Doce años en un colegio de monjas no era para menos. A sus 16, la

experiencia de Karla en materia sexual no iba más allá de unos castos

arrumacos con el que había sido su único novio y una que otra caricia propia

que no hizo más que despertar su curiosidad; todo ello confesado en su

momento según las normas de la "Santa Iglesia". Su asidua participación en

los grupos juveniles de su parroquia y sus constantes pláticas moralizantes,

que evocaban las ejemplares vidas de los santos, acentuaban su prestigio,

presentándola ante su sociedad como una chica de principios muy religiosos,

pero ella sabía que aquella imagen se estaba tambaleando dentro de sí: el

"demonio" le estaba jugando una mala pasada. Ultimamente se sentía

bombardeada por "malos pensamientos". Sabía que aquellos relatos eróticos

que sus amigas "menos virtuosas" solían platicar, y los "indecentes"

contenidos de las telenovelas que veía no podían traer nada bueno. Cada vez

con más frecuencia, despertaba excitada por algún "mal sueño" y la tentación

de la masturbación cada vez le era más difícil de vencer. Inmersa en estos

aconteceres de su vida, Karla acudió cierta noche a la "posada" de su

escuela, esa fiesta navideña tan tradicional en México. Entre los asistentes

se encontraba Carlos, un chico de la escuela con el que ella solía platicar

de vez en cuando y por el que sentía una peculiar atracción, mermada sólo

por su fama de "Don Juan" y su nula cercanía con los aspectos espirituales.

 

Para Carlos, la personalidad mística de aquella chica contrastaba con la

inmensa sensualidad que desbordaba. Su mirar transparente y su sonrisa, en

extremo coqueta, le parecían una combinación letal y difícil de resistir,

por lo que, a pesar de su aire demasiado espiritual, la buscaba en cada

oportunidad. Esa noche no fue la excepción, pero esta vez se encontró con

una Karla diferente. Tras los primeros minutos de conversación, notó que sus

bromas de doble sentido no asustaban a la chica como solía ocurrir; por el

contrario, parecían divertirle en extremo. El excesivo recato del que ella

solía acompañarse parecía no haber asistido esta vez. El rechazo al alcohol

tampoco acudió y gustosa aceptó los sabrosos "ponches" que su amigo le

ofrecía. La plática pasó de los chistes tiernos a los "rojos" y de los temas

más inocentes a los tópicos sexuales sin que la chica mostrara rechazo

alguno. Por su parte, Karla sabía que aquella plática con Carlos era

"sucia", y que por respeto a su formación moral debía interrumpir aquello,

pero no podía. Una fuerza mayor a su pudor se lo impedía. Se sentía excitada

por la charla de su amigo y le resultaba imposible evitar el brillo en sus

ojos y el nerviosismo en sus manos que rebeldes tocaban de vez en vez su

entrepierna, haciendo evidente su extremo estado de excitación.

 

Carlos lo notó. Sabía que aquella noche podrían venir cosas buenas y sin

meditarlo mucho, y aún cuando la fiesta apenas comenzaba, la invitó a "dar

un paseo", escuchando con enorme sorpresa y agrado un "sí" que pareció

venido del mismísimo cielo. Ambos chicos salieron de aquella fiesta ante las

miradas llenas de sospecha de sus respectivos amigos. Una vez instalada en

el auto de su amigo, Karla comenzó a meditar sobre lo que estaba pasando.

