El Decamerón.

  GIOVANNI BOCCACCIO (1313-1375)

 

 

  Alibech se hace ermitaña, y el monje Rústico la enseña a meter al diablo

en el infierno, después, llevada de allí, se convierte en la mujer de

Neerbale.

 

  Dioneo, que diligentemente la historia de la reina escuchado había, viendo

que estaba terminada y que sólo a él le faltaba novelar, sin esperar

órdenes, sonriendo, comenzó a decir:

  Graciosas señoras, tal vez nunca hayáis oído contar cómo se mete al diablo

en el infierno, y por ello, sin apartarme casi del argumento sobre el que

vosotras todo el día habéis discurrido, os lo puedo decir: tal vez también

podáis salvar a vuestras almas luego de haberlo aprendido, y podréis también

conocer que por mucho que Amor en los alegres palacios y las blandas cámaras

más a su grado que en las pobres cabañas habite, no por ello alguna vez deja

de hacer sentir sus fuerzas entre los tupidos bosques y los rígidos alpes,

por lo que comprender se puede que a su potencia están sujetas todas las

cosas.

  Viniendo, pues, al asunto, digo que en la ciudad de Cafsa, en Berbería,

hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una

hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo

cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho

la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué

materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso

que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como

hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían

retirado. La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no

por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin nada decir a nadie, a

la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se

encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de

algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se

fue a ella, donde a un santo

varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le

preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por

Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién la enseñara

cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa,

temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena

disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas

silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:

  -Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas

buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.

  Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas

palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy

devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a

los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte

prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la

retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le

hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no

tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual,

encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las

espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos

santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud

y la hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en

qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él,

como hombre

disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.

  Y probando primero con ciertas preguntas, que no había nunca conocido a

hombre averiguó y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo,

bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente

con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y

luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era

meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor le había condenado. La

jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:

  -Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer.

  Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó

completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a

guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando

así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan

hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y

maravillándose, dijo:

  -Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo

no la tengo?

  -Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves,

me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarle.

  Entonces dijo la joven:

  -Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese

diablo.

  Dijo Rústico:

  -Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar

de esto.

  Dijo Alibech:

  -¿El qué?

  Rústico le dijo:

  -Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para

la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si

quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me

darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si

para ello has venido a estos lugares, como dices.

  La joven, de buena fe, repuso:

  -Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.

  Dijo entonces Rústico:

  -Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar

tranquilo.

  Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó

cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios.

  La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la

primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:

  -Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente

enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se

mete dentro.

  Dijo Rústico:

  -Hija, no sucederá siempre así.

  Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen

de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan

bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo.

  Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y

disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego

comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:

  -Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el

servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa

alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al

diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en

otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.

  Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:

  -Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa;

vamos a meter el diablo en el infierno.

  Haciendo lo cual, decía alguna vez:

  -Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera

allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría

nunca.

  Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al

servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales

ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir

a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno

más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:

  -Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a

Dios quedarse en paz.

  Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que

Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:

  -Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno

no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a

calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a

quitarle la soberbia a tu diablo.

  Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los

envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al

infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía,

pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un

león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho

rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de

Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión,

sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el

padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa,

Alibech, de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado

Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que

ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el

fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre

muerto sin herederos, con gran

placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y

la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero

preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no

habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo

al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con

haberla arrancado a tal servicio.

  Las mujeres preguntaron:

  -¿Cómo se mete al diablo en el infierno?

  La joven, entre palabras y gestos, se lo mostró; de lo que tanto se rieron

que todavía se ríen, y dijeron:

  -No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale

bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.

  Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el

dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter

al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía

se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de

Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy

grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y

seguirse.

 

  Masetto de Lamporecchio se hace el mudo y entra como hortelano en un

monasterio de mujeres, que porfían en acostarse con él.

 

  Hermosísimas señoras, bastantes hombres y mujeres hay que son tan necios

que creen demasiado confiadamente que cuando a una joven se le ponen en la

cabeza las tocas blancas y sobre los hombros se le echa la cogulla negra,

que deja de ser mujer y ya no siente los femeninos apetitos, como si se la

hubiese convertido en piedra al hacerla monja; y si por acaso algo oyen

contra esa creencia suya, tanto se enojan cuanto si se hubiera cometido un

grandísimo y criminal pecado contra natura, no pensando ni teniéndose en

consideración a sí mismos, a quienes la plena libertad de hacer lo que

quieran no puede saciar, ni tampoco al gran poder del ocio y la soledad. Y

semejantemente hay todavía muchos que creen demasiado confiadamente que la

azada y la pala y las comidas bastas y las incomodidades quitan por completo

a los labradores los apetitos concupiscentes y los hacen bastísimos de

inteligencia y astucia. Pero cuán engañados están cuantos así creen me

complace (puesto que la reina me

lo ha mandado, sin salirme de lo propuesto por ella) demostraros más

claramente con una pequeña historieta.

