El Decamerón.
GIOVANNI BOCCACCIO
(1313-1375)
Alibech
se hace ermitaña, y el monje Rústico la enseña a meter al diablo
en el infierno, después, llevada de
allí, se convierte en la mujer de
Neerbale.
Dioneo,
que diligentemente la historia de la reina escuchado había, viendo
que estaba terminada y que sólo a
él le faltaba novelar, sin esperar
órdenes, sonriendo, comenzó a
decir:
Graciosas señoras,
tal vez nunca hayáis oído contar cómo se mete al diablo
en el infierno, y por ello, sin
apartarme casi del argumento sobre el que
vosotras todo el día habéis
discurrido, os lo puedo decir: tal vez también
podáis salvar a vuestras almas
luego de haberlo aprendido, y podréis también
conocer que por mucho que Amor en
los alegres palacios y las blandas cámaras
más a su grado que en las pobres
cabañas habite, no por ello alguna vez deja
de hacer sentir sus fuerzas entre
los tupidos bosques y los rígidos alpes,
por lo que comprender se puede que
a su potencia están sujetas todas las
cosas.
Viniendo, pues, al
asunto, digo que en la ciudad de Cafsa, en Berbería,
hubo hace tiempo un hombre
riquísimo que, entre otros hijos, tenía una
hijita hermosa y donosa cuyo nombre
era Alibech; la cual, no siendo
cristiana y oyendo a muchos
cristianos que en la ciudad había alabar mucho
la fe cristiana y el servicio de
Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué
materia y con menos impedimentos
pudiese servir a Dios. El cual le repuso
que servían mejor a Dios aquellos
que más huían de las cosas del mundo, como
hacían quienes en las soledades de
los desiertos de la Tebaida se habían
retirado. La joven, que
simplicísima era y de edad de unos catorce años, no
por consciente deseo sino por un
impulso pueril, sin nada decir a nadie, a
la mañana siguiente hacia el
desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se
encaminó; y con gran trabajo suyo,
continuando sus deseos, después de
algunos días a aquellas soledades
llegó, y vista desde lejos una casita, se
fue a ella, donde a un santo
varón encontró en la puerta, el
cual, maravillándose de verla allí, le
preguntó qué es lo que andaba
buscando. La cual repuso que, inspirada por
Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién
la enseñara
cómo se le debía servir. El honrado
varón, viéndola joven y muy hermosa,
temiendo que el demonio, si la
retenía, lo engañara, le alabó su buena
disposición y, dándole de comer
algunas raíces de hierbas y frutas
silvestres y dátiles, y agua a
beber, le dijo:
-Hija mía, no muy
lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas
buscando es mucho mejor maestro de
lo que soy yo: irás a él.
Y le enseñó el
camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas
palabras, yendo más adelante, llegó
a la celda de un ermitaño joven, muy
devota persona y bueno, cuyo nombre
era Rústico, y la petición le hizo que a
los otros les había hecho. El cual,
por querer poner su firmeza a una fuerte
prueba, no como los demás la mandó
irse, o seguir más adelante, sino que la
retuvo en su celda; y llegada la
noche, una yacija de hojas de palmera le
hizo en un lugar, y sobre ella le
dijo que se acostase. Hecho esto, no
tardaron nada las tentaciones en
luchar contra las fuerzas de éste, el cual,
encontrándose muy engañado sobre
ellas, sin demasiados asaltos volvió las
espaldas y se entregó como vencido;
y dejando a un lado los pensamientos
santos y las oraciones y las
disciplinas, a traerse a la memoria la juventud
y la hermosura de ésta comenzó, y
además de esto, a pensar en qué vía y en
qué modo debiese comportarse con
ella, para que no se apercibiese que él,
como hombre
disoluto, quería llegar a aquello
que deseaba de ella.
