"Sí",
respondiste: "es una verdadera puta.".
Entre tanto, el
rubio continuaba sodomizándome.
"Muévete", ordenó, al tiempo que me agarraba por
las caderas y profundizaba la penetración a cada
envite. Gemí. Aquello dolía mucho, a pesar de
que el moreno continuaba acariciando con sus
dedos mi
coño. "Eres deliciosa", susurró a mi
oído. Buqué tus ojos y vi cómo
observabas todo
sin dejar de acariciarte la polla con tu mano,
en forma automática...
La puta que no
sabía que lo era. (Cómo me
emputeciste 4)
"Sí",
respondiste: "es una verdadera puta.".
Entre tanto, el
rubio continuaba sodomizándome.
"Muévete", ordenó, al tiempo que me agarraba por
las caderas y profundizaba la penetración a cada
envite. Gemí. Aquello dolía mucho, a pesar de
que el moreno continuaba acariciando con sus
dedos mi coño. "Eres deliciosa", susurró a mi
oído. Buqué tus ojos y vi cómo
observabas todo
sin dejar de acariciarte la polla con tu mano,
en forma automática...
El moreno
entonces me hizo inclinarme hacia
delante y metió su verga en mi boca. No podía
creerlo. Estaba arrodillada con mis piernas
apoyadas a cada lado de la pelvis del rubio,
quien se había incorporado para continuar
dándome por culo, y le comía la polla al moreno,
mientras tú mirabas todo, como en un cine porno.
Me habías
alquilado a aquellos dos sujetos que
me gozaban a tope, y yo me había prestado a
todo. Eso era para mí lo más desconcertante: me
gustaba que me montaran, que me usaran de aquel
modo.
Estaba entregada por completo a darles
placer.
En ese momento,
de la garganta del rubio se
escapó un sonido gutural y aquella sensación
desconcertante
atravesó mi culo. Comprendí que
se estaba corriendo y que por segunda vez en la
noche una verga repletaba de leche mi conducto
trasero.
Para entonces, el moreno tenía
completamente empalmada su arma y tenía muchas
ganas de acción. Me ayudó a incorporarme y la
polla flácida del rubio salió de mi agujero. Me
pusieron en cuatro patas, con el culo en pompa,
y el moreno penetró en el mismo sitio donde
había estado su compañero.
La abundancia de fluidos
hizo que esa tercera
verga entrara con mayor facilidad que las
anteriores. Aún así, yo tenía miedo: la del
moreno era la más gruesa y larga de las tres.
Estaba muy
excitado y me sodomizó con fuerza
desde el principio. Mientras esto hacía, el
rubio me presentó la polla goteante y tuve que
chuparla hasta dejársela limpia. Después, me
guió y tuve que abarcar con mi boca una de sus
bolas. Como el moreno, también él tenía el pubis
depilado.
Aquello seguramente les había dolido
lo suyo. Me impresionó porque mi labor en sus
huevos no tardó en empalmársela nuevamente.
Entre tanto, el
moreno me estaba sodomizando con
verdadera furia. Sentía que iba a partirme en
dos en cualquier momento. Menos mal que poco
después se
corrió con un grito que resonó en
toda la casa. Fue un rugido animal, un alarido
de triunfo brutal y yo me estremecí cuando su
leche me inundó por completo.
Con el culo en
carne viva, me incorporé. No
podía creerlo: en menos de dos horas tres
hombres me habían sodomizado. Tú
seguías
mirándome
cuando el moreno me hizo lamerle la
herramienta. Estaba inclinada haciendo esto
cuando el rubio aprovechó que la tenía bien
empalmada y me la metió a fondo por el coño.
Gemí. El moreno
hizo que yo no sólo le chupara
los huevos y el tronco, sino que me pidió que le
metiera un dedo en el culo. Jamás había hecho
eso, pero obedecí. Me fue guiando hasta que
encontré su próstata. Aquello debía ponerlo a
mil, porque jadeaba como un cerdo y en poco
tiempo
volvió a empalmársele.
"Quiero
montarte de pie", susurró el rubio a mi
oído. Me levanté y me llevaron hacia una de las
grandes columnas que sostenían el techo. Apoyé
mis palmas en ella y el moreno se colocó frente
a mí, con su espalda apoyada contra la columna.
