a
desabrochar mi cinturón,
abrió mi bragueta y tiró de mis
pantalones hasta sacarlos totalmente, al tiempo que me quitaba también los
calzoncillos. Mi verga apuntaba insolente al
techo.
Ella se detuvo el tiempo justo para quitarse su blusa y
sacarse las tetas fuera del sujetador, ofreciéndose sobre sus copas. Tenía unos
hermosos pezones
marrones, que invitaban a besarlos
durante horas.
Sin mediar palabra pero con una sonrisa lasciva agarró mi
polla con una mano y, mientras se sujetaba el pelo con la otra, se la metió
entera en la boca.
Comenzó a mamarla con una cadencia lenta, cerrando los
labios cuando subía y relajándolos cuando se autopenetraba de nuevo. Su lengua
no dejaba de moverse
en círculos sobre mi glande. Me
apoyé en los cojines y disfruté del espectáculo que me ofrecía. Siempre me ha
fascinado ver a una mujer comiendo una polla
con delectación, saboreándola,
haciendo de su boca un instrumento de placer tan satisfactorio o más que su
propio coño.
Y Ana María sabía hacerlo muy bien. Estaba consiguiendo
ponerme en un estado previo a la eyaculación, cuando se contraen los músculos y
parece que la cadera
se levanta al encuentro de esa boca
que está sorbiéndote y sientes que de un momento a otro vas a vaciarte en su
interior sin que puedas retrasarlo ni
evitarlo, ni maldito deseo de
hacerlo.
Cuando además añadió un movimiento con su mano a lo largo de
todo el tronco fue cuestión de segundos que mi semen volara. Abrió la boca lo
justo para que
la primera descarga se desparramara
por su lengua y se perdieran en su interior las siguientes.
No dejó de masajearme la polla hasta que las últimas gotas
pendían de la punta, entonces cerró nuevamente sus labios alrededor y succionó
hasta llevarse
todo el semen restante.
Como una gatita satisfecha se retrepó sobre mí lentamente,
me besó y se acurrucó en mi hombro. Abracé su cuerpo y charlamos muy quedo durante un rato. Me
había dejado en éxtasis y creo que
ella se sentía igual. Conversamos, reímos, nos acariciamos y poco a poco
nuestros cuerpos pidieron un nuevo encuentro
a medida que nuestras bocas volvían
a explorarse.
Se puso nuevamente en cuclillas y me abrió la camisa.
Acarició mi pecho y pellizcó mis pezones. Se rió con ganas al ver el respingo
que di. Luego tomó mi
polla otra vez erecta. Sus manos la
llevaron a los labios de su coño y comenzó a restregar el glande, lo llenó con
su flujo y se masturbó con él. Acarició
mis huevos mientras seguían dándose
placer. Me estaba enardeciendo hasta el extremo que ella precisamente quería.
No pude aguantar más sus manoseos, el
calor de su chochito y su mirada
desafiante. Cogiéndola con ambas manos por el culo la alcé y la llevé a
sentarse sobre mi polla. Penetró de una vez, hasta
el fondo. Ella dejó escapar el aire
de sus pulmones como diciendo, por fin...
Comenzó a mover sus caderas en círculos. Controlaba
totalmente la penetración, decidía cómo y hasta dónde quería empalarse. Alzaba
su culo hasta que alcanzaba
a verse el glande y se dejaba caer
nuevamente, tragándola, golosa, lasciva.
Seguimos así, mientras mis manos no paraban de acariciar y
amasar sus tetas y de vez en cuando instalarse entre sus muslos para acariciar
su clítoris. Nos
besábamos, nos mordíamos los
labios. Estábamos enfebrecidos, ardiendo de deseo. Era un encuentro inesperado,
no planeado, pero lo estábamos disfrutando
con la sabiduría de los viejos
amantes que conocen el cuerpo del otro y se entregan a él para darle placer.
Murmurábamos el nombre del otro. Musitábamos cortas frases
de contenido muy fuerte y muy excitante. Animábamos al otro a disfrutar sin
medida. Y seguimos
follando hasta que el orgasmo nos
alcanzó como una ola nos derriba en la orilla del mar. Los cuerpos sudorosos,
abiertos al placer y a la pasión. Nos perdimos
el uno en el otro mientras ella se
aferraba a mi espalda en pleno éxtasis y yo llenaba sus entrañas con un grito
gutural.
Después nos duchamos y pasamos el resto de la noche en la
cama, jugando y disfrutando como cachorros.
Al día siguiente desayunamos juntos. Hicimos el amor en la
cocina. Después me acompañó a la estación y nos despedimos con un beso muy
dulce y una caricia.
Recuerdo con extraordinario cariño el calor de su mirada
cuando el tren se puso en marcha.
Espero verte pronto, Ana María.