Y probando primero
con ciertas preguntas, que no había nunca conocido a
hombre averiguó y que tan simple
era como parecía, por lo que pensó cómo,
bajo especie de servir a Dios,
debía traerla a su voluntad. Y primeramente
con muchas palabras le mostró cuán
enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y
luego le dio a entender que el
servicio que más grato podía ser a Dios era
meter al demonio en el infierno,
adonde Nuestro Señor le había condenado. La
jovencita le preguntó cómo se hacía
aquello; Rústico le dijo:
-Pronto lo sabrás, y
para ello harás lo que a mí me veas hacer.
Y empezó a
desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó
completamente desnudo, y lo mismo
hizo la muchacha; y se puso de rodillas a
guisa de quien rezar quisiese y
contra él la hizo ponerse a ella. Y estando
así, sintiéndose Rústico más que
nunca inflamado en su deseo al verla tan
hermosa, sucedió la resurrección de
la carne; y mirándola Alibech, y
maravillándose, dijo:
-Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera
y yo
no la tengo?
-Oh,
hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves,
me causa grandísima molestia, tanto
que apenas puedo soportarle.
Entonces dijo la
joven:
-Oh,
alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese
diablo.
Dijo Rústico:
-Dices bien, pero
tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar
de esto.
Dijo Alibech:
-¿El qué?
Rústico le dijo:
-Tienes el infierno,
y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para
la salvación de mi alma, porque si
ese diablo me va a dar este tormento, si
tú quieres tener de mí tanta piedad
y sufrir que lo meta en el infierno, me
darás a mí grandísimo consuelo y
darás a Dios gran placer y servicio, si
para ello has venido a estos
lugares, como dices.
La joven, de buena
fe, repuso:
-Oh,
padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.
Dijo entonces
Rústico:
-Hija mía, bendita
seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar
tranquilo.
Y dicho esto,
llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó
cómo debía ponerse para poder
encarcelar a aquel maldito de Dios.
La joven, que nunca
había puesto en el infierno a ningún diablo, la
primera vez sintió un poco de
dolor, por lo que dijo a Rústico:
-Por cierto, padre
mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente
enemigo de Dios, que aun en el
infierno, y no en otra parte, duele cuando se
mete dentro.
Dijo Rústico:
-Hija, no sucederá
siempre así.
Y para hacer que
aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen
de la yacija lo metieron allí,
tanto que por aquella vez le arrancaron tan
bien la soberbia de la cabeza que
de buena gana se quedó tranquilo.
Pero volviéndole
luego muchas veces en el tiempo que siguió, y
disponiéndose la joven siempre
obediente a quitársela, sucedió que el juego
comenzó a gustarle, y comenzó a
decir a Rústico:
-Bien veo que la
verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que
el
servir a Dios era cosa tan dulce; y
en verdad no recuerdo que nunca cosa
alguna hiciera yo que tanto deleite
y placer me diese como es el meter al
diablo en el infierno; y por ello
me parece que cualquier persona que en
otra cosa que en servir a Dios se
ocupa es un animal.
Por la cual cosa,
muchas veces iba a Rústico y le decía:
-Padre mío, yo he
venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa;
vamos a meter el diablo en el
infierno.
Haciendo lo cual,
decía alguna vez:
-Rústico, no sé por
qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera
allí de tan buena gana como el
infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría
nunca.
Así, tan
frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al
servicio de Dios, tanto le había
quitado la lana del jubón que en tales
ocasiones sentía frío en que otro
hubiera sudado; y por ello comenzó a decir
a la joven que al diablo no había
que castigarlo y meterlo en el infierno
más que cuando él, por soberbia,
levantase la cabeza:
-Y nosotros, por la
gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a
Dios quedarse en paz.
Y así impuso algún
silencio a la joven, la cual, después de que vio que
Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le
dijo un día:
-Rústico, si tu
diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno
no me deja tranquila; por lo que
bien harás si con tu diablo me ayudas a
calmar la rabia de mi infierno,
como yo con mi infierno te he ayudado a
quitarle la soberbia a tu diablo.
