El Traqueteo del Tren
Se levanta y sale del compartimento
por el calor asfixiante. No hay nadie en el pasillo. El sol entra a través de
la ventanilla del tren. Aún está sudando,
no sabe si a causa del calor o por
el sueño que la ha despertado con la evidencia inquietante de insatisfacción.
Suda; la ropa se ajusta a su cuerpo como
una segunda piel. Abre la
ventanilla y deja que el aire seque su rostro y desordene sus cabellos. Poco a
poco va recordando lo que soñaba. El joven que
se había sentado frente a ella,
ojos azules y atormentados, brazos vigorosos, movía su lengua ansiosa dándole
suaves golpes a su clítoris encendido. La
sensación había sido tan fuerte que
se mordió los labios hasta sangrar y despertó encontrándose a sus dedos jugando
con la braguita, por debajo del vestido.
Miró alrededor alarmada.
Todos dormían. ¿También el muchacho? Lo espió sin disimulo.
La volvía loca su aspecto desamparado y sus labios perfectos. Seguro que no
estaba durmiendo.
Seguro que la contemplaba a hurtadillas, cuando ella no
miraba. Cerró los ojos. Subió más aún su falda. Abrió sus muslos sedosos hasta
dejar al descubierto
el deseo que se escondía entre sus
piernas. Se acarició sensualmente por encima de las bragas celestes y abrió los
ojos. Había acertado. El joven había
cerrado los ojos rápidamente, pero
el color rojizo de su cara lo delataba. Y también el bulto que se hinchaba por
momentos dentro de su bragueta. Lo miró
intensamente y se humedeció los
labios. Entonces pareció darse cuenta de la situación. ¿Pero qué estaba
haciendo? Sintió vergüenza de sí misma y fue entonces
cuando salió al pasillo. Mientras
ve pasar los campos de girasoles a través de la ventanilla piensa en su
comportamiento. ¿Por qué lo ha hecho? Ella nunca
es así. Más bien se muestra un
tanto reprimida en sus relaciones sexuales. Pero no puede evitarlo: cada vez
que viaja en tren su libido se desboca. Aún
recuerda la escena de una película
en la que un desconocido hace el amor a la protagonista sin que ésta se gire ni
por un momento para ver quién la está
follando. Inconscientemente arquea
su espalda y echa su culo hacia atrás. Y entonces lo siente. Primero un roce.
Luego un contacto más firme. Unas manos
grandes acariciándole el trasero.
El muchacho del compartimento, sin duda. Entonces
decide no averiguarlo. Como en la película que recuerda, se jura no
volver la cabeza ni una sola vez
para saber quién la está acariciando con tanto ardor. Más que su masaje, éste
pensamiento morboso le abre el grifo de
sus jugos interiores, que inundan
sus bragas. El desconocido sabe bien lo que hace. Su ritmo es lento, pero no
cansino. Avanza sin pausa, abarcando cada
vez más cuerpo conquistado. Sus
manos rozan apenas la cara interna de sus muslos y se dirigen rápidamente hacia
sus caderas, se detienen unos instantes
y avanzan hasta sus pechos. Ella
suspira. Nota los dedos hábiles pellizcándole los pezones. La mujer gime, abre
la boca, cierra los ojos. El hombre le
está masajeando ahora su zona
pélvica. Los dedos, como exploradores, se cuelan entre la tela de sus
braguitas, se introducen apenas en su coño, localizan
el clítoris erecto. Ella piensa que
se va a correr en unos segundos. Siente que el hombre le baja las bragas y se
pega a su culo. Nota su polla viva presionando
sobre ella. Le gustaría darse la
vuelta y liberarla de su prisión de tela. Se imagina desabrochando su correa,
bajándole la cremallera de los pantalones,
abarcar en su mano el pene
enhiesto, tragársela toda hasta la garganta y ensalivarla, apretar la cabeza
entre sus labios. Pero se ha prometido a sí misma,
no girarse. En vez de eso, es el
hombre quien le acerca la lengua por detrás y, apartando las nalgas con sus
manos, lame toda la zona. ¿Cómo podía tener
una lengua tan larga y tan cálida?
Nota cómo las piernas le empiezan a temblar y el orgasmo se acerca. Entonces
oye una voz que le dice:
- No creas que vas a correrte ya. Quiero que me la chupes
antes. Trágate mi polla entera.
Ella le replica, al borde del paroxismo:
- No me voy a dar la vuelta, hijo de puta. Fóllame si
quieres. Clávame contra el cristal, pero no quiero ver tu cara. Si quieres
correrte conmigo métemela
hasta que me revientes.
El pitido del tren indica que se acercan a la estación.
Pronto empezarían a despertarse los pasajeros y el pasillo se llenaría de
gente. Entonces siente
la enorme polla del desconocido
abriéndose camino a través de las paredes vaginales. Está tan mojada que no
encuentra obstáculo alguno y entra hasta tocar
la matriz.
- Aaaaaaaahhhhhhhh!
Su grito se funde con un nuevo pitido del tren. Es demasiado
para ella, pero la sensación de peligro le retiene el orgasmo. El hombre folla
con destreza.
Introduce su sexo hambriento y lo retira pleno de poder y
jugos. Está seguro de sí mismo, nada que ver con la imagen que se había formado
del muchacho
del compartimento.
Sus movimientos son ajustados, potentes, profundos. El tren está llegando a la
estación, pero parece que nadie sale al corredor. Bendita
siesta. Bendito calor que los
mantiene amodorrados. El desconocido está moviendo de nuevo sus manos expertas.
Moja los dedos en la boca de la mujer, eriza
sus pezones, frota el clítoris.
Siente que no puede más y cuando advierte que los movimientos se aceleran, se
deja llevar al fin. Ambos gritan cuando pasan
por la estación. Puede ver los
rostros de la gente, fuera del tren, que la miran asombrados. La polla
desconocida dispara chorros inagotables de semen
dentro de su coño. Ella grita más:
- ¡Mmmmmmmmmmmsíiiiiiiiiiii!!! ¡Me
corro! ¡Sí, sí, sí. Sí!!!!
¡Rómpeme!!! ¡Ahhhhhh!!
Su cuerpo se relaja, sus ojos se cierran de nuevo. Cuando al
fin los abre de nuevo, el tren ha parado la marcha. El desconocido ha
desaparecido. Sube sus
bragas mojadísimas de mil jugos y
olores. Se da la vuelta al fin para recoger las cosas del compartimento.
En ese momento sale el joven, que la mira con
timidez y se aleja.