-"La dulce noviecita
Laurita es una quinceañera muy respetuosa de los hombres
mayores, pero muy bien dispuesta. Eso sí: que no se entere su novio...
Lo que me incomodó de Hugo, el amigo de mi novio, fue la
forma en que me miró cuando nos presentaron. Claro, él es un muchacho muy
mayor, tiene veintiuno,
en vez de quince como mi novio y
yo. A mí los muchachos tan grandes me intimidan un poco, especialmente si me
miran así.
Yo sé que soy una chica muy linda, y que los hombres se
sienten atraídos por mí. Lo sé por los roces que me dan en la cola, como a la
distraída, en los
viajes en colectivo. Y a veces no
tan a la distraída. El otro día, un señor de unos treinta y cinco años, una
persona bastante mayor para mi gusto, se
puso detrás de mí. Yo iba para la
casa de mi novio, y el colectivo estaba lleno porque era la hora pico. Así que
no me extrañó que el señor se apoyara
contra mi trasero, porque no tenía
más remedio el pobre. Y yo tampoco tenía más remedio que dejarme apoyar. Así
que todo estaba bien.
Pero cuando me incliné para ver por la ventanilla, tuve que
sacar la cola para atrás, y ahí sentí algo. ¡El señor la tenía parada! Yo supe
enseguida lo
que era, porque a mi novio también
se la sentí parada. Y no sólo a mi novio, porque a veces bailando, se la sentí
a otros chicos.
¡Pero el señor me la había colocado justo en la raya, entre
mis nalguitas!
Y me puse colorada. Creo que un poco por la sorpresa, y otro
poco porque me gustó. No me pareció bien que me gustara, pero que me gustó me
gustó. Así que
me quedé bien quietíta,
sintiéndosela al señor.
Por mi pollerita escolar, que es tableada, el señor pudo
entrar su erección un poco entre mis glúteos. Y yo me quedé, disfrutando el
calor de esa polla.
¡Si mi novio se enteraba me mataba! ¡Pero qué linda sensación...!
Al señor también debía de estarle gustando, porque empezó a
darme unos lentos frotones para adelante y atrás. ¡Qué
mal está que un señor le haga una cosa
así a una niña a la que ni siquiera
conoce...! Pero se ve que mi colita le estaba gustando. Claro, está bien
paradita, tiernita y todas esas cosas que
les gustan tanto a los hombres.
La cuestión es que yo dejé que el señor me la frotara con su
polla. Y la verdad es que me calenté. Y entonces empujé mi culo hacia atrás,
como para rodearle
más el nabo, así él podía hacerme
mejor las fricciones. Y el hombre enseguida entendió. Y agarrándome de las
caderas con ambas manos, apretó mi culo contra
su tranca y comenzó a darle al mete
y saca, si bien él la tenía dentro del pantalón y yo tenía la pollerita. Pero
igual se la sentí muy bien, y se me empezó
a hacer agua la boca. Me pareció un
atrevimiento de su parte, aferrarme las caderas, pero si no lo hubiera hecho no
me habría podido tener el culo fijo
para friccionarme la polla, así que
lo pude entender. Además que ya no me encontraba en condiciones de criticarle
nada al señor. En realidad me había comenzado
a caer un hilillo de baba, por la
comisura de la boca, mientras el señor se afanaba en sus fricciones. Así que se
me pasó la parada de la casa de mi novio.
Pero no la parada del señor, que me estaba volviendo loca.
Se ve que a él también, porque sus manos se engarfiaron en
mi cintura, y los rozones de su durísima y caliente polla se hicieron
frenéticos. De modo que
tratando de reprimir mis gemidos,
me corrí, sintiendo las pulsaciones de su nabo entre mis nalgas. ¡El señor
también se estaba corriendo! Mi colita, agradecida.
Como se me había hecho tarde, me escabullí como pude y me
bajé del colectivo, aprovechando que el señor, con su enorme mancha en el
pantalón, todavía no
se había repuesto. No sé si hice
bien, pero mi novio me estaba esperando y tenía que retroceder varias calles.
Pero el resto de la noche estuve un poco ausente. Por suerte
mi novio no lo advirtió. Pero cuando al despedirnos me besó, le agarré la picha
con tantas
ganas, y se la apreté una y otra
vez con tanto entusiasmo, que el pobre no pudo hacer otra cosa que correrse en
los pantalones. Pero yo estaba pensando
en otra polla, corriéndose bajo
otros pantalones.
Ya sé que no está bien.
Al día siguiente, no tenía que ver a mi novio, pero igual
tomé el colectivo a la misma hora del día anterior. Creo que con la secreta
intención de ver si
encontraba nuevamente al señor del
día anterior..
Miré para todos lados, y de pronto siento
dos manos calientes aferrando mis caderas. Era él. "Hola, nenita" me
dijo con voz ronca. "Hola, señor" respondí
mientras sentía que mi intimidad se
humedecía. "¿Te gustaría que fuéramos a algún lugar los dos solitos?"
y con una de las manos me dio tales caricias
en la cola, que sentí que se me
doblaban las rodillas. "Bueno" le dije con una voz tan finita como mi
voluntad de resistencia. Y me dejé guiar por el señor
hacia la puerta de salida del
colectivo, casi flotando de la calentura.