Rústico, que de
raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los
envites; y le dijo que muchos
diablos querrían poder tranquilizar al
infierno, pero que él haría lo que
pudiese; y así alguna vez la satisfacía,
pero era tan raramente que no era
sino arrojar un haba en la boca de un
león; de lo que la joven, no
pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho
rezongaba. Pero mientras que entre
el diablo de Rústico y el infierno de
Alibech había, por el demasiado
deseo y por el menor poder, esta cuestión,
sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el
padre de Alibech
con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa,
Alibech, de todos sus bienes quedó
heredera. Por lo que un joven llamado
Neerbale, habiendo en
magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que
ésta estaba viva, poniéndose a
buscarla y encontrándola antes de que el
fisco se apropiase de los bienes
que habían sido del padre, como de hombre
muerto sin herederos, con gran
placer de Rústico y contra la
voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y
la tomó por mujer, y con ella de su
gran patrimonio fue heredero. Pero
preguntándole las mujeres que en
qué servía a Dios en el desierto, no
habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo
al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con
haberla arrancado a tal servicio.
Las mujeres
preguntaron:
-¿Cómo se mete al
diablo en el infierno?
La joven, entre
palabras y gestos, se lo mostró; de lo que tanto se rieron
que todavía se ríen, y dijeron:
-No estés triste,
hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale
bien servirá contigo a Dios Nuestro
Señor en eso.
Luego, diciéndoselo
una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el
dicho de que el más agradable
servicio que a Dios pudiera hacerse era meter
al diablo en el infierno; el cual
dicho, pasado a este lado del mar, todavía
se oye. Y por ello vosotras,
jóvenes damas, que necesitáis la gracia de
Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello
es cosa muy
grata a Dios y agradable para las
partes, y mucho bien puede nacer de ello y
seguirse.
Masetto
de Lamporecchio se hace el mudo y entra como
hortelano en un
monasterio de mujeres, que porfían
en acostarse con él.
Hermosísimas
señoras, bastantes hombres y mujeres hay que son tan necios
que creen demasiado confiadamente
que cuando a una joven se le ponen en la
cabeza las tocas blancas y sobre
los hombros se le echa la cogulla negra,
que deja de ser mujer y ya no
siente los femeninos apetitos, como si se la
hubiese convertido en piedra al
hacerla monja; y si por acaso algo oyen
contra esa creencia suya, tanto se
enojan cuanto si se hubiera cometido un
grandísimo y criminal pecado contra
natura, no pensando ni teniéndose en
consideración a sí mismos, a
quienes la plena libertad de hacer lo que
quieran no puede saciar, ni tampoco
al gran poder del ocio y la soledad. Y
semejantemente hay todavía muchos
que creen demasiado confiadamente que la
azada y la pala y las comidas
bastas y las incomodidades quitan por completo
a los labradores los apetitos
concupiscentes y los hacen bastísimos de
inteligencia y astucia. Pero cuán
engañados están cuantos así creen me
complace (puesto que la reina me
lo ha mandado, sin salirme de lo
propuesto por ella) demostraros más
claramente con una pequeña
historieta.
En esta comarca
nuestra hubo y todavía hay un monasterio de mujeres, muy
famoso por su santidad, que no
nombraré por no disminuir en nada su fama; en
el cual, no hace mucho tiempo, no
habiendo entonces más que ocho señoras con
una abadesa, y todas jóvenes, había
un buen hombrecillo hortelano de un
hermosísimo jardín suyo que, no
contentándose con el salario, pidiendo la
cuenta al mayordomo de las monjas,
a Lamporecchio, de donde era, se volvió.