Mientras me
besaba en la boca y magreaba mis
tetas, el rubio se colocó a mi
espalda y penetró
en mi coño desde atrás. Fue increíble. Durante
aquel rato, a veces el rubio sacaba su verga y
entonces el moreno ocupaba su lugar. Se turnaron
para penetrarme de pie, hasta que uno de ellos
te
preguntó si nunca habías intentado una doble
penetración conmigo. Pero tú te negaste.
"Aún no.
es muy joven y no tiene el culo listo",
dijiste. Yo no sabía qué era una doble
penetración, pero iba a saberlo uno de esos
días. Por fin, los dos me llevaron a la cama,
donde tú me esperabas. Me coloqué de espaldas a
ti, que permanecías boca arriba, con la verga
enhiesta, y me empalé con ella hasta el fondo
del coño. Mientras me movía a todo lo largo, me
turné
para recibir en mi boca las vergas de mis
"clientes". Las chupé con un deleite que no era
fingido. Mi ego estaba inflado por la idea de
satisfacer
a la vez tres machos en celo.
Mientras te
cabalgaba con entusiasmo, los chupé
y masturbé, hasta que no pudieron más, y con
pocos segundos de diferencia se corrieron. No
pude abarcar las dos pollas, así que la mayor
parte de la leche no cayó en mi boca, sino en mi
cara y sobre mis tetas. Las lamí
hasta dejarlas
limpias, pero yo estaba completamente embarrada
con el semen. Me volví hacia ti. Te incorporaste
y besaste mi boca llena de leche ajena. Aquello
te
excitó al máximo y te corriste en mi interior
con un rugido animal salido del fondo de tus
entrañas.
Había cumplido
con lo pactado, y cuando
recobraron el aliento, los dos clientes te
pagaron lo dicho. Cuando ya nos íbamos, fuiste
hacia
un rincón y apagaste la cámara. La
desmontaste y doblaste el trípode. No podía
creerlo: estaba convertida en una verdadera
puta, y tú, mi novio, eras mi chulo, me follabas
y encima grababas todo. No me permitiste
asearme, ni ponerme el vestido. Así como estaba,
hicimos el camino de regreso en silencio,
alumbrados
por el mismo candelabro. Llegamos al
lugar por donde entramos. Sobre tu cuerpo
desnudo te pusiste el abrigo y me ofreciste la
gabardina. Introduje
los brazos en las mangas,
pero no me dejaste cerrarla sobre mi cuerpo.
Con dificultad,
y con las tetas y el pubis al
aire, llegué hasta el auto. Me dolía todo el
cuerpo y sentía descerrajada la mandíbula. Me
acomodé en el asiento y debí de quedarme
dormida, porque apenas sí recuerdo el viaje de
regreso. Pero en lugar de dejarme en la esquina
donde me habías recogido o en mi casa, me
llevaste al piso donde vivías.
Estacionaste en
el sótano y subimos por el
ascensor. Entramos. Te quitaste el abrigo,
serviste un par de tragos y me ordenaste
quitarme la gabardina y la capucha. Obedecí. Me
acercaste el vaso, pero no me ofreciste asiento,
así que permanecí de pie, tal como estaba:
vestida sólo con el corsé, las medias y los
tacones de aguja. Hablaste en un tono imperioso
que no te había oído nunca. Al menos, hasta
aquella semana.
"Siempre
supe que eras una guarra y que serías
tan ardiente como has resultado. me
alegra no
haber estado en un error, aunque en plan de
noviecita eras de lo más aburrida. no,
no digas
nada. No te he dado permiso. tienes
alma de
zorra y creo que siempre lo has
sabido, ¿no es
cierto?". A mi pesar, asentí.
"Bien. pues aquí está lo que has ganado esta
noche, menos el diez por cien, por supuesto. No
esperarás que sea tu chulo de gratis, ¿verdad?",
y diciendo esto, sacaste el dinero y lo pusiste
sobre la mesa sin contarlo. Te hurté los ojos y
miré el fajo, avergonzada.
