El vigilante de las prostitutas

 

Escuchar era, en aquel momento de mi vida, una manera de huir de mí mismo, de salir del entorno de un yo que me absorbía por entero. Había precindido del

tacto y del sexo casi por completo, pero agotaba mis pasiones en el ejercicio discreto de la observación y de la escucha. No hay nada más hermoso que ser

un observador de la realidad, ni, cuando se refiere a sexo, nada más excitante.

 

Amalia dejaba una estela de huellas de tacón que devoraba la atmósfera de aquel pasillo de la oficina. Cuando no supe quién era, ya me gustó su manera uniforme,

pero segura de andar. Atravesar el pasillo de aquela oficina, por vez primera, no era fácil, pues, no en vano, el propio objeto del trabajo, -nos dedicamos

a la contratación de hombres y mujeres burgueses que dedican su tiempo libre al sexo-, exigía marcar un punto concreto de morbo sin perder la seguridad.

La sociedad ha cambiado mucho y, ahora, hay gente podrida de dinero que se muere por echar un polvo con un burgués sin suerte. Amalia era una de esas personas

dotadas de elegancia y clase que, por azar del destino, había venido a menos y se veía en la obligación de amar a todo tipo de seres a los que, en el pasado,

hubiera llegado sencillamente a despreciar.

 

Era morena de ojos negros, con media melena que caía, normalmente, sobre vestidos, entre clásicos y modernos, de color amapola. El director la contrató

inmediatamente porque no cabía mejor opción que ella en un lugar donde, en ocasiones, por qué negarlo, algunas de la personas contratadas cubrían el trámite

sin la explosión de sensualidad de aquellos labios encarnados abiertos a cualquier posibilidad.

 

Mi misión en la empresa no es otra que escuchar. Vigilo la actividad de nuestra gente, también la de Amalia. Somos serios y no nos podemos permitir el lujo

de ligerezas, de modo que, desde que cualquier persona es contratada, lleva un chip auditivo estratégicamente colocado en la piel que nos permite seguir

sus pasos por el mundo. Carecen de intimidad en la vida profesionaL, pero también en la personal. Ellos lo saben, lo aceptan y es su precio por seguir

siendo lo que siempre han querido ser. Ser un burgués siempre lleva el pago implícito de un precio normalmente simbólico. Hay veces que es la libertad

y en ocasiones, como la presente, la intimidad.

 

Me tocÓ la suerte de escuchar su primer trabajo. Fue maravilloso. Nos había pedido encargo un marinero recién llegado en un barco de pesca de altura. Su

ficha constaba en nuestros registros, de manera que no era difícil imaginarle. Su aspecto rudo, pero corpulento, no invitaba precisamente a pensar que

nos encontráramos ante una persona aseada. Era más bien bajo, pero muy proporcionado y tenía unos inmensos ojos azules. Amalia vió su foto delante de mi

presencia y esbozó un gesto entre dubitativo y despreciativo que a mí personalmente me llevó a pensar en las serias posibilidades de que pudiera afrontar

el reto. Intencionadamente la habíamos colocado uno de los clientes más difíciles.

 

Llegó a la habitación del hotel dejando la estela de sus tacones en mi interior. Yo tenía una cerveza delante de mi mirada y un plato de patatas fritas

que, por no hacer ruido, no me atrevía a abrir. Se escuchó la puerta como si fuera un labio gigante que nos invitara a penetrar un mundo de sensaciones.

El saludó bruscamente, sin educación, casi prorrumpiendo un gruñido. Amalia, como era su obligación, para ella natural, saludó educadamente. Luego se descalzó.

Lo sentí porque dejé de escuchar sus maravillosos tacones. A partir de entonces la imaginé recorriendo la habitación con su vestido amapola, haciéndose

la distraída para calibrar la actitud de su cliente. Cierta noñería probablemente nauseabunda. El andaba con fuerza, lo que era indicativo de su agresividad,

contenida durante meses de pesca de altura. Deseaba arrancarla el vestido y follársela, pero cierta sensación de respeto se lo impedía. Desde luego, si

se hubiera encontrado una puta cualquiera ya lo hubiera echo. Tenía delante un manjar que deseaba intensamente, pero el manjar le seducía manteniendo su

apetito dilatándolo un poco.