Allí, entre los demás que alegremente le recibieron, había
un joven labrador
fuerte y robusto, y para villano
hermoso en su persona, cuyo nombre era
Masetto; y le preguntó dónde había
estado tanto tiempo. El buen hombre, que
se llamaba Nuto,
se lo dijo; al cual, Masetto le preguntó a qué
atendía en
el monasterio. Al que Nuto repuso:
-Yo trabajaba en un
jardín suyo hermoso y grande, y además de esto, iba
alguna vez al bosque por leña,
traía agua y hacía otros tales servicios;
pero las señoras me daban tan poco
salario que apenas podía pagarme los
zapatos. Y además de esto, son
todas jóvenes y parece que tienen el diablo
en el cuerpo, que no se hace nada a
su gusto; así, cuando yo trabajaba
alguna vez en el huerto, una decía:
«Pon esto aquí», y la otra: «Pon aquí
aquello» y otra me quitaba la azada
de la mano y decía: «Esto no está bien»;
y me daba tanto coraje que dejaba
el laboreo y me iba del huerto, así que,
entre por una cosa y la otra, no
quise estarme más y me he venido. Y me
pidió su mayordomo, cuando me vine,
que si tenía alguien a mano que
entendiera en aquello, que se lo
mandase, y se lo prometí, pero así le
guarde Dios los riñones que ni
buscaré ni le mandaré a nadie.
A Masetto, oyendo las palabras de Nuto,
le vino al ánimo un deseo tan
grande de estar con estas monjas
que todo se derretía comprendiendo por las
palabras de Nuto
que podría conseguir algo de lo que deseaba. Y considerando
que no lo conseguiría si decía algo
a Nuto, le dijo:
-¡Ah, qué bien has
hecho en venirte! ¿Qué es un hombre entre mujeres?
Mejor estaría con diablos: de siete veces seis no saben lo
que ellas mismas
quieren.
Pero luego,
terminada su conversación, empezó Masetto a pensar
qué camino
debía seguir para poder estar con
ellas; y conociendo que sabía hacer bien
los trabajos que Nuto hacía, no temió perderlo por aquello, pero temió no
ser admitido porque era demasiado
joven y aparente. Por lo que, dando
vueltas a muchas cosas, pensó:
«El lugar es bastante
alejado de aquí y nadie me conoce allí, si sé fingir
que soy mudo, por cierto que me
admitirán».
Y deteniéndose en
aquel pensamiento, con una segur al hombro, sin decir a
nadie adónde fuese, a guisa de un
hombre pobre se fue al monasterio; donde,
llegado, entró dentro y por ventura
encontró al mayordomo en el patio, a
quien, haciendo gestos como hacen
los mudos, mostró que le pedía de comer
por amor de Dios y que él, si lo
necesitaba, le partiría la leña. El
mayordomo le dio de comer de buena
gana; y luego de ello le puso delante de
algunos troncos que Nuto no había podido partir, los que éste, que era
fortísimo, en un momento hizo
pedazos. El mayordomo, que necesitaba ir al
bosque, lo llevó consigo y allí le
hizo cortar leña; después de lo que,
poniéndole el asno delante, por
señas le dio a entender que lo llevase a
casa. Él lo hizo muy bien, por lo
que el mayordomo, haciéndole hacer ciertos
trabajos que le eran necesarios,
más días quiso tenerlo; de los cuales
sucedió que un día la abadesa lo vio,
y preguntó al mayordomo quién era. El
cual le dijo:
-Señora, es un pobre
hombre mudo y sordo, que vino uno de estos días a por
limosna, así que le he hecho un
favor y le he hecho hacer bastantes cosas de
que había necesidad. Si supiese
labrar un huerto y quisiera quedarse, creo
estaríamos bien servidos, porque él
lo necesita y es fuerte y se podría
hacer de él lo que se quisiera; y
además de esto no tendríais que
preocuparos de que gastase bromas a
vuestras jóvenes.
Al que dijo la
abadesa:
-Por Dios que dices
verdad: entérate si sabe labrar e ingéniate en
retenerlo; dale unos pares de
escarpines, algún capisayo viejo, y halágalo,
hazle mimos, dale bien de comer.
El mayordomo dijo
que lo haría. Masetto no estaba muy lejos, pero
fingiendo barrer el patio oía todas
estas palabras y se decía:
«Si me metéis ahí
dentro, os labraré el huerto tan bien como nunca os fue
labrado.»