"Sabes que
no podemos seguir como antes, Lívida.
creo
que eso lo comprendes bien: no sirvo para
el papel de noviecito. No aspiro a casarme, ni
contigo ni con nadie, ni creo que sea eso lo que
tú
quieres. nunca fuiste de las que se casan,
aunque eso hayas creído hasta ahora. tienes,
en
cambio, pasta de zorra. te veo como gerente de
una empresa, o directiva de un ministerio, y
como puta de altos vuelos, que una cosa no obsta
la otra, claro, pero como mujer de alguno.
difícilmente. Y como mi esposa, menos". Bajé la
vista y tuve que admitir que tenías razón. Que
siempre la habías tenido. A mí también me
costaba
mucho imaginarme llevando una vida de
casada típica.
"La
cuestión es: ¿Qué piensas hacer ahora?
¿Quieres continuar emputeciéndote o vas a
arrepentirte
de todo y volverte a tu concha de
estudiante sobresaliente?". Alcé la vista. No.
Después de lo
vivido, aquella vida no sería
soportable
para mí. El tedio me haría pedazos. Y
tú lo sabías. "¿Qué quieres? ¿Qué
siga siendo tu
chulo, como esta noche?". Te miré, aprensiva, y
asentí, muda, con un movimiento de cabeza.
"¿Serás
capaz de soportarlo? Mira que has
acabado con el culo en carne viva y repleto de
leche. y no todos los clientes
serán tan
considerados como este par de hoy. Que, por
cierto, creen que eres una de las secretarias
del despacho de mi padre, que son unas
verdaderas
guarras... A mí eso me resulta menos
comprometido que decirles que eres tú, mi
noviecita del alma. Y me imagino que a ti
también. En cuanto a ellos. ¿te
interesa saber a
quién te entrego o te da igual que te folle un
hombre u otro?". Tuve que admitir que no, que en
realidad no me importaba. Aunque me daba
curiosidad.
Lo adivinaste
porque tomaste un dossier que
había en una mesa y me lo tendiste. Lo abrí y vi
las fotos. Guapos chicos. Compañeros tuyos de la
Universidad.
Había coincidido con cada uno en
diferentes cursos, y comprendí que ni a ti, ni a
ellos
ni a mí nos convenía que supieran que la
puta de esa noche era yo. Estaban ahí todos sus
datos, además de sendos exámenes médicos. Me
sorprendió y halagó que me cuidaras al punto de
haberlos hecho tomarse aquellos exámenes. Por
toda respuesta, admitiste:
"No quiero
que termines con sida o con cualquier
otra peste.", y yo asentí. Cuando comenzamos a
acostarnos, los dos habíamos ido a hacernos
exámenes. Siempre me gustó que fueras así de
cuidadoso.
Pero nunca sospeché aquella vena tan
intensamente morbosa en ti. "Me gusta el sexo.
mucho. No puedo pasar un día sin follar. Y creo
que a ti te pasa otro tanto.". Así era, en
efecto. Muchas veces tenía que refugiarme en los
baños, entre clase y clase, y masturbarme para
aliviar aquella intensa tensión sexual que me
impedía concentrarme en nada.
Pero yo
sospechaba que aún no me habías dicho
todo, y por eso aguardé, expectante, que
continuaras.
"Quiero que seas mi puta, y tú
quieres serlo. pero no será fácil.
Antes que
nada, quiero que sepas que puedes salirte de
esto cuando quieras. No me gustan las cosas a la
fuerza, ¿de acuerdo?". Asentí. "Pero también
quiero que sepas que espero obediencia total. Si
me desobedeces, te castigaré, y creo que ya te
empezaste a dar cuenta que tengo una mano muy
pesada. aún no la he usado contigo
como puedo
aplicarla
porque no me has dado motivos para
hacerlo, pero si me los das, ten por seguro que
vas a acordarte de mí."
Al oír aquello,
me estremecí. Abrí mucho los
ojos y te miré genuinamente sorprendida. Tu
carácter afable jamás me hizo imaginar que
pudieras ser violento. Pero estaba visto que ahí
la
engañada había sido yo. Tú siempre habías
sabido de lo que era capaz, y yo misma ignoraba.
Seguiste
adelante: "Voy a usarte como puta
cuantas veces me venga en gana y tú estarás
disponible a cualquier hora del día o de la
noche. descuida, ya sé que estudias
y llevas un
promedio impecable. Me interesa que sigas así.
atenderás a tus clientes de viernes a domingo en
la mayoría de los casos. Pero si se presenta
algo extraordinario, quiero contar contigo".