Y dejé que él condujera nuestros pasos. Y se ve que el
hombre tenía experiencia, porque pronto nos estábamos metiendo en un hotel para
parejas. Me sentí
como si fuera una putita, pero la
situación me superaba. La mano de él en mi brazo se sentía varonil, fuerte y
caliente. Y la actitud suya era decidida
y dominante. Sabía como irme
llevando.
Y pronto me tuvo dentro de la habitación del hotel. Ahí pude
verle bien la cara, tan guapo y viril. Suavemente me tiró en la cama de
espaldas, sin decir
palabra, y me levantó la pollerita
tableada, dejando expuestos mis muslitos, y mi intimidad apenas cubierta por la
braguita transparente por la humedad.
Y acto seguido comenzó a besarme el interior de los muslos,
cerca de mi cuevita. Los gemidos comenzaron a salirme al mismo ritmo que mis
flujos lubricantes.
Pronto su caliente boca llegó hasta mi cuevita, y su lengua
comenzó a lamerme a través de las braguitas. Yo me dejaba hacer, como en un
delirio en medio
de mi nube de calentura.
Ni me di cuenta cuando me sacó la braguita, pero pronto
sentí sus largos lengüetazos recorriendo mi rajita. Yo abrí los muslos como una
loca, para dejar
que él se diera un banquete con mis
jugos. En algún momento me acordé de mi novio, pero esa lengua perversa me lo
sacó de la cabeza completamente.
El apasionamiento de esa boca dentro de mi intimidad, tenía
algo de deliberado, como quien sabiéndome a su disposición, quisiera gozar de
su control, retardando
mi orgasmo y teniéndome cada vez
más despatarrada bajo su abuso.
Cuando me corrí, lo hice con unos gemidos que eran casi
alaridos, y me quedé rendida en la cama.
Por entre las rendijas de mis ojos entrecerrados, pude ver
como el señor se desvestía, dejando su feroz polla flameando en el aire. Algo
en mí gimió, sabiendo
que estaba entregada.
No quise decirle que era virgen, por temor a que no quisiera
seguir adelante. Pude ver esa hermosa erección bamboleándose frente a mí
mientras él me iba
sacando todas las ropitas, hasta
dejarme completamente desnuda y a su merced.
Como él vio que se la miraba, me la acercó al rostro y me la
paseó por la cara, hasta que mis labios se abrieron jugosos, y me introdujo la
cabeza entre
los labios. El sabor era todavía
más rico que el olor a macho que me había hecho enloquecer de deseo por chupar
esa polla. Era la primer polla que mamaba.
Y aunque todavía no sabía el nombre de ese macho, sentía que
podía estar chupándosela hasta el fin de mis días.
Pero de pronto me la sacó, y se colocó entre mis piernas.
Con sus manos me agarró por debajo de los muslos, levantándome la conchita para
enfrentar su polla.
Mi calentura era tan grande que ni llegué a sentir temor.
Con los muslos bien abiertos sentí como su tranca se abría paso entre las
sedosas paredes de
mi vagina, y luego de un breve
momento de dolor, sentí todo el tronco abriéndome hasta el fondo. El hombre me
tenía completamente empalada. Y la sola sensación
de tener algo tan gordo, duro y caliente, llenándome la
vagina, como si fuera un tubo recién inaugurado para su servicio, me puso loca
y mi corrí, mientras
mi vagina se estremecía
espasmódicamente como agasajando a su irrespetuoso visitante.
Pero él recién comenzaba a cogerme. Y cuando comenzó con los
vaivenes de su larga polla, entrándomela y sacándomela en todo su largor, una y
otra vez, sentí
que me ponía bizca y que lo único
que podía y quería hacer era ofrecerle mi conchita para que me la perforara y
me la recorriera con el mete y saca de
su voraz visitante.
Sentía las bolas del hombre golpeándome el culo, y mi
conchita más abierta de lo que jamás habría podido suponer. Y me dejé seguir
sacudiendo, hasta que
con un profundo enterrón final, el
señor descargó todos sus chorros en mis entrañas. Me sentí profundamente
agradecida. Y lo mantuve dentro mío, aferrando
sus nalgas con mis piernas
enroscadas alrededor, para que no me la sacara.
"Quedate tranquila que no tengo Sida, y por lo que veo
esta es tu primera vez, así que vos tampoco..." me susurró con su gruesa
voz, y su cuerpo cubriendo
el mío. Un sentimiento de ternura
me hizo gemir agradecida.
"Y espero que tengas algún noviecito que pueda hacerse
cargo, por si te he dejado embarazada..." "Sí, papito, tengo
novio..." Y mi conchita le apretó tiernamente
la picha semierecta, que reaccionó
enseguida volviendo a su más plena expresión. Y entonces, mientras nos
besábamos apasionadamente, me dio otra cogida
inaugural, que me hizo adorarlo.
"¿Cómo te llamás, cosita?" dijo mientras me
anotaba su teléfono en un papel "Laura, cosote". "Otro día me
vas a dar el culito, ¿verdad?" y me entregó el
papel. Se llamaba Carlos, y era
casado.
Pero, para novios, ya tenía uno. Eso sí, iba a tener que conservarlo, por cualquier eventualidad.