Ahora, habiendo el
mayordomo visto que sabía óptimamente labrar y
preguntándole por señas si quería
quedarse aquí, y éste por señas
respondiéndole que quería hacer lo
que él quisiese, habiéndolo admitido, le
mandó que labrase el huerto y le
enseñó lo que tenía que hacer; luego se fue
a otros asuntos del monasterio y lo
dejó. El cual, labrando un día tras
otro, las monjas empezaron a
molestarle y a ponerlo en canciones, como
muchas veces sucede que otros hacen
a los mudos, y le decían las palabras
más malvadas del mundo no creyendo
ser oídas por él; y la abadesa que tal
vez juzgaba que él tan sin cola
estaba como sin habla, de ello poco o nada
se preocupaba. Pero sucedió que
habiendo trabajado un día mucho y estando
descansando, dos monjas que andaban
por el jardín se acercaron a donde
estaba, y empezaron a mirarle
mientras él fingía dormir. Por lo que una de
ellas, que era algo más decidida,
dijo a la otra:
-Si creyese que me
guardabas el secreto te diría un pensamiento que he
tenido muchas veces, que tal vez a
ti también podría agradarte.
La otra repuso:
-Habla con
confianza, que por cierto no lo diré nunca a nadie.
Entonces la decidida
comenzó:
-No sé si has
pensado cuán estrictamente vivimos y que aquí nunca ha
entrado un hombre sino el
mayordomo, que es viejo, y este mudo: y muchas
veces he oído decir a muchas
mujeres que han venido a vernos que todas las
dulzuras del mundo son una broma
con relación a aquella de unirse la mujer
al hombre. Por lo que muchas veces
me ha venido al ánimo, puesto que con
otro no puedo, probar con este mudo
si es así, y éste es lo mejor del mundo
para ello porque, aunque quisiera,
no podría ni sabría contarlo; ya ves que
es un mozo tonto, más crecido que
con juicio. Con gusto oiré lo que te
parece de esto.
-¡Ay! -dijo la
otra-, ¿qué es lo que dices? ¿No sabes que hemos
prometido
nuestra virginidad a Dios?
-¡Oh! -dijo ella-, ¡cuántas cosas se
le prometen todos los días de las que
no se cumple ninguna! ¡Si se lo hemos prometido, que sea otra u otras
quienes cumplan la promesa!
A lo que la
compañera dijo:
-Y si nos quedásemos
grávidas, ¿qué iba a pasar?
Entonces aquélla
dijo:
-Empiezas a pensar
en el mal antes de que te llegue; si sucediere,
entonces pensaremos en ello:
podrían hacerse mil cosas de manera que nunca
se sepa, siempre que nosotras
mismas no lo digamos.
Esta, oyendo esto,
teniendo más ganas que la otra de probar qué animal era
el hombre, dijo:
-Pues bien, ¿qué
haremos?
A quien aquélla
repuso:
-Ves que va a ser
nona; creo que las sores están todas durmiendo menos
nosotras; miremos por el huerto a ver
si hay alguien, y si no hay nadie,
¿qué vamos a hacer sino cogerlo de
la mano y llevarlo a la cabaña donde se
refugia cuando llueve, y allí una
se queda dentro con él y la otra hace
guardia? Es tan tonto que se
acomodará a lo que queremos.
Masetto
oía todo este razonamiento, y dispuesto a obedecer, no esperaba
sino ser tomado por una de ellas.
Ellas, mirando bien por todas partes y
viendo que desde ninguna podían ser
vistas, aproximándose la que había
iniciado la conversación a Masetto, le despertó y él incontinenti
se puso en
pie; por lo que ella con gestos
halagadores le cogió de la mano, y él dando
sus tontas risotadas, lo llevó a la
cabaña, donde Masetto, sin hacerse mucho
rogar hizo lo que ella quería. La
cual, como leal compañera, habiendo
obtenido lo que quería, dejó el
lugar a la otra, y Masetto, siempre
mostrándose simple, hacía lo que
ellas querían; por lo que antes de irse de
allí, más de una vez quiso cada una
probar cómo cabalgaba el mudo, y luego,
hablando entre ellas muchas veces,
decían que en verdad aquello era tan
dulce cosa, y más, como habían
oído; y buscando los momentos oportunos, con
el mudo iban a juguetear.