  En esta comarca nuestra hubo y todavía hay un monasterio de mujeres, muy

famoso por su santidad, que no nombraré por no disminuir en nada su fama; en

el cual, no hace mucho tiempo, no habiendo entonces más que ocho señoras con

una abadesa, y todas jóvenes, había un buen hombrecillo hortelano de un

hermosísimo jardín suyo que, no contentándose con el salario, pidiendo la

cuenta al mayordomo de las monjas, a Lamporecchio, de donde era, se volvió.

Allí, entre los demás que alegremente le recibieron, había un joven labrador

fuerte y robusto, y para villano hermoso en su persona, cuyo nombre era

Masetto; y le preguntó dónde había estado tanto tiempo. El buen hombre, que

se llamaba Nuto, se lo dijo; al cual, Masetto le preguntó a qué atendía en

el monasterio. Al que Nuto repuso:

  -Yo trabajaba en un jardín suyo hermoso y grande, y además de esto, iba

alguna vez al bosque por leña, traía agua y hacía otros tales servicios;

pero las señoras me daban tan poco salario que apenas podía pagarme los

zapatos. Y además de esto, son todas jóvenes y parece que tienen el diablo

en el cuerpo, que no se hace nada a su gusto; así, cuando yo trabajaba

alguna vez en el huerto, una decía: «Pon esto aquí», y la otra: «Pon aquí

aquello» y otra me quitaba la azada de la mano y decía: «Esto no está bien»;

y me daba tanto coraje que dejaba el laboreo y me iba del huerto, así que,

entre por una cosa y la otra, no quise estarme más y me he venido. Y me

pidió su mayordomo, cuando me vine, que si tenía alguien a mano que

entendiera en aquello, que se lo mandase, y se lo prometí, pero así le

guarde Dios los riñones que ni buscaré ni le mandaré a nadie.

  A Masetto, oyendo las palabras de Nuto, le vino al ánimo un deseo tan

grande de estar con estas monjas que todo se derretía comprendiendo por las

palabras de Nuto que podría conseguir algo de lo que deseaba. Y considerando

que no lo conseguiría si decía algo a Nuto, le dijo:

  -¡Ah, qué bien has hecho en venirte! ¿Qué es un hombre entre mujeres?

Mejor estaría con diablos: de siete veces seis no saben lo que ellas mismas

quieren.

  Pero luego, terminada su conversación, empezó Masetto a pensar qué camino

debía seguir para poder estar con ellas; y conociendo que sabía hacer bien

los trabajos que Nuto hacía, no temió perderlo por aquello, pero temió no

ser admitido porque era demasiado joven y aparente. Por lo que, dando

vueltas a muchas cosas, pensó:

  «El lugar es bastante alejado de aquí y nadie me conoce allí, si sé fingir

que soy mudo, por cierto que me admitirán».

  Y deteniéndose en aquel pensamiento, con una segur al hombro, sin decir a

nadie adónde fuese, a guisa de un hombre pobre se fue al monasterio; donde,

llegado, entró dentro y por ventura encontró al mayordomo en el patio, a

quien, haciendo gestos como hacen los mudos, mostró que le pedía de comer

por amor de Dios y que él, si lo necesitaba, le partiría la leña. El

mayordomo le dio de comer de buena gana; y luego de ello le puso delante de

algunos troncos que Nuto no había podido partir, los que éste, que era

fortísimo, en un momento hizo pedazos. El mayordomo, que necesitaba ir al

bosque, lo llevó consigo y allí le hizo cortar leña; después de lo que,

poniéndole el asno delante, por señas le dio a entender que lo llevase a

casa. Él lo hizo muy bien, por lo que el mayordomo, haciéndole hacer ciertos

trabajos que le eran necesarios, más días quiso tenerlo; de los cuales

sucedió que un día la abadesa lo vio, y preguntó al mayordomo quién era. El

cual le dijo:

  -Señora, es un pobre hombre mudo y sordo, que vino uno de estos días a por

limosna, así que le he hecho un favor y le he hecho hacer bastantes cosas de

que había necesidad. Si supiese labrar un huerto y quisiera quedarse, creo

estaríamos bien servidos, porque él lo necesita y es fuerte y se podría

hacer de él lo que se quisiera; y además de esto no tendríais que

preocuparos de que gastase bromas a vuestras jóvenes.