Asentí.
"Dispondré
de tu cuerpo como me venga en gana.
Seguirás mis
instrucciones al pie de la letra,
sin replicar, y me darás el diez por ciento de
todos tus ingresos como puta. Para empezar: te
pondrás a dieta y asistirás a diario a un
gimnasio.", al decirlo, tu mano palpó mi
cintura,
donde un casi invisible rollito de
grasa comenzaba a dibujarse. "Luego, afinaremos
algunos detalles. tus tetas están bien",
afirmaste, magreándolas,
"pero a los clientes
les gustan un poquito más abundantes. nada
que
algunas inyecciones de hormonas no puedan
solucionar.
y si es preciso, recurriremos al
bisturí. De diario utilizarás tu misma ropa de
siempre, pero durante el fin de semana te
vestirás como lo que eres."
"Una
puta.", completé mentalmente. Mis ojos se
encontraron con los tuyos y supiste que
comprendía la idea. Tomaste una de mis tetas
y
apretaste
entre dos dedos uno de mis pezones,
pero no dijiste nada. Sin embargo, adiviné lo
que estabas pensando, y ante la perspectiva de
que me anillaras los pezones, palidecí. "¿Te
fijaste que Hugo quería anillártelos? Pues le
daremos ese gusto.". Bajé la vista y asentí. Me
sentía humillada, pero al mismo tiempo
comprendía que no podía negarme a lo que me
impusieras.
"Te
permitiré conservar tu vida. Podrás estudiar
y hacer todo lo que sueles, pero tus fines de
semana son míos, así que si necesitas descansar,
adecua tu horario, niña, porque te daré un uso
intensivo. Otra cosa: como tendrás problemas
para explicar la fuente de esos ingresos, así
como para que tus amigas te dejen en paz los
fines de semana, dirás que has tomado un empleo
en otra ciudad como guía turística. mientras
pagues impuestos, no tendrás problemas. No lo
declares todo o no te lo van a creer. Igual, no
deposites
todo el dinero en el banco. Guárdalo
en un lugar seguro y paga todas tus cuentas en
efectivo".
"Dormirás
con el consolador bien inserto en tu
culo. Iré cambiando de tamaño hasta que admitas
los más grandes. De otro modo, te dolerá mucho
cuando te sodomicen. ahora voy a curarte.",
dijiste,
y me arrodillé sobre la alfombra, con
el culo en pompa. Me aplicaste una pomada
cicatrizante y revisaste que mis agujeros
estuvieran bien. Luego abriste mi raja e
inspeccionaste mi botón. Me sentí tratada como
una yegua. "¿No quieres
también examinarme los
dientes?", pensé, atormentada por tu falta de
consideración; pero me cuidé de decir nada.
"Mmm. se te vería bellísima la raja con unas
cuantas anillas.".
No me esperaba
aquello y me supo como un balde
de agua fría. Pero callé. Comenzaba a darme
cuenta de lo que significaba ser tu puta. Yo me
lo había buscado y no me quedaba más que
apechugar con ello. A mi pesar, tus tocamientos
me excitaron y lo notaste. Sonreíste malévolo.
"Qué
guarra eres", dijiste, y yo me maldije por
ser
así, tan caliente. Era evidente que te
sentiste orgulloso de que el simple roce de tus
dedos me calentara tanto. Sin que pudiera
anticiparlo, tu boca se hundió en mi entrepierna
y tu lengua comenzó a atormentar mi botón. Te
miré asombrada y entristecida. Mi raja estaba
llena de
semen y tú lo sabías. Pero no te
importó. Me chupaste hasta que te detuve.
"Para. No
quiero correrme.", dije. "¿Por qué?",
preguntaste, en un hilo de voz. "No quiero
correrme sin ti", respondí.
"Chúpamela",
ordenaste, por toda respuesta, y yo obedecí. A
pesar de lo movida que había sido la noche, la
tenías a media asta. Supongo que todo aquello te
ponía a mil. Yo continué mamando como la puta
que ya era. La puta que no sabía que era y en la
que
tú me habías convertido con tu
inconmensurable morbo.
----------