Sucedió un día que
una compañera suya, desde una ventana de su celda se
apercibió del tejemaneje y se lo
enseñó a otras dos; y primero tomaron la
decisión de acusarlas a la abadesa,
pero después, cambiando de parecer y
puestas de acuerdo con aquéllas, en
participantes con ellas se convirtieron
del poder de Masetto;
a las cuales, las otras tres, por diversos accidentes,
hicieron compañía en varias
ocasiones. Por último, la abadesa, que todavía
no se había dado cuenta de estas
cosas, paseando un día sola por el jardín,
siendo grande el calor, se encontró
a Masetto (el cual con poco trabajo se
cansaba durante el día por el
demasiado cabalgar de la noche) que se había
dormido echado a la sombra de un
almendro, y habiéndole el viento levantado
las ropas, todo al descubierto
estaba. Lo cual mirando la señora y viéndose
sola, cayó en aquel mismo apetito
en que habían caído sus monjitas; y
despertando a Masetto,
a su alcoba se lo llevó, donde varios días, con gran
quejumbre de las
monjas porque el hortelano no venía
a labrar el huerto, lo tuvo, probando y
volviendo a probar aquella dulzura
que antes solía censurar ante las otras.
Por último,
mandándole de su alcoba a la habitación de él y requiriéndole
con mucha frecuencia y queriendo de
él más de una parte, no pudiendo Masetto
satisfacer a tantas, pensó que de
su mudez si duraba más podría venirle gran
daño; y por ello una noche, estando
con la abadesa, roto el frenillo, empezó
a decir:
-Señora, he oído que
un gallo basta a diez gallinas, pero que diez hombres
pueden mal y con trabajo satisfacer
a una mujer, y yo que tengo que servir a
nueve; en lo que por nada del mundo
podré aguantarlo, pues que he venido a
tal, por lo que hasta ahora he
hecho, que no puedo hacer ni poco ni mucho; y
por ello, o me dejáis irme con Dios
o le encontráis un arreglo a esto.
La señora, oyendo
hablar a este a quien tenía por mudo, toda se pasmó, y
dijo:
-¿Qué es esto? Creía
que eras mudo.
-Señora -dijo Masetto-, sí lo era pero no de nacimiento, sino por una
enfermedad que me quitó el habla, y
por primera vez esta noche siento que me
ha sido restituida, por lo que alabo
a Dios cuanto puedo.
La señora lo creyó y
le preguntó qué quería decir aquello de que a nueve
tenía que servir. Masetto le dijo lo que pasaba, lo que oyendo la abadesa,
se dio cuenta de que no había monja
que no fuese mucho más sabia que ella;
por lo que, como discreta, sin
dejar irse a Masetto, se dispuso a llegar con
sus monjas a un entendimiento en
estos asuntos, para que por Masetto no
fuese vituperado el monasterio.
Y habiendo por aquellos días muerto el mayordomo, de común acuerdo,
haciéndose manifiesto en todas lo
que a espaldas de todas se había estado
haciendo, con placer de Masetto hicieron de manera que las gentes de los
alrededores creyeran que por sus
oraciones y por los méritos del santo a
quien estaba dedicado el
monasterio, a Masetto, que había sido mudo largo
tiempo, le había sido restituida el
habla, y le hicieron mayordomo; y de tal
modo se repartieron sus trabajos
que pudo soportarlos. Y en ellos bastantes
monaguillos engendró pero con tal
discreción se procedió en esto que nada
llegó a saberse hasta después de la
muerte de la abadesa, estando ya Masetto
viejo y deseoso de volver rico a su
casa; lo que, cuando se supo, fácilmente
lo consiguió. Así, pues, Masetto, viejo, padre y rico, sin tener el trabajo
de alimentar a sus hijos ni pagar
sus gastos, por su astucia habiendo sabido
bien proveer a su juventud, al
lugar de donde había salido con una segur al
hombro, volvió,
afirmando que así trataba Cristo a
quien le ponía los cuernos sobre la
guirnalda.
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