 

Amalia debía de tener unas tetas grandes, llenas de vida. Por la superficie de aquella piel han debido de pasar muchas tardes de gloria, y como ella era

un campo de amapolas no había más que dejarse caer sobre sus brazos para sucumbir. Eso debió de hacer Alfredo, caer ante sus brazos. Olerla como un salvaje

y desprenderse de todo el sentido de la educación que a ella le sobraba. Se escuchaban sonidos de pasos desnudos sin tacones. Seguramente los de él, que

la llevaba en volandas a la cama, y luego se oyeron las primeras palabras de ella, muy dulces, casi como si fuera una sirena.

 

- Has estado mucho tiempo solo, ¿ eh, marinero maloliente?. ¿ Sabes que hueles a atún podrido y sabes que me gusta tu olor, que me penetra dentro con toda

la fuerza de una marejada?. Ooooh!, Ooooh!".

 

Danzaba sola en la cama con su vestido amapola, y todo olía a pescado y a coño de burguesa sin límites. Le quitó el vestido de un empellón. Yo lo ví cuando

Amalia reclamó una factura del mismo, Segúns contó, estaba entregada, alimentada ella misma por dejar que su coño y sus privilegios salieran al exterior

para que Alfredo se adueñara de ellos, pero una vez vencido el respeto, no sabía esperar. La dejó en bragas y sujetador casí de un tirón. Ahí reposó un

instante, el justo para darse cuenta de que estaba mojada, absolutamente excitada y con el control perdido. Durante ese instante, él se debió despojar

de la ropa, sin miramiento. Casi no hacía falta la intervención de ella. Creo que lo tomó por la nuca aplicando su mano con suavidad, con extremo cariño

y creo que, de algún modo, durante un segundo, dejó de ser un salvaje para ser niño, pero el pubis negro de Amalia debía de transpirar sus primeros aires

de grandezas a través de aquellas bragas de fina seda que el jefe la regaló. Yo no podía escucharlo, pero sentía el profundo olor del coño de Amalia y

la veía apostada sobre el respaldo del cabecero de la cama. Los sonidos de la cama descubrían los movimientos extremos de aquel pescador y se oían jadeos

de una dama que no fingía. Cobraba por tiempo, pero su primera experiencia se iba a agotar rápido. Estaba mojada como el mar y Alfredo no era alquien temeroso

de las marejadas. Durante minutos sólo se oía la dulce voz de Amalia, que sucumbía al apetito de un marinero entregado con su lengua en su sexo. Ella debía

agarrarse a cualquier sitio que no fuera él, pero lo cierto es que extremaba su canto de gloria con el perfecto conocimiento de que yo mismo la estaba

escuchando. Luego la tomó por la cintura, así lo imagino yo, y de hinojos sobre la cama, albergándola con la sola fuerza de sus brazos, la penetró. Su

goce, el de ella, el de la puta burguesa, era indescriptible. Se corría como una loca, su cabeza caía atrás, el pelo era una cascada, toda su limpieza

se confundía con la suciedad de aquel hombre fuerte, y todo el olor de aquella habitación me llegaba a través de un chip que ella no podía desconectar.

Pensando que invadía su esfera de libertad profesional, me dí cuenta de que lo realmente hacía era invadir su esfera de intimidad. Amalia era una mujer

educada que nunca había experimentado el placer de comer un fruta prohibida y, por eso, sucumbió a aquel marinero. El se corrió como lo que era, como un

ser maloliente con dinero acumulado tras meses de pesca, y ella se corrió como una puta de toda la vida que, hasta entonces, no hubiera sabido distinguir

que su cuerpo estaba destinado a algo más que a pastas y a té en el salón de casa.

 

Desconecté por puro sentido de la discrección y la dejé allí, en aquella habitación del puerto con un cliente rudo que se había convertido en amante y con

una profesión que la daría vida.