  Al que dijo la abadesa:

  -Por Dios que dices verdad: entérate si sabe labrar e ingéniate en

retenerlo; dale unos pares de escarpines, algún capisayo viejo, y halágalo,

hazle mimos, dale bien de comer.

  El mayordomo dijo que lo haría. Masetto no estaba muy lejos, pero

fingiendo barrer el patio oía todas estas palabras y se decía:

  «Si me metéis ahí dentro, os labraré el huerto tan bien como nunca os fue

labrado

  Ahora, habiendo el mayordomo visto que sabía óptimamente labrar y

preguntándole por señas si quería quedarse aquí, y éste por señas

respondiéndole que quería hacer lo que él quisiese, habiéndolo admitido, le

mandó que labrase el huerto y le enseñó lo que tenía que hacer; luego se fue

a otros asuntos del monasterio y lo dejó. El cual, labrando un día tras

otro, las monjas empezaron a molestarle y a ponerlo en canciones, como

muchas veces sucede que otros hacen a los mudos, y le decían las palabras

más malvadas del mundo no creyendo ser oídas por él; y la abadesa que tal

vez juzgaba que él tan sin cola estaba como sin habla, de ello poco o nada

se preocupaba. Pero sucedió que habiendo trabajado un día mucho y estando

descansando, dos monjas que andaban por el jardín se acercaron a donde

estaba, y empezaron a mirarle mientras él fingía dormir. Por lo que una de

ellas, que era algo más decidida, dijo a la otra:

  -Si creyese que me guardabas el secreto te diría un pensamiento que he

tenido muchas veces, que tal vez a ti también podría agradarte.

  La otra repuso:

  -Habla con confianza, que por cierto no lo diré nunca a nadie.

  Entonces la decidida comenzó:

  -No sé si has pensado cuán estrictamente vivimos y que aquí nunca ha

entrado un hombre sino el mayordomo, que es viejo, y este mudo: y muchas

veces he oído decir a muchas mujeres que han venido a vernos que todas las

dulzuras del mundo son una broma con relación a aquella de unirse la mujer

al hombre. Por lo que muchas veces me ha venido al ánimo, puesto que con

otro no puedo, probar con este mudo si es así, y éste es lo mejor del mundo

para ello porque, aunque quisiera, no podría ni sabría contarlo; ya ves que

es un mozo tonto, más crecido que con juicio. Con gusto oiré lo que te

parece de esto.

  -¡Ay! -dijo la otra-, ¿qué es lo que dices? ¿No sabes que hemos prometido

nuestra virginidad a Dios?

  Oh! -dijo ella-, ¡cuántas cosas se le prometen todos los días de las que

no se cumple ninguna! ¡Si se lo hemos prometido, que sea otra u otras

quienes cumplan la promesa!

  A lo que la compañera dijo:

  -Y si nos quedásemos grávidas, ¿qué iba a pasar?

  Entonces aquélla dijo:

  -Empiezas a pensar en el mal antes de que te llegue; si sucediere,

entonces pensaremos en ello: podrían hacerse mil cosas de manera que nunca

se sepa, siempre que nosotras mismas no lo digamos.

  Esta, oyendo esto, teniendo más ganas que la otra de probar qué animal era

el hombre, dijo:

  -Pues bien, ¿qué haremos?

  A quien aquélla repuso:

  -Ves que va a ser nona; creo que las sores están todas durmiendo menos

nosotras; miremos por el huerto a ver si hay alguien, y si no hay nadie,

¿qué vamos a hacer sino cogerlo de la mano y llevarlo a la cabaña donde se

refugia cuando llueve, y allí una se queda dentro con él y la otra hace

guardia? Es tan tonto que se acomodará a lo que queremos.

  Masetto oía todo este razonamiento, y dispuesto a obedecer, no esperaba

sino ser tomado por una de ellas. Ellas, mirando bien por todas partes y

viendo que desde ninguna podían ser vistas, aproximándose la que había

iniciado la conversación a Masetto, le despertó y él incontinenti se puso en

pie; por lo que ella con gestos halagadores le cogió de la mano, y él dando

sus tontas risotadas, lo llevó a la cabaña, donde Masetto, sin hacerse mucho

rogar hizo lo que ella quería. La cual, como leal compañera, habiendo

obtenido lo que quería, dejó el lugar a la otra, y Masetto, siempre

mostrándose simple, hacía lo que ellas querían; por lo que antes de irse de

allí, más de una vez quiso cada una probar cómo cabalgaba el mudo, y luego,

hablando entre ellas muchas veces, decían que en verdad aquello era tan

dulce cosa, y más, como habían oído; y buscando los momentos oportunos, con

el mudo iban a juguetear.

  Sucedió un día que una compañera suya, desde una ventana de su celda se

apercibió del tejemaneje y se lo enseñó a otras dos; y primero tomaron la

decisión de acusarlas a la abadesa, pero después, cambiando de parecer y

puestas de acuerdo con aquéllas, en participantes con ellas se convirtieron

del poder de Masetto; a las cuales, las otras tres, por diversos accidentes,

hicieron compañía en varias ocasiones. Por último, la abadesa, que todavía

no se había dado cuenta de estas cosas, paseando un día sola por el jardín,

siendo grande el calor, se encontró a Masetto (el cual con poco trabajo se

cansaba durante el día por el demasiado cabalgar de la noche) que se había

dormido echado a la sombra de un almendro, y habiéndole el viento levantado

las ropas, todo al descubierto estaba. Lo cual mirando la señora y viéndose

sola, cayó en aquel mismo apetito en que habían caído sus monjitas; y

despertando a Masetto, a su alcoba se lo llevó, donde varios días, con gran

quejumbre de las

monjas porque el hortelano no venía a labrar el huerto, lo tuvo, probando y

volviendo a probar aquella dulzura que antes solía censurar ante las otras.

  Por último, mandándole de su alcoba a la habitación de él y requiriéndole

con mucha frecuencia y queriendo de él más de una parte, no pudiendo Masetto

satisfacer a tantas, pensó que de su mudez si duraba más podría venirle gran

daño; y por ello una noche, estando con la abadesa, roto el frenillo, empezó

a decir:

  -Señora, he oído que un gallo basta a diez gallinas, pero que diez hombres

pueden mal y con trabajo satisfacer a una mujer, y yo que tengo que servir a

nueve; en lo que por nada del mundo podré aguantarlo, pues que he venido a

tal, por lo que hasta ahora he hecho, que no puedo hacer ni poco ni mucho; y

por ello, o me dejáis irme con Dios o le encontráis un arreglo a esto.

  La señora, oyendo hablar a este a quien tenía por mudo, toda se pasmó, y

dijo:

  -¿Qué es esto? Creía que eras mudo.

  -Señora -dijo Masetto-, sí lo era pero no de nacimiento, sino por una

enfermedad que me quitó el habla, y por primera vez esta noche siento que me

ha sido restituida, por lo que alabo a Dios cuanto puedo.

  La señora lo creyó y le preguntó qué quería decir aquello de que a nueve

tenía que servir. Masetto le dijo lo que pasaba, lo que oyendo la abadesa,

se dio cuenta de que no había monja que no fuese mucho más sabia que ella;

por lo que, como discreta, sin dejar irse a Masetto, se dispuso a llegar con

sus monjas a un entendimiento en estos asuntos, para que por Masetto no

fuese vituperado el monasterio.

  Y habiendo por aquellos días muerto el mayordomo, de común acuerdo,

haciéndose manifiesto en todas lo que a espaldas de todas se había estado

haciendo, con placer de Masetto hicieron de manera que las gentes de los

alrededores creyeran que por sus oraciones y por los méritos del santo a

quien estaba dedicado el monasterio, a Masetto, que había sido mudo largo

tiempo, le había sido restituida el habla, y le hicieron mayordomo; y de tal

modo se repartieron sus trabajos que pudo soportarlos. Y en ellos bastantes

monaguillos engendró pero con tal discreción se procedió en esto que nada

llegó a saberse hasta después de la muerte de la abadesa, estando ya Masetto

viejo y deseoso de volver rico a su casa; lo que, cuando se supo, fácilmente

lo consiguió. Así, pues, Masetto, viejo, padre y rico, sin tener el trabajo

de alimentar a sus hijos ni pagar sus gastos, por su astucia habiendo sabido

bien proveer a su juventud, al lugar de donde había salido con una segur al

hombro, volvió,

afirmando que así trataba Cristo a quien le ponía los cuernos sobre la

guirnalda.

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