Sabía que estaba "metiendo la pata" pero sentía unas enormes ganas de

hacerlo. Por otro lado, el saber que sus padres estaban fuera de la ciudad,

lo que rara vez ocurría, le daba confianza para seguir adelante con aquella

aventura. Comenzó a percibir sensaciones nunca antes experimentadas por

ella; sabía que esos podían ser los momentos previos a la pérdida de su

"pureza", pero lejos de incomodarse, como "debería pasar", se sentía feliz

de que aquella posibilidad cobrara vida. Pretendiendo ser discreta, pero sin

lograrlo, volteó su mirada a la entrepierna de su compañero topándose con

una protuberancia excitante. Entendió entonces que él estaba tan anhelante

como ella. Carlos decidió encaminar hacia Tequesquitengo, un bonito lugar,

escenario de correrías similares en su pasado reciente. Conocía de un buen

lugar donde "retozar" tranquilamente con su enorgullecedora conquista, por

lo que más temprano que tarde estaba su auto en plena carretera con ese

prometedor destino. Durante el viaje no hubo cabida para la paciencia. Con

ansia evidente, Carlos colocó su mano derecha sobre la rodilla izquierda de

Karla, quien complaciente y generosa abrió ligeramente sus piernas en plan

de invitación. Esa actitud no pudo ser más excitante para el emocionado

conquistador, quien con mayor confianza fue desplazando su mano hacia la

entrepierna de su amiga, estimulado por la respiración cada vez más

entrecortada de ella. Tras alcanzar el cobijo de la falda, la mano de él se

internó hacia el húmedo centro de la chica, para luego darse a la tarea de

frotarle por encima de sus bragas.

 

Para Karla aquellos momentos fueron muy especiales. Se estaba dejando llevar

por la tentación, y el remordimiento era lo último que pasaba por su cabeza;

la mano traviesa bajo su falda se lo impedía. Por minutos gozó de la

exquisita fricción que su compañero le regalaba, pero pronto lamentó la

presencia de su íntima prenda que, cual indeseable custodio, resguardaba

celosamente la más preciada de sus cavidades impidiendo el roce directo y

eventual ingreso de aquellos delicioso dedos. Deseó con el alma que su amigo

se animara a más, pero la actitud prudente de él, le hizo entender que sólo

quería mantenerla con deseo hasta que alcanzaran su destino. No pudo

resistir eso. Con impaciencia notoria, colocó su mano sobre la protuberancia

que bajo el pantalón de su compañero se erguía y comenzó a frotarla con

generosidad, con la esperanza de contagiarle su anhelo. Carlos entendió que

no podía darse el lujo de esperar, y con la cautela que el caso ameritaba,

salió de la carretera para tomar refugio en una pequeña vereda, que

hospitalaria se reveló a su vista. El vehículo de los chicos se cobijó al

amparo de unos frondosos árboles y la tenue obscuridad de la noche. Las

manos del muchacho pudieron entonces entregarse afanosas a la atención de

Karla, pero ella, con excitación inédita, desabrochó las ropas de su amigo

para redimir el objeto de su deseo. Por fin sintió entre sus manos aquella

prohibida carnosidad masculina. No pudo resistir el impulso de agacharse

para rozarla con sus labios, para darle humedad, para albergarla en su boca

como invitándola a acostarse con su lengua. La ausencia de experiencia fue

suplida a creces por la pasión. Aquella boca primeriza, inexperta, pareció

iluminada por la lujuria, y con maestría envuelta en inocencia y deseo,

sometió a su inusual huésped a fervoroso vaivén. Carlos estaba acostumbrado

a ese tipo de aventuras, pero sabía que esa noche era diferente a las demás.

Tenía en su regazo algo más que a una compañera ardiente. Sentía el

delicioso contraste de una mujer profundamente espiritual que visitaba por

primera vez los deliciosos placeres de la carne. "Esto no se tiene todos los

días", pensaba para sí. Aquellas suculentas oleadas de gozo que oralmente

ella le regalaba, competían con el enorme deseo de poseerla, pero no quiso

interrumpir aquello. En cambio, levantó la falda de su compañera para

descubrir ante sí la excitante visión de un hermoso trasero. Colocó su mano

derecha sobre él y comenzó a frotar agradecido.

 

Aquella mano atrás de sí avivó el fuego en Karla. Disfrutó por instantes del

delicioso roce, pero más temprano que tarde sintió el incontenible impulso

de retirar sus bragas para abrir el camino a la generosa mano que le

procuraba placer; sin desatender a su compañero, como pudo, retiró su íntima

prenda. Logró aquella mano entonces dirigirse pronta y deliciosa a la zona

más íntima de ella, con la misión de agradecer amablemente el gozo que su

dueño recibía. Por minutos, los felices dedos se deslizaron juguetones por

aquella chica, brincoteando libres entre loma y loma, entre entrada y

entrada. El subconsciente de Karla, sin embrago, ya no estaba para

aproximaciones; deseaba vehementemente el ingreso de aquellos dedos y,

gobernada sólo por el anhelo, al sentir aquella bendita mano en la entrada

de su sexo inició un movimiento pélvico que parecía exigir la penetración.

Carlos no pudo resistir aquella excitante muestra de anhelo, que aunada a la

deliciosa fricción bucal que sobre su sexo ella le regalaba, hizo que pasara

lo que tenía que pasar. A los pocos instantes la boca de aquella chica

recibía tibios torrentes de pringosa pasión. De momento ella no supo qué

hacer, pero el tan ambicionado ingreso a su sexo de los agradecidos dedos de

su amigo, tomó dominio de sus pensamientos. Mientras la viril carnosidad se

reblandecía ante su cara, la mano experta de su complacido amigo se movía

deliciosa, con asiduidad creciente, encumbrándola en cada movimiento hacia

la cima del deleite, el cual llegó acompañado de "indecentes" gemidos que su

garganta no pudo contener. Por fin sintió su primer orgasmo. Profundamente

complacidos, tras echar para atrás los asientos del auto, los dos chicos se

recostaron abrazados a platicar en silencio, labios contra labios. Los

minutos pasaron en aquel mudo diálogo y con ellos fue reapareciendo la

excitación. Ya no era necesario buscar el hotel, aquel refugio parecía ideal

para todo lo que sus cuerpos necesitaran. Pronto, el bulto en la entrepierna

de Carlos se irguió de nuevo. Esa fue la señal para la reanudación de la

entrega amorosa. Los manoseos mutuos reaparecieron. Karla ya sabía lo que

era un orgasmo, pero sentía una profunda necesidad de recibir a su amigo

dentro de ella. "Quiero ser tuya", fue todo lo que sus labios tuvieron que

decir para que a los instantes siguientes su entusiasmado amigo estuviera

sobre ella dispuesto a consumar aquel repentino y quizá volátil amor. Ella

sólo cerró los ojos. Abrió sus piernas a su delicioso amante y se sintió

transportada al paraíso con aquel ingreso. Carlos se afanó al vaivén que

dotaría de excelso placer a ambos amantes. Los eróticos gemidos de su

compañera en turno opacaron a los molestos rechinidos del auto.Tras muchos

deliciosos pulsos de gozo, él interrumpió aquello; por su mente pasaban

cosas previas al desenlace final. "Quiero cogerte como perrita", confesó a

su amiga, quien, sin entender bien a bien a lo que se refería su obsceno

compañero, sólo se abocó a entregarse dúctil a sus expertas manos. Pronto,

rodillas y manos la sustentaban en aquellos asientos, en tanto que atrás su

excitado compañero la sujetaba con una mano por la cadera mientras con la

otra dirigía su miembro hacia ella. Otra vez un delicioso ingreso, otra vez

un placentero vaivén que la acercaba al cielo, pero esta vez aquellos

anhelantes senos gozaban del afanoso roce de las manos de Carlos.

 

-Siempre he fantaseado con hacerlo al aire libre, ¿quieres hacerlo así?-

interrumpió Carlos su canino accionar para interrogar a su amante. Como

respuesta recibió la sonrisa de ella, que parecía decirle "en tus manos

estoy". La frescura de la noche no fue obstáculo para aquellos encendidos

amigos, que pronto se encontraron revolcándose en el frío pasto silvestre

regalándose placer a manos llenas. Después de algunos minutos ambos

alcanzaron su gozo máximo, para regresar al cobijo del auto. El regreso a la

ciudad fue propicio para la reflexión. Todas aquellas bromas de sus amigas

por considerarla demasiado "pura" habrían de terminar. Todas aquellas

pláticas obscenas de sus compañeras, de las que solía entender poco, serían

ahora inteligibles. Ya no le platicarían más, ya había vivido lo necesario

para considerarse mujer. Con una oración lo agradecería al cielo. Una duda

importante aquejó entonces a la chica: sabía que tendría que dar testimonio

sacramental de su aventura, pero ¿cómo reconocer una culpa cuando ni el

arrepentimiento ni la decisión de no volver a hacerlo se presentaban?

Entendió entonces que quien es todo bondad difícilmente hubiera provisto al

ser humano de algo tan maravilloso como lo es la sexualidad, con la malsana

intención de que no la usara en favor de su felicidad. En ese momento

recordó la frase bíblica que previamente no había entendido y hoy le

confortaba: "la verdad os hará libres".

 

- Martín Pecador, me dejará pasar?

- Pasará, parasá